La excursión había comenzado.
Comprendida de dos días enteros, se situaba en la parte norte de Noruega, donde el otoño comenzaba a azotar con fuertes ráfagas de frío. El primero de los días, en Troms, era destinado a la preparación del segundo, el cual comenzaría temprano partiendo hacia la fría y oscura morada donde habitan los leones blancos, criaturas feroces que se ocultan tras la niebla, de un rugir atormentado y miradas como túneles de perdición.
La travesía de este segundo día consistía en llegar hasta el valle helado y colocar todo un brazo, por determinado tiempo, dentro de la boca de un león. No había seguridad alguna en ello.
Laura sabía que pocos salían con vida de aquel enfermizo intento de triunfo; el hecho se parecía más a una ruleta rusa en vez de a una plácida excursión de riesgo.
Todo el curso del colegio integraba el viaje. Absolutamente todo el grupo había accedido a participar, inclusive con entusiasmo; aunque más bien Laura lo sintió como un desafío innegable por parte de los organizadores.
Los preparativos fueron densos, demasiada ansiedad por parte de unos, exagerada intriga por parte de otros, menos concentración y tranquilidad que era lo que hubiera hecho falta.
El ritmo incansable de la mayoría logró que Laura se supiera devastada.
Enceguecida por el miedo, enfrentó la cruel mirada de Susana, la directora; vieja, intimidante, sus ojos de pájara se apoyaban en la dura grieta que la vejez se encargó de remarcar desde los pómulos hasta la mandíbula poco quebrada.
Sin detenerse a pensar un poco más, pues ya lo había hecho bastante, le dijo:
- Oye Susana, mañana no voy a ir a la excursión, prefiero quedarme en el hotel esperando volver a casa. No me siento muy bien- agregó, en un confuso intento de justificarse.
Susana agudizó la mirada. Dejó caer parte de su rubio y viejo pelo sobre su frente en un fugaz movimiento de decepción. El poder amenazante que esta mujer poseía era potentísimo y ella lo sabía. No tardó demasiado en contestarle que ya no había opciones de echarse atrás y que contaba con su participación.
Con media sonrisa en la cara, casi macabramente, Susana giró y se perdió entre el grupo.
Esa noche no durmió nadie. La espera fue más corta de lo pensado y el autobús hacia el valle partió muy temprano.
El camino era excesivamente sinuoso, prácticamente en descenso. Aún no se podía divisar el paisaje. Estaba oscuro.
Algo sucedió en el tiempo. No podía explicarlo, deducir cómo. Pero en el trayecto del viaje, el tiempo se desdobló para Laura.
Enseguida todos supieron que llegaban a destino, la niebla subía desde el asfalto hasta cubrir las ventanillas del autobús. Con tanto frío y todavía de noche la situación parecía resumirse en un sacrificio múltiple, quién sabe a quién.
A partir de ese momento Laura fue desmembrándose en el pasado, desmigándose, hasta romperse.
Con los primeros rayos del sol llegó también el sheriff del condado.
La masacre era inhumana. Más de cien chicos descuartizados, ningún adulto.
jueves, 23 de julio de 2009
La leyenda
lunes, 1 de junio de 2009
Sin salida
Afuera hace frío y tengo sueño, insistió Sandra consigo misma, convenciéndose, mientras el murmullo de la ciudad oíase lejos, como si estuviera escondido tras la incertidumbre.
No puedo partir, pensaba, las horas pasan demasiado rápidas y él todavía no llegó. Si me voy sé que vendrá. Si me quedo.. tal vez llegue a olvidarme.
El viento era un falso palpitar de la noche.
El zigzagueo de la luz de la esquina simulaba un péndulo marcándole el ritmo de su insomnio. Veía la tenue iluminancia desde la arrinconada ventana de la habitación del 4ºC del “Graciela”, hostal que había encontrado de paso al salir de la cabina telefónica. Por un flujo de impertinencia que no pudo evitar, espiaba los ángulos errantes de la luz atropellando ilusiones. Aún así no perdía la esperanza de ver en el serpenteo la llegada de Rubén.
Pensó que podría esperar, y de inmediato sintió los sentidos adormeciéndose. Experimentó la noche más larga que nunca hubiera imaginado. Padeció aproximarse la gran espera.
Hubiese sido sabio partir cuando aún la decisión no conspiraba sobre ella, pero la confusa soledad supo engañarla.
