miércoles, 28 de enero de 2009

El arriero va


El hombre conocía el terreno, vaya si lo conocía. Sus más de cuarenta años lo habían hecho parte del paisaje, de sus escarpadas laderas y profundos valles. La confianza de los patrones era grande y él y sus compañeros lo sabían como también sabían que ese era su trabajo y de él dependían.

Virginia lo esperaba en casa, rodeada de sus ocho hijos. Los quehaceres y los hijos, su vida, y aquel hombre de pocas palabras, incapaz de perder un solo animal de los encomendados, siempre volviendo a poner calor en su vida y una caricia sobre su rostro. Sólo que esta vez la espera se hacía larga. No era de extrañar, las tormentas de nieve podían llegar aun en el verano más sereno, aun con la alegría de esas florcitas silvestres que moteaban la ladera y que ella recogía en silencio como todo adorno para la espera de su hombre.

Los mayores ya se dedicaban a criar los pocos animales, algunas cabras, la vaca, curar los caballos. Su padre, orgulloso, compartía en oraciones secas, sin adornos, su conocimiento de años y ellos, jugando al principio, crecían sabiendo que ese era su mundo. Un mundo que se trocaba en maravilla de colores para el día de la virgen y las festividades del pueblo, a las que asistían religiosamente con esos atuendos humildes pero reservados con celo para esas ocasiones que sabían acariciar en las cerrazones, cuando salir del rancho significaba poco menos que una muerte segura.

El deshielo se acentuaba y ya los ríos más altos exigían ser vadeados con cuidado. Se descongelaban a veces en forma violenta y cruzarlos equivalía a la posibilidad de perder alguna res o la montura misma.

Pero sabían los arrieros que cerca de los ríos estaban los mejores pastos. El hombre no dudó en llevar allí a los animales, que tendrían su fiesta. Pero el paisaje estaba extraño, su oído habituado a las soledades de un paisaje que permitía el intercambio justo de palabras le anunciaba algo que no alcanzaba a discernir. Se apeó, tal era su costumbre en esos casos, e intentó escudriñar el paisaje resabido con ojos nuevos.

La tropa seguía lentamente hacia los pastos, ya deteniéndose bajo los oblicuos primeros rayos que asomaban tras las cumbres milenarias. Otro sonido indefinido seguido de un silencio más indefinido aún y ya sus ojos buscaban siluetas humanas si las había; pero estaba seguro, ningún otro ser podía alterar la secular paz de las quebradas como quien no es del paisaje, otros colores, otros movimientos...

Se acomodó el sombrero y alzó la vista del otro lado del río Azufre. Entonces lo vio. Apenas caminaba arqueado sobre un bastón largo, como cargando una res sobre los hombros cuando apenas si traía una bolsa. La barba de días y los grandes anteojos de sol no hicieron más que turbarlo. Como queriendo expulsar esa imagen desesperante miró hacia más arriba donde un bulto de tamaño humano no se movía, un muerto tal vez.

Por una vez, quizá una única vez, no supo qué hacer, avisó a los otros que lejos en la ladera había algo raro y se quedó de una pieza, absorto, como si el que estuviera en otro lugar fuera él.

Cuando reaccionó escribió en un papel: Va a venir luego un hombre a verlos. ¿Qué es lo que desean?, porque no se le ocurrió otra cosa ni otro modo de expresar su asombro. Lo ató como pudo a una piedra y lo revoleó al otro lado del río, que corría con una furia inusitada.

El que caminaba se acercó como pudo. Como pudo también abrió el papel y se dejó caer. Juntó fuerzas para abrir la bolsa, sacó algo de su interior, escribió en el papel y suspiró mientras parecía mirar al arriero con ganas de gritar. En su lugar, en un último esfuerzo volvió a lanzar la piedra mensajera que apenas cruzó el torrente enfurecido.

El hombre leyó la nota que decía:

Vengo de un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo. Hace 10 días que estamos caminando. Tengo un amigo herido arriba. En el avión quedan 14 personas heridas. Tenemos que salir rápido de aquí y no sabemos cómo. No tenemos comida. Estamos débiles. ¿Cuándo nos van a buscar arriba? Por favor, no podemos ni caminar. ¿Dónde estamos?

Sin pensarlo dos veces arrojó al otro lado del río Azufre los cuatro panes que llevaba, avisó a sus compañeros y montó su caballo. Los otros dos arrieros cruzaron como y donde pudieron para asistir a los moribundos.

Sergio Catalán cabalgó todo el día, mientras oía cómo el verano celebraba en las quebradas, hasta dar aviso al puesto de carabineros más cercano a la nochecita.


[Este es un pequeño e innecesario homenaje a Sergio Catalán, el arriero gracias a quien pudieron rescatar con vida a 16 de los 45 tripulantes del avión de la Fuerza Aérea Uruguaya -el equipo de rugby Old Crhristians y acompañantes- que viajaban con destino a Chile y 13 de octubre de 1972 se perdió y se accidentó en un cerro en la región limítrofe entre Mendoza (Argentina) y Chile. Tres sobrevivientes deciden emprender la marcha en busca de ayuda (uno se vuelve). El 21 de diciembre por fin logran comunicarse con Catalán y el 22 se produce el rescate. La odisea de 72 días dio lugar a innumerables documentales, libros, artículos y películas y es conocida en todo el mundo. Hace poco, Catalán, de 82 años, tuvo que someterse a una artroplastía compleja que fue financiada por sus agradecidos rescatados.]

