Pocas personas son como Martín y uno que ha estado años detrás de la barra de un mostrador de bar lo puede afirmar. Puede estar diluviando o con un sol que parte las veredas, que religiosamente él entrará pasadas las diez para sentarse en su mesa y pedir con esa mirada cómplice la cerveza de cada noche.
Por supuesto que están los asiduos o los que viven instalados desde temprano, pero puntuales como Martín, ninguno. He puesto el reloj en hora con su llegada; sirva eso de ejemplo.
Sin embargo, no voy a contar la historia de Martín, ya que es una historia más, de un obrero que tras la comida que le prepara la mujer hace a pie unos metros hasta el bar de la esquina, se toma su cerveza y después se marcha tras un "hasta mañana" por la puerta por la que entró para regresar a la comodidad de su hogar y los brazos de su señora, que tras la bebida lo podrá manejar a su antojo.
Tampoco las historias de los habituales concurrentes al bar. Me detendré en aquel sujeto que durante todas las noches de los meses de septiembre y octubre se sentó en la barra con los ojos turbios y la lengua pastosa, que solo le permitía pedir un agua tónica con limón.
Pensamos en primer lugar con algunos de los conocidos que el lugar me había hecho, que se trataba de algún inquilino nuevo o alguien hospedado en la pensión de Wilmar. Pero el propio Wilmar, a la semana, nos dijo que no tenía la menor idea de quién era.
Siguió viniendo tras esa primera semana, y fuimos notando detalles. Cojeaba de la pierna derecha, leve, pero cojeaba. Tenía una cicatriz que apenas se le veía bajo el flequillo, que pocas veces dejaba a la vista su frente. Era pulcro, al menos llegaba afeitado y con olor a colonia. Sus ropas eran las mismas, un pantalón de vestir gris, camisa blanca y una campera de hilo algo desgastada, color marrón.
Un par de veces le hice comentarios al azar, sobre el clima, el fútbol del fin de semana e incluso de alguna mujer sentada en una de las mesas, pero nunca obtuve como respuesta más que una especie de resoplido. Dejé de perder el tiempo intentando sacarle una palabra. Tampoco era investigador privado, mi función era el bar y punto. Pero permití, siempre observando que no se pasaran de vivos, que otros buscaran soltarle la lengua. Lo único que gané fue oir una y otra vez, hasta el hartazgo, ese resoplido.
Incluso a Martín, cuya puntualidad nos causaba gracia a nosotros, se llegó hasta la barra para preguntar quién era el tipo que volvía todas las noches a la misma hora. Ni siquiera le habíamos puesto un sobrenombre. Era "el tipo", a secas. Podríamos haberlo llamado "resoplido", "agua tónica con limón", "camperita", pero no lo hicimos. Vaya a saber uno por qué razón.
En el bar el aire que se respiraba era el mismo que recuerdo de otros bares. El olor a tabaco, el aliento a alcohol, el sonido a sillas, vasos y botellas, el canto en los naipes, el murmullo de las conversaciones. La humedad en las paredes y la música suave de fondo, casi siempre de tango, le ponían énfasis al realismo del lugar. Era un bar de barrio, chico, pero sincero.
Y este tipo, con su presencia, encajaba en la imagen. Ese ser solitario, acodado en la barra, cerca de otros bebedores, aunque en su caso, tomando solo agua tónica con limón. Una persona sin origen conocido ni destino que nos importara. Uno más, otra sombra a la que albergar. A veces mi idea del bar era la de un santuario para perdedores o bien, un oasis en el cual sucumbir durante unas horas tras un día en las fauces de la ciudad. No me decidía por uno ni por otro, en si tampoco me importaba, era mi lugar en el mundo, donde mis sentidos nacían cada día y morían con el último que abandonaba el lugar cerrando las puertas a su espalda.
En esa realidad este tipo se había convertido en uno más, sin importar el nombre. Hasta que un día, a fin de octubre, dejó de venir. Recuerdo esa noche, porque miré el reloj y eran más de las diez. Martín ya estaba en su mesa desde hacía unos minutos. Los que acostumbraban a estar desde que caía el sol, penaban sus rostros entre las mesas y la barra. Y aquel tipo que nos hacía compañía desde principios de septiembre brillaba por su ausencia.
