lunes, 5 de mayo de 2008

Siete y veintidós

Siete y once de la mañana, Angelina sale del garage de su casa manejando el Renault de su esposo. Todavía quedan vestigios de la noche, aunque no falta demasiado para que el sol se ponga en todo su explendor. Angelina sabe que está llegando tarde para recibir a su jefe en el aeropuerto y por esa razón acelera ni bien llega a la esquina de su calle.
Siete y once de la mañana, un nuevo día para Silvana que escucha con bronca como arranca sin problemas el motor de su viejo Peugeot. Piensa en las ganas de seguir durmiendo y en lo difícil de su ardua tarea de ser madre responsable y docente a la vez.
Siete y quince, un semáforo céntrico demora a Angelina más de la cuenta. Golpea con fuerza el volante, culpándose de no haber doblado dos calles antes. No solo llegaría tarde, sino que no podría dejar la correspondencia en el correo como le había prometido a su hermana.
Siete y quince, Silvana consulta su reloj y sabe que si bien cuenta con tiempo, a su directora le gusta que lleguen un rato antes para "ponerlas" al día. Menea la cabeza resignada y se da cuenta que un peatón confunde el movimiento con un gesto, apurando el tranco y cruzando la calle casi corriendo. La primera sonrisa del día, se dice.
Siete y veinte, Angelina cruza los dedos y aprieta cada más fuerte el acelerador. Los dedos cruzando son en deseo que no le pongan una multa; el pié al fondo, para intentar el milagro, no ya del correo, pero al menos el del aeropuerto. A esta altura, la palabra clave es justamente "milagro".
Siete y veinte, podría tomar por la avenida, pero a Silvana no le gusta la avenida en ese horario. Tránsito fluído, padres apurados por llevar a sus hijos al colegio y volar a los trabajos. Cómo cada día, dobla una calle antes y evita el caos cotidiano de la doble mano.
Siete y veintiuno, Angelina golpea el volante con fuerza porque el semáforo no cambia a verde y repite en voz baja una y otra vez, como poseída: "voy a llegar, voy a llegar, voy a llegar". Está a unos trescientos metros de la avenida y de allí todo derecho hasta el aeropuerto. Se cansa y cruza en rojo.
Siete y veintiuno, tarde o temprano Silvana sabe que tiene que llegar hasta la avenida, sencillamente porque allí está el colegio. Pero hay días que estaciona delante de la escuela y otra veces que guarda el auto en la cochera que está una cuadra antes. Hoy es un día de opción dos.
Siete y veintidós, el Renault parece una flecha y Angelina es un manojo de nervios. Sabe que a poco metros hay una escuela, pero eso tampoco la detiene. Silvana viene en su Peugeot, más atenta a la entrada de la cochera que a la calle. El encuentro de ambos vehículos es inminente.
El Renault, conducido ferozmente por Angelina, pasa a menos de cinco centímetros del Peugeot que conduce distraidamente Silvana. Los espejos retrovisores parecen besarse. Angelina no conoce a Silvana, ni Silvana a Angelina. Jamás tendrán la oportunidad. El auto de Angelina sigue de largo y dobla en la avenida, con rumbo al aeropuerto, a sabiendas que llegará tarde. Silvana aparca tranquilamente su coche, sin importarle el apuro de la directora.
Cuatro y veinticinco, el escritor es consciente que terminó tomándole cariño a los personajes, optando por salvarles la vida. Sabe que el relato ha fracasado y coloca punto final.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

no hay fracaso donde una vida reluce y sale a flote, no hay fracaso en unas letras que describen y denuncian la locura en la que vivimos, la velocidad agobiante que nos aleja de nuestra naturaleza...
no don neto, estas palabras son un acierto, un golazo clavado en el ángulo de las horas.

15:39 el que escribe tiene que seguir jugando en la oficina a que trabaja y está muy atento a lo que hace, jeje!

el oso dijo...

Genial...
Era inevitable que chocaran ...
Pero, como escribiera Borges: ¿qué dios detrás de dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueños y agonías?