domingo, 24 de enero de 2010

El pedazo de pan

Por las tardes, después de la siesta, solía ir hasta lo de doña Pepa a buscar un pedazo de pan. Doña Pepa se lo apartaba al mediodía, sabiendo que él no faltaría al ritual de cada día.
Golpe de palmas, el silencio de la espera y luego, el sonido de la llave abriendo desde adentro y la puerta que finalmente se abría, dejando lugar a la frágil figura de aquella anciana, tan noble como gentil, que apoyándose con firmeza en el bastón atravesaba el pequeño jardín que tenía delante de su casa y acercándose con una expresión de dulzura en el rostro, le tendía el pan entre los barrotes de las rejas que separaban su hogar de la vereda.
El "muchas gracias", la inclinación de cabeza como asintiendo esas mismas palabras y el alejarse contento, con la comida en las manos. Luego la plaza, la sombra de las palmeras, y el picoteo de a poco de ese pan tan valioso, que hacía de almuerzo, merienda y cena.
Cuando esa tarde, tras golpear varias veces las manos delante de la casa doña Pepa, no escuchó el sonido angelical de las llaves, presintió algo feo. Golpeó una o dos veces más, hasta que un vecino cansado quizá del ruido que estaba haciendo, salió a la vereda y le informó que no insistiera, que doña Pepa había muerto la noche anterior y sus hijos habían llevado su cuerpo a cremar.
Tal fue la sorpresa, que no supo como tomarlo. Aquella anciana tan amable, ya no existía. Y más allá de su pan, que evitaba el dolor de estómago, el sentimiento de pérdida era inmenso, y ahora lo que le dolía era el corazón.
Triste y meditabundo, caminó por las sombras de la tarde hasta su plaza de todos los días. Buscó su banco, donde prácticamente vivía, salvo noches de invierno muy duras en las que buscaba algún refugio. Allí estaba, con sus pocas pertenencias, tan vacío como su alma.
Sin embargo, al sentarse, vio en una bolsita sobre sus cosas, un pan como los que le daba doña Pepa y al fin sintió que una sonrisa despertaba en su cara. Y mirando al cielo, se lo devoró con gusto.

domingo, 17 de enero de 2010

Hombre al agua

Lo golpeó la botavara. De alguna forma el cuadernal se había zafado y la oscilación del madero horizontal, chocándole la espalda, fue suficiente para que perdiera el equilibrio y cayera por la borda.
Sabía que estaba a dos kilómetros metros de la costa y que su embarcación iba a unos siete nudos de velocidad. Si hubiese caído por babor, hubiese tenido la suerte de tener a mano la red de pesca. Pero por estribor, solo tenía el extenso mar rodeándolo.
El peor de los problemas, era que no sabía nadar. Siempre mentía al respecto al renovar su licencia náutica. Ahora se arrepentía de haber hecho valer en todas esas oportunidades su influencia política.
Aunque maldecía sobre todo, el no tener puesto un chaleco salvavidas. ¿Cómo se iba a imaginar que la botavara iba a golpearlo?
Veía alejándose la vela de su embarcación, sostenida por un mástil cada vez más inalcanzable, incluso para la vista. El oleaje lo arrastraba con rumbo incierto y desesperación creciente.
Hacía lo imposible por mantenerse a flote, pero suponía que lo único que lograba era cansarse y empeorar las cosas. Cabeceaba en todas direcciones, escupiendo el agua salada que se filtraba por la boca.
A lo lejos, en el horizonte, creyó ver algo. Pero lo que era esperanza trocó en ironía. Su propia embarcación, con la vela en libertad de acción debido a la botavara suelta, viajaba ahora otra dirección, pero no justamente en la suya.
Pensó que todo se limitaría a resignarse y aguardar el final, simple, sencillamente. Las piernas se le estaban acalambrando y el cansancio haciendo estragos. Bastante había aguantado a flote.
Ahora vendría el descenso, la caída libre en cámara lenta, la mente puesta en su mujer que había quedado en la casa de la playa, mientras el cielo iba perdiéndose cada vez más cubierto por una capa de agua intensa, sabiendo que sus hijos se enterarían estando en etapa de exámenes en la facultad, en tanto los colores se iban apagando y los rayos de sol se veían cada segundo que pasaba más distantes... todo hubiera sido así, si no fuese por esos dientes enormes que vio a último momento llevándose una de sus piernas y mordiendo con ahínco su abdomen, no dejándole ni siquiera la oportunidad de morir en paz.

miércoles, 13 de enero de 2010

De cómo te trata la vida


Julián salió de su departamento temprano. Fue hasta la plaza. Se detuvo a charlar con otros jubilados. El sol de la mañana lo reconfortaba, se sentía vital y con muchas ganas de vivir.

Elena amaneció pensando en qué motivos podía tener ella para sentirse feliz o siquiera para levantarse de su cama. No abrió la ventana, demasiado sol; además, pensaba, para qué asomarse si la gente hace su vida, si hasta se saludan gentiles y sonrientes.

Julián se encontró con Manuel. Intercambiaron novedades de achaques entre apuestas de quién sería el primero de partir al más allá y tirarle del dedo gordo del pie al otro durante un sueño.

Elena tuvo que salir al fin a hacer las compras, al cruzarse con Marcela compitieron un rato acerca de quién estaba más enferma y dolorida. Fue empate en muchos goles.

Al ver a Julián, Aníbal cruzó la calle apresurado y se puso a caminar a su lado, mientras desgranaba las malas nuevas del gobierno que es un desastre, de los precios que no dejan mantener la camioneta importada y de todo aquello que hacía su vida imposible. Julián lo palmeó e intentó decirle algunas palabras de aliento antes de separarse en una esquina.

En el súper, Elena vio a Juana e intentó comunicarle un poco de su desazón y resentimiento que, al fin de cuentas, eran compartidos por muchos. Pero Juana empezó a reírse y ella insultándola por lo bajo y se apartó buscando otra víctima.

Al fin, Julián llegó a casa y se puso a pasar el trapo en el comedor, que buena falta le hacía.

Cuando llegó Elena, desde la misma puerta entró protestando una vez más, otra vez más… El cariñoso gesto de amor de su esposo fue lo que colmó el vaso. Se dijo para sus adentros que todo había sido una incongruencia, que no era justo, que por qué a ella le tocaba sufrir así. Pero que se terminaba. Eran viejos, nadie sospecharía del veneno de ratas. Una descompostura, una descompensación y listo.

