lunes, 5 de julio de 2010

El Progreso

Aquí voy, como aquel guardián en el centeno, desafiando las carreteras marcianas que se expanden hasta el infinito. La aguja del velocímetro ya ha superado la barrera de los 100 kilómetros por hora y apenas diviso ese letrero que reza: "Traemos el progreso".
El paisaje uniforme y rojizo me obliga a perderme entre mis abominables delirios de grandeza.
Pienso y sueño, quizás, con esas cautivantes miradas que algunas veces se dejan ver desde el infinito espacial que cubre esta desolada autopista espacial.
Traemos el progreso....

Marte tuvo un inmenso océano que cubría hasta un tercio de su superficie, y eso lo supimos en aquellos tormentosos años que se escurrieron en mis manos entre los manuales de historia y las lecciones de la Profesora Moore... creo que fue por el 2010 cuando aquellos científicos norteamericanos descubrieron el gran océano que hoy, cubierto de asfalto, recorro con mi descapotable endiablado y descontrolado.
El viento que golpea mi frente sólo me recuerda que mi soledad es tan abrupta como los acantilados que comienzan a dibujarse al final del camino.

Progreso, progreso y progreso.... aquello fue lo único que prometían sin cesar los grises hombres de corbata que nos enviaron a construir esta desorbitada pieza de ingeniería terrícola en el más espectacular paraje espacial que podría existir...
Las excavaciones se producían frenéticamente durante todo el día marciano y sus equivalencias terrestres; el ritmo alocado y demoníaco fue debilitando uno por uno a mis compañeros.
El asfalto y el avance de las obras fue quemando poco a poco sus pulmones sedientos de un respiro pausado y sereno.
Mientras todo esto ocurría, yo me encerraba en el taller de máquinas de la base espacial y preparaba mi viejo coche para cruzar lo que algún día sería la GRAN autopista que uniría las futuras ciudades que se elevarían en el planeta rojo.
Bien sabía que ninguna dama podría resistirse a mi flamante coche, cuidadosamente pulido y brillante. Aunque esas féminas fueran extrañas para mí, sospechaba que aquellos destellos que por la noche me deslumbraban eran sus ojos fascinados por mi trabajo.

Ahora que la autopista concluye frente a los grandes acantilados y mi coche no deja de acelerar, vuelvo a ver esos destellos seductores que parecen guiñarme un ojo...

Mientras mi coche cae por el abismo final y mi cuerpo se destroza átomo por átomo, perdiendo primero la piel y luego el cabello para culminar con una violenta explosión, logro divisar el último letrero del camino...

"Traemos el Progreso".

viernes, 2 de julio de 2010

La peligrosa infamia del bosque

Cuando los cinco amigos salieron del bar aquella noche, un destello irradió desde el cielo, pero nadie se percató de ello.
Más tarde, cuando el alba atacó las calles, los preocupados padres intercambiaron llamadas telefónicas y coincidieron en el edificio policial.
Durante varios días patrullas de vecinos rastrearon la zona, incluyendo el bosque que comienza a tan solo dos calles del bar.
El pueblo, alejado de las grandes ciudades, solía ser un paraje tranquilo y sin sobresaltos. La extraña desaparición de los jóvenes cambió todo ello.
Se emitieron comunicados a los pueblos cercanos e incluso a sitios distantes y acudieron con el correr de las semanas investigadores de jerarquía, ampliándose las zonas de búsqueda. Pero no se encontraron indicios.
No se había reportado pelea alguna ni tampoco ningún otro suceso de relevancia previo a la desaparición. Las familias y pobladores estaban consternados.
Todos los años para la fatídica fecha, comenzó el ritual de realizar una marcha en silencio, desde el bar hasta la plaza y de allí hasta los bosques lindantes. Una forma de expresar el dolor ante tan extraña realidad.
Algunos chicos habían reportado haber escuchado el sonido de gritos provenientes desde el bosque días después de que desaparecieran, pero jamás se encontraron huellas que demostraran que se habían extraviado o perdido allí.
De todos modos, el sombrío lugar atrajo la imaginación y la conjetura de teorías jamás demostradas, de esas que con el tiempo se transforman en mitos o leyendas.
Cada año, además, la luz de los celulares y las velas encendidas que portan los vecinos en la marcha, provocan que desde la ruta lindante al bosque, sea vea un destello brillando entre los árboles.
Pero no es solo desde la ruta, lo es también desde el cielo. Muy lejos, a cientos de kilómetros, desde la cápsula espacial en la que están atrapados, los cinco amigos ven aquel fenómeno con lágrimas en los ojos, recordándose que si bien el mundo sigue girando, a ellos solo les espera quietud y eternidad. En el fondo de sus mentes, sienten que el bosque les sonríe.

sábado, 26 de junio de 2010

El diablo en el techo

Como un preludio, el timbre se hizo escuchar con fuerza, incluso hasta en el patio, donde el perro se puso a ladrar enloquecido.
El vendedor apuró el segundo llamado, mirando de reojo el reloj mientras estimaba la cantidad de viviendas que le quedaban en la calle y calculaba las que podía visitar antes del horario de partida del ómnibus.
Intentó por tercera vez, golpeado con los nudillos la madera pintada de blanco de la puerta. Escuchaba al perro ladrar por lo que suponía que podía haber alguien.
- No hay nadie señor  - le dijo una vocecita desde el techo.
El hombre estiró el cuello hacia atrás para ver por encima del alero de la casa, buscando el dueño de esa voz tan aflautada como desafinada.
- ¿Quién anda arriba? - preguntó el vendedor.
- El Diablo, pero con un problema en la garganta, por eso tengo la voz así.
- Dale nene, dejate de joder y bajá. Decile a tus papis que me atiendan, que son muy lindos los productos. Una ganga.
- Le digo que soy el Diablo, hombre.
- Mirá malcriado, a ver si te apurás que no tengo todo el día para vos.
Y dicho esto un estallido resonó a espaldas del vendedor y una humareda roja se elevó por el aire. La risa macabra proveniente del techo no lo hizo dudar. El hombre salió despavorido, tropezando incluso en las baldosas flojas de la vereda.
- Dale papá, podés asomarte, ya se fue - dijo la voz aflautada desde el techo.
- Gracias Pascualito. Y después mamá dice que la pirotecnia que sobra de las fiestas se echa a perder.

sábado, 19 de junio de 2010

La arena de tu tiempo

Se desliza, desliza, desliza,
seca ya la arena de este tiempo.
En la mágica alfombra de quimeras
ves curvarse el piso hacia tus plantas.
Y se lleva cansino tu figura,
-comfortably numb-
ese lento descenso nadiral.