Creyó que esperando alguien llegaría, y sólo obtuvo oscuridad.
domingo, 10 de mayo de 2009
Recuadros
No recuerdo nada más de mí que una fuerte sensación de deseo.
El pasado quedó sepultado en la colección de imágenes perdidas o abandonadas, aunque todavía no puedo desvincularme de algunas fotos que llevan recorriendo conmigo miles y miles de km. Entonces, son presente.
Llevo reflexionando estas palabras todo el tiempo que tengo ganas de escribir. Salen de mi boca como por medio de un tamizador emocional y nunca es lo que quiero decir. Esta vez cayeron con esta forma, debido al latido en el tren (un recuadro haciéndose con velocidad de segundos, latiendo en las paredes del vagón, un espejo latiendo casi imperceptible).
sábado, 20 de diciembre de 2008
Las horas de un tiempo sin tiempo
Ahora que ya se ha ido, me pregunto si su llegada no perteneció a otro tiempo.
La llovizna de estos días sin viento llegaba hasta mi puerta, aunque nadie golpeaba en la parte gris. A veces me parecía demasiado insólito creer que el espejo no reflejaba nada. Ni una sensación, ni una palabra, ni un brillo reproduciéndose del reflejo de otro reflejo. Era todo demasiado pequeño, conservado, aplaudido en los momentos de ninguna coincidencia.
La habitación, comprimida de olvido, latía inseparable de mí.
La caótica escena de su presencia me hizo vulnerable y oscura.
Llegó sin esperar.
Se instaló por semanas, por meses, pasaron años tal vez, no sé, el tiempo parecía ser externo a las situaciones. Siempre fue sol, siempre fue noche, era todo lo que no podía existir junto, y no me servía. Aun, faltaba tanto para que se fuera.
Mi retracción era inaudita.
Cerré las cortinas, preparé café y acondicioné el living para la próxima eterna cita de diván que se me proponía.
Luego fue todo tan bizarro. Recordé sucesos de comunicación de todo tipo, pero ninguno que se llevara la esencia del fuego tan repentinamente como este. Todo parecía otro todo. Un todo insondable sumido en el letargo. Una esfera enredada. Un todo que reconocí.
Su actitud no dejaba huella, pero accedía directamente en la historia.
Dejé de esperar que por la ventana entrara algo de luz.
El tiempo después fue sordo, invertebrado de condiciones.
Supuse, entonces, que su marcha ya estaba lejos de casa.
sábado, 8 de noviembre de 2008
Episodio
Un tercer episodio de pasado desempolvó los auges de la memoria caída.
Comenzó con una leyenda pasiva de contracturas del alma que, poco a poco, se transformó en noche eludiendo las causas de la tensión.
El medio fue una máquina del tiempo generosamente abstracta, como la Olivetti que llenaba gran parte del ropero, en el sector de los zapatos. La sacó de su hueco con gran esfuerzo. Estaba tan bien encajada como un secreto guardado sin dificultad. No molestaba hasta que la necesitó. Después de probarla intensamente comprobó que ya no funcionaba, entonces recordó el porqué del abandono, del desuso, de las huellas en las teclas después de la última canción.
Las olvidadas letras de su memoria permanecerían sepultadas con la muerte de la vieja máquina, pero se enorgulleció por no existir la posibilidad de otro renacer mecánico.
jueves, 18 de septiembre de 2008
El miedo
Sus ojos me miraron, titilando el refugio que guardaba, la complicidad que utilizaría más tarde en sus palabras y un extraño acontecer de raíces hinchadas en su memoria.
Parecía más que un loco suelto. Parecía, sobre todo, un espasmo del día, una tormenta en un cabo solitario, un circo derribado, la neblina de no saber caminar solo.
Temí acercarme, temí preguntar, aunque por dentro sabía que temía involucrarme, que esos ojos no fueran cotidianos y supieran hablar con extremismo de un acontecimiento que, al final, nos sucede a todos. Temí deber auxiliarme.
El tiempo pasaba oblicuo en el espacio. Sobraba una parte de lo que nunca sabemos en ese trozo de recreo obligado a la espera del tren. El recorrido de la gente interfería en exceso la búsqueda de logaritmos que ofrecieran un resultado coherente a las respuestas.
¿Cuál sería su viaje para tan desbordados ojos? ¿Qué secuencia atroz imaginaba para derramar tanta evidencia?
