miércoles, 24 de diciembre de 2008

Año nuevo

Escuché los petardos cerca de la ventana y pensé que eran los sobrinos del vecino. Había mandado al Raúl a buscar otra sidra al kiosco de la vuelta. Ya eran más de la una del año nuevo y habíamos quedado solos en la casa.
La Natalia y el Fabián tomaron rumbos jóvenes junto a sus amigos, sin la menor intención de pasarla con sus viejos padres. El escote de la Bichi era bastante provocativo, pero quién no provocaba hoy en día. La pendeja que no mostraba era una estúpida, según decía ella.
El Fabi fue el primero en irse. El brindis, el beso, un abrazo tibio como los pocos que nos dábamos a lo largo de la vida, durante los últimos años y chau, me voy a lo del Rulo. Y se fue nomás. Entonces era una fiesta de fuegos artificiales y gritos en todo el barrio.
Los nuestros, ya adolescentes, no tiraban. Eso era para los chicos, nos decían. Pero no me engañaban, se morían por ensuciarse las manos de pólvora y arriesgar los dedos y vaya a saber uno que más en cada triangulito, cañita o petardo.
Al rato, estacionó un Fiat bastante viejo delante de casa, quizás un Spazio o un 128, la verdad que no le presté atención. La Bichi me estampó un beso en la mejilla, bien bruta como siempre. Ni tiempo a regañarle eso me dio. Escuché el ruido de la puerta cerrándose de un golpe y de inmediato, el auto arrancando.
Así que nos habíamos quedado solos con el viejo. Muchas ganas de seguir tomando no tenía, pero tampoco de ir a acostarme. Me cacho, ni una hora del nuevo año y ya al sobre? No, no podía ser. El Raúl ya estaba medio tomado, dos botellas de tinto durante la cena, la sidra en el brindis y vaya a saber cuántas cervezas a la tarde en el club. Qué podía hacer una sidra más. Nada. O me acostaba escuchando los festejos ajenos o tomaba una sidra más en el cordón de la vereda, contemplando el cielo y espantando los mosquitos. Y allá fue el Raúl, camino al kiosco y sin regañar.
Fue al minuto que tronaron los petardos tan cerca. Casi me hacen caer la ensalada de fruta. Les grité con mi voz ronca de fumadora que tiraran más lejos y no bastándome con eso, salí a la calle.
No eran los sobrinos del vecino. En realidad ya no quedaba nadie en la cuadra, no se si fue en ese momento o si fue antes, o cuando los vieron venir. Pero en algún momento todos se acurrucaron puertas adentro. Menos el Raúl, claro. El Raúl había ido por antojo mío hasta el kiosco de la vuelta. Pero no había llegado ni a la esquina cuando aparecieron los Mendoza. Y los Mendoza, del Barrio Los Pinitos, se la tenían jurada. Pasaron en un auto a los pedos y revoleando tiros. ¡Puto García, tomá la qué me debés! le escupieron de un grito a mi esposo y ahí nomás le tiraron.
Cuando llegué a su lado, corriendo, jadeando, el gordo se retorcía de cuerpo completo, lleno de espanto y dolor. Me miraba cómo suplicando, quería levantar los brazos para abrazarme, pero ya no podía. Me tiré encima suyo, llorando, sin importar si le hacía más daño o si no lo dejaba respirar. Mi Raúl se estaba muriendo en pleno año nuevo. Y ni los críos tenía cerca para tomar coraje...
Ya no hubo cohetes, ni risas ni repiquetear de copas. Tan solo la noche envolviéndonos a los dos y un ángel negro llevándose a mi gordo.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Las horas de un tiempo sin tiempo

Ahora que ya se ha ido, me pregunto si su llegada no perteneció a otro tiempo.
La llovizna de estos días sin viento llegaba hasta mi puerta, aunque nadie golpeaba en la parte gris. A veces me parecía demasiado insólito creer que el espejo no reflejaba nada. Ni una sensación, ni una palabra, ni un brillo reproduciéndose del reflejo de otro reflejo. Era todo demasiado pequeño, conservado, aplaudido en los momentos de ninguna coincidencia.
La habitación, comprimida de olvido, latía inseparable de mí.
La caótica escena de su presencia me hizo vulnerable y oscura.
Llegó sin esperar.
Se instaló por semanas, por meses, pasaron años tal vez, no sé, el tiempo parecía ser externo a las situaciones. Siempre fue sol, siempre fue noche, era todo lo que no podía existir junto, y no me servía. Aun, faltaba tanto para que se fuera.
Mi retracción era inaudita.
Cerré las cortinas, preparé café y acondicioné el living para la próxima eterna cita de diván que se me proponía.
Luego fue todo tan bizarro. Recordé sucesos de comunicación de todo tipo, pero ninguno que se llevara la esencia del fuego tan repentinamente como este. Todo parecía otro todo. Un todo insondable sumido en el letargo. Una esfera enredada. Un todo que reconocí.
Su actitud no dejaba huella, pero accedía directamente en la historia.
Dejé de esperar que por la ventana entrara algo de luz.
El tiempo después fue sordo, invertebrado de condiciones.
Supuse, entonces, que su marcha ya estaba lejos de casa.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Rehén del olvido