Etérea y compacta a la vez,
vio desgarrado alejandro
que perdías, diluías, tu silueta
en la inapelable traición de piso suelto.

El susurro que en tu boca se hace queja
atraviesa vacío entre cristales
bajo el túrbido remanso de fluires
de la arena que cae bajo tus formas.

Y en el tiempo que me queda quiero asirte,
redimirte la piel enceguecida.
Cruel siroco que hunde las fronteras
como rostro embelesado ante tu seno.

Te deslizas, ya te vas hacia las simas,
y caes en la seca letanía sin pesares,
sin amor, sin duelo, sin sonrisas, sin ver
la crispada mano que te busca,
sin oír la quebrada voz que te reclama.

jueves, 17 de junio de 2010

Black Holes and Revelations

De mi niñez conservo pequeños recuerdos. Fogonazos, quizás....
Rememoro algunas cosas que el tiempo en esta lado del Universo me sugiere olvidar. Cuando poso mi mano frente al metálico y despiadado espejo de mis días puedo sentir un escalofrío indiferente que me recorre de principio a fin.
Nunca supe la causa exacta de esa sensación. Sin embargo sospecho que ella se produce como una macabra e insistente señal; como una advertencia de algo...
Quizás intente señalarme que este no es mi lugar; tal vez sea otra luz de un pasado lejano que mi cuerpo rememora y mi mente no llega a comprender.

Todas las mañanas camino por el desierto, agotado y ocultándome de los demás. Una triste continuidad de horas se posa sobre mi espalda y me obliga a encender fuegos, a recolectar alimentos, a vagar eternamente mientras me alejo de mis recuerdos; de mi niñez...
Cuando cae la noche me encojo suavemente sobre mis agotados pies y observo, casi de reojo, el oscuro firmamento que me envuelve. Intento recordar pedazos de mi historia y el frío sobre mi espalda comienza a dar señales de vida; de terror.
Distraigo mi mente con las indicaciones que aún puedo leer en el oculto fuselaje de mi nave, pero todo es en vano. Mi niñez clama por salir adelante más allá de que mi mecanismo de seguridad impida rememorar aquellos días en Mercurio, antes de la devastadora lluvia solar; antes de huir desdichadamente, dejando todo atrás, olvidando quien soy; quien fui...

La lluvia solar trajo la devastación, el incendio interno de nuestras cosechas, la codicia y el temor. Mi nave, en cambio, me trajo hasta aquí; hasta este alejado punto azul de la galaxia donde creí que hallaría la paz que perdí millones de años atrás.
Sin embargo, cada mañana que cruzo el desierto veo a mi lado más humanos que deambulan por sus carreteras; más rostros grises y hambrientos.
Lejos de olvidar aquella lluvia solar, observo este cielo y comienzo a recordar.

Actualmente todo luce igual que los últimos minutos que pude ver de mi lejano Mercurio.

domingo, 13 de junio de 2010

Fácil es no vivir

Ser niño no es fácil. Es una suma de contradicciones. Por un lado, la libertad y el tiempo, por el otro, la obediencia y los límites. Pero es cuando aprendemos a corretear, a decir la palabra, sabernos hijos y hermanos, a tomarle el gusto a la risa.
De niños conocemos la amistad, el juego compartido, el berrinche caprichoso, los abrazos tiernos. Crecemos en medio del aprendizaje, del asombro diario, de las enseñanzas debidas. A su vez le guiñamos el ojo a la picardía, a los momentos rebeldes, a las bromas y las malas palabras.
Es cuando nos hacemos la imagen de nuestros padres, la que recordaremos por siempre. El cariño de los abuelos, la paciencia de los primos, los sentimientos encontrados con los maestros.
Son los instantes de sonrisas pícaras y cómplices, la inocencia sin barniz, la alegría sin maquillaje.
Es la mariposa que abandona el capullo y echa a volar.

Ser adolescente no es fácil. Una época de torbellinos constantes, de cambios e ilusiones, de futuro y pasado, de amor y de odio. Queremos dejar de ser niños y pensar como mayores, nos avergüenzan los diminutivos pero los reclamamos cuando ya no se escuchan.
Se añora mucho, pero siempre en silencio. El horizonte se transforma. Nuestros ojos aprenden a mirar nuevos ángulos. La noche se nos hace más atractiva, quedan atrás los temores. La luna invita a conocerla y ya no tanto a odiarla. Los horarios son nuestros como así también muchas decisiones.
Escalamos montañas para creernos dueños de ella. Lo sabemos todo y a la vez nada. Discutimos, chocamos, peleamos. Creemos aprender. Creemos tener fuerza. Somos coraje y acción. Somos diversión y desilusión. Somos ilusiones y sueños.
Conocemos el amor y también el sexo opuesto. El aroma del odio y los celos. El deseo y el rechazo.
Es el pájaro que abandona el nido pero que aún desconoce a los demás predadores que merodean el cielo.