Pensé lo que nunca pude pensar en un segundo a la velocidad de un tren que está por llegar en cualquier momento. Ya estaba todo examinado, pero ¿serviría para la investigación lo que provocaría la inercia del encuentro?
Llega el tren sin darme cuenta a pesar del tiempo de concentración. Subimos todos y cada uno se ubica en los lugares que puede, afortunadamente se puede elegir un poco a estas horas de la tarde. Sus ojos siguen mirándome inauditos, escondiendo un poco la vergüenza que provoca la multitud. ¿Qué es eso que me dice?
Me acerco tan nerviosa como si tuviera que interrogarme a mí misma. Me acerco y el contacto ya es inevitable. Pregunto, lo más prudente que me permite el momento, cuál es su malestar. Los ojos van disminuyendo su expresión. Noto un expansivo intento de evitarme. Ya no soy yo preguntándome. Este ser evade la situación con un simple “no pasa nada” seguido de un “estoy bien”. Los ojos seguían siendo oscuros y profundos. No pude imaginarme un campo abierto con soles resplandeciendo en su horizonte. Se estaba alejando completamente solo. No supe qué hacer. Tenía ganas de arrebatar a esa persona del mundo en el que se encontraba, pero no supe qué hacer. Tan cerca y tan lejos, a la vez. Tan inamovible es el miedo, a veces, tan extremo.
martes, 3 de junio de 2008
Hombre del espacio
Siempre sorteó un caminar errático por las suaves curvas de un Madrid medieval atascado de promesas. Las nervaduras subterráneas de la ciudad acumulaban sueños abandonados y oleaje de amores de paso.
No le fue fácil anticiparse a lo que finalmente transformó sus días en una catarsis existencial. Sabía que podía abstenerse a ser un tipo sin especialidades y esa amalgama de sensaciones que contrajo desde que se supo conciencia floreció como una frágil amapola nocturna intentando identificarse ante su nuevo reto. Cada verbo que escuchaba, ajeno a la intemperie de su nostalgia, se hizo carne en su boca reproduciendo exactamente la invariable y enérgica respuesta que evocaría una nueva sonrisa.
Tan fácil se sucedió este saber con el tiempo y tan mudo pudo volverse en cuestión de días. Especial nunca se sintió pero sí útil aunque nunca pudo contarlo. Su vida era tremenda, veía que tenía tanto trabajo por hacer, tantas ganas, tanto amor. Le bastaba que la gente pudiera comprender lo que pensaba de la vida. Hecho esto sabría que para alguien el camino sería mucho más liviano. La confianza es calidad de vida, le chistó un amigo sabio.
Una vez alguien le preguntó de dónde sacaba tanta energía. Sorbió una gran bocanada de aire y se limitó a contestar “soy un hombre del espacio”.
domingo, 4 de mayo de 2008
La Vieja Época
La Vieja Época comenzó extrañándose entre tanto cambio.
El control de su rumbo había perecido sin darse cuenta
entre saltos y desencuentros con el bienestar.
La carrera tornó la velocidad de un rayo sustancial
entre episodios desamparados y
nuevas expectativas delante de cada paso.
Multitudes insolentes de cortas esperas
atraparon el eje conductor por el riel de lo factible.
Confundió su pasado con su esencia,
olvidó su raíz del otro lado del perfume.
La Vieja Época se reconoció cuando sólo se recordaba
entre melancolías de reuniones solitarias.
Las riendas estaban ya demasiado lejos para alcanzarlas,
pero no quería comenzar de cero
una historia que no disponía de principio
más que su propia razón.
Y esa fue la palabra que necesitaba
para restaurarse, “la razón”.
Entendió por fin que nunca fue pasado
su necesidad de pertenecerse y que el tiempo
había sido viento conjugándola.
La Vieja Época ahora es
viajando en el transcurso,
aportando expectativas desde sus ramas,
como yemas de fresno,
para ampliar su curvada extensión,
sus años de vida.
