viernes, 27 de enero de 2012

Temor al mundo

Tengo la luna envuelta y con un moño rojo, preparada para regalar. Tengo un sueño durmiendo en un colchón, con la cabeza sobre la almohada y los pies arropados con nuevas sábanas.
Tengo un mundo afuera que vive en pleno caos, gritándose cosas, insultándose, hablando de la paz a puñetazo limpio, soberbiando el existir, ninguneando al débil.
Y sobre todo tengo el deseo de despertar al sueño, tomar el regalo y abrir la puerta, salir al mundo y elevando la voz anunciar que todo puede cambiar, que todos podemos hacer de esto algo mejor y ofrecer mi obsequio, esperando millones de sonrisas.
Pero también tengo miedo.
Miedo que nadie me escuche y aquellos que lo hagan, se rían y tras media vuelta, sigan peleando en nombre de cosas buenas. Y aquí estoy, con la mano en el picaporte, decidiendo si debo salir.

miércoles, 18 de enero de 2012

De las profundidades

En algún camino de la vida su mente se tornó oscura y opaca como un anochecher.
Fue hace tiempo, tan lejano, tan distante. Pero desde entonces no paró de crecer.
Cada vez más maldita, más retorcida, en una inevitable búsqueda donde no jugaba el azar.
Recorriendo las calles bajo las estrellas, eligiendo la víctima, escogiendo a quién matar.
Sin embargo siempre fue eso, el deseo, la lujuria, con un dejo de perversidad.
Como un vicio que no se puede dejar, como un escapismo de la realidad.
Hasta aquella noche en la que la vio, a ella, a esa mujer que lo convirtió en alguien letal.
Su mente anhelaba la sangre, como su cuerpo y la hoja de acero entonces, al fin, fue mortal.
La muerte a sus pies, mostrándose como lo que es: el fin y nada más.
El pánico lo asaltó y de golpe sus ojos entendieron que no había más allá.
En su mente hubo un quiebre, algo que se rompió, como en aquel anochecer.
Corrió en la noche, sin dirección, mirando hacia atrás. Ya no sabía que había sido de él en el ayer.
Arrojó el cuchillo al río y lo olvidó, como quién aleja de su mente un tormento cruel.
Ni uno ni otro desaparecen, tan solo quedan ocultos debajo de una nueva piel.
Y uno sabe que algún día pueden volver.
De las profundidades pueden volver.

jueves, 12 de enero de 2012

Va mucho más allá

No se trata del simple hecho de encender la luz. No, va mucho más allá. No es solamente el acto de estirar el brazo a la deriva, hasta que los dedos tantean el interruptor sumido en la oscuridad para luego accionar la perilla y bañar la habitación de esa luminosidad que nos devuelve el aliento. No, va mucho más allá. Es todo lo que no se vislumbra de esa acción, aquello que nos motiva a escapar de las penumbras. Es el miedo oculto en nuestro interior, los terrores primarios que escondemos bajo capas y capas de recuerdos y pensamientos. Es la sensación de haber sido rozados en la noche por una mano espeluznante, de haber escuchado el susurro pronunciando nuestro nombre desde la ventana, de estar seguro de los pasos en el pasillo, de ese movimiento casi imperceptible bajo la cama. No es encender la luz. Va mucho más allá. Es volver a sepultar en la oscuridad lo que no queremos ver, sentir ni escuchar. Y paradójicamente, la oscuridad la hacemos con la luz.

viernes, 6 de enero de 2012

La mujer inmaculada

Ella, la mujer, inmaculada. Avanza, acaramelada. La luna aguarda, ajada. Las horas pasadas, las décadas olvidadas, que ella ha atravesado, amando, sufriendo, queriendo, deseando, sintiendo. Ella, que ahora desempolva de la caja sus recuerdos, observando en el reflejo que la edad se ha llevado los mejores momentos. Pero sin rencores, se sabe humana, se sabe amada. Es mujer, es ella. La que lucha, la que no se rinde. Y a sus pies seguirán cayendo, enamorados. Y de sus entrañas, seguirá pariendo. De su alma, seguirá amando. Lo sabe ella, lo sabe la luna que espera y lo sabe el tiempo, testigo eterno.

lunes, 26 de diciembre de 2011

La prueba del enamorado

Extrañar es amar incluso tu ausencia
Es un beso al aire que aguarda tu vuelta
Es saber que contigo se ha ido mi alma
Y que cada partida es amor en silencio