Es la opresión de estos tiempos, el gris del cielo emparentado con la desolación. Una marginalidad despiadada, el desencanto hecho dolor.
Su andar sereno era una máscara, un velo que cubría su interior antes que se lo arrebataran. De sus dientes putrefactos resplandecía la opacidad del olvido.
Un saco remendado una y otra vez, testigo de insultos y miradas indiferentes. Jeans deshilachados y no por la moda. Ojotas dejando al descubierto pies endurecidos por los años, la mugre y el sol.
Delante, siempre, el changuito oxidado, cargado de latas y penas, bolsas y sueños perdidos.
La cabeza gacha, como contando las baldosas, sacando fuerza del escuálido cuerpo, avanzando por las calles de todos los días, en un recorrido sin final.
De vez en cuando levantaba los ojos y escudriñaba desconfiado, atento a la perversidad humana, la soberbia, la mala palabra.
Cuando la noche comenzaba a caer era que lo notaba. Cada vez eran más los que vagaban. Veía salir de los callejones gente empujando carritos, en silencio recolectando basura, cartones, lo que venga.
El paso cansino característico, como pidiendo perdón a la vida por haber fracasado. Un desfile de almas en pecado, huérfanas de sociedad, hijas de nadie, pronto del olvido.
Es la opresión de estos tiempos, se repetía. Algo estaba yendo más mal que de costumbre. Ya no recordaba qué había pasado con él. Cómo fue que un día su nación pasó a ser la calle. De eso se trataba, de no recordar, así que estaba bien que así fuera.
Ahora, bajo la enorme luna que quería emerger de entre las nubes, como un criminal espiando detrás de un arbusto, vigilaba su calle. Su casa. Su vida.
Y esta vez la sorprendió. Allí estaba la persona que le robaba los cartones que desde hacía años juntaba delante de la tienda de electrodomésticos. Una de las nuevas se dijo y no se sorprendió.
La máscara cayó. Su andar se transformó en decidido. Fue por atrás y con la barreta que escondía entre sus ropas, la descerebró de un golpe. La sangre salpicó incluso su rostro. Limpió la barreta en el saco. Nada le hacía una mancha más. Tomó los cartones e hizo un viaje hasta su carrito. Volvió por el resto y antes de marcharse, pateó con fuerza el cuerpo para darlo vuelta.
El rostro que lo miró, ya mortecino y aún más pálido por la luz de la luna, vencedora al fin en su lucha nocturna por reinar en la noche, era el de una joven, de no más de veinte años. Había sido hermosa. Pero también olvidada.
Maldijo por lo bajo por el desperdicio y se fue. Volvería al día siguiente, como lo hacía desde que el olvido lo tomó de rehén.

jueves, 27 de noviembre de 2008

En la nieve

Apoyá tu cuerpo sobre la nieve de medianoche,
sentí el frío del invierno en tu pelo
Aquí, en un mundo propio
llegan a deleitarse desde lejanos paisajes
Y vienen a jugar sus juegos mágicos
esculpiendo sus nombres y hazañas
y lo hacen (sin saberlo aún) sobre tu
cuerpo congelado y observas el dolor con sorpresa.
En el piso, han hecho bolas de nieve
mírenlos rodar! con ojos locos mirando el cielo.
Caras sonrientes temen tu cuerpo en
el piso, y se cubren de un rojo que
sólo nosotros podemos ver
tus ojos observan como un soñador,
observan el dolor con sorpresa...
mientras tapa tus gritos,
Ellos nunca nunca sabrán.

Comienzo de Libros...

El Hombre de negro huía a través del desierto y el pistolero iba en pos de él... (La Torre Oscura - La Hierba del Diablo - Stephen King).
Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto... (La Metamorfosis - Franz Kafka).
Cuando tenía 6 años vi un dibujo en el que una boa constrictor devoraba a una fiera. Es entonces que pensé mucho sobre las aventuras de la selva y un buen día, tomé un lápiz de color y logré mi dibujo número 1.
Decidí mostrar mi primera obra maestra a la gente grande, y pregunté si mi dibujo les asustaba.
-"Por qué nos asustaría un sombrero?", me respondían...(El Principito - Antoine de Saint Exùpery).

sábado, 22 de noviembre de 2008

En Sisteron

No conocía Francia. Sus ojos, cuando las lágrimas se lo permitían, tornaban del horror a la fascinación y de allí al horror nuevamente. Todo había sucedido demasiado rápido para sus jóvenes años.
Eres joven, eres hermoso... resonaba en su interior. Esas palabras que apenas pudo susurrar -¿o sólo imaginar?-, esas extrañas palabras recurrentes, persistentes, que ahora eran un eco incontenible.
Un dolor mitigaba otro dolor y todos producían esa turbación de la conciencia. Eres joven, eres hermoso... como si ella no lo fuera. Pero ya no, ya se parecía más al despojo que necesitaban que a la bella muchacha que la naturaleza esculpió.
El lugar era espacioso, un atrio, sí, un atrio. Nôtre Dame des Pommiers, al pie de la ciudadela de Sisteron, a sólo uno o dos días de Avignon. Los Alpes caían sobre la provenza francesa blanqueando de crudo invierno la región, durmiendo los viñedos y los interminables frutales. La moteada manta blanca salpicada de grises manchones en algún risco, en algún valle, se empecinaba en cubrir la atrocidad del rito que se preparaba. Curiosos campesinos asombrados, curiosos mercaderes montando sus tenderetes, curiosos magistrados profiriendo maldiciones, curiosos monjes santiguándose bajo sus capuchas, atisbando de reojo a aquella cuya presencia era como la de un ejército formado batalla.
Bajo el raído sayo, la que fue bella como la luna ahora colgaba de sus muñecas, las articulaciones deshechas, marchitándose como una rosa de tallo quebrado.
Elegantes personajes de paso lento, erguidos, con guardia armada discutían el proceso y la espera demasiado larga. Los últimos mensajeros anunciaron el arribo instantes antes de que un par de purpurados ancianos, noble el gesto, incómodos por el viaje, descendieran del carruaje de seis caballos enjaezados con cintas blancas y amarillas.
En su desvaída conciencia sólo volvía él, joven y hermoso, una y otra vez. Ya no su triste entrega a lujuriosos monjes serviles por una gallina o, como mucho, por un corazón de buey. Ya no la peste que comenzaba a asolar la región y la despojaba de hermanos y a la vez de viejos temores. Sólo él, a quien decidió darse por nada aquella noche en la abarrotada cocina, debajo de la sabiduría de siglos que no vería otra luz que la de su propio consumirse para volver al polvo original.
No conocía Francia y lo poco que pudo le supo tan triste como su rincón bajo las estribaciones del monte donde miraba hacia arriba día y noche cuando intuyó el amor.
Cuando todo estuvo preparado, cuando se aseguró llegar a Avignon precedido de una fama excelente, cuando supo firmemente establecido su lugar entre los poderosos y la admiración de los lacayos del papa, Bernardo Gui dio la orden y tres verdugos encendieron la pira.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Here comes the Sun King

