martes, 5 de agosto de 2008

La Meca

En Las Vegas hay un garito muy reducido donde siempre figuras entrañables se reunen para beber una copa y divagar sobre la existencia humana.

A este reducto se lo conoce como "La Meca", lejos de sus connotaciones religiosas, el nombre se lo dieron sus antiguos dueños en homenaje a los tiempos en los que a Hollywood así se lo conocía.

Es un bar de luces turbias y silenciosas, decorado con amplios sofás de color bordo y cubiertos de polvo. En el mismo hay una mesa reservada para los más atrevidos, para los más intrépidos.

Un amigo me comentó la existencia de este rincón, y como mi viaje de negocios me permitia unos días libres por la gran "América" decidí acercarme a la codiciada ciudad de Las Vegas.

"Bienvenido a la perdición de los ee.uu" - me dijo el camarero de "La Meca" cuando me vió entrar. Le devolví el saludo y solicité un café américano bien caliente.

El jazz que envolvía todo el local me dejaba atónito, como perdido en una escena de "Viva las Vegas". Pero el motivo de la visita no era la música, sino aquella misteriosa mesa de la que me habían hablado en una lejana noche madrileña.

No fue difícil localizarla, se recostaba sobre uno de los grandes ventanales del local y sobre ella se podía leer un cartel que decía: "Si sabe de que hablar tendrá derecho a sentarse aquí (el tiempo no es impedimento)".

Lentamente me acerqué a ella y me deje caer en su sofá típicamente americano. A los pocos minutos el camarero me sirvió el café y me preguntó:

- "Señor, ¿de que desea conversar?

- "Pués, de nada..." - contesté tímidamente.

El dueño del local me invitó a retirarme, por lo cuál tuve que pagar aquella taza de café y salir por la puerta principal con las miradas de todos los presentes clavadas en mi espalda.

Lógicamente no tenía nada que decir en la mesa donde Edward D. Wood Jr y Orson Welles se reunieron una noche para hablar sobre Tim Burton...

sábado, 19 de julio de 2008

Sunday bloody sunday

Sus ojos de niño no me engañaban. Su forma de prestar atención cuando en la radio los boletines informativos cesaban su larga enumeración de hechos bélicos para dar paso a un tema musical, me revelaban lo que intuía. Principalmente cuando la música era rock.
Melena desmarañada, rostro sucio por la tierra, lo mismo que sus uñas, ropa desgastada por el uso y manitos diminutas pero firmes. Tan firmes como una roca, le había dicho en una ocasión. Pero el idioma impidió que me entendiera.
Lo veía todas las mañanas. Era su turno. El que elegía la música en la emisora radial tenía, sin lugar a dudas, cierta preferencia por U2. Los irlandeses se despachaban mañana de por medio con algún tema, algunos de los cuales me rememoraban otras épocas y situaciones.
Esa mañana en particular se escuchó Sunday bloody sunday, el recordatorio inmortal de la banda al domingo sangriento irlandés, que en realidad evoca ese y otros tantos hechos trágicos de la humanidad en los tiempos modernos, donde ideologías y sensateces no van de la mano.
El niño quedó encandilado por el sonido. Lo atrapó como una planta carnívora a una mosca, pero en lugar de engullirlo, lo abrazó y hasta quizás, lo hizo soñar.
Le hice un gesto con las manos, como si estuviera tocando la guitarra. Me entendió. Me dijo que no, que no sabía tocar la guitarra. Dudaba incluso que alguna vez hubiera tenido una entre manos. Señalándome, le hice comprender que yo si sabía tocarla. Algo parecido a una sonrisa se dibujó en su rostro.
Hice como si tocara, haciendo el sonido con la boca. Por primera en las dos semanas que llevaba prisionero allì, mi joven guardia se hechó a reír. Le dije que ese grupo que había escuchado en la radio se llamaba U2. Repitió el nombre dudando primero y con mayor seguridad después.
Busqué la manera de explicarle la forma en la que se toma una guitarra. Me alcanzó una vieja escoba que estaba en el pasillo. Le mostré algunos movimientos, pero se dió cuenta que era muy larga y se hacía difícil poder imitar una guitarra de verdad. Contento por la clase, me ofreció entonces el fusil que cargaba al hombro.
Lo tomé con gusto y antes que se acomodara a observarme, le disparé al pecho. Corrí hacia la puerta y disparé al guardia que estaba del otro lado. Me escabullí de la robusta casa de material y me interné en la aldea, cuidándome que los guerrilleros que me tenían prisionero no pudieran alcanzarme.
Corrí y corrí por el desierto. Dos días después un equipo de patrullaje de la ONU me puso a salvo. Sunday bloody sunday sonó durante todo ese tiempo en mi cabeza. Los ojos sorprendidos del niño, mirándome horrorizado en esa fantasmal fracción de segundo, también estuvieron allí.
La música se ha ido. La mirada no.