Extrañar son fotografías que no llenan el vacío
Recuerdos que jamás atrapará el olvido
Es un movimiento continuo de dolor con sentido
Es la sensación de ser un adicto desmedido

Extrañar es la prueba del enamorado
Es la clave de sentirse atrapado
Es el regocijo de amar como nunca se ha amado
Es saber que nuestra mitad está en otro lado

Extrañar no tiene cura ni remedio
No es una enfermedad, es un sentimiento
Es la necesidad de amar y tenernos
Y la deseo para siempre, con la eternidad como testigo

jueves, 22 de diciembre de 2011

El inventor

El pequeño Juani era el diablillo de la cuadra pero al mismo tiempo, era el discípulo más avispado del viejo Cañeras. De barba prominente y anteojos hechos en cobre, Cañeras era más que un inventor. Era una eminencia caída en la indiferencia.
Entre sus cacharros oxidados, de los cuales alguna que otra vez, uno servía para algo, se escondían reliquias de los tiempos en que el Consejo Superior acudía a él para afrontar las dificultades del mundo moderno. Sus proyectos habían ayudado a la comunidad. Pero su único fracaso lo había condenado al olvido.
El mundo lo había borrado del mapa y ahora subsistía reparando cacharros de otros. Las reliquias seguían siendo eso y Juani lo sabía. Como también sabía que el error del viejo había sido enseñarles a los hombres y mujeres que la muerte le era común a todos.
Aquel desafortunado invento, que de lejos parecía un reloj de pie, también descansaba en el depósito entre hojalatas y repuestos. Lo que nadie sabía era que Juani lo había puesto en marcha y cada día lo arrimaba a la ventana, apuntando a la gente que pasaba por el lugar.
Sonreía en silencio, mientras tomaba nota del día de la muerte de cada uno. Con sorna luego escribiría una breve esquela y la enviaría en cada caso a quién correspondía el día anterior a su deceso.
El viejo Cañeras, su abuelo, nunca lo sabría.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Eterno y cíclico

Corazón, que te quiero tanto,
tanto como el universo,
universo inmenso y eterno,
eterno como este amor,
amor que se convierte en pasión,
pasión envuelta en alegría,
alegría en tu sonrisas,
sonrisas que son caricias,
caricias que llegan al alma,
alma que cobija felicidad,
felicidad por los dos,
dos que se aman y quieren,
quieren una vida juntos,
juntos de la mano y el corazón.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Amparo y piedad

La barca llegó a oscuras, arrimándose a la orilla con timidez. Los niños saltaron a tierra y se alejaron de la costa. El manto de estrellas que los cobijaba se perdió en la espesura del lugar, rodeado de un mundo mágico de árboles, que recortados contra el cielo eran gigantes inmóviles.
Avanzaron casi a ciegas, guiándose por la espesura y la vegetación. El sonido ausente de la fauna los sobrecogía a cada paso. Cansados, hicieron un alto. No creían posible que pudiera alguien encontrarlos allí. Se recostaron sobre la hierba húmeda, sintiéndose protegidos por aquel inmenso jardín secreto, en medio de una isla que apareció de golpe entre la niebla, salvándolos de la inminente cacería a la que estaban condenados.
Al despertar, descubrieron un lugar que irradiaba paz. No lo dudaron, se quedaron allí por siempre, sin volver a la costa, sin preocuparse por el hambre ni la miseria. Un hogar secreto, en el silencio de una isla y un jardín invisibles para la humanidad. Los cinco niños esclavos vivieron desde entonces en paz y en libertad.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Cosas de pueblo

Mientras el sol bajaba detrás de las viviendas, ya despidiéndose hasta el día siguiente, la señora comenzó a cruzar hacia la vereda de enfrente sin prestar atención a los coches que circulaban por la calle.
Un auto color verde logró esquivarla merced a la pericia de su conductor, pero un vehículo rojo no tuvo la misma fortuna con la persona al volante y terminó levantándola por el aire.
La mujer cayó treinta metros más adelante. Los transeúntes se quedaron paralizados con la escena. Los demás automóviles detuvieron su marcha y sus ocupantes bajaron de los mismos.
Estaba inmóvil, una pétrea figura en el pavimento. La gente comenzó a mirarse entre si. Eran todos rostros conocidos, los mismos de cada día, incluso lo era la señora cuya vida parecía haberse extinguido.
No hubo necesidad de palabras, todo sucedió muy rápido. Un par de personas la cargaron de piernas y brazos mientras otros haciendo mucha fuerza levantaron la esquina de la plaza, como si de una alfombra se tratase.
Arrojaron a la mujer debajo y dejaron caer la punta de la arbolada manzana. Los rostros volvieron a sentirse aliviado y la rutina volvió a su ritmo normal.
El sol desapareció sin pedir permiso.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Ella

