miércoles, 24 de febrero de 2010

Caos de Ideas

“Así es. El caos es la concentración y el sueño de todas las cosas que todavía no quieren manifestarse.
¿Y después?”
Schultze, el astrólogo
.


El territorio del cuento era caótico e impredecible y eso era algo que bien lo sabía Carlos Artigas.
Al enfrentarse nuevamente a la carilla en blanco de su cuaderno de notas, Artigas supo que la aventura estaba por comenzar.


Nunca una frase se gestaba sin una razón. En su mente no cabía una mínima pizca de azar.
Los personajes se iban presentando de a poco y tímidamente.
A veces lo hacían a primera hora del día y, en otras ocasiones, de madrugada.

Cuando Gardel le guiñó un ojo ya era tarde y llovía furiosamente sobre la ciudad. Artigas tomó su lápiz negro y recogió algunos apuntes. El primer personaje, el mismísimo Carlos Gardel, reclamaba sus dotes de escritor y Artigas no le podía fallar.
Pasadas las seis de la mañana un susurro fantasmagórico lo despertó de su duermevela. El segundo personaje de la historia reclamaba su atención.
Martín Fierro caminaba con pasos agitados entre los rincones del patio de tierra de su casa, mientras Artigas se apresuraba a colocarse sus lentes y apuntar las indicaciones que éste le hacía desde el fondo de la noche.
Gardel reclamaba la guitarra que dormía en el ropero y Fierro solicitaba una pequeña mano para arreglar algunas cuentas pendientes; ese sería el principio.

Artigas, casi exhausto, se dirigió a la cocina de su hogar y se sirvió una abundante taza de café negro y sin azúcar.
El momento había llegado.

Nuevamente Don Artigas se adentraría sigilosamente en aquel desolado paisaje del relato y la creación. Pero esta vez a diferencia de otros viajes, y sin saberlo, el caos sería el motor principal de aquella maquinaria de sensaciones y senderos que se proyectarían ante sus pupilas.
La primera frase lo introdujo de cuerpo entero en el blanco pantano de las hojas de su cuaderno y al cerrar sus ojos Artigas pudo intuir temerosamente el final de aquel paseo.
El enigmático terreno de aquella historia se presentaba extenso y cubierto de polvo. Sin detenerse demasiado en algunos detalles del entorno, el atrevido autor, avanzó en busca de sus personajes.
Al primero de ellos lo encontró afinando las cuerdas de su guitarra y cuando intentó indagarlo acerca de los pormenores que lo habían llevado a ese lugar, éste lo rechazó despectivamente.
Gardel ahora se perdía al costado del camino y Artigas avanzaba entre los renglones de su cuaderno que servían como autopistas que evitaban perderse entre aquellos indescifrables parajes.

Al divisar el final de uno de esos renglones, Artigas se detuvo a meditar sabiendo que no podría avanzar sin una frase que le asegurara un regreso a su idea principal.

Simplemente su psique no concebía la creación como un juego de las musas y el azar.
Artigas consideraba que los personajes lo visitaban siempre que la idea del relato ya estaba gestada en su inconsciente, por lo tanto, el debía develar la maraña de conceptos que se ocultaban en su mente y concebir el texto al fin.

Pero esta vez algo en el aire presagiaba que el resultado final sería otro.

Artigas llegó al punto final de aquel renglón y no logró divisar nada más allá del cielo de chapa oxidada que cubría todo el paisaje.
Volvió a mirar a sus espaldas en busca de aquellos personajes familiares que minutos antes se habían apartado de su camino pero el intento fue en vano.
La soledad del renglón y el papel en blanco lo envolverían por completo mientras en la cocina de su casa el agua del café herviría sin cesar, llamando inútilmente, a las manos que apagaran ese fuego y su calor.

El agua insistió en su ebullición, mientras Artigas daba el paso final en aquel párrafo cayendo en el infinito caótico de sus ideas para no poder regresar jamás.

El territorio del cuento es un lugar infinito e impredecible, y Don Artigas lo supo constatar.

domingo, 21 de febrero de 2010

El hombre de las cinco

Todas las tardes a las cinco, llegaba puntualmente. Pedía desde la mesa un tempranillo y llevaba su mirada al cuadro que colgaba en la pared opuesta. Se tomaba su copa y pedía otra más. Esa la dejaba sin tocar. Era para ella, su amor imposible, atrapada por siempre dentro de ese marco color café.

jueves, 18 de febrero de 2010

Una pizza para Enrique

¿Cuánto puede tardar una pizza? preguntó azorado y hambriento el pequeño Enrique a su padre, cansado ya de la espera y que en el televisor del bar solo hubiese fútbol.
Con rostro comprensivo y hasta melancólico, quizá recordando cuando él era niño y hacía similares interrogantes a su madre en la cola de la verdulería o en el supermercado, le dedicó una sonrisa.
Intentaba demotrarle calma. Sabía que debía tener bastante hambre, habían estado jugando dos horas en la plaza. Eso cansa a cualquier chico. Le divertía además verlo haciendo trompa con la boca, queriendo asemejar un gesto de enfado adulto que sin embargo le causaba gracia, aunque evitaba reírse porque eso lo molestaría aún más.
La botella de litro de gaseosa estaba por debajo de la mitad. Su vaso estaba lleno, pero el de Enrique no. Le sirvió por tercera vez y le pidió que bebiera despacio, que le haría mal. Solo tuvo por respuesta la imagen del vaso yendo a la boca y con la misma velocidad, pasar de oscuro a transparente.
Quiero comer, afirmó casi en una súplica su hijo. Ya lo sabía, era obvio. Pero debía esperar, como todo el mundo. Desconocía el tiempo que a los dos asaltantes que estaban en la barra le llevaría llevarse todo el dinero de la caja, aunque los empleados se movían presurosos y atemorizados por las escopetas de caño recortado, la situación no era para hacer las cosas a la ligera.
Solo rezaba para que su hijo no volteara la vista y los ladrones no atacaran a los clientes en busca de más dinero. Solo pedía eso, en silencio, mientras la sonrisa dibujada en su rostro seguía manteniendo la calma en la mesa.