Ser adulto no es fácil. El mundo troca los instantes en horas, las ideas en responsabilidades, los sentimientos en familia. El eje se rompe, se parte, deja de ser uno. El horizonte alguna vez lejano, nos atropella sin pedir permiso, irrumpe en nuestro cuerpo, alma, espíritu.
El dinero se convierte en religión. La paranoia en razón. Se sobrevive para vivir. Se vive para subsistir. El círculo se torna vicioso y fuera del mismo queda la felicidad, envuelta ahora en celofán en algún baúl de recuerdos de antaño.
Los caminos nos alejan del que fuimos y nos acercan a otro ser, que quizá en algún momento llegamos a odiar. Las sensaciones nos agobian, nos quitan el aire y varias veces nos empujan hacia una cornisa. Obstinados, volvemos a la senda y retomamos el camino. Una y otra vez.
Somos padres, somos tíos, somos hijos mayores, somos empleados, somos emprendedores, somos nada, somos algo, somos oficialistas, somos opositores, somos histeria y represión, somos suicidas y valientes, mendigos y laburadores, chantas y coimeadores, aburridos y divertidos, diligenciosos y perezosos.
Fuertes y rencorosos, dejamos atrás al niño, al joven y nos convertimos en viejos. Y nada tiene vuelta atrás. Una vez volando, cualquier rifle nos puede bajar. Presas fáciles del destino, aguardamos la noche para dormir.

Ser anciano no es fácil. Los ríos de arrugas surcan la memoria, traicionando la consciencia. La inseguridad y la impotencia se vuelven moneda corriente, lo mismo que el andar lento, la mirada perdida y el deseo de alcanzar el final del recorrido antes que se ponga el sol.
El frío se convierte en enemigo, el invierno en cruel verdugo. Se van los recuerdos, uno a uno, como traicionándonos. Se van los amigos, uno a uno, como olvidándonos. Nos embarga la soledad, nos acosan los años, nos envuelven los dolores.
Somos achaques y quejidos, rezongos y maldiciones, olvidos y malentendidos. Dar un paso es un mundo, el bastón un amigo. Ya la calle se añora, al resguardo del techo conocido. Huyendo del planeta puerta afuera, encerrado como topo en madriguera. A salvo de una sociedad que crece y nos deja en el desamparo. Que nos evita, nos desprotege, nos abandona como mueble viejo.
Ya olvidamos el aire, el remontar vuelo se ha vuelto una utopía. Quizá el último instante sea en forma de alma surcando el cielo; quizá exista un paraíso o un nuevo comienzo, otra vez como capullo.
O quizá no. Y aquí termina todo.

lunes, 7 de junio de 2010

Prospecto de la desesperación (II)

Lucho (nuestro personaje en cuestión) tomó la carretera del norte y se adentró en la espesura del asfalto. En un hostal donde reposó una noche fue hallado el siguiente manuscrito:

“Sigo en pie, erguido, directo al centro vital de un mundo que aborrece sus costumbres y se ahoga en sus rutinas.
Sigo adelante, despeinado por el viento que invade esta habitación, pero con la firme convicción de saber que todo es una falacia.
Siempre me hablaron de la Razón, de una realidad....
Cierro la ventana y el último suspiro del viento me dice que todo es una manipulación. Gracias amigo; lo sospechaba desde un principio.
Sigo directo por la carretera. Adiós terrenos de mi infancia.
Adiós...
Dejar es agradable, tanto como Dar. Sin embargo, cuanto más dejas menos es lo que pierdes. Cuanto menos adquieres mas libre eres...
Mañana será el sol quien me reciba con las primeras indicaciones en sus bolsillos. Espero estar atento y no perderme en el camino.
Todo se trasluce entre los fotogramas del paisaje y las puestas en escena del decorado natural. Hacer una “road movie” de estos meses que se avecinan será una apuesta fuerte que seguramente perderé.
No me importa. Nada de esto quedará para la posteridad.
Los monumentos nunca alcanzarán las nubes y el moho los corroerá por dentro. Las ciudades irán cediendo ante la incapacidad de soportar más y más vecinos.
Todo irá cayendo en el olvido por una falta absoluta de sentido...
Si para esos momentos aún estoy en el camino, quizás encuentren otra nota...”

viernes, 4 de junio de 2010

En el desierto

Comenzó a sospechar que se habían olvidado de él cuando las primeras luces del atardecer flecharon el horizonte. Esperaba desde hacía tres horas ver la polvareda de tierra levantándose en algún punto distante del camino por el cuál habían llegado.
Se había mentido durante todo ese tiempo, diciéndose que de un momento a otro, la camioneta roja aparecería de la nada y tras algunas risas para romper el vergonzoso olvido, emprenderían todos el regreso felices y contentos.
Pero la noche amenazaba con llegar y no había indicios de las personas con las que había viajado desde la ciudad. No era bueno calculando distancias, pero el trecho que la camioneta había realizado era considerable.
Habían salido antes del mediodía, lo sabía bien porque el sol estaba justo en lo alto, bien por encima del vehículo, cuando recién habían tomado la ruta principal, en las afueras de la ciudad.
El viaje, ahora que lo pensaba había carecido de la espontaneidad de otros. Pocas palabras, nadie cebando mates y más de un suspiro de melancolía. No había reparado en ello y si lo había hecho, quizá instintivamente habría pensado en la culpabilidad del otoño, época de amarillos y naranjas, de corazones que se enfrían.
Durmió una parte del trecho y cuando despertó el paisaje era desolado, como si hubiesen penetrado en un lugar inexistente en los mapas. Había hecho innumerables viajes con la familia y no tenía presente un sitio así.
Un camino de tierra, campos áridos carentes de verde, árboles ausentes y un cielo plomizo, casi enfermo. ¿Acaso podía salirse del mundo tomando una carretera cualquiera? No lo creía, pero aquello le daba esa sensación.
Tras bordear una colina, la camioneta detuvo su marcha. Todos se apearon y estiraron las piernas. Ninguno pronunció palabra alguna. La niña se le acercó, compañera. Le sonrió casi con lástima.
- Espéranos aquí - le dijo con la voz de fumador tan característica Eugenio - Creo haber visto un almacén o algo del otro lado de la colina, vamos a comprar algo para comer. ¿Te gusta la idea?
Por supuesto, asintió con alegría. Los vio subirse al vehículo, casi con prisa. El último recuerdo es un punto rojo, perdiéndose entre una polvareda de tierra.
La noche cubría ahora todo alrededor. La temperatura había descendido varios grados y algunos aullidos lejanos aterraron hasta las estrellas. Ladró desafiante, pero asustado. Por primera vez sintió deseos de salir corriendo en dirección hacia donde se había ido la camioneta, pero temía que si volvían sus dueños, no lo encontrasen.
Decidió esperar, sentado sobre su rabo.

