Sentados una tarde, en el café de Tony, le dije a mi amigo Raúl:
"La creatividad humana y los artistas están sobrevalorados. Todos, de una manera u otra, apestan."
Yo mismo he sido un farsante que alguna vez se creyó un artista. ¡Cómo si el mundo necesitará escuchar o leer mis divagues y razonamientos!
En definitiva, todos somos bastante patéticos. Pero no hay nada de malo en eso, simplemente se trata de marchar con la frente en alto sabiendo que uno es un don nadie.
- Lo principal, es dejar de mentirse a uno mismo - le afirmé a Raúl mientras el bebía de a sorbos su café amargo de las 6 de la tarde.
- Entonces, según tu punto de vista esta ciudad apesta. El mundo apesta y la gente.... mejor no tocamos ese tema ¿no? - me dijo Raúl aún con sus labios próximos al pocillo de café.
- Efectivamente, querido amigo. Pero te vuelvo a repetir que en eso no hay nada de malo. ¿Qué problema podremos tener en salir a la calle sabiendo que no conseguiremos nada?. Es un impulso básico lo que nos empuja a seguir en pie, el resto... invento de los griegos que no aceptaban ser un animal un poco más evolucionado que los demás.
- Pero entonces el teatro, las novelas que tanto leemos, los cómics, la música... todo eso ¿no sirven para nada?- refunfuñó Raúl.
- Hombre, no digo que no sirvan, aunque a muchas de ellas aún no les encuentro su utilidad. Pero la gran mayoría de esas obras son simplemente innecesarias. Falsas. Muchas nacieron de la mísera idea de un hombre por perdurar y ser idolatrado - respondí solemnemente.
- Bueno, pero algunos se cagaron de hambre y fueron reconocidos miles de años después de crear sus obras- retrucó Raúl.
- Cuestión de suerte. Nada más. No pienso idolatrar a nadie más; ¡artistas, inútiles y malditos artistas!
- Entendido Tomás, pero ¿no te parece que estás exagerando un poco? - me dijo Raúl en un intento de calmar mi enrojecida frente que comenzaba a sudar.
- ¡En absoluto!
- ¿Y los Beatles? - disparó Raúl, sospechando que quizás acertaría en un punto flojo de mis teorías.
- Y esos pibes de Liverpool... que decirte... Cuatro afortunados, estuvieron en el lugar y el momento exacto, pero cuando se creyeron artistas la cagaron... Eso sí, no hay un día que no los escuche al volver a casa.
En ese momento la conversación se detuvo. No recuerdo muy bien cuál fue el motivo de la interrupción, pero mientras Raúl terminaba su café yo me entretuve jugando con los restos de servilletas esparcidos sobre la mesa. Era una acción inútil que repetía desde aquellas lejanas tardes en mi época de facultad y sueños de artista.
Me sentaba en el café de Tony y mientras esperaba mi merienda, destrozaba algunas servilletas de papel y las colocaba en distintos sectores de la mesa. Las imaginaba como actores de algún guión y comenzaba a escribir absurdos diálogos y a medida que se iban acercando a su cometido iba recogiendo un trozo de aquellas servilletas.
Cuando no quedaba ningún pedazo sobre la mesa, sabía que tenía mi pequeña obra finalizada.
¡Patético!. Cuando recuerdo aquellos momentos me entran ganas de arrancarme la cabeza y arrojarla al campo de residuos para que la compacten y luego la incineren. Sin embargo, por esas ironías de la vida, aquí estoy en el mismo café de siempre, con mi viejo amigo Raúl (que ahora es mi representante) a punto de ceder los derechos de mi último libro para su adaptación a la gran pantalla.
Raúl me observa mientras firmo el contrato y sonríe. Luego me da la mano y me dice:
- Tomás, amigo mío, ¡eres todo un artista!
- Gracias... pero no me lo recuerdes – le respondí mientras mis tripas se retorcían una vez más dejándome sin respiro.
jueves, 2 de septiembre de 2010
Artistas
lunes, 30 de agosto de 2010
La goleta de ocho colores
Apareció la goleta de ocho colores, allá en el horizonte, entre las nubes bajas, lejos de todo ser viviente. Sus mástiles viriles, señalando lo alto, la mesana rindiendo culto al cielo indulgente. Apareció de la nada, como cada mañana.
Y los niños muy raudos corrieron descalzos estirando los brazos para alcanzarla. Sus pies en la arena, sus risas en el aire. Voces felices empujando el viento, mejillas calientes, corazones asintiendo.
La vieron navegar en el silencio del tiempo, ajena a todo, sin prisa en sus velas. El amarillo refulgente, brillando con fuerza. El azul de la noche, vistiendo las telas. El rojo ardiente, atravesando salientes. El marrón sospechoso, alimentando maderos. El verde de vida, orinando las olas. El naranja del alma, atizando los vientos. El violeta del miedo, sujetando los palos. El dorado de los sueños, envolviéndolo todo.
Agitaron sus brazos, los niños contentos. Saludaron felices, a los marineros contentos. Y lejano el saludo, cruzó la distancia y abrazó a todos y a cada uno.
Se perdió de la vista, la goleta de ocho colores, dejando en los niños la esperanza y un tesoro, ese que solo existe, en el fondo de lo que somos.
martes, 24 de agosto de 2010
Migajas
Con mirada de pocos amigos, el gerente Iturbe entró a su oficina donde sentados delante del escritorio lo aguardaban tres empleados. Sin saludar se dirigió a su silla de respaldo alto, tomó asiento, hojeó unos apuntes garabateados en hojas que tenía sobre el escritorio, llevó su mano al teléfono y se detuvo en ese instante. Como si los viera por primera vez, dejó el teléfono en su lugar, se irguió en su asiento y con voz autoritaria le habló al empleado que tenía justo delante.
- González, le voy a tener que ordenar que comience a hablar o piensa hacerlo ahora, porque como verá tengo muchas cosas que hacer y el hecho que estén aquí me incomoda.
- No, por favor, don Iturbe, disculpe, es que, que... pensé que estaba por hablar por teléfono.
- González, cuánta perspicacia. Si, estoy por hacer una llamada, pero están aquí y no puedo. ¿Me va a decir el motivo por el que están en mi oficina?