Ella es mi voz y mi sonrisa
Es el aire que respiro
Los sueños que sueño
La alegría que me rodea

Ella es la vida por delante
Es el presente que nunca será olvidado
Es el día a día acompañado
Es cada segundo a su lado

Ella es mi milagro
El regalo del destino
El tesoro más preciado
La única razón de todo

Es el nunca más solo
que prometen sus labios
Es el te amo
de cada despertar

Es mi deseo y pasión
La victoria del amor
La derrota del dolor
La esperanza hecha realidad

Ella es todo y mucho más
Las palabras justas no han sido inventadas
Ni lo serán jamás
Porque solo tiene un nombre y es el suyo

Ella es la dueña de mi corazón
El motivo de mi sentir
La culpable de esta felicidad
La causa de vivir

martes, 29 de noviembre de 2011

Semblante triste de payaso

De penas va y de penas viene. Cargado con su traje de colores y una lágrima que nunca cae sobre su mejilla, preparándose para salir al ruedo. Respira hondo, conteniendo el dolor. Es la única manera, el único modo. Afuera, los aplausos se transforman en un murmullo, en una incitación al fracaso. Pero no se asusta, poco es eso comparado con su vida.
Y poca es la risa que pueda causar para sepultar el llanto derramado, los kilómetros desandados. Se obstina el destino en decir basta y con sus colores a cuesta no puede más que resignarse y sonreír. Y su carcajada contagia a cientos, menos a él, quizá, el que más lo necesita.

martes, 22 de noviembre de 2011

Lagunita de la infancia

En el pueblo teníamos, a unos dos kilómetros, una pequeña lagunita. Para llegar había que cruzar el campo de los Ereros, atravesar unos quinientos metros de monte y descender por una barranca con mucho cuidado. En el fondo, estaba el lugar.
Eran pocos los que en verano se atrevían a hacer el recorrido para ir a refrescarse. Además, la barranca no era muy segura. La mayoría éramos chicos, otros eran adolescentes. Nosotros, que éramos los más pequeños, jamás decíamos en nuestras casas que íbamos a la lagunita. Nuestros padres no lo hubiesen permitido.
El día que se nos ahogó el Julián fue muy difícil hacerles creer que se resbaló en la zanja de los Rossi, cuando cazábamos sapos. Pero lo conseguimos. Cristian la sacó barata, porque se quebró bajando la barranca y pudo contar el cuento. Para los padres el cuento fue que se cayó de uno de los vagones del tren, mientras jugábamos a escalarlos.
Pero el problema mayor se nos presentó el día que la llevamos a la Claudia. Pobrecita, nunca vio la piedra en la orilla y se tiró de cabeza. Dio de lleno y se abrió el cráneo como una cáscara de huevo. La tuvimos que llevar entre dos hasta el pueblo, porque era algo gordita.
Cuando nos vio el médico nos preguntó que había sucedido. Dijimos lo primero que se nos ocurrió, siempre intentando evitar mencionar la lagunita, nuestro lugar predilecto. Fue así que sin darnos cuenta confesamos haberla golpeado con un caño de acero en medio de una discusión.
Mañana cumplo los dieciocho y quizá me trasladen a una prisión de mayores. Ojalá me toque con los chicos. Yo soy el más joven y ellos ya se fueron hace rato. La verdad que los extraño mucho, igual que a aquel paraje lejano. No veo la hora que pasen los años para poder volver a cruzar el campo, atravesar el monte, bajar por la barranca y zambullirme con ganas en el agua fresca y sucia de nuestra lagunita querida.

