Humedad. Graznidos. Indudable, inexorable, el Sol bañaba el monte. El hombre se levantó del catre y miró a lo lejos. Sintió que algún demonio lo arrastraba en un arrebato hasta la cuesta de la sierra. Y le prometía reinos, poder y gloria. No había a su lado ángeles que lo confortasen. Cuando sintió una mano áspera, gastada, agrietada, pesando sobre su hombro, Marcos abrazó a aquel campesino y se secó una lágrima al ajustarse el pasamontañas.
domingo, 14 de julio de 2013
domingo, 29 de abril de 2012
Un viejo
y aunque imagínase erguido
cerviz de sauce en la fuente,
cayado en siglos sumido.
Las décadas que ha vivido
le han retenido el aliento,
han puesto sepia en olvido
con hastíos macilentos.
Los fresnos siembran monedas
que cayendo a ritmo lento
en nostalgiosas veredas
sin tintines bajo el viento
se deshacen en crujidos
pobre orquesta en contrapunto
titubeos sostenidos
sin unísono el conjunto.
Pero él escucha ovaciones,
de quién sabe qué tribunas
coro de las emociones
sus recuerdos importunan.
Lo celebran los canteros,
serias dalias, los claveles,
le devuelven los tinteros,
la colimba, los laureles,
los tiempos que se amontonan
en rincones polvorientos
nunca su gloria destronan
pincelando aburrimiento.
Quiera el cielo que recuerden
la simiente de su especie
no hay amparo si se pierden
sus palabras, no se aprecie
que su paso en la espesura
de una vida aventurada
de la historia, travesura,
está escrito en su mirada.
sábado, 27 de agosto de 2011
El visir y la anciana
"Un día el visir de Ahmajá decidió visitar a sus súbditos, para dar cuenta al califa del estado de sus dominios.
Escoltado por una comitiva lujosa y armada hasta los dientes se apartó de las rutas comerciales del reino para tomar los caminos rurales. Notó que mientras recorrían los caminos principales los demás viajeros se deshacían en esos ampulosos gestos de sumisión y agradecimiento característicos de la zona, de las gentes conscientes de que debían su vida al califa, aunque más no sea por mostrarse misericordioso al no arrebatarles la vida por nada, tal era el poder con que Alá lo había ungido.
Apenas comenzaron a apartarse de la gran ruta, los caminos eran más polvorientos, angostos y dificultosos. Y las gentes también. Los saludos de los pastores se volvían más breves. Los sembradores se detenían unos instantes y volvían a sus tareas antes de que la comitiva termine de pasar.
El visir comenzó a preocuparse, pero no decía nada. La falta de honores a su paso, el desinterés de los aldeanos y el poco cuidado en ensalzar la figura del califa eran signos claros de que algo pasaba.
Distraído en estos pensamientos se sobresaltó al ver que el camino que transitaban concluía en una casita humilde y pequeña. Cerca de un horno detrás de la casa, una anciana preparaba su pan tan atenta a la tarea que ni cayó en la cuenta de que lo visitaba la comitiva del primer ministro.
El visir, seguro de que no había peligro alguno, mandó detener la tropa, se apeó y caminó hasta la anciana de manto raído y de un color ya indefinido.
- Alá te proteja, anciana, pero más al califa, señor de estas tierras.
- Alá te proteja, visitante.
- ¿Osas no mencionar al califa, servidor sagrado de Alá? ¿Así tratas la dignidad de su gran visir?
- No conozco al califa, señor. ¿Por el cielo que sigue siendo Abdullah el Digno?
- Desconoces al califa, que es nieto de quien nombraste, Ammal. Y me ofendes al no inclinarte en mi presencia.
- Tu dignidad es evidente, señor, como mi pobreza. Pero más evidente es que si no sigo preparando mis panes, mis nietos no comerán hoy.
- ¿Y tus hijos? ¿Son tan desalmados como para permitir que hagas esta dura tarea?
- Forman parte de tu comitiva, señor. Los veo desde aquí. Son los dos que no levantan la vista."
Torre concluyó su relato asegurando no saber qué sucedió con la anciana, con sus hijos y el visir. Y tampoco por qué demonios se puso a contarles esa historia a dos zanguangos como ellos.
sábado, 14 de mayo de 2011
Gente ignota: Foucault I
- No se inquiete, monsieur Foucault, que no lo voy a insertar en ningún orificio del cuerpo de su señora esposa.
- Más vale que así sea, doctor, de lo contrario seré yo quien haga estragos con usted y ese aparatito.
- Tranquilo, he llamado estetoscopio a este artilugio de mi invención que tiene la virtud de poder auscultar los latidos del corazón sin humillar el recato de las damas.
- Muy ingenioso, se ve que la ligó por andar oyendo corazones a oreja pelada...
- Y... avatares de la medicina. A propósito, ¿qué nombre le va a poner a este luminoso bebé?
- Jean-Bernard-Léon Foucault.
- Ah, sencillito.
- Muy chistoso. ¿Usted cómo se llama, doc?
- Emmm, René Théophile Hyacinthe Laënnec, pero me dicen Rana.
- ¡Ja! Éste será León, a secas.
1830: -¡Maaaaaaaaaaaa!
- Leoncito, enfant terrible, debes llamarme Mère.
Entre 1835 y 1840: - ¡Maaaaaaaaaaa!
- Leoncito, garçon terrible...
Entre 1840 y 1848: - León, ven aquí, obstinada rata de laboratorio. Sal a la luz, que te quiero presentar a alguien.
Notas:
1819: Nace en París Jean-Bernard-Léon Foucault, hijo de Jean Léon Foucault, un reconocido editor de libros. Me pareció simpático meter aquí a Laënnec, reconocido como el inventor del estetoscopio, que vivía en París en esos días.
1830: Foucault recibió sólo la educación hogareña mientras ayudaba a su padre en el trabajo. Sus padres querían que fuera médico, pero él no estaba muy convencido.
Entre 1835 y 1840: Consiguieron ubicarlo como ayudante del gran Alfred Donné, descubridor de la leucemia y de varias enfermedades relacionadas con el sistema genital femenino. En ese mundo de laboratorio confirmó su interés por la ciencia más básica: la física. Los descubrimientos del primer tercio del siglo XIX lo asombraron y estimularon. Soñaba con encontrar errores en los trabajos de Newton, a quien muchos consideraban iluminado por dios.