domingo, 14 de febrero de 2010

El día de los enamorados

Le llevaba flores cada semana, pero esa fecha era especial y merecía un ramo más grande, más colorido. Quizá también, una caja de bombones. Bañados en chocolate o rellenos con licor. ¿Cómo era que le gustaban?
Pasó por la florería del centro y pidió rosas blancas, amarillas y rojas. Pero "un ramo grande" agregó. El empleado sonrió, cómplice, en un gesto similar al de guiñar un ojo. Claro, no era una fecha cualquiera. Estaban abarrotados de trabajo desde temprano. Todos los galanes buscaban un ramo más grande ese día.
Cuidó de protegerlo del viento mientras caminaba por la misma vereda hacia la bombonería de la esquina. Eligió los artesanales, con relleno de pasta de almendra. ¿Si quería escribirle una tarjeta? Agradeció el gesto, pero no, era un detalle que no hacía falta.
Antes de tomar el colectivo se miró en la vidriera de una zapatería, y atento al reflejo de su imagen, se acomodó el cabello y dobló correctamente el cuello de la camisa, que estaba al revés.
Esperó paciente algunos minutos, detuvo el colectivo y buscó el último asiento, donde pudiera estar tranquilo y contemplar con real admiración ese paisaje tan suyo, un camino que semana a semana recorría con melancolía y hasta si se quiere, un dejo de tristeza.
Sabía que al llegar todo cambiaría y la sonrisa aparecería en su cara, pero mientras tanto, cierta agonía se apoderaba de él, instándolo a abandonar todo, olvidar los viajes, sepultar las flores.
Los sentimientos se encontraban violentamente en cada viaje, mientras el exterior desaparecía por la ventanilla sin dejar rastro, tan solo una mancha que viajaba más veloz que el transporte y en dirección contraria.
La eternidad de los minutos parecían disputarse el último round con el reloj. Y cuando parecía que jamás arribaría, el chofer del colectivo detenía el mismo y con voz grave anunciaba la última parada: ¡Cementerio!.

sábado, 6 de febrero de 2010

Aquello que se pierde y queda atrás

En la mudanza perdí muchas cosas, entre ellas la alegría. La busqué en cada caja, bolso y estantería. Desordené el desorden hasta crear un caos imposible de enmendar. Lloré por los rincones de la nueva casa, implorando que aunque fuese por pena, apareciese ante mí.
Pero era evidente, la había perdido. Entonces, desandé las calles desde mi nuevo hogar hasta aquella vivienda en donde aún la tenía conmigo. Y en el camino miré sobre aceras y cordones, entre alcantarillas y desagües, entre recuerdos y dolores.
Finalmente me topé con la verja de aquella mi casa, nuestra casa. O la que era, la que fue. Ya no tenía la llaves y los barrotes me impedían el paso. Me aferré a ellos, un preso en el exterior, prisionero del mundo, desnudo de alma, vacío de alegría.
Grité tu nombre, fuerte, muy fuerte hasta que salieron los vecinos que de siempre conocía. Algunos se acercaron para darme otro abrazo. Otro más, porque comprendían. Es duro José, me decían. Es duro, pero algún día deberás.
Me llevaron a mi nuevo hogar, lejos, bien lejos. Donde tu nombre María no se hicieran eco de mi tristeza y tu pérdida no fuese más que un viejo sufrir. Al menos ya desistí de seguir buscando la alegría. Se perfectamente cuando y dónde la perdí.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Don Pérez en las Dos Rutas

Retomando mis visitas a los blogs amigos, me topé con Escenas cotidianas de las tardes en la canchita del maestro Neto. Al leer acerca de Jacinto enseguida me vino a la mente Don Pérez, el hombre que vivía en la esquina frente a la cancha de las Dos Rutas, y -antes de que otra vez se me espanten los recuerdos (y el entusiasmo) se me ocurrió escribir algunas líneas acerca de este personaje. ¡Chagracia, Neto!


En aquellos años Villa estaba sembrada de canchas y canchitas -bastante canchotas, la mayoría-, por lo menos una en cada barrio. Claro, algunos tenían dos o tres canchas, en general de distintas dimensiones para jugar según el número de jugadores de la ocasión. La cancha de las Dos Rutas era bastante particular. Más que cancha era una manzana entera sobre la que se podían disponer dos o tres canchas y jugar simultáneamente los grandes y los chicos. O hacer dos partidos y enfrentar los ganadores. De vez en cuando, en ocasión de un torneíto barrial, se cavaban pozos para poner unos arcos de caño -ocasionales lujos- o simples palos verticales, los que a veces ostentaban algunas cintas, cordones, incluso alambres como travesaño.

Don Pérez, o el Viejo Pérez, vivia en la esquina de la cortada que daba a la cancha. Esquina de alquiler con pieza, baño excusado y galponcito. Tenía un casalito de hijos con el pibe medio matungo pero que se defendía en el arco. No había tarde en que el viejo no saliera con su radio portátil por la que vociferaba Muñoz los domingos o se desgranaban tangazos lóbregos el resto de los días. Alto, trigueño, casi calvo, anteojos y las infaltables pantuflas de cuerina negra labraban las formas de este don fulgencio, como lo llamaban de entrecasa los mayores del barrio. Se acercaba a la cancha, buscando sombrita, esperando que alguna pelota descarriada se rindiera a sus plantas rogando una caricia, aquella de un jueguito que resultaba glorioso sólo en la ilusión del recuerdo inventado. Invariablemente el rito terminaba con la redonda en una cabriola ajena a los modestos movimientos del viejo que siempre alguno aplaudía con desgano.

A veces se arrimaba con el mate, porque Don Pérez tenía termo, qué joder. Y mate en mano, ayudaba en los sorteos o recomendaba cómo pintar las líneas de cal para que no salgan chuecas.
Sus comentarios se limitaban al fútbol, a qué otra cosa iba a ser. Jamás verdugueaba a un pibe patadura, en esos casos se limitaba a la piadosa sonrisa condescendiente y callar para sus adentros.

En la vereda de su ochava -esa que servía para el fusilamiento a los perdedores del hoyo pelota-, de sombra a la tarde, nos amontonábamos para escuchar alguno de los partidos que se relataban ese domingo. Uno solo, siempre clásicos. Hasta Manina, el borracho amigo de los pibes,  tenia un lugar en la esquina cuando sudado del modo en que llegaba siempre caía vertical como el sol del verano con el lomo contra la pared para no patetizar su sentada.

Se sentía cómodo entre los pibes y era a quien recurríamos cuando alguna duda terrible nos asaltaba, entonces le preguntábamos: ¿es un jilguero o un misto? Y el viejo, con eterna paciencia nos sacaba las dudas, jamás con ese aire de paternalista superioridad con que los adultos solemos tratar a los chicos, sino con esa fascinación de quien sabe que sabe para los demás.

Domador de tortugas, Don Pérez se arrimó cuando el remolino de pibes se maravillaba en las alcantarillas de Chapuy y Belgrano alrededor de un tortugón de agua de más de medio metro de diámetro que alguna lluvia brutal había traído. La colocó en el reciente pavimento de Belgrano, se paró encima del caparazón y con hábiles movimientos de sus empantuflados pies se hizo llevar hasta la puerta misma de su casa por el inocente quelonio que luego volvió a sus andurriales pensando quién sabe qué carajo de la gente que aplaudía.