Allí sigue hoy, cuatro días después.
Aún mantiene la esperanza en su corazón.

lunes, 31 de mayo de 2010

Les pido disculpas

Les pido disculpas, pero no se bien cuando sucedió, si acaso en el momento de confesar que hice trampa en los exámenes para terminar el secundario, o al mencionar el embarazo de mi novia Laurita, o bien cuando hice el comentario sobre lo lindo que será irme a vivir para estudiar en la facu con el Negro y Falopa. O quizá no haya sido nada de ello y sí el hecho de haberle jurado sobre la tumba de mamá que hasta convertirme en político no paraba. Si, puede que haya sido en ese momento en que el viejo se llevó las manos al pecho y cayó con un infarto sobre la mesita donde estaba el jarrón con las cenizas de los abuelos. Sinceramente estaba tan drogado que no recuerdo en que pasaje de la charla pasó.

lunes, 24 de mayo de 2010

Pausa

Los niños gritaban en medio de sus juegos convirtiendo la sala en un caos de voces. Gonzalo estaba acostado sobre el sofá, mirando la televisión.
- ¡Vieja! - vociferó Gonzalo desde su lugar - ¡Subí el volumen que no escucho nada!
Su esposa Clotilde, que estaba en la cocina, caminó los quince pasos que la separaban pasillo mediante hasta la mesa principal de la sala, donde solía estar el control remoto. Lo tomó, apuntó hacia el televisor y aumentó el sonido, ganando unos decibeles más, suficientes para hacerse oír por encima de los chicos.
Una sonrisa cubrió el rostro de Gonzalo, que ahora podía escuchar al conductor del programa de entretenimientos que estaba mirando. Al cabo de media hora, llegó a su fin.
- ¡Vieja! - volvió a gritar - ¡Fijate si me encontrás algo para ver, que lo que estaba mirando ya terminó!
Allá fue Clotilde, arrastrando sus alpargatas, resignada con el repasador húmedo aún en las manos. Buscó el control donde lo había dejado y en medio del barullo propio de los juegos combinado con el audio siempre elevado de las publicidades de la televisión se concentró en apretar los botones adecuados para ir pasando de canal a canal hasta tanto oír la voz de su marido, que efusivo le diría donde parar.
Entre el canal 25 y 26 un estruendo a sus espaldas anunció la caída de un jarrón. Las risas de los niños indicaban la culpabilidad de los mismos. El chistido de su marido, recostado sobre el sofá, delataba que nada de lo que había en la pantalla era de su agrado.
Entre el canal 49 y 50 una puntada en la cabeza le anunció que el día se estaba haciendo más largo que de costumbre. En el 65 detuvo sus dedos y sin reparar en la queja inmediata de Gonzalo, arrojó el control remoto contra el espejo más próximo, haciéndolo estallar en pedazos. Luego, se desvaneció donde estaba, con todo el peso del cuerpo golpeando contra el suelo.
Despertó en una sala de hospital, con el suero puesto y pequeños monitores controlando su ritmo cardíaco. Miró alrededor y comprendió que estaba sola. Un televisor de pocas pulgadas reposaba en silencio en un soporte sobre la pared. Casi creía escuchar la voz de su esposo pidiéndole que lo encendiera. Casi le parecía creer que en la cama contigua, desocupada, saltaban haciendo morisquetas y todo tipo de ruidos, sus pequeños hijos.
Suspiró. Aquella era su vida. Su morir de cada día. Su responsabilidad. Volvió a cerrar los ojos, deseando que así su recuperación se acelerase un poco, anhelando el regreso a su hogar, añorando el caos cotidiano, sabiéndose prisionera del mismo, por decisión y resignación, casi mártir de la vida, casi esclava de su destino. Pero entera y gobernada por una razón, aquella que solo conoce el corazón.

martes, 18 de mayo de 2010

La mesa perfecta

Me imagino a veces sentado a una mesa, tan grande que en ella están todos aquellos seres que quiero.
Y en la mesa reina la alegría, los recuerdos, las anécdotas. Las risas van y vienen como mariposas, las voces parecen melodías y mi sonrisa lo cubre todo.
Allí veo a mis amigos de la infancia, como si no hubiesen crecido. Y también a los de la adolescencia que luego no volví a ver. Solo aquellos con los que mantuve contacto parecieran haber crecido.
Pero nadie repara en edades, todos charlan entre si como si se conociesen de toda la vida y sin embargo, se que el nexo en la mesa soy yo.
Aunque parezca mentira estoy sentado al lado de cada uno, como si eso fuese algo lógico y físicamente posible. Más extraño aún, hablo con todos a la vez y escucho cada cosa que me dicen.
Les pregunto de esto y aquello y les respondo todo sobre mi. La alegría nunca abandona nuestros rostros y algunos comentarios nos arrancan contagiosas carcajadas.
Y mientras soy consciente de esa mesa, de la presencia de todos los que quiero, de aquellos amigos que hice de grande, de los que hace rato no veo, de los que conozco sin haber conocido, me pregunto si realmente es posible. Sin respuesta alguna, me convenzo que si.
Me imagino a veces sentado a una mesa, con todos los seres que quiero. Es tan grande que ni siquiera el dolor más angustiante puede desterrar.
Y voy a ella cada vez que me siento mal, tan solo para saber que están, que siguen estando allí.