domingo, 25 de enero de 2009

Flaco de alma

No era un tipo espectacular, ni buena persona ni nada de eso. El flaco Lugano era un mala leche terrible, a secas.
El día antes de Navidad se bajó dos botellas de whisky y pisó el acelerador a más de ciento ochenta en la ruta. Tuvo suerte, su auto terminó incrustado en un árbol, pero apenas si se fracturó una pierna. Sin embargo Andrés y Marisa, la parejita que estaba abrazándose en la esquina, murieron apenas los impactó el coche. Sus cuerpos dieron una vuelta completa en el aire y quedaron sobre el asfalto.
El flaco Lugano supo que había atropellado y matado a dos personas recién al recibir el alta del hospital. Dos policías de uniforme le pidieron de buena forma que los acompañara hasta la comisaría. En el camino le contaron la historia.
Bajó del patrullero asustado, a sabiendas que esta vez la había hecho y fea. Lo metieron en un cuartito, a la espera del sumariante. En tanto aguardaba ingresó un policía, lo miró de arriba abajo y lo escupió en la cara. El flaco no tuvo tiempo ni de reaccionar, la puerta se abrió de nuevo y entraron dos milicos más.
El primero lo sujeto por la espalda, el segundo le dió un golpe en la boca del estómago. Mientras, el que lo había escupido salió raudo por la puerta. Volvió de inmediato, acompañado de un hombre calvo, de avanzada edad. Tenía los ojos rojos, parecía de tanto llorar.
- Acá lo tenés Pérez, éste basura mató a tu hija. Acá lo tenés, nosotros no vemos nada eh, nos vamos y acá no pasó nada. Cinco minutos Pérez, cinco minutos.
Y se fueron. Lo dejaron solo al flaco Lugano en manos del viejo Pérez, dolorido padre desde que la combinación de alcohol y velocidad lo privara de por vida de su hija.
El flaco se dió cuenta ahí que mientras lo sostenían por la espalda, lo había esposado a la silla, ahora no podía siquiera moverse. Acá me mata, pensó.
Pérez se ubicó del otro lado de la mesa y se sentó. Aún tenía húmedas las mejillas. No le sacó los ojos de encima al melenudo que tenía enfrente ni por un segundo. Al minuto y medio de observarlo disparó su pregunta:
- ¿Por qué?
El flaco no sabía si debía responder o quedarse callado. Se dio cuenta que el viejo podía matarlo ahí mismo si se lo proponía, seguro tenía algún arma debajo de la ropa o un fierro, o un cuchillo. Los canas sabrían que sería así, que cuando entraran habría un reguero de sangre. Pero el viejo no se movía, tan solo lo observaba y ya eso era doloroso. Podía ser una basura, pero se daba cuenta lo que había hecho.
Quiso balbucear algo, pero no le salió nada. Se encogió de hombros y seguido a eso, se puso a llorar, a llorar de verdad. Las lágrimas caían como cascadas por su rostro.
EL viejo se puso de pie y cruzó la habitación hasta ponerse a su lado. "Ahora es cuando me mata" pensaba al tiempo que no podía dejar de llorar el flaco Lugano.
Y como lo suponía, vio al hombre sacar de atrás del pantalón un revólver calibre 38. Sabía que era un 38 porque su padre había tenido uno igual cuando él era niño y una vez se lo había quitado para dispararle a unos perros (el revolver temblaba en la mano del viejo) y tras darse cuenta su madre le había dado tremenda golpiza (estaba levantando el cañón hacia donde estaba)que quedó en cama por una semana. Su padre escondió el revólver (ahora el cañón apuntaba junto entre sus cejas) y jamás lo volvió a ver.
Sollozaba como un bebé ante el cañón justiciero, balanceaba su cuerpo de atrás hacia delante, sentía como una enorme bola se le formaab en el estómago, tenía ganas de vomitar, de gritar, de pedir perdón.
Cerró los ojos esperando el gatillazo, el sonido y después la nada. Quizás dolor, no lo sabía. Entendió que su suerte ya estaba echada desde hacía tiempo, puede que desde el día que mató a esos perros, desatando su maldad interior. Ahora la había hecho y feca, le había quitado la vida a dos chicos, y el padre de la chica estaba apuntándole en un cuartito de la comisaría, en complicidad con la policía.
Escuchó el estruendo, los tímpanos le saltaron por los aires y la orina recorrió velozmente su pierna lastimada. Pero no estaba muerto. Abrió los ojos. A sus pies, Pérez se desangraba del orificio que se había hecho en la cabeza, al disparar su 38.
El flaco Lugano no entendió lo que había pasado y jamás lo entendería. Diría por siempre que era un tipo con suerte, sin saber que por el contrario, su cruz sería no tener quién lo amase y decidiera dejar de vivir antes de no poder acariciar sus mejillas un día más.
El viejo Pérez murió por el amor que ya no tendría y fue tras él.

lunes, 19 de enero de 2009

Bajo la lluvia

Caminando va por la acera, paraguas en mano pero sin abrir, sintiendo la lluvia caer sobre su ser. Silba algo, no sabe qué, pero le gusta la melodía. Salta cada charco, se ríe ante cada gota que cae sobre alguna de sus mejillas y patea montoncito de hojas que se cruza.
Camina sereno los últimos metros de su vida. Sereno y feliz, ajeno al malestar de otros por la lluvia, al ir y venir de los comerciantes sacando los carteles y mercaderías que estaban en las veredas, de las amas de casa luchando por bajar persianas y cerrar ventanas.
El cielo nublado le resulta simpático, los relámpagos, una melodía. La naturaleza agita con fuerza los árboles y el día parece venirse abajo. Y todo, absolutamente todo, le resulta excepcional.
En la esquina se detiene. Mira a un lado y al otro. Cuenta mentalmente los segundos y llega a diez. Puntualmente el autobus aparece y dobla en la calle. El se arroja.
La lluvia se convirtió en diluvio y el viento vibró en toda su magnitud. El colectivero y los pasajeros bajan de inmediato, pero ya era tarde. Los lamentos provienen en todos los tonos. Algunas personas lloran. Los vecinos se acercan, algunos desafiando incluso la tormenta, sin siquiera buscar protección.
Buscan algún dato en sus pertenencias, algún celular para llamar a un familiar, pero no encuentran nada. Más tarde llega la ambulancia. Todo se desarrolla en una velocidad muy lenta, indiferente, irreal.
Un niño veía todo desde una ventana cercana. Lo que no comprendía, lo imaginaba. Lo que no entendía, lo asimilaba. Supo así que la felicidad está a un paso de la tristeza y que nada es lo que parece ser.
Se cansó de la lluvia, los llantos y la realidad. Corrió la cortina y prendió la Play. No existe nada que un buen video juego no pueda hacer olvidar.

viernes, 9 de enero de 2009

La herencia de Jovino

Cierta tarde, allá cuando el mundo cambiaba en nuestras manos, en una recorrida de tarde calurosa por Calle Pampa, los tres tipos de torva mirada nos veían pasar cambiando algunas palabras. Como siempre, estábamos casi seguros de que no iban a decir nada, pero ese margen de duda nos erizaba los vellos de la nuca por un largo minuto.