- Si, claro, por supuesto don Iturbe. Yo, digo, nosotros - corrigió señalando con la mano a sus dos compañeros - vinimos en representación del resto de los empleados de cómputos. Sucede que, bueno, verá, usted vio como aumenta todo, los precios digo, y nosotros, todos, es decir, los de cómputos, queremos ver que posibilidad hay de un aumento, no mucho, ojo, solo como para poder llegar a fin de mes.
- Ninguna González. ¿Vinieron por eso nomás? Si es así...
- Pero don Iturbe, según los reportes a la empresa le está yendo bien, es decir, no creo que represent...
- ¿Usted no cree qué González? No le pago para creer, le pago para que haga no se que carajo en su área. Le repito, no hay dinero para nadie. Cuando haya, lo sabrán. Mientras tanto, agradecería que me dejaran seguir con mis tareas.
- Don Iturbe, espere, espere, escúchenos al menos.
- Acaso no los escuché.
- Es que tenemos aquí un listado de todas las tareas que hacemos a diario, con esfuerzo y dedicación, mire, aquí, espere, aquí lo tengo - tras sacar de su maletín un sobre, lo colocó sobre el escritorio.
- González, pierde su tiempo.
- Don Iturbe, no le pedimos mucho. Apenas unas migajas.
- ¿Cuánto gana usted González?
- Lo mismo que los demás compañeros don Iturbe, dos mil quinientos.
- ¿Cuántos son en cómputos?
- Diez. Once conmigo, perdón.
- Bien, dígame ¿si le doy algo aunque sea, me dejarán seguir trabajando?
- ¡Por supuesto don Iturbe, claro que si!
- Bien, desde el mes que viene, avíseles a sus compañeros, tienen un aumento de doscientos cincuenta pesos.
- ¡Don Iturbe, pero... pero que gran alegría!
- Usted no se alegre González. O de dónde cree que saldrá el dinero. Ahora me dejan trabajar y usted González cierre la puerta de calle al salir.
lunes, 16 de agosto de 2010
Le dicen crecer
Desde que se supo en la barra que la familia del Carlos volvía a mudarse al barrio, no se hablaba de otra cosa. Es que el Carlos había dejado huella. Tres años más grande que todos, de carácter fuerte y decisiones rápidas, era el líder indiscutido ese ese grupo de chicos que deambulaban desde la hora de a siesta hasta que caía el sol por las calles, veredas y la plaza del lugar.
Cuando se fue, a causa de un trabajo que el padre había conseguido en una localidad vecina, dejó un hueco que ninguno de ellos pudo llenar. Las travesuras no tenían el mismo color, las amenazas a los chicos del barrio vecino carecían de credibilidad y hasta los partidos de fútbol en la placita parecían sosos.
La barra sin embargo no se separó, pero de todos modos, las horas juntos eran cada vez menos. Algunos preferían antes de aburrirse, quedarse en sus hogares a mirar televisión o jugar con la computadora.
Pero todo cambiaría ahora con el regreso del Carlos. El entusiasmo de los amigos de la infancia era tal que desde hacía una semana que venían juntándose después de almorzar y no se iban a sus casas, hasta que algún padre no se asomaba a llamarlos para la cena.
Hacían planes, aventuraban nuevas travesuras y hasta hacían conjeturas de cuán cambiado estaría el Carlos. Algunos decían que tendría el pelo más largo, otros que ya andaría por el metro sesenta, y no faltaba el que pronósticaba que estaría más gordo. Pero nadie dudaba que todo volvería a ser como antes.
Aquel sábado cuando vieron pasar por la calle que entraba al barrio al camión de la mudanza cargado de muebles, los chicos salieron al trote en dirección de la casa donde siempre vivió el Carlos y que desde la partida de la familia, ocupaban sus abuelos.
Dejaron sus bicicletas sobre el cordón de la vereda y se sentaron a esperar la llegada del amigo. No tardaron mucho en ver doblar hacia la casa, desde la calle principal, la vieja furgoneta que le recordaban al padre de Carlos. Y allí, en el asiento delantero, del lado del acompañante, estaba el Carlos. ¡Si hasta parecía el mismo que se había ido! Ni un ápice distinto. El mismo corte de pelo, la misma sonrisa, la confianza en la postura. Era él y los chicos ya estaban de pie.
La furgoneta se detuvo y los amigos se acercaron a la puerta, sonriendo al chico del otro lado de la ventanilla, que les devolvía la sonrisa y los saludaba con la mano. Y llegó el momento. La puerta se abrió y Carlos, un Carlos más alto de lo que recordaban, pero para nada gordo, se apeó con la gracia de un ganador. Y de inmediato le llovieron los abrazos.
- Gracias chicos, gracias - les decía a cada uno, devolviendo generosamente cada abrazo.
- Dale Carlos, apurate en bajar tus cosas y vamos para la plaza - le dijo el Willy, siempre impaciente.
Carlos sonrió. Esa sonrisa canchera que todos le recordaban, con la que sobraba a los chicos del barrio vecino sin que se le moviera un pelo. Los dientes blancos en fila, brillando con cierta picardía, la comisura estirada y los ojos acompañando con una mirada cómplice. El Carlos estaba de nuevo en el barrio, no existía duda alguna.
Y el Carlos dijo:
- Vamos che, ya tengo 15 años. Vayan ustedes que todavía son chicos. Yo ya tengo otras cosas en la cabeza. Pero les agradezco que se hayan acordado de mí. Vayan, vayan, que acá tengo que ayudar a mis viejos.
Los ojos tristes y sin comprender de los niños de la barra se fueron alejando, mirando aún para atrás, esperando que el Carlos saliera corriendo detrás de ellos y les dijera que todo era una broma, que el iría con ellos. Pero el Carlos se había puesto a bajar valijas de la parte trasera de la furgoneta y ni siquiera les dirigía la mirada.
La barrita se retiró en silencio y a medida que iban pasando por la casa de alguno, este se iba metiendo dentro, desmembrándose el grupo. De pronto, la barra ya no existía. Como la niñez y todo aquello que perdemos en el camino sin entender por qué.
miércoles, 11 de agosto de 2010
Cenizas
El crepitar de las últimas brasas anunciaba que la ceremonia estaba llegando a su fin. Las últimas oraciones de la tribu se elevaron entre las ramas de los árboles que guarecían el lugar y se perdieron como un eco inaudible, empujadas por la brisa.
Se puso de pie el anciano y los más jóvenes lo imitaron. Habló en un dialecto que ninguno de los presentes entendía y alzó las manos al cielo. Luego tomó la vasija que descansaba cerca del fuego y levantándola con ambas manos, la mostró a los rostros asustados que lo rodeaban, ahora en sumo silencio.