Cerca de la medianoche supuse que no vendría y he aquí lo extraño, supe que no volvería. Apenas si fueron dos o tres los que notaron que no había venido. El resto siguió en sus rutinas, jugando a las cartas, hablándole al fondo del vaso o discutiendo sobre fútbol. En un bar se puede hacer infinidad de cosas, casi todo, menos mostrar a los demás los miedos.
Yo esa noche sentí miedo, no sabía bien a qué en ese momento. Cuando el último me dijo "adiós Jacinto" y escuché el sonido de la puerta golpeando el marco, arrojé el repasador sobre la barra y fui a cerrar las ventanas. Las mesas quedarían para la mañana, tarea de mi sobrino, por la que cobraba, desde que lo dejaron en su casa trabajar, unos pesos. Cerré los postigos de las que daban a calle Heredia notando que un viento se estaba levantando fuera. Pensé en cerrar rápido y caminar raudo a casa, antes que me sorprendiera una tormenta. Pero al llegar a las ventanas de calle Odriozola, vaya sorpresa al toparme con el rostro enigmático del tipo que venía todas las noches, apoyado contra la farola de la luz de la vereda de enfrente.
Miraba hacia el bar, pero desviaba los ojos, como asustado. De pronto sentí unos pasos, siempre afuera, en la calle y vi un ser vestido íntegramente de negro caminando por la misma vereda que estaba aquel tipo. Hice un ademán como para avisarle, pero ya lo había visto. Comprendí entonces que no estaba apoyado en la farola, sino amarrado con una fina soga.
El hombre de negro al que no se le veía su rostro, cubierto por una capucha, desenvainó entre las ropas un enorme palo, coronado por una parte metálico, y de un solo movimiento cortó la soga. No le dio tiempo de nada al tipo, lo tomó del brazo y siguió avanzando, llevándolo a la rastra. Vi como en una muda súplica, estiraba los brazos en dirección a la ventana por la cual lo estaba observando, paralizado por el miedo, sin hacer nada.
Así me quedé hasta que los perdí de vista.
Nunca he comentado al respecto esto que ahora cuento. Me da miedo y aquí uno no viene a contar sus temores, sino a trabajar. De todas formas observo muy seguido por las ventanas; tanto que algún que otro parroquiano me ha preguntado si espero a alguien. He dicho que no, con la certeza de quién se quiere sacar una pregunta de encima aparentando indiferencia. Sin embargo sospecho que es mentira, que en realidad si espero a alguien. No se para cuando, no tengo la certeza, pero creo que es la misma espera a la que todos estamos destinados.
Ese tipo quizá buscó burlar al hombre de negro, yendo a otro bar, rompiendo su rutina, pero el encapuchado logró encontrarlo. Qué me espera a mi, condenado a esta presencia eterna detrás del mostrador o a quiénes como Martín, son prisioneros de su rutina. Cómo osaremos a escapar cuando la hora nos esté próxima. Quizá no haya escapatoria. Quizá esa es la única verdad.
Desde esa noche, cuando alguien me pregunta por la muerte, solo atino como respuesta a un breve pero firme resoplido. Y espero, mirando de reojo por la ventana.
lunes, 27 de septiembre de 2010
El tipo que volvía todas las noches
martes, 21 de septiembre de 2010
En primavera las flores no son más que ideales perdidos
Te acordás de cuando recorríamos el barrio vendiendo rifas que nunca sorteaban, de las veces que nos corrieron pidiéndonos que les devolviéramos la plata, de las risas entre los matorrales y alguna que otra lágrima al tropezar con las ortigas.
Te acordás de las tardes gritándoles piropos a las chicas desde la vereda del otro lado de la escuela, de las frases que inventábamos para sacarles una sonrisa, de esas veces que nos respondían con un insulto mientras los dos reíamos.
Te acordás de los días de calor, jugando a ser Maradona en los campitos del ferrocarril, pisando la pelota, tirándola a la zanja y a veces hasta por encima del tapial de algún vecino malhumorado. Y sin embargo, cuánta alegría.
