domingo, 25 de abril de 2010

Intuición de viernes

El viernes a la tarde vino a matear mi amigo Iván, ese que -ustedes ya saben- está completamente chiflado. Conversamos como siempre con naturalidad de las cuestiones más asombrosas o intrincadas. Yo suelo ponerme en postura de racional a ultranza a veces, de romántico incurable otras y así en función de cómo se me presenten las ganas.
Iván nunca se coloca en una postura. No es tan artificial. Sus inquietudes son genuinas, más corazonadas que hipótesis fundadas. Y sin embargo, me resulta apasionante entrar en ese delirio que los amargos suavizan por dentro, como caricias al alma atormentada.
Iván, que empieza a divagar justo en el preciso instante en que sus ojillos vivaces se apartan de los míos, aparece con las más locas inquietudes. O con preguntas. Porque cree que tengo las respuestas o porque le interesa hablar con alguien que parece tener las respuestas.
- Tuve una intuición genial, no lo vas a creer.
Traté de disimular una sonrisilla condescendiente levantándome de la silla para cambiarle la yerba al mate.
- Buenísimo, me interesa. ¿y de qué se trata?
- Bah, es una especie de revelación en un sueño.
- Ah, la mano viene de experiencias místicas...
- No, boludo, ¿me dejás que te cuente?
Cómo no lo iba a dejar si vino para eso y conversamos para eso y discutimos para eso. No lo iba a sacar de tema para preguntarle por los celos de su novia ni los amabilísimas apreciaciones de su suegra sobre su persona. Soy masoquista pero no tanto. Asentí con un gesto.
- El mundo se creó el viernes al mediodía.
- A la mierda, ¿este viernes?
- Este viernes. Sí, señor...
- Ah, qué manera de perder tiempo antes... ¿No te conviene fumar otra cosa?
- No seas pavo. En serio...
Me encontré en un dilema. Lo tomo en serio o lo agarro para la joda. O busco un término medio, que tan mal no me sale.
- Ya sé, seguís leyendo a Galán de Barrio...
- ¿Galán de Barrio?
- Eh, sí, después te paso la dirección, contame...
- Bien, el mundo se creó este viernes al mediodía.
- ¿Se creó o lo crearon?
- Lo crearon, pero qué más da. No fue un dios a lo cristiano, musulmán, etc. Fue un demonio.
- Ah, vamos bien-, dije, tratando de punzarlo un poco- Así que demonios sí; dioses, no.
- No.-afirmó solvente- No un demonio tipo diablo. Un demiurgo. Un ser que juega con nuestra existencia...
- Buenísimo, esto se complica.
- Está claro, creó el mundo así como es, con huellas de como si hubiéramos vivio por milenios sobre la Tierra.
- Ah, ¿y mis recuerdos? ¿Y mi lucha por amar y ser amado? ¿Y mis viejos, que me vieron nacer?
- Tus viejos fueron creados así, como son, con esos recuerdos. Vos también. Yo. Hablamos de un demiurgo poderoso y juguetón que nos plantó recuerdos.
- Pero hay otra clase de testimonios del pasado. Videos, grabaciones...
- Sencilla objeción. ¡Las torres gemelas no existieron! ¡El gol de Maradona a los ingleses es un recuerdo plantado en nuestras cabezas y colocado en videos! Si este demiurgo es poderoso, nada le costaría generar estas memorias consistentes y sin incoherencias.
- Pero, ¿cómo puede tener tanto poder?
- ¿Acaso no le asignan omnipotencia al dios de los cristianos? ¿Cuál es la diferencia entre un dios que crea todo hace trece mil millones de años y uno que lo crea el último viernes al mediodía?
La conversación iba tomando un rumbo demasiado escabroso para mí. ¿Qué era esta nueva locura? De pronto, se me ocurrió una idea.
- Mirá, Iván, la ciencia ha determinado con exactitud los tiempos en que se produjeron cambios geológicos estructurales, las eras en que vivieron seres ya desaparecidos, como los dinosuaurios... ¿Qué me decís a eso?
- Nimiedades, para un ser todopoderoso son nimiedades. Todo significa todo. Nada más sencillo que crear un mundo con pliegues que rememoren cosas que no sucedieron.
- Pero...
- Nunca existió tu amor. Tu novia tiene plantados recuerdos similares a los tuyos. Fue creada como vos el mediodía del viernes. Lo que creías era tu amor es un designio de un demiurgo que juega con nosotros.
Al fin, ya estaba podrido de esa conversación. Los recursos de Iván parecían tan absurdos como inagotables. Lo contrario de mi paciencia. Empecé a juntar las cosas del mate como gesto inequívoco de que debía irse. Iván entendió.
- Bueno, creo que tengo que irme.
- Iván, ¿la seguimos la próxima?
- Mmmm, no creo que haya próxima, esta revelación me quitó las ganas de vivir.
- Estás recontra más loco de lo que me pareció en un principio.
- Tratá de encontrar un sentido a todo, vos que tenés todas las respuestas.
- Es que...
- Me puse como plazo el próximo viernes al mediodía... sin respuestas no quiero mi vida. No me gusta este mundo creado así.
Y se fue. Y el viernes se acerca.
No soporto la idea de que Iván viva sólo una semana.

lunes, 19 de abril de 2010

La lectura

Le gustaba sentarse en la mesa más grande de la sala de lectura de la biblioteca porque era la que más luz natural recibía desde el exterior, gracias a estar ubicada delante del ventanal que ocupaba la pared central.
Nunca había muchas personas en el horario de la siesta. Prefería la tranquilidad, la calma para asegurarse una lectura amena antes de regresar a su trabajo en un comercio de venta de artículos del hogar, dos calles más adelante.
Algunos volvían a sus hogares en el intermedio de cuatro horas que tenían entre la salida al mediodía y el regreso por la tarde, pero prefería pasar ese tiempo con los libros. Claro que tampoco nadie lo esperaba en su casa.
Estaba pasando la página cuarenta del clásico "Otra vuelta de tuerca" cuando una voz a su derecha le preguntó:
- ¿Le gusta Henry James?
Vio interrumpida en forma abrupta la lectura. Justamente por eso prefería la tranquilidad de esas horas, porque nadie molestaba. Sentía que si alguien lo distraía de una historia, volver a la misma se tornaba una misión difícil. Porque cuando leía, se instalaba entre los protagonistas. Y si bien era al menos la décima lectura que hacía del texto de James, sentía aún los mismos escalofríos que la primera vez.
Apartando casi con bronca los ojos de las hojas impresas, volteó su cabeza hacia la voz para contestar. Estuvo a punto de hacerlo, pero un detalle lo detuvo. Allí no había nadie.
Quiso volver a meterse en el libro. Pero ya no pudo. Empezó a temer que aquello que habitaba aquella vieja casona de antaño en el relato que tenía en sus manos pudiera jugarle una mala pasada.
Devolvió el libro y salió hacia el trabajo, sin dejar de observar en todo momento por encima de sus hombros, como temiendo en cualquier momento escuchar nuevamente la voz.