sábado, 12 de julio de 2008

El amigo que se fue

Lo más duro para un escritor es descubrir que no está hecho para eso. A Mike le sucedió eso cuando acabó de componer su obra cumbre, la que lo catapultaría a la cima de los rankings de ventas. Era un libro magnífico, sin embargo fue colocar la última palabra y comprender inmediatamente que no servía como escritor. El libro finalmente llegó a una gran editorial y allí tomó forma como tal, para finalmente, a los pocos meses, ser la revelación en todas partes.
Mike, sin embargo, se encontraba enfrascado en una seria depresión, de la que no podía salir. Cada día era un suplicio peor al anterior. Las ideas de muerte danzaban como fantasmas en su mente, acompañándolo desde las primeras horas del día, cuando el sol le acariciaba tibiamente el rostro por la mañana, hasta que la pálida luna lo despedía con un frío beso por la noche. En tanto, el libro se vendía de a miles ejemplares por día y la editorial comenzó a imprimir varias tiradas más. Las cuentas bancarias de Mike crecieron de un día para otro, pero ni todo el dinero del mundo podría haber cambiado su aspecto ni su sensación de permanente ahogo y desazón.
Mike salía poco de su casa, pero las veces que utilizaba sus piernas para que lo llevaran por el mundo que lo rodeaba, eran para terminar en la cantina de Al, un amigo de la infancia, de los pocos que le quedaban en aquella pequeña ciudad, perdida en los confines de la nada.
- Lo de siempre Al - le dijo Mike a su amigo una de esas pocas noches en la que se atrevía a escabullirse de su guarida.
Al lo miró como de costumbre. Con preocupación. Aquel que de vez en cuando se abría paso entre las mesas de su bar para emborracharse con varios tragos de tequila distaba mucho de ser el amigo que una vez supo conocer. Porque el Mike con el que había jugado tantas tardes a la pelota, batallado en incontables carreras de bicicleta y arruinado más de un pantalón a la altura de las rodillas jugando a las bolitas, en nada se parecía a ese despojo de ser humano que solía caer por su cantina.
Sin contestarle, sirvió el vaso con tequila hasta la mitad y lo colocó en la barra, delante de su amigo. Mike lo contempló un largo rato, como esperando una revelación, y finalmente hizo desaparecer la bebida de un solo trago. El fondo del vaso chocó con fuerza contra la barra, como era costumbre de Mike hacerlo. Al no le decía nada, pues sabía que esos vasos eran de vidrio grueso, prácticamente irrompibles. Mike permaneció cinco minutos con la cabeza hacia atrás y la mirada oculta bajo los párpados. Grandes ojeras teñían de morado su rostro. Luego pidió otro. Ese era el ritual. Y podía llegar a siete u ocho vasos. Según las ganas de seguirle el juego que tenía Al. Porque luego tenía que llevarlo hasta su casa, acompañarlo hasta la cama y dejarlo allí, como un pedazo de trapo viejo, oliendo a mil demonios, para recién después poder volver a la cantina, limpiar un poco y marcharse a su hogar, donde su señora y dos pequeños estarían seguramente durmiendo desde un buen rato antes.
Pero el ritual tuvo esa noche una variante. Mike cambió su discurso tras el segundo vaso de tequila. Al no escuchó el tradicional “¡otro, viejo amigo, sírveme otro!”. En cambio, escuchó una confesión.
“Sabes Al, hay algo raro en mí. Recuerdo cosas, como a ti y a otros chicos, jugando juntos, pero sólo son imágenes. Comprendes. Sólo imágenes. Es como el libro que escribí. Eran imágenes en mi cabeza, ideas que estaban allí y las utilicé. Las fui uniendo y el argumento fue escribiéndose sólo, como si antes que yo ya hubiese estado alguien hilvanando las ideas. Creo que me estoy volviendo loco Al, escribí un libro y ni siquiera se redactar una maldita carta. Qué me pasa Al, que me está pasando. Recuerdo a alguien más, un niño que quería ser escritor, dime quién es Al, tu debes saberlo. Dime quien es ese chico, al que en los sueños veo siempre contigo, siempre riendo, siempre hablando. Dime… porque me estoy volviendo loco”
Y Al comprendió finalmente porque no veía en ese hombre a su amigo. Porque sencillamente aquel niño se había ido, quién sabía donde, pero se había ido. Quizás el niño se dio cuenta que un adulto con ideas raras intentaba apoderarse de ese cuerpo, de ese cerebro y cuando vio rendirse su última defensa, decidió marcharse. Ahora lo habitaba otra persona, que aún guardaba en la memoria recuerdos verdaderos, pero que en realidad le eran ajenos. Era el niño el que soñaba con ser escritor, pero el niño se había ido.
Y eso era lo que el hombre había comprendido, que las ideas que había volcado sobre el papel no le pertenecían, no eran suyas, sino de alguien más que las había dejado olvidadas en un rincón. Mike, el nuevo Mike, lo supo apenas terminó de escribir el libro, pues no entendía nada de lo que había escrito. Sabía que era bueno, pero no era suyo. No señor. El no era escritor. El no estaba hecho para eso. Vaya a saber uno para que sería bueno el nuevo Mike. Quizás nunca lo llegara a saber. Pero se sentía mejor. Había podido expresarlo. El alcohol lo estaba matando, tanto como su angustia.
El niño finalmente se ha marchado, se dijo para sí Al mientras retiraba el vaso vacío que estaba en la barra. Desde esa noche ya no volvió a acompañar a Mike hasta su casa. Sin embargo nunca dejó de mirar por la ventana, con la esperanza de toparse un buen día con aquel amigo de la infancia que un día, sin decir adiós, desapareció de su vida.