Depositó luego la vasija otra vez en el suelo. Volvió a decir unas plegarias en aquel dialecto desconocido y luego, se agachó sobre las brasas y sin quejarse, tomó varias con las manos y se las pasó por el cuerpo. El sonido de la piel quemándose motivó que varios integrantes de la tributo voltearan la cabeza, para evitar la escena. Sin embargo el anciano no se inmutó.
Las manos despedían humo y olor a quemado. Su cuerpo comenzó a arder, primero en pequeñas chispas que explotaban alrededor y luego con llamas grandes y coloridas. El anciano no demostró dolor en ningún momento. En cambio, caminó hacia la vasija e introdujo una pierna dentro.
Luego metió la otra y aunque no pareciera cierto, sus extremidades inferiores estaban dentro de la vasija de barro. Luego sujetó los bordes de la misma y con el fuego consumiéndolo, fue dejándose caer dentro, desapareciendo de a poco de la vista de los demás.
Finalmente su cabeza también se ocultó dentro de la vasija y solo quedó una traza de humo, perdiéndose en el aire, recuerdo efímero de un adiós. El anciano era ahora cenizas dentro de un cuenco.
El funeral había llegado a su fin. Dos hombres de la tribu se hicieron con la vasija y se dirigieron al río. El resto caminó muy despacio y en silencio, sin derramar lágrima alguna, hacia el otro lado del bosque, donde las chozas aguardaban en silencio.
Un ciclo había terminado. No había lugar para el dolor. Se trataba de la vida. Y la muerte era solo un punto final.
viernes, 6 de agosto de 2010
Norman
“Le aseguro Sargento que lo volveré a hacer. Volveré a matar.
Usted dice que yo no le podría hacer daño ni a una mosca. Se equivoca. De hecho las moscas me aborrecen y merecen secarse.
No puedo detenerme y explicarle muchos detalles de mis acciones; pero le aseguro Sargento que volveré a matar.
Cuando la gente mira extrañada a los demás transeúntes no llega a comprender el riesgo que corre. Nadie esta a salvo mientras mi mansión de la colina reclame ser habitada. Algunos han intentado hablarme de un cielo, un tiempo y un paraíso... Le vuelvo a repetir, no dispongo de tiempo.
Otras personas me han ofrecido conversaciones amenas, aunque carentes de sentido. Yo simplemente los observaba como lo hacía con mis viejas aves disecadas. Un pasatiempo no se busca para llenar el tiempo... además, yo no dispongo de él...
¿Qué puedo decirle de todos estos años?
Mis sonrisas eran fingidas, mi mirada observaba más allá de lo que sus absurdos compañeros médicos creyeron ver. Aquel viejo pantano que devoraba a mis víctimas necesita alimentarse otra vez para completar el ciclo de la existencia en esta tierra...
Y la nada conduce a más nada, Sargento. ¡Si al menos dejara de oír a mi madre clamando por venganza!
Le digo que lo volveré a hacer. Ahora me despido en busca de una nueva máscara que me oculte por estos días; quizás como cocinero. Creo que el placer del fuego y la sangre en proceso de cocción será algo adecuado para mis manos.
Recuerde que a veces las cosas se escapan de su control. Entienda que nacimos olvidados en el desierto como un proceso evolutivo de millones de años. Estimado Sargento, hay cosas que se escurren de sus manos; como el tiempo, como la sangre...
Me alejaré un tiempo, y quizás cuando encuentre este carta, yo ya no esté por aquí. Pero de algo podrá estar seguro. Volveré a matar. Se lo aseguro.
Saludos cordiales.
Norman Bates.”
miércoles, 4 de agosto de 2010
Y
- ¿Y? - le preguntó Esther, su esposa.
- Y ahora no puedo viejita, ahora no, no ves que tengo cargada la camioneta. Me salió este viajecito viejita, que querés que le haga. Si no laburo, nos comen las polillas.
Y allá salió Pepe, fletero a la fuerza, oficio aprendido a las apuradas el día que se dio cuenta que con la jubilación no llegaban ni al fin de la primera quincena.
Y allí quedó Esther, docente muchos años, ahora también jubilada, con la mirada hacia la ventana, entre triste y resignada.
Y se fue al patio sola, con los plantines en una bolsa y la palita en la mano, pensando en todo lo que transita uno en la vida para nunca estar tranquilo ni acompañado.
sábado, 31 de julio de 2010
El sentido del cambio
Cambiar por cambiar -pensaba Jairo mientras caminaba hacia su trabajo- no tiene sentido. Todo cambio trae consigo la humillación de lo que fue, la pérdida de lo conseguido y la aventura de lo posible.
Y estaba claro. Una posición acomodada, éxito profesional, juventud. Buen aspecto, traje impecable, cabello cuidado. Llamaba la atención de las muchachas y él lo sabía. Y no renegaba de ello.
Pero cambiar, esa palabra más gastada que suela de cartero -según su abuelo- le atravesaba la garganta desde unos días atrás. Cambiar, la pucha...
Entonces recurrió a las herramientas que lo impulsaron a su nivel profesional. Esas herramientas impecables que aseguraban el éxito a quien las utilizaba a conciencia. El análisis costo-beneficio, teoría de la decisión, análisis foda y toda clase de artilugios garantes de la seguridad de logros. Las cuadras que separaban su departamento de la oficina, que recorría puntualmente día a día, eran su espacio de reflexión cotidiano. Hasta que ocurrió aquello. Eso que sintió como un alambre en las ruedas de la bicicleta de su infancia. Ya no avanzaba firme y seguro por la vida, se le dificultaba y le llenaba la cabeza de ruidos.
Si el cálculo preciso y la vigorosa percepción de las expectativas de los demás le aseguraron la certeza en sus negocios, cómo no iba resultar en este caso.
Esquivó al cartero, que andaba acelerado. Apeló a la evaluación costo-beneficio. Rápidamente, así como cuando analizaba un presupuesto, Jairo calculó, imaginó gráficos y tendencias. No. No había forma de que los costos sean superados por los beneficios en esa ecuación vital. ¿Para qué cambiar..?
Saludó a la viejita que regaba las macetas sin flores de un balcón bajo a la calle. Apeló a la teoría de la decisión. Propuso los inconmensurables. Calibró incertidumbres. Eligió cuidadosamente parámetros, visualizó tablas. Leyó mentalmente porcentajes. No. La teoría recomendaba no cambiar.