Calle Pampa, la larga curva desde San Martín hasta General López bordeando el zanjón que desaguaba calle Formosa al río. Cuando nos animamos, la frase más común era: ¿ahí van?, ahí la policía no entra. Sin embargo, biblia en mano, la muchachada sincericida se animaba y recorría con invitaciones triviales al principio, con apuestas fuertes después. Uno de las primeros logros era hacernos del paisaje, que sepan que no éramos evangelistas, que sepan que el cura nunca les iba a dar bola excepto por alguna conveniencia, y que, de alguna forma –pretenciosos, ahora que lo pienso- Dios no se había olvidado de ellos, al menos si ellos no creían en él, nosotros sí en ellos y esa era nuestra fuerza.

Unas cincuenta viviendas, una en peor estado que la otra. Muchas de quincha y techo de chapa, las menos con ladrillos huecos. Pocas fuertes y verdaderamente habitables. Familias completas instaladas en una tercera parte; gente de paso, provincianos del norte a poco de llegar, la otra y el resto hombres o muchachotes, que apenas si dormían allí, con ocupaciones poco definidas.

-¿Qué hacen ustedes acá sin permiso del presidente de la vecinal?- y el frío recorriéndonos los poros sudorosos.
-Es peligroso estar acá, ¿no tienen miedo? A vos ya t’he visto-, señalándome.
-Buenas-, atiné a responder- nada, paseamos… y ¿dónde está el presidente?
El tipo se me acercó y por primera vez vi esos ojos entre amenazantes e implorantes con la corona blanca en el iris, atravesados por el puñal del alcohol.
-Andan con la biblia, son evangelistas. Acá no queremos evangelistas.
-No, no somos- y creo que dije “católicos”, porque no tenía otro término que nos definiera mejor.
Su rostro cada vez más cerca tenía ese olor dulzón y penetrante que supe respetar con ternura de no se sabe dónde alguna vez.
-¿No me tenés miedo?
-No- dije yo, mintiendo como los mejores. -¿Por qué?-
-Andá, seguí. Y decí que Jovino Correa te dio permiso.

Tenía unos diez años más que yo. Cruzábamos algunas palabras al principio y muchas después. Largas conversaciones de aguijoneos mutuos me ofrecieron la perspectiva inmediata de una forma de ser que me resultaba extraña hasta entonces. Cuando se enteró que yo era profesor, me presentaba a los demás como: mi amigo, es profesor. Estudiaba en el bachillerato para adultos, es decir, cursaba. Su casa era de ladrillos huecos, con dos camastros casi siempre sin colchón, porque los daba a los demás que necesitaban más que él. Su única paga por ser presidente de una vecinal que no existía para la municipalidad, era el reconocimiento de los vecinos. Bajo una parra, desoyendo los insultos de un loro procaz, le daba una mano con matemáticas, mientras el autocalificado como chambón se azotaba la cabeza con los puños para ver si salía alguna ecuación o una operación combinada. Su carpeta era un rejunte de hojas de distinto calibre, que acomodaba primorosamente tras cada desparramo.

Con los años crecía su desencanto hacia los políticos, quienes lo usaban de la peor manera. El mejor laburo que le consiguieron fue de sereno mientras se construía el Banco Provincia. Le prometieron oros y moros mientras él conseguía apoyo al más infame peronismo local.

Su esperanza, en cambio, iba a la larga. Supo, o creyó saber, que su árbol genealógico ascendía hasta el legendario Comendador Correa, que dejó en 1873 un testamento que explicaba minuciosamente cómo habría de repartirse su inmensa fortuna. Por si las moscas, doctos vivillos se aseguraron de que Jovino firmase cuanta clase de poder para negociar la herencia pudiera existir.
La herencia de Domingo Faustino Correa era su cielo, allí estaba su paraíso, intacto, en algún lugar de Brasil, sólo a la espera de que se resuelvan los papeles, para hacer de su vida una vida.

Fríos inviernos hirviendo grasa y mascando chicharrones nunca hicieron de él el delincuente que muchos esperaban. Porque si Jovino se portaba mal, a la bolsa y un problema menos. Pero Jovino era derecho hasta donde podía, hasta donde su maltrecho cuerpo le daba.

Aquella vez que osé casarme, Jovino fue feliz y juro que yo también hasta las lágrimas esa noche al verlo así. Bailaba con viejas pacatas y con muchachas pretenciosas como si él fuera el agasajado. Se había peinado a la gomina y todo. No dejaba de abrazarme y pedirme un ahijado. Abría la puerta para hacer pasar a los invitados como queriéndose ganar el aprecio del suegrerío y a todos les decía: es mi amigo, el profesor.

Cuando trasladaron las casas de calle Pampa donde no se ve, Jovino se partió al medio y ya ni aparecía por mi barrio porque decía que un borracho no puede molestar en casa donde hay bebés. Sólo lo veía en la calle y nunca quiso que lo visitara. Sus ojos eran cada vez menos amenazantes y más implorantes.
Una noche demasiado fría quiso manotear su herencia de una vez y allí el alcohol puro, o el querosén o el aguarrás o lo que puta sea terminó de carcomer por dentro lo que la miseria no pudo por fuera.

Nunca le di un ahijado ni alcancé a explicarle por qué no iba más del cura que le mentía para sacárselo de encima. Tan preso como él, no pude hablarle nunca de la teología de la liberación. Sólo pude ofrecerle la modesta vanidad del amigo profe. Pero sé que para él alcanzaba, porque aspiraba sólo a la herencia prometida y no las ventajas pasajeras de los oportunistas.