lunes, 7 de julio de 2008

Días de Cine

La gente se lo exigia cada vez mas a menudo. Los amigos le insistían una y otra vez.

El Centro Cultural del Gobierno Nacional lo presionaba día tras día. Todos, inclusive su mujer, estaban convencidos de que Roberto debía escribir sus memorias.

La sociedad quería conocer los detalles del día a día de aquel gran pensador. Las editoriales saboreaban las grandes cifras que aquel libro podría generar. Todos, inclusive su vecino de toda la vida, le insistían sobre aquel emprendimiento.

Roberto llegó a creer que estaba en deuda con los demás, llegó a sentirse con cargo de consciencia por sus días y sus horas malgastadas.

Pasaban las semanas y la presión se hacía más insoportable. 

Una mañana Roberto se acercó al video - club del barrio y solicitó que se le entregará una copia de su historial como socio. El dueño del local le dijo que estaría listo en un par de horas, por lo cual tendría que esperar fuera.

Por la tarde Roberto se presentó en el mostrador del video y retiró su ficha de cliente, inmediatamente se dirigió al departamento de redacción del diario local y entregó su historial de películas alquiladas al director del periódico.

- "¿y esto que es, estimado caballero?" - preguntó intrigado el nefasto jefe de redacción.

-"esto señor....hmmm" - contestó Roberto - "esto... ¡esto es mi vida!, ¿acaso uno no es un producto de aquello que más los marcó, de todo eso que alguna vez le hizo reír o llorar?... Discúlpeme, buen hombre, ¿usted nunca se perdió frente a la pantalla del cine y lloró?"

Terminadas las aclaraciones Rodolfo se retiró silenciosamente camino al centro, esa tarde se estrenaba la última de Allen en el cine El Cairo.

lunes, 16 de junio de 2008

La muerte del escritor

Rodríguez escribía muy bien en la escuela primaria, era todo un escritor, como le decía su maestra Susana siempre que entregaba una composición o redactaba una poesía. Creció creyendo con todo fervor en que esa sería su vocación.
En la escuela secundaria sorprendía a los profesores con ensayos magistrales, resúmenes magníficos y textos de las gamas más variadas, todos ellos dotados de coherencia y estilo. Sin dudas Rodríguez tenía pasta de escritor.
Rodríguez salió del segundo ciclo decidido a estudiar Letras. La facultad fue todo un descubrimiento. Las lecturas se sucedían unas a otra, los temas eran extensos e interesantísimos, y el material bibliográfico nunca alcanzaba, porque un autor llevaba a otro y entonces la pasión por leer y saber no terminaban jamás.
Terminó la facultad de un tirón. Había disfrutado cada momento, cada párrafo leído, cada diálogo con los profesores. Le preguntaron si no le gustaría enseñar y Rodríguez dijo que si, que era un honor que lo tuvieran en cuenta.
Y así pasaron los años. En los momentos libres, Rodríguez garabateaba alguna idea y en más de una reunión informal en la sala de profesores no faltó algún colega que leyera de reojo y le dijera, Rodríguez, usted escribe bien.
Un buen día Rodríguez sintió que le dolía algo más que los huesos. El frío parecía, durante las últimas tardes, comerle cada uno de los huesos, pero estaba seguro que no era el frío lo que golpeaba a la puerta. Llamó a emergencias y se sentó a esperar, buscando con la vista una birome y papel para distraerse y pensar en otras cosas.
Para cuando llegaron los del servicio médico, ya tenía escrita una carilla de una pintoresca historia de un joven que soñaba con ser escritor. Le tomaron el pulso, le hicieron un electro y fruncieron el ceño. Con sumo respeto le dijeron: Profesor, vamos a tener que internarlo.
Mientras preparaba un bolsito con las cosas básicas de higiene y llamaba a un colega de la facultad para dar aviso de su estado, el enfermero que además era el chofer de la ambulancia leyó la hoja rayada de carpeta garabateada en tinta azul.
Cuando el hombre ya anciano les informó que estaba preparado, el enfermero le dijo: Señor, usted escribe muy bien. Don Rodríguez lo miró cansado y dolorido y si bien su intención era esbozar una sonrisa, sintió como un escozor en los ojos le anunciaba la llegada de un par de lágrimas. Al final, con los ojos brillosos, le sonrió al muchacho.
Mirando por la ventana lateral de la ambulancia en la medida que avanzaba por las calles de la ciudad, dejando atrás casas, edificios, autos y transeúntes, recordó como durante tantos años soñó con escribir cuentos, novelas y obras inolvidables, y ahora, consciente de su salud tan frágil, solitario en el mundo sin un familiar cercano, tan solo dueño del cariño de sus actuales y antiguos alumnos y del compañerismo y amistad que el tiempo en la facultad le deparó de sus colegas, estaba tan lejos de aquel sueño que le dolía en lo más profundo de su ser.
Si tan solo le concedieran un par de años más de vida, se decía, cuántas cosas podría escribir.
Pero sabía que se engañaba, que si Dios o quién fuera le dieran más años de vida, no los utilizaría para escribir, sino para aprender y enseñar. Habría garabatos en papel, si, pero tan solo ideas sin fin, puntas de ovillos que nadie desenredaría. Sin dudas tenía un don natural, pero jamás sabría hasta donde hubiera llegado. Acaso fue dueño de historias únicas e inolvidables, pero nunca nadie sabría cuales. Ni siquiera él. ¿El destino había sido tirano y cruel?. Rodríguez no lo creía así, era inteligente y sabía que la muerte de un escritor no era producto de la falta de quién lo leyera, sino la falta de voluntad del mismo para escribir.
Sabía bien que lo suyo había sido un suicidio literario. La ambulancia lo llevaba a su última morada. La vida, en tanto, había sepultado sus historias con complicidad consciente.