En el velatorio de su esposo hubo los suficientes oídos dispuestos a escuchar a Elena renegar de cómo la vida la trató siempre tan mal, que le quitó la última sonrisa al llevarse al santo de Julián, que había sido lo único por lo que se conservaba aún viva.

sábado, 9 de enero de 2010

Dormido escribe mejor

El gran problema de Rogelio es que solo podía escribir si estaba dormido. Era un excelente periodista, lograba muy buenas entrevistas, estaba bien informado, era objetivo y se había ganado la confianza de muchas fuentes informativas.
Cuando llegaba a la redacción, cinco de la tarde, necesitaba meterse en su oficina, cerrar las persianas de su ventana y acomodarse en su sillón para luego caer rendido de cansancio con la cabeza sobre el escritorio.
Por alguna extraña razón, cuando despertaba, casi siempre sobresaltado por alguien que ingresaba a su lugar de trabajo, disimulaba las ojeras y hacia como seguía tecleando en su computadora.
Claro que el asombro corría por parte del propio Rogelio, que al mirar bien la pantalla veía casi sin poder creerlo que ya tenía la mitad de la nota hecha. Y ni siquiera recordaba cuando lo había escrito.
Tantas veces le sucedió esto, que llegó a la inevitable conclusión: tenía el don de escribir dormido.
Con este secreto a cuestas, organizó mejor sus actividades. Ahora tenía tiempo no solo para hacer su trabajo, sino para divertirse, juntarse con los amigos que hacía tiempo no veía. En síntesis, recuperar la vida social que el oficio le había hecho a un lado.
Y cuando le preguntaban "Rogelio ¿no tenés que ir a escribir?" el les respondía "no se preocupen, puedo escribir hasta con los ojos cerrados".
Lo que nunca iba a sospechar Rogelio era que un buen día sufriría de insomnio. Durante casi una semana, no pudo conciliar el sueño. Y no solo era malo para la salud, también lo era laboralmente, porque por más que entrevistara, buscase información, cotejara datos, tuviera en sus manos primicias absolutas, no podía hacer nada con ellas, porque no podía escribir.
La primera noche luego del insomnio en la que pudo dormir, tuvo pesadillas. Y al despertar, descubrió que había escrito cosas sin sentido. Nada relacionado con lo que debía preparar.
De todas formas, ya era algo. Se sintió más aliviado. De ver la página en blanco los últimos siete días, a cinco o seis líneas con textos que a simple vista le eran indescifrables.
Las noches siguientes fue alternando pesadillas con sueños buenos, sin embargo al despertar, seguían los textos que él llamaba "raros". También cuando se dormía en su oficina escribía de la misma manera.
Una tarde, buscando ideas en otras secciones del diario, puso la mirada en los obituarios. Sintió que se le erizaba hasta el último vello del cuerpo. Conocía los textos que estaban impresos. Salvo los nombres de los difuntos, el resto, eran los escritos que encontraba en su computadora o anotador al despertar.
Corrió a ver a su jefe de redacción, le comentó lo que le estaba sucediendo. Era fascinante. Anticipaba los obituarios, con muchos días de antelación. A excepción del nombre de la persona fallecida, el resto era un calco, letra por letra, de lo que sus pesadillas le dictaban. Estaba entusiasmado, se había convertido en un fenómeno.
Su jefe de redacción lo miró, con la misma tranquilidad que pudiera observar un orangután detrás de una jaula en el zoológico y le extendió una pila de carpetas para que las agarrara.
- Rogelio - comenzó a decirle, en tanto Rogelio soñaba con ser él la noticia, el centro de atención, el... - Rogelio, por favor, préstame atención. Desde hace varias semanas que no escribís una nota y ahora me decís que los obituarios que están saliendo, vos ya los escribiste antes. Bueno Rogelio, hemos encontrado la solución a tu problema.
Hoy en día Rogelio es jefe de obituarios. Su nuevo gran problema es que considera a la misma, como un área muerta. De todas formas, el trabajo lo lleva siempre por adelantado.

domingo, 3 de enero de 2010

La salvación

Un hombre cubierto con un rompevientos naranja los iba apurando para que subieran al bote salvavidas. A sus espaldas, la embarcación más grande se estaba hundiendo. Ninguno quería volver la mirada, tampoco necesitaban hacerlo, porque los sonidos de fondo y la turbulencia del agua prácticamente pintaban en sus mentes la escena trágica.
El viento salpicaba los rostros de agua salada. En otra ocasión, los habría molestado. En ese instante era una nimiedad. El bote ya estaba lleno. Era para doce, pero dentro habían subido a quince. El hombre del rompevientos naranja detuvo a una niña de diez años que iba a subir.
La mandó al bote de al lado. La nena gritó que "no", con toda la fuerza que el miedo puede permitirle a uno en un momento así, gritar que "no". Es que su hermanita de cinco y su hermano de siete habían subido a "ese" bote, gritaba señalando acusadoramente con la mano.
Pero al hombre de naranja poco le importó y tomándola del codo la empujó hacia otra persona con un rompevientos del mismo color, ubicada a unos metros. En tanto, en el bote, la nenita de cinco y el nenito de siete, lloraban sin consuelo, abrazados entre si, temerosos de lo que les podría pasar, pero principalmente aliviados.
Aún tenían chance de escapar de esa loca niña, llevada ahora en otro bote, pero que estando en el crucero, haciéndose pasar por hermana de ellos, los había maltratado mientras los mantenía encerrado en el baño, junto al cuerpo de su madre, a quién había matado por no permitir que se integrara a ese seno familiar que tanto la atraía.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Ironías

La pequeña Rosa vaga sin encanto, soñando con ser una colorida mariposa.
Esconde bajo los párpados sucios, el llanto de la mañana, aquel que tímido asoma cuando el estómago gruñe, pidiendo la comida diariamente ausente.
Recorre las calles, suplicando por una limosna; su carita de ocho años se confunde con la indiferencia de los que deambulan apresurados sin tiempo a nada.
Alguien le tira una moneda, que cae al suelo y se va rodando, con un andar esquivo y tambaleante.
La pequeña Rosa la persigue sin ver y el coche que viene de frente es su cruel adiós.
Muere sin alas y descolorida, sin que a nadie le importe, por culpa de la moneda que anhelaba para no morir.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Triste contemplación de los días