lunes, 12 de abril de 2010

Condenado

Solía pasar por delante de casa, con la mirada renegrida por los años y la soledad. Un rostro velado por el pasado, incógnita de tantos destinos y testigo de un tiempo que el mundo se encargó de grabar en su piel.
Solía caminar apurado, evitando así los comentarios por lo bajo. Pero sus piernas no eran las de antes y su paso se había hecho lento. Entonces sus oídos alcanzaban a escuchar esas palabras que casi en silencio iban de boca en boca acompañándolo en su andar, ese cuchicheo sutil pero oportuno, tan inocente para un niño, una daga ensangrentada para cualquier adulto.
Y en ese mar de culpas, daba las brazadas más largas que podía alcanzar. De esa forma su mente se perdía en meditaciones irrelevantes con el único fin de cerrar las puertas al pensamiento racional que aún bullía en alguna parte de su ser, a pesar de todo.
Ir hasta el mercado o realizar un trámite se convertían así en una odisea al averno, un viaje hasta lo más profundo del odio del ser humano. Sentía como los demás ojos penetraban hasta sus vísceras, como muchos deseaban extraerlas con sus propias manos y desmembrarlas ante la vista de todos, en el medio de la calle.
Un buen día dejó de pasar y con el tiempo alguien dijo haber visto la ambulancia delante de su casa. Las conjeturas se hicieron averiguaciones y a las pocas horas se supo la razón de su ausencia por la vecindad. Había muerto en el hospital.
Salió casi todo el barrio entonces hacia la casa donde se albergó esos últimos años aquel hombre extraño de mirada oscura, dueño de un pasado digno del demonio, poseído quizá por éste o bien, por la demencia de la época.
Arrojaron huevos contra el frente, escribieron grafitis sobre los ladrillos y rompieron ventanas y puertas como forma de descargo. Habían sacado la furia fuera. Aquella que por cuestiones de convivencia no habían podido hacer vale estando ese ser en vida.
¿Y de qué valía ahora? hay preguntas que no son fáciles de contestar. Me la hice regresando a casa, esa misma noche. Al aerosol que llevaba en la mano apenas si le quedaba pintura. No sabía si reprocharme lo que había hecho o bien, haberme demorado tanto.
De todas formas el pasado ya estaba escrito. Quizá esa furia sirviera para enderezar el presente. O bien era una forma de decirle a otro que esta vez no nos íbamos a quedar de brazos cruzados de volver a pasar. O era solo un grito de furia. No lo se. La imagen de esa mirada renegrida, solitaria y amargada se pasea por mi mente sin dejarme detenerme en ningún otro aspecto.

lunes, 5 de abril de 2010

Tango endemoniado

Para leerlo con acento "Cayengue"

Y así iba yo por la vida, el tipo que soñó la pared de su casa a reventar de libros, yirando por las calles del centro sin un mango en el bolsillo.
La ciudad te come hermano mío, te amansa y luego te mastica; te aborrece.
Yo me quedé sin la gracia del verso, perdí todo mientras el mundo giraba. Así pasaban los meses malditos que con el tiempo recordaré como “los lustros de cartón y pan”. Los días eran simples compañeros de mi sombra, separados ya de mi coraza soñaban con una mañana reconquistarme. ¡Quién me iba a decir a mí, que aquella tarde cruzando el campo de Santa Fe, esa mirada me fulminaría el almanaque; me destrozaría las vías del último tren a París!
Yo era un guapo, un varón del centro, un tipo duro si había que aparentar.
Mi único infierno se encendía cuando mis manos surcaban las frías teclas de marfil de mi bandoneón.
Yo venía de una estirpe de perdedores que disimulaban el amague, ¡no había manera de caer tan bajo!. Pero el fuego es así, hermano. Quema, abrasa; maldice....

Aquella noche me venció el faso y la falta de llanto. El odio me comió cuando el fuelle comenzó a respirar. La mirada me era esquiva, me guiñaba un ojo con el filo de su navaja.
Y así, susurrando suavemente a sus labios, le juré la vendetta.

¡Y pensar que yo era un simple niño perdido en el medio del campo!

El absurdo de lo cotidiano me arrancó de mi lugar, me hundió en las avenidas nocturnas, en la seda y el alcohol.
Esa noche las teclas ardieron y no fue sentido literario. El Mandinga mismo se hizo carne en el salón. Se retorció en su abrigo y siniestro, como él solo, me aceptó el despiste.
Las damas intentaron huir desesperadas de la vorágine infernal que se desató en el recinto, pero ya era tarde.
El fuego estaba a punto, y la milonga acababa de arrancar.

jueves, 1 de abril de 2010

Teología de barrio: Andá a lavarte las patas

para la Gabi, esa amiga que esta maravilla de internet me supo devolver


- ¿De dónde venís, Judas?
- Ehhh, cof, cof, anduve dando vueltas por ahí, Andrés...
- Ah, ¿y encontraste un toco de monedas?
- ¡¿Monedas?! ¿Cómo supiste..?
- Te hace ruido la bolsita, gil...
- ¡Grap! Sí, ejem, las encontré tiradas, son para los pobres, ¿viste?

Algunos de los discípulos estaban preparando la cena en el piso alto de la casa de Juan Marcos, donde a veces se reunían y no faltaba el tinto.
Jesús estaba serio y sombrío, no como la mayoría de las veces que desbordaba de alegría. Los discípulos intercambiaban miradas y susurros intuyendo que algo extraordinario iba a suceder. Juan, haciéndose el sota, se arrimó hasta ponerse al lado de Jesús. Al verlo, algunos de los otros querían estar lo más cerca posible y se empezaban a amontonar desplazando a los demás a los codazos.

- Correte, que el maestro quiere que esté a su lado.
- Correte vos, che, olete la baranda, lo vas a desmayar...
- Ups, me abandonó la crema de olivo...

Al ver que discutían sobre quién era más importante, Jesús les dijo: -Los reyes de las naciones las gobiernan como dueños, y los mismos que las oprimen se hacen llamar bienhechores. Pero no será así entre ustedes. Al contrario, el más importante entre ustedes debe portarse como si fuera el último, y el que manda, como si fuera el que sirve. Porque ¿quién es más importante: el que está a la mesa o el que está sirviendo? El que está sentado, por supuesto. Y sin embargo yo estoy entre ustedes como el que sirve.
Entonces se paró, se sacó el manto, agarró una palangana, una toalla y un cántaro con agua y comenzó a lavarle los pies a los discípulos.
Cuando le tocó el turno a Pedro...
- ¿Vos me vas a lavar las patas a mí? ¡Ni loco!
Desde el fondo, Andrés, el hermano, gritó: - ¡Juaa..! ¡Pedro tiene hongos!
Y Santiago de Zebedeo: -¡Fooo, con razón nos rajaron de la casa de Natanael! ¡Qué baranda!
- La sandalia parece un barco con esos juanetes..., completó Tadeo.
Jesús respondió: -Si no te lavo, no vas a tener parte conmigo.
Entonces Pedro dijo: - Entonces lavame las patas, las manos y la cabeza...
Andrés arremetió: - Ya se entusiamó el mugriento....

Cuando terminó de lavarles los pies, se puso de nuevo el manto, volvió a la mesa y les dijo: -¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho yo. En verdad les digo: El servidor no es más que su patrón y el enviado no es más que el que lo envía. Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica.