Le hizo señas de hoy no al cafetero que se le acercaba. Apeló al análisis foda. Fortalezas, oportunidades, debilidades, amenazas. Lo estudió todo con esa hábil intuición para los negocios que había aprendido a desarrollar. Conocía muy bien sus fortalezas y debilidades, las repasó sin sorpresas. Vio claramente que las amenazas que traería consigo ese requerimiento de cambio que lo carcomía por dentro sepultaban a las oportunidades que traería e movimiento. No. No daba.
Pasó al lado de Emilia, la muchachita formoseña que baldeaba la vereda del caserón contiguo a la oficina. Cambiar. Para qué. ¿Para qué? ¡¿Para qué?!
Apoyó la mano derecha en el picaporte. El frío del metal le sacudió el sistema nervioso como una electrocución. Cambiar por cambiar no tiene sentido.
Volvió sobre sus pasos. Miró a Emilia a los ojos mientras le sacaba el secador de la mano. La tomó delicadamente de la cintura y le dijo: -Estoy enamorado de vos. Por lo que más quieras, venite a vivir conmigo.
No se dio cuenta de que el maletín se estaba mojando en la vereda.
lunes, 26 de julio de 2010
Apocalipsis de un Déjà vu
Del futuro no queda más que una simple esperanza. El hechizo del tiempo llegó a su fin con aquella bengala gigante que tras cruzar los cielos, penetró en el alma del planeta, destruyendo sus mares, sus tierras, sus habitantes.
Una estela de fuego cubrió el aire que se tornó irrespirable. Los seres agobiados corrieron en torno de la muerte, agitados, asustados, entregados al horror. Cambiaron los vientos, se nublaron las estrellas. Del sol no hubo más respuestas. De la luna solo el recuerdo. La noche se hizo día.
Tras el calor, llegó el frío. Si quedaban esperanzas, murieron con las primeras heladas. Si había vida, pereció en aquel nuevo ocaso.
El tiempo vuelve a contar desde cero. Lentamente. Como en un nuevo nacimiento. El futuro es solo una palabra que no tiene quién la pronuncie.
La brisa se lleva el polvo de lo que fue por encima de esas aguas negras que alguna vez se llamaron mar y se pierden lejos, en el olvido de la existencia, en la incertidumbre de un horizonte nuevo, repleto de dudas e incertidumbre.
Una melodía que nadie escucha resuena en todas las direcciones. Es el sonido de la nada, haciéndose eco de la soledad. El mundo vuelve a comenzar, como señal de un pasado que ha terminado.
La escena es cíclica, eterna. Tan compleja que nuestra minúscula existencia, ayer, hoy o mañana, es insignificante ante tremenda realidad. Y a pesar de ello, aún guardamos aunque sea una simple esperanza del futuro.
domingo, 18 de julio de 2010
Colina abajo
Bajó de la colina esperando no encontrar a nadie y así fue. Caminó hasta el viejo pueblo y transitó como un fantasma sus calles desiertas.
Buscó entre los objetos abandonados en las calles algo que le resultase familiar, pero los recuerdos eran vagos, repletos de telarañas. La mirada no se detuvo en nada en especial. Aquello era como recorrer la muerte luego de un desastre.
Acaso así era, eso estaba haciendo. Con la salvedad que habían pasado muchos años. Llegó hasta vivienda que cerraba la última calle. Reconoció formas, imágenes, pero todo resultaba muy lejano, casi como en otra vida. Se asomó al jardín trasero y un escalofrío recorrió su piel al creer haber escuchado voces de niños jugando.
Allí no había nadie, ni siquiera el tiempo le había devuelto el césped. El amarillo reinaba como en todas partes. Se limpió el rostro de dos lágrimas que habían aparecido casi por arte de magia y retrocedió por el camino por el cuál había llegado.
Regresó a la colina, como siempre lo hacía, con el dolor a cuestas y el sabor de la soledad castigándole el alma y el corazón.
martes, 13 de julio de 2010
Pampero
Siempre decía que un día me iría del pueblo hasta que lo hice. Todas las mañanas me repetía frente al espejo la misma frase, casi como un mantra espiritual: “Me tengo que ir, aquí nunca pasa nada...”.
El poblado se extendía a lo largo de la llanura y estaba bañado por un arroyo discreto pero bastante rumoroso. Al menos así es como lo recuerdo...
¿Qué será de sus costas ahora que mi pasos se producen a millones de kilómetros entre capas gaseosas y atmósferas desconocidas?
Aunque creo que ya nadie me recordará, siento en mis entrañas que les debo unas disculpas a todos mis vecinos del pueblo dónde yo creía que nunca pasaba nada....
Mi infancia pasó desapercibida para mi padre y mi madre, el arroyo, el campo y los caballos eran moneda corriente en mis horas de diversión lejos del colegio y sus absurdos presbíteros vestidos de negro y repletos de mentiras para contarnos.
Mis días se sucedían sin alteración alguna que indicara que años más adelante yo sería uno de los primeros hombres que pisaría el suelo de Titán.
En el mismo momento en que la sonda espacial Cassini obtuvo los datos reveladores acerca de este satélite, el “tic tac” de mi reloj se bloqueó mientras yo cabalgaba frenéticamente próximo a las instalaciones que la NASA había construido años atrás en la llanura pampeana.
Detuve mi avance y dejé amarrado al “Pampero”, mi fiel compañero equino, en uno de los postes del alambrado que delimitaba el acceso a los inmensos galpones industriales con los que ahora me enfrentaba.
Quizás fue un golpe de suerte o una rotación de turnos de vigilancia lo que permitió, en ese instante, que pudiera ingresar al recinto sin que nadie notara mi presencia. De cualquier modo, igual creo que hoy ya no importa mucho ese mísero detalle...
La nave blanca y luminosa que me transportó hasta Titán llevaba un escudo precioso que me deleitó desde el primer momento en que lo vi. Era un triángulo perfecto, pintado con trazas de colores metalizados que poco a poco iban conformando la silueta de un caballo. Sin dudarlo, supuse que eso era un buen presagio; de alguna manera pensé, el “Pampero” se había colado conmigo dentro de las instalaciones.