Tanto busqué este momento, ¡tanto calculé los movimientos..!
El otoño azota el leve sol, un rey sin obsecuentes ni obedientes.

Todo el mundo ríe.

Todo el mundo está feliz.
Aquí llega el rey sol.

Nunca me gustó el otoño, ni el frío, ni las chicas del brazo de su hombre arrebujados cruzando la avenida. Prefiero la sombra de este edificio. Vendrá y yo seré yo.
Hay cosas que no comprendo. Lenguajes que dicen lo que no sé decir y menos entender, porque llega el sol y deslumbra -pienso- y pierdo el sentido.

Quando paramucho mi amore defelice corazon

Mundo pararazzi mi amore chicka ferdy parasol
Cuesto obrigado tanta mucho que can eat it carousel

Este idioma de todos y de nadie me dicta en este otoño cruel lo que debo hacer.
Espero, sé esperar.

Here comes the Sun King.

El puño apretado debajo de mi abrigo y la sorpresa a la vuelta de la esquina.

Here comes the Sun King.


Si ya calculé todo... ¿cómo voy a fallar?
Con mono o sin mono lo haré de todas maneras...

Here comes the Sun King.


No puedo mirarlo a los ojos, me deslumbra el rey sol. Me ciega.

-¿Me das un autógrafo, John?

- Por supuesto, ¿para ..?
- Para Mark, y firma como Rey Sol.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Episodio

Un tercer episodio de pasado desempolvó los auges de la memoria caída.
Comenzó con una leyenda pasiva de contracturas del alma que, poco a poco, se transformó en noche eludiendo las causas de la tensión.
El medio fue una máquina del tiempo generosamente abstracta, como la Olivetti que llenaba gran parte del ropero, en el sector de los zapatos. La sacó de su hueco con gran esfuerzo. Estaba tan bien encajada como un secreto guardado sin dificultad. No molestaba hasta que la necesitó. Después de probarla intensamente comprobó que ya no funcionaba, entonces recordó el porqué del abandono, del desuso, de las huellas en las teclas después de la última canción.
Las olvidadas letras de su memoria permanecerían sepultadas con la muerte de la vieja máquina, pero se enorgulleció por no existir la posibilidad de otro renacer mecánico.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Fuga

Siente el viento golpeando el rostro y cómo la carretera se esconde debajo del capó del auto. Va lanzada a doscientos kilómetros por hora, aferrada al volante de su descapotable, dueña de su libertad, presa de su deseo.
La carretera no parece tener fin y el paisaje se torna repetitivo y fugaz. Detrás ha quedado una vida y por delante, sabe, vendrá otra.
Mira de reojo de tanto en tanto el asiento a su lado, ausente de compañía, pero no por ello vacío. El bolso está allí y eso la reconforta. Sabe que hay una conexión entre lo que contiene y el palpitar intenso de su corazón.
El motor del coche pugna por hacerse escuchar, pero el zumbar del viento es aún más fuerte. Casi no hay curvas, el futuro parece estar al fondo de una larga línea recta.
Por momentos se hecha a reír, aunque casi insonoras, sus carcajadas hacen de su rostro, una mueca de locura. El maquillaje corrido, la sangre seca sobre el labio superior de la boca y la camisa blanca surcada por gotas de algo que ahora está negro, retratan una escena esquizofrénica.
El día es claro, sin nubes amenazantes, el sol brilla en lo alto y se refleja en el parabrisas con destellos que parecen jugar sobre el vidrio. El espejo retrovisor invierte lo que ella tiene por delante, esa recta y despoblada carretera, que en lugar de aguardar, se aleja, hasta que de pronto, el horizonte, voraz, la devora.
Sigue riendo mientras siente como su pie se entierra en el acelerador. La sensación del volante es sensual, como el viento que arrebata su larga cabellera y la golpea sobre sus hombros. No deja de mirar hacia el asiento del acompañante y sentir un alivio al encontrar allí al bolso.
En el espejo retrovisor la carretera sigue escapando hacia el pasado. Pero dos puntos de colores parecen avanzar hacia delante. Primero cree que es su vista que la ha engañado. Presta más atención y comprende que no. Una luz roja y a su lado, otra azul. Y más atrás, otro par igual. De repente son no tres, sino cuatro pares...
La policía la está siguiendo. Encontraron su pista, rompieron el encantamiento de la fuga.
Se siente furiosa, golpea con fuerza el volante, maldice gritando a pesar que nadie la escucha. Maldice a su novio, cuyo cadáver lleva desde hace más de cuatro días en la maletera. La tranquiliza saber que el bolso está a su lado.
Toma una decisión y lo hace rápido. Se olvida del futuro y se aferra al presente. Con un brusco giro, abandona la carretera y conduce hacia al este, por camino de tierra. El polvo lo colma todo, incluso al punto de asfixiarla, pero es su única esperanza. Lleva el motor al máximo que puede dar, el auto va a los saltos, las ruedas ya no acarician la planicie de asfalto, sino que atraviesan las tumultuosas sinuosidades de la tierra salvaje, devorando rocas y zanjas, en una marcha atroz y desenfrenada.
El vehículo parece llevado por el diablo. Los coches de la policía hacen su mejor intento, pero cada vez quedan más atrás. Ella siente que vuelve a triunfar, que está a un paso de hacerlo.
Ríe fuerte, con toda la boca. Mueve los hombros para sacarse algo de tensión de encima. No desacelera, no se lo permite. Si bien el espejo retrovisor le devuelve polvo y nada, no puede confiarse. Mira a su lado. El bolso no está.
Se le hela la sangre. El corazón parece detenerse. Mira a sus pies desesperada, esperando que el movimiento lo haya hecho caer del asiento. Pero no está. El bolso no está.
Piensa en detenerse y volver atrás, pero sabe que es un suicidio. Quiere pensar pero no puede, está confundida. Entonces escucha su voz y el peso de su mano sobre su hombro.
Grita. Grita fuerte y aterrada. Sabe que está muerto. Lo sabe porque lo mató en el motel, le cortó la garganta y los testículos, y luego se los metió en la boca. Lo llevaba en el maletero porque pensaba enterrarlo cerca de donde se instalara, como un premio, un recuerdo de lo que todo le había costado.
No se animaría a mirar atrás, estaba segura. Pero ya estaba mirando. Con la garganta cortada, emanando ríos de sangre, allí estaba su novio. Era imposible, pero a la vez verdad. Muerto en vida, estaba en el asiento de atrás, estirado hacia delante, con algo saliendo de su boca. Sintió que le venían naúseas. El le guiñó el ojo y con la mano libre, alzó el bolso. Ella no pudo atinar a nada, ni siquiera a mirar nuevamente hacia delante.
El hizo oscilar el bolso, cada vez con más fuerza, una y otra vez, una y otra vez, y cuando había alcanzado cierta velocidad, lo lanzó al aire. Un testículo asomó de su boca, bañado de sangre. Ella volvió a gritar, queriendo arrojarse del auto. Pero ya era tarde.
El camino había terminado. La tierra cedió bajo las ruedas delanteras del descapotable a más de doscientos kilómetros por hora. El auto salió despedido al precipicio como un chorro de orín. Volvió a sentir como la golpeaba el viento, pero esta vez, como nunca lo había sentido en su vida. Antes de cerrar los ojos y dejar de pensar, volvió a ver a su novio, que no dejaba de sujetarle el hombro y supo con seguridad que estaba muerto. La locura la embargó antes que la muerte llegara.