Historia por demás de conocida.
Sin embargo, uno no puede menos que hacerse preguntas cuando ve a tanto sacerdote con aire de superioridad, a tanto ministro que goza cuando la gente se arrodilla para besarle el anillo, a tanto pastor vanagloriándose en el escenario, a tanto boato de las grandes instituciones religiosas...
Hoy, cuando salen a la luz las más atroces actitudes de parte de personas consagradas a la fe, brilla más que nunca el laburo silencioso de gente que ha leído esto y lo ha hecho carne. Como aquel cura sanjuanino que se fue a sacar agua a Benín bendiciendo el desierto, como aquel otro monje que eligió la misión formoseña para llevarles un poco de dignidad a los aborígenes, como tantos que andan lavando patas mugrientas.
Y el contraste, más que nunca, con el rozagante ministro sediento de poder que exige el vehículo más ampuloso para mayor gloria de dios y condena al infierno eterno a quienes no asisten a sus ritos.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Los lugares donde morimos

La noche es piecita sola, al fondo del pasillo. El día calle transitada, de rostros desconocidos. Su existencia, efímera miseria de esquina olvidada. El grito a flor de piel, el anuncio repetitivo y las manos sosteniendo el producto de turno.
Sus ojos acostumbrados detectan de antemano a aquel que se detiene y pregunta el precio. Al mediodía sabe de unos pocos pesos que lo acompañan al bar para un vasito de tinto y un tostado de jamón y queso. Al atardecer cuenta las monedas y camina hasta la parada de su colectivo, trastos en brazos, piernas molidas y el sinsabor del día quedando atrás.
La noche de piecita, acostado sobre el viejo colchón, ni siquiera sábanas, apenas el calzón. Mirando el techo sin pensar en nada, ausente con olor al vino de la botella a medio vaciar que a un lado de la cama aguardaba su despertar.
Con el sol pegando fuerte a través de la ventana sin persianas, el sueño asume su final. Se obliga a ponerse de pie, a vestir las pilchas de siempre, buscar sus cosas y salir al pasillo para enfrentar la vida una vez más.
Camina pensando en que es viernes y el sábado pronto está al llegar. La cancha, el partido, el vino en la tribuna, los cantos y el abrazo si hay gol. El día por el que vale la pena seguir pronto será y sin pensar en más, detiene el colectivo que una vez más lo llevará a la esquina de su vida, al lugar donde cada día muere un poco más.

jueves, 18 de marzo de 2010

Las canicas de Landriel

Los chicos se amotinaron en un rincón del patio trasero. Las maestras estaban en la cocina, conversando y tomando el desayuno. Ninguna le prestó atención al vacío que se produjo en el patio interno. Solo quedaron algunas niñas jugando con el elástico, indiferentes de la revuelta que se estaba dando afuera.
Martín quería poner orden, empujando a un lado a Nicasio y sus amigos y por el otro al pobre Landriel, tan desvalido e inseguro como siempre. Martín era de séptimo grado y la altura lo había ayudado a lo largo de los años para hacerse respetar.
- ¡Vamos, no sean boludos, que se van a lastimar! - les gritó sabiendo que se les iba de las manos la riña.
Alrededor se habían apilados chicos y chicas de todos los grados. Martín no dejaba de mirar sobre su hombro, temiendo la llegada de algún mayor y que la pequeña trifulca pasara a alerta escolar con peligro de dirección para varios.
A sus oídos llegaban los pedidos de trompadas que se esparcían por el aire provenientes de voces anónimas excitadas salvajemente por la oportunidad de presenciar una golpiza.
Estaba convencido de que si no había pelea entre Nicasio y Landriel, la tendría el con alguno de los que los rodeaban, porque según su criterio, eran todos una manga de cobardes que incitaban a los demás a pegarse pero seguro si les tocara estar en esa situación ya se hubieran meado encima.
- ¡Callense ustedes, manga de bobos! - les dijo dándoles la cara con ímpetu y visiblemente enojado. No faltó alguno, que escondido detrás de otro, murmurara "callate vos pelotudo", "que te hacés el malo gil" entre otros insultos a los que no les dio importancia.
Nicasio en tanto daba un paso adelante para atacar otra vez a Landriel, pero ahora a este nadie lo sostenía por la espalda como sucedía un minuto atrás.
- Te voy a matar pendejo tramposo - amenazó Nicasio a su compañero de clase.
- Tranquilo Nicasio - intervino Martín - Acá no le pegás a nadie o te surto yo. ¿Entendido?
La mirada de Nicasio fue de desprecio, pero también cargaba miedo. Tenía dos años menos y cerca de treinta centímetros de desventaja. Bufó con bronca y entonces se quejó con Martín:
- ¿Entonces que hago eh, me quedo con los brazos cruzados? Así como lo ves este es un tramposo de mierda.
- Dale, contame que pasó y dejate de llorar, maricón.
- Es un tramposo. Estábamos jugando a las bolitas y no va que tiene un tiro de más de diez metros y me la pega de lleno... ¡vamos, hasta un pelotudo se da cuenta que hace trampa! Pero se la dejé pasar. ¡Después tira detrás mío, Miguelito y el Checho y le pega de un solo tiro a las bolitas de los tres! Pero haceme el favor Martín, ahora me vas a decir que sabe jugar el estúpido este.
El rostro de Landriel era de silencio, miraba el piso y movía los pies, como pateando un grillo que no estaba allí. No afirmaba ni desmentía las acusaciones.
- A ver, Landriel, decime ¿hiciste trampa? - Martín lo observaba con paciencia, no le caía mal el pibe, al contrario, le parecía demasiado bueno para la edad, pero no soportaba que no dijera una palabra en su propia defensa.
Landriel arrancó con timidez los ojos del suelo y miró a Martín. Paseó la mirada por los rostros enrojecidos de tanto gritar de los demás niños y apretó con fuerza dentro del bolsillo del delantal las canicas de su abuelo.
- No.
Las sílaba cayó como un trueno en la cabeza de Nicasio, que se arrojó sobre Landriel para pegarle. Martín lo detuvo a mitad de camino y lo empujó con fuerza, haciéndolo caer de espaldas al suelo.
Ninguno de los amigos hizo algo por defenderlo. Los chicos espectadores comenzaron a elevar las voces otra vez en señal de pelea. Martín se dio vuelta para decirles que se callaran, pero se volvió hacia Nicasio y le ordenó que se levantara.
- Basta, andate para tu salón Landriel, que termino de hablar con Nicasio.
Abriéndose paso casi con vergüenza entre la marea de niños, fue Landriel escapándose del lugar. Tenía ganas de llorar, pero no lo demostraba. A sus espaldas quedaron los dos que ahora confrontaban, Martín y Nicasio. No quería volver la mirada, solo deseaba alejarse del patio. No jugaría nunca más. Había querido integrarse con los demás con las canicas que su abuelo le había regalado para que jugara pero nada le había salido bien. Jamás pensó que podía jugar tan bien con esas bolitas. Es más, jamás pensó que podría llegar a jugar. Ni siquiera sabía lanzarlas. Pero no necesitaba apuntar con ellas, iban donde el deseaba. Estaba tan arrepentido...
Escuchaba aún el griterío proveniente del rincón del patio. Subió las escalinatas que lo llevaban al edificio y casi tropieza con una de las maestras, que salía presurosa por la puerta, seguramente alertada de lo que sucedía, y que a punto estuvo de arrojarlo al piso.
Entonces fue que vio como a lo lejos Nicasio blandía una pequeña navaja por el aire en dirección del rostro de Martín. Se le erizó la piel ante tan cruel desenlace. Sin titubear sacó su mano del bolsillo y como por arte de magia deseó golpear la navaja con la canica naranja que bailoteaba ahora entre sus dedos.
Como un rayo la pequeña esfera de vidrio velozmente se lanzó por encima de todos y sin que nadie pudiera verla, se estrelló contra la cuchilla de la navaja, quitándola de la mano de Nicasio y haciéndola girar por los aires, en un vuelo lento y hasta gracioso, ajeno al dramatismo reinante.
La maestra llegó a tiempo para tomar del brazo a Nicasio y apartarlo de un tirón. Martín volvió a abrir los ojos y a lo lejos contempló la figura desvalida e insegura del pobre Landriel. Sosteniendo el aliento, la marea de niños también dio la vuelta.
El pequeño Landriel estaba parado en la escalinata, con la misma expresión de siempre. Sonrió apenas antes de perderse por la puerta de la escuela.
Martín devolvió la sonrisa sin que nadie lo viera mientras la maestra arreaba a todos adentro y el se tomaba cinco segundos para recoger del piso la bolita naranja que tras contemplarla sin poder aún creerlo, guardó en su bolsillo.
A lo lejos vio la navaja, caída entre unos arbustos. La buscó y enterró debajo de los arbustos. Landriel le había salvado la vida o al menos un ojo. Era hora de preguntarse que podía hacer él ahora por Landriel. Quizá, incluso, por todos los Landrieles del mundo.
- ¡Todavía afuera vos Martín! Dale, entrá o te llevo a dirección.
La voz punzante de su maestra desde la puerta lo obligó a correr. El tintineo de la bolita en su bolsillo era una dulce melodía para sus oídos. Por eso no le importó que lo tomaran de un brazo y prácticamente lo arrastraran hasta el salón.