Entre 1840 y 1848: Conoce a Fizeau, quien sería su amigo y compañero de desafíos experimentales. Ambos competían en ingenio y se complementaban en sus estudios relacionados con las diversas ramas de la física. Pronto sorprenderían al mundo.
miércoles, 19 de enero de 2011
Como los dublineses
Con esfuerzo movió una mano, la izquierda. El brazo derecho entumecido como inmóvil bajo el torso de ella, que suspiró levemente. Movió los dedos, a modo de un intento de verificar que aún estaban; ella hizo un movimiento hacia atrás, buscando su calor.
Era joven y bella. Demasiado. Se preguntó cómo fue todo. Sólo recordó unos pases de baile diluidos en alcohol. La caminata de ida, a distancia. El taxi de vuelta, enmarañados. El cielo clareando, un ascensor y nada más.
Una cegadora lucidez ahora. Su nombre, demasiado familiar. Sus formas -conocidas y soñadas- coincidentes con las que iba acariciando con una trémula ternura de la que no se sabía capaz. La certeza de que todo cambiaría desde allí. Su mundo y el de ella. Sus miradas se buscarían hasta rehuirse y se eludirían hasta cruzarse.
Se preguntó qué nace y qué muere acercando el rostro a la infinita espalda para olerla. Impulsó los labios hacia adelante hasta tocarla. Se sintió feliz y estúpido. Como el niño que juega su último boleto en el parque de diversiones.
Ella despertaría en poco tiempo. Se cubriría con exagerado candor y alguna culpa. Iría al baño con una sábana como manto y la vería grácil y hermosa para volver a soñarla. Y se pondría las gafas de sol robándole las pupilas y una lágrima. Inexorablemente.
Y vendría el paso de los días. Y humillaría su orgullo de conquista. Se preguntó si sería capaz de contarlo.
Si ella volvería a mirarlo. Si alguna vez habría amor o cariño o si el odio rebanaría el pan cotidiano. Y la seguridad de que sentiría celos.
Como fuese, uno de los dos continuaría de pie, el otro caído, como esas largas botas que asomaban a un lado de la cama.
sábado, 2 de octubre de 2010
Gente ignota: Buridán III (la fin)
- (Acá está, Carlos...)
- Bien, ahí va... Tu dices que todos poseemos libre albedrío...
- Simplifica, Carlos, usa la navaja del maestro Guillermo.
- ¿Lo mato, René? -
- No, infeliz, te pido que simplifiques...
- Bue... si le gusta más, un asno al borde de la muerte por hambre, teniendo que decidir entre dos montones de heno que estén a la misma distancia perecerá, ya que no hay elementos racionales que permitan hacerlo. ¿Adónde está la libertad, dijo Pappo?
- ...
- ¡¡Ahh, se quedó catatónico!! !Juaaaaaaaaaa, no tiene argumentos..!
- Creo que el joven Nicolás tiene algo que decir.
- ¡Uy, creo que dejé la leche sobre las brasas, Carlos!
- ¡Arrevuá! (Rajemos, René)
1342: - Maestro Jean...
1349: - La peste está asolando Europa, maestro.
1358: - Mi amado maestro del arte del movimiento, enséñame una vez más la cuestión del ímpetus...
- Amada mía, ¿estás aquí?
- Glup.
1361: - Alumnos, cumplido el plazo de tres años sin noticias fehacientes del maestro Jean...
- ¡Está en Viena, ha fundado la universidad!
- ¡Ha ido a enseñar a Alemania!
- Se recluyó para seguir escribiendo...
sábado, 18 de septiembre de 2010
Gente ignota: Buridán II
1328: - Alumnos...
Bla, bla, &%#$@, bla, uhh (murmullo generalizado con insultos incluidos)
1330: ¡Maestro Guillermo! He viajado largamente hasta la sombra de esta torre inacabada sólo para verla derrumbarse sobre tu ingeniosa cabeza.
1337: - Jefe, ¡se desató una guerra con Inglaterra!
- El criminal de Juan murió hace unos años. ¿Qué se puede esperar de Jacques Fournier, que al notificarse de su postulación gritó: ¡Han elegido a un asno!? No entenderá escritos eruditos. En cuanto a lo otro... ¿crees que tirará la primera piedra?
- Pero... ¿no dijo usted que escribe para que los simples entiendan estas cosas?
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Gente ignota: Buridán I
1300: - Roger, amado, pongámosle el nombre de Marco, como el famoso viajero, a nuestro bello hijo...
- No, mujer, pongámosle Juan...
- ¿Juan Buridanus? ¿Joannes Buridanus? ¿No suena horrible?
- Cuando se popularice el francés será Jean Buridán, mi vida, es recool...
- Jean Buridán... nombre de artista...
1315: - Mujer, ¡nuestro Jeancito estudiará con Guillermo de Occam!
- ¿Sigues bebiendo en exceso, Roger?
- No digas sandeces, ¡le conseguí una beca!
- ¿Una beca? Si no tienes contactos influyentes...
- Estemmm, en el bar de la esquina de la Universidad de París somos todos iguales...
- No sé si azotarte o besarte, amado Roger.
1316: - Pequeño Jean, estudirás filosofía y teología en la universidad más prestigiosa.
1318: - Jean, ¿serás franciscano como yo..?
1320: - Jeancito, el mas bello de los parisinos, quédate un rato más. Amanezcamos juntos.
- Sí, por favor, mi agudo filósofo de hermosas facciones...
- ...y el experimento.
1320: -...después de dejar el brazo del lanzador, el proyectil sería movido por un ímpetu suministrado por el lanzador y continuaría moviéndose siempre y cuando ese ímpetu permaneciese más fuerte que la resistencia. Ese movimiento sería de duración infinita en caso de que no fuera disminuido y corrompido por una fuerza contraria resistente a él, o por algo que desvíe al objeto a un movimiento contrario.
1324: - No hay motivos para suponer que el aire empuja la flecha, más bien la frena. Lanzaré desde esta torre una flecha a lo lejos. Llegará hasta que conserve el ímpetus con que le he impelido...
¡Swisssshhh!
- Maestro Jean...
sábado, 31 de julio de 2010
El sentido del cambio
Cambiar por cambiar -pensaba Jairo mientras caminaba hacia su trabajo- no tiene sentido. Todo cambio trae consigo la humillación de lo que fue, la pérdida de lo conseguido y la aventura de lo posible.
Y estaba claro. Una posición acomodada, éxito profesional, juventud. Buen aspecto, traje impecable, cabello cuidado. Llamaba la atención de las muchachas y él lo sabía. Y no renegaba de ello.