Y cuando en primavera íbamos a los campings y entre cerveza y cerveza les robábamos una sonrisa y más de un beso a alguna chica, cómplices ambos para alertarnos si la chica en cuestión tenía novio y éste merodeaba cerca.
Soñábamos entonces con el futuro y que distinto era. Pensábamos que todo estaba comprado y sin embargo evítamos hablar de nuestros temores. Y ahora ves, buscándote entre tanto ajetreo, calles mundanas y almas indiferentes.
Llevo un papel garabateado por tu mano, encerrado en un sobre y enviado por correo. Guarda el aspecto de los años, del ayer nunca olvidado, del miedo a este viaje, del saberte distinto. Cuántas primaveras han pasado, cuántos kilómetros nos han distanciado.
Y el tiempo. Ese tirano enemigo que nos aleja más que las distancias. Estoy en tu puerta y no me animo a golpear. Es que acaso temo no encontrarte. O quizá peor. Encontrarte y no reconocerte. Todos cambiamos y a veces permutamos los sueños por comodidades, dejamos atrás los ideales por cuestiones prácticas e insistimos en dejarnos llevar.
Tanto, que a veces nos dejamos arrastrar. Nos perdemos en el torrente de la vida, nos diluimos en ella hasta no reconocernos al mirarnos al espejo. Estoy en tu puerta y sigo sin golpear. Aquellos días felices, aquel mundo donde fuimos casi hermanos, esas primaveras que ya nunca más volvieron...
Vuelvo a guardar el papel en el bolsillo, como cada año y regreso por la vereda que tantas veces transité sin que lo sepas. Me encamino a la estación de ferrocarril, para regresar al ayer. Para prometerme en vano, ya no volver.
sábado, 18 de septiembre de 2010
Gente ignota: Buridán II
1328: - Alumnos...
Bla, bla, &%#$@, bla, uhh (murmullo generalizado con insultos incluidos)
1330: ¡Maestro Guillermo! He viajado largamente hasta la sombra de esta torre inacabada sólo para verla derrumbarse sobre tu ingeniosa cabeza.
1337: - Jefe, ¡se desató una guerra con Inglaterra!
- El criminal de Juan murió hace unos años. ¿Qué se puede esperar de Jacques Fournier, que al notificarse de su postulación gritó: ¡Han elegido a un asno!? No entenderá escritos eruditos. En cuanto a lo otro... ¿crees que tirará la primera piedra?
- Pero... ¿no dijo usted que escribe para que los simples entiendan estas cosas?
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Gente ignota: Buridán I
1300: - Roger, amado, pongámosle el nombre de Marco, como el famoso viajero, a nuestro bello hijo...
- No, mujer, pongámosle Juan...
- ¿Juan Buridanus? ¿Joannes Buridanus? ¿No suena horrible?
- Cuando se popularice el francés será Jean Buridán, mi vida, es recool...
- Jean Buridán... nombre de artista...
1315: - Mujer, ¡nuestro Jeancito estudiará con Guillermo de Occam!
- ¿Sigues bebiendo en exceso, Roger?
- No digas sandeces, ¡le conseguí una beca!
- ¿Una beca? Si no tienes contactos influyentes...
- Estemmm, en el bar de la esquina de la Universidad de París somos todos iguales...
- No sé si azotarte o besarte, amado Roger.
1316: - Pequeño Jean, estudirás filosofía y teología en la universidad más prestigiosa.
1318: - Jean, ¿serás franciscano como yo..?
1320: - Jeancito, el mas bello de los parisinos, quédate un rato más. Amanezcamos juntos.
- Sí, por favor, mi agudo filósofo de hermosas facciones...
- ...y el experimento.
1320: -...después de dejar el brazo del lanzador, el proyectil sería movido por un ímpetu suministrado por el lanzador y continuaría moviéndose siempre y cuando ese ímpetu permaneciese más fuerte que la resistencia. Ese movimiento sería de duración infinita en caso de que no fuera disminuido y corrompido por una fuerza contraria resistente a él, o por algo que desvíe al objeto a un movimiento contrario.
1324: - No hay motivos para suponer que el aire empuja la flecha, más bien la frena. Lanzaré desde esta torre una flecha a lo lejos. Llegará hasta que conserve el ímpetus con que le he impelido...