lunes, 15 de marzo de 2010

Crecer en la tormenta

Desde el cielo cae la estaca. La lluvia acompaña el dolor.
Los niños se refugian en el viejo estable contiguo a la escuela rural, en medio de la nada. Los relámpagos no dejan de castigar la noche.
Irina toma la voz de mando con sus apenas ocho añitos. Ordena a sus amigos y los lleva entre el heno y los obliga a protegerse.
Cuando todos están salvo, al menos en su virgen criterio, vuelve a la tormenta. La busca con la mirada sin dejar de correr. El viento la arrastra, pero no la derriba.
Intenta gritar su nombre pero el hilo de voz se pierde en el caos. No ve el barranco, no lo ve por culpa de la densa capa de agua.
Sabe que ha perdido pie, que cada metro que desciende es un escalón hacia la muerte. Sus manitos quieren aferrarse a algo y solo se laceran con violencia. Finalmente algo impacta contra sus piernas.
Aún está consciente. Se sostiene. La noche le impide saber a qué. Tampoco le importa. Vuelve a gritar, pero teme perder el equilibrio. La luz la paraliza. Luego el tronido, inmenso, casi ensordecedor.
Y de la nada, dos brazos la atraen hacia la roca. Comprende que allí hay una especie de cueva en medio de la barranca. Las manos cálidas que la sujetan la colocan en el suelo con ternura. De a poco los ojos se acostumbran a la oscuridad y el contorno del rostro es inconfundible: Analía.
- ¡Maestra, maestra! ¡La encontré!
La silueta se lleva un dedo a la boca y le acaricia con amor la cabeza. Irina despliega la sonrisa más hermosa y se entrega al sueño. La tensión le ha ganado, pero se siente a salvo.
Cuando la encuentran al día siguiente aún está dormida. Al abrir los ojos, pasea su mirada sonriente, buscándola para un abrazo.
- ¿Dónde está? ¿Dónde la han llevado?
- ¿A quién Irina, a quién hemos llevado dónde? - los grandes la miran como si hubiese despertado de una pesadilla.
Entonces Irina, que a sus ocho años ha sabido más de la vida y de la muerte que muchos otros, calla. Porque sabe que preguntar será entregarse a una respuesta que sabe de antemano.
Y sin vacilar, indaga:
- ¿Han encontrado el cuerpo de Analía? Logró sacarnos del aula antes que se derrumbara, pero no la vimos correr en dirección del establo.
Por los rostros comprendió que si.

jueves, 11 de marzo de 2010

Aventurillas 03: ¡Allá vienen!

para Yus
- Dale, vamos a patear.
- Perá que pregunto si mi mamá me deja. Me parece que tiene miedo que pase algo.
- ¿Qué va a pasar?
- Va a haber policías, seguro.
- No pasa nada, mi mamá va a mirar también.

El almuerzo había sido tenso, las gargantas anudadas, la incertidumbre. Los chicos rodeando la mesa intuyendo que algo extraño acaecía en los ojos de madres y abuelas, en sus largos silencios y respuestas esquivas. Demasiado seguido los mayores murmuraban por lo bajo. En los chinchones de sábado a la noche, mientras los grandes valores repetían una y otra vez sus cansinos y demacrados tangazos llorones, se cruzaban algunas palabras que los chicos memorizaban como mantras. Algo pasa y es algo grande.
Y jugar a la pelota, qué otra cosa para los chicos. La pelota, los soldaditos con su fuerte, la gomera, las escondidas, todo aquel mundito enorme que pugnaba por permanecer ajeno a las preocupaciones que se vivían.

- ¡Pateá, dale!
- Sí, pero acomodá el arco, que se va a la cuneta...
- Mirá cuánta gente viene, mirá.
- Ufa, que no se metan en la cancha.
- ¿Ya vendrán?
- Mmm, no creo, es temprano.

No eran pocos los que se acercaban, bicicletas, amas de casa secándose las manos en el delantal. Era raro ver las Dos Rutas con tanta gente acercándose. No era procesión de la inmaculada. Todos se acercaban lentamente, mientras los pibes peloteaban tratando de que no les invadieran la cancha.
Un auto con llamativas banderas pasó bocineando hacia el centro. En la esquina de la farmacia de González había policías. En la escuela comercial también.

- ¿Viste Ricardo del Campo? No lo aguanto.
- ¡Cómo lo jode al Zorro!
- ¡Gooolll de Scotta!
- ¡Alto! ¡Fue alto! ¡¿Qué va a ser gol?!
- ¡Si no saltaste!

Conocidos y extraños, de uno y otro lado de la gran alcantarilla donde cazar ranas era el delirio. Donde la pelota se revestía de agua podrida sin inquietud porque igual la iban a cabecear. Donde había que agarrarse de un miserable yuyito para traerla al borde y acercarla con la punta de la zapatilla, proeza para valientes.

- ¡Allá vienen!, gritó alguien.
- Dale pateá el último.
- Pará, vamos a ver.

Era el dieciséis de marzo del setenta y cuatro. Miles de obreros marchando desde la zona fabril con el sol bañando las frentes perladas. Cantando, conversando, expectantes... Momento culminante de la gran aventura villense.
Y aplausos y manos levantadas y algunos pañuelos al aire.
Pibes arrimados al zanjón tratando de identificar -con esa orgullosa ignorancia que da la inocencia cuando se viste de intuición- a sus padres entre el gentío.