jueves, 18 de septiembre de 2008

El miedo

Sus ojos me miraron, titilando el refugio que guardaba, la complicidad que utilizaría más tarde en sus palabras y un extraño acontecer de raíces hinchadas en su memoria.
Parecía más que un loco suelto. Parecía, sobre todo, un espasmo del día, una tormenta en un cabo solitario, un circo derribado, la neblina de no saber caminar solo.
Temí acercarme, temí preguntar, aunque por dentro sabía que temía involucrarme, que esos ojos no fueran cotidianos y supieran hablar con extremismo de un acontecimiento que, al final, nos sucede a todos. Temí deber auxiliarme.
El tiempo pasaba oblicuo en el espacio. Sobraba una parte de lo que nunca sabemos en ese trozo de recreo obligado a la espera del tren. El recorrido de la gente interfería en exceso la búsqueda de logaritmos que ofrecieran un resultado coherente a las respuestas.
¿Cuál sería su viaje para tan desbordados ojos? ¿Qué secuencia atroz imaginaba para derramar tanta evidencia?
Pensé lo que nunca pude pensar en un segundo a la velocidad de un tren que está por llegar en cualquier momento. Ya estaba todo examinado, pero ¿serviría para la investigación lo que provocaría la inercia del encuentro?
Llega el tren sin darme cuenta a pesar del tiempo de concentración. Subimos todos y cada uno se ubica en los lugares que puede, afortunadamente se puede elegir un poco a estas horas de la tarde. Sus ojos siguen mirándome inauditos, escondiendo un poco la vergüenza que provoca la multitud. ¿Qué es eso que me dice?
Me acerco tan nerviosa como si tuviera que interrogarme a mí misma. Me acerco y el contacto ya es inevitable. Pregunto, lo más prudente que me permite el momento, cuál es su malestar. Los ojos van disminuyendo su expresión. Noto un expansivo intento de evitarme. Ya no soy yo preguntándome. Este ser evade la situación con un simple “no pasa nada” seguido de un “estoy bien”. Los ojos seguían siendo oscuros y profundos. No pude imaginarme un campo abierto con soles resplandeciendo en su horizonte. Se estaba alejando completamente solo. No supe qué hacer. Tenía ganas de arrebatar a esa persona del mundo en el que se encontraba, pero no supe qué hacer. Tan cerca y tan lejos, a la vez. Tan inamovible es el miedo, a veces, tan extremo.