El resto sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Sentí un fogonazo que me rozó los oídos, luego unas sirenas y un llamado feroz en un idioma que yo no conocía del todo bien pero que intuía brutal. Corrí desesperado e ingresé por la primera puerta que encontré abierta que justamente estaba ubicada debajo de ese maravilloso escudo que enarbolaba la nave.
El conteo inicial no se detuvo y pude deducir que era un descenso numérico. Lo poco que sabía de inglés me lo había enseñado Don Rubén, el almacenero de la estación de trenes, y sólo eran un par de frases de presentación y los primeros diez números.
Creo que al entrar en la nave iban por el número cuatro, lo próximo que recuerdo es un golpe seco en mi cabeza y un despertar confuso y silencioso frente a un mar de estrellas.
¡Y yo que decía que en mi pueblo nunca pasaba nada! ¡Ayyyy “Pampero” mío si vieras esto te dormirías de aburrimiento!
Miles y miles de puntos brillantes me iluminan la frente que apenas asoma por la estrecha ventanilla desde donde observo mi travesía. Los controles de la nave se manejaron solos durante todo el viaje y una voz que no llegaba a distinguir no dejaba de repetir frases y saludos que nunca me molesté en contestar; además estaban en inglés y ese idioma no es mi fuerte.
Luego vino Titán y sus radiantes suelos cargados de gases y líquidos completamente extraños. Supe que este satélite se llamaba así porque entre la infinidad de pantallas que titilaban en los tableros de mi nave una en particular me llamó la atención. Era muy pequeña y tenía un dibujo de un planeta circular celeste señalado como “Tierra” y otra esfera, próxima a un punto indicado como “Saturno”, que rezaba “Destination: Titan”.
Cuando la nave aterrizó este puntito de la pantalla se encendió y desde ese momento deduje que ese lugar sería mi nuevo hogar.
Ahora camino frente a un arroyo que fluye bajo unas extensas capas de hielo, pero pese a todo puedo ver como el agua corre mansamente por sus entrañas. El silencio es abrumador y cuando pienso en mi pueblo y en el “Pampero” amarrado al poste y sin alimento se me estremece el pecho ferozmente.
No sé que haré de mi vida de aquí en adelante, de momento sólo me dedico a escribir mis memorias en este cuaderno azul que encontré en la nave. Espero que algún día se acerque a mi esa extraña figura que me vigila desde lo lejos para poder contarle mis tristes relatos, mis recuerdos del pueblo, mis aventuras con el “Pampero”, el color de la llanura cuando el sol se ocultaba, la sonrisa de las chicas de la plaza del centro....
En fin; y yo que decía que en mi pueblo nunca pasaba nada...
¡¡¡Ahhh “Pampero” mío si vieras esto te dormirías de aburrimiento!
viernes, 9 de julio de 2010
Neblina
Y Neblina -el flaquito de a la vuelta que se prendía en las escondidas, la guerra, el hoyo pelota, pero nunca en el fútbol- apareció con una número cinco nuevita con todos los cascos hexa y pentagonales tan blancos como su flequilluda cabeza. Ahí nomás dejamos a un costado, humillada, mi número tres de cascos rectangulares rojos y azules como de gamuza, claro indicador del poder adquisitivo de mi viejo.
Todo iba bien hasta que apareció el Gringo, de varios años más que nosotros. Cada vez que recibía la pelota tardaba en devolverla, porque quería demostrar esa dudosa habilidad de los prepotentes. Hasta violaba el círculo con alguna gambeta fuera de contexto entre desganadas piernas que no oponían resistencia esperando que de una vez pase el trago para seguir con el cansino circo de jueguitos suaves y toques.
Pero el Gringo estaba decidido a hacer de aquella mañana su jornada de gala con la pelota nueva, inmaculada. Al fin, cansado de tanto pará, basta che, tocala, morfón, consideró rematar su actuación con una chilena para que se vaya lejos, con la intención de fastidiar el grupo yéndola a buscar al otro lado del zanjón.
Pero Neblina, asustado como estaba, no quería más que llevarse su esférico para mimarlo un rato más en solitario en su casa. No sé si el Gringo lo hizo adrede o si confundió la blancura de la pelota con la redonda testa de Neblina, pero el impacto fue entre ceja y ceja.
Sangre y llanto. La pelota apoyada en la cintura y defendida con el brazo izquierdo. Y a casa. Y el Gringo a la velocidad del rayo. Y nosotros a jugar con la redimida número tres.
Neblina no apareció más por las Dos Rutas. Su familia se mudó. Les empezó a ir bien, se compraron una casa.
Habrán pasado diez años... El estadio no cambió mucho. Nosotros sí. No fuimos pocos los que lo vimos llegar. No había neblina ni era de mañana. Ni se parecía a aquel flaquito lamentable el grandulón con músculos hasta en la oreja que traía la pelota blanca entre el brazo y la cintura. Era casi tan ancho como alto. Ante la vista de todos, que casi casi paramos el partido, el tipo de la cicatriz en la frente -con corte y forma schwarzenegger- saludó sólo levantando la mano, apoyó la pelota contra el arco y empezó a trotar alrededor de la cancha con la concentración que lo hacía el cabezón Sánchez. Movimientos gimnásticos que desdecían su férrea arquitectura hacían ver que Neblina había vuelto para la revancha. Metía miedo. Aunque el Gringo no estaba porque ya era un muchacho de esos que tenían un trabajo decente en la fábrica, Neblina se quería redimir con el resto.
En el segundo tiempo se hizo un hueco y entró. Sacaron y se la dieron. Nadie se acercaba a marcarlo. Con gesto de gladiador cubierto de sudor se acercó al área. Los rivales se gritaban pero no se le acercaban intentando evitar una muerte prematura. Levantó la vista, midió el arco y pateó. El arquero, que se aovilló, gritando una futbolera plegaria de piedad, nunca vio que la pelota salió a cinco metros del arco. Era más fácil hacerlo que errarlo. ¡Vamos, Neblina!, le gritaron pensando que estaba frío y por eso marró. Sacaron desde el fondo para Marcelito. Neblina, que hacía pressing, salió a marcarlo. Marcelito me la da y Neblina se me vino encima como una tromba. No sé cómo lo esquive, pero cuando abrí los ojos, ya se había repuesto y estaba otra vez enfrente mío. Los valientes de mis compañeros estaban a quince metros por lo menos, por si las moscas. No me quedó otra, lo encaré y se comió un caño. Mientras iba elaborando mi genialidad esperaba la artera patada de atrás que nunca llegó.