martes, 29 de abril de 2008
El Pulóver de mi Abuela
No esperes más que el ovillo se enreda y la punta la puede hilvanar una aguja desconocida; una de esas para lana gruesa, que no pinchan, pero que son larguísimas y anidan muchísimos puntos para después tejer una trama indeducible. Empieza por reconocer tu color, éste será tu hábitat entre las conciencias, tu contraste, tu fuerza y decisión. Sigue por la textura, dejará seguramente una profunda huella, un calado, el sabor en la palma de una mano. La textura será el movimiento, el levantamiento o la caída pero con rumbo seguro. Inventa un ocho infinito siendo tu propia idea, tu simpleza ante lo desconocido. La madeja correrá sola a toda velocidad haciendo un buen trabajo. Te enseñaré puntos nuevos para cada ocasión, aunque los más difíciles conviene saberlos primero. Si tejes demasiado flojo la trama se estirará con el tiempo y aparecerán agujeros insondables. Permite que entre aire a tu gusto y no al de la vejez, en este caso la prenda no resistirá y la tirarás a la basura. Yo aun contemplo en mi viejo ropero obras de arte. El punto inglés es uno de los que más me gusta, no cansa y tiene estilo, tiene una trayectoria que descansa en una armonía inversa. Mañana te mostraré cómo se hace para conseguir unir varias lanas en el punto exacto. Mientras tanto abrígate, que el mundo es demasiado frío.
sábado, 26 de abril de 2008
Les dejo un acontecimiento pasado, pero valedero para estas fechas
Los viajes en Metro son cada día más cadavéricos y espantosos. Con la llegada de la primavera se van sintiendo, de a poco, los aires cálidos del sur que enseguida invaden, con su manto sofocador, las estructuras cerradas y, aun más, las subterráneas. Los sucesivos desperfectos de los trenes en pleno túnel no colaboran en lo más mínimo con la salud psíquica y física de los viajeros, que lo único que quieren es llegar pronto a sus destinos y no padecer, como única alternativa, una siesta sin sueño a unos cuantos metros bajo tierra.
Sin embargo, la rutina de los viajes a diario me ha ofrecido descubrir ciertos sitios y horarios en los que aun se puede respirar o desperezarse cómodo a las 7 de la mañana. Entre las diferentes combinaciones que hago, para poder llegar a tiempo al trabajo, me topé con una sucesión de consecuencias que se concretan como vagones vacíos a cierta hora, cosa que no dudé en aprovechar. En las esperas insólitas de cada rotura mecánica de las máquinas estudié las entradas y salidas de las estaciones que atravieso, el ir y venir de la gente, sus movimientos, inercias, y hasta pude ver sus deducciones antes de que fueran concretadas. También tuve precisa observación sobre la disposición de las puertas del tren, al abrirse, cuando se detiene frente al anden, detalle muy importante para poder conseguir un asiento ya que las estaciones, en las que subo, acumulan una masa humana considerable.
Este devenir de los acontecimientos cotidianos se ha tornado casi un trámite, no sólo para mí, sino para la mayoría de las personas que se ven obligadas a utilizar este fabuloso medio de transporte. Digo fabuloso porque, a pesar de su mal servicio, con él se puede llegar a cualquier punto de la ciudad sin tener que caminar más de cien metros. Tal es este trámite que, aun con la cantidad de gente que se mueve a diario por Madrid, hay veces que puedo reconocer más de una cara planeando la ubicación exacta para que sus pies coincidan con las puertas de los trenes.
Me es muy gracioso entender las actitudes de la gente, si no estoy demasiado dormida me entretengo tremendamente inspeccionando las reacciones de cada ser ambulante por sí mismo.
Esta tarde, de regreso a casa, por ejemplo, la situación fue más que cómica. Al llegar a la estación predeterminada para hacer la combinación siguiente, el tren se detiene, abre sus infatigables puertas, y salimos todos del vagón, como un gusano enorme de gente, directo hacia la escalera que conduce al centro de la Terminal para continuar cada uno con su inevitable programa. Delante de mí caminan dos turistas orientales, un poco desorientados, pero siguiendo a la masa. Delante de ellos, una joven de las que viajan a diario. Desde mi espalda puedo ver, avanzando alocada entre la muchedumbre, otra joven metiendo cuerpo sin piedad hasta que se sitúa entre los orientales y yo para estirar su largo brazo y, entre los turistas, deslizar bruscamente su mano sobre las nalgas de la chica que iba delante. Ésta, asustada más que sorprendida, volvió su feroz mirada hacia los muchachos orientales que no pudieron decirle otra cosa que no fuera “¡Noooo, Nooooo, Noooo!”, hasta que la joven acosada pudo vislumbrar, detrás de los inocentes turistas, la cara sonriente de su desvergonzada amiga. Se hizo lugar y le echó un gran abrazo con el cual los chinitos siguieron aliviados y algo tentados de risa. No es para menos, yo no pude contener la carcajada ni en la fracción de segundos que duró el episodio.
miércoles, 9 de abril de 2008
Una Noche cualquiera
Era un lugar especial en la barra de ese bar, taberna o aullido de solitarios, como le quieras llamar.