El viejo se ganó mi eterno agradecimiento cuando, enterado de que me había hecho de San Lorenzo -fascinado por el imponente despliegue del Lobo Fischer- el fatídico veintidós de diciembre del setenta y uno cuando perdimos dos a uno la final del Nacional contra Central en cancha de Ñuls, me regaló una camiseta de piqué a rayas rojas y azules junto con el póster salido en la Goles del glorioso subcampeón. Nunca me importó que los envidiosos de siempre batieran que la camiseta era de Tigre, porque sus rayas eran un poco más finas; allí el viejo subió al pedestal de mi olimpo para dormirse en los eternos laureles que el olvido atroz se empeña en barrer.

Poco importa que el hijo, de bostero cabal, hoy sea socio de Ríver.
Tampoco importa que alguna vez haya estado prohibido jugar en las Dos Rutas cuando los milicos lo consideraron peligroso y Don Pérez se arrebataba con la vista horizontal en tardes solitarias. Pocos extrañan el denso humo de la aceitera que caía sobre la cancha y el barrio y las quemazones de pastos que hacíamos cuando crecían demasiado.
Ni siquiera importa que ya casi no queden canchas barriales, porque en las Dos Rutas se sigue jugando, de noche o de día, con lluvia o sol. No molesta el inmenso escenario precosquinero, el baño de mierda que tapa la visual ni la torre de iluminación que decora el predio. El viejo, desde la tribuna que no se ve sale a las tardecitas con su radio y se queda hasta la madrugada gozando con el espectáculo futbolero de la muchachada que grita goles y fules con esa furia genuina que sólo la pelota produce. Sentado allá con Manina, Pascuita y varios más, espera esa pelota que se va a las nubes de un rechazo violento para devolverla con algún jueguito torpe que ya nadie aplaude, pero tampoco le importa. Porque en las Dos Rutas se sigue jugando...

viernes, 29 de enero de 2010

Más que dibujos

Su mano diestra zigzagueaba con soltura sobre el papel, dejando en cada movimiento un nuevo trazo de color. La imagen cobraba sentido con fuerza y elegancia, sumando detalles y texturas en la misma medida que él sentía le estaba volcando alma a su creación.
Fue entonces que apareció Molinari, el rector. Hombre serio, de semblante aburrido. Se detuvo a su lado y lo observó dibujar unos pocos segundos. Quebró el silencio con una frase de compromiso.
- Te está quedando lindo el dibujo, Felipe.
La mano se detuvo, la obra quedó en pausa. El no podía creer lo que había escuchado. Lentamente, intentando ocultar el odio que sin dudas ya se había trasladado a su mirada, giró su cabeza hacia el lado de donde había provenido la voz.
Molinari sospechó que había dicho algo impropio al ver ese rostro, pero ignoraba qué. Sin embargo, él se lo hizo saber de inmediato.
- ¿Cómo "el dibujo"? ¿Para usted esto es solo un dibujo? ¿Acaso está ciego, no lo ve? Esto está lleno de vida, mire bien, no opine desde lejos, acérquese al papel, vea milímetro a milímetro, comprenda cada porción de lo que hay en la hoja y atrévase nuevamente a decirme que es un "dibujo".
La voz sonaba desafiante, agitada, visiblemente afectada por el comentario. Molinari no sabía que decirle al joven. Apenas si atinó a estirar el cuerpo y la cara hacia el papel, para observar de más cerca pero en su opinión, seguía siendo "un lindo" dibujo.
- La verdad pibe - le dijo para salvar la situación - tenés razón, mirá si seré idiota, es sensacional lo que estás haciendo, el papel parece... tener vida.
Y sonrió como un estúpido, para luego alejarse por donde había venido.
El se dio cuenta que no había sido sincero, pero si seguía disgustado, no podría seguir dándole alma a su obra, así que se sereno y volvió a lo suyo.
- Ven lo que les digo, si uno intenta acercar a la gente de la verdad, salen corriendo. Pero no, el loco es uno. Es hora que se vayan dando cuenta que tienen encerrado en un manicomio al cuerdo y los locos, andan sueltos. ¿O me equivoco?
- Para nada Felipe - contestó uno de los hombrecitos del dibujo - si nos damos cuenta desde acá de lo que pasa en tu mundo. Por suerte hay tipos como vos que se encargan de abrirnos estas ventanas para aprender un poco más y no cometer los mismos errores en nuestras vidas.

domingo, 24 de enero de 2010

El pedazo de pan

Por las tardes, después de la siesta, solía ir hasta lo de doña Pepa a buscar un pedazo de pan. Doña Pepa se lo apartaba al mediodía, sabiendo que él no faltaría al ritual de cada día.
Golpe de palmas, el silencio de la espera y luego, el sonido de la llave abriendo desde adentro y la puerta que finalmente se abría, dejando lugar a la frágil figura de aquella anciana, tan noble como gentil, que apoyándose con firmeza en el bastón atravesaba el pequeño jardín que tenía delante de su casa y acercándose con una expresión de dulzura en el rostro, le tendía el pan entre los barrotes de las rejas que separaban su hogar de la vereda.
El "muchas gracias", la inclinación de cabeza como asintiendo esas mismas palabras y el alejarse contento, con la comida en las manos. Luego la plaza, la sombra de las palmeras, y el picoteo de a poco de ese pan tan valioso, que hacía de almuerzo, merienda y cena.
Cuando esa tarde, tras golpear varias veces las manos delante de la casa doña Pepa, no escuchó el sonido angelical de las llaves, presintió algo feo. Golpeó una o dos veces más, hasta que un vecino cansado quizá del ruido que estaba haciendo, salió a la vereda y le informó que no insistiera, que doña Pepa había muerto la noche anterior y sus hijos habían llevado su cuerpo a cremar.
Tal fue la sorpresa, que no supo como tomarlo. Aquella anciana tan amable, ya no existía. Y más allá de su pan, que evitaba el dolor de estómago, el sentimiento de pérdida era inmenso, y ahora lo que le dolía era el corazón.
Triste y meditabundo, caminó por las sombras de la tarde hasta su plaza de todos los días. Buscó su banco, donde prácticamente vivía, salvo noches de invierno muy duras en las que buscaba algún refugio. Allí estaba, con sus pocas pertenencias, tan vacío como su alma.
Sin embargo, al sentarse, vio en una bolsita sobre sus cosas, un pan como los que le daba doña Pepa y al fin sintió que una sonrisa despertaba en su cara. Y mirando al cielo, se lo devoró con gusto.