jueves, 13 de mayo de 2010

Prospecto de la desesperación

En el edificio de departamentos donde residía Lucho (nuestro personaje) fue hallada la siguiente nota luego de su misteriosa desaparición:

"En una habitación vacía suena un teléfono incesantemente.
El presentimiento de quién realiza esa llamada es preciso. Nadie se encuentra del otro lado de la interminable maraña de cables, senderos de cobre, señales de microondas y conexiones satelitales.
La certeza del dueño de ese aparato telefónico es otra y no es necesario describirla.
El silencio atronador al que nos llevan las ciudades en los días de tormenta nace de una sospechosa violencia que se genera en el interior de cada ser humano.
Si el ruido estrepitoso de los coches no permite que oigas ese silencio que clama por salir de tus entrañas, visita a un médico rápidamente.
Si abrimos de par en par las ventanas podremos ver a todo el mundo salir de sus portales con la boca abierta, hablando sin razón; repitiendo las afirmaciones que anoche transmitieron los títeres de los informativos.
Si cerramos nuestras puertas es probable que nos encontremos mas seguros. Sin embargo, el aburrimiento podría invadirnos furiosamente y eso no es aconsejable en vísperas de un fin de semana.
Leyendo a nuestros autores predilectos podremos notar que más de uno intentará advertirnos sobre la carga que significa esta vida para nuestras espaldas.
¡Al diablo con ellos!
La característica más loable del ser humano es la de resultar completamente innecesario para la naturaleza.
¿La más despreciable? Esa ya la conocemos de memoria.
¿Acaso tú no te miras en el espejo todas las mañanas?

Ahí estamos nosotros, ahí estás tú, ahí estoy yo.
Los teléfonos suenan impacientemente en habitaciones vacías pintadas de blanco. Las fotos claman por sus dueños y las pinturas por entendimiento.
El día que este mundo deje de girar en el eje del sin sentido me sentaré a descansar de todo este viaje.

Mientras tanto... ¡adelante!
Bajemos la escalera y retomemos el camino de una vez por todas."

domingo, 9 de mayo de 2010

De tumbas y flores

Decían las malas lenguas que fue por culpa del vino. No hay quien no metiera en el asunto a la hermana, que siempre anduvo por caminos difíciles. A él se lo veía últimamente andrajoso, de aquí para allá, sin destino cierto.
El día que todos dejaron de verlo, sin embargo no se percataron de ello. No fue hasta que unos días después aparecieron unos policías con una foto preguntando si alguien lo reconocía. Claro, era casi imposible reconocerlo en ese estado, todo desfigurado.
Pero había señales inequívocas, como la cicatriz arriba de la ceja izquierda y el lunar enorme en el mentón. Si, era él. La policía se quedó conforme y se fue. Y la gente empezó a tejer historias.
Nadie investigó la verdad, ni siquiera la policía. Lo único que querían era un NN menos.
No había motivos para acordarse de esa persona y entonces el polvo fue cubriendo la verdad con finas capas de otras verdades y muchas mentiras.
Las palabras hilvanadas para rellenar los huecos de una historia que a nadie le importaba se transformaron en tumba, a la que nadie por supuesto, visitaba, más bien dejaron en el olvido.
Me queda una pregunta, pensando en este hecho. ¿Cuántas tumbas tiene el hombre en su honor? Aquella donde lo entierran. Aquella en la que realmente yacen sus restos. La que queda en la memoria de los que lo recuerdan, si uno tiene la suerte. Y aquella que erigen los que no saben, pero hablan. ¿Cuántas tumbas tiene el hombre? Muchas, sin dudas.
¿Cuántos son los que le llevan flores? No es una cifra la respuesta. Porque si las flores son como esas palabras utilizadas para llenar vacíos, mejor es no llevar nada.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Miguelito

Hacia dónde va Miguelito, se preguntaban en el barrio. Tan chiquito y con la carita sucia, caminando solito. Hacia dónde vas Miguelito, le preguntaron a su paso. Llevo a mi perrito invisible a jugar a la placita, contestó con voz de querubín e inocencia de niño.
¿Y Miguelito? preguntó más tarde mamá, aún con el cabello despeinado tras una noche agitada. ¿Y Miguelito donde está? repitió angustiada. En la placita, le dijeron señalando como si nada.
Pero en la placita las hamacas estaban olvidadas y el tobogán dormitaba. Las lágrimas deslizaron por las mejillas de mamá desconsolada y algunos brazos la rodearon para que no temblara.
Lo buscaron y lo buscaron, durante días, durante meses. Hubo gritos y silencios, llantos y lamentos. La noche de Navidad volvió Miguelito, con la misma alegría y la mugre de ese día. Pero volvió solo por un rato para ver como mamá dormía, otra vez drogada y con sangre en las encías. La besó suavemente y se despidió hasta algún día y de la mano del angelito que ladraba a su lado, volvió al nuevo mundo en el que vivía.

