martes, 29 de septiembre de 2009

Copla para ponerse en camino


Sometido a tu belleza pretendo caminar y digo
que no bastan los olvidos para arrancarme el camino,
para sacarme del medio, para borrar el hastío
de vivir ya sin buscarte, de soñar con vos, destino.

Y prendado del delirio de llegar hasta tu reja
hago huella la ilusión y paso firme la esperanza.
Que andar siempre hace brisa y pisar levanta tierra,
Y, sin embargo, qué fácil es quedar en la añoranza.

Valga esta copla, mi amiga, como signo luminoso,
como boya, como bandera que en ristre azota el viento.
Valga mi sueño, locura, que una vez puse al camino
y que quizás, más que nunca, sea estéril, ya lo siento.

Pero no puedo quedarme, vida, si estás muy lejos.
Necesito el horizonte que se aleje ante mis pasos.
Necesito desafíos, nubarrones, algún hechizo,
que dé sentido a mi vida y a mi muerte en el ocaso.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Cuento utópico

El hombre apareció un día y pidió permiso para subir al techo. Don González, que vivía solo como un ermitaño, le preguntó para qué. Para ver las estrellas desde un poco más cerca, le contestó.
Don González no se negó. Cómo se le va a negar a un hombre amable subir al techo para un motivo tan noble.
A la mañana siguiente aún permanecía allí. Le alcanzó de comer y una botella con agua. Luego le ofreció un colchón, pero lo rechazó con educación. El hombre permaneció esa noche y la siguiente y la siguiente.
Para la cuarta noche se acercó un grupo de diez personas. Toda gente del barrio. Le pidieron permiso a Don González para subir al techo a hacerle compañía al hombre. No podía negarse. Los conocía de toda la vida y siempre habían sido buenos con él.
Al día siguiente llegaron más personas. Y al otro, y al otro...
A los diez días, el dueño de la casa tenía a casi setenta personas sobre su techo. Dado que no podía alimentar a tantos, todo el barrio colaboraba. Algunos se encargaban de preparar la comida, otros de alcanzar agua, un grupo recolectaba mantas para cuando refrescaba, unos muchachos se encargaron de alquilar unos baños químicos que instalaron en el patio.
A los quince días, ya eran más de cien. Para entonces, el barrio ya estaba organizado. Parecía un engranaje funcionando a la perfección. Cada uno cumplía su rol y todos participaban alegremente.
Ese día se dieron cuenta que el hombrecito que había iniciado todo ya no estaba. Lo buscaron en cada rincón del techo, en los baños, en las casas aledañas, en otros techos... pero no estaba, se había ido. Lejos de desilusionarse, los vecinos estaban felices porque gracias a él habían aprendido a convivir.
La gente se bajó del techo, pero nadie cesó de colaborar con los demás. Todavía conservan la puntualidad de juntarse en las calles al salir las primeras estrellas para compartir unas empanadas al horno, pastelitos o sanguchitos y contemplar absortos todo lo inmenso que nos rodea, pero a la vez tan lejano.
Cuando vuelven la vista a su alrededor comprenden entonces que todo lo que está cerca es más grande, real, tangible. Y entonces, ahora lo cuidan, porque entienden que es aún más maravilloso que todo ese catálogo de estrellas que los visita cada noche.
Dicen que el hombrecito va de barrio en barrio. Aunque no en todos los techos le permiten subir.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Lo no escrito

Roberto era un escritor arriesgado.

Desde el primer día que decidió dedicarse al mundo literario comprendió que su labor sería única.

Había decidido enfrentarse al misterio de la página en blanco. Al momento máximo de la confrontación entre el ser humano y la divinidad; entre el baile de musas seductoras y el cenicero ahogándose en un rincón de la mesa.

Roberto cruzaría la frontera. Él se encargaría de mostrarle al mundo la faceta oculta de la escritura. Lo no escrito.

La extraña mezcla del no saber decir con el no tener nada que decir.

Efectivamente Roberto sabía que se encaminaba hacia un abismo duro de digerir; hacia una marcha silenciosa con destino al negro horizonte.

Así fue como Roberto se sentó aquella mañana del 4 de Diciembre de 1994 frente a su cuaderno de notas y decidió hallar la clave de lo no escrito.


El vecindario alarmado luego de 4 años de ausencia decidió comunicarse con el cuerpo de policía nacional (que luego de cuatro rigurosas semanas de trámites y verificaciones) derrumbó de una patada la puerta del domicilio de Roberto.


Las crónicas del día afirmaban que un joven escritor había sido hallado muerto a causas de una severa inanición en su domicilio particular. Entre las pertenencias del fallecido se encontraron algunas fotonovelas francesas y la obra en la que se encontraba trabajando cuando la muerte decidió hallarlo.