Pero cambiar, esa palabra más gastada que suela de cartero -según su abuelo- le atravesaba la garganta desde unos días atrás. Cambiar, la pucha...
Entonces recurrió a las herramientas que lo impulsaron a su nivel profesional. Esas herramientas impecables que aseguraban el éxito a quien las utilizaba a conciencia. El análisis costo-beneficio, teoría de la decisión, análisis foda y toda clase de artilugios garantes de la seguridad de logros. Las cuadras que separaban su departamento de la oficina, que recorría puntualmente día a día, eran su espacio de reflexión cotidiano. Hasta que ocurrió aquello. Eso que sintió como un alambre en las ruedas de la bicicleta de su infancia. Ya no avanzaba firme y seguro por la vida, se le dificultaba y le llenaba la cabeza de ruidos.
Si el cálculo preciso y la vigorosa percepción de las expectativas de los demás le aseguraron la certeza en sus negocios, cómo no iba resultar en este caso.
Esquivó al cartero, que andaba acelerado. Apeló a la evaluación costo-beneficio. Rápidamente, así como cuando analizaba un presupuesto, Jairo calculó, imaginó gráficos y tendencias. No. No había forma de que los costos sean superados por los beneficios en esa ecuación vital. ¿Para qué cambiar..?
Saludó a la viejita que regaba las macetas sin flores de un balcón bajo a la calle. Apeló a la teoría de la decisión. Propuso los inconmensurables. Calibró incertidumbres. Eligió cuidadosamente parámetros, visualizó tablas. Leyó mentalmente porcentajes. No. La teoría recomendaba no cambiar.
Le hizo señas de hoy no al cafetero que se le acercaba. Apeló al análisis foda. Fortalezas, oportunidades, debilidades, amenazas. Lo estudió todo con esa hábil intuición para los negocios que había aprendido a desarrollar. Conocía muy bien sus fortalezas y debilidades, las repasó sin sorpresas. Vio claramente que las amenazas que traería consigo ese requerimiento de cambio que lo carcomía por dentro sepultaban a las oportunidades que traería e movimiento. No. No daba.
Pasó al lado de Emilia, la muchachita formoseña que baldeaba la vereda del caserón contiguo a la oficina. Cambiar. Para qué. ¿Para qué? ¡¿Para qué?!
Apoyó la mano derecha en el picaporte. El frío del metal le sacudió el sistema nervioso como una electrocución. Cambiar por cambiar no tiene sentido.
Volvió sobre sus pasos. Miró a Emilia a los ojos mientras le sacaba el secador de la mano. La tomó delicadamente de la cintura y le dijo: -Estoy enamorado de vos. Por lo que más quieras, venite a vivir conmigo.
No se dio cuenta de que el maletín se estaba mojando en la vereda.
viernes, 9 de julio de 2010
Neblina
Y Neblina -el flaquito de a la vuelta que se prendía en las escondidas, la guerra, el hoyo pelota, pero nunca en el fútbol- apareció con una número cinco nuevita con todos los cascos hexa y pentagonales tan blancos como su flequilluda cabeza. Ahí nomás dejamos a un costado, humillada, mi número tres de cascos rectangulares rojos y azules como de gamuza, claro indicador del poder adquisitivo de mi viejo.
Todo iba bien hasta que apareció el Gringo, de varios años más que nosotros. Cada vez que recibía la pelota tardaba en devolverla, porque quería demostrar esa dudosa habilidad de los prepotentes. Hasta violaba el círculo con alguna gambeta fuera de contexto entre desganadas piernas que no oponían resistencia esperando que de una vez pase el trago para seguir con el cansino circo de jueguitos suaves y toques.
Pero el Gringo estaba decidido a hacer de aquella mañana su jornada de gala con la pelota nueva, inmaculada. Al fin, cansado de tanto pará, basta che, tocala, morfón, consideró rematar su actuación con una chilena para que se vaya lejos, con la intención de fastidiar el grupo yéndola a buscar al otro lado del zanjón.
Pero Neblina, asustado como estaba, no quería más que llevarse su esférico para mimarlo un rato más en solitario en su casa. No sé si el Gringo lo hizo adrede o si confundió la blancura de la pelota con la redonda testa de Neblina, pero el impacto fue entre ceja y ceja.
Sangre y llanto. La pelota apoyada en la cintura y defendida con el brazo izquierdo. Y a casa. Y el Gringo a la velocidad del rayo. Y nosotros a jugar con la redimida número tres.
Neblina no apareció más por las Dos Rutas. Su familia se mudó. Les empezó a ir bien, se compraron una casa.
Habrán pasado diez años... El estadio no cambió mucho. Nosotros sí. No fuimos pocos los que lo vimos llegar. No había neblina ni era de mañana. Ni se parecía a aquel flaquito lamentable el grandulón con músculos hasta en la oreja que traía la pelota blanca entre el brazo y la cintura. Era casi tan ancho como alto. Ante la vista de todos, que casi casi paramos el partido, el tipo de la cicatriz en la frente -con corte y forma schwarzenegger- saludó sólo levantando la mano, apoyó la pelota contra el arco y empezó a trotar alrededor de la cancha con la concentración que lo hacía el cabezón Sánchez. Movimientos gimnásticos que desdecían su férrea arquitectura hacían ver que Neblina había vuelto para la revancha. Metía miedo. Aunque el Gringo no estaba porque ya era un muchacho de esos que tenían un trabajo decente en la fábrica, Neblina se quería redimir con el resto.
En el segundo tiempo se hizo un hueco y entró. Sacaron y se la dieron. Nadie se acercaba a marcarlo. Con gesto de gladiador cubierto de sudor se acercó al área. Los rivales se gritaban pero no se le acercaban intentando evitar una muerte prematura. Levantó la vista, midió el arco y pateó. El arquero, que se aovilló, gritando una futbolera plegaria de piedad, nunca vio que la pelota salió a cinco metros del arco. Era más fácil hacerlo que errarlo. ¡Vamos, Neblina!, le gritaron pensando que estaba frío y por eso marró. Sacaron desde el fondo para Marcelito. Neblina, que hacía pressing, salió a marcarlo. Marcelito me la da y Neblina se me vino encima como una tromba. No sé cómo lo esquive, pero cuando abrí los ojos, ya se había repuesto y estaba otra vez enfrente mío. Los valientes de mis compañeros estaban a quince metros por lo menos, por si las moscas. No me quedó otra, lo encaré y se comió un caño. Mientras iba elaborando mi genialidad esperaba la artera patada de atrás que nunca llegó.