El cristal cayó, casi rodando, sobre su hombro. Fue el golpe y un breve sonido lo que hizo que se diera cuenta. Buscó con la mirada sobre el suelo de baldosas y además de hojas, algún que otro papel, no veía nada, salvo, claro, baldosas.
Pero algo había golpeado su hombro. Se agachó y con cuidado, barrió las hojas con sus manos, y a los pocos segundos, lo había encontrado.
Era un cristal azul, de infinitas caras, tallado con una paciencia infinita, casi se diría, sobrehumana. ¿Existe una máquina que pueda hacer algo así? se preguntó en silencio, aún en cuclillas, con el cristal entre sus dedos alzándolo hacia la luz, mientras le gente iba y venía por la vereda, ajena a su contemplación.
Le había dado en el hombro, entonces tuvo que haber caído desde arriba. Meditaba sin apartar los ojos del pequeño cuerpo sólido que atrapaban con delicadeza y respeto sus dedos.
Logró sacar los ojos del cristal, aunque ahora lo apretaba fuerte con la mano, para sentir su presencia. Observó los balcones de las casas ubicadas en la vereda. Buscó ventanas abiertas, desde las cuales el destino pudiese haber empujado el objeto al vacío.
Todas cerradas. Los balcones ausentes. Las fachadas silentes. Ni la brisa le arrebataba a la imagen un signo de vitalidad. En cambio, alrededor suyo, las personas transitaban a velocidades siderales, casi llevándose por delante unos a otros.
Dio unos pasos hacia atrás, para alcanzar el cordón de la vereda. El ángulo le permitía ver ahora los hechos, pero salvo el volar de unos pájaros, hasta las azoteas parecían estar en otra cosa.
Delante de él, una hoja seca que dormitaba con muchas otras, levantó vuelo, impulsada por una corriente de aire burlona, desafiándolo a que la siguiera con la mirada.
La hoja se elevaba en tanto giraba sobre si mismo, como una bailarina girando su cuerpo. Hizo dos círculos completos y luego se confundió con las hojas vivas del árbol que en algún momento previo, la había dejado marchar.
Intentó seguirla atentamente, pero en medio del follaje la persecución visual se hizo imposible. Casi sin pensarlo, abrió la palma donde guardaba con cuidado el cristal y con la otra lo tomó y colocó delante de los ojos.
Su cara se iluminó al instante. El cristal permitía ver a través de él y las infinitas caras eran más que infinitas caras. De repente, el mundo delante de sus retinas se volvió azul y cada detalle, aspecto y sentimiento danzando en la dirección que enfocara quedaba en relieve, apreciándose milímetro a milímetro, como si estuviese observando por una lupa, pero todo el contexto a la vez.
Y a través del cristal, vio la hoja voladora nuevamente en el árbol, pero no atrapada por alguna rama u otras hojas, sino conectada otra vez con su vaina a la corteza y se la veía... feliz.
Se quitó el cristal y el mundo volvió a ser el de siempre, con el ser humano indiferente, las hojas perdiendo el color en el suelo, los árboles soportando estoicamente el silencio del olvido, las viviendas pálidas y anodinas calladas como siempre, el gris del cielo abarcándolo todo... suspiró triste, porque también allí estaba su hoja, otras vez sobre las baldosas. Nunca había vuelto al árbol, tan solo se había animado a volar alto, hasta que el viento dijo basta y su viaje terminó, regresando a dónde ahora pertenecía.
Volvió a usar el cristal y ahora observó a la gente. Todos sonreían, lo saludaban efusivamente al pasar y algunos hasta se detenían para darse un apretón de manos, un beso en la mejilla, un abrazo de renovada esperanza. Si hasta casi se le cae una lágrima al ver tanta humanidad en esa simple vereda. Pero al retirar el cristal azul, la realidad oscureció el momento. La realidad no tenía esperanza y entonces la lágrima al final cedió, pero cargada de pena.
Miró el cristal en su mano y volvió a buscar en lo alto, sin dejarse distraer por hojas llevadas por el tiempo ni las tristezas que flotaban alrededor y al fin lo encontró. Allí a lo lejos, alto, muy alto, donde los nubarrones que se habían retirado dejaron un hueco celeste, notó que el cielo tenía una mancha, tan ínfima que podía pasar imperceptible para todo aquel que no estuviera buscando una explicación.
Y así supo que lo que tenía en sus manos no era un cristal común, sino un pedazo de cielo, quizá, se decía, una lágrima que derramara ante la triste contemplación de todos los días.
Al menos el cielo, pensaba él, tenía la posibilidad de darnos su espalda oscura por la noche y olvidarse hasta el otro día. Nuestras penas, sin embargo, nos acompañan hasta la cama y perduran en los sueños. Guardó el cristal azul en el bolsillo y siguió caminando, aunque sin mucha certeza hacia dónde.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Cantar decembrino

Duerme la cordura su sueño más profundo,
despiertan polvorientos arcanos mensajeros,
preñada de alegorías, tan vieja como el mundo,
historia de profetas, de errantes pregoneros.

Porque sueñan peregrinos, errabundos, los lares;
se acallan multitudes, se avienen a ser uno
y a la sombra de sus piras, juegan en los altares,
hasta esfumarse, rendidos, aquel instante oportuno.

Confluyen los tiempos, el talón cae, violento,
y se preguntan -sin escarnio alguno- los mitos,
si puede retrotraerse de alguna manera el tiempo,
si olimpos, si panteones pueden ya no ser contritos.

En cambio viene del este, el que se alza imponente,
es quien dibuja las sombras, brillos, contraluces.
Quien empuja los vientos, los tiempos, aquiescente,
de quien se dice que fuerza a reconducir los cauces.

Algo pasó en el cielo, allá, sólo un pálido destello,
los conjuros se cerraron, rasgan los templos sus velos.
En la frente una señal, la segunda. Sí, el resello,
y lo podrido, de blanco, no puede mirar los cielos.

Y la señal, la segunda, ya deviene en tal denuncia,
-no hay gambetas ni elusiones que excusen la osadía-
está la marca en su mano, que con gestos se pronuncia,
está la lengua afilada y feroz ya siega la hipocresía.

Augures que acuñan las suertes que están echadas,
señores que acarician lo vacuo de sus altares,
monedas que ya cortan los dedos de la redada,
ya otra sangre es la que falta para dibujar cantares.

Aquellos que ya vendrán, porque se acerca la hora,
del día jamás pensado en que se jueguen destinos
de las manos que se cruzan cuando suene la anacora,
y se acaben las opciones, empujados al camino.

Y los lares y los duendes, querubines y baales
sabrán que maduro ya está el tiempo de la cosecha,
y se dormirán tranquilos bajo ligeros cendales,
cuando hayamos aprendido con la historia toda hecha.