martes, 15 de noviembre de 2011

El desafío de Pablito

- No sé... es que me parece mal.
La voz de Pablito quería sonar firme, pero vacilaba al mismo tiempo que se volvía aguda.
- Dale voz de pito - intervino Juancito - No seas nenita.
Pablito no le contestó, pero sintió las miradas de los otros clavados en él.
- Dale, andá - instó Juancito, acercándose cada vez más.
Se mordió sus jóvenes labios y se abrió paso entre los niños que esperaban expectantes que lo hiciera. A los seis años de edad, un desafío de tal calibre lo marcaría a fuego. Lo sabía muy bien, era algo instintivo. Caminó cruzando el patio, pisando los restos de piñata y el papel picado que minutos antes volaba por el aire.
El grupito de las niñas estaba a cierta distancia, razón por la que cada paso que lo alejaba del grupo de niños parecía condenarlo por toda la eternidad, aún antes de haber actuado. A medida que se acercaba, veía con claridad su blanco.
Paradita, sonriendo, hablando con las demás niñas, estaba María Inés. Llevaba unas trenzas hermosas y un vestidito blanco. Y delante de sus pupilas verdes, los anteojos que ahora eran el karma que Pablito llevaba sobre sus espaldas. Esos lentes que más de una vez le habían granjeado las bromas y que ahora, eran el eje del desafío.
No, no podía hacerlo. No podía plantarse delante de todas sus amigas y decirle "cuatrojos". No, porque no estaba bien. Y no solo porque no estaba bien. A él le gustaba María Inés, la de las trenzas oscuras y ojos verdes.
Pero tampoco podía frenar su marcha, porque los chicos le dirían de todo. Con seis años, aquello parecía el fin del mundo. Y sin embargo, era tan solo el comienzo, las primeras pruebas de fuego de una larga vida.
Así que siguió caminando hasta donde estaba Maria Inés y solo estando delante de ella fue que abrió la boca. Ella se puso colorada y llevó la mirada al suelo. Las demás niñas comenzaron a reír. Pablito salió corriendo avergonzado. Los chicos, felices de la vida se despatarraban de la risa.

- Ay viejo, contando otra vez esa historia - le reprochó en broma la anciana mujer, que había alcanzado a escuchar la última parte mientras llevaba un canasto de ropa sucia al lavarrropas.
- Es que Adela la quiere escuchar otra vez vieja, no es mi culpa - dijo el hombre, guiñándole el ojo a la niña que tenía sentada sobre sus piernas.
- ¡Abuelo Pablo, no te distraigas! Dale, decime lo que en realidad le dijiste a la abuela cuanto era niñita.
Y Pablo, mirando de reojo a su querida esposa, recordó con alegría.
- Le dije lo que le digo cada día: María Inés, me gustás mucho.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Bajo el sol de octubre

Lento remontan tus ojos
la mirada hacia los míos
es que el tiempo parece detenerse
para tomarse un instante
sobre el verde de un patio
del que solo es dueño la vida
mientras la brisa sin prisa
se adelanta en su viaje
y nos deja tras su paso
la frescura del aire
cuyo suspiro nos devuelve
a esos ojos que se miran
que se miran contemplando
que se miran húmedos
pero húmedos y felices
que se hablan en silencio
en un idioma que entienden
de otras miradas anteriores
de otros silencios con mensajes
de palabras que no necesitaron ser
porque esos ojos se conocen
se conectan
se perciben
se dicen todo con mirarse
con saberse cerca
y entonces no resisten
se ven vencidos
pero no es tristeza
es alegría, es felicidad
y las lágrimas que caen
de un lado y del otro
del tuyo y del mío
de un par y otro par de ojos
brillan bajo el sol del domingo
de un domingo especial
de un domingo de primavera
en el que las miradas lo han dicho todo
y los labios han permanecido cerrados
solo hasta el momento
de tocar los otros, los que estaban enfrente
porque son labios sabios
que saben su momento
ante nuestros ojos tan dichosos
que se comprenden con verse
y se dicen todo sin hablarse
con el idioma del corazón
el que impulsa el alma
eleva el espíritu
y nos convierte en uno solo
en un amor inquebrantable
de ojos cuyas lágrimas caen
porque comprenden que es amor
es amor verdadero
del que no se consigue
del que creíamos extinguido
del que nos sentimos agradecidos
y al que nos aferramos con pasión
Y mientras los labios se sellan
en un contacto de dulzura
los ojos se cierran
y las manos se unen con ardor
la brisa sigue su curso
se pasea a sus anchas
conforme con su andar
bajo el sol de octubre
que ilumina con gracia
el amor de dos
que ahora son uno
de aquí en más
para siempre




Para Mariana, mi amor, que me ha hecho saber en este tiempo que hay un futuro maravilloso para los dos. Gracias por estar siempre y por tanto cariño.