domingo, 14 de septiembre de 2008

El timbre de las flores

Un buen día algo lo iluminó. Caminaba por el barrio y se dio cuenta que faltaba algo. Las casitas eran lindas, las calles estaban cuidadas y había luminarias en cada esquina. Pero el celeste del cielo no combinaba con lo que lo rodeaba. Pensó y pensó, sentado en la hamaca de la pequeña plaza hasta que dio con la clave del enigma: las flores.
Al barrio le faltaban flores. Los árboles eran potenciales colosos en crecimiento, pero había mucha vereda, mucho tapialito y poco verde, nada de macetas y ausencia total de colorido.
Así comenzó la ardúa tarea en la que se encaminó Santiaguito. Con sus siete años a cuestas, apareció una tarde con una carretilla de plástico (rojo chillón) cargada de plantitas. Tocó timbre en la primera casa de la primera calle del barrio. Una señora muy grande (de tamaño y de edad) le abrió la puerta y sonrío al verlo. Recibió con agrado el obsequio de las plantitas y se comprometío a colocar algunas en macetas y otras en el terreno que daba a la calle.
Santiaguito se fue empujando la carretilla, saludando a la señora con la manito izquierda. Un par de horas volvió con más plantitas y tocó timbre en la segunda casa.
Así, de a poco, la gente del barrio era visitada por Santiaguito. También volvía a las casas donde había dejado plantitas, para asegurarse que las hubiesen utilizado para su propósito.
Al poco tiempo, la silueta del niño de siete años empujando la carretilla cargada de plantitas se había hecho familiar para los vecinos del barrio. Todo el mundo lo saludaba y lo detenían para ofrecerle chocolate caliente, jug de naranja o tan solo agua. Santiaguito (así se presentaba) nunca decía que no y mucho menos, jamás dejaba de sonreír.
El día que llevó las plantitas a la casita más alejada del barrio, que aún no había visitado, fue la última vez que lo vieron. Los vecinos esperaron en vano su figura diminuta recorriendo las calles, alegrando con su andar y el de su carretilla la vida cotidiana. Aún añoran su sonrisa, su simpatía innata, el timbre sonando...
Cuando alguno lo recuerda, les sirve con mirar alrededor y observar las flores: la sonrisa no tarda en aflorar, en arrancar una carcajada y porque no, de vez en cuando, una lágrima.
Aquel angelito voló a alguna parte, vaya a saber dónde, pero seguramente estará pintando de felicidad una partecita del mundo. Porque a los lugares siempre le falta algo, a veces son grandes cosas, otras, pequeños detalles. No siempre hay un angel dispuesto a darse cuenta. Y mucho, menos, uno que haga lo que nosotros no hacemos.

jueves, 11 de septiembre de 2008

El Caminante

Falso y absurdo como el día. El próximo mes será igual al anterior y el ardor que sienten sus pupilas es el mismo que colmó las desgastadas horas de un pasado confuso.
Los años le confunden. Cuando mira detrás de sus hombros no logra divisar claramente las coordenadas. Los recuerdos nunca se presentan tal cual sucedieron.
Algún color se difumina, alguna sonrisa se transforma en una mueca macabra, algún rencor en un simple suspiro; algún resplandor en una oscura noche.
La noche es cómplice de todos esos pesares, mientras el día repta y circula por entre las vías de la ciudad. El camina al igual que nosotros. Arrastra los pies y decide, o no, que hacer.
Una tarde se cansó de esperar esas cosas que algunos saben esperar.
Saltar no tiene sentido, y a veces esa búsqueda de sentidos nos agobia desde las tempranas horas de nuestra existencia.
El lejano mar no encierra ninguna respuesta en sí, y dejarse caer tampoco resulta tan atractivo. Simplemente atado a una cotidiana realidad decide proseguir, decidimos continuar...

martes, 9 de septiembre de 2008

Cárcel diaria

Creer que todo es verdad
Saber que todo es mentira
Soñar con ser libre,
vivir sin edad
enfrentando la prisión de los días
y la monotonía de ser esperando morir
ignorando el por qué y la razón
sin sentir ni decir,
sin permitir al corazón
pecar en rebelión.

Creer que todo dura
cuando todo tiene fin
Inmaduros por ilusionar
a un mundo perdido en gris
embellecido por el espanto
dueño sin motivos de su desencanto
moribundo en vida, como mis sueños
El día cae, como una brisa
se lleva las horas con el viento
y apaga las luces, sin culpa, sin prisa.

viernes, 5 de septiembre de 2008

En el fin...

Hora de parar este ensueño,
uno debe reunirse con el mundo real.
Me siento como un extraño,
un desconocido en un mundo extraño.
Caminando por las calles y viendo que nada es igual.
Ahora, las luces de la ciudad se apagan una por una
demasiada sabiduría y egoísmo,
el tiempo está pasando pero nosotros quedamos,
vos quedás en mí.
Atrapá lo que puedas, yo no me quedaré por mucho tiempo
volveré mañana temprano o nunca más,
resplandeciendo...

lunes, 18 de agosto de 2008

Visitantes

Sabía que vendrían, que las profecías de todos los tiempos anunciaban su quizás pronta llegada. Y llegaron ahora, en mi tiempo, en mi historia y soy testigo de este acontecimiento fundante que cambiará nuestro devenir para siempre: Existe vida –y vida inteligente- en otros lugares del universo y no sólo eso. Están aquí. Frente a mí se podría decir.
Creerán que no los conocemos, pero no es así. Años interminables estudiando los mensajes que enviaron al espacio, quizás a nosotros, quizás a todo aquel que quisiera tomar contacto con ellos, con su civilización.
Aprendimos, aprendí, a inteligir los códigos con los que intentaron comunicarse con nosotros. Supe coordinar las acciones para que científicos y tecnólogos los guiaran a nuestro mundo, un poco en secreto, un poco a voces.
Y aquí estoy, me siento salir de mí mismo, me han elegido como interlocutor gracias a la calidad de mis trabajos de decodificación y esto me honra, pero me llena de un extraño estupor. Tengo miedo y euforia, parecen pacíficos, pero quién sabe. Al fin de cuentas seré testigo y protagonista del acontecimiento más grande de la historia, el contacto directo con seres venidos de otros mundos.
¿Cuál será su saludo? ¿Será un saludo? ¿Cómo responderé? Pasé el último tiempo ensayando frases de protocolo y sé que me va la vida en ello. Lingüistas, sabios de todas las ciencias apoyándome para conseguir una comunicación satisfactoria. Por sus mensajes llegamos a la conclusión de que son pacíficos, que los mueve sólo el interés por dar a conocer su cultura y asegurarse de que no están solos.