Pasados unos meses la editorial que guardaba los derechos de autoría de Roberto editó un voluminoso libro que contaba con 1245 páginas en blanco en formato Din A4 y en su portada, grabado en oro, se podía leer "Lo No Escrito".

martes, 22 de septiembre de 2009

El chico

El chico vio cuando le robaban la cartera a la señora.
Fue el primero en correr a socorrerla.
El primero en preguntarle como estaba.
Le sostuvo la mano, buscando en ese gesto la tranquilidad ajena.
Abrazó a la señora, que podía ser su abuela.
Le pidió tranquilidad y paciencia. Le prometió la policía y corrió en busca de un teléfono.
Fue quién le dijo a los que que se acercaban, lo que había sucedido.
El chico se había hecho cargo de la situación, ante la fragilidad de la mujer.
La policía acudió a él para recabar datos.
Se puso a las órdenes de ellos, trazó descripciones y conjeturas, imploró por justicia y la seguridad de todos.
Le palmearon la espalda y le agradecieron su ayuda. Le dijeron que era un ejemplo de ciudadano, de esos que no abundan.
Tomaron los datos de la mujer y salieron en busca del asaltante.
Otro patrullero llegó para trasladar a ella hasta su domicilio.
Se ofrecieron a llevarlo, pero el chico les dijo que no se preocupasen, que más vale hiciesen su trabajo.
Los vio alejarse, a unos llevando la mujer, y a otros por el camino equivocado.
Es que el chico había visto todo y por eso actuado.
Porque así como vio el robo, también que el ladrón era su padre.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Las chicharras en verano

En la vereda, de pantalones cortos, Marianito se contenta con seguir con la mirada la tortuga de su hermano.
Hora de la siesta, primeras semanas de verano. Silencio morboso, solo quebrado de a ratos por el canto de una chicharra. Marianito entrecierra los ojos y ahora ve una tortuga partiéndose en dos.
Una va hacia arriba y se eleva, hasta perderse de vista. La otra permanece con las patas sobre las baldosas, avanzando indiferente.
Vuelve a jugar con los ojos y ahora al acercar los párpados uno a otro, pero sin alcanzar a cerrarlos, ya no son dos, sino cuatro tortugas las que ve.
Dos salen hacia arriba y las dos otras permanecen en el suelo, con el paso sereno pero decidido.
Marianito abre los ojos y lanza una carcajada. El juego lo entusiasma. Y a medida que sigue probando, cada vez son más las tortugas que ve desprenderse como fantasmas de la original, la Carlota de su hermano.
Claro que por no prestar atención, Marianito se olvida que no debe permitirle a Carlota que vaya más allá de la línea invisible señalizada por el fin del color amarillo del frente de su casa. Y Carlota lo cruza, con todo el peligro que ello entraña.
Peligro porque siempre don Mario, que no duerme la siesta, sale por las tardes a pasear a su mujer por la ciudad, aprovechando que no hay tránsito. Y sale en su auto, que es lo que coloca la situación en torno a lo trágico.
Y trágico porque al salir el coche marcha atrás, deja sin posibilidad a don Mario de saber que su rueda trasera derecha ha pasado por encima de la tortuga del hijo más grande de Benicio, el vecino policía.
Primero cree que ha sido un ladrillo, pero luego al observar el rostro asustado del pequeño Marianito, sentado en el suelo frente a su casa, y escuchar luego el alarido de desesperación que salió de la frágil garganta del chico, supo de inmediato que había atropellado al bicho con caparazón.
De la casa de Marianito salió Benjamín, su hermano, de ya ocho años de edad y atrás su madre, Leonora, visiblemente preocupada, temiendo que su niño más pequeño se hubiese lastimado. Pero mientras ella respira aliviada al verlo sano en el sueño, mucho más grave es la situación para Benjamín, al darse cuenta cuál es el producto del llanto de su insoportable hermano menor.
Bajo la rueda del Citroen del vecino panzón yace aplastada su querida Carlota. No quiere mirar, y sin embargo lo hace. Pero en lugar de ir hacia su mascota, se lanza sobre Marianito, insultándolo con bronca. Mamá interviene justo, y casi aturdida por el llanto del más chico, manda a su habitación a Benjamín. Este chilla, quiere explicarse, pero no hay peros. Mamá comprende, pero no va a dejar que golpee a su hermanito.
Don Mario se acerca, tímido y con culpa. Hace un gesto con los hombros, como diciendo qué iba a saber. Leonora lo comprende. Le dice que no se preocupe, que solo era la tortuga, que verán de conseguir otra para los chicos. Con un gesto de asco, don Mario retira el animalito muerto y le pregunto a su vecina qué hacer. Ella no sabe, tírela a una bolsa y métala en la basura le dice. Jamás pensó en que su hijo mayor hubiese deseado enterrarla, como toda mascota se merece.
Vamos Marianito, le dice a su hijito, ahora con hipo, aunque ya sin llanto. Vamos adentro, le repite. Pero Marianito está absorto en la tortuga aplastada, ahora en el suelo, a la espera del regreso de don Mario y la bolsa mortuoria.
Y mira la tortuga con pena y entonces entrecierra los ojos, como antes, cuando jugaba. Y por más que se esfuerza, la tortuga no se multiplica.
Lo intenta una y otra vez, hasta que don Mario vuelve y la saca de su vista.
Por un momento pensó que podía obrar el milagro y aprovechar el momento en que la imagen se desdoblaba para agarrar alguna de las que se elevaba, pero no tuvo suerte. El espíritu del animalito ya no jugaba con él. No había duda que dentro del caparazón, ya no había nada.
Moqueó por última vez y se metió en la casa, escuchando como las chicharras inundaban de su canto esa tarde de verano que nunca jamás olvidaría.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Escena del bosque