domingo, 17 de enero de 2010

Hombre al agua

Lo golpeó la botavara. De alguna forma el cuadernal se había zafado y la oscilación del madero horizontal, chocándole la espalda, fue suficiente para que perdiera el equilibrio y cayera por la borda.
Sabía que estaba a dos kilómetros metros de la costa y que su embarcación iba a unos siete nudos de velocidad. Si hubiese caído por babor, hubiese tenido la suerte de tener a mano la red de pesca. Pero por estribor, solo tenía el extenso mar rodeándolo.
El peor de los problemas, era que no sabía nadar. Siempre mentía al respecto al renovar su licencia náutica. Ahora se arrepentía de haber hecho valer en todas esas oportunidades su influencia política.
Aunque maldecía sobre todo, el no tener puesto un chaleco salvavidas. ¿Cómo se iba a imaginar que la botavara iba a golpearlo?
Veía alejándose la vela de su embarcación, sostenida por un mástil cada vez más inalcanzable, incluso para la vista. El oleaje lo arrastraba con rumbo incierto y desesperación creciente.
Hacía lo imposible por mantenerse a flote, pero suponía que lo único que lograba era cansarse y empeorar las cosas. Cabeceaba en todas direcciones, escupiendo el agua salada que se filtraba por la boca.
A lo lejos, en el horizonte, creyó ver algo. Pero lo que era esperanza trocó en ironía. Su propia embarcación, con la vela en libertad de acción debido a la botavara suelta, viajaba ahora otra dirección, pero no justamente en la suya.
Pensó que todo se limitaría a resignarse y aguardar el final, simple, sencillamente. Las piernas se le estaban acalambrando y el cansancio haciendo estragos. Bastante había aguantado a flote.
Ahora vendría el descenso, la caída libre en cámara lenta, la mente puesta en su mujer que había quedado en la casa de la playa, mientras el cielo iba perdiéndose cada vez más cubierto por una capa de agua intensa, sabiendo que sus hijos se enterarían estando en etapa de exámenes en la facultad, en tanto los colores se iban apagando y los rayos de sol se veían cada segundo que pasaba más distantes... todo hubiera sido así, si no fuese por esos dientes enormes que vio a último momento llevándose una de sus piernas y mordiendo con ahínco su abdomen, no dejándole ni siquiera la oportunidad de morir en paz.

miércoles, 13 de enero de 2010

De cómo te trata la vida


Julián salió de su departamento temprano. Fue hasta la plaza. Se detuvo a charlar con otros jubilados. El sol de la mañana lo reconfortaba, se sentía vital y con muchas ganas de vivir.

Elena amaneció pensando en qué motivos podía tener ella para sentirse feliz o siquiera para levantarse de su cama. No abrió la ventana, demasiado sol; además, pensaba, para qué asomarse si la gente hace su vida, si hasta se saludan gentiles y sonrientes.

Julián se encontró con Manuel. Intercambiaron novedades de achaques entre apuestas de quién sería el primero de partir al más allá y tirarle del dedo gordo del pie al otro durante un sueño.

Elena tuvo que salir al fin a hacer las compras, al cruzarse con Marcela compitieron un rato acerca de quién estaba más enferma y dolorida. Fue empate en muchos goles.

Al ver a Julián, Aníbal cruzó la calle apresurado y se puso a caminar a su lado, mientras desgranaba las malas nuevas del gobierno que es un desastre, de los precios que no dejan mantener la camioneta importada y de todo aquello que hacía su vida imposible. Julián lo palmeó e intentó decirle algunas palabras de aliento antes de separarse en una esquina.

En el súper, Elena vio a Juana e intentó comunicarle un poco de su desazón y resentimiento que, al fin de cuentas, eran compartidos por muchos. Pero Juana empezó a reírse y ella insultándola por lo bajo y se apartó buscando otra víctima.

Al fin, Julián llegó a casa y se puso a pasar el trapo en el comedor, que buena falta le hacía.

Cuando llegó Elena, desde la misma puerta entró protestando una vez más, otra vez más… El cariñoso gesto de amor de su esposo fue lo que colmó el vaso. Se dijo para sus adentros que todo había sido una incongruencia, que no era justo, que por qué a ella le tocaba sufrir así. Pero que se terminaba. Eran viejos, nadie sospecharía del veneno de ratas. Una descompostura, una descompensación y listo.

En el velatorio de su esposo hubo los suficientes oídos dispuestos a escuchar a Elena renegar de cómo la vida la trató siempre tan mal, que le quitó la última sonrisa al llevarse al santo de Julián, que había sido lo único por lo que se conservaba aún viva.

sábado, 9 de enero de 2010

Dormido escribe mejor

El gran problema de Rogelio es que solo podía escribir si estaba dormido. Era un excelente periodista, lograba muy buenas entrevistas, estaba bien informado, era objetivo y se había ganado la confianza de muchas fuentes informativas.
Cuando llegaba a la redacción, cinco de la tarde, necesitaba meterse en su oficina, cerrar las persianas de su ventana y acomodarse en su sillón para luego caer rendido de cansancio con la cabeza sobre el escritorio.
Por alguna extraña razón, cuando despertaba, casi siempre sobresaltado por alguien que ingresaba a su lugar de trabajo, disimulaba las ojeras y hacia como seguía tecleando en su computadora.
Claro que el asombro corría por parte del propio Rogelio, que al mirar bien la pantalla veía casi sin poder creerlo que ya tenía la mitad de la nota hecha. Y ni siquiera recordaba cuando lo había escrito.
Tantas veces le sucedió esto, que llegó a la inevitable conclusión: tenía el don de escribir dormido.
Con este secreto a cuestas, organizó mejor sus actividades. Ahora tenía tiempo no solo para hacer su trabajo, sino para divertirse, juntarse con los amigos que hacía tiempo no veía. En síntesis, recuperar la vida social que el oficio le había hecho a un lado.
Y cuando le preguntaban "Rogelio ¿no tenés que ir a escribir?" el les respondía "no se preocupen, puedo escribir hasta con los ojos cerrados".
Lo que nunca iba a sospechar Rogelio era que un buen día sufriría de insomnio. Durante casi una semana, no pudo conciliar el sueño. Y no solo era malo para la salud, también lo era laboralmente, porque por más que entrevistara, buscase información, cotejara datos, tuviera en sus manos primicias absolutas, no podía hacer nada con ellas, porque no podía escribir.
La primera noche luego del insomnio en la que pudo dormir, tuvo pesadillas. Y al despertar, descubrió que había escrito cosas sin sentido. Nada relacionado con lo que debía preparar.
De todas formas, ya era algo. Se sintió más aliviado. De ver la página en blanco los últimos siete días, a cinco o seis líneas con textos que a simple vista le eran indescifrables.
Las noches siguientes fue alternando pesadillas con sueños buenos, sin embargo al despertar, seguían los textos que él llamaba "raros". También cuando se dormía en su oficina escribía de la misma manera.
Una tarde, buscando ideas en otras secciones del diario, puso la mirada en los obituarios. Sintió que se le erizaba hasta el último vello del cuerpo. Conocía los textos que estaban impresos. Salvo los nombres de los difuntos, el resto, eran los escritos que encontraba en su computadora o anotador al despertar.
Corrió a ver a su jefe de redacción, le comentó lo que le estaba sucediendo. Era fascinante. Anticipaba los obituarios, con muchos días de antelación. A excepción del nombre de la persona fallecida, el resto era un calco, letra por letra, de lo que sus pesadillas le dictaban. Estaba entusiasmado, se había convertido en un fenómeno.
Su jefe de redacción lo miró, con la misma tranquilidad que pudiera observar un orangután detrás de una jaula en el zoológico y le extendió una pila de carpetas para que las agarrara.
- Rogelio - comenzó a decirle, en tanto Rogelio soñaba con ser él la noticia, el centro de atención, el... - Rogelio, por favor, préstame atención. Desde hace varias semanas que no escribís una nota y ahora me decís que los obituarios que están saliendo, vos ya los escribiste antes. Bueno Rogelio, hemos encontrado la solución a tu problema.
Hoy en día Rogelio es jefe de obituarios. Su nuevo gran problema es que considera a la misma, como un área muerta. De todas formas, el trabajo lo lleva siempre por adelantado.

domingo, 3 de enero de 2010

La salvación

Un hombre cubierto con un rompevientos naranja los iba apurando para que subieran al bote salvavidas. A sus espaldas, la embarcación más grande se estaba hundiendo. Ninguno quería volver la mirada, tampoco necesitaban hacerlo, porque los sonidos de fondo y la turbulencia del agua prácticamente pintaban en sus mentes la escena trágica.
El viento salpicaba los rostros de agua salada. En otra ocasión, los habría molestado. En ese instante era una nimiedad. El bote ya estaba lleno. Era para doce, pero dentro habían subido a quince. El hombre del rompevientos naranja detuvo a una niña de diez años que iba a subir.
La mandó al bote de al lado. La nena gritó que "no", con toda la fuerza que el miedo puede permitirle a uno en un momento así, gritar que "no". Es que su hermanita de cinco y su hermano de siete habían subido a "ese" bote, gritaba señalando acusadoramente con la mano.
Pero al hombre de naranja poco le importó y tomándola del codo la empujó hacia otra persona con un rompevientos del mismo color, ubicada a unos metros. En tanto, en el bote, la nenita de cinco y el nenito de siete, lloraban sin consuelo, abrazados entre si, temerosos de lo que les podría pasar, pero principalmente aliviados.
Aún tenían chance de escapar de esa loca niña, llevada ahora en otro bote, pero que estando en el crucero, haciéndose pasar por hermana de ellos, los había maltratado mientras los mantenía encerrado en el baño, junto al cuerpo de su madre, a quién había matado por no permitir que se integrara a ese seno familiar que tanto la atraía.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Ironías

La pequeña Rosa vaga sin encanto, soñando con ser una colorida mariposa.
Esconde bajo los párpados sucios, el llanto de la mañana, aquel que tímido asoma cuando el estómago gruñe, pidiendo la comida diariamente ausente.
Recorre las calles, suplicando por una limosna; su carita de ocho años se confunde con la indiferencia de los que deambulan apresurados sin tiempo a nada.
Alguien le tira una moneda, que cae al suelo y se va rodando, con un andar esquivo y tambaleante.
La pequeña Rosa la persigue sin ver y el coche que viene de frente es su cruel adiós.
Muere sin alas y descolorida, sin que a nadie le importe, por culpa de la moneda que anhelaba para no morir.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Triste contemplación de los días

El cristal cayó, casi rodando, sobre su hombro. Fue el golpe y un breve sonido lo que hizo que se diera cuenta. Buscó con la mirada sobre el suelo de baldosas y además de hojas, algún que otro papel, no veía nada, salvo, claro, baldosas.
Pero algo había golpeado su hombro. Se agachó y con cuidado, barrió las hojas con sus manos, y a los pocos segundos, lo había encontrado.
Era un cristal azul, de infinitas caras, tallado con una paciencia infinita, casi se diría, sobrehumana. ¿Existe una máquina que pueda hacer algo así? se preguntó en silencio, aún en cuclillas, con el cristal entre sus dedos alzándolo hacia la luz, mientras le gente iba y venía por la vereda, ajena a su contemplación.
Le había dado en el hombro, entonces tuvo que haber caído desde arriba. Meditaba sin apartar los ojos del pequeño cuerpo sólido que atrapaban con delicadeza y respeto sus dedos.
Logró sacar los ojos del cristal, aunque ahora lo apretaba fuerte con la mano, para sentir su presencia. Observó los balcones de las casas ubicadas en la vereda. Buscó ventanas abiertas, desde las cuales el destino pudiese haber empujado el objeto al vacío.
Todas cerradas. Los balcones ausentes. Las fachadas silentes. Ni la brisa le arrebataba a la imagen un signo de vitalidad. En cambio, alrededor suyo, las personas transitaban a velocidades siderales, casi llevándose por delante unos a otros.
Dio unos pasos hacia atrás, para alcanzar el cordón de la vereda. El ángulo le permitía ver ahora los hechos, pero salvo el volar de unos pájaros, hasta las azoteas parecían estar en otra cosa.
Delante de él, una hoja seca que dormitaba con muchas otras, levantó vuelo, impulsada por una corriente de aire burlona, desafiándolo a que la siguiera con la mirada.
La hoja se elevaba en tanto giraba sobre si mismo, como una bailarina girando su cuerpo. Hizo dos círculos completos y luego se confundió con las hojas vivas del árbol que en algún momento previo, la había dejado marchar.
Intentó seguirla atentamente, pero en medio del follaje la persecución visual se hizo imposible. Casi sin pensarlo, abrió la palma donde guardaba con cuidado el cristal y con la otra lo tomó y colocó delante de los ojos.
Su cara se iluminó al instante. El cristal permitía ver a través de él y las infinitas caras eran más que infinitas caras. De repente, el mundo delante de sus retinas se volvió azul y cada detalle, aspecto y sentimiento danzando en la dirección que enfocara quedaba en relieve, apreciándose milímetro a milímetro, como si estuviese observando por una lupa, pero todo el contexto a la vez.
Y a través del cristal, vio la hoja voladora nuevamente en el árbol, pero no atrapada por alguna rama u otras hojas, sino conectada otra vez con su vaina a la corteza y se la veía... feliz.
Se quitó el cristal y el mundo volvió a ser el de siempre, con el ser humano indiferente, las hojas perdiendo el color en el suelo, los árboles soportando estoicamente el silencio del olvido, las viviendas pálidas y anodinas calladas como siempre, el gris del cielo abarcándolo todo... suspiró triste, porque también allí estaba su hoja, otras vez sobre las baldosas. Nunca había vuelto al árbol, tan solo se había animado a volar alto, hasta que el viento dijo basta y su viaje terminó, regresando a dónde ahora pertenecía.
Volvió a usar el cristal y ahora observó a la gente. Todos sonreían, lo saludaban efusivamente al pasar y algunos hasta se detenían para darse un apretón de manos, un beso en la mejilla, un abrazo de renovada esperanza. Si hasta casi se le cae una lágrima al ver tanta humanidad en esa simple vereda. Pero al retirar el cristal azul, la realidad oscureció el momento. La realidad no tenía esperanza y entonces la lágrima al final cedió, pero cargada de pena.
Miró el cristal en su mano y volvió a buscar en lo alto, sin dejarse distraer por hojas llevadas por el tiempo ni las tristezas que flotaban alrededor y al fin lo encontró. Allí a lo lejos, alto, muy alto, donde los nubarrones que se habían retirado dejaron un hueco celeste, notó que el cielo tenía una mancha, tan ínfima que podía pasar imperceptible para todo aquel que no estuviera buscando una explicación.
Y así supo que lo que tenía en sus manos no era un cristal común, sino un pedazo de cielo, quizá, se decía, una lágrima que derramara ante la triste contemplación de todos los días.
Al menos el cielo, pensaba él, tenía la posibilidad de darnos su espalda oscura por la noche y olvidarse hasta el otro día. Nuestras penas, sin embargo, nos acompañan hasta la cama y perduran en los sueños. Guardó el cristal azul en el bolsillo y siguió caminando, aunque sin mucha certeza hacia dónde.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Cantar decembrino

Duerme la cordura su sueño más profundo,
despiertan polvorientos arcanos mensajeros,
preñada de alegorías, tan vieja como el mundo,
historia de profetas, de errantes pregoneros.

Porque sueñan peregrinos, errabundos, los lares;
se acallan multitudes, se avienen a ser uno
y a la sombra de sus piras, juegan en los altares,
hasta esfumarse, rendidos, aquel instante oportuno.

Confluyen los tiempos, el talón cae, violento,
y se preguntan -sin escarnio alguno- los mitos,
si puede retrotraerse de alguna manera el tiempo,
si olimpos, si panteones pueden ya no ser contritos.

En cambio viene del este, el que se alza imponente,
es quien dibuja las sombras, brillos, contraluces.
Quien empuja los vientos, los tiempos, aquiescente,
de quien se dice que fuerza a reconducir los cauces.

Algo pasó en el cielo, allá, sólo un pálido destello,
los conjuros se cerraron, rasgan los templos sus velos.
En la frente una señal, la segunda. Sí, el resello,
y lo podrido, de blanco, no puede mirar los cielos.

Y la señal, la segunda, ya deviene en tal denuncia,
-no hay gambetas ni elusiones que excusen la osadía-
está la marca en su mano, que con gestos se pronuncia,
está la lengua afilada y feroz ya siega la hipocresía.

Augures que acuñan las suertes que están echadas,
señores que acarician lo vacuo de sus altares,
monedas que ya cortan los dedos de la redada,
ya otra sangre es la que falta para dibujar cantares.

Aquellos que ya vendrán, porque se acerca la hora,
del día jamás pensado en que se jueguen destinos
de las manos que se cruzan cuando suene la anacora,
y se acaben las opciones, empujados al camino.

Y los lares y los duendes, querubines y baales
sabrán que maduro ya está el tiempo de la cosecha,
y se dormirán tranquilos bajo ligeros cendales,
cuando hayamos aprendido con la historia toda hecha.

viernes, 18 de diciembre de 2009

La del Mono


Para todos era el Mono. Para mí un tipo fantástico que se rebelaba ante la gravedad, que podía trepar al pino más alto. Que podía caerse desde allá arriba del árbol bellaco, incluso de espaldas, darse un flor de golpe, revolcarse un poco y pararse tajeado por todos lados para sacudir el polvo entre sus propias carcajadas insolentes.
Treparse era lo suyo. No había pared, ni tapial, ni columna que se le opusiera. El Mono. Largos brazos y unos rasgos que colaboraban precisamente para la exactitud del mote.
Bastaba un leve descuido para que dejara la altura común y nos mirara desde arriba.
Jugar a las escondidas con él era simple y complejo a la vez. Se sabía que estaría allá arriba. Pero los arribas eran muchos en la cuadra y el Mono aportaba ese cachito de sinrazón, de locura infantil, al más sagrado de los juegos, que transformaba en doble delicia las largas tardecitas a la vera del Chapuy.
Algunos pibes en el barrio tenían rifle. Los mejores posicionados un Mahely Master de calibre cinco y medio. Le seguían los de cuatro y medio. Mi hermano y yo no teníamos rifle. En parte porque no entraba en el presupuesto familiar, en parte porque mis viejos lo consideraban peligroso. Lo nuestro era la gomera, lo cual era un alivio para mí porque permitía evitar el simple expediente de matar un pajarito para ascender en consideración del grupo de chicos y la eterna culpa de haberlo hecho. Así y todo, lograba el préstamo de algún rifle de cuatro y medio eventualmente, tal vez por mi cara de ñata contra el vidrio al ver tirar a los demás. El Mono tenía un rifle marca Churrinche rasquísimo, que para mí tenía el caño curvo. Uno tenía que hacer un pequeño cálculo mental para acertar al blanco. Si apuntabas a un gorrión, por ejemplo, posado en una antena de televisión en alguna terraza del barrio -con el límpido paño celeste de fondo- podías ver fugazmente la extrañamente curva trayectoria del balín hacia la luna, lo que indicaba además que salía a una velocidad casi inofensiva.
Cuando el Mono salía con el Churrinche era una fiesta. Le tiraba a todo lo que se movía acertando hasta los razonable diez metros que permitía el artefacto. Pero jamás le acertaba a un pajarito. Y yo lo admiraba por esa puntería que fallaba ante tibios plumones. Además, lo prestaba siempre.
Era capaz de subirse a un oscilante pino de cualquier altura para mandarle balín a los macilentos jirones de barriletes enredados en los cables. Era capaz de hacernos reír desde que aparecía por el barrio a visitar a los tíos de la esquina, hasta que regresaba a su casa a la nochecita. Si sumamos a esto que el Mono era bueno y veraz, no quedaba margen para negar que su presencia en el barrio era, como dije, una fiesta.
Pero algo ensombrecía el aprecio por el Mono. Le falta un tornillo, decían los viejos de la cuadra. No hace cosas normales. ¿No ves la cara de loquito? Cómo le va a ir bien en la escuela si anda todo el tiempo subido a algo o con el rifle...
El Mono repetía de grado y no por primera vez. Mientras su hermano mayor era ya un correcto empleado, el Mono iba terminando a desgano la primaria, donde no podía treparse y mirar desde arriba. Donde la premisa era enrasar a todos para que miren desde abajo.
En la adolescencia apenas si le permitían salir. Su sonrisa y sus carcajadas permanentes eran más un recuerdo que un reflejo de su rostro. Ya no se trepaba. Había aprendido a mirar desde abajo. Era menos que todos.
Yo creo que entonces ya sabía que no iba a conseguir nunca un buen empleo ni iba a poder estudiar como casi todos los demás. Creo también que en el fondo de sus negros ojos guardaba la visión de cóndor que se le había negado. De cóndor que fue educado para vivir como un pavo, según el cuento.
Formó familia, se hizo testigo de jehová, después pentecostal -o al revés- sintiéndose alguien en una comunidad que le asignaba una tarea clara. Hacía changas, vestía siempre humildemente, pero se negaba a colaborar con su hermano que era otro tipo de trepador, de esos que estos tiempos llaman emprendedores cultivadores del esfuerzo ajeno.
En una época pasaba por casa, y por muchas otras, ofreciendo un pan de chicharrón que casi no ameritaba ser llamado pan ni ser de chicharrón. Y yo, que siempre envidié sus vuelos, su amor a las alturas, su inofensivo rifle, su recuerdo de caídas con carcajadas, le compraba sin animarme a confesar jamás mi secreta admiración.
Cuando dos por tres lo veo, juro que no puedo dejar de pensar en esta clase de gente como el Mono, Jovino, el Turco o Guasca que, ajenos al ritmo soberbio de la vanagloria, del vacío discurso que muchas veces puebla nuestras aulas, ajenos a objetivos cumplidos, autoayuda, coaching, ajenos a títulos honoríficos o distinciones, incapaces de discurrir en público, despreocupados por la inseguridad, el tipo de cambio, la ecología, la literatura de vanguardia, cruzamos en nuestras veredas tenidos a menos por quienes no nos sentimos ajenos.
Quizás sea porque no nos animamos a la inocente trepada del Mono por miedo a caernos o por miedo a -de una buena vez por todas- ver las cosas de otra manera...

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Así es la vida

Hombre grande y simpaticón era el Braulio Martínez, dueño del almacén de la esquina de casa. Recuerdo la mañana que el viento juguetón de agosto lo sorprendió barriendo la vereda y a Marisa, la chica linda de la cuadra, con la pollera suelta. La tela subió como para no querer volver a bajar y don Braulio que no era lento en ningún sentido batió las palmas, en una proclama de asentimiento, sin ruborizarse ni siquiera una pizca cuando la pobre Marisa, haciendo gala de su falta de humor pegó media vuelta, le metió tremenda mano en el rostro y siguió su camino, eso si, ahora sosteniendo el ruedo, para que no se le volviera a levantar.
Podría contar tantas anécdotas del almacenero que no nos iríamos más. Y se que usted está apurado. Pero no puedo dejar de reírme cuando me acuerdo de la vez que la vecina, creo que era Clotilde o Ramona, el nombre en realidad no viene al caso, le pidió a Braulio que le baja el gato del árbol. Lo que no tenía escalera se trajo del negocio un par de latas galletitas, de esas que venían antes, y las apiló. Pero era grandote de cuerpo, tirando a robusto, y las cajas cedieron. Flor de tortazo se pegó, pero mire como era el hombre que se levantó a las carcajadas y no va que la vieja le recrimina que en lugar de buscarle la mascota se pone a jugar, para qué, el Braulio se encaramó a una rama y de un manotazo bajó al animal: ¡Acá tiene el gato de mierda vecina" le dijo y se lo tiró de tal forma que se le prendió de una teta ahhh perdone, perdone que llore de la risa, pero si usted lo hubiese visto... ¡la cara de la vieja! y la del Braulio ni le cuento, por favor, si nos meábamos todos cuando andábamos por ahí.
En fin, así es la vida. La de personajes que uno conoce. Así que usted me dice que sabe quién es. ¿Sigue en el barrio? Porque yo me mudé, los estudios, después mis viejos vendieron la casa, se buscaron algo más chiquito y yo me instalé acá con la casa de velatorios. No me quejo, me va muy bien. Y allá quedó el barrio, con esos recuerdos que se vienen como en una oleada con solo escuchar un nombre conocido. Qué lindo recuerdo me ha traído, sinceramente. Y discúlpeme que insista, pero ¿de dónde lo conoce al Braulio Martínez? Ah, claro, si, el hombre que atropelló a su... claro, si, si, por Dios, que desgracia, siempre fue un peligro al volante ese hombre, en fin, así es la vida. Mejor le muestro lo que tenemos en ataúdes ¿le parece bien?

domingo, 13 de diciembre de 2009

Tragantúa

El problema de Alfonso López fue algo que siempre nos asombró de pequeños.
Algunos lo atribuían a la falta de leche materna durante su periodo de lactancia. Otros a una especie de bulimia compulsiva de palabras.
Pobre Alfonso, sufría por ser tan hambriento de frases.
La última vez que lo crucé caminando por calle Jujuy me miró de reojo y se perdió entre los alrededores del Club Riberas del Paraná.

Alfonso no era un mal tipo. Yo lo sabía mejor que nadie.
Pero los pequeños círculos de personas que lo rodeaban lo señalaban con el dedo acusador de quienes creen tener la verdad y el entendimiento para juzgar a sus vecinos.
Se decía que Alfonso no tenía respeto por nadie ni por nada.
Nunca saludaba, nunca respondía, nunca sonreía...

Como decía anteriormente, creo que fui la única persona que comprendí el gran problema de Alfonso, y aunque hoy ya no sirva de mucho se los voy a contar.

Alfonso sufría de un apetito voraz por las palabras y su encadenamientos. Soñaba despierto con las vocales sabrosas y coloridas. Su mente divagaba entre acentos y signos de puntuación.
De pequeño devoraba (y no literalmente) los diccionarios Larousse Ilustrados que ocultaban sus padres en los últimos estantes de la biblioteca heredada de sus abuelos.

Pobre Alfonso López, su devoción por la lengua lo llevó a extremos fuera de lo común.

La gran cruz que cargó desde su primera adolescencia fue el asombroso hecho de comerse sus propias palabras. Cada vez que Alfonso vocalizaba una frase, ésta se elaboraba cuidadosamente entre sus cuerdas vocales para salir de sus labios. En ese instante el pobre de López daba un paso adelante y engullía ferozmente la secuela de vocales y consonantes que clamaban por su libertad.
Así Alfonso devoraba día tras días su propias frases. Cuando intentaba decir "Hola" su apetito insaciable se deleitaba por una sabrosa H una O, una larga L y una dulce A.
Alfonso nunca fue un hombre irrespetuoso.
De haber podido habría saludado a cada uno de sus vecinos, nos habría regalado alguno de los grandes poemas que compuso para luego atragantarse con ellos.
Alfonso nunca fue una mala persona.
Pero sus vecinos nunca comprendieron que el problema era su hambrienta necesidad de palabras.

jueves, 3 de diciembre de 2009

De ilusiones pequeñas

Hizo rebotar la pelota de goma por última vez en el tapial del vecino y se metió en su casa. Pensaba en esas trenzas que lo distraían de día y le quitaban el sueño de noche.
Se sentó delante de la televisión sin ver y buscó en una revista vieja la compañía que no precisaba. Cenó cuando lo llamaron a pesar de no tener apetito y se acostó cuando sabía que era en vano porque no tenía sueño.
Aguardó que el sol se filtrara por su ventana y el despertador desde la habitación de su madre rompiera en un grito. Se levantó presuroso y feliz. Se lavó la cara, desayunó, besó a su madre y corrió a la escuela.
Ese amor de tercer grado lo tenía a maltraer. Cortó un jazmín en el camino y la esperó en la puerta. La vio venir. Sabía que estaba ruborizado antes que ella llegara a su lado.
Las trenzas color del trigo se balancearon delante de sus ojos, tan suaves y angelicales como las veía cada vez que, paradójicamente, los cerraba. Adelantó su mano, la que sostenía el jazmín.
Ella siguió caminando, sin siquiera dirigirle la mirada. ¿Acaso había visto su gesto? ¿Acaso no sospechaba de su amor? Suspiró con el corazón roto. Detrás venía su maestra, así que le regaló la flor.
Esperó el timbre tan triste como cada día y se metió en el aula abatido y sin flor. ¡Era largo el trecho hasta el próximo amanecer!... cuando el sol le indicara que una nueva posibilidad de hablarle acababa de nacer.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Planta Baja

Todo comenzó con la caída de una gota de agua sobre mi frente.
¡Cómo saber que aquello sería el principio del desorden que controlaría mis próximos días!
¿Dónde estaba escrito que mi destino sería éste?.
En definitiva, nadie sabe quien escribe sus pasos o sus azares; nadie.
Y todo a raíz de aquella misteriosa gota que rebalso de alguna jarra para caer por su silencioso camino de manteles, servilletas, pisos y paredes hasta filtrarse entre el empapelado viejo de una cocina y deambular indecisa entre cables, tubos, caños, cemento, arena, ladrillos y grietas para dar con un agujero que la llevaría directo hasta mi frente.
Las realidades de los días varían entre las hojas de un libro o un periódico. Al menos eso creía yo hasta que la gota bendita se escurrió entre mis cejas para caer en la hoja del libro que estaba leyendo sobre la insignificante palabra “costa”.
¿Qué era una costa?
¿Qué era una realidad?
¿Qué significaban una cosa y la otra enfrentadas entre sí?
¿Dónde estaba la diferencia de mi realidad y la de los demás?.
El agua no era más que agua, pero aquella gota buscaba otro camino, otro sentido en mi absurda existencia. Lo supe desde ese instante en que la palabra “costa” se borroneaba ante mis pupilas y se iba escurriendo entre mis dedos.
La llegada de ese pequeño trozo de mar supuso el caos en mi hogar.
Tome una decisión rápida y corrí hasta la cocina donde podría recoger algunos víveres y herramientas que me serían útiles ante la triste y alocada aventura que se aproximaba. Una vez allí cargué mi mochila con toda la variedad de productos para luego dirigirme velozmente hasta mi habitación.
Hoy, desde la otra punta de lo que fue una vez mi casa, pienso en todo lo que se me escapa de las manos, en todo lo que una vez significó algo para mí. En aquellos libros amarillentos de Cortázar o Borges, en los discos de los Beatles, en el boleto capicúa que una vez conseguí a bordo de la línea 29, en la piedra de mica que me regalaron mis abuelos al volver aquel verano de Córdoba...
Pensar no es más que un acto reflejo ante la basta inmensidad que me rodea.
Lo comprendí desde el primer momento en que aquella descarada gota me surcó la frente.
Ante el arrebato acuoso de ese momento recolecté algunos artilugios más y emprendí la dura tarea de construir mi propia balsa, mi proyecto “Nautilus” (así lo llame en homenaje a Verne, otro escritor que murió sepultado en el extremo sur de mi habitación bajo niveles insospechados de agua).
Pasadas un par de horas de trabajo con el esqueleto de mi cama logré darle forma y acondicionar al Nautilus para luego equiparlo con mi mochila, mi cuaderno de viaje y algunos lápices que el tiempo quiso que sean mi voz, mi legado ante este olvidadizo y desorbitado mundo.
Así fue como me dispuse a enfrentar al temerario mar que se aproximaba, que golpeaba las puertas del salón y comenzaba a devastar los muebles heredados de la casa de San Martín de las Escobas, aquel polvoriento pueblo de Santa Fe donde mi bisabuela compraba cereales en la tienda de Ramos Generales de la estación del ferrocarril.
El mar es un solitario enemigo que inunda los caminos del ser humano ante su atónita mirada. Pude comprobarlo cada día mientras veía como aquella gota que había asomado por el techo del salón se transformaba en un caudal apresurado e invasor de agua.
Con la crecida de los niveles del mar vinieron los vientos y los días oscuros.
La conexión eléctrica de mi casa tuvo que ser cortada de inmediato. Por suerte contaba con unas velas y un encendedor en mi mochila para soportar las noches en las que navegaba entre las ruinas de mis muebles, antes un panorama incierto y solitario.
Aquella tímida luz es la que me permite escribir estas letras, estos gritos al vacío que doy por alguna extraña razón.
El más allá hoy me resulta tan lejano que ya no me asombra. No sé que será de los que alguna vez fueron mis vecinos. Temo que con el pasar de los meses vaya olvidando como sonreía Marta ante mis incesantes paseos por el frente de su panadería. Temo perder ese único contacto con lo que alguna vez llame mi vida.
Sin embargo hay momentos en los que no pierdo la esperanza de que alguien note como la humedad comienza a filtrarse por sus paredes y decida derribar la puerta de mi casa para poder navegar a todo impulso con mi balsa y ser libre al fin.
Luego recuerdo que vivo en una planta baja y me entristece saber que la humedad demora más tiempo en subir por las paredes que en filtrarse hacia un piso que este debajo como el mío.