En síntesis, Neblina jugaba horrible. Le fuimos perdiendo el miedo, pero él jamás perdía la paciencia mientras se comía caños y sombreritos varios. Pero nunca, nunca pegó una patada o hizo valer su impresionante físico.
Ahí estuvo su venganza, esa que estaba grabada en su frente con los tapones del Gringo. Venganza que consistió en mostrar que cada músculo marcado era un paquete de ternura. Que bajo su apariencia de guardaespaldas asesino estaba el pibito que tuvo que dejar de jugar hace tiempo, cuando su cabeza fue pelota, el mismo pibito que quiso redimirse en una tarde con goles que le fueron esquivos. Al revés que las palmadas en los hombros al terminar el partido.
Esas que le dejaron una marca más profunda que la bestialidad del Gringo.
lunes, 5 de julio de 2010
El Progreso
Aquí voy, como aquel guardián en el centeno, desafiando las carreteras marcianas que se expanden hasta el infinito. La aguja del velocímetro ya ha superado la barrera de los 100 kilómetros por hora y apenas diviso ese letrero que reza: "Traemos el progreso".
El paisaje uniforme y rojizo me obliga a perderme entre mis abominables delirios de grandeza.
Pienso y sueño, quizás, con esas cautivantes miradas que algunas veces se dejan ver desde el infinito espacial que cubre esta desolada autopista espacial.
Traemos el progreso....
Marte tuvo un inmenso océano que cubría hasta un tercio de su superficie, y eso lo supimos en aquellos tormentosos años que se escurrieron en mis manos entre los manuales de historia y las lecciones de la Profesora Moore... creo que fue por el 2010 cuando aquellos científicos norteamericanos descubrieron el gran océano que hoy, cubierto de asfalto, recorro con mi descapotable endiablado y descontrolado.
El viento que golpea mi frente sólo me recuerda que mi soledad es tan abrupta como los acantilados que comienzan a dibujarse al final del camino.
Progreso, progreso y progreso.... aquello fue lo único que prometían sin cesar los grises hombres de corbata que nos enviaron a construir esta desorbitada pieza de ingeniería terrícola en el más espectacular paraje espacial que podría existir...
Las excavaciones se producían frenéticamente durante todo el día marciano y sus equivalencias terrestres; el ritmo alocado y demoníaco fue debilitando uno por uno a mis compañeros.
El asfalto y el avance de las obras fue quemando poco a poco sus pulmones sedientos de un respiro pausado y sereno.
Mientras todo esto ocurría, yo me encerraba en el taller de máquinas de la base espacial y preparaba mi viejo coche para cruzar lo que algún día sería la GRAN autopista que uniría las futuras ciudades que se elevarían en el planeta rojo.
Bien sabía que ninguna dama podría resistirse a mi flamante coche, cuidadosamente pulido y brillante. Aunque esas féminas fueran extrañas para mí, sospechaba que aquellos destellos que por la noche me deslumbraban eran sus ojos fascinados por mi trabajo.
Ahora que la autopista concluye frente a los grandes acantilados y mi coche no deja de acelerar, vuelvo a ver esos destellos seductores que parecen guiñarme un ojo...
Mientras mi coche cae por el abismo final y mi cuerpo se destroza átomo por átomo, perdiendo primero la piel y luego el cabello para culminar con una violenta explosión, logro divisar el último letrero del camino...
"Traemos el Progreso".
viernes, 2 de julio de 2010
La peligrosa infamia del bosque
Cuando los cinco amigos salieron del bar aquella noche, un destello irradió desde el cielo, pero nadie se percató de ello.
Más tarde, cuando el alba atacó las calles, los preocupados padres intercambiaron llamadas telefónicas y coincidieron en el edificio policial.
Durante varios días patrullas de vecinos rastrearon la zona, incluyendo el bosque que comienza a tan solo dos calles del bar.
El pueblo, alejado de las grandes ciudades, solía ser un paraje tranquilo y sin sobresaltos. La extraña desaparición de los jóvenes cambió todo ello.
Se emitieron comunicados a los pueblos cercanos e incluso a sitios distantes y acudieron con el correr de las semanas investigadores de jerarquía, ampliándose las zonas de búsqueda. Pero no se encontraron indicios.
No se había reportado pelea alguna ni tampoco ningún otro suceso de relevancia previo a la desaparición. Las familias y pobladores estaban consternados.
Todos los años para la fatídica fecha, comenzó el ritual de realizar una marcha en silencio, desde el bar hasta la plaza y de allí hasta los bosques lindantes. Una forma de expresar el dolor ante tan extraña realidad.
Algunos chicos habían reportado haber escuchado el sonido de gritos provenientes desde el bosque días después de que desaparecieran, pero jamás se encontraron huellas que demostraran que se habían extraviado o perdido allí.
De todos modos, el sombrío lugar atrajo la imaginación y la conjetura de teorías jamás demostradas, de esas que con el tiempo se transforman en mitos o leyendas.
Cada año, además, la luz de los celulares y las velas encendidas que portan los vecinos en la marcha, provocan que desde la ruta lindante al bosque, sea vea un destello brillando entre los árboles.
Pero no es solo desde la ruta, lo es también desde el cielo. Muy lejos, a cientos de kilómetros, desde la cápsula espacial en la que están atrapados, los cinco amigos ven aquel fenómeno con lágrimas en los ojos, recordándose que si bien el mundo sigue girando, a ellos solo les espera quietud y eternidad. En el fondo de sus mentes, sienten que el bosque les sonríe.
sábado, 26 de junio de 2010
El diablo en el techo
Como un preludio, el timbre se hizo escuchar con fuerza, incluso hasta en el patio, donde el perro se puso a ladrar enloquecido.
El vendedor apuró el segundo llamado, mirando de reojo el reloj mientras estimaba la cantidad de viviendas que le quedaban en la calle y calculaba las que podía visitar antes del horario de partida del ómnibus.
Intentó por tercera vez, golpeado con los nudillos la madera pintada de blanco de la puerta. Escuchaba al perro ladrar por lo que suponía que podía haber alguien.
- No hay nadie señor - le dijo una vocecita desde el techo.
El hombre estiró el cuello hacia atrás para ver por encima del alero de la casa, buscando el dueño de esa voz tan aflautada como desafinada.
- ¿Quién anda arriba? - preguntó el vendedor.
- El Diablo, pero con un problema en la garganta, por eso tengo la voz así.