viernes, 18 de diciembre de 2009

La del Mono


Para todos era el Mono. Para mí un tipo fantástico que se rebelaba ante la gravedad, que podía trepar al pino más alto. Que podía caerse desde allá arriba del árbol bellaco, incluso de espaldas, darse un flor de golpe, revolcarse un poco y pararse tajeado por todos lados para sacudir el polvo entre sus propias carcajadas insolentes.
Treparse era lo suyo. No había pared, ni tapial, ni columna que se le opusiera. El Mono. Largos brazos y unos rasgos que colaboraban precisamente para la exactitud del mote.
Bastaba un leve descuido para que dejara la altura común y nos mirara desde arriba.
Jugar a las escondidas con él era simple y complejo a la vez. Se sabía que estaría allá arriba. Pero los arribas eran muchos en la cuadra y el Mono aportaba ese cachito de sinrazón, de locura infantil, al más sagrado de los juegos, que transformaba en doble delicia las largas tardecitas a la vera del Chapuy.
Algunos pibes en el barrio tenían rifle. Los mejores posicionados un Mahely Master de calibre cinco y medio. Le seguían los de cuatro y medio. Mi hermano y yo no teníamos rifle. En parte porque no entraba en el presupuesto familiar, en parte porque mis viejos lo consideraban peligroso. Lo nuestro era la gomera, lo cual era un alivio para mí porque permitía evitar el simple expediente de matar un pajarito para ascender en consideración del grupo de chicos y la eterna culpa de haberlo hecho. Así y todo, lograba el préstamo de algún rifle de cuatro y medio eventualmente, tal vez por mi cara de ñata contra el vidrio al ver tirar a los demás. El Mono tenía un rifle marca Churrinche rasquísimo, que para mí tenía el caño curvo. Uno tenía que hacer un pequeño cálculo mental para acertar al blanco. Si apuntabas a un gorrión, por ejemplo, posado en una antena de televisión en alguna terraza del barrio -con el límpido paño celeste de fondo- podías ver fugazmente la extrañamente curva trayectoria del balín hacia la luna, lo que indicaba además que salía a una velocidad casi inofensiva.
Cuando el Mono salía con el Churrinche era una fiesta. Le tiraba a todo lo que se movía acertando hasta los razonable diez metros que permitía el artefacto. Pero jamás le acertaba a un pajarito. Y yo lo admiraba por esa puntería que fallaba ante tibios plumones. Además, lo prestaba siempre.
Era capaz de subirse a un oscilante pino de cualquier altura para mandarle balín a los macilentos jirones de barriletes enredados en los cables. Era capaz de hacernos reír desde que aparecía por el barrio a visitar a los tíos de la esquina, hasta que regresaba a su casa a la nochecita. Si sumamos a esto que el Mono era bueno y veraz, no quedaba margen para negar que su presencia en el barrio era, como dije, una fiesta.
Pero algo ensombrecía el aprecio por el Mono. Le falta un tornillo, decían los viejos de la cuadra. No hace cosas normales. ¿No ves la cara de loquito? Cómo le va a ir bien en la escuela si anda todo el tiempo subido a algo o con el rifle...
El Mono repetía de grado y no por primera vez. Mientras su hermano mayor era ya un correcto empleado, el Mono iba terminando a desgano la primaria, donde no podía treparse y mirar desde arriba. Donde la premisa era enrasar a todos para que miren desde abajo.
En la adolescencia apenas si le permitían salir. Su sonrisa y sus carcajadas permanentes eran más un recuerdo que un reflejo de su rostro. Ya no se trepaba. Había aprendido a mirar desde abajo. Era menos que todos.
Yo creo que entonces ya sabía que no iba a conseguir nunca un buen empleo ni iba a poder estudiar como casi todos los demás. Creo también que en el fondo de sus negros ojos guardaba la visión de cóndor que se le había negado. De cóndor que fue educado para vivir como un pavo, según el cuento.
Formó familia, se hizo testigo de jehová, después pentecostal -o al revés- sintiéndose alguien en una comunidad que le asignaba una tarea clara. Hacía changas, vestía siempre humildemente, pero se negaba a colaborar con su hermano que era otro tipo de trepador, de esos que estos tiempos llaman emprendedores cultivadores del esfuerzo ajeno.
En una época pasaba por casa, y por muchas otras, ofreciendo un pan de chicharrón que casi no ameritaba ser llamado pan ni ser de chicharrón. Y yo, que siempre envidié sus vuelos, su amor a las alturas, su inofensivo rifle, su recuerdo de caídas con carcajadas, le compraba sin animarme a confesar jamás mi secreta admiración.
Cuando dos por tres lo veo, juro que no puedo dejar de pensar en esta clase de gente como el Mono, Jovino, el Turco o Guasca que, ajenos al ritmo soberbio de la vanagloria, del vacío discurso que muchas veces puebla nuestras aulas, ajenos a objetivos cumplidos, autoayuda, coaching, ajenos a títulos honoríficos o distinciones, incapaces de discurrir en público, despreocupados por la inseguridad, el tipo de cambio, la ecología, la literatura de vanguardia, cruzamos en nuestras veredas tenidos a menos por quienes no nos sentimos ajenos.
Quizás sea porque no nos animamos a la inocente trepada del Mono por miedo a caernos o por miedo a -de una buena vez por todas- ver las cosas de otra manera...

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Así es la vida

Hombre grande y simpaticón era el Braulio Martínez, dueño del almacén de la esquina de casa. Recuerdo la mañana que el viento juguetón de agosto lo sorprendió barriendo la vereda y a Marisa, la chica linda de la cuadra, con la pollera suelta. La tela subió como para no querer volver a bajar y don Braulio que no era lento en ningún sentido batió las palmas, en una proclama de asentimiento, sin ruborizarse ni siquiera una pizca cuando la pobre Marisa, haciendo gala de su falta de humor pegó media vuelta, le metió tremenda mano en el rostro y siguió su camino, eso si, ahora sosteniendo el ruedo, para que no se le volviera a levantar.
Podría contar tantas anécdotas del almacenero que no nos iríamos más. Y se que usted está apurado. Pero no puedo dejar de reírme cuando me acuerdo de la vez que la vecina, creo que era Clotilde o Ramona, el nombre en realidad no viene al caso, le pidió a Braulio que le baja el gato del árbol. Lo que no tenía escalera se trajo del negocio un par de latas galletitas, de esas que venían antes, y las apiló. Pero era grandote de cuerpo, tirando a robusto, y las cajas cedieron. Flor de tortazo se pegó, pero mire como era el hombre que se levantó a las carcajadas y no va que la vieja le recrimina que en lugar de buscarle la mascota se pone a jugar, para qué, el Braulio se encaramó a una rama y de un manotazo bajó al animal: ¡Acá tiene el gato de mierda vecina" le dijo y se lo tiró de tal forma que se le prendió de una teta ahhh perdone, perdone que llore de la risa, pero si usted lo hubiese visto... ¡la cara de la vieja! y la del Braulio ni le cuento, por favor, si nos meábamos todos cuando andábamos por ahí.
En fin, así es la vida. La de personajes que uno conoce. Así que usted me dice que sabe quién es. ¿Sigue en el barrio? Porque yo me mudé, los estudios, después mis viejos vendieron la casa, se buscaron algo más chiquito y yo me instalé acá con la casa de velatorios. No me quejo, me va muy bien. Y allá quedó el barrio, con esos recuerdos que se vienen como en una oleada con solo escuchar un nombre conocido. Qué lindo recuerdo me ha traído, sinceramente. Y discúlpeme que insista, pero ¿de dónde lo conoce al Braulio Martínez? Ah, claro, si, el hombre que atropelló a su... claro, si, si, por Dios, que desgracia, siempre fue un peligro al volante ese hombre, en fin, así es la vida. Mejor le muestro lo que tenemos en ataúdes ¿le parece bien?

domingo, 13 de diciembre de 2009

Tragantúa

El problema de Alfonso López fue algo que siempre nos asombró de pequeños.
Algunos lo atribuían a la falta de leche materna durante su periodo de lactancia. Otros a una especie de bulimia compulsiva de palabras.
Pobre Alfonso, sufría por ser tan hambriento de frases.
La última vez que lo crucé caminando por calle Jujuy me miró de reojo y se perdió entre los alrededores del Club Riberas del Paraná.