Algo grande estaba pasando.
Pero no iba a quedar así...

lunes, 8 de marzo de 2010

Noches por San Telmo

saldando deudas atrasadas

Poniendo sin querer mi mano en tu cintura
y noches de buen vino por San Telmo.

Soltando la premura que no la indiferencia
y noches de delirio por San Telmo.

Arañando ya la luna, inciertas las callejas
y noches frente a frente por San Telmo.

Callando de una vez mi boca con un beso
y noches sin sonrojo por San Telmo.

Hallando el calor de tu mano indecorosa
y noches alocadas por San Telmo.

Y vos y ese deseo que rompe en agonía
y noches, desamparo, por San Telmo.

Al fin un sol curioso acribilla la ventana
de noches sin olvido por San Telmo.

sábado, 6 de marzo de 2010

La victoria imposible

La carta cayó sobre la mesa con una fuerza inusitada, quedando expuesta la imagen del siete de espadas que parecía mirar a todos con aire soberbio, propio de naipe ganador.
En la sonrisa de Julián parecía esconderse la respuesta. El mentón arriba, las manos cruzadas sobre el pecho y la espalda algo retirada contra el respaldo. Un semblante que preocupaba a Ricardo, que conformaba pareja con Elena. En cambio, Andrea, a cuya derecha reposaba la baraja con la que había repartido, disfrutaba la escena.
Ricardo, que había logrado hacerse de la primera con un tibio dos sabía que Julián había intuido la jugada y por eso ahora la tensión recaía sobre ellos. Miró a Elena que dos minutos antes le había guiñado un ojo subrepticiamente y de pronto comprendió que aunque pareciera imposible, no ganarían la partida.
Miró el papel arrugado que hacía la veces de anotador. Había repasado los puntos una veintena de veces en lo que iba de la mano. A uno de los treinta. Los otros, a dos. Un final para el infarto y todo se definía en las dos siguientes cartas.
La primera había sido de ellos, pero la segunda la habían perdido sin dar demasiada batalla. El ancho de basto parecía una garantía para cerrar la mesa. Al menos hasta antes de ver la cara de alegría de Julián y su silencio mentiroso, al momento de arrojar la carta.
Jugó callado dejando a merced de las mujeres el canto. Elena seguía excitada por la carta que tenía delante de sus ojos, oculta a los demás. No se había percatado del temor de Ricardo. A diferencia de su compañero, sintió un repentino placer al no escuchar cantar a Julián.
Estuvo a punto de gritar el Truco, pero su mirada se posó en la de su esposo, su pareja también en el juego desde que tenía memoria. Notó sus trémulos ojos, su inquietante palidez. Pensó por un momento que no había visto su seña, pero no podía ser, toda la mano había girado en torno de su naipe. No, Ricardo había notado algo más. Ahora no le cabía duda de ello y comenzó a sentir el miedo de su esposo.
Debía unir los cabos sueltos, pero el tiempo apremiaba, Julián la apuraba y eso la ponía nerviosa. Vio el siete de espadas sobre la mesa, la tranquilidad de Julián y a su derecha, casi de reojo, la seguridad de Andrea a quién parecía que la sonrisa se le quería escapar de su rostro.
Si cantaba, ponía en juego dos puntos que solo podía perder si Andrea tenía el ancho de espada... ¿podía ser posible? ¿tanta suerte en una misma mano y justo la decisiva? En cambio, si no cantaba, podía jugar callada, apoyar su carta alta y tirar por la borda la esperanza de la pareja rival, siempre y cuando no tuviesen ninguna sorpresa en la última carta. Pero si incluso, no tuviesen nada y cantaran igual, para al menos obtener un punto o arriesgarse por los dos... Elena ya no podía pensar, se había hecho un barullo de proporciones gigantescas.
Suplicó con la mirada una ayuda de parte de Ricardo. Pero su esposo se estaba poniendo de pie y tomando el saco.
- Ricardo... ¿dónde vas? Decime... ¿le canto el Truco o...
- ¡Quiero! - primereó Julián feliz de la vida, casi saltando de su silla - ¡Dale, tirá Elenita, tirá que te desplumamos!
Elena no entendía nada, pero claro, cómo va a ser tan pava de mencionar la palabra en voz alta... con bronca arrojó la carta sobre la mesa. El ancho de basto no asustó a los rivales. Andrea dio un gritito de algarabía y tapó el de basto con el de espadas, como Ricardo preveía y casi saltando por sobre la mesa, los ganadores se fundieron en un abrazo.
- Vamos Elena - dijo Ricardo resignado, mientras colocaba la silla contra la mesa y estiraba una mano hacia su mujer - Siempre hacés lo mismo, por más que te diga que jugués callada, vos siempre hacés lo mismo.

martes, 2 de marzo de 2010

Aventurillas 02: Semáforos

La palabra "semáforo" es de origen griego: σῆμα, señal, y foro, llevar, es decir, semáforo es lo que "lleva las señales", según la sabihonda Wikipedia.
Como parece obvio, los semáforos son imperativos categóricos artificiales y constituyen un ordenamiento externo para gente que se verifica incapaz de conducirse respetando su propia integridad y la de los demás. También imponen quizás el primero de los mandamientos del tránsito. No cruzarás semáforos en rojo parece ser la primera consigna enseñada al novel conductor y también la ansiada meta de demostrar la disconformidad con el orden de cosas estatuido cuando se lo cruza en forma prohibida.

En Villa Constitución, como en cualquier lugar más o menos urbanizado, hay semáforos.
Pero, querido lector, a no confundirse. Siniestros designios esperan a quien ose a acercarse a una intersección semaforizada en esta ciudad. Lo primero que percibirá es un tufillo a azufre o, sin más, a basura amontonada al lado de los caños amarillos que puede provenir tanto del horrendo averno como del vecino más negligente en el segundo -y más habitual- de los casos.

Todo conductor avezado e impaciente evitará las esquinas semaforizadas, para sufrir luego una decepción que lo hundirá en la más pasmosa depresión al verificar que el odioso tricolor no funciona. Pero la próxima vez que se acerque esperando la intermitente, el ladino artefacto mostrará un perenne rojo cuyo efecto inmediato será el de ocho uñas clavadas firmemente en la cuerina del volante.

Quien tenga la urbanidad de respetar las normas verá cómo los servidores del orden público sufren de un daltonismo tan pronunciado que no les permite distinguir la señal prohibitiva. Entonces, muy orondos, seguirán camino ante la indignada vista de los incomprensivos conductores o peatones. Aunque, pensándolo bien, todo se deba quizás a esos conocidos hechizos debidos a espíritus inquietos e inquietantes (tengan a bien aquí recordar el famoso Correcordones, que suele hacer de las suyas en estas calles) quienes, en la proximidad de un semáforo, producen una llamada de urgencia al patrullero, el que encenderá sus luces rotativas y tal vez haga sonar un segundo la sirena hasta cruzar el semaforo en rojo, para luego comprobar subrepticiamente que no había tal emergencia y seguir con indiferencia hasta el kiosquito abierto las veinticuatro horas para el oportuno garroneo de cocacola o cigarros.