sábado, 1 de mayo de 2010

Ultima parada, el destino

Tras mirarlo brevemente le preguntó:
- ¿Nombre?
El, en forma mecánica, contestó incluyendo el apellido. La mujer tomó nota en el formulario. Luego rellenó varios renglones y tildó casillas que estaban en blanco. Finalmente giró la hoja hacia él y le acercó una birome. "Firme" le dijo.
Garabateó unas líneas al lado de la equis que ella había escrito para señalizar el lugar y devolvió tinta y papel. "Puede pasar" sentenció la mujer y de inmediato la pequeña puerta al final del pasillo se abrió de par en par.
Caminó esos metros con aparente tranquilidad. Al otro lado de la puerta lo esperaba un andén. Varias personas se protegían del frío de la intemperie refugiándose detrás de las columnas de la plataforma. Hizo lo mismo.
Buscó en sus bolsillos los cigarrillos pero recordó que el último lo había fumado la noche anterior, antes de acostarse en la cama dura de la pensión. De todos modos, ya no necesitaría.
Algunas personas más se fueron sumando a ese puñado de almas desperdigadas sobre el andén, ajenas unas a otras. A nadie le interesaba hablar, menos a él. Consultó la hora y sabía que a la brevedad llegaría.
No había terminado de pensar en ello que comenzó a escucharse la locomotora. La silueta comenzó a dibujarse al final de la estación. La gente fue buscando un lugar más cercano a las vías. Sin embargo, nadie se apuraba.
Reparó en el hecho que ninguno llevaba equipaje y casi con gracia pensó que el chiste sería necesitarlo. Con trágica expresión, se guardó el comentario.
Se formó un puñado de personas en el punto exacto donde se detuvo el primero de los tres vagones de pasajeros que traía la locomotora. "Cada vez somos menos" pensó.
Lentamente fueron subiendo y tomando asiento. El silencio reinaba como un ritual. Las voces ya eran de poca utilidad. Cinco minutos después ya estaban en marcha. El vagón oscilaba de un lado a otro, pero sin violencia, más bien como un vaivén inofensivo.
Suspiró y apoyó la mejilla contra el vidrio. El siguiente suspiro empañó la ventana. Trazó sobre ella una cruz. "Quizá ya esté muerto y no lo sepa" pensó.
No quería dormir pero de todas formas la monotonía lo venció y se sumió en un sueño desagradable. En el mismo viajaba en un tren hacia los campos de incineración, donde llevaban a los mayores de cincuenta años que no tenían trabajo, para de esa forma reducir el número sobrante de personas en el planeta y evitar la desocupación en edades avanzadas.
Despertó agitado, en el momento que lo empujaban hacia los hornos. Miró hacia el pasillo y comprendió que aún estaba viajando. Ni siquiera en sueños podía evitar su destino. Vaya vida la suya. Suspiró una vez más, pero esta vez ya no se durmió. En el vidrio empañado dibujó otra cruz y esta vez, debajo, colocó su nombre y apellido. Era la tumba que no tendría.

domingo, 25 de abril de 2010

Intuición de viernes

El viernes a la tarde vino a matear mi amigo Iván, ese que -ustedes ya saben- está completamente chiflado. Conversamos como siempre con naturalidad de las cuestiones más asombrosas o intrincadas. Yo suelo ponerme en postura de racional a ultranza a veces, de romántico incurable otras y así en función de cómo se me presenten las ganas.
Iván nunca se coloca en una postura. No es tan artificial. Sus inquietudes son genuinas, más corazonadas que hipótesis fundadas. Y sin embargo, me resulta apasionante entrar en ese delirio que los amargos suavizan por dentro, como caricias al alma atormentada.
Iván, que empieza a divagar justo en el preciso instante en que sus ojillos vivaces se apartan de los míos, aparece con las más locas inquietudes. O con preguntas. Porque cree que tengo las respuestas o porque le interesa hablar con alguien que parece tener las respuestas.
- Tuve una intuición genial, no lo vas a creer.
Traté de disimular una sonrisilla condescendiente levantándome de la silla para cambiarle la yerba al mate.
- Buenísimo, me interesa. ¿y de qué se trata?
- Bah, es una especie de revelación en un sueño.
- Ah, la mano viene de experiencias místicas...
- No, boludo, ¿me dejás que te cuente?
Cómo no lo iba a dejar si vino para eso y conversamos para eso y discutimos para eso. No lo iba a sacar de tema para preguntarle por los celos de su novia ni los amabilísimas apreciaciones de su suegra sobre su persona. Soy masoquista pero no tanto. Asentí con un gesto.
- El mundo se creó el viernes al mediodía.
- A la mierda, ¿este viernes?
- Este viernes. Sí, señor...
- Ah, qué manera de perder tiempo antes... ¿No te conviene fumar otra cosa?
- No seas pavo. En serio...
Me encontré en un dilema. Lo tomo en serio o lo agarro para la joda. O busco un término medio, que tan mal no me sale.
- Ya sé, seguís leyendo a Galán de Barrio...
- ¿Galán de Barrio?
- Eh, sí, después te paso la dirección, contame...
- Bien, el mundo se creó este viernes al mediodía.
- ¿Se creó o lo crearon?
- Lo crearon, pero qué más da. No fue un dios a lo cristiano, musulmán, etc. Fue un demonio.
- Ah, vamos bien-, dije, tratando de punzarlo un poco- Así que demonios sí; dioses, no.
- No.-afirmó solvente- No un demonio tipo diablo. Un demiurgo. Un ser que juega con nuestra existencia...
- Buenísimo, esto se complica.
- Está claro, creó el mundo así como es, con huellas de como si hubiéramos vivio por milenios sobre la Tierra.
- Ah, ¿y mis recuerdos? ¿Y mi lucha por amar y ser amado? ¿Y mis viejos, que me vieron nacer?
- Tus viejos fueron creados así, como son, con esos recuerdos. Vos también. Yo. Hablamos de un demiurgo poderoso y juguetón que nos plantó recuerdos.
- Pero hay otra clase de testimonios del pasado. Videos, grabaciones...
- Sencilla objeción. ¡Las torres gemelas no existieron! ¡El gol de Maradona a los ingleses es un recuerdo plantado en nuestras cabezas y colocado en videos! Si este demiurgo es poderoso, nada le costaría generar estas memorias consistentes y sin incoherencias.
- Pero, ¿cómo puede tener tanto poder?
- ¿Acaso no le asignan omnipotencia al dios de los cristianos? ¿Cuál es la diferencia entre un dios que crea todo hace trece mil millones de años y uno que lo crea el último viernes al mediodía?
La conversación iba tomando un rumbo demasiado escabroso para mí. ¿Qué era esta nueva locura? De pronto, se me ocurrió una idea.
- Mirá, Iván, la ciencia ha determinado con exactitud los tiempos en que se produjeron cambios geológicos estructurales, las eras en que vivieron seres ya desaparecidos, como los dinosuaurios... ¿Qué me decís a eso?
- Nimiedades, para un ser todopoderoso son nimiedades. Todo significa todo. Nada más sencillo que crear un mundo con pliegues que rememoren cosas que no sucedieron.
- Pero...
- Nunca existió tu amor. Tu novia tiene plantados recuerdos similares a los tuyos. Fue creada como vos el mediodía del viernes. Lo que creías era tu amor es un designio de un demiurgo que juega con nosotros.
Al fin, ya estaba podrido de esa conversación. Los recursos de Iván parecían tan absurdos como inagotables. Lo contrario de mi paciencia. Empecé a juntar las cosas del mate como gesto inequívoco de que debía irse. Iván entendió.
- Bueno, creo que tengo que irme.
- Iván, ¿la seguimos la próxima?
- Mmmm, no creo que haya próxima, esta revelación me quitó las ganas de vivir.
- Estás recontra más loco de lo que me pareció en un principio.
- Tratá de encontrar un sentido a todo, vos que tenés todas las respuestas.
- Es que...
- Me puse como plazo el próximo viernes al mediodía... sin respuestas no quiero mi vida. No me gusta este mundo creado así.
Y se fue. Y el viernes se acerca.
No soporto la idea de que Iván viva sólo una semana.