lunes, 17 de octubre de 2011

El hombre de arena

No dejaba ningún aspecto librado al azar. La disposición de los libros en su biblioteca obedecía a un orden prestablecido; los cuadros en las paredes guardaban una simetría en sus ubicaciones dándole un balance perfecto a las habitaciones; en la alacena, platos y vasos mantenían un equilibrio caprichoso, en tanto que otros elementos se disponían con inmaculada pulcritud, dejándole al sentido de la vista un placer inexplicable.
Cada aspecto de su hogar mantenía ese cuidado crítico, desde el frente cuyo césped era cortado al ras cada semana, hasta el último pino del extenso y bello patio.
Sin embargo algo desentonaba en forma alarmante. Y era él. Su cuerpo despedía un olor fétido de no bañarse durante semanas, su cabello grasoso y sucio pendía sobre sus hombros como lánguidas lombrices y sus ropas eran una ofensa al buen gusto y la limpieza, portadoras de todo tipo de manchas, incluso, de orina y mierda.
Su mirada enajenada también despertaba inquietud entre los vecinos, que lo veían al atardecer recorrer los tachos de basura en las veredas, buscando rastros de comida para alimentarse. Cuando notaba que alguien lo observaba, huía despavorido hacia el interior de su lujosa vivienda. Y allí lo veían los vecinos por horas, a través de los enormes ventanales, acomodando las cosas una y otra vez, en una rutina salvaje y ruin; limpiando cada esquina y mueble; dejando impecable lo que ya lo era.
Incluso, veían las luces encendidas durante la noche, como si aquel hombre no durmiera. Pensaban que era probable. El enfermizo comportamiento abría las puertas a cualquier clase de conjetura, era inevitable.
Pero al hombre poco le importaba, vivía en su mundo, aquel en el que mejor se sentía. Y sin dudas que allí era feliz.
Al menos las horas pasaban y la casa estaba en orden. En cualquier momento llegarían Elisa y los niños y la casa debía brillar para ellos. Parecía una eternidad que habían salido de viaje, pero ya volverían, claro que si. En tanto, todo debía estar en orden, todo debía brillar para ellos. No tenía tiempo para perder. El reloj de arena sobre la chimenea apuraba sus últimos granos. Corrió a hacerlo girar y dejarlo en marcha otra vez. Una nueva hora acababa de nacer. Y a su alrededor aún quedaba tanto por ordenar. Y más vale terminar antes que Elisa y los niños llegaran. Todo debía ser perfecto en el futuro, todo.
Y volvía a ordenar, para Elisa y los niños...

domingo, 9 de octubre de 2011

La disparidad de los sueños

El movimiento circular de sus manos arrojadas al aire fue una danza mínima pero sumamente expresiva. Las piernas acompañaban aquel ligero desplazamiento, con una sincronía de sutil encanto.
Se detuvo con los pies muy juntos, en el momento exacto que la música cesó de fluir desde el equipo de sonido. Cerró los ojos y preparó sus oídos. Soñó entonces con el aluvión de aplausos, de vítores de gloria y felicitaciones. Sintió como la piel se le erizaba de emoción, mientras su cuerpo se agitaba por el llanto a punto de explotar.
Al abrir los ojos, vio la pared de su pieza, la mesa de luz con la lámpara en forma de conejo, la cama destendida con las sábanas tocando el piso y un par de zapatitos negros a un costado. No había público aplaudiendo, ni nadie celebrando su actuación.
Pero no le importaba, algún día sucedería. Algún día en otra vida. Se volvió a sentar en su silla de ruedas y permaneció allí, a la espera del regreso de su madre que había ido por más medicamentos a la farmacia de la esquina.