La nave ya descendió. Un ajetreo interminable de artefactos y sistemas de seguridad, de luces y pasillos sellados eriza mi piel y me tensa indescriptiblemente. Las compuestas se abren, la metálica voz de una computadora anuncia que los sistemas de seguridad están en óptimo estado y no debemos temer por nada.
Me adelanto unos pasos en el amplio pasillo, para dar a entender que soy el interlocutor y los demás, aunque armados, sólo me acompañan.
La portezuela de la nave empieza a abrirse y la luz interna me enceguece, titubeo, pero sólo en mi interior, debo ser un emisario firme y decidido y así me muestro. Comienzan a salir, son varios, la tensión no me permite contarlos. Sé que estamos separados por sutiles paredes que generan la atmósfera vital para los visitantes, aunque ellos no sé si lo notarán.
Mi mente descifra rápidamente la imagen visual que percibo. Son sencillamente horribles. Gruesos, con protuberancias extrañas. Los hay de dos sexos seguramente, por sus formas debajo de los trajes ajustados. Los más tienen matas que brotan de sus cabezas demasiado pequeñas. Los ojos, o lo que parecen serlo, también son muy pequeños, tal vez la cuarta parte de los nuestros. Me tranquiliza mucho su estructura, tienen dos brazos y dos piernas, aunque de un grosor que parece por lo menos del doble de los míos. Sinceramente no entiendo cómo las mismas leyes naturales consiguieron generar en otro punto estos seres de ridículas proporciones.
Diluyo estos pensamientos a la hora de establecer comunicación y me concentro y dispongo a ello. Uno de ellos se adelanta, como yo. Hace un gesto que debo interpretar como amistoso. Me sobresalto cuando abre su boca enorme, carnosa. Va a comunicarse. Los sistemas de comunicación de todo mi mundo están atentos, semiólogos, criptógrafos, expertos en lenguas poco conocidas, matemáticos y un sin fin de científicos en una febril espera interminable.
Por fin articula: Mi nombre es Eva. Nuestro planeta es, era –se corrige- la Tierra, del astro Sol en el que llamamos brazo Orión de la galaxia Vía Láctea, pero ya no existe.

jueves, 14 de agosto de 2008

El Manuscrito Maldito

En 1971 una expedición de buzos norteamericanos que estudiaba el comportamiento de ciertos peces, descubrió en la costa occidental africana, en una cueva a cuarenta metros de profundidad, un manuscrito antiguo, escrito quizás hace doce o trece siglos. El manuscrito fue estudiado por arquélogos y antropólogos de tres universidades distintas.
Hoy están todos muertos. Tampoco sobrevivieron los buzos y participantes de la expedición. Fueron muriendo de a poco, por enfermedades extrañas. Aquellos que los socorrieron médicamente, también perecieron.
Desde hace tiempo junto los recortes que salen en los periódicos relacionados a tan particular suceso. He investigado durante años y no he podido dar con el paradero del manuscrito. Sospecho que ha sido destruído o bien desaparecido producto de la misma maldición que lo rodea.
Como arquéologo, es mi objeto de estudio. Como humano, mi obsesión. Debo confesar que se me han cerrado imnumerables puertas y en cientos de casos, negado enfáticamente la existencia de tal manuscrito.
Hoy escribo desde el umbral de la muerte. Creo que el hecho de investigar sobre el manuscrito ha hecho que este se fijara en mi, esté donde esté. Tengo la seguridad que la extraña enfermedad que me está matando es producto del maleficio.
No me causó sorpresa - más bien miedo - tras empezar a sentirme mareado, con fuertes dolores de cabezas y sangrando de distintos orificios del cuerpo a cada momento, descubrirme una mancha rosada sobre el pecho. Una imagen tan rara como espeluznante: la clara imagen de una calavera clavada en una estaca.
Me provoca naúseas el solo pensar que por el hecho de estar leyendo estas líneas de despedida, vertidas en sucio papel en la última bocanada de aire de mi alma moribunda, sean suficientes para ser alcanzados por el maleficio. Tengo la sensación de que así será, que usted comenzará a ser parte de este infalible mal, otrora espíritu poderoso, infierno en tierra, condenado a la nada, a la eternidad en papel, convertido en maleficio, asesino silencioso restringido al olvido, confinado a la suerte, al espíritu siempre curioso de seres obsesivos, culpables de su despertar y su volver a matar.
Las pesadillas me persiguen despierto. En ella, un enorme desierto de sequedad se extiende por todo los alrededores y en medio de él, me arrastro pidiendo por agua, pero solo, tras escarbar y lastimarme las manos, encuentro sangre.
Espero morir pronto y mi único deseo es que aquellos que lean este testimonio, quizás el último existente que hace alusión al maldito manuscrito, no sufran tanto.
Pienso que ha sido el propio manuscrito el que me ha llevado a escribir esto y hacerlo público. No me consideren culpable. Al final de cuentas, todos estamos malditos de una u otra forma.

martes, 5 de agosto de 2008

La Meca

En Las Vegas hay un garito muy reducido donde siempre figuras entrañables se reunen para beber una copa y divagar sobre la existencia humana.

A este reducto se lo conoce como "La Meca", lejos de sus connotaciones religiosas, el nombre se lo dieron sus antiguos dueños en homenaje a los tiempos en los que a Hollywood así se lo conocía.

Es un bar de luces turbias y silenciosas, decorado con amplios sofás de color bordo y cubiertos de polvo. En el mismo hay una mesa reservada para los más atrevidos, para los más intrépidos.

Un amigo me comentó la existencia de este rincón, y como mi viaje de negocios me permitia unos días libres por la gran "América" decidí acercarme a la codiciada ciudad de Las Vegas.