Al final, me queda decir con orgullo: este fue Jovino, mi amigo, mientras rebuscando en mí mismo encuentro la herencia que dejó en la mirada, en el olor rancio del sudor eterno, en el pelo engominado de cuando pensó, estoy seguro, que el mundo estaba mejorando.

viernes, 2 de enero de 2009

Lejos, lejos, las distantes luces se desvanecen
dejándonos detrás, perdidos en un mundo cambiante,
y vos sabés que aquellos eran los días de nuestras vidas
Recuerda

Otra oportunidad, hola..., otro adiós
y tantas cosas que nunca volveremos a ver
días de la vida que no parecían tan importantes
sí parecen importar y contar mucho después.

domingo, 28 de diciembre de 2008

El Juanjo pudo (una razzia más)

El Juanjo era el menor de la barra, en un sentido al menos, el de la edad. Pero su casi metro noventa era engañoso. Si a nosotros, de altura más intermedia jamás nos llevaron en las razzias, por qué lo iban a llevar a él. Pero sucedió...
Es que vos te metías en un boliche, qué se yo Bimbo's, o Rol, o Clemente en Villa. Olaf, Vieja América, Musicau o el Salón Dorado en Arroyo. O en San Nicolás, o en cualquier lado, si se les daba por hacer razzia, se les daba y punto. Los pibes ya estábamos acostumbrados tanto a la desagradable sorpresa, como a zafar. Los milicos te trataban peor que a trapos. Vos llevabas el documento y en general te salvaba eso si eras mayor. Pero los mayores eran dos o tres, el resto, menores jugando a grandes en la peor de las noches.
Si aparecía el Kaiser, la barra se amontonaba en la vieja nave y era el delirio. Esa noche el Juanjo estaba, -cómo decirlo- deseoso de debutar, de modo que todo lo que pase cerca portando notoria delantera era objeto de su asedio.
El tipo era alto, bien parecido, y en las penumbras aparentaba al menos veinte. Si lo veías a la luz era un grandote chiquilín. Su mejor parla la desarrollaba en el truco y él la trasplantaba sin más al verso con las féminas. Tal vez por el empeño que ponía, mal no le iba y había bailado casi desde que entramos. Hasta que enganchó una minita dispuesta a profundizar la conversación donde fuera o, mejor dicho, en algún lugar de afuera.
Se vino derecho a la barra donde los demás aclarábamos las voces. La minita le llegaba a la mitad de altura, pero lo diminuto en altura lo suplía con generosas curvas, que el Juanjo apreció como óptimas para su ansiado propósito.
¿A qué vino? Obviamente a gestionar las llaves del Kaiser, espacioso, seguro, inviolable, cómodo. Me es imposible contar en pocas palabras el sufrimiento de ese muchacho ante la fingida negativa, con la minita adherida como sanguijuela, irisado el rostro, sin llegar a implorar porque al fin y al cabo no se le iba a negar... Pero que sufra un rato, no le hace mal, según Miguel, que era especialista.
Cuando tuvo las llaves en su poder, creo que en tres trancos llegó a la puerta con la diminuta flameando. A los cinco minutos, la barra estaba en la esquina, calibrando los movimientos del Kaiser, evaluando la calidad del encuentro y reventando al silenciar las carcajadas. Hasta aparecieron rayones de dedos en un empañado vidrio lateral.
¿Le, le sa, sacudimos el auto?, tartajeó el maldito del Teri, rezumando una envidia atroz. Como respuesta recibió un manotazo testicular del Filo, que lo calló por un rato.
Todo iba bien para el Juanjo, con la barra presenciado a pocos metros ya el espectáculo. Pero sucedió... Un Unimog y un par de autos por la otra esquina. ¡Razzia! Ahí ya no dudamos en cortarle la inspiración al Juanjo. Salió uno por cada puerta. La diminuta bajando la mini y la remera, el Juanjo abrochándose todo para el culo y a dispersarse urgente.
Filo y yo caminábamos por una vereda; a diez metros atrás, el Teri y el Juanjo. Los demás en sentido contrario, mientras un par salieron lento con el Kaiser revoleando el calzón de la minita por la cabeza del Teri.
La fortuna no les sonrió. Un auto de la cana pasó despacio al lado nuestro, los tipos escudriñandonos con potentes linternas como a delincuentes y creo que parecimos normales, ya cancheros, hablando en voz alta e impostada como mayores.
El Teri tenía veinte, pero al revés del Juanjo, parecía de catorce. El Teri tenía documento, pero tenía un calzón en el hombro y el Juanjo se estaba abrochando la camisa y tenía apuro por esconder sus dieciseis. Adentro los dos.
El Juanjo reaccionó como los mártires. Lo empujaron bestialmente al auto, pero él portaba como arma una sonrisa grande y con un poco de sarcasmo, que le alcanzó para gritarnos cuando pasaron de nuevo al lado nuestro: ¡loco, la puse!, sin importarle el culatazo que le dejó esa marca que le recordará para siempre el ya relatado evento.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Año nuevo

Escuché los petardos cerca de la ventana y pensé que eran los sobrinos del vecino. Había mandado al Raúl a buscar otra sidra al kiosco de la vuelta. Ya eran más de la una del año nuevo y habíamos quedado solos en la casa.
La Natalia y el Fabián tomaron rumbos jóvenes junto a sus amigos, sin la menor intención de pasarla con sus viejos padres. El escote de la Bichi era bastante provocativo, pero quién no provocaba hoy en día. La pendeja que no mostraba era una estúpida, según decía ella.
El Fabi fue el primero en irse. El brindis, el beso, un abrazo tibio como los pocos que nos dábamos a lo largo de la vida, durante los últimos años y chau, me voy a lo del Rulo. Y se fue nomás. Entonces era una fiesta de fuegos artificiales y gritos en todo el barrio.
Los nuestros, ya adolescentes, no tiraban. Eso era para los chicos, nos decían. Pero no me engañaban, se morían por ensuciarse las manos de pólvora y arriesgar los dedos y vaya a saber uno que más en cada triangulito, cañita o petardo.
Al rato, estacionó un Fiat bastante viejo delante de casa, quizás un Spazio o un 128, la verdad que no le presté atención. La Bichi me estampó un beso en la mejilla, bien bruta como siempre. Ni tiempo a regañarle eso me dio. Escuché el ruido de la puerta cerrándose de un golpe y de inmediato, el auto arrancando.
Así que nos habíamos quedado solos con el viejo. Muchas ganas de seguir tomando no tenía, pero tampoco de ir a acostarme. Me cacho, ni una hora del nuevo año y ya al sobre? No, no podía ser. El Raúl ya estaba medio tomado, dos botellas de tinto durante la cena, la sidra en el brindis y vaya a saber cuántas cervezas a la tarde en el club. Qué podía hacer una sidra más. Nada. O me acostaba escuchando los festejos ajenos o tomaba una sidra más en el cordón de la vereda, contemplando el cielo y espantando los mosquitos. Y allá fue el Raúl, camino al kiosco y sin regañar.
Fue al minuto que tronaron los petardos tan cerca. Casi me hacen caer la ensalada de fruta. Les grité con mi voz ronca de fumadora que tiraran más lejos y no bastándome con eso, salí a la calle.
No eran los sobrinos del vecino. En realidad ya no quedaba nadie en la cuadra, no se si fue en ese momento o si fue antes, o cuando los vieron venir. Pero en algún momento todos se acurrucaron puertas adentro. Menos el Raúl, claro. El Raúl había ido por antojo mío hasta el kiosco de la vuelta. Pero no había llegado ni a la esquina cuando aparecieron los Mendoza. Y los Mendoza, del Barrio Los Pinitos, se la tenían jurada. Pasaron en un auto a los pedos y revoleando tiros. ¡Puto García, tomá la qué me debés! le escupieron de un grito a mi esposo y ahí nomás le tiraron.
Cuando llegué a su lado, corriendo, jadeando, el gordo se retorcía de cuerpo completo, lleno de espanto y dolor. Me miraba cómo suplicando, quería levantar los brazos para abrazarme, pero ya no podía. Me tiré encima suyo, llorando, sin importar si le hacía más daño o si no lo dejaba respirar. Mi Raúl se estaba muriendo en pleno año nuevo. Y ni los críos tenía cerca para tomar coraje...
Ya no hubo cohetes, ni risas ni repiquetear de copas. Tan solo la noche envolviéndonos a los dos y un ángel negro llevándose a mi gordo.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Las horas de un tiempo sin tiempo