Smallvilla

- "te juro que el tano cuando se cayó de la bici no se hizo ningún raspón!" - aseguró Pablito
- "dejáte de joder si yo fuí miles de veces al chorro de Acindar y esa zona es re jodida, sino decime a mi que partí el cuadro de la bici millones de veces y sino era por el nene no había quién siguiera en dos ruedas" - constestó furioso Andrés
- "¡que sí! ¡yo lo !, el tano se partió al medio y voló hasta la otra punta de la barranca. pero cuando te digo que voló es que voló, ¿me entendés?"
- " claro y yo soy mandrake, pero escuchame, ¿vos me estás tomando por pelotudo?" - se enfureció Andrés
- " te lo juro por lo que más quieras que al tano no le quedó ni una marca..." - aseguraba una y otra vez  Pablo.

Palabras más, palabras menos; los dos polémicos amigos se fueron al club Talleres a seguir discutiendo sobre la hazaña del tano con la certeza de que la verdad era algo que se les estaba escapando de las manos.
Claro está que ninguno de los dos sabía que aquella agresiva noche del 11 de noviembre de 2003, cuando un brutal tornado azotó la ciudad, un meteorito visitaba la casa del tano.
Claro está que ciertos secretos deben guardarse muy bien, sobre todo en ciertos lugares.

miércoles, 11 de junio de 2008

Encuentro al fin

Esperame, dijo, y corrió hacia la puerta. Lógicamente, me arrellané en el sillón al desabotonar un poco la camisa para indicarle el camino. Sólo un tictac lejano se oía con un tempo que cada vez más se rezagaba al latir de mi pecho rotundo y sediento. Tome el vaso con gesto suficiente y fílmico. Rocé con mis labios su borde, me dejé invadir por el aroma cálido y profundo del vino que destapó.

Justo un segundo antes de comprender la demasiada espera subió una melodía dulce, cansina, y su voz, aquella que me cautivó por primera vez, se plegaba con la síncopa precisa de quien se ajetrea mientras se suma a una canción. Estaba allí. Y se preparaba para mí. Naturalmente me plegué con un tarareo bajo y retenido.

Sabía que volvería a llamarme, que sin mí su todo era nada y su belleza hostil no daría cabida a extraños, que no podría buscar otros brazos ni otros horizontes. Entonces sólo recordé que esa figura flamígera me pertenecía y que una vez más se encendería en mis brazos.

Cerrá los ojos, se oyó desde la otra habitación y desde el fondo de los vasos que reclamaban en la mesa. Los llené hasta la mitad y cumplí el pedido.

Pasos caídos sobre la alfombra indicaban que se acercaba.

Estiré un brazo invitándola. El juego había comenzado. Noté que apagó las luces. Tomó mi mano y la rozó por la trémula piel de su cintura. Sabía que estaba desnuda, siempre fue predecible y siempre simulé no