Alfonso no era un mal tipo. Yo lo sabía mejor que nadie.
Pero los pequeños círculos de personas que lo rodeaban lo señalaban con el dedo acusador de quienes creen tener la verdad y el entendimiento para juzgar a sus vecinos.
Se decía que Alfonso no tenía respeto por nadie ni por nada.
Nunca saludaba, nunca respondía, nunca sonreía...

Como decía anteriormente, creo que fui la única persona que comprendí el gran problema de Alfonso, y aunque hoy ya no sirva de mucho se los voy a contar.

Alfonso sufría de un apetito voraz por las palabras y su encadenamientos. Soñaba despierto con las vocales sabrosas y coloridas. Su mente divagaba entre acentos y signos de puntuación.
De pequeño devoraba (y no literalmente) los diccionarios Larousse Ilustrados que ocultaban sus padres en los últimos estantes de la biblioteca heredada de sus abuelos.

Pobre Alfonso López, su devoción por la lengua lo llevó a extremos fuera de lo común.

La gran cruz que cargó desde su primera adolescencia fue el asombroso hecho de comerse sus propias palabras. Cada vez que Alfonso vocalizaba una frase, ésta se elaboraba cuidadosamente entre sus cuerdas vocales para salir de sus labios. En ese instante el pobre de López daba un paso adelante y engullía ferozmente la secuela de vocales y consonantes que clamaban por su libertad.
Así Alfonso devoraba día tras días su propias frases. Cuando intentaba decir "Hola" su apetito insaciable se deleitaba por una sabrosa H una O, una larga L y una dulce A.
Alfonso nunca fue un hombre irrespetuoso.
De haber podido habría saludado a cada uno de sus vecinos, nos habría regalado alguno de los grandes poemas que compuso para luego atragantarse con ellos.
Alfonso nunca fue una mala persona.
Pero sus vecinos nunca comprendieron que el problema era su hambrienta necesidad de palabras.

jueves, 3 de diciembre de 2009

De ilusiones pequeñas

Hizo rebotar la pelota de goma por última vez en el tapial del vecino y se metió en su casa. Pensaba en esas trenzas que lo distraían de día y le quitaban el sueño de noche.
Se sentó delante de la televisión sin ver y buscó en una revista vieja la compañía que no precisaba. Cenó cuando lo llamaron a pesar de no tener apetito y se acostó cuando sabía que era en vano porque no tenía sueño.
Aguardó que el sol se filtrara por su ventana y el despertador desde la habitación de su madre rompiera en un grito. Se levantó presuroso y feliz. Se lavó la cara, desayunó, besó a su madre y corrió a la escuela.
Ese amor de tercer grado lo tenía a maltraer. Cortó un jazmín en el camino y la esperó en la puerta. La vio venir. Sabía que estaba ruborizado antes que ella llegara a su lado.
Las trenzas color del trigo se balancearon delante de sus ojos, tan suaves y angelicales como las veía cada vez que, paradójicamente, los cerraba. Adelantó su mano, la que sostenía el jazmín.
Ella siguió caminando, sin siquiera dirigirle la mirada. ¿Acaso había visto su gesto? ¿Acaso no sospechaba de su amor? Suspiró con el corazón roto. Detrás venía su maestra, así que le regaló la flor.
Esperó el timbre tan triste como cada día y se metió en el aula abatido y sin flor. ¡Era largo el trecho hasta el próximo amanecer!... cuando el sol le indicara que una nueva posibilidad de hablarle acababa de nacer.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Planta Baja

Todo comenzó con la caída de una gota de agua sobre mi frente.
¡Cómo saber que aquello sería el principio del desorden que controlaría mis próximos días!
¿Dónde estaba escrito que mi destino sería éste?.
En definitiva, nadie sabe quien escribe sus pasos o sus azares; nadie.
Y todo a raíz de aquella misteriosa gota que rebalso de alguna jarra para caer por su silencioso camino de manteles, servilletas, pisos y paredes hasta filtrarse entre el empapelado viejo de una cocina y deambular indecisa entre cables, tubos, caños, cemento, arena, ladrillos y grietas para dar con un agujero que la llevaría directo hasta mi frente.
Las realidades de los días varían entre las hojas de un libro o un periódico. Al menos eso creía yo hasta que la gota bendita se escurrió entre mis cejas para caer en la hoja del libro que estaba leyendo sobre la insignificante palabra “costa”.
¿Qué era una costa?
¿Qué era una realidad?
¿Qué significaban una cosa y la otra enfrentadas entre sí?
¿Dónde estaba la diferencia de mi realidad y la de los demás?.
El agua no era más que agua, pero aquella gota buscaba otro camino, otro sentido en mi absurda existencia. Lo supe desde ese instante en que la palabra “costa” se borroneaba ante mis pupilas y se iba escurriendo entre mis dedos.
La llegada de ese pequeño trozo de mar supuso el caos en mi hogar.
Tome una decisión rápida y corrí hasta la cocina donde podría recoger algunos víveres y herramientas que me serían útiles ante la triste y alocada aventura que se aproximaba. Una vez allí cargué mi mochila con toda la variedad de productos para luego dirigirme velozmente hasta mi habitación.
Hoy, desde la otra punta de lo que fue una vez mi casa, pienso en todo lo que se me escapa de las manos, en todo lo que una vez significó algo para mí. En aquellos libros amarillentos de Cortázar o Borges, en los discos de los Beatles, en el boleto capicúa que una vez conseguí a bordo de la línea 29, en la piedra de mica que me regalaron mis abuelos al volver aquel verano de Córdoba...
Pensar no es más que un acto reflejo ante la basta inmensidad que me rodea.
Lo comprendí desde el primer momento en que aquella descarada gota me surcó la frente.
Ante el arrebato acuoso de ese momento recolecté algunos artilugios más y emprendí la dura tarea de construir mi propia balsa, mi proyecto “Nautilus” (así lo llame en homenaje a Verne, otro escritor que murió sepultado en el extremo sur de mi habitación bajo niveles insospechados de agua).
Pasadas un par de horas de trabajo con el esqueleto de mi cama logré darle forma y acondicionar al Nautilus para luego equiparlo con mi mochila, mi cuaderno de viaje y algunos lápices que el tiempo quiso que sean mi voz, mi legado ante este olvidadizo y desorbitado mundo.
Así fue como me dispuse a enfrentar al temerario mar que se aproximaba, que golpeaba las puertas del salón y comenzaba a devastar los muebles heredados de la casa de San Martín de las Escobas, aquel polvoriento pueblo de Santa Fe donde mi bisabuela compraba cereales en la tienda de Ramos Generales de la estación del ferrocarril.
El mar es un solitario enemigo que inunda los caminos del ser humano ante su atónita mirada. Pude comprobarlo cada día mientras veía como aquella gota que había asomado por el techo del salón se transformaba en un caudal apresurado e invasor de agua.
Con la crecida de los niveles del mar vinieron los vientos y los días oscuros.
La conexión eléctrica de mi casa tuvo que ser cortada de inmediato. Por suerte contaba con unas velas y un encendedor en mi mochila para soportar las noches en las que navegaba entre las ruinas de mis muebles, antes un panorama incierto y solitario.
Aquella tímida luz es la que me permite escribir estas letras, estos gritos al vacío que doy por alguna extraña razón.
El más allá hoy me resulta tan lejano que ya no me asombra. No sé que será de los que alguna vez fueron mis vecinos. Temo que con el pasar de los meses vaya olvidando como sonreía Marta ante mis incesantes paseos por el frente de su panadería. Temo perder ese único contacto con lo que alguna vez llame mi vida.
Sin embargo hay momentos en los que no pierdo la esperanza de que alguien note como la humedad comienza a filtrarse por sus paredes y decida derribar la puerta de mi casa para poder navegar a todo impulso con mi balsa y ser libre al fin.
Luego recuerdo que vivo en una planta baja y me entristece saber que la humedad demora más tiempo en subir por las paredes que en filtrarse hacia un piso que este debajo como el mío.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Del lado de la ventanilla