El conejo paró sus orejas y olfateó el aire. Algo se aproximaba y podía ser peligroso. Se internó en el bosque, entre los árboles más próximos.
Oculto detrás de un tronco, asomó sus ojitos hacia el camino que venía de la ciudad. Vio avanzar a dos hombres llevando un niño en brazos. Los siguió con la vista hasta que se perdieron detrás de una elevación del terreno.
Se quedó inmóvil en el lugar, sin hacer el menor ruido. Los hombres le habían inspirado miedo. Al rato los vio volver, pero ya sin el niño en brazos. Aguardó a que se alejaran por el camino y cuando decidió que no corría peligro, salió de su escondite y corrió a los saltos hasta donde suponía, habían ido los hombres.
Era una pequeña parcela, entre los árboles. La tierra era blanda porque corría un arroyo cerca. Un montículo de hojas secas cubría un sector del suelo recién removido. Hurgó con su hocico en la tierra hasta dar con una pequeña manito. Le pasó la lengua con curiosidad y notó la frialdad en la piel.
Miró hacia todas partes y viendo que estaba solo, se acurrucó sobre la manito, para darle calor. Sabía que de nada serviría, pero al menos haría más que los hombres.

martes, 8 de septiembre de 2009

Yo creo que fue Juan

Marcelo le dice a Raúl que sospecha firmemente que Juan es el responsable de la desaparición del paquete de yerba.
Raúl discute con Andrés, quién sostiene que Marcelo invoca demonios pronunciando lo que pronuncia. Teresita le susurra al oído a Nicolás que la situación se está yendo de las manos. Nicolás, temblando de miedo, le sugiere a Martita abandonar la casa en ese mismo instante.
Martita vuelve a mirar a Marcelo y luego a Raúl.
En un momento suspira y abandona la ronda. Se aleja lentamente del centro de la mesa donde se encuentra aquel enigmático y sucio tablero de Ouija y les dice a todos los presentes:

“¡¿Me pueden decir dónde está el paquete de yerba para empezar la mateada?!”.
“¡Ya te lo dije, se lo llevó Juan sólo para asustarnos!” - respondió enfurecido Marcelo.
“¡Basta!. Ya me cansé de todo esto,¡yo me piro!” - reprochó embravecido Raúl, quién abandonó a toda prisa la habitación.

Era obvio.
Como podría Juan haber robado aquel paquete de yerba si llevaba muerto más de un año luego de aquel trágico accidente de coche volviendo de Rosario junto con Marcelo.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Travesura

Los primeros cálculos estimaban que aproximadamente doscientas eran las personas que estaban atrapadas en el interior del edificio que ardía en llamas.
Los bomberos acababan de llegar. Tres dotaciones.
La niña que estaba en la vereda del siniestro tendría unos diez años.
Lo primero que hicieron los bomberos es sacarla del área de peligro. Pero al cabo de unos minutos, vieron que nuevamente estaba allí, mirando hacia arriba. La volvieron a retirar a una zona segura.
Las primeras brigadas que habían entrado volvieron a salir con rostros totalmente perplejos.
- ¡Capitán! Allí dentro no hay fuego. Ni siquiera hay gente en los departamentos...
- Pero mire las llamas teniente, el humo se alcanza a ver a un kilómetro de distancia.
El teniente volvió a contemplar la imagen y se encogió de hombros.
- Capitán, no se que decirle, dejé a mis hombres dentro, esperando una orden suya, pero ni siquiera hay escaleras para llegar más allá del segundo piso.
- Teniente, entre nuevamente y... niña, pero te he dicho mil veces que salgas de esa vereda!
El capitán corrió tras la niña y la alzó en brazos. El teniendo fue con él. La cruzaron al otro lado de la calle.
- Pequeña, dónde vives, debo llevarte con tus papis, te estás poniendo en peligro.
- No hay peligro señor, el incendio no existe, el edificio tampoco. Solo que hoy quise imaginarme un edificio en llamas. ¿No cree que me sale bien?