¡Swisssshhh!
- Maestro Jean...
martes, 14 de septiembre de 2010
Lucila y el joven de corbata
Existía un secreto detrás de la mirada de Lucila o quizá una simple mentira, pero no dejaba de ser excusa para que todo el mundo en la oficina la tratase con cierta indiferencia, como esperando tarde o temprano un gran desengaño.
El día que se marchó llevando sus pertenencias en una caja de cartón, dejando atrás un escritorio impoluto y solitario, apenas si de reojo se atrevieron dos o tres en seguir sus pasos hacia el ascensor. Si lloraba o no, a nadie le importaba.
Fue Matilde la que dos meses después llegó con la noticia tras la hora del almuerzo. La chica aquella, la de la mirada extraña, se había inmolado en el edificio donde trabajaba. Había utilizado una especie de bomba casera. Según la radio, no había ningún sobreviviente en el piso donde ella estaba.
Más de uno contuvo la respiración y se imaginó que hubiese sido de ellos si no la echaban tiempo atrás. Surgieron entonces las versiones que señalaban que la habían echado porque el último test psicológico le había dado mal, las que afirmaban que en realidad la habían descubierto merodeando por sitios que estaban vedados para los oficinistas e incluso, las que decían que cierto día había confesado en la cafetería del primer piso que haría volar el edificio por los aires si no le aumentaban el sueldo.
Y así hablaron del asunto durante una hora más o menos, volviendo a sus rutinas en forma paulatina. Para la tarde Lucila era solo un recuerdo. El escritorio que usaba, ahora utilizado por un joven de camisa y corbata, seguía en su lugar de siempre, sin levantar sospecha.
Sin embargo el muchacho sentía de vez en cuando una fuerza muy rara que provenía del mobiliario y estaba casi convencido de haber escuchado una voz muy lejana que pugnaba por meterse en su cabeza. Temía decir algo o actuar en forma extraña, para no afectar su reputación en la empresa.
Era nuevo y por lo tanto el eslabón más frágil de la cadena. Aunque algunas tardes, ya con la cabeza agobiada por el cansancio y las voces, se veía metiendo todo en una caja para luego salir corriendo por la escalera sin siquiera presentar la renuncia. Pero no creía que aquello fuese una salida convincente, más cuando estando en su casa, en la penumbra de su cuarto, podía apreciar con la misma seguridad que tenía de estar despierto, como aquel vetusto escritorio le seguía hablando a pesar de lo irracional, lo ilógico, lo fantástico y lo increíble que pudiera parecer tremenda situación.
Y cuando podía conciliar el sueño, la imagen serena y gratificante de una explosión invadía cada uno de sus sentidos.
viernes, 10 de septiembre de 2010
Rober, el Goloso Santafesino
Cuando Roberto, (el Rober le decían los locutores radiales), descendió del tren sintió un pequeño mareo y un fuerte dolor estomacal.
Aquella imagen melancólica y solitaria del pueblo que lo vio crecer le impactó más de lo que suponía que le impactaría. La soledad del Litoral se le antojaba necesaria para los próximos meses, quizás años, donde se dedicaría a reponer fuerzas y olvidarse de tantas comparaciones.
Presiones de un lado, contratos que firmar por el otro, empresas de refrescos que se asesinaban por representarlo, abogados con maletines y tridentes, mujeres sedientas de su sudor...
Todo aquello ahora quedaría en el pasado. Firpo hubo uno solo y bien lo sabía el Rober, mientras bajaba del tren y se presionaba el pecho para no sentir el dolor de sus costillas rotas que lentamente trepaba hasta llegar al centro mismo de su corazón.
La pelea había sido calificada, por los especialistas deportivos, como un hecho histórico y magistral al que nadie podía dejar de asistir. Pero nada de eso le importaba a Rober; él simplemente quería visitar el campo de su niñez donde los guantes remplazaron a las herramientas de la siembra, donde los caballos se fueron alejando para ceder su puesto a los fardos de pasto que servirían como bolsas de entrenamiento para sus futuros combates.
Si la fama lo estaba esperando al llegar a la Capital, es algo que Rober nunca sabrá.