Para convencer a su hermana que lo dejara sentarse del lado de la ventanilla, le tuvo que prometer que le bajaría los bolsos del colectivo una vez que llegaran a la ciudad.
Era obstinada y caprichosa, pero lo había logrado. También era haragana y que otro hiciera el esfuerzo por ella, significaba tocar el cielo con las manos. Su pedido, en cambio, no respondía a un capricho.
Por la ventana podía apreciar los paisajes, trasladarlos a su libreta de apuntes con su birome negra. Podía estar las cinco horas que duraba el viaje garabateando con una precisión milimétrica, a pesar del movimiento del vehículo y la dificultad de captar el otro lado con las imágenes desvaneciéndose a medida que avanzaban.
Los campos llanos, las vacas pastando, algún que otro arroyo o hilo de agua, los molinos perdidos en el tiempo, las nubes y sus formas, los árboles apuntando al norte. Con la lengua asomada apenas entre sus labios, sus ojos no de despegaban de la ventana, mientras sus dedos se movían ágiles dejando la huella impresa de su talento en el papel.
Su hermana, en tanto, dormía plácidamente, lo mismo que hubiese hecho de estar del lado de la ventanilla.
Había algo en la magia de ese paisaje acelerado, fugaz pero repetitivo, que lo sumergía en un estado de paz inigualable. No sabía si era el interminable verde fundiéndose con el celeste del cielo o la certeza de comprender el secreto de la naturaleza para el hombre, que era el regalo divino que nadie podía reclamar como propio, sino era el deber cuidarlo para preservarlo como el paraíso de todos.
Y en ese éxtasis humano y artístico, en el que sus pensamientos vagaban en campos de paz mientras sus dedos parecían frenéticos sobre su libreta, fue que de repente vio algo atípico del otro lado del vidrio: muy a lo lejos, detrás de la última hilera de árboles, varias columnas de humo se elevaban en las alturas como un presagio oscuro y horroroso.
Dejó de dibujar al instante y su respiración quedó en silencio. Tocó a su hermana en el hombro: "Mira, detrás de los árboles". Media dormida y molesta que la haya despertado, observó. Su conclusión, veloz y práctica, fue un puñal para sus oídos: "Es humo. Un incendio quizá".
Por supuesto que era un incendio. No necesitaba despertarla para que se lo confirmase. Pero desistió en decirle algo más. Ella volvió a cerrar los ojos mientras apoyaba la cabeza en el respaldo.
Se sintió dolorido por la respuesta. Cómo acaso alguien podía quedarse tranquilo ante lo que estaba pasando. La simpleza de la aceptación por parte de su hermana era la misma que la del género humano para tantas otras cosas: "Es una guerra, una matanza quizá".
Se imaginó árboles ardiendo, el ganado huyendo. Campos verdes arrasados y tras el paso del fuego, la negrura, la oscuridad envolviendo a la naturaleza. Y el hombre atónito, siempre luchando en contra del fuego en un número pequeño, casi inexistente. Si por el fuese se hubiese arrojado del colectivo allí mismo. Pero eso equivalía a una locura.
Se quedó mirando hacia el otro lado de la ventanilla, observando las enormes columnas, cada vez más grandes, mientras que sobre la ruta las vacas aún pastaban sin saber lo que se avecinaba. Había dejado de dibujar, sin embargo el sentimiento era tan profundo que pronto las hojas de su libreta de apuntes captaron el sufrimiento de esos campos a la distancia y como en un acto de magia, ardieron sin chistar, quedando tan solo el hollín del papel como prueba inequívoca del dolor, desde el alma y desde el arte.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Puras vueltas, la vida