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Tomar carrera

Empezó a sospechar cuando cayó en la cuenta de que nadie tomaba en serio sus afirmaciones.
Lentamente fue descubriendo o, mejor dicho, dándose cuenta de que su forma de pronunciar las palabras era diferente a la del resto.
Era el último en terminar de almorzar y el que tenía que lavar los platos. Claro, clarísimo, sus hermanos iban a la escuela.
No guardaba recelo ni antipatías, pero lo descolocaba percibir evidencias de que no era como los demás. Creyó comprender que había chistes que no entendía, pero sí lo hacían otros más chicos que él.
Quedaba para lo último en la pisadita para elegir jugadores. Y si el número era impar y el partido se desequilibraba, era el que pasaba para el equipo que perdía. Moneda de cambio de un centavo, daba lo mismo donde se lo ponía. Y eso lo empezó a aterrar. Comprender que no era nadie, o más bien, que era una carga.
Largos llantos de su madre encerrada en su habitación nombrándolo. De alguna manera se había convertido en la causa de infelicidad de quienes lo rodeaban. Y ahora se daba cuenta. Ahora.
Entrevió la dicha del rostro de los demás cuando jugaban al truco, a la escoba, cuando leían cuentos, cuando hacían juegos de palabras. Todo lo había intentado, pero se revelaban esquivas e intrincadas para sí las tareas que a otros les resultaban casi triviales.
Pensó en la muerte. Esa salida rápida. Esa puerta de emergencia ante el desastre de todos los días. El abismo de una vez ante los pozos de todos los días. El paso al nunca más ser ante el casi no ser de todos los días.
Pero no pudo.
Volvió a pensar en la muerte. La de los demás. La de los de las risitas de reojo. La de los pibes, que elegían siempre a otro. La de su madre, que sufría sin sentido. La de sus hermanos, que se mufaban por su lentitud.
Pero era quedarse solo, más solo que hasta ahora. Más solo que en la propia muerte.
Ovillando odio y desesperación se preguntó una y otra vez qué hacer. Pero las razones se evaporaban cuando quería atraparlas. Se quedaba siempre a mitad de camino del razonamiento, con decisiones a nunca tomar.
Entonces se convenció de que tenía que prepararse como para un salto. Sin saber para qué, acarició la idea. Saltar. Alto. Lejos. Dar ese salto que a nadie había visto dar. Lo investía de orgullo un heroísmo que todavía no había demostrado. Pero tenía que tomar carrera.
Su tonta sonrisa de presentación iba trocando por una de satisfacción. Tenía una idea clara. Era todo. Pero era suya.
Hasta que respiró profundo un día. Se levantó antes que nadie. La madre lo saludó como siempre, entrecortando el beso con un suspiro, y se fue a trabajar. Esperó paciente a que despierten sus hermanos.
Les preparó el desayuno. Mientras lo devoraban sin prestarle atención, juntó fuerzas, cerró los ojos para darse ánimo, tomó carrera y les dijo: -Escuchen, ¿quién de los dos me enseña a leer?

lunes, 31 de agosto de 2009

Sin embargo se mueve

Ante una sala repleta y expectante, el Profesor Ayos finalizó su disertación diciendo:
- “Y es así que estamos dando un paso gigante en el mundo de las ciencias: la conservación de la memoria humana tras la muerte.”
El público se puso de pie y batió las palmas con júbilo y esperanza. La presentación fue rotunda, las ideas expuestas, un éxito.
Martín, estudiante de Ayos, oficiaba de ayudante en la charla y a pesar que hacía largos minutos que quería hablar con el profesor, no había podido.
- Profesor – le dijo por la bajo.
Ayos estaba recibiendo los últimos aplausos y el llamado de su discípulo lo irritó. Martín se mordió los labios y siguió observando al cuerpo tendido en la camilla, a unos metros de él, entre el profesor y la audiencia.
- Profesor – lo volvió a llamar – El cuerpo… el cuerpo se ha movido y…
El semblante de Ayos, que lo miró de reojo, sepultó todo nuevo intento de Martín de llamarle la atención.
- Y ahora – prosiguió Ayos – la prueba final.
Se hizo un silencio. Todos vieron como un aparato descendía sobre el cuerpo inerte de una persona adulta, en estado de coma, que había sido colocado en el centro del escenario.
El profesor activó unos comandos y unas pantallas LCD comenzaron a procesar información, que según se había explicado, provenían desde unos sensores conectados al cerebro del hombre.
Tras unos minutos, Ayos anunció que la memoria había sido guardada. Ahora desconectarían al hombre del respirador y así culminaría un calvario de años, quedando para la familia, sus memorias, conservadas gracias al avance científico.
Martín desistió totalmente. Ya estaba desconectado. Desolado, no esperó el final de la charla de Ayos. Se fue por el pasillo.
Todavía no había salido al exterior cuando escuchó la exclamación proveniente de la audiencia. En las pantallas gigantes habían visto el último recuerdo del hombre: el techo del auditorio y una voz en forma de pensamiento, diciendo “estoy vivo, por Dios, que alguien vea que he podido mover un brazo, estoy vivo…”

jueves, 27 de agosto de 2009

Tomó la pistola

Tomó la pistola como le había enseñado su padre, allá en su infancia, en la vida de campo, de largas tardes de puro trabajo y sudor. Esos días en los cuáles el futuro le era ajeno, distante y sin preocupación.
Tomó la pistola, sabiendo que el frío que apretaba, era mortal al disparar. Tan frío como la soledad en la que se tornó su vida, tras esa noche de cielo nublado y ausencia de estrellas. Esa noche de intrusos y vidas robadas.
Tomó la pistola, sintiendo el gatillo bajo la piel de su dedo. El mismo que su padre había adiestrado con paciencia y amor. Su padre querido, muerto por extraños, la misma noche que su madre y sus dos hermanas.
Tomó la pistola, apuntando al rostro, el mismo con el cuál tantos años había soñado. Ese que en la sien portaba una cicatriz oscura y delatora. El mismo que escondido en un armario, había visto por la cerradura y que con gesto austero y parco, había acuchillado a sus seres queridos.
Tomó la pistola, consciente de no poder hacerlo. Poco sabía de venganza en su vida, tan solo de dolor y muerte. Por eso vació el tambor y la devolvió a la mesa de donde la había tomado. Y conforme con la mujer y la niña que había degollado, huyó a través del prado, dejando atrás el pasado y a un asesino llorando su destino.

martes, 25 de agosto de 2009

Una carta

Una carta, arte ensobrado, fino pulso, ensueño,
señal de humo, jinete polvoriento de posta,
pluma al viento, pequeño cofre cerrado
que guarda la melodía quieta y cansina
del un puñado de palabras pensadas dos veces.