La impresión era madera rasguñada, cemento saltado, sillas despedazadas, un vacío hacia el baño, tres luces desenfocadas.
La oscuridad se hizo muy rápido, de caras mojadas, de espejos ambulantes rotos y salpicados, de una niebla pensante capaz de malear todo sueño infiltrado.
El ambiente se contuvo calmo, de un fluir espeso, de ojos entrando y saliendo de sus mismos encantamientos manejados por la inercia de las sombras, como tratando de amansar la estupidez.
La música brotaba intensa, para ser ardida, latida, improvisada en la deformación de la multitud. Él la escuchaba como si se la estuviera comiendo. Y no la sintió más.
Su lugar era la barra, ese pedacito de nostalgia que se degusta como un abrazo cercano.
Acodado y reluciente bebió toda la noche, observó las horas de un nuevo día, escribió, leyó, soñó, y luego la risa devastó una pesadumbre casi antártica que supo acumular cuando la niebla pensaba.
Se abrazó a la noche como a su más preciada dama, la invitó un trago y pudo divisar sus amplios labios morados absorbiendo el infinito de su amargura, se sintió tan conquistado, tan abierto a desmoronarse con o sin motivos sobre sus hermosas y largas piernas, sobre su manto, sobre su cuna.
Esta dama le enseñó su sombra, su parte perdida, su oscuridad inconquistable, su reflejo, su mirada, su alegría, su querer, su creer, su sentir. Sí, le enseñó su sentir!
Juntos miraron desvanecer esa otra noche que aun seguía bailando, arrastrando sus últimas horas en las cortinas ajadas, en las huellas de papel, en los vasos vacíos, sobre el montículo de mil botellas, de mil sorbos desintegrados, resbalando por el tiempo de seres cansados y casi dormidos.
Él insistió en su hueco en la barra, disfrutando de ese confort portátil que siempre lleva a todos lados como una suerte, como una linterna mágica que le designa el camino.
viernes, 4 de abril de 2008
Los Sueños del Tiempo
La pequeña ciudad ambulante lo despierta aturdido.
Entre ráfagas de recuerdos, sueños y algunos pensamientos recientes no duda en salir a caminar. Sabe que perdido en la calle encontrará el verdadero frío, pero insiste en sus pasos para olvidar el corazón de esa habitación y la ocasión de otro cotidiano recaer.
La noche vestida de humo, más nocturna que otras veces, encierra su camino con sentimientos grises y solitarios pasos, que se sacuden en su interior como el único latido cercano. Contempla sus ojos fundidos en la nostalgia de otra vejez mientras avanza lento sobre los llanos de esa calle irreconocible.
Un crujir desértico en las sombras desquicia el espectro que lo habita. Murmura un sigilo en el eco de su respiración disimulada al tiempo en que comienza la llovizna en su corazón.
En la esquina, con sombrero de cera y solapa de lona gastada, charla la Soledad con la Niebla sobre el remoto tiempo de sus horas. La Muerte, a un lado, no pretende intervenir, pues sabe que el tiempo es tirano.
Ven al anciano acercarse con su corazón anclado y cubierto por el manto lloroso de los años. Él las traspasa despacio, se siente cada vez más humano, más vulnerable a los presagios que le prepara la noche. Piensa una palabra tranquilizadora antes de mirarse hondo y morirse, antes de llenarse con su silencio físico de siempre.
De un viento surcado por emociones la Muerte lo embiste dolorosamente, lo circula como un astro enfurecido hasta succionarle las trizas de su alma, pero la Niebla la amansa con un No Muerte a los Años, la detiene para envolver al hombre y ocultarlo.
Él se entiende más despejado en su pequeña ciudad ambulante, los bares ya están cerrados y enciende su último tabaco para emprender la vuelta hacia su soñolienta habitación. La Soledad lo acompaña en el largo recorrido contándole la historia de su fría suerte, mientras el hombre se frota las manos tiritando un cansancio antiguo. Pisa un pequeño retazo de agua helada en el suelo escamado de la ciudad, deteniéndose se mira. Detrás de sus ojos la noche brilla en su oscuridad, respira su aire intenso y emprende la fuga de lo que podría haber sido.