Los semáforos ubicados en calle San Martín, camino a la zona industrial, han reducido los accidentes en la misma proporción que han reducido el tránsito. No son pocos quienes prefieren tomar un bote a remo en el Puerto de Cabotaje y hacerse unos kilómetros (y buenos tubos) por el Paraná para llegar a tiempo a una cita en Barrio Galotto, antes que aventurarse en coche por la amplia avenida .

Sólo aquilatados valientes se animarán a cruzar a pie en la intersección de Presbítero Daniel Segundo (Saavedra, para inadaptados como el que escribe) y Eva Perón (Corrientes, ídem). Allí, los semáforos ubicados mucho antes de la intersección -quizás con el fin de evitar las aceleradas en amarillo- se confabularán endiabladamente para que el peatón llegado al cordón de la vereda no tenga la menor idea de si debe o no cruzar. Entonces, se encomendará a todos los santos o suplicará inmunidad a los espiritus inmundos que habitan la bocacalle para llegar al otro lado indemnes o con el mínimo roce de un motorrepartidor apurado.

Los detalles de este acotadísimo resumen no pasan desapercibidos para las autoridades. La Secretaría de Turismo -se dice- ha tomado cartas en el asunto. En Villa toda atrocidad troca en excentricidad, amonestan los maledicentes. Tal como personajes serviles a la feroz dictadura se convierten en simpáticos ciudadanos al servicio de la población, así se comenta que se está pergeñando la creación de la CHOCAS (Comisión ad Honorem Orgánica de Caóticas Aventuras Semafóricas), en alguno de los derruidos locales de una galería céntrica, para fomentar el turismo de riesgo local. Un iniciativa más destinada a poner a la ciudad en lo más alto de los sitios de interés del país.

Los esperamos...

miércoles, 24 de febrero de 2010

Caos de Ideas

“Así es. El caos es la concentración y el sueño de todas las cosas que todavía no quieren manifestarse.
¿Y después?”
Schultze, el astrólogo
.


El territorio del cuento era caótico e impredecible y eso era algo que bien lo sabía Carlos Artigas.
Al enfrentarse nuevamente a la carilla en blanco de su cuaderno de notas, Artigas supo que la aventura estaba por comenzar.


Nunca una frase se gestaba sin una razón. En su mente no cabía una mínima pizca de azar.
Los personajes se iban presentando de a poco y tímidamente.
A veces lo hacían a primera hora del día y, en otras ocasiones, de madrugada.

Cuando Gardel le guiñó un ojo ya era tarde y llovía furiosamente sobre la ciudad. Artigas tomó su lápiz negro y recogió algunos apuntes. El primer personaje, el mismísimo Carlos Gardel, reclamaba sus dotes de escritor y Artigas no le podía fallar.
Pasadas las seis de la mañana un susurro fantasmagórico lo despertó de su duermevela. El segundo personaje de la historia reclamaba su atención.
Martín Fierro caminaba con pasos agitados entre los rincones del patio de tierra de su casa, mientras Artigas se apresuraba a colocarse sus lentes y apuntar las indicaciones que éste le hacía desde el fondo de la noche.
Gardel reclamaba la guitarra que dormía en el ropero y Fierro solicitaba una pequeña mano para arreglar algunas cuentas pendientes; ese sería el principio.

Artigas, casi exhausto, se dirigió a la cocina de su hogar y se sirvió una abundante taza de café negro y sin azúcar.
El momento había llegado.

Nuevamente Don Artigas se adentraría sigilosamente en aquel desolado paisaje del relato y la creación. Pero esta vez a diferencia de otros viajes, y sin saberlo, el caos sería el motor principal de aquella maquinaria de sensaciones y senderos que se proyectarían ante sus pupilas.
La primera frase lo introdujo de cuerpo entero en el blanco pantano de las hojas de su cuaderno y al cerrar sus ojos Artigas pudo intuir temerosamente el final de aquel paseo.
El enigmático terreno de aquella historia se presentaba extenso y cubierto de polvo. Sin detenerse demasiado en algunos detalles del entorno, el atrevido autor, avanzó en busca de sus personajes.
Al primero de ellos lo encontró afinando las cuerdas de su guitarra y cuando intentó indagarlo acerca de los pormenores que lo habían llevado a ese lugar, éste lo rechazó despectivamente.
Gardel ahora se perdía al costado del camino y Artigas avanzaba entre los renglones de su cuaderno que servían como autopistas que evitaban perderse entre aquellos indescifrables parajes.

Al divisar el final de uno de esos renglones, Artigas se detuvo a meditar sabiendo que no podría avanzar sin una frase que le asegurara un regreso a su idea principal.

Simplemente su psique no concebía la creación como un juego de las musas y el azar.
Artigas consideraba que los personajes lo visitaban siempre que la idea del relato ya estaba gestada en su inconsciente, por lo tanto, el debía develar la maraña de conceptos que se ocultaban en su mente y concebir el texto al fin.

Pero esta vez algo en el aire presagiaba que el resultado final sería otro.

Artigas llegó al punto final de aquel renglón y no logró divisar nada más allá del cielo de chapa oxidada que cubría todo el paisaje.
Volvió a mirar a sus espaldas en busca de aquellos personajes familiares que minutos antes se habían apartado de su camino pero el intento fue en vano.
La soledad del renglón y el papel en blanco lo envolverían por completo mientras en la cocina de su casa el agua del café herviría sin cesar, llamando inútilmente, a las manos que apagaran ese fuego y su calor.

El agua insistió en su ebullición, mientras Artigas daba el paso final en aquel párrafo cayendo en el infinito caótico de sus ideas para no poder regresar jamás.

El territorio del cuento es un lugar infinito e impredecible, y Don Artigas lo supo constatar.

domingo, 21 de febrero de 2010

El hombre de las cinco

Todas las tardes a las cinco, llegaba puntualmente. Pedía desde la mesa un tempranillo y llevaba su mirada al cuadro que colgaba en la pared opuesta. Se tomaba su copa y pedía otra más. Esa la dejaba sin tocar. Era para ella, su amor imposible, atrapada por siempre dentro de ese marco color café.

jueves, 18 de febrero de 2010

Una pizza para Enrique

¿Cuánto puede tardar una pizza? preguntó azorado y hambriento el pequeño Enrique a su padre, cansado ya de la espera y que en el televisor del bar solo hubiese fútbol.
Con rostro comprensivo y hasta melancólico, quizá recordando cuando él era niño y hacía similares interrogantes a su madre en la cola de la verdulería o en el supermercado, le dedicó una sonrisa.
Intentaba demotrarle calma. Sabía que debía tener bastante hambre, habían estado jugando dos horas en la plaza. Eso cansa a cualquier chico. Le divertía además verlo haciendo trompa con la boca, queriendo asemejar un gesto de enfado adulto que sin embargo le causaba gracia, aunque evitaba reírse porque eso lo molestaría aún más.
La botella de litro de gaseosa estaba por debajo de la mitad. Su vaso estaba lleno, pero el de Enrique no. Le sirvió por tercera vez y le pidió que bebiera despacio, que le haría mal. Solo tuvo por respuesta la imagen del vaso yendo a la boca y con la misma velocidad, pasar de oscuro a transparente.
Quiero comer, afirmó casi en una súplica su hijo. Ya lo sabía, era obvio. Pero debía esperar, como todo el mundo. Desconocía el tiempo que a los dos asaltantes que estaban en la barra le llevaría llevarse todo el dinero de la caja, aunque los empleados se movían presurosos y atemorizados por las escopetas de caño recortado, la situación no era para hacer las cosas a la ligera.
Solo rezaba para que su hijo no volteara la vista y los ladrones no atacaran a los clientes en busca de más dinero. Solo pedía eso, en silencio, mientras la sonrisa dibujada en su rostro seguía manteniendo la calma en la mesa.