Una carta. Declaración de guerra al hastío,
soberbia plenitud que se condensa,
mensaje claro, fechado, persistente,
veneración en arcón de los recuerdos,
venero promisorio de porvenir incierto.

Una carta y lágrimas y estambules,
y pozos de agua en benín y ritos y
túnicas coloridas y desiertos donde se
escribe en una tienda y palacios donde
entre cendales se pulsa dorada pluma.

Una carta. Y promesas de encuentros.
Una lágrima o más, si ya se sueltan,
si ya transcurren en comba ruta de sal,
si ya se quedan pendientes por caer,
si ya no pueden guardar lo que se siente.

Una carta, una señal, un manifiesto
de lo que no pudo ser o de lo que ha sido.
Una carta, dijo dupin, y se quedó pensando
que siempre hay más de lo que se dice,
que siempre hay más de lo que se escribe

en una carta.

lunes, 24 de agosto de 2009

El que apunta donde no debe

Llega a su casa salpicado de calles y frustraciones. Se quita la campera mojada por el aguacero de la tarde, se descalza los zapatos empapados y deja el paraguas que nunca abrió acostado sobre el sillón más próximo.
Sube las escaleras, con paso de soldado. Se deja estar en el primer descanso. Observa su casa, escucha sus silencios. Se dice con pesadumbre que otra vez no lo ha logrado. Sigue el ascenso hacia su cuarto.
Se detiene frente a un enorme espejo y mira su reflejo. Se grita con descaro: "¡Otra vez tú, allí parado! ¡Otra vez tú, perdedor innato!". Y cansado de su imagen, tantea el frío del metal en su bolsillo. El que lleva a todos lados. Y sin vacilar saca un .38 corto y se apunta desconociendo el miedo.
El cañón señala el espacio entre ojo y ojo. El disparo hace vibrar las habitaciones y el silencio sale huyendo. El espejo explota en mil fragmentos y las astillas lo raspan sin vencerlo. Baja el arma e hincha el pecho. Ha matado a la imagen y otra vez vuelve el puñal del silencio.
Se deja caer de culo, sobre el vidrio desparramado. No siente las astillas ni los pequeños cortes en las manos. Tan solo escucha su llanto mientras la sensación de fracaso que lo cubre.
Sabe que nunca podrá matar todo lo que odia en él, aquello que lo privó de lo que amaba y lo alejó de sus anhelos. Y en ese llanto se duerme para soñar lo que no se atreve ni apuntar donde realmente debe.

jueves, 20 de agosto de 2009

La chica de los ojos pálidos

Cuando no soportó más el agobio de su habitación se dispuso a salir de una vez por todas de ese encierro de ceniceros y vueltas a un mismo disco.
En su bolso cargó una peluca, un cd de la Velvet Underground y aquel absurdo cuaderno de notas que jamás había sacado de su envoltorio.

Ya era de noche cuando se alejaba del barrio. Tan solo los barrenderos circulaban por la zona y la miraban pasar deseosos de cruzar algunas palabras.
"La noche nos obliga a esbozar muecas dolorosas" - pensó Laura al verlos deambular de una esquina a la otra.

Aquella era una frase absurda que podría ir directamente a su libreta o a la basura. En definitiva, que sentido tenía decir las cosas que otros ya habían dicho de una manera más simple y directa.

Al cruzar la avenida encendió un porro y se dejó deslumbrar por las luces del tráfico fantasmal de aquella ciudad, su ciudad; su cementerio...

Avanzó sin rumbo por la cintura de la noche borracha y adicta. Se supo perdida y no temió por ella. Se supo abandonada y sintió como el peso de su espalda se liberaba.

Sabía que la carretera no era romántica como la presentaban aquellas películas de finales de los años setenta; sabía que Kerouac había uno solo y no tenía ninguna necesidad de quitarle el puesto a ese narcótico y genial escritor.
Siguió alejándose de todo aquello que la retenía convencida de que cualquier cosa que hiciera resultaría efímera y carente de sentido. Pero alejarse era romper el abrojo de aquellas zapatillas que tanto odiaba de pequeña, seguir en camino significaba que todo podía ser una simple bofetada de realidad.

A la noche le seguiría el día. Al blanco el negro y viceversa.

Los carteles anunciaban pueblos y desvíos a seguir. Cafeterías y gasolineras. Camas y paradores.
Pero caminar era algo automático y no cabía la posibilidad de plantearse algún descanso.

"Si alguien quisiera contar mi historia no tendría absolutamente nada para decir" - se juró a si misma, casi tentada de comenzar a escribir aquellas frases que se le venían a la cabeza en su tímida libreta.
Alzó la mirada en busca de algún destello, de algún satélite; de algún pájaro extraviado.

Nada. Absolutamente nada para decir de ella ni del entorno.

Se supo perdida, hambrienta y sola; pero nada de aquello era importante.
Simplemente abrió su libreta y escribió un posible titulo para contar su historia: "La Chica de los Ojos Pálidos".

viernes, 14 de agosto de 2009

Esa morocha es un infierno

“Cuando sentí el calor de la herida en la espalda ya era tarde.

¡Y todo por culpa de esa morocha atorranta! ¡¿Cómo no me di cuenta que me estaba agarrando pa´la joda?!” – me dijo el Rafa.