Ahora que ya se ha ido, me pregunto si su llegada no perteneció a otro tiempo.
La llovizna de estos días sin viento llegaba hasta mi puerta, aunque nadie golpeaba en la parte gris. A veces me parecía demasiado insólito creer que el espejo no reflejaba nada. Ni una sensación, ni una palabra, ni un brillo reproduciéndose del reflejo de otro reflejo. Era todo demasiado pequeño, conservado, aplaudido en los momentos de ninguna coincidencia.
La habitación, comprimida de olvido, latía inseparable de mí.
La caótica escena de su presencia me hizo vulnerable y oscura.
Llegó sin esperar.
Se instaló por semanas, por meses, pasaron años tal vez, no sé, el tiempo parecía ser externo a las situaciones. Siempre fue sol, siempre fue noche, era todo lo que no podía existir junto, y no me servía. Aun, faltaba tanto para que se fuera.
Mi retracción era inaudita.
Cerré las cortinas, preparé café y acondicioné el living para la próxima eterna cita de diván que se me proponía.
Luego fue todo tan bizarro. Recordé sucesos de comunicación de todo tipo, pero ninguno que se llevara la esencia del fuego tan repentinamente como este. Todo parecía otro todo. Un todo insondable sumido en el letargo. Una esfera enredada. Un todo que reconocí.
Su actitud no dejaba huella, pero accedía directamente en la historia.
Dejé de esperar que por la ventana entrara algo de luz.
El tiempo después fue sordo, invertebrado de condiciones.
Supuse, entonces, que su marcha ya estaba lejos de casa.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Rehén del olvido

Es la opresión de estos tiempos, el gris del cielo emparentado con la desolación. Una marginalidad despiadada, el desencanto hecho dolor.
Su andar sereno era una máscara, un velo que cubría su interior antes que se lo arrebataran. De sus dientes putrefactos resplandecía la opacidad del olvido.
Un saco remendado una y otra vez, testigo de insultos y miradas indiferentes. Jeans deshilachados y no por la moda. Ojotas dejando al descubierto pies endurecidos por los años, la mugre y el sol.
Delante, siempre, el changuito oxidado, cargado de latas y penas, bolsas y sueños perdidos.
La cabeza gacha, como contando las baldosas, sacando fuerza del escuálido cuerpo, avanzando por las calles de todos los días, en un recorrido sin final.
De vez en cuando levantaba los ojos y escudriñaba desconfiado, atento a la perversidad humana, la soberbia, la mala palabra.
Cuando la noche comenzaba a caer era que lo notaba. Cada vez eran más los que vagaban. Veía salir de los callejones gente empujando carritos, en silencio recolectando basura, cartones, lo que venga.
El paso cansino característico, como pidiendo perdón a la vida por haber fracasado. Un desfile de almas en pecado, huérfanas de sociedad, hijas de nadie, pronto del olvido.
Es la opresión de estos tiempos, se repetía. Algo estaba yendo más mal que de costumbre. Ya no recordaba qué había pasado con él. Cómo fue que un día su nación pasó a ser la calle. De eso se trataba, de no recordar, así que estaba bien que así fuera.
Ahora, bajo la enorme luna que quería emerger de entre las nubes, como un criminal espiando detrás de un arbusto, vigilaba su calle. Su casa. Su vida.
Y esta vez la sorprendió. Allí estaba la persona que le robaba los cartones que desde hacía años juntaba delante de la tienda de electrodomésticos. Una de las nuevas se dijo y no se sorprendió.
La máscara cayó. Su andar se transformó en decidido. Fue por atrás y con la barreta que escondía entre sus ropas, la descerebró de un golpe. La sangre salpicó incluso su rostro. Limpió la barreta en el saco. Nada le hacía una mancha más. Tomó los cartones e hizo un viaje hasta su carrito. Volvió por el resto y antes de marcharse, pateó con fuerza el cuerpo para darlo vuelta.
El rostro que lo miró, ya mortecino y aún más pálido por la luz de la luna, vencedora al fin en su lucha nocturna por reinar en la noche, era el de una joven, de no más de veinte años. Había sido hermosa. Pero también olvidada.
Maldijo por lo bajo por el desperdicio y se fue. Volvería al día siguiente, como lo hacía desde que el olvido lo tomó de rehén.

jueves, 27 de noviembre de 2008

En la nieve

Apoyá tu cuerpo sobre la nieve de medianoche,
sentí el frío del invierno en tu pelo
Aquí, en un mundo propio
llegan a deleitarse desde lejanos paisajes
Y vienen a jugar sus juegos mágicos
esculpiendo sus nombres y hazañas
y lo hacen (sin saberlo aún) sobre tu
cuerpo congelado y observas el dolor con sorpresa.
En el piso, han hecho bolas de nieve
mírenlos rodar! con ojos locos mirando el cielo.
Caras sonrientes temen tu cuerpo en
el piso, y se cubren de un rojo que
sólo nosotros podemos ver
tus ojos observan como un soñador,
observan el dolor con sorpresa...
mientras tapa tus gritos,
Ellos nunca nunca sabrán.