domingo, 14 de febrero de 2010

El día de los enamorados

Le llevaba flores cada semana, pero esa fecha era especial y merecía un ramo más grande, más colorido. Quizá también, una caja de bombones. Bañados en chocolate o rellenos con licor. ¿Cómo era que le gustaban?
Pasó por la florería del centro y pidió rosas blancas, amarillas y rojas. Pero "un ramo grande" agregó. El empleado sonrió, cómplice, en un gesto similar al de guiñar un ojo. Claro, no era una fecha cualquiera. Estaban abarrotados de trabajo desde temprano. Todos los galanes buscaban un ramo más grande ese día.
Cuidó de protegerlo del viento mientras caminaba por la misma vereda hacia la bombonería de la esquina. Eligió los artesanales, con relleno de pasta de almendra. ¿Si quería escribirle una tarjeta? Agradeció el gesto, pero no, era un detalle que no hacía falta.
Antes de tomar el colectivo se miró en la vidriera de una zapatería, y atento al reflejo de su imagen, se acomodó el cabello y dobló correctamente el cuello de la camisa, que estaba al revés.
Esperó paciente algunos minutos, detuvo el colectivo y buscó el último asiento, donde pudiera estar tranquilo y contemplar con real admiración ese paisaje tan suyo, un camino que semana a semana recorría con melancolía y hasta si se quiere, un dejo de tristeza.
Sabía que al llegar todo cambiaría y la sonrisa aparecería en su cara, pero mientras tanto, cierta agonía se apoderaba de él, instándolo a abandonar todo, olvidar los viajes, sepultar las flores.
Los sentimientos se encontraban violentamente en cada viaje, mientras el exterior desaparecía por la ventanilla sin dejar rastro, tan solo una mancha que viajaba más veloz que el transporte y en dirección contraria.
La eternidad de los minutos parecían disputarse el último round con el reloj. Y cuando parecía que jamás arribaría, el chofer del colectivo detenía el mismo y con voz grave anunciaba la última parada: ¡Cementerio!.

sábado, 6 de febrero de 2010

Aquello que se pierde y queda atrás

En la mudanza perdí muchas cosas, entre ellas la alegría. La busqué en cada caja, bolso y estantería. Desordené el desorden hasta crear un caos imposible de enmendar. Lloré por los rincones de la nueva casa, implorando que aunque fuese por pena, apareciese ante mí.
Pero era evidente, la había perdido. Entonces, desandé las calles desde mi nuevo hogar hasta aquella vivienda en donde aún la tenía conmigo. Y en el camino miré sobre aceras y cordones, entre alcantarillas y desagües, entre recuerdos y dolores.
Finalmente me topé con la verja de aquella mi casa, nuestra casa. O la que era, la que fue. Ya no tenía la llaves y los barrotes me impedían el paso. Me aferré a ellos, un preso en el exterior, prisionero del mundo, desnudo de alma, vacío de alegría.
Grité tu nombre, fuerte, muy fuerte hasta que salieron los vecinos que de siempre conocía. Algunos se acercaron para darme otro abrazo. Otro más, porque comprendían. Es duro José, me decían. Es duro, pero algún día deberás.
Me llevaron a mi nuevo hogar, lejos, bien lejos. Donde tu nombre María no se hicieran eco de mi tristeza y tu pérdida no fuese más que un viejo sufrir. Al menos ya desistí de seguir buscando la alegría. Se perfectamente cuando y dónde la perdí.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Don Pérez en las Dos Rutas

Retomando mis visitas a los blogs amigos, me topé con Escenas cotidianas de las tardes en la canchita del maestro Neto. Al leer acerca de Jacinto enseguida me vino a la mente Don Pérez, el hombre que vivía en la esquina frente a la cancha de las Dos Rutas, y -antes de que otra vez se me espanten los recuerdos (y el entusiasmo) se me ocurrió escribir algunas líneas acerca de este personaje. ¡Chagracia, Neto!


En aquellos años Villa estaba sembrada de canchas y canchitas -bastante canchotas, la mayoría-, por lo menos una en cada barrio. Claro, algunos tenían dos o tres canchas, en general de distintas dimensiones para jugar según el número de jugadores de la ocasión. La cancha de las Dos Rutas era bastante particular. Más que cancha era una manzana entera sobre la que se podían disponer dos o tres canchas y jugar simultáneamente los grandes y los chicos. O hacer dos partidos y enfrentar los ganadores. De vez en cuando, en ocasión de un torneíto barrial, se cavaban pozos para poner unos arcos de caño -ocasionales lujos- o simples palos verticales, los que a veces ostentaban algunas cintas, cordones, incluso alambres como travesaño.

Don Pérez, o el Viejo Pérez, vivia en la esquina de la cortada que daba a la cancha. Esquina de alquiler con pieza, baño excusado y galponcito. Tenía un casalito de hijos con el pibe medio matungo pero que se defendía en el arco. No había tarde en que el viejo no saliera con su radio portátil por la que vociferaba Muñoz los domingos o se desgranaban tangazos lóbregos el resto de los días. Alto, trigueño, casi calvo, anteojos y las infaltables pantuflas de cuerina negra labraban las formas de este don fulgencio, como lo llamaban de entrecasa los mayores del barrio. Se acercaba a la cancha, buscando sombrita, esperando que alguna pelota descarriada se rindiera a sus plantas rogando una caricia, aquella de un jueguito que resultaba glorioso sólo en la ilusión del recuerdo inventado. Invariablemente el rito terminaba con la redonda en una cabriola ajena a los modestos movimientos del viejo que siempre alguno aplaudía con desgano.

A veces se arrimaba con el mate, porque Don Pérez tenía termo, qué joder. Y mate en mano, ayudaba en los sorteos o recomendaba cómo pintar las líneas de cal para que no salgan chuecas.
Sus comentarios se limitaban al fútbol, a qué otra cosa iba a ser. Jamás verdugueaba a un pibe patadura, en esos casos se limitaba a la piadosa sonrisa condescendiente y callar para sus adentros.

En la vereda de su ochava -esa que servía para el fusilamiento a los perdedores del hoyo pelota-, de sombra a la tarde, nos amontonábamos para escuchar alguno de los partidos que se relataban ese domingo. Uno solo, siempre clásicos. Hasta Manina, el borracho amigo de los pibes,  tenia un lugar en la esquina cuando sudado del modo en que llegaba siempre caía vertical como el sol del verano con el lomo contra la pared para no patetizar su sentada.