El bailongo del Club del Tango de calle General López no estaba nada mal; así que el Rafa no se lo podía perder.

Se preparó todo el día para la cita. Por la mañana, mientras esperaba que lo atendieran en la carnicería del viejo Acuña, practicaba los pasitos silenciosamente mientras clavaba sus tacos en el piso del local. Se compró un buen filete de carne para ponerse fuerte y apuntarse unos puntitos a favor con aquella morocha que lo había desafiado a un paso doble en el Club Sacachispas la semana anterior.

El Rafa no se apuró en volver a su casa.

Caminó por la avenida mientras saludaba a los conocidos y sorteaba las baldosas flojas de la vereda imaginando que cada una de ellas era algún firulete que se estaba marcando con sus zapatitos de charol recién lustrados.

“A este guapo no le engrupe nadie” – se repetía una y otra vez.

Aunque en el fondo de su corazón el Rafa no entendía cómo aquella mina se podría haber interesado en él. Se miraba al espejo fijamente, se vaciaba los bolsillos y comprobaba que sólo tenía un par de morlacos, un peine fino y el reloj que le había dejado su abuelo antes de partir a un barrio mejor.

“¿Cómo carajo se va a fijar en mí?” - se decía nuevamente y suspiraba.

Caída la noche partió pa´ el baile como estrella que no quiere hacerse ver; evitó pasar por el bar del Mario para que no le embromen los “chochamus” y acaso algún osado intentara despeinarlo de un sopapo.

Cuando entró al salón del club notó como el corazón le apretaba el nudo de la corbata y se juró que ya no había vuelta atrás. Esa noche la morocha caería en sus brazos; esa noche el farolito que le alumbraba la esquina de su orgullo iba a brillar con toda la fuerza; esa noche el Rafa iba a jugar con los labios carnosos de aquella dama, esa noche…

Cuando la orquesta arrancó con las primeras notas de “Taquito Militar” se armó semejante milonga que parecía que ese fuera el último día del mundo.

El Rafa se acercó a la morocha y sin sonreírle le sujetó de la cintura y empezó a bailar.

La llevó al centro del salón y le susurró al oido algunas frases que recordaba de aquel libro de poemas de Carriego que una vez se afanó de la Biblioteca Popular. La morocha sonreía mientras se dejaba seducir por el ritmo del tango.

Era la noche perfecta.

“¡Esta es la mía!” – se juraba el Rafa mientras se secaba el sudor de la frente.

Pero esa reunión de guapos y arrabaleros no era una milonga cualquiera. Aquella noche que parecía tan mansa y animada guardaba un oscuro secreto a las espaldas del Rafa.

Los varones de la barriada del Sacachispas no iban a permitir que un tipo del centro se llevara a la dama del club. Y aquella dama de curvas peligrosas y mirada infernal tampoco se dejaría conquistar tan fácilmente.

Mientras la muchedumbre giraba al compás de la melodía, los muchachos se acercaban al centro de la pista; y la pareja endemoniada no paraba de bailar, El Rafa se movía como un alma enloquecida y la morocha sonreía sin cesar mientras apuntaba su vista hacia los muchachos que se acercaban a ellos dos.

“En aquel loco remolino de tangos, milonguitas, guapos, guitarras y bandoneones; me encontraba yo pibe” – me dijo el Rafa aquella fría noche de Junio que lo visité en el hospital mientras le curaban las heridas de arma blanca que se ligó en aquel baile del demonio.

Cuando volví a casa ya era de madrugada. Pero en el camino algo me llamó la atención y me hizo sonreír irónicamente.

En la pared del Tango Club de Villa Constitución alguien había pintado un graffiti que decía: “Esa morocha es un infierno”.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Inexplicable

Sentía un deseo incontrolable de robarle a ese niño, el de campera verde, el autito que llevaba en la mano. Pero la madre estaba cerca. Lo vigilaba de vez en cuando. Aunque charlaba con una amiga, a tres bancos de distancia.
La plaza no estaba muy llena. Algunos chicos en las hamacas, una nena paseando un perro y una parejita besándose bajo un árbol. Y la tarde se presentaba tranquila. No como para complicársela haciendo semejante cosa.
Pero tenía unas ganas. No lo podía negar. Es que le recordaba a un autito que una vez tuvo, tiempo atrás. Lo traía a esa misma la plaza todas las tardes. Caminaba entonces con su mamá tomados de la mano, haciendo equilibrio sobre el cordón de la vereda, claro que solo cuando no pasaban vehículos por la calle. Tomaban la cortada, la que está a pocas calles de la plaza. Le gustaba ir por ahí porque había en su momento una heladería y si hacía calor, mamá le compraba uno de pistacho y crema del cielo.
Siempre traía el autito, hasta que un día un muchacho pasó corriendo a su lado y se lo robó. Sería la venganza perfecta. "Ma' sí" se dijo "yo se lo robo".
Casi como impulsado por un cohete salió disparado desde el banco de plaza en el que estaba sentado. Pasó al lado del niño y estiró la mano. El niño giró el rostro y encontró en él su propio rostro. Cayó al piso, asustado. Miró a la madre del niño sentada a tres bancos de donde estaba y vio a la suya.
Espantado retrocedió, pero ya no estaba el niño ni la madre ni la amiga. Solo quedaba una plaza vacía, sin colores ni juegos y el sabor de un recuerdo ingrato carcomiéndole la boca.
Transpirando y repleto de angustia, despertó. El autito verde que le habían robado de niño, lo miraba inerte desde la ventana abierta que daba a la calle.

domingo, 9 de agosto de 2009

Aires de olvido

Aire sin aire, el olvido va
dejando como estela lamentos sin más;
sonriendo con ganas, su triunfo ya palpa,
victoria cercana, altiva la faz.

