Algunos de los discípulos estaban preparando la cena en el piso alto de la casa de Juan Marcos, donde a veces se reunían y no faltaba el tinto.
Jesús estaba serio y sombrío, no como la mayoría de las veces que desbordaba de alegría. Los discípulos intercambiaban miradas y susurros intuyendo que algo extraordinario iba a suceder. Juan, haciéndose el sota, se arrimó hasta ponerse al lado de Jesús. Al verlo, algunos de los otros querían estar lo más cerca posible y se empezaban a amontonar desplazando a los demás a los codazos.
Al ver que discutían sobre quién era más importante, Jesús les dijo: -Los reyes de las naciones las gobiernan como dueños, y los mismos que las oprimen se hacen llamar bienhechores. Pero no será así entre ustedes. Al contrario, el más importante entre ustedes debe portarse como si fuera el último, y el que manda, como si fuera el que sirve. Porque ¿quién es más importante: el que está a la mesa o el que está sirviendo? El que está sentado, por supuesto. Y sin embargo yo estoy entre ustedes como el que sirve.
Entonces se paró, se sacó el manto, agarró una palangana, una toalla y un cántaro con agua y comenzó a lavarle los pies a los discípulos.
Cuando le tocó el turno a Pedro...
Y Santiago de Zebedeo: -¡Fooo, con razón nos rajaron de la casa de Natanael! ¡Qué baranda!
- La sandalia parece un barco con esos juanetes..., completó Tadeo.
Jesús respondió: -Si no te lavo, no vas a tener parte conmigo.
Entonces Pedro dijo: - Entonces lavame las patas, las manos y la cabeza...
Andrés arremetió: - Ya se entusiamó el mugriento....
Cuando terminó de lavarles los pies, se puso de nuevo el manto, volvió a la mesa y les dijo: -¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho yo. En verdad les digo: El servidor no es más que su patrón y el enviado no es más que el que lo envía. Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica.
Historia por demás de conocida.
Sin embargo, uno no puede menos que hacerse preguntas cuando ve a tanto sacerdote con aire de superioridad, a tanto ministro que goza cuando la gente se arrodilla para besarle el anillo, a tanto pastor vanagloriándose en el escenario, a tanto boato de las grandes instituciones religiosas...
Hoy, cuando salen a la luz las más atroces actitudes de parte de personas consagradas a la fe, brilla más que nunca el laburo silencioso de gente que ha leído esto y lo ha hecho carne. Como aquel cura sanjuanino que se fue a sacar agua a Benín bendiciendo el desierto, como aquel otro monje que eligió la misión formoseña para llevarles un poco de dignidad a los aborígenes, como tantos que andan lavando patas mugrientas.
Y el contraste, más que nunca, con el rozagante ministro sediento de poder que exige el vehículo más ampuloso para mayor gloria de dios y condena al infierno eterno a quienes no asisten a sus ritos.