En síntesis, Neblina jugaba horrible. Le fuimos perdiendo el miedo, pero él jamás perdía la paciencia mientras se comía caños y sombreritos varios. Pero nunca, nunca pegó una patada o hizo valer su impresionante físico.
Ahí estuvo su venganza, esa que estaba grabada en su frente con los tapones del Gringo. Venganza que consistió en mostrar que cada músculo marcado era un paquete de ternura. Que bajo su apariencia de guardaespaldas asesino estaba el pibito que tuvo que dejar de jugar hace tiempo, cuando su cabeza fue pelota, el mismo pibito que quiso redimirse en una tarde con goles que le fueron esquivos. Al revés que las palmadas en los hombros al terminar el partido.
Esas que le dejaron una marca más profunda que la bestialidad del Gringo.
sábado, 19 de junio de 2010
La arena de tu tiempo
seca ya la arena de este tiempo.
En la mágica alfombra de quimeras
ves curvarse el piso hacia tus plantas.
Y se lleva cansino tu figura,
-comfortably numb-
ese lento descenso nadiral.
Etérea y compacta a la vez,
vio desgarrado alejandro
que perdías, diluías, tu silueta
en la inapelable traición de piso suelto.
El susurro que en tu boca se hace queja
atraviesa vacío entre cristales
bajo el túrbido remanso de fluires
de la arena que cae bajo tus formas.
Y en el tiempo que me queda quiero asirte,
redimirte la piel enceguecida.
Cruel siroco que hunde las fronteras
como rostro embelesado ante tu seno.
Te deslizas, ya te vas hacia las simas,
y caes en la seca letanía sin pesares,
sin amor, sin duelo, sin sonrisas, sin ver
la crispada mano que te busca,
sin oír la quebrada voz que te reclama.
domingo, 25 de abril de 2010
Intuición de viernes
Iván nunca se coloca en una postura. No es tan artificial. Sus inquietudes son genuinas, más corazonadas que hipótesis fundadas. Y sin embargo, me resulta apasionante entrar en ese delirio que los amargos suavizan por dentro, como caricias al alma atormentada.
Iván, que empieza a divagar justo en el preciso instante en que sus ojillos vivaces se apartan de los míos, aparece con las más locas inquietudes. O con preguntas. Porque cree que tengo las respuestas o porque le interesa hablar con alguien que parece tener las respuestas.
- Tuve una intuición genial, no lo vas a creer.
Traté de disimular una sonrisilla condescendiente levantándome de la silla para cambiarle la yerba al mate.
- Buenísimo, me interesa. ¿y de qué se trata?
- Bah, es una especie de revelación en un sueño.
- Ah, la mano viene de experiencias místicas...
- No, boludo, ¿me dejás que te cuente?
Cómo no lo iba a dejar si vino para eso y conversamos para eso y discutimos para eso. No lo iba a sacar de tema para preguntarle por los celos de su novia ni los amabilísimas apreciaciones de su suegra sobre su persona. Soy masoquista pero no tanto. Asentí con un gesto.
- El mundo se creó el viernes al mediodía.
- A la mierda, ¿este viernes?
- Este viernes. Sí, señor...
- Ah, qué manera de perder tiempo antes... ¿No te conviene fumar otra cosa?
- No seas pavo. En serio...
Me encontré en un dilema. Lo tomo en serio o lo agarro para la joda. O busco un término medio, que tan mal no me sale.
- Ya sé, seguís leyendo a Galán de Barrio...
- ¿Galán de Barrio?
- Eh, sí, después te paso la dirección, contame...
- Bien, el mundo se creó este viernes al mediodía.
- ¿Se creó o lo crearon?
- Lo crearon, pero qué más da. No fue un dios a lo cristiano, musulmán, etc. Fue un demonio.
- Ah, vamos bien-, dije, tratando de punzarlo un poco- Así que demonios sí; dioses, no.
- No.-afirmó solvente- No un demonio tipo diablo. Un demiurgo. Un ser que juega con nuestra existencia...
- Buenísimo, esto se complica.
- Está claro, creó el mundo así como es, con huellas de como si hubiéramos vivio por milenios sobre la Tierra.
- Ah, ¿y mis recuerdos? ¿Y mi lucha por amar y ser amado? ¿Y mis viejos, que me vieron nacer?
- Tus viejos fueron creados así, como son, con esos recuerdos. Vos también. Yo. Hablamos de un demiurgo poderoso y juguetón que nos plantó recuerdos.
- Pero hay otra clase de testimonios del pasado. Videos, grabaciones...
- Sencilla objeción. ¡Las torres gemelas no existieron! ¡El gol de Maradona a los ingleses es un recuerdo plantado en nuestras cabezas y colocado en videos! Si este demiurgo es poderoso, nada le costaría generar estas memorias consistentes y sin incoherencias.
- Pero, ¿cómo puede tener tanto poder?
- ¿Acaso no le asignan omnipotencia al dios de los cristianos? ¿Cuál es la diferencia entre un dios que crea todo hace trece mil millones de años y uno que lo crea el último viernes al mediodía?
La conversación iba tomando un rumbo demasiado escabroso para mí. ¿Qué era esta nueva locura? De pronto, se me ocurrió una idea.
- Mirá, Iván, la ciencia ha determinado con exactitud los tiempos en que se produjeron cambios geológicos estructurales, las eras en que vivieron seres ya desaparecidos, como los dinosuaurios... ¿Qué me decís a eso?
- Nimiedades, para un ser todopoderoso son nimiedades. Todo significa todo. Nada más sencillo que crear un mundo con pliegues que rememoren cosas que no sucedieron.
- Pero...
- Nunca existió tu amor. Tu novia tiene plantados recuerdos similares a los tuyos. Fue creada como vos el mediodía del viernes. Lo que creías era tu amor es un designio de un demiurgo que juega con nosotros.
Al fin, ya estaba podrido de esa conversación. Los recursos de Iván parecían tan absurdos como inagotables. Lo contrario de mi paciencia. Empecé a juntar las cosas del mate como gesto inequívoco de que debía irse. Iván entendió.
- Bueno, creo que tengo que irme.
- Iván, ¿la seguimos la próxima?
- Mmmm, no creo que haya próxima, esta revelación me quitó las ganas de vivir.
- Estás recontra más loco de lo que me pareció en un principio.