- Dale nene, dejate de joder y bajá. Decile a tus papis que me atiendan, que son muy lindos los productos. Una ganga.
- Le digo que soy el Diablo, hombre.
- Mirá malcriado, a ver si te apurás que no tengo todo el día para vos.
Y dicho esto un estallido resonó a espaldas del vendedor y una humareda roja se elevó por el aire. La risa macabra proveniente del techo no lo hizo dudar. El hombre salió despavorido, tropezando incluso en las baldosas flojas de la vereda.
- Dale papá, podés asomarte, ya se fue - dijo la voz aflautada desde el techo.
- Gracias Pascualito. Y después mamá dice que la pirotecnia que sobra de las fiestas se echa a perder.
sábado, 19 de junio de 2010
La arena de tu tiempo
seca ya la arena de este tiempo.
En la mágica alfombra de quimeras
ves curvarse el piso hacia tus plantas.
Y se lleva cansino tu figura,
-comfortably numb-
ese lento descenso nadiral.
Etérea y compacta a la vez,
vio desgarrado alejandro
que perdías, diluías, tu silueta
en la inapelable traición de piso suelto.
El susurro que en tu boca se hace queja
atraviesa vacío entre cristales
bajo el túrbido remanso de fluires
de la arena que cae bajo tus formas.
Y en el tiempo que me queda quiero asirte,
redimirte la piel enceguecida.
Cruel siroco que hunde las fronteras
como rostro embelesado ante tu seno.
Te deslizas, ya te vas hacia las simas,
y caes en la seca letanía sin pesares,
sin amor, sin duelo, sin sonrisas, sin ver
la crispada mano que te busca,
sin oír la quebrada voz que te reclama.
jueves, 17 de junio de 2010
Black Holes and Revelations
De mi niñez conservo pequeños recuerdos. Fogonazos, quizás....
Rememoro algunas cosas que el tiempo en esta lado del Universo me sugiere olvidar. Cuando poso mi mano frente al metálico y despiadado espejo de mis días puedo sentir un escalofrío indiferente que me recorre de principio a fin.
Nunca supe la causa exacta de esa sensación. Sin embargo sospecho que ella se produce como una macabra e insistente señal; como una advertencia de algo...
Quizás intente señalarme que este no es mi lugar; tal vez sea otra luz de un pasado lejano que mi cuerpo rememora y mi mente no llega a comprender.
Todas las mañanas camino por el desierto, agotado y ocultándome de los demás. Una triste continuidad de horas se posa sobre mi espalda y me obliga a encender fuegos, a recolectar alimentos, a vagar eternamente mientras me alejo de mis recuerdos; de mi niñez...
Cuando cae la noche me encojo suavemente sobre mis agotados pies y observo, casi de reojo, el oscuro firmamento que me envuelve. Intento recordar pedazos de mi historia y el frío sobre mi espalda comienza a dar señales de vida; de terror.
Distraigo mi mente con las indicaciones que aún puedo leer en el oculto fuselaje de mi nave, pero todo es en vano. Mi niñez clama por salir adelante más allá de que mi mecanismo de seguridad impida rememorar aquellos días en Mercurio, antes de la devastadora lluvia solar; antes de huir desdichadamente, dejando todo atrás, olvidando quien soy; quien fui...
La lluvia solar trajo la devastación, el incendio interno de nuestras cosechas, la codicia y el temor. Mi nave, en cambio, me trajo hasta aquí; hasta este alejado punto azul de la galaxia donde creí que hallaría la paz que perdí millones de años atrás.
Sin embargo, cada mañana que cruzo el desierto veo a mi lado más humanos que deambulan por sus carreteras; más rostros grises y hambrientos.
Lejos de olvidar aquella lluvia solar, observo este cielo y comienzo a recordar.
Actualmente todo luce igual que los últimos minutos que pude ver de mi lejano Mercurio.
domingo, 13 de junio de 2010
Fácil es no vivir
Ser niño no es fácil. Es una suma de contradicciones. Por un lado, la libertad y el tiempo, por el otro, la obediencia y los límites. Pero es cuando aprendemos a corretear, a decir la palabra, sabernos hijos y hermanos, a tomarle el gusto a la risa.
De niños conocemos la amistad, el juego compartido, el berrinche caprichoso, los abrazos tiernos. Crecemos en medio del aprendizaje, del asombro diario, de las enseñanzas debidas. A su vez le guiñamos el ojo a la picardía, a los momentos rebeldes, a las bromas y las malas palabras.
Es cuando nos hacemos la imagen de nuestros padres, la que recordaremos por siempre. El cariño de los abuelos, la paciencia de los primos, los sentimientos encontrados con los maestros.
Son los instantes de sonrisas pícaras y cómplices, la inocencia sin barniz, la alegría sin maquillaje.
Es la mariposa que abandona el capullo y echa a volar.
Ser adolescente no es fácil. Una época de torbellinos constantes, de cambios e ilusiones, de futuro y pasado, de amor y de odio. Queremos dejar de ser niños y pensar como mayores, nos avergüenzan los diminutivos pero los reclamamos cuando ya no se escuchan.
Se añora mucho, pero siempre en silencio. El horizonte se transforma. Nuestros ojos aprenden a mirar nuevos ángulos. La noche se nos hace más atractiva, quedan atrás los temores. La luna invita a conocerla y ya no tanto a odiarla. Los horarios son nuestros como así también muchas decisiones.
Escalamos montañas para creernos dueños de ella. Lo sabemos todo y a la vez nada. Discutimos, chocamos, peleamos. Creemos aprender. Creemos tener fuerza. Somos coraje y acción. Somos diversión y desilusión. Somos ilusiones y sueños.
Conocemos el amor y también el sexo opuesto. El aroma del odio y los celos. El deseo y el rechazo.
Es el pájaro que abandona el nido pero que aún desconoce a los demás predadores que merodean el cielo.
Ser adulto no es fácil. El mundo troca los instantes en horas, las ideas en responsabilidades, los sentimientos en familia. El eje se rompe, se parte, deja de ser uno. El horizonte alguna vez lejano, nos atropella sin pedir permiso, irrumpe en nuestro cuerpo, alma, espíritu.
El dinero se convierte en religión. La paranoia en razón. Se sobrevive para vivir. Se vive para subsistir. El círculo se torna vicioso y fuera del mismo queda la felicidad, envuelta ahora en celofán en algún baúl de recuerdos de antaño.