lunes, 19 de abril de 2010

La lectura

Le gustaba sentarse en la mesa más grande de la sala de lectura de la biblioteca porque era la que más luz natural recibía desde el exterior, gracias a estar ubicada delante del ventanal que ocupaba la pared central.
Nunca había muchas personas en el horario de la siesta. Prefería la tranquilidad, la calma para asegurarse una lectura amena antes de regresar a su trabajo en un comercio de venta de artículos del hogar, dos calles más adelante.
Algunos volvían a sus hogares en el intermedio de cuatro horas que tenían entre la salida al mediodía y el regreso por la tarde, pero prefería pasar ese tiempo con los libros. Claro que tampoco nadie lo esperaba en su casa.
Estaba pasando la página cuarenta del clásico "Otra vuelta de tuerca" cuando una voz a su derecha le preguntó:
- ¿Le gusta Henry James?
Vio interrumpida en forma abrupta la lectura. Justamente por eso prefería la tranquilidad de esas horas, porque nadie molestaba. Sentía que si alguien lo distraía de una historia, volver a la misma se tornaba una misión difícil. Porque cuando leía, se instalaba entre los protagonistas. Y si bien era al menos la décima lectura que hacía del texto de James, sentía aún los mismos escalofríos que la primera vez.
Apartando casi con bronca los ojos de las hojas impresas, volteó su cabeza hacia la voz para contestar. Estuvo a punto de hacerlo, pero un detalle lo detuvo. Allí no había nadie.
Quiso volver a meterse en el libro. Pero ya no pudo. Empezó a temer que aquello que habitaba aquella vieja casona de antaño en el relato que tenía en sus manos pudiera jugarle una mala pasada.
Devolvió el libro y salió hacia el trabajo, sin dejar de observar en todo momento por encima de sus hombros, como temiendo en cualquier momento escuchar nuevamente la voz.

lunes, 12 de abril de 2010

Condenado

Solía pasar por delante de casa, con la mirada renegrida por los años y la soledad. Un rostro velado por el pasado, incógnita de tantos destinos y testigo de un tiempo que el mundo se encargó de grabar en su piel.
Solía caminar apurado, evitando así los comentarios por lo bajo. Pero sus piernas no eran las de antes y su paso se había hecho lento. Entonces sus oídos alcanzaban a escuchar esas palabras que casi en silencio iban de boca en boca acompañándolo en su andar, ese cuchicheo sutil pero oportuno, tan inocente para un niño, una daga ensangrentada para cualquier adulto.
Y en ese mar de culpas, daba las brazadas más largas que podía alcanzar. De esa forma su mente se perdía en meditaciones irrelevantes con el único fin de cerrar las puertas al pensamiento racional que aún bullía en alguna parte de su ser, a pesar de todo.
Ir hasta el mercado o realizar un trámite se convertían así en una odisea al averno, un viaje hasta lo más profundo del odio del ser humano. Sentía como los demás ojos penetraban hasta sus vísceras, como muchos deseaban extraerlas con sus propias manos y desmembrarlas ante la vista de todos, en el medio de la calle.
Un buen día dejó de pasar y con el tiempo alguien dijo haber visto la ambulancia delante de su casa. Las conjeturas se hicieron averiguaciones y a las pocas horas se supo la razón de su ausencia por la vecindad. Había muerto en el hospital.
Salió casi todo el barrio entonces hacia la casa donde se albergó esos últimos años aquel hombre extraño de mirada oscura, dueño de un pasado digno del demonio, poseído quizá por éste o bien, por la demencia de la época.
Arrojaron huevos contra el frente, escribieron grafitis sobre los ladrillos y rompieron ventanas y puertas como forma de descargo. Habían sacado la furia fuera. Aquella que por cuestiones de convivencia no habían podido hacer vale estando ese ser en vida.
¿Y de qué valía ahora? hay preguntas que no son fáciles de contestar. Me la hice regresando a casa, esa misma noche. Al aerosol que llevaba en la mano apenas si le quedaba pintura. No sabía si reprocharme lo que había hecho o bien, haberme demorado tanto.
De todas formas el pasado ya estaba escrito. Quizá esa furia sirviera para enderezar el presente. O bien era una forma de decirle a otro que esta vez no nos íbamos a quedar de brazos cruzados de volver a pasar. O era solo un grito de furia. No lo se. La imagen de esa mirada renegrida, solitaria y amargada se pasea por mi mente sin dejarme detenerme en ningún otro aspecto.