Era principios de los noventa, el muro había caído, nos habían cobrado un penal inexistente en Italia pero ya vivíamos la nueva era del Coco, el de patillas ya no tenía patillas, las industrias estaban en picada y se hablaba de pueblos fantasmas, en casa se vivía amuchados y amargados, nos hablaban de revolución de no se qué y nos daban un dólar ficticio y en las calles se respiraba malhumor pero con sabor a conformismo.
Pero todavía era pibe y en teoría esas cosas no tenían que afectarme. Salía poco de casa, a veces daba vueltas en la bici, como para hacer tiempo y no llegar temprano. No tenía ganas de escuchar hablar de plata ni de política.
Entonces me escabullía en calles desoladas, llevando las ruedas sobre las hojas secas para sentirlas crugir al paso. A veces, al ver un escaparate de revistas en algún kiosco, empezaba a frenar despacito, como para llegar con lo justo delante del mismo.
Historietas, las tiras cómicas de Patoruzito, las Lupín que tanto me gustaban, las de fútbol que eran caras y casi perdidos entre las revistas, los libritos para chicos con forma de animalitos. Me arrancaban una sonrisa. De más pequeño los leía en la casa de una tía, que los tenía de cuando era maestra.
Jamás me detuve a ver quién los dibujaba y mucho menos quién los escribía. A esa edad no interesaba tanto. Casi en un arrebato, dejé la bici en la vereda (si, tirada, de lado, como mil veces me habían dicho que no hiciera) y entré a preguntar por esos libritos. Inventé el interés de un hermanito y supe el precio.
Conté las chirolas en el bolsillo y no, no llegaba. Compré caramelos, como para no quedar como alguien a quién no le alcanza el dinero. Me quedé afuera, mirando el escaparate, no se por cuánto tiempo.
Todavía estaba allí cuando la señora que atendía salió con una llave. La llave mágica pensé, la que todos soñaríamos con tener. Y tenía magia porque era con la cuál se abría ese mundo protegido por un marco de madera y vidrio, plagado de revistas, libros y periódicos.
Abrió la puerta y llevó la mano al librito que estaba mirando. Se llamaba "Chipío, el gorrioncito peleador". Pensé en un milagro y hasta me dieron ganas de llorar de la alegría. Claro, pensaba yo, cómo no se iba a dar cuenta si hacía como una hora que debía estar parado allí, como un estúpido, mirando ese librito. Y ella, tan amable, se había dado cuenta que cuando entré, en realidad lo quería comprar y el dinero no me había alcanzado.
La miré con una sonrisa. La señora me devolvió otra. Me sentí feliz. Muy feliz. Ella cerró la puerta y le dio dos vueltas de llave y seguido a eso, pegó media vuelta y se metió dentro del kiosco con el librito en la mano. Me quedé atónito, aún con la esperanza de verla salir, con "Chipio" envuelto para regalo.
Pero no, vi salir a un hombre joven, con su pequeña hija en brazos, llevando el librito como regalo, supongo, para ella. Iban los dos contentos.
Sonreí, mirando de reojo alrededor. Nadie había visto mi escena. Me sentía tonto, pero al menos en soledad. Algo es algo. ¿Cuántas personas en ese instante estarían comprando ese mismo librito? me pregunté estúpidamente, como para pensar rápido otra cosa. ¿Dos? ¿Una aquí y la otra en Buenos Aires? ¿Habría otra comprándolo en Córdoba, o en Rosario, o en Pehuancó? Qué importaba. Quizá nunca lo supiesen. ¿Acaso era importante?
Le di muchas vueltas al asunto, intentando en el ejercicio restarle importancia, hasta que decidí subirme de nuevo a la bici y emprender el camino a casa.
Me olvidé así del librito mientras daba algunas vueltas para hacer pasar el tiempo y llegar justo para la hora del almuerzo y evitar así esas cosas que a uno lo ponen mal.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Tras los pasos de E.

Para Neto, en su día...



Existe un escritor llamado E.
¿Existe?.

Las investigaciones literarias de más alto nivel arrojan resultados inciertos una y otras vez ante las misma cuestiones.

¿Quién es E.?
¿A que movimiento literario pertenece?
¿Cuáles son sus intenciones?

Existen una infinidad de textos de este autor repartidos en antologías provinciales y nacionales. Sus dotes se despliegan en varios portales webs desde donde sus creaciones se ramifican en giros interminables y maravillosos.
Los días se suceden cotidiana y absurdamente; pero sus lectores saben que el destello que los sorprenderá y los arrojará lejos del letargo rutinario de sus vidas está a la vuelta de la esquina. Sus lectores saben (y sabemos) que el misterio y la aventura se esconden entre los días de espera para las actualizaciones de sus blogs o participaciones literarias en revistas, magazines u antología que ande circulando por el mundo.

Ciertos grupos reaccionarios postulan su teoría sobre el misterioso E. Algunos sostienen que realmente este autor no existe como forma física.
Simplemente se cree que es un personaje creado por un grupo de autores de la provincia argentina de Santa Fe como reacción combativa y revolucionaria ante la producción literaria de Buenos Aires.

Otros grupos postulan que el verdadero E. es un conjunto de escritores extranjeros pertenecientes a la Real Academia Española que utilizando las posibilidades de internet logran desplegar sus sueños y frustraciones en relatos breves o extensas historias que funcionan de una manera perfecta dejando sin aliento y cuestionándose cada fragmento del día a quién se atreva a leer los mismos.

Existe un escritor llamado E.
Puedo afirmarlo. Existe y tiene una forma física, corpórea. Tiene un tacto y un sentido único para maravillarnos cada vez que se apodera de las palabras y juega con ellas.

Posee un sentido único que algunos suelen considerarlo de otro planeta. Pero están equivocados.
No es magia ni audacia; no es un poder extraterrestre. Es simplemente la pulsión misma de la creación la que corre por sus venas y E. no permite que se le escape en ningún momento.

Lo que hace de E. un escritor admirable es su habilidad para saber encontrar el corazón de cada elemento de la naturaleza y plasmarlo de una forma superior a la que otros escritores lo han hecho.
Hablo de superioridad humana; algo tan escaso en estos días que nos rodean y persiguen.

Existe un escritor llamado E.
Mis afirmaciones son ciertas.
Llevo años investigándolo, tras su pista; casi codo a codo.
No es fácil de encontrar y sabe muy bien como ocultarse de las masas que claman por sus declaraciones. Pero puedo decir que tengo la pista que todos querrían tener.

Existe un escritor llamado E. Si quieren comprobarlo basta con visitar Netomancia o este mismo blog.