- Tratá de encontrar un sentido a todo, vos que tenés todas las respuestas.
- Es que...
- Me puse como plazo el próximo viernes al mediodía... sin respuestas no quiero mi vida. No me gusta este mundo creado así.
Y se fue. Y el viernes se acerca.
No soporto la idea de que Iván viva sólo una semana.
jueves, 1 de abril de 2010
Teología de barrio: Andá a lavarte las patas
Algunos de los discípulos estaban preparando la cena en el piso alto de la casa de Juan Marcos, donde a veces se reunían y no faltaba el tinto.
Jesús estaba serio y sombrío, no como la mayoría de las veces que desbordaba de alegría. Los discípulos intercambiaban miradas y susurros intuyendo que algo extraordinario iba a suceder. Juan, haciéndose el sota, se arrimó hasta ponerse al lado de Jesús. Al verlo, algunos de los otros querían estar lo más cerca posible y se empezaban a amontonar desplazando a los demás a los codazos.
Al ver que discutían sobre quién era más importante, Jesús les dijo: -Los reyes de las naciones las gobiernan como dueños, y los mismos que las oprimen se hacen llamar bienhechores. Pero no será así entre ustedes. Al contrario, el más importante entre ustedes debe portarse como si fuera el último, y el que manda, como si fuera el que sirve. Porque ¿quién es más importante: el que está a la mesa o el que está sirviendo? El que está sentado, por supuesto. Y sin embargo yo estoy entre ustedes como el que sirve.
Entonces se paró, se sacó el manto, agarró una palangana, una toalla y un cántaro con agua y comenzó a lavarle los pies a los discípulos.
Cuando le tocó el turno a Pedro...
Y Santiago de Zebedeo: -¡Fooo, con razón nos rajaron de la casa de Natanael! ¡Qué baranda!
- La sandalia parece un barco con esos juanetes..., completó Tadeo.
Jesús respondió: -Si no te lavo, no vas a tener parte conmigo.
Entonces Pedro dijo: - Entonces lavame las patas, las manos y la cabeza...
Andrés arremetió: - Ya se entusiamó el mugriento....
Cuando terminó de lavarles los pies, se puso de nuevo el manto, volvió a la mesa y les dijo: -¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho yo. En verdad les digo: El servidor no es más que su patrón y el enviado no es más que el que lo envía. Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica.
Historia por demás de conocida.
Sin embargo, uno no puede menos que hacerse preguntas cuando ve a tanto sacerdote con aire de superioridad, a tanto ministro que goza cuando la gente se arrodilla para besarle el anillo, a tanto pastor vanagloriándose en el escenario, a tanto boato de las grandes instituciones religiosas...
Hoy, cuando salen a la luz las más atroces actitudes de parte de personas consagradas a la fe, brilla más que nunca el laburo silencioso de gente que ha leído esto y lo ha hecho carne. Como aquel cura sanjuanino que se fue a sacar agua a Benín bendiciendo el desierto, como aquel otro monje que eligió la misión formoseña para llevarles un poco de dignidad a los aborígenes, como tantos que andan lavando patas mugrientas.
Y el contraste, más que nunca, con el rozagante ministro sediento de poder que exige el vehículo más ampuloso para mayor gloria de dios y condena al infierno eterno a quienes no asisten a sus ritos.
jueves, 11 de marzo de 2010
Aventurillas 03: ¡Allá vienen!
- Perá que pregunto si mi mamá me deja. Me parece que tiene miedo que pase algo.
- ¿Qué va a pasar?
- Va a haber policías, seguro.
- No pasa nada, mi mamá va a mirar también.
El almuerzo había sido tenso, las gargantas anudadas, la incertidumbre. Los chicos rodeando la mesa intuyendo que algo extraño acaecía en los ojos de madres y abuelas, en sus largos silencios y respuestas esquivas. Demasiado seguido los mayores murmuraban por lo bajo. En los chinchones de sábado a la noche, mientras los grandes valores repetían una y otra vez sus cansinos y demacrados tangazos llorones, se cruzaban algunas palabras que los chicos memorizaban como mantras. Algo pasa y es algo grande.
Y jugar a la pelota, qué otra cosa para los chicos. La pelota, los soldaditos con su fuerte, la gomera, las escondidas, todo aquel mundito enorme que pugnaba por permanecer ajeno a las preocupaciones que se vivían.
- ¡Pateá, dale!
- Sí, pero acomodá el arco, que se va a la cuneta...
- Mirá cuánta gente viene, mirá.
- Ufa, que no se metan en la cancha.
- ¿Ya vendrán?
- Mmm, no creo, es temprano.
No eran pocos los que se acercaban, bicicletas, amas de casa secándose las manos en el delantal. Era raro ver las Dos Rutas con tanta gente acercándose. No era procesión de la inmaculada. Todos se acercaban lentamente, mientras los pibes peloteaban tratando de que no les invadieran la cancha.
Un auto con llamativas banderas pasó bocineando hacia el centro. En la esquina de la farmacia de González había policías. En la escuela comercial también.
- ¿Viste Ricardo del Campo? No lo aguanto.
- ¡Cómo lo jode al Zorro!
- ¡Gooolll de Scotta!
- ¡Alto! ¡Fue alto! ¡¿Qué va a ser gol?!
- ¡Si no saltaste!
Conocidos y extraños, de uno y otro lado de la gran alcantarilla donde cazar ranas era el delirio. Donde la pelota se revestía de agua podrida sin inquietud porque igual la iban a cabecear. Donde había que agarrarse de un miserable yuyito para traerla al borde y acercarla con la punta de la zapatilla, proeza para valientes.
- ¡Allá vienen!, gritó alguien.
- Dale pateá el último.
- Pará, vamos a ver.
Era el dieciséis de marzo del setenta y cuatro. Miles de obreros marchando desde la zona fabril con el sol bañando las frentes perladas. Cantando, conversando, expectantes... Momento culminante de la gran aventura villense.Y aplausos y manos levantadas y algunos pañuelos al aire.
Pibes arrimados al zanjón tratando de identificar -con esa orgullosa ignorancia que da la inocencia cuando se viste de intuición- a sus padres entre el gentío.
Algo grande estaba pasando.
Pero no iba a quedar así...
lunes, 8 de marzo de 2010
Noches por San Telmo

Poniendo sin querer mi mano en tu cintura
y noches de buen vino por San Telmo.
Soltando la premura que no la indiferencia
y noches de delirio por San Telmo.