La ciudad lo aguardaba para que sus puños se lucieran en el Luna Park frente a su furioso rival norteamericano, J. Dempsey Junior. Sin embargo, aquella cita sería truncada por un pequeño y dulce giro del destino que sólo sería revelado ante los ojos de Roberto en su viaje ferroviario.
El tren había partido temprano desde Villa María, donde había ocurrido el que luego sería recordado como el último combate de Rober, “El Goloso Santafesino”, con destino a Buenos Aires. Entre tantos pasajeros, ramales y estaciones, Roberto divisó el viejo almacén de la estación de Cañada de Gómez, donde solía comprar las golosinas de su niñez.
Casi en un arrebato infantil por recuperar un pequeño trozo de su años perdidos, Roberto descendió rápidamente del tren, pero un pinchazo firme le indicó que sus costillas no estaban mejorando. Lentamente dejó caer el bolso y la mochila que llevaba sobre el asiento verde y desgastado de la estación.
No podía apartar los ojos de aquel viejo almacén de ramos generales que tantas caries le habían causado gracias a sus dulces y mermeladas. El campo de su familia podía esperar. Primero haría una parada larga y azucarada entre los frascos de caramelos y el estante de los dulces tradicionales del local.
El Luna Park también podría esperar... aquel “goloso” desbocado ahora estaba dirigiendo su atención a otros sentidos más fuertes que rugían en su interior por recuperar su libertad.
Sin pensarlo entró en la tienda y depositó sobre el mostrador todas las monedas que llevaba en sus bolsillos. Miró fijamente al viejito, que se levantaba con dificultad de su silla para ir a recibirlo, y recordando sus mañanas de infancia le dijo:
- ¡Deme toda la plata en caramelos!.
- Roberto, ¿sos vos? - contestó aquel sorprendido anciano.
- ¿Don Félix? - murmuró Roberto sin saber bien porqué ese nombre había llegado a su memoria.
- ¡Qué me lleve Mandinga! - pronunció acaloradamente el anciano - ¡Tantos días esperando tu regreso! ¿Dónde estuviste metido? ¿Tenés una idea de toda la gente que te estaba buscando?
- ¿Que me dice señor? ¿Acaso no sabe en quién soy? ¿No escuchó la radio? ¿No leyó los periódicos?
- ¡Si Roberto!, lo hice todas las mañanas esperando encontrar novedades de tu paradero, ¡pero nadie hablaba de vos!.
- ¡¿QUÉ?! - gritó un extrañado y enfurecido Roberto - ¡Que carajo me está diciendo! ¡Soy yo! ¡El Rober! ¡El Goloso Santafesino!.
- ¿El qué? - contestó Félix conteniendo la risa que ascendía ferozmente por su faringe.
- ¡El Goloso! ¡El mayor boxeador que dio la historia de Cañada de Gómez! ¡De Santa Fe al mundo y más allá! ¡Ese soy yo!
En ese instante el silencio se apoderó del almacén. Don Félix miró detenidamente a Roberto y sosteniéndole una mano le dijo:
- Robertito, hijo mío... Sentate que voy a preparar unos mates y a llamar a tu madre que está en la plaza del centro repartiendo folletos con tu cara y pidiendo ayuda a los vecinos. ¡Te tengo dicho una y mil veces que no te devores los frascos de dulces y mermeladas del local! ¿No te acordás de nada, no?
- ¿Acordarme de qué? ¿Qué me dice? - respondió Roberto.
- Robertito, nunca te vi así... ¡Que susto nos diste!. Aquella mañana que te encontré tirado en el almacén, babeando y con los ojos desorbitados, pensé que era el fin de nuestras vidas. ¡Pero te levantaste rápidamente y saltaste por la ventana!. Pude ver como se te incrustaba un trozo de cristal en tus costillas haciéndote sangrar.
Quise detenerte pero huiste como alma que lleva el diablo. ¡Hijo mío! ¡Que susto!. El Doctor Riviera nos dijo que nos nos preocupáramos, que cuando se te pasara el pico de azúcar seguro volverías a casa y a lo sumo habría que darte unos puntos en el corte que te hiciste con los vidrios, pero nada grave.
- ¡¿Cómo?! - gritó asombrado Roberto.