lunes, 26 de septiembre de 2011

El viaje de Manfredi

A Manfredi lo llamó su jefe a la oficina.
- ¡Venga Manfredi! - vociferó desde el extremo del pasillo, como solía hacer cuando algo iba mal y había que castigar a alguien.
Y Manfredi fue, como iba siempre. Los compañeros de trabajo miraban de reojo, reprimiendo las risas. Era la parte esperada de cada jornada laboral, porque luego del llamado se escuchaban los gritos y luego de los gritos, Manfredi pasaba blanco hacia su puesto, donde intentaba solucionar los problemas que habían ocasionado la ira del jefe.
Lo vieron transitar el trecho hacia lo del jefe mordiéndose los labios. Como era costumbre, parecía caminar temblando del miedo. Sus piernas flacas se agitaban a cada paso, como si una descarga eléctrica se apoderara de las mismas. Desgarbado y alto, Manfredi era para todos, una caricatura del fracaso.
A veces apostaban sobre la cantidad de insultos con los que lo despacharían. O bien, el tiempo que permanecería en la oficina.
Manfredi cerró la puerta a sus espaldas y de inmediato una catarata de verborragia salvaje traspasó la madera y en forma audible llegó a cada rincón del piso quince.
Pero todo terminó de golpe, con un estruendo que estremeció a cada persona sentada delante de su computadora en aquel lugar. Tardaron en reaccionar.
- ¿Y eso? - preguntaron algunos, a sus compañeros más cercanos.
Algunos atinaron a aferrarse a sus asientos, pero los más avispados se pusieron de pie, comprendiendo que aquel sonido había venido de un lugar específico. Corrieron hasta la oficina del Jefe y abrieron la puerta. Entraron el flaco Llorente y el pelado Cleso. Se frenaron en seco. El jefe ahora tenía un hueco en la cabeza y por él mismo brotaba muchísima sangre. Su cuerpo había quedado despatarrado a un costado del escritorio, con los ojos muertos mirando el cielorraso. Buscaron con la vista, pero el jefe estaba solo.
Una ventana abierta coronaba la escena. Nadie necesitó asomarse para saber que Manfredi había salido a tomar aire fresco y ya no volvería.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Escalera a la Luna

Enamorados, los dos, corrieron cuesta arriba la colina. Allí estaba, como él lo había prometido.
- Una escalera - dijo ella - ¿A la luna se llega en escalera? - preguntó incrédula.
El la miró con ternura y le tomó la mano.
- Si, pero hay que subir con los ojos cerrados y sin soltarle la mano al ser que uno ama. Y recién, cuando se pisa la Luna, se puede volver a mirar.
- ¡Qué emoción! - expresó al tiempo que brincaba y batía con ganas las palmas de sus manos.
- Si, pero te advierto algo. Para llegar a la Luna, hay que dejar la Tierra atrás.
Ella miró a su alrededor y supo que nadie gana sin perder. Pero al detenerse en sus ojos comprendió que ya no había marcha atrás.
Se los puede ver subiendo peldaño a peldaño y tomados de la mano, las noches más claras e incluso algunos dicen vislumbrar sus siluetas entre las nubes más delgadas, en las noches más oscuras.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Huida

¿Cómo escapar del ayer? De los recuerdos que son heridas, del corazón que sigue latiendo por quién no está. Es por eso que llegué al andén y esperé por el primer tren. Pensé que allí estaría la respuesta.
Por la ventanilla veía pasar el paisaje como una exhalación, mientras me acostumbraba a ese sereno sonido del viaje, tan rítmico e hipnotizante, que serenaba mis pensamientos.
Creí estar logrando mi propósito. Creí haberme liberado del pasado. Hasta que te vi del otro lado del pasillo mirando hacia la ventanilla. Entonces, decidí darme por vencido y sentarme a tu lado.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Venganza bajo la luna

Sangrientas noches heladas
de sus paciencias inciertas,
en vela con un cuchillo
y sólo a la espera de ella,
que mal se jacta ante todos
de su gran malevolencia.

En callejones oscuros
respirando con congoja
dejando escapar el miedo
que su corazón provoca,
y ataviado con espanto,
camisa, corbata roja,
bufanda negra, sombrero,
pantalón fuera de moda,
el semblante hosco y ruin
y una sonrisa burlona.

La espera es en el silencio
sin temores a la vista,
sabiendo que su venganza
será lo último en vida
que su cuerpo condenado
apreciaría sin prisa;
y aguardan bajo la noche,
en soledad asesina,
el alma bien afilada
y el arma bien escondida.

La escucha acercarse ya...
y finalmente, la ataca,
tras años de amarga espera,
le dará fin a la Parca
que en su niñez inocente ,
sin piedad lo despojara
de su tesoro más grande:
padres, sonrisa y hermana.
Y aunque es quimera imposible,
irrealidad, o cruzada,
la muerte a la Muerte es
la mejor de las venganzas.


Romance sangriendo dedicado a mi profesora particular de poesía, a quien agradezco las correcciones del caso, ya efectuadas y trasladadas al texto!