"Bienvenido a la perdición de los ee.uu" - me dijo el camarero de "La Meca" cuando me vió entrar. Le devolví el saludo y solicité un café américano bien caliente.

El jazz que envolvía todo el local me dejaba atónito, como perdido en una escena de "Viva las Vegas". Pero el motivo de la visita no era la música, sino aquella misteriosa mesa de la que me habían hablado en una lejana noche madrileña.

No fue difícil localizarla, se recostaba sobre uno de los grandes ventanales del local y sobre ella se podía leer un cartel que decía: "Si sabe de que hablar tendrá derecho a sentarse aquí (el tiempo no es impedimento)".

Lentamente me acerqué a ella y me deje caer en su sofá típicamente americano. A los pocos minutos el camarero me sirvió el café y me preguntó:

- "Señor, ¿de que desea conversar?

- "Pués, de nada..." - contesté tímidamente.

El dueño del local me invitó a retirarme, por lo cuál tuve que pagar aquella taza de café y salir por la puerta principal con las miradas de todos los presentes clavadas en mi espalda.

Lógicamente no tenía nada que decir en la mesa donde Edward D. Wood Jr y Orson Welles se reunieron una noche para hablar sobre Tim Burton...

sábado, 19 de julio de 2008

Sunday bloody sunday

Sus ojos de niño no me engañaban. Su forma de prestar atención cuando en la radio los boletines informativos cesaban su larga enumeración de hechos bélicos para dar paso a un tema musical, me revelaban lo que intuía. Principalmente cuando la música era rock.
Melena desmarañada, rostro sucio por la tierra, lo mismo que sus uñas, ropa desgastada por el uso y manitos diminutas pero firmes. Tan firmes como una roca, le había dicho en una ocasión. Pero el idioma impidió que me entendiera.
Lo veía todas las mañanas. Era su turno. El que elegía la música en la emisora radial tenía, sin lugar a dudas, cierta preferencia por U2. Los irlandeses se despachaban mañana de por medio con algún tema, algunos de los cuales me rememoraban otras épocas y situaciones.
Esa mañana en particular se escuchó Sunday bloody sunday, el recordatorio inmortal de la banda al domingo sangriento irlandés, que en realidad evoca ese y otros tantos hechos trágicos de la humanidad en los tiempos modernos, donde ideologías y sensateces no van de la mano.
El niño quedó encandilado por el sonido. Lo atrapó como una planta carnívora a una mosca, pero en lugar de engullirlo, lo abrazó y hasta quizás, lo hizo soñar.
Le hice un gesto con las manos, como si estuviera tocando la guitarra. Me entendió. Me dijo que no, que no sabía tocar la guitarra. Dudaba incluso que alguna vez hubiera tenido una entre manos. Señalándome, le hice comprender que yo si sabía tocarla. Algo parecido a una sonrisa se dibujó en su rostro.
Hice como si tocara, haciendo el sonido con la boca. Por primera en las dos semanas que llevaba prisionero allì, mi joven guardia se hechó a reír. Le dije que ese grupo que había escuchado en la radio se llamaba U2. Repitió el nombre dudando primero y con mayor seguridad después.
Busqué la manera de explicarle la forma en la que se toma una guitarra. Me alcanzó una vieja escoba que estaba en el pasillo. Le mostré algunos movimientos, pero se dió cuenta que era muy larga y se hacía difícil poder imitar una guitarra de verdad. Contento por la clase, me ofreció entonces el fusil que cargaba al hombro.
Lo tomé con gusto y antes que se acomodara a observarme, le disparé al pecho. Corrí hacia la puerta y disparé al guardia que estaba del otro lado. Me escabullí de la robusta casa de material y me interné en la aldea, cuidándome que los guerrilleros que me tenían prisionero no pudieran alcanzarme.
Corrí y corrí por el desierto. Dos días después un equipo de patrullaje de la ONU me puso a salvo. Sunday bloody sunday sonó durante todo ese tiempo en mi cabeza. Los ojos sorprendidos del niño, mirándome horrorizado en esa fantasmal fracción de segundo, también estuvieron allí.
La música se ha ido. La mirada no.