Arañando ya la luna, inciertas las callejas
y noches frente a frente por San Telmo.
Callando de una vez mi boca con un beso
y noches sin sonrojo por San Telmo.
Hallando el calor de tu mano indecorosa
y noches alocadas por San Telmo.
Y vos y ese deseo que rompe en agonía
y noches, desamparo, por San Telmo.
Al fin un sol curioso acribilla la ventana
de noches sin olvido por San Telmo.
martes, 2 de marzo de 2010
Aventurillas 02: Semáforos
Como parece obvio, los semáforos son imperativos categóricos artificiales y constituyen un ordenamiento externo para gente que se verifica incapaz de conducirse respetando su propia integridad y la de los demás. También imponen quizás el primero de los mandamientos del tránsito. No cruzarás semáforos en rojo parece ser la primera consigna enseñada al novel conductor y también la ansiada meta de demostrar la disconformidad con el orden de cosas estatuido cuando se lo cruza en forma prohibida.
En Villa Constitución, como en cualquier lugar más o menos urbanizado, hay semáforos.
Pero, querido lector, a no confundirse. Siniestros designios esperan a quien ose a acercarse a una intersección semaforizada en esta ciudad. Lo primero que percibirá es un tufillo a azufre o, sin más, a basura amontonada al lado de los caños amarillos que puede provenir tanto del horrendo averno como del vecino más negligente en el segundo -y más habitual- de los casos.
Todo conductor avezado e impaciente evitará las esquinas semaforizadas, para sufrir luego una decepción que lo hundirá en la más pasmosa depresión al verificar que el odioso tricolor no funciona. Pero la próxima vez que se acerque esperando la intermitente, el ladino artefacto mostrará un perenne rojo cuyo efecto inmediato será el de ocho uñas clavadas firmemente en la cuerina del volante.
Quien tenga la urbanidad de respetar las normas verá cómo los servidores del orden público sufren de un daltonismo tan pronunciado que no les permite distinguir la señal prohibitiva. Entonces, muy orondos, seguirán camino ante la indignada vista de los incomprensivos conductores o peatones. Aunque, pensándolo bien, todo se deba quizás a esos conocidos hechizos debidos a espíritus inquietos e inquietantes (tengan a bien aquí recordar el famoso Correcordones, que suele hacer de las suyas en estas calles) quienes, en la proximidad de un semáforo, producen una llamada de urgencia al patrullero, el que encenderá sus luces rotativas y tal vez haga sonar un segundo la sirena hasta cruzar el semaforo en rojo, para luego comprobar subrepticiamente que no había tal emergencia y seguir con indiferencia hasta el kiosquito abierto las veinticuatro horas para el oportuno garroneo de cocacola o cigarros.
Los semáforos ubicados en calle San Martín, camino a la zona industrial, han reducido los accidentes en la misma proporción que han reducido el tránsito. No son pocos quienes prefieren tomar un bote a remo en el Puerto de Cabotaje y hacerse unos kilómetros (y buenos tubos) por el Paraná para llegar a tiempo a una cita en Barrio Galotto, antes que aventurarse en coche por la amplia avenida .
Sólo aquilatados valientes se animarán a cruzar a pie en la intersección de Presbítero Daniel Segundo (Saavedra, para inadaptados como el que escribe) y Eva Perón (Corrientes, ídem). Allí, los semáforos ubicados mucho antes de la intersección -quizás con el fin de evitar las aceleradas en amarillo- se confabularán endiabladamente para que el peatón llegado al cordón de la vereda no tenga la menor idea de si debe o no cruzar. Entonces, se encomendará a todos los santos o suplicará inmunidad a los espiritus inmundos que habitan la bocacalle para llegar al otro lado indemnes o con el mínimo roce de un motorrepartidor apurado.
Los detalles de este acotadísimo resumen no pasan desapercibidos para las autoridades. La Secretaría de Turismo -se dice- ha tomado cartas en el asunto. En Villa toda atrocidad troca en excentricidad, amonestan los maledicentes. Tal como personajes serviles a la feroz dictadura se convierten en simpáticos ciudadanos al servicio de la población, así se comenta que se está pergeñando la creación de la CHOCAS (Comisión ad Honorem Orgánica de Caóticas Aventuras Semafóricas), en alguno de los derruidos locales de una galería céntrica, para fomentar el turismo de riesgo local. Un iniciativa más destinada a poner a la ciudad en lo más alto de los sitios de interés del país.
Los esperamos...
miércoles, 3 de febrero de 2010
Don Pérez en las Dos Rutas
Retomando mis visitas a los blogs amigos, me topé con Escenas cotidianas de las tardes en la canchita del maestro Neto. Al leer acerca de Jacinto enseguida me vino a la mente Don Pérez, el hombre que vivía en la esquina frente a la cancha de las Dos Rutas, y -antes de que otra vez se me espanten los recuerdos (y el entusiasmo) se me ocurrió escribir algunas líneas acerca de este personaje. ¡Chagracia, Neto!
En aquellos años Villa estaba sembrada de canchas y canchitas -bastante canchotas, la mayoría-, por lo menos una en cada barrio. Claro, algunos tenían dos o tres canchas, en general de distintas dimensiones para jugar según el número de jugadores de la ocasión. La cancha de las Dos Rutas era bastante particular. Más que cancha era una manzana entera sobre la que se podían disponer dos o tres canchas y jugar simultáneamente los grandes y los chicos. O hacer dos partidos y enfrentar los ganadores. De vez en cuando, en ocasión de un torneíto barrial, se cavaban pozos para poner unos arcos de caño -ocasionales lujos- o simples palos verticales, los que a veces ostentaban algunas cintas, cordones, incluso alambres como travesaño.
Don Pérez, o el Viejo Pérez, vivia en la esquina de la cortada que daba a la cancha. Esquina de alquiler con pieza, baño excusado y galponcito. Tenía un casalito de hijos con el pibe medio matungo pero que se defendía en el arco. No había tarde en que el viejo no saliera con su radio portátil por la que vociferaba Muñoz los domingos o se desgranaban tangazos lóbregos el resto de los días. Alto, trigueño, casi calvo, anteojos y las infaltables pantuflas de cuerina negra labraban las formas de este don fulgencio, como lo llamaban de entrecasa los mayores del barrio. Se acercaba a la cancha, buscando sombrita, esperando que alguna pelota descarriada se rindiera a sus plantas rogando una caricia, aquella de un jueguito que resultaba glorioso sólo en la ilusión del recuerdo inventado. Invariablemente el rito terminaba con la redonda en una cabriola ajena a los modestos movimientos del viejo que siempre alguno aplaudía con desgano.