Los caminos nos alejan del que fuimos y nos acercan a otro ser, que quizá en algún momento llegamos a odiar. Las sensaciones nos agobian, nos quitan el aire y varias veces nos empujan hacia una cornisa. Obstinados, volvemos a la senda y retomamos el camino. Una y otra vez.
Somos padres, somos tíos, somos hijos mayores, somos empleados, somos emprendedores, somos nada, somos algo, somos oficialistas, somos opositores, somos histeria y represión, somos suicidas y valientes, mendigos y laburadores, chantas y coimeadores, aburridos y divertidos, diligenciosos y perezosos.
Fuertes y rencorosos, dejamos atrás al niño, al joven y nos convertimos en viejos. Y nada tiene vuelta atrás. Una vez volando, cualquier rifle nos puede bajar. Presas fáciles del destino, aguardamos la noche para dormir.
Ser anciano no es fácil. Los ríos de arrugas surcan la memoria, traicionando la consciencia. La inseguridad y la impotencia se vuelven moneda corriente, lo mismo que el andar lento, la mirada perdida y el deseo de alcanzar el final del recorrido antes que se ponga el sol.
El frío se convierte en enemigo, el invierno en cruel verdugo. Se van los recuerdos, uno a uno, como traicionándonos. Se van los amigos, uno a uno, como olvidándonos. Nos embarga la soledad, nos acosan los años, nos envuelven los dolores.
Somos achaques y quejidos, rezongos y maldiciones, olvidos y malentendidos. Dar un paso es un mundo, el bastón un amigo. Ya la calle se añora, al resguardo del techo conocido. Huyendo del planeta puerta afuera, encerrado como topo en madriguera. A salvo de una sociedad que crece y nos deja en el desamparo. Que nos evita, nos desprotege, nos abandona como mueble viejo.
Ya olvidamos el aire, el remontar vuelo se ha vuelto una utopía. Quizá el último instante sea en forma de alma surcando el cielo; quizá exista un paraíso o un nuevo comienzo, otra vez como capullo.
O quizá no. Y aquí termina todo.
lunes, 7 de junio de 2010
Prospecto de la desesperación (II)
Lucho (nuestro personaje en cuestión) tomó la carretera del norte y se adentró en la espesura del asfalto. En un hostal donde reposó una noche fue hallado el siguiente manuscrito:
“Sigo en pie, erguido, directo al centro vital de un mundo que aborrece sus costumbres y se ahoga en sus rutinas.
Sigo adelante, despeinado por el viento que invade esta habitación, pero con la firme convicción de saber que todo es una falacia.
Siempre me hablaron de la Razón, de una realidad....
Cierro la ventana y el último suspiro del viento me dice que todo es una manipulación. Gracias amigo; lo sospechaba desde un principio.
Sigo directo por la carretera. Adiós terrenos de mi infancia.
Adiós...
Dejar es agradable, tanto como Dar. Sin embargo, cuanto más dejas menos es lo que pierdes. Cuanto menos adquieres mas libre eres...
Mañana será el sol quien me reciba con las primeras indicaciones en sus bolsillos. Espero estar atento y no perderme en el camino.
Todo se trasluce entre los fotogramas del paisaje y las puestas en escena del decorado natural. Hacer una “road movie” de estos meses que se avecinan será una apuesta fuerte que seguramente perderé.
No me importa. Nada de esto quedará para la posteridad.
Los monumentos nunca alcanzarán las nubes y el moho los corroerá por dentro. Las ciudades irán cediendo ante la incapacidad de soportar más y más vecinos.
Todo irá cayendo en el olvido por una falta absoluta de sentido...
Si para esos momentos aún estoy en el camino, quizás encuentren otra nota...”
viernes, 4 de junio de 2010
En el desierto
Comenzó a sospechar que se habían olvidado de él cuando las primeras luces del atardecer flecharon el horizonte. Esperaba desde hacía tres horas ver la polvareda de tierra levantándose en algún punto distante del camino por el cuál habían llegado.
Se había mentido durante todo ese tiempo, diciéndose que de un momento a otro, la camioneta roja aparecería de la nada y tras algunas risas para romper el vergonzoso olvido, emprenderían todos el regreso felices y contentos.
Pero la noche amenazaba con llegar y no había indicios de las personas con las que había viajado desde la ciudad. No era bueno calculando distancias, pero el trecho que la camioneta había realizado era considerable.
Habían salido antes del mediodía, lo sabía bien porque el sol estaba justo en lo alto, bien por encima del vehículo, cuando recién habían tomado la ruta principal, en las afueras de la ciudad.
El viaje, ahora que lo pensaba había carecido de la espontaneidad de otros. Pocas palabras, nadie cebando mates y más de un suspiro de melancolía. No había reparado en ello y si lo había hecho, quizá instintivamente habría pensado en la culpabilidad del otoño, época de amarillos y naranjas, de corazones que se enfrían.
Durmió una parte del trecho y cuando despertó el paisaje era desolado, como si hubiesen penetrado en un lugar inexistente en los mapas. Había hecho innumerables viajes con la familia y no tenía presente un sitio así.
Un camino de tierra, campos áridos carentes de verde, árboles ausentes y un cielo plomizo, casi enfermo. ¿Acaso podía salirse del mundo tomando una carretera cualquiera? No lo creía, pero aquello le daba esa sensación.
Tras bordear una colina, la camioneta detuvo su marcha. Todos se apearon y estiraron las piernas. Ninguno pronunció palabra alguna. La niña se le acercó, compañera. Le sonrió casi con lástima.
- Espéranos aquí - le dijo con la voz de fumador tan característica Eugenio - Creo haber visto un almacén o algo del otro lado de la colina, vamos a comprar algo para comer. ¿Te gusta la idea?
Por supuesto, asintió con alegría. Los vio subirse al vehículo, casi con prisa. El último recuerdo es un punto rojo, perdiéndose entre una polvareda de tierra.
La noche cubría ahora todo alrededor. La temperatura había descendido varios grados y algunos aullidos lejanos aterraron hasta las estrellas. Ladró desafiante, pero asustado. Por primera vez sintió deseos de salir corriendo en dirección hacia donde se había ido la camioneta, pero temía que si volvían sus dueños, no lo encontrasen.
Decidió esperar, sentado sobre su rabo.
Allí sigue hoy, cuatro días después.
Aún mantiene la esperanza en su corazón.