Comienzo de Libros...

El Hombre de negro huía a través del desierto y el pistolero iba en pos de él... (La Torre Oscura - La Hierba del Diablo - Stephen King).
Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto... (La Metamorfosis - Franz Kafka).
Cuando tenía 6 años vi un dibujo en el que una boa constrictor devoraba a una fiera. Es entonces que pensé mucho sobre las aventuras de la selva y un buen día, tomé un lápiz de color y logré mi dibujo número 1.
Decidí mostrar mi primera obra maestra a la gente grande, y pregunté si mi dibujo les asustaba.
-"Por qué nos asustaría un sombrero?", me respondían...(El Principito - Antoine de Saint Exùpery).

sábado, 22 de noviembre de 2008

En Sisteron

No conocía Francia. Sus ojos, cuando las lágrimas se lo permitían, tornaban del horror a la fascinación y de allí al horror nuevamente. Todo había sucedido demasiado rápido para sus jóvenes años.
Eres joven, eres hermoso... resonaba en su interior. Esas palabras que apenas pudo susurrar -¿o sólo imaginar?-, esas extrañas palabras recurrentes, persistentes, que ahora eran un eco incontenible.
Un dolor mitigaba otro dolor y todos producían esa turbación de la conciencia. Eres joven, eres hermoso... como si ella no lo fuera. Pero ya no, ya se parecía más al despojo que necesitaban que a la bella muchacha que la naturaleza esculpió.
El lugar era espacioso, un atrio, sí, un atrio. Nôtre Dame des Pommiers, al pie de la ciudadela de Sisteron, a sólo uno o dos días de Avignon. Los Alpes caían sobre la provenza francesa blanqueando de crudo invierno la región, durmiendo los viñedos y los interminables frutales. La moteada manta blanca salpicada de grises manchones en algún risco, en algún valle, se empecinaba en cubrir la atrocidad del rito que se preparaba. Curiosos campesinos asombrados, curiosos mercaderes montando sus tenderetes, curiosos magistrados profiriendo maldiciones, curiosos monjes santiguándose bajo sus capuchas, atisbando de reojo a aquella cuya presencia era como la de un ejército formado batalla.
Bajo el raído sayo, la que fue bella como la luna ahora colgaba de sus muñecas, las articulaciones deshechas, marchitándose como una rosa de tallo quebrado.
Elegantes personajes de paso lento, erguidos, con guardia armada discutían el proceso y la espera demasiado larga. Los últimos mensajeros anunciaron el arribo instantes antes de que un par de purpurados ancianos, noble el gesto, incómodos por el viaje, descendieran del carruaje de seis caballos enjaezados con cintas blancas y amarillas.
En su desvaída conciencia sólo volvía él, joven y hermoso, una y otra vez. Ya no su triste entrega a lujuriosos monjes serviles por una gallina o, como mucho, por un corazón de buey. Ya no la peste que comenzaba a asolar la región y la despojaba de hermanos y a la vez de viejos temores. Sólo él, a quien decidió darse por nada aquella noche en la abarrotada cocina, debajo de la sabiduría de siglos que no vería otra luz que la de su propio consumirse para volver al polvo original.
No conocía Francia y lo poco que pudo le supo tan triste como su rincón bajo las estribaciones del monte donde miraba hacia arriba día y noche cuando intuyó el amor.
Cuando todo estuvo preparado, cuando se aseguró llegar a Avignon precedido de una fama excelente, cuando supo firmemente establecido su lugar entre los poderosos y la admiración de los lacayos del papa, Bernardo Gui dio la orden y tres verdugos encendieron la pira.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Here comes the Sun King

Tanto busqué este momento, ¡tanto calculé los movimientos..!
El otoño azota el leve sol, un rey sin obsecuentes ni obedientes.

Todo el mundo ríe.

Todo el mundo está feliz.
Aquí llega el rey sol.

Nunca me gustó el otoño, ni el frío, ni las chicas del brazo de su hombre arrebujados cruzando la avenida. Prefiero la sombra de este edificio. Vendrá y yo seré yo.
Hay cosas que no comprendo. Lenguajes que dicen lo que no sé decir y menos entender, porque llega el sol y deslumbra -pienso- y pierdo el sentido.

Quando paramucho mi amore defelice corazon

Mundo pararazzi mi amore chicka ferdy parasol
Cuesto obrigado tanta mucho que can eat it carousel

Este idioma de todos y de nadie me dicta en este otoño cruel lo que debo hacer.
Espero, sé esperar.

Here comes the Sun King.

El puño apretado debajo de mi abrigo y la sorpresa a la vuelta de la esquina.

Here comes the Sun King.


Si ya calculé todo... ¿cómo voy a fallar?
Con mono o sin mono lo haré de todas maneras...

Here comes the Sun King.


No puedo mirarlo a los ojos, me deslumbra el rey sol. Me ciega.

-¿Me das un autógrafo, John?

- Por supuesto, ¿para ..?
- Para Mark, y firma como Rey Sol.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Episodio

Un tercer episodio de pasado desempolvó los auges de la memoria caída.
Comenzó con una leyenda pasiva de contracturas del alma que, poco a poco, se transformó en noche eludiendo las causas de la tensión.
El medio fue una máquina del tiempo generosamente abstracta, como la Olivetti que llenaba gran parte del ropero, en el sector de los zapatos. La sacó de su hueco con gran esfuerzo. Estaba tan bien encajada como un secreto guardado sin dificultad. No molestaba hasta que la necesitó. Después de probarla intensamente comprobó que ya no funcionaba, entonces recordó el porqué del abandono, del desuso, de las huellas en las teclas después de la última canción.
Las olvidadas letras de su memoria permanecerían sepultadas con la muerte de la vieja máquina, pero se enorgulleció por no existir la posibilidad de otro renacer mecánico.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Fuga