A veces se arrimaba con el mate, porque Don Pérez tenía termo, qué joder. Y mate en mano, ayudaba en los sorteos o recomendaba cómo pintar las líneas de cal para que no salgan chuecas.
Sus comentarios se limitaban al fútbol, a qué otra cosa iba a ser. Jamás verdugueaba a un pibe patadura, en esos casos se limitaba a la piadosa sonrisa condescendiente y callar para sus adentros.
En la vereda de su ochava -esa que servía para el fusilamiento a los perdedores del hoyo pelota-, de sombra a la tarde, nos amontonábamos para escuchar alguno de los partidos que se relataban ese domingo. Uno solo, siempre clásicos. Hasta Manina, el borracho amigo de los pibes, tenia un lugar en la esquina cuando sudado del modo en que llegaba siempre caía vertical como el sol del verano con el lomo contra la pared para no patetizar su sentada.
Se sentía cómodo entre los pibes y era a quien recurríamos cuando alguna duda terrible nos asaltaba, entonces le preguntábamos: ¿es un jilguero o un misto? Y el viejo, con eterna paciencia nos sacaba las dudas, jamás con ese aire de paternalista superioridad con que los adultos solemos tratar a los chicos, sino con esa fascinación de quien sabe que sabe para los demás.
Domador de tortugas, Don Pérez se arrimó cuando el remolino de pibes se maravillaba en las alcantarillas de Chapuy y Belgrano alrededor de un tortugón de agua de más de medio metro de diámetro que alguna lluvia brutal había traído. La colocó en el reciente pavimento de Belgrano, se paró encima del caparazón y con hábiles movimientos de sus empantuflados pies se hizo llevar hasta la puerta misma de su casa por el inocente quelonio que luego volvió a sus andurriales pensando quién sabe qué carajo de la gente que aplaudía.
El viejo se ganó mi eterno agradecimiento cuando, enterado de que me había hecho de San Lorenzo -fascinado por el imponente despliegue del Lobo Fischer- el fatídico veintidós de diciembre del setenta y uno cuando perdimos dos a uno la final del Nacional contra Central en cancha de Ñuls, me regaló una camiseta de piqué a rayas rojas y azules junto con el póster salido en la Goles del glorioso subcampeón. Nunca me importó que los envidiosos de siempre batieran que la camiseta era de Tigre, porque sus rayas eran un poco más finas; allí el viejo subió al pedestal de mi olimpo para dormirse en los eternos laureles que el olvido atroz se empeña en barrer.
Poco importa que el hijo, de bostero cabal, hoy sea socio de Ríver.
Tampoco importa que alguna vez haya estado prohibido jugar en las Dos Rutas cuando los milicos lo consideraron peligroso y Don Pérez se arrebataba con la vista horizontal en tardes solitarias. Pocos extrañan el denso humo de la aceitera que caía sobre la cancha y el barrio y las quemazones de pastos que hacíamos cuando crecían demasiado.
Ni siquiera importa que ya casi no queden canchas barriales, porque en las Dos Rutas se sigue jugando, de noche o de día, con lluvia o sol. No molesta el inmenso escenario precosquinero, el baño de mierda que tapa la visual ni la torre de iluminación que decora el predio. El viejo, desde la tribuna que no se ve sale a las tardecitas con su radio y se queda hasta la madrugada gozando con el espectáculo futbolero de la muchachada que grita goles y fules con esa furia genuina que sólo la pelota produce. Sentado allá con Manina, Pascuita y varios más, espera esa pelota que se va a las nubes de un rechazo violento para devolverla con algún jueguito torpe que ya nadie aplaude, pero tampoco le importa. Porque en las Dos Rutas se sigue jugando...
miércoles, 13 de enero de 2010
De cómo te trata la vida
Elena amaneció pensando en qué motivos podía tener ella para sentirse feliz o siquiera para levantarse de su cama. No abrió la ventana, demasiado sol; además, pensaba, para qué asomarse si la gente hace su vida, si hasta se saludan gentiles y sonrientes.
Julián se encontró con Manuel. Intercambiaron novedades de achaques entre apuestas de quién sería el primero de partir al más allá y tirarle del dedo gordo del pie al otro durante un sueño.
Elena tuvo que salir al fin a hacer las compras, al cruzarse con Marcela compitieron un rato acerca de quién estaba más enferma y dolorida. Fue empate en muchos goles.
Al ver a Julián, Aníbal cruzó la calle apresurado y se puso a caminar a su lado, mientras desgranaba las malas nuevas del gobierno que es un desastre, de los precios que no dejan mantener la camioneta importada y de todo aquello que hacía su vida imposible. Julián lo palmeó e intentó decirle algunas palabras de aliento antes de separarse en una esquina.
En el súper, Elena vio a Juana e intentó comunicarle un poco de su desazón y resentimiento que, al fin de cuentas, eran compartidos por muchos. Pero Juana empezó a reírse y ella insultándola por lo bajo y se apartó buscando otra víctima.
Al fin, Julián llegó a casa y se puso a pasar el trapo en el comedor, que buena falta le hacía.
Cuando llegó Elena, desde la misma puerta entró protestando una vez más, otra vez más… El cariñoso gesto de amor de su esposo fue lo que colmó el vaso. Se dijo para sus adentros que todo había sido una incongruencia, que no era justo, que por qué a ella le tocaba sufrir así. Pero que se terminaba. Eran viejos, nadie sospecharía del veneno de ratas. Una descompostura, una descompensación y listo.
En el velatorio de su esposo hubo los suficientes oídos dispuestos a escuchar a Elena renegar de cómo la vida la trató siempre tan mal, que le quitó la última sonrisa al llevarse al santo de Julián, que había sido lo único por lo que se conservaba aún viva.
domingo, 20 de diciembre de 2009
Cantar decembrino
Duerme la cordura su sueño más profundo,
despiertan polvorientos arcanos mensajeros,
preñada de alegorías, tan vieja como el mundo,
historia de profetas, de errantes pregoneros.
Porque sueñan peregrinos, errabundos, los lares;
se acallan multitudes, se avienen a ser uno
y a la sombra de sus piras, juegan en los altares,
hasta esfumarse, rendidos, aquel instante oportuno.