Brillo que opaca lo que nos importa,
señal que sepulta al no morirás,
señuelo furtivo ni una humilde sombra
de cielos sin duelos parece encontrar.

Pasa el olvido mareando memorias,
cambiando lo hecho sin precipitar.
Su arma es sutil, etérea, difusa,
su filo es de nada y se ufana en cortar.

Palpita su triunfo, paladea su afán,
combina destinos, tal es su heredad.
Sonriendo con ganas su triunfo palpita,
pobre triunfo que nadie ya recordará.

Por eso su lucha ya vencida está,
su grito victorioso será su final,
ahí va el olvido, de aire sin aire,
con media sonrisa y medio llorar.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Los pibes*

"Me cuesta entender una revolución social encabezada por los
inversores en dólares. Pido permiso para sentir más simpatía
por los que ni cacerolas tienen". Alejandro Dolina


Los pibes en la esquina toman frula de la mala, las chicas se ríen sin ir más allá de los excesos, sin dejar de mirar por si el vigilante del barrio aparece de repente.
Los pibes se ríen sin saber porque, hartos de esperar por algo mejor se pierden lejos de la noción del amor. El barrio sigue firme, casi estancado, en las riberas del río.
Algunos van, otro vienen y algunos nunca regresan.
Se dividen, se dispersan; se pierden en el tatuaje de los años y sus penas. Las horas se pierden entre los aceros y los hornos que los rodean; los pibes sueñan con salir algún día de ahí, ¿los pibes sueñan?
Uno de ellos se compró la guitarra en la galería “La Favorita”, el otro se compró el chumbo en la tienda de caza y pesca de la calle San Luis. Las chicas bien… entre el glamour de la tv y la inocencia de la hermana menor se las arreglan para salvarse del momento.
Algunas deciden partir, otras reposan en los brazos de sus jóvenes paladines y construyen los cimientos de sus refugios.
Los pibes siguen jugando a ver quién es el que se banca más tensión en sus cabezas. Algunos se retiran de las mesas del bar, otros se aferran a ellas en busca de una costa invisible donde nunca llegará el barco que los pierda en el horizonte.
Uno de ellos se volcó a las creencias católicas cargadas de costumbres sin saber muy bien porque; otros se instalaron en sus ideas de revoluciones vencidas, creyendo que así podrían encontrar algún lugar en los gobiernos de turno.
Los pibes toman frula de la mala, los pibes hablan sin parar, las chicas los miran. Se divierten con ellos y a causa de ellos. Los pibes le dan duro a la pelota para ver si un gol de esos que nadie se explica consigue alejarlos del dolor que los rodea.
Los pibes siguen dándole duro y nadie presta atención si están de vuelta de todo.
Los pibes siguen en pie, pese a todo, y parece que a nadie le importa.



*Este texto fue escrito hace un par de años luego de los hechos de aquel fatídico Diciembre de 2001 en Argentina. Como tantas cosas quedó sepultado en un universo paralelo de papeles e ideas. Hoy reapareció de entre las cenizas con ganas de salir volando...

Moteles de Hiroshima

Los casi destruidos edificios, sin embargo, alojaban familias. En algunos casos, los que compartían el techo, no tenían lazos de sangre, al menos la que corría en sus venas. Era otra sangre las que los unía, aquella que habían visto en sus seres queridos, en la hora de la muerte.
Esa misma muerte que aún era una sombra sobre la zona, haciendo el aire aún más irrespirable, a pesar de los meses de la bomba. El silencio gobernaba los caminos y nadie se atrevía a regresar a la ciudad. En realidad, la ciudad ya no existía. Eran escombros, ruinas, recuerdos de un dolor que seguía allí desangrándose, inertes ante la mirada ajena.
La incomprensión del mundo se asombraba por el poder del hombre. En tanto, los sobrevivientes del segundo sol naciente, ese que había iluminado el día con tanta fuerza que aún dolía, no solo por las secuelas, sino por el recuerdo de los que no estaban, aún no salían del estupor.
Los mayores caminaban con pereza, lentamente, los ojos hinchados de no dormir. Algunos llevaban las marcas del destello, quemaduras de por vida que atravesaron las ropas y mutilaron la piel. Otros sentían síntomas agobiantes, como sed intensa, náuseas y fiebre, además de soportar manchas en la piel producidas por hemorragias subcutáneas.
Los médicos que habían llegado después de agosto habían detectado en todos las defensas muy bajas. Muchos de los sobrevivientes ya habían acusado una fase fulminante en su estado, que comenzaba con diarreas, la pérdida del cabello y hemorragias intestinales que llevaban al deceso. Todos estaban expuestos a infecciones, que en ese estado, le permitirían a la muerte hacer mucho más fácil su trabajo.
También se les había advertido sobre la radiación, sobre los efectos a futuro, e incluso, en ciertos casos, inmediatos. Las probabilidades de deformaciones, de muertes inevitables... el futuro era tan devastador como la bomba misma.
Los niños jugaban entre las casas de aquellos moteles ubicados en las afueras. En sus rostros portaban sonrisas, que solo en ellos era posible apreciar por esos días. Se mezclaban todas las edades. Cada uno sufría no obstante a su manera.
Los que habían quedado semi mutilados, otros amputados, algunos ciegos por el mismo destello de la explosión, quemados de gravedad, enfermos por el polvo respirado, algunos débiles por la falta de comida y agua. Pero jugaban, y reían.
De la forma que podían, hacían una ronda. Grande, enorme. Todos ellos. La ronda giraba, y los chicos entonaban una canción, mientras los padres y otros mayores no miraban, para no seguir sufriendo:

"Cae, cae, cae,
del cielo como estrella
Cae, cae, cae,
y no es una ilusión
Cae, cae, cae,
sin la menor compasión,
Cae, Cae, Cae
en esta ciudad tan bella
Cae, Cae, Cae
un dolor que destruye
un dolor que no huye
que reside en el mundo
pagano e inmundo
sin placer por crear
y pasión por matar
Cae, cae, cae
y nos lleva consigo
Cae, Cae, Cae
como a nuestros padres y hermanos
Cae, Cae, Cae
y si aún no lo ha hecho le digo
Cae, Cae, Cae,
llévame ahora de la mano"

Cuando la canción cesaba, la ronda se detenía y uno de los chicos quedaba en el centro. Entonces, alguien se ocupaba de llamar con un grito a un mayor. Y el niño elegido, ya sentenciado a muerte por la gran detonación y el malogrado ingenio humano, era llevado a uno de los tantos cuartos en pie de los moteles de Hiroshima para dejar de sufrir.
Los mayores no querían mirar la ronda, porque no podían elegir. Que fuera un juego, que la muerte se convirtiera en eso, había dejado de ser culpa de ellos hacía mucho tiempo.


El 6 de agosto se cumplen sesenta y cuatro años de la bomba nuclear arrojada sobre Hiroshima, en el comienzo del fin de la Segunda Guerra Mundial, en un ataque atómico sin precedentes ordenado por el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman. Esa bomba, tuvo nombre, se llamó "Litle Boy". Tres días después, el 9 de agosto, cayó sobre Nagazaki "Fat Man" hecha con plutonio-239, más devastadora que la primera, elaborada con uranio-235. A lo largo del siglo pasado y el actual, se llevan realizadas más de 2000 detonaciones nucleares en el planeta. El miedo que infundieron los resultados visibles de estos bombardeos, sesenta años atrás, nos llevan a pensar en lo mal que utilizamos la inteligencia que poseemos. Se vive con el miedo que alguna potencia enloquezca y quiera hacer uso del poder devastador de esta tecnología, pero en el juego de tire y afloje que los poderosos proponen, nadie da el brazo a torcer. En tanto, millones y millones de inocentes oran en silencio por una paz que saben, es utópica e irreal.

domingo, 2 de agosto de 2009

Deux Machina

De pie ante el cielo, estrellado desde hacía horas, contemplaba con anhelo las constelaciones lejanas. Como en un sueño, se trasladaba mentalmente por el espacio y sentía la paz de la nada en el infinito del universo.
Cerraba los ojos y los abría en otra dirección y su miraba entonces la transportaba a otra galaxia lejana, donde podía abrazar una nueva ilusión y sentir el encanto de la imaginación entrelazada a un astro celestial en suave movimiento.
El juego se repetía mientras las horas pasaban. El insomnio no era más que una excusa para llevar su alma al patio sin remordimiento alguno y dejar que el tiempo corriera sin prisa y sin pausa.
Los ojos cerrados,
los ojos abiertos.
Un grupo de estrellas,
una nueva ensoñación.
Los ojos cerrados,
los ojos abiertos,
un grupo...
Se quedó allí parada, con sus pequeños doce años temblando de miedo y espanto, queriendo gritar con todas sus fuerzas que ni siquiera el silencio pudiera sobrevivir.
No podía evitar el pánico que se había apoderado de su ser. Cayó de rodillas, sin apartar la mirada. Los dos enormes ojos grises que se habían abierto en la profundidad del espacio la encandilaban con un brillo tan tenue como aterrador.
El cuerpo se le paralizó, sintió el orín corriendo por su pierna. El estómago le dio un vuelco. A los ojos se le sumó una boca, enorme, repleta de colmillos, del color del marfil. De la comisura cayó una gota y se fue convirtiendo en fuego. Vio venir la enorme bola envuelta en llamas como en una pesadilla.
Sintió el calor carcomer todo a su alrededor, los árboles se carbonizaban, los pastos se secaban y los charcos de agua, se evaporaban. Todo a una velocidad que carecía de lógica. Y muy por detrás, en los instantes en que las llamas dejaban libre el paso de la vista, reconocía el placer en los ojos del cielo.
Cuando creyó que la bola la iba a enterrar bajo su peso caliente de piedra sólida, de la profundidad del oscuro universo apareció una mano misteriosa que la tomó de la cintura, la elevó en el aire y regresando de donde vino, la hizo desaparecer.
El impacto destruyó la ciudad y decenas de kilómetros a la redonda. La niña fue la única sobreviviente, pero nadie jamás logrará enterarse.