sábado, 12 de julio de 2008

El amigo que se fue

Lo más duro para un escritor es descubrir que no está hecho para eso. A Mike le sucedió eso cuando acabó de componer su obra cumbre, la que lo catapultaría a la cima de los rankings de ventas. Era un libro magnífico, sin embargo fue colocar la última palabra y comprender inmediatamente que no servía como escritor. El libro finalmente llegó a una gran editorial y allí tomó forma como tal, para finalmente, a los pocos meses, ser la revelación en todas partes.
Mike, sin embargo, se encontraba enfrascado en una seria depresión, de la que no podía salir. Cada día era un suplicio peor al anterior. Las ideas de muerte danzaban como fantasmas en su mente, acompañándolo desde las primeras horas del día, cuando el sol le acariciaba tibiamente el rostro por la mañana, hasta que la pálida luna lo despedía con un frío beso por la noche. En tanto, el libro se vendía de a miles ejemplares por día y la editorial comenzó a imprimir varias tiradas más. Las cuentas bancarias de Mike crecieron de un día para otro, pero ni todo el dinero del mundo podría haber cambiado su aspecto ni su sensación de permanente ahogo y desazón.
Mike salía poco de su casa, pero las veces que utilizaba sus piernas para que lo llevaran por el mundo que lo rodeaba, eran para terminar en la cantina de Al, un amigo de la infancia, de los pocos que le quedaban en aquella pequeña ciudad, perdida en los confines de la nada.
- Lo de siempre Al - le dijo Mike a su amigo una de esas pocas noches en la que se atrevía a escabullirse de su guarida.
Al lo miró como de costumbre. Con preocupación. Aquel que de vez en cuando se abría paso entre las mesas de su bar para emborracharse con varios tragos de tequila distaba mucho de ser el amigo que una vez supo conocer. Porque el Mike con el que había jugado tantas tardes a la pelota, batallado en incontables carreras de bicicleta y arruinado más de un pantalón a la altura de las rodillas jugando a las bolitas, en nada se parecía a ese despojo de ser humano que solía caer por su cantina.
Sin contestarle, sirvió el vaso con tequila hasta la mitad y lo colocó en la barra, delante de su amigo. Mike lo contempló un largo rato, como esperando una revelación, y finalmente hizo desaparecer la bebida de un solo trago. El fondo del vaso chocó con fuerza contra la barra, como era costumbre de Mike hacerlo. Al no le decía nada, pues sabía que esos vasos eran de vidrio grueso, prácticamente irrompibles. Mike permaneció cinco minutos con la cabeza hacia atrás y la mirada oculta bajo los párpados. Grandes ojeras teñían de morado su rostro. Luego pidió otro. Ese era el ritual. Y podía llegar a siete u ocho vasos. Según las ganas de seguirle el juego que tenía Al. Porque luego tenía que llevarlo hasta su casa, acompañarlo hasta la cama y dejarlo allí, como un pedazo de trapo viejo, oliendo a mil demonios, para recién después poder volver a la cantina, limpiar un poco y marcharse a su hogar, donde su señora y dos pequeños estarían seguramente durmiendo desde un buen rato antes.
Pero el ritual tuvo esa noche una variante. Mike cambió su discurso tras el segundo vaso de tequila. Al no escuchó el tradicional “¡otro, viejo amigo, sírveme otro!”. En cambio, escuchó una confesión.
“Sabes Al, hay algo raro en mí. Recuerdo cosas, como a ti y a otros chicos, jugando juntos, pero sólo son imágenes. Comprendes. Sólo imágenes. Es como el libro que escribí. Eran imágenes en mi cabeza, ideas que estaban allí y las utilicé. Las fui uniendo y el argumento fue escribiéndose sólo, como si antes que yo ya hubiese estado alguien hilvanando las ideas. Creo que me estoy volviendo loco Al, escribí un libro y ni siquiera se redactar una maldita carta. Qué me pasa Al, que me está pasando. Recuerdo a alguien más, un niño que quería ser escritor, dime quién es Al, tu debes saberlo. Dime quien es ese chico, al que en los sueños veo siempre contigo, siempre riendo, siempre hablando. Dime… porque me estoy volviendo loco”
Y Al comprendió finalmente porque no veía en ese hombre a su amigo. Porque sencillamente aquel niño se había ido, quién sabía donde, pero se había ido. Quizás el niño se dio cuenta que un adulto con ideas raras intentaba apoderarse de ese cuerpo, de ese cerebro y cuando vio rendirse su última defensa, decidió marcharse. Ahora lo habitaba otra persona, que aún guardaba en la memoria recuerdos verdaderos, pero que en realidad le eran ajenos. Era el niño el que soñaba con ser escritor, pero el niño se había ido.
Y eso era lo que el hombre había comprendido, que las ideas que había volcado sobre el papel no le pertenecían, no eran suyas, sino de alguien más que las había dejado olvidadas en un rincón. Mike, el nuevo Mike, lo supo apenas terminó de escribir el libro, pues no entendía nada de lo que había escrito. Sabía que era bueno, pero no era suyo. No señor. El no era escritor. El no estaba hecho para eso. Vaya a saber uno para que sería bueno el nuevo Mike. Quizás nunca lo llegara a saber. Pero se sentía mejor. Había podido expresarlo. El alcohol lo estaba matando, tanto como su angustia.
El niño finalmente se ha marchado, se dijo para sí Al mientras retiraba el vaso vacío que estaba en la barra. Desde esa noche ya no volvió a acompañar a Mike hasta su casa. Sin embargo nunca dejó de mirar por la ventana, con la esperanza de toparse un buen día con aquel amigo de la infancia que un día, sin decir adiós, desapareció de su vida.

lunes, 7 de julio de 2008

Días de Cine

La gente se lo exigia cada vez mas a menudo. Los amigos le insistían una y otra vez.

El Centro Cultural del Gobierno Nacional lo presionaba día tras día. Todos, inclusive su mujer, estaban convencidos de que Roberto debía escribir sus memorias.

La sociedad quería conocer los detalles del día a día de aquel gran pensador. Las editoriales saboreaban las grandes cifras que aquel libro podría generar. Todos, inclusive su vecino de toda la vida, le insistían sobre aquel emprendimiento.

Roberto llegó a creer que estaba en deuda con los demás, llegó a sentirse con cargo de consciencia por sus días y sus horas malgastadas.

Pasaban las semanas y la presión se hacía más insoportable. 

Una mañana Roberto se acercó al video - club del barrio y solicitó que se le entregará una copia de su historial como socio. El dueño del local le dijo que estaría listo en un par de horas, por lo cual tendría que esperar fuera.

Por la tarde Roberto se presentó en el mostrador del video y retiró su ficha de cliente, inmediatamente se dirigió al departamento de redacción del diario local y entregó su historial de películas alquiladas al director del periódico.

- "¿y esto que es, estimado caballero?" - preguntó intrigado el nefasto jefe de redacción.

-"esto señor....hmmm" - contestó Roberto - "esto... ¡esto es mi vida!, ¿acaso uno no es un producto de aquello que más los marcó, de todo eso que alguna vez le hizo reír o llorar?... Discúlpeme, buen hombre, ¿usted nunca se perdió frente a la pantalla del cine y lloró?"

Terminadas las aclaraciones Rodolfo se retiró silenciosamente camino al centro, esa tarde se estrenaba la última de Allen en el cine El Cairo.