Confluyen los tiempos, el talón cae, violento,
y se preguntan -sin escarnio alguno- los mitos,
si puede retrotraerse de alguna manera el tiempo,
si olimpos, si panteones pueden ya no ser contritos.
En cambio viene del este, el que se alza imponente,
es quien dibuja las sombras, brillos, contraluces.
Quien empuja los vientos, los tiempos, aquiescente,
de quien se dice que fuerza a reconducir los cauces.
Algo pasó en el cielo, allá, sólo un pálido destello,
los conjuros se cerraron, rasgan los templos sus velos.
En la frente una señal, la segunda. Sí, el resello,
y lo podrido, de blanco, no puede mirar los cielos.
Y la señal, la segunda, ya deviene en tal denuncia,
-no hay gambetas ni elusiones que excusen la osadía-
está la marca en su mano, que con gestos se pronuncia,
está la lengua afilada y feroz ya siega la hipocresía.
Augures que acuñan las suertes que están echadas,
señores que acarician lo vacuo de sus altares,
monedas que ya cortan los dedos de la redada,
ya otra sangre es la que falta para dibujar cantares.
Aquellos que ya vendrán, porque se acerca la hora,
del día jamás pensado en que se jueguen destinos
de las manos que se cruzan cuando suene la anacora,
y se acaben las opciones, empujados al camino.
Y los lares y los duendes, querubines y baales
sabrán que maduro ya está el tiempo de la cosecha,
y se dormirán tranquilos bajo ligeros cendales,
cuando hayamos aprendido con la historia toda hecha.
viernes, 18 de diciembre de 2009
La del Mono
Treparse era lo suyo. No había pared, ni tapial, ni columna que se le opusiera. El Mono. Largos brazos y unos rasgos que colaboraban precisamente para la exactitud del mote.
Bastaba un leve descuido para que dejara la altura común y nos mirara desde arriba.
Jugar a las escondidas con él era simple y complejo a la vez. Se sabía que estaría allá arriba. Pero los arribas eran muchos en la cuadra y el Mono aportaba ese cachito de sinrazón, de locura infantil, al más sagrado de los juegos, que transformaba en doble delicia las largas tardecitas a la vera del Chapuy.
Algunos pibes en el barrio tenían rifle. Los mejores posicionados un Mahely Master de calibre cinco y medio. Le seguían los de cuatro y medio. Mi hermano y yo no teníamos rifle. En parte porque no entraba en el presupuesto familiar, en parte porque mis viejos lo consideraban peligroso. Lo nuestro era la gomera, lo cual era un alivio para mí porque permitía evitar el simple expediente de matar un pajarito para ascender en consideración del grupo de chicos y la eterna culpa de haberlo hecho. Así y todo, lograba el préstamo de algún rifle de cuatro y medio eventualmente, tal vez por mi cara de ñata contra el vidrio al ver tirar a los demás. El Mono tenía un rifle marca Churrinche rasquísimo, que para mí tenía el caño curvo. Uno tenía que hacer un pequeño cálculo mental para acertar al blanco. Si apuntabas a un gorrión, por ejemplo, posado en una antena de televisión en alguna terraza del barrio -con el límpido paño celeste de fondo- podías ver fugazmente la extrañamente curva trayectoria del balín hacia la luna, lo que indicaba además que salía a una velocidad casi inofensiva.
Cuando el Mono salía con el Churrinche era una fiesta. Le tiraba a todo lo que se movía acertando hasta los razonable diez metros que permitía el artefacto. Pero jamás le acertaba a un pajarito. Y yo lo admiraba por esa puntería que fallaba ante tibios plumones. Además, lo prestaba siempre.
Era capaz de subirse a un oscilante pino de cualquier altura para mandarle balín a los macilentos jirones de barriletes enredados en los cables. Era capaz de hacernos reír desde que aparecía por el barrio a visitar a los tíos de la esquina, hasta que regresaba a su casa a la nochecita. Si sumamos a esto que el Mono era bueno y veraz, no quedaba margen para negar que su presencia en el barrio era, como dije, una fiesta.
Pero algo ensombrecía el aprecio por el Mono. Le falta un tornillo, decían los viejos de la cuadra. No hace cosas normales. ¿No ves la cara de loquito? Cómo le va a ir bien en la escuela si anda todo el tiempo subido a algo o con el rifle...
El Mono repetía de grado y no por primera vez. Mientras su hermano mayor era ya un correcto empleado, el Mono iba terminando a desgano la primaria, donde no podía treparse y mirar desde arriba. Donde la premisa era enrasar a todos para que miren desde abajo.
En la adolescencia apenas si le permitían salir. Su sonrisa y sus carcajadas permanentes eran más un recuerdo que un reflejo de su rostro. Ya no se trepaba. Había aprendido a mirar desde abajo. Era menos que todos.
Yo creo que entonces ya sabía que no iba a conseguir nunca un buen empleo ni iba a poder estudiar como casi todos los demás. Creo también que en el fondo de sus negros ojos guardaba la visión de cóndor que se le había negado. De cóndor que fue educado para vivir como un pavo, según el cuento.
Formó familia, se hizo testigo de jehová, después pentecostal -o al revés- sintiéndose alguien en una comunidad que le asignaba una tarea clara. Hacía changas, vestía siempre humildemente, pero se negaba a colaborar con su hermano que era otro tipo de trepador, de esos que estos tiempos llaman emprendedores cultivadores del esfuerzo ajeno.
En una época pasaba por casa, y por muchas otras, ofreciendo un pan de chicharrón que casi no ameritaba ser llamado pan ni ser de chicharrón. Y yo, que siempre envidié sus vuelos, su amor a las alturas, su inofensivo rifle, su recuerdo de caídas con carcajadas, le compraba sin animarme a confesar jamás mi secreta admiración.
Cuando dos por tres lo veo, juro que no puedo dejar de pensar en esta clase de gente como el Mono, Jovino, el Turco o Guasca que, ajenos al ritmo soberbio de la vanagloria, del vacío discurso que muchas veces puebla nuestras aulas, ajenos a objetivos cumplidos, autoayuda, coaching, ajenos a títulos honoríficos o distinciones, incapaces de discurrir en público, despreocupados por la inseguridad, el tipo de cambio, la ecología, la literatura de vanguardia, cruzamos en nuestras veredas tenidos a menos por quienes no nos sentimos ajenos.
Quizás sea porque no nos animamos a la inocente trepada del Mono por miedo a caernos o por miedo a -de una buena vez por todas- ver las cosas de otra manera...