sábado, 14 de noviembre de 2009

El extraño de las tardecitas

Así era Humberto, parco y solitario. De esa gente que apenas uno la ve en las calles del barrio. ¿Quién vive en esa casa que nunca se ve a nadie? suelen preguntar las visitas en las casas aledañas. Y la contestación es comúnmente "un tipo extraño más raro que perro verde".
Pero Humberto no es extraño. Es una persona normal, que se levanta por las mañanas, desayuna, enciende su computadora, lee los diarios, consulta el correo y luego hace su trabajo.
Es programador, así que desde temprano el teclado se convierte en una melodía monótona, quebrantada únicamente en los momentos en que se levanta para ir al baño o confirmar si lo que ha programado se ajusta a lo solicitado por el cliente.
No almuerza, detalle que tampoco lo transforma en raro. Pero sí merienda y muy bien. Es a la tardecita cuando se lo puede ver. Con la melena larga, barba de una semana, tranco rápido y cabeza gacha, marcha veloz a lo largo de un par de cuadras hasta el supermercado chino de la esquina, hace las compras para dos o tres días y sin saludar a nadie ni levantar la vista, vuelve raudo a su vivienda, como si el aire de la calle fuese malo y solo el de su casa lo pudiese salvar.
Los vecinos notaban que además de ser tan poco sociable con ellos, tampoco parecía ser una persona con amistades, dado que jamás le habían visto una visita. De más está aclarar que tampoco lo habían visto a él, aparte de hacer las compras, ir a algún otro lado.
Ni siquiera sabían que su nombre era Humberto. Lo llamaban el "ermitaño", "el raro", "el melenudo" y otra decena de sobrenombres que buscaban ajustarse a esa figura tan singular y llamativa.
A Humberto todo esto lo tenía sin cuidado. Su relación con el mundo era nula. Todo contacto era por correo electrónico. Todo diálogo era por teléfono. Apenas si intercambiaba monosílabos al hacer las compras: ¿Algo más? "No". ¿Paga en efectivo? "Si". Y así estaba bien.
Pero un día los dos mundos tuvieron que relacionarse. Fue cuando en el barrio apareció Doris. Una muchacha simpática, rubia, de ojos claros y sonrisa contagiosa. Preguntó en distintas puertas por un tal Humberto, hasta que finalmente los vecinos cayeron en la cuenta de que hacía referencia al "extraño" de las tardecitas.
¡Al fin alguien preguntaba por el raro! El barrio estaba convulsionado. Le indicaron donde quedaba la casa, pero nadie se quedó atrás, los vecinos se ofrecieron a acompañarla hasta la puerta misma. Y allá fueron, como en una protesta, la muchedumbre sin pancartas, avanzando por la vereda y la calle.
Aquí es, le dijeron, señalando una casa sin demasiados detalles, que pasaba desapercibida. Ella golpeó la puerta. Los vecinos escucharon el rítmico toc toc toc y aguardaron con impaciencia que la puerta se abriera, que saliera el raro, al que ahora conocían como Humberto y manifestara alguna señal de vida ante la presencia de Doris.
A todo ello, cada uno tenía su propia conjetura sobre Doris. Qué era su novia, su hermana, su ex, su prima, tan solo una amiga e incluso, una acreedora.
Doris volvió a golpear y viendo que Humberto no contestaba, lo llamaron a los gritos. ¡Humberto! ¡Humberto! ¡Doris ha venido a visitarte!
De repente se abrió la puerta y Humberto por primera vez les mostró sus ojos. Casi desafiantes, mirando hacia todos lados.
- ¿Qué es esto? ¿Qué es lo que dicen? les gritó alarmado.
No había alcanzado a adelantarse uno de los vecinos, para explicar el motivo, que Humberto volvió a hablar:
- No se cómo lo supieron, pero no me molesten con Doris. Dejen que ella descanse en paz. Y déjenme a mí, en mi mundo.
Y dicho esto, cerró la puerta con vehemencia.
Los vecinos miraron a Doris, aún parada delante de la puerta. El ni se había fijado en ella. Quisieron consolarla, pues estaba llorando, pero ella los apartó. Caminó hasta la vereda y retomó el camino por el que había venido, dándole la espalda a todos. A medida que daba un tranco, su silueta se iba desdibujando. Antes de llegar a la esquina, había desaparecido.
Los vecinos se quedaron observando una vereda vacía, todos con la boca abierta. Se miraron avergonzados y repartieron sus destinos según la suerte que desde hace rato tenían echada.
Jamás volvieron a hablar del extraño.

domingo, 8 de noviembre de 2009

La impaciencia de la confesión

Me miento. Me engaño con verdades que no son. Dibujo la realidad, convencido que detrás de los trazos negros y grises se mantendrán ocultos los pecados cometidos.
Oscilo entre la vida y la muerte, mientras garabateo en anotadores que dejaré esparcidos tras mi partida vaya saber donde. La mentira ha llegado demasiado lejos.
Camino hasta su casa. Golpeo. Espero impaciente, buscando con la vista algún indicio a través de las cortinas. Me imagino el sonido de las pisadas provenientes del otro lado de la puerta. Me convenzo de que están ahí, que pronto abrirá la puerta.
Entonces, preparo mi discurso, mis palabras. Esas que tengo atragantadas desde hace meses. Las quiero escupir una por una, saborearlas, sentir el sabor amargo, la textura cruel y luego, divertirme al ver como la golpean en el rostro, cachetazo tras cachetazo.
Espero. Pero la puerta no se abre. Las pisadas nunca existieron. Y nunca existirán. Ella ya no vive allí. Ya no está.
Yace en su cama, apuñalada por mi mano dos noches atrás.
¿Qué espera la policía para encontrarla? ¿Cuánto tiempo más tendré que vivir engañándome para creer que no he cometido mis pecados?

jueves, 5 de noviembre de 2009

Resplandor del Crepúsculo

Como todo el polvo que se asienta todo alrededor mío,
debo hallar un nuevo hogar,
las costumbres y los huecos que solían albergarme,
son todos como uno para mí actualmente.
Pero yo, yo buscaré por todas partes sólo para oír tu llamado,
y camino por rutas más extrañas que ésta.
En un mundo que yo solía conocer, te extraño aún más.
Pero ahora, ahora que perdí todo te doy mi alma,
el significado de todo en lo que creía antes,
se me escapa en este mundo de nada,
y te extraño aún más.

martes, 3 de noviembre de 2009

Extraño hecho al cruzar la calle

Miré hacia un lado, hacia el otro, volví a observar el semáforo y recién luego, crucé.
Iba por la mitad de la senda peatonal de la esquina, la que se usa para cruzar, cuando sentí el impacto. Me levantó por el aire.
Caí con la cadera contra el pavimento y mi cabeza rebotó como si fuese de goma.Instantáneamente la sangre comenzó a brotar del corte que se produjo.
Muy dolorido abrí los ojos, queriendo saber qué me había atropellado.
La calle estaba desierta. Giré con mucho esfuerzo la cabeza. En la otra dirección tampoco se veía vehículo alguno.
Quise pedir auxilio, pero la voz parecía extinta. Escuché sirenas. Mantuve los ojos abiertos. No vi venir ninguna ambulancia. Pero a los pocos segundos sentí que me levantaban de las piernas y los brazos y me colocaban sobre una camilla... ¡pero no había nadie allí, no había ninguna camilla debajo de mi cuerpo!
Quedé suspendido en el aire y casi de inmediato comencé a avanzar hacia delante, siempre en estado horizontal. Dolorido y todo, lo que estaba sucediendo me alarmaba. Cerré los ojos buscando conciliar una respuesta a todo, pero más dudas me asaltaron, dado que en lugar de quedar a oscuras pude ver el interior de la ambulancia.
Los volví a abrir y vi nubes en el cielo. Los cerré y allí estaba el techo de una ambulancia.
Grité pero no escuché ningún sonido. Desistí de seguir luchando. Me resigné temiendo la locura. Y dejé que el deterioro del accidente terminara de hacer su tarea, rindiéndome ante lo que no podía comprender.