Siente el viento golpeando el rostro y cómo la carretera se esconde debajo del capó del auto. Va lanzada a doscientos kilómetros por hora, aferrada al volante de su descapotable, dueña de su libertad, presa de su deseo.
La carretera no parece tener fin y el paisaje se torna repetitivo y fugaz. Detrás ha quedado una vida y por delante, sabe, vendrá otra.
Mira de reojo de tanto en tanto el asiento a su lado, ausente de compañía, pero no por ello vacío. El bolso está allí y eso la reconforta. Sabe que hay una conexión entre lo que contiene y el palpitar intenso de su corazón.
El motor del coche pugna por hacerse escuchar, pero el zumbar del viento es aún más fuerte. Casi no hay curvas, el futuro parece estar al fondo de una larga línea recta.
Por momentos se hecha a reír, aunque casi insonoras, sus carcajadas hacen de su rostro, una mueca de locura. El maquillaje corrido, la sangre seca sobre el labio superior de la boca y la camisa blanca surcada por gotas de algo que ahora está negro, retratan una escena esquizofrénica.
El día es claro, sin nubes amenazantes, el sol brilla en lo alto y se refleja en el parabrisas con destellos que parecen jugar sobre el vidrio. El espejo retrovisor invierte lo que ella tiene por delante, esa recta y despoblada carretera, que en lugar de aguardar, se aleja, hasta que de pronto, el horizonte, voraz, la devora.
Sigue riendo mientras siente como su pie se entierra en el acelerador. La sensación del volante es sensual, como el viento que arrebata su larga cabellera y la golpea sobre sus hombros. No deja de mirar hacia el asiento del acompañante y sentir un alivio al encontrar allí al bolso.
En el espejo retrovisor la carretera sigue escapando hacia el pasado. Pero dos puntos de colores parecen avanzar hacia delante. Primero cree que es su vista que la ha engañado. Presta más atención y comprende que no. Una luz roja y a su lado, otra azul. Y más atrás, otro par igual. De repente son no tres, sino cuatro pares...
La policía la está siguiendo. Encontraron su pista, rompieron el encantamiento de la fuga.
Se siente furiosa, golpea con fuerza el volante, maldice gritando a pesar que nadie la escucha. Maldice a su novio, cuyo cadáver lleva desde hace más de cuatro días en la maletera. La tranquiliza saber que el bolso está a su lado.
Toma una decisión y lo hace rápido. Se olvida del futuro y se aferra al presente. Con un brusco giro, abandona la carretera y conduce hacia al este, por camino de tierra. El polvo lo colma todo, incluso al punto de asfixiarla, pero es su única esperanza. Lleva el motor al máximo que puede dar, el auto va a los saltos, las ruedas ya no acarician la planicie de asfalto, sino que atraviesan las tumultuosas sinuosidades de la tierra salvaje, devorando rocas y zanjas, en una marcha atroz y desenfrenada.
El vehículo parece llevado por el diablo. Los coches de la policía hacen su mejor intento, pero cada vez quedan más atrás. Ella siente que vuelve a triunfar, que está a un paso de hacerlo.
Ríe fuerte, con toda la boca. Mueve los hombros para sacarse algo de tensión de encima. No desacelera, no se lo permite. Si bien el espejo retrovisor le devuelve polvo y nada, no puede confiarse. Mira a su lado. El bolso no está.
Se le hela la sangre. El corazón parece detenerse. Mira a sus pies desesperada, esperando que el movimiento lo haya hecho caer del asiento. Pero no está. El bolso no está.
Piensa en detenerse y volver atrás, pero sabe que es un suicidio. Quiere pensar pero no puede, está confundida. Entonces escucha su voz y el peso de su mano sobre su hombro.
Grita. Grita fuerte y aterrada. Sabe que está muerto. Lo sabe porque lo mató en el motel, le cortó la garganta y los testículos, y luego se los metió en la boca. Lo llevaba en el maletero porque pensaba enterrarlo cerca de donde se instalara, como un premio, un recuerdo de lo que todo le había costado.
No se animaría a mirar atrás, estaba segura. Pero ya estaba mirando. Con la garganta cortada, emanando ríos de sangre, allí estaba su novio. Era imposible, pero a la vez verdad. Muerto en vida, estaba en el asiento de atrás, estirado hacia delante, con algo saliendo de su boca. Sintió que le venían naúseas. El le guiñó el ojo y con la mano libre, alzó el bolso. Ella no pudo atinar a nada, ni siquiera a mirar nuevamente hacia delante.
El hizo oscilar el bolso, cada vez con más fuerza, una y otra vez, una y otra vez, y cuando había alcanzado cierta velocidad, lo lanzó al aire. Un testículo asomó de su boca, bañado de sangre. Ella volvió a gritar, queriendo arrojarse del auto. Pero ya era tarde.
El camino había terminado. La tierra cedió bajo las ruedas delanteras del descapotable a más de doscientos kilómetros por hora. El auto salió despedido al precipicio como un chorro de orín. Volvió a sentir como la golpeaba el viento, pero esta vez, como nunca lo había sentido en su vida. Antes de cerrar los ojos y dejar de pensar, volvió a ver a su novio, que no dejaba de sujetarle el hombro y supo con seguridad que estaba muerto. La locura la embargó antes que la muerte llegara.