lunes, 5 de abril de 2010

Tango endemoniado

Para leerlo con acento "Cayengue"

Y así iba yo por la vida, el tipo que soñó la pared de su casa a reventar de libros, yirando por las calles del centro sin un mango en el bolsillo.
La ciudad te come hermano mío, te amansa y luego te mastica; te aborrece.
Yo me quedé sin la gracia del verso, perdí todo mientras el mundo giraba. Así pasaban los meses malditos que con el tiempo recordaré como “los lustros de cartón y pan”. Los días eran simples compañeros de mi sombra, separados ya de mi coraza soñaban con una mañana reconquistarme. ¡Quién me iba a decir a mí, que aquella tarde cruzando el campo de Santa Fe, esa mirada me fulminaría el almanaque; me destrozaría las vías del último tren a París!
Yo era un guapo, un varón del centro, un tipo duro si había que aparentar.
Mi único infierno se encendía cuando mis manos surcaban las frías teclas de marfil de mi bandoneón.
Yo venía de una estirpe de perdedores que disimulaban el amague, ¡no había manera de caer tan bajo!. Pero el fuego es así, hermano. Quema, abrasa; maldice....

Aquella noche me venció el faso y la falta de llanto. El odio me comió cuando el fuelle comenzó a respirar. La mirada me era esquiva, me guiñaba un ojo con el filo de su navaja.
Y así, susurrando suavemente a sus labios, le juré la vendetta.

¡Y pensar que yo era un simple niño perdido en el medio del campo!

El absurdo de lo cotidiano me arrancó de mi lugar, me hundió en las avenidas nocturnas, en la seda y el alcohol.
Esa noche las teclas ardieron y no fue sentido literario. El Mandinga mismo se hizo carne en el salón. Se retorció en su abrigo y siniestro, como él solo, me aceptó el despiste.
Las damas intentaron huir desesperadas de la vorágine infernal que se desató en el recinto, pero ya era tarde.
El fuego estaba a punto, y la milonga acababa de arrancar.

jueves, 1 de abril de 2010

Teología de barrio: Andá a lavarte las patas

para la Gabi, esa amiga que esta maravilla de internet me supo devolver


- ¿De dónde venís, Judas?
- Ehhh, cof, cof, anduve dando vueltas por ahí, Andrés...
- Ah, ¿y encontraste un toco de monedas?
- ¡¿Monedas?! ¿Cómo supiste..?
- Te hace ruido la bolsita, gil...
- ¡Grap! Sí, ejem, las encontré tiradas, son para los pobres, ¿viste?

Algunos de los discípulos estaban preparando la cena en el piso alto de la casa de Juan Marcos, donde a veces se reunían y no faltaba el tinto.
Jesús estaba serio y sombrío, no como la mayoría de las veces que desbordaba de alegría. Los discípulos intercambiaban miradas y susurros intuyendo que algo extraordinario iba a suceder. Juan, haciéndose el sota, se arrimó hasta ponerse al lado de Jesús. Al verlo, algunos de los otros querían estar lo más cerca posible y se empezaban a amontonar desplazando a los demás a los codazos.

- Correte, que el maestro quiere que esté a su lado.
- Correte vos, che, olete la baranda, lo vas a desmayar...
- Ups, me abandonó la crema de olivo...

Al ver que discutían sobre quién era más importante, Jesús les dijo: -Los reyes de las naciones las gobiernan como dueños, y los mismos que las oprimen se hacen llamar bienhechores. Pero no será así entre ustedes. Al contrario, el más importante entre ustedes debe portarse como si fuera el último, y el que manda, como si fuera el que sirve. Porque ¿quién es más importante: el que está a la mesa o el que está sirviendo? El que está sentado, por supuesto. Y sin embargo yo estoy entre ustedes como el que sirve.
Entonces se paró, se sacó el manto, agarró una palangana, una toalla y un cántaro con agua y comenzó a lavarle los pies a los discípulos.
Cuando le tocó el turno a Pedro...
- ¿Vos me vas a lavar las patas a mí? ¡Ni loco!
Desde el fondo, Andrés, el hermano, gritó: - ¡Juaa..! ¡Pedro tiene hongos!
Y Santiago de Zebedeo: -¡Fooo, con razón nos rajaron de la casa de Natanael! ¡Qué baranda!
- La sandalia parece un barco con esos juanetes..., completó Tadeo.
Jesús respondió: -Si no te lavo, no vas a tener parte conmigo.
Entonces Pedro dijo: - Entonces lavame las patas, las manos y la cabeza...
Andrés arremetió: - Ya se entusiamó el mugriento....

Cuando terminó de lavarles los pies, se puso de nuevo el manto, volvió a la mesa y les dijo: -¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho yo. En verdad les digo: El servidor no es más que su patrón y el enviado no es más que el que lo envía. Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica.

Historia por demás de conocida.
Sin embargo, uno no puede menos que hacerse preguntas cuando ve a tanto sacerdote con aire de superioridad, a tanto ministro que goza cuando la gente se arrodilla para besarle el anillo, a tanto pastor vanagloriándose en el escenario, a tanto boato de las grandes instituciones religiosas...
Hoy, cuando salen a la luz las más atroces actitudes de parte de personas consagradas a la fe, brilla más que nunca el laburo silencioso de gente que ha leído esto y lo ha hecho carne. Como aquel cura sanjuanino que se fue a sacar agua a Benín bendiciendo el desierto, como aquel otro monje que eligió la misión formoseña para llevarles un poco de dignidad a los aborígenes, como tantos que andan lavando patas mugrientas.
Y el contraste, más que nunca, con el rozagante ministro sediento de poder que exige el vehículo más ampuloso para mayor gloria de dios y condena al infierno eterno a quienes no asisten a sus ritos.