- Si nene, eso mismo. ¡Ahhh! También nos dijo que los subidones de azúcar suelen jugarte malas pasadas, hacen que uno se crea cosas que no existen, historias que no son reales.
¿Te pasó algo así Robertito?
jueves, 2 de septiembre de 2010
Artistas
Sentados una tarde, en el café de Tony, le dije a mi amigo Raúl:
"La creatividad humana y los artistas están sobrevalorados. Todos, de una manera u otra, apestan."
Yo mismo he sido un farsante que alguna vez se creyó un artista. ¡Cómo si el mundo necesitará escuchar o leer mis divagues y razonamientos!
En definitiva, todos somos bastante patéticos. Pero no hay nada de malo en eso, simplemente se trata de marchar con la frente en alto sabiendo que uno es un don nadie.
- Lo principal, es dejar de mentirse a uno mismo - le afirmé a Raúl mientras el bebía de a sorbos su café amargo de las 6 de la tarde.
- Entonces, según tu punto de vista esta ciudad apesta. El mundo apesta y la gente.... mejor no tocamos ese tema ¿no? - me dijo Raúl aún con sus labios próximos al pocillo de café.
- Efectivamente, querido amigo. Pero te vuelvo a repetir que en eso no hay nada de malo. ¿Qué problema podremos tener en salir a la calle sabiendo que no conseguiremos nada?. Es un impulso básico lo que nos empuja a seguir en pie, el resto... invento de los griegos que no aceptaban ser un animal un poco más evolucionado que los demás.
- Pero entonces el teatro, las novelas que tanto leemos, los cómics, la música... todo eso ¿no sirven para nada?- refunfuñó Raúl.
- Hombre, no digo que no sirvan, aunque a muchas de ellas aún no les encuentro su utilidad. Pero la gran mayoría de esas obras son simplemente innecesarias. Falsas. Muchas nacieron de la mísera idea de un hombre por perdurar y ser idolatrado - respondí solemnemente.
- Bueno, pero algunos se cagaron de hambre y fueron reconocidos miles de años después de crear sus obras- retrucó Raúl.
- Cuestión de suerte. Nada más. No pienso idolatrar a nadie más; ¡artistas, inútiles y malditos artistas!
- Entendido Tomás, pero ¿no te parece que estás exagerando un poco? - me dijo Raúl en un intento de calmar mi enrojecida frente que comenzaba a sudar.
- ¡En absoluto!
- ¿Y los Beatles? - disparó Raúl, sospechando que quizás acertaría en un punto flojo de mis teorías.
- Y esos pibes de Liverpool... que decirte... Cuatro afortunados, estuvieron en el lugar y el momento exacto, pero cuando se creyeron artistas la cagaron... Eso sí, no hay un día que no los escuche al volver a casa.
En ese momento la conversación se detuvo. No recuerdo muy bien cuál fue el motivo de la interrupción, pero mientras Raúl terminaba su café yo me entretuve jugando con los restos de servilletas esparcidos sobre la mesa. Era una acción inútil que repetía desde aquellas lejanas tardes en mi época de facultad y sueños de artista.
Me sentaba en el café de Tony y mientras esperaba mi merienda, destrozaba algunas servilletas de papel y las colocaba en distintos sectores de la mesa. Las imaginaba como actores de algún guión y comenzaba a escribir absurdos diálogos y a medida que se iban acercando a su cometido iba recogiendo un trozo de aquellas servilletas.
Cuando no quedaba ningún pedazo sobre la mesa, sabía que tenía mi pequeña obra finalizada.
¡Patético!. Cuando recuerdo aquellos momentos me entran ganas de arrancarme la cabeza y arrojarla al campo de residuos para que la compacten y luego la incineren. Sin embargo, por esas ironías de la vida, aquí estoy en el mismo café de siempre, con mi viejo amigo Raúl (que ahora es mi representante) a punto de ceder los derechos de mi último libro para su adaptación a la gran pantalla.
Raúl me observa mientras firmo el contrato y sonríe. Luego me da la mano y me dice:
- Tomás, amigo mío, ¡eres todo un artista!
- Gracias... pero no me lo recuerdes – le respondí mientras mis tripas se retorcían una vez más dejándome sin respiro.