jueves, 18 de septiembre de 2008

El miedo

Sus ojos me miraron, titilando el refugio que guardaba, la complicidad que utilizaría más tarde en sus palabras y un extraño acontecer de raíces hinchadas en su memoria.
Parecía más que un loco suelto. Parecía, sobre todo, un espasmo del día, una tormenta en un cabo solitario, un circo derribado, la neblina de no saber caminar solo.
Temí acercarme, temí preguntar, aunque por dentro sabía que temía involucrarme, que esos ojos no fueran cotidianos y supieran hablar con extremismo de un acontecimiento que, al final, nos sucede a todos. Temí deber auxiliarme.
El tiempo pasaba oblicuo en el espacio. Sobraba una parte de lo que nunca sabemos en ese trozo de recreo obligado a la espera del tren. El recorrido de la gente interfería en exceso la búsqueda de logaritmos que ofrecieran un resultado coherente a las respuestas.
¿Cuál sería su viaje para tan desbordados ojos? ¿Qué secuencia atroz imaginaba para derramar tanta evidencia?
Pensé lo que nunca pude pensar en un segundo a la velocidad de un tren que está por llegar en cualquier momento. Ya estaba todo examinado, pero ¿serviría para la investigación lo que provocaría la inercia del encuentro?
Llega el tren sin darme cuenta a pesar del tiempo de concentración. Subimos todos y cada uno se ubica en los lugares que puede, afortunadamente se puede elegir un poco a estas horas de la tarde. Sus ojos siguen mirándome inauditos, escondiendo un poco la vergüenza que provoca la multitud. ¿Qué es eso que me dice?
Me acerco tan nerviosa como si tuviera que interrogarme a mí misma. Me acerco y el contacto ya es inevitable. Pregunto, lo más prudente que me permite el momento, cuál es su malestar. Los ojos van disminuyendo su expresión. Noto un expansivo intento de evitarme. Ya no soy yo preguntándome. Este ser evade la situación con un simple “no pasa nada” seguido de un “estoy bien”. Los ojos seguían siendo oscuros y profundos. No pude imaginarme un campo abierto con soles resplandeciendo en su horizonte. Se estaba alejando completamente solo. No supe qué hacer. Tenía ganas de arrebatar a esa persona del mundo en el que se encontraba, pero no supe qué hacer. Tan cerca y tan lejos, a la vez. Tan inamovible es el miedo, a veces, tan extremo.

domingo, 14 de septiembre de 2008

El timbre de las flores

Un buen día algo lo iluminó. Caminaba por el barrio y se dio cuenta que faltaba algo. Las casitas eran lindas, las calles estaban cuidadas y había luminarias en cada esquina. Pero el celeste del cielo no combinaba con lo que lo rodeaba. Pensó y pensó, sentado en la hamaca de la pequeña plaza hasta que dio con la clave del enigma: las flores.
Al barrio le faltaban flores. Los árboles eran potenciales colosos en crecimiento, pero había mucha vereda, mucho tapialito y poco verde, nada de macetas y ausencia total de colorido.
Así comenzó la ardúa tarea en la que se encaminó Santiaguito. Con sus siete años a cuestas, apareció una tarde con una carretilla de plástico (rojo chillón) cargada de plantitas. Tocó timbre en la primera casa de la primera calle del barrio. Una señora muy grande (de tamaño y de edad) le abrió la puerta y sonrío al verlo. Recibió con agrado el obsequio de las plantitas y se comprometío a colocar algunas en macetas y otras en el terreno que daba a la calle.
Santiaguito se fue empujando la carretilla, saludando a la señora con la manito izquierda. Un par de horas volvió con más plantitas y tocó timbre en la segunda casa.
Así, de a poco, la gente del barrio era visitada por Santiaguito. También volvía a las casas donde había dejado plantitas, para asegurarse que las hubiesen utilizado para su propósito.
Al poco tiempo, la silueta del niño de siete años empujando la carretilla cargada de plantitas se había hecho familiar para los vecinos del barrio. Todo el mundo lo saludaba y lo detenían para ofrecerle chocolate caliente, jug de naranja o tan solo agua. Santiaguito (así se presentaba) nunca decía que no y mucho menos, jamás dejaba de sonreír.
El día que llevó las plantitas a la casita más alejada del barrio, que aún no había visitado, fue la última vez que lo vieron. Los vecinos esperaron en vano su figura diminuta recorriendo las calles, alegrando con su andar y el de su carretilla la vida cotidiana. Aún añoran su sonrisa, su simpatía innata, el timbre sonando...
Cuando alguno lo recuerda, les sirve con mirar alrededor y observar las flores: la sonrisa no tarda en aflorar, en arrancar una carcajada y porque no, de vez en cuando, una lágrima.
Aquel angelito voló a alguna parte, vaya a saber dónde, pero seguramente estará pintando de felicidad una partecita del mundo. Porque a los lugares siempre le falta algo, a veces son grandes cosas, otras, pequeños detalles. No siempre hay un angel dispuesto a darse cuenta. Y mucho, menos, uno que haga lo que nosotros no hacemos.

jueves, 11 de septiembre de 2008

El Caminante

Falso y absurdo como el día. El próximo mes será igual al anterior y el ardor que sienten sus pupilas es el mismo que colmó las desgastadas horas de un pasado confuso.
Los años le confunden. Cuando mira detrás de sus hombros no logra divisar claramente las coordenadas. Los recuerdos nunca se presentan tal cual sucedieron.
Algún color se difumina, alguna sonrisa se transforma en una mueca macabra, algún rencor en un simple suspiro; algún resplandor en una oscura noche.
La noche es cómplice de todos esos pesares, mientras el día repta y circula por entre las vías de la ciudad. El camina al igual que nosotros. Arrastra los pies y decide, o no, que hacer.
Una tarde se cansó de esperar esas cosas que algunos saben esperar.
Saltar no tiene sentido, y a veces esa búsqueda de sentidos nos agobia desde las tempranas horas de nuestra existencia.
El lejano mar no encierra ninguna respuesta en sí, y dejarse caer tampoco resulta tan atractivo. Simplemente atado a una cotidiana realidad decide proseguir, decidimos continuar...

martes, 9 de septiembre de 2008

Cárcel diaria

Creer que todo es verdad
Saber que todo es mentira
Soñar con ser libre,
vivir sin edad
enfrentando la prisión de los días
y la monotonía de ser esperando morir
ignorando el por qué y la razón
sin sentir ni decir,
sin permitir al corazón
pecar en rebelión.

Creer que todo dura
cuando todo tiene fin
Inmaduros por ilusionar
a un mundo perdido en gris
embellecido por el espanto
dueño sin motivos de su desencanto
moribundo en vida, como mis sueños
El día cae, como una brisa
se lleva las horas con el viento
y apaga las luces, sin culpa, sin prisa.

viernes, 5 de septiembre de 2008

En el fin...

Hora de parar este ensueño,
uno debe reunirse con el mundo real.
Me siento como un extraño,
un desconocido en un mundo extraño.
Caminando por las calles y viendo que nada es igual.
Ahora, las luces de la ciudad se apagan una por una
demasiada sabiduría y egoísmo,
el tiempo está pasando pero nosotros quedamos,
vos quedás en mí.
Atrapá lo que puedas, yo no me quedaré por mucho tiempo
volveré mañana temprano o nunca más,
resplandeciendo...