Se sentía cómodo entre los pibes y era a quien recurríamos cuando alguna duda terrible nos asaltaba, entonces le preguntábamos: ¿es un jilguero o un misto? Y el viejo, con eterna paciencia nos sacaba las dudas, jamás con ese aire de paternalista superioridad con que los adultos solemos tratar a los chicos, sino con esa fascinación de quien sabe que sabe para los demás.

Domador de tortugas, Don Pérez se arrimó cuando el remolino de pibes se maravillaba en las alcantarillas de Chapuy y Belgrano alrededor de un tortugón de agua de más de medio metro de diámetro que alguna lluvia brutal había traído. La colocó en el reciente pavimento de Belgrano, se paró encima del caparazón y con hábiles movimientos de sus empantuflados pies se hizo llevar hasta la puerta misma de su casa por el inocente quelonio que luego volvió a sus andurriales pensando quién sabe qué carajo de la gente que aplaudía.


El viejo se ganó mi eterno agradecimiento cuando, enterado de que me había hecho de San Lorenzo -fascinado por el imponente despliegue del Lobo Fischer- el fatídico veintidós de diciembre del setenta y uno cuando perdimos dos a uno la final del Nacional contra Central en cancha de Ñuls, me regaló una camiseta de piqué a rayas rojas y azules junto con el póster salido en la Goles del glorioso subcampeón. Nunca me importó que los envidiosos de siempre batieran que la camiseta era de Tigre, porque sus rayas eran un poco más finas; allí el viejo subió al pedestal de mi olimpo para dormirse en los eternos laureles que el olvido atroz se empeña en barrer.

Poco importa que el hijo, de bostero cabal, hoy sea socio de Ríver.
Tampoco importa que alguna vez haya estado prohibido jugar en las Dos Rutas cuando los milicos lo consideraron peligroso y Don Pérez se arrebataba con la vista horizontal en tardes solitarias. Pocos extrañan el denso humo de la aceitera que caía sobre la cancha y el barrio y las quemazones de pastos que hacíamos cuando crecían demasiado.
Ni siquiera importa que ya casi no queden canchas barriales, porque en las Dos Rutas se sigue jugando, de noche o de día, con lluvia o sol. No molesta el inmenso escenario precosquinero, el baño de mierda que tapa la visual ni la torre de iluminación que decora el predio. El viejo, desde la tribuna que no se ve sale a las tardecitas con su radio y se queda hasta la madrugada gozando con el espectáculo futbolero de la muchachada que grita goles y fules con esa furia genuina que sólo la pelota produce. Sentado allá con Manina, Pascuita y varios más, espera esa pelota que se va a las nubes de un rechazo violento para devolverla con algún jueguito torpe que ya nadie aplaude, pero tampoco le importa. Porque en las Dos Rutas se sigue jugando...

viernes, 29 de enero de 2010

Más que dibujos

Su mano diestra zigzagueaba con soltura sobre el papel, dejando en cada movimiento un nuevo trazo de color. La imagen cobraba sentido con fuerza y elegancia, sumando detalles y texturas en la misma medida que él sentía le estaba volcando alma a su creación.
Fue entonces que apareció Molinari, el rector. Hombre serio, de semblante aburrido. Se detuvo a su lado y lo observó dibujar unos pocos segundos. Quebró el silencio con una frase de compromiso.
- Te está quedando lindo el dibujo, Felipe.
La mano se detuvo, la obra quedó en pausa. El no podía creer lo que había escuchado. Lentamente, intentando ocultar el odio que sin dudas ya se había trasladado a su mirada, giró su cabeza hacia el lado de donde había provenido la voz.
Molinari sospechó que había dicho algo impropio al ver ese rostro, pero ignoraba qué. Sin embargo, él se lo hizo saber de inmediato.
- ¿Cómo "el dibujo"? ¿Para usted esto es solo un dibujo? ¿Acaso está ciego, no lo ve? Esto está lleno de vida, mire bien, no opine desde lejos, acérquese al papel, vea milímetro a milímetro, comprenda cada porción de lo que hay en la hoja y atrévase nuevamente a decirme que es un "dibujo".
La voz sonaba desafiante, agitada, visiblemente afectada por el comentario. Molinari no sabía que decirle al joven. Apenas si atinó a estirar el cuerpo y la cara hacia el papel, para observar de más cerca pero en su opinión, seguía siendo "un lindo" dibujo.
- La verdad pibe - le dijo para salvar la situación - tenés razón, mirá si seré idiota, es sensacional lo que estás haciendo, el papel parece... tener vida.
Y sonrió como un estúpido, para luego alejarse por donde había venido.
El se dio cuenta que no había sido sincero, pero si seguía disgustado, no podría seguir dándole alma a su obra, así que se sereno y volvió a lo suyo.
- Ven lo que les digo, si uno intenta acercar a la gente de la verdad, salen corriendo. Pero no, el loco es uno. Es hora que se vayan dando cuenta que tienen encerrado en un manicomio al cuerdo y los locos, andan sueltos. ¿O me equivoco?
- Para nada Felipe - contestó uno de los hombrecitos del dibujo - si nos damos cuenta desde acá de lo que pasa en tu mundo. Por suerte hay tipos como vos que se encargan de abrirnos estas ventanas para aprender un poco más y no cometer los mismos errores en nuestras vidas.

domingo, 24 de enero de 2010

El pedazo de pan

Por las tardes, después de la siesta, solía ir hasta lo de doña Pepa a buscar un pedazo de pan. Doña Pepa se lo apartaba al mediodía, sabiendo que él no faltaría al ritual de cada día.
Golpe de palmas, el silencio de la espera y luego, el sonido de la llave abriendo desde adentro y la puerta que finalmente se abría, dejando lugar a la frágil figura de aquella anciana, tan noble como gentil, que apoyándose con firmeza en el bastón atravesaba el pequeño jardín que tenía delante de su casa y acercándose con una expresión de dulzura en el rostro, le tendía el pan entre los barrotes de las rejas que separaban su hogar de la vereda.
El "muchas gracias", la inclinación de cabeza como asintiendo esas mismas palabras y el alejarse contento, con la comida en las manos. Luego la plaza, la sombra de las palmeras, y el picoteo de a poco de ese pan tan valioso, que hacía de almuerzo, merienda y cena.
Cuando esa tarde, tras golpear varias veces las manos delante de la casa doña Pepa, no escuchó el sonido angelical de las llaves, presintió algo feo. Golpeó una o dos veces más, hasta que un vecino cansado quizá del ruido que estaba haciendo, salió a la vereda y le informó que no insistiera, que doña Pepa había muerto la noche anterior y sus hijos habían llevado su cuerpo a cremar.
Tal fue la sorpresa, que no supo como tomarlo. Aquella anciana tan amable, ya no existía. Y más allá de su pan, que evitaba el dolor de estómago, el sentimiento de pérdida era inmenso, y ahora lo que le dolía era el corazón.
Triste y meditabundo, caminó por las sombras de la tarde hasta su plaza de todos los días. Buscó su banco, donde prácticamente vivía, salvo noches de invierno muy duras en las que buscaba algún refugio. Allí estaba, con sus pocas pertenencias, tan vacío como su alma.
Sin embargo, al sentarse, vio en una bolsita sobre sus cosas, un pan como los que le daba doña Pepa y al fin sintió que una sonrisa despertaba en su cara. Y mirando al cielo, se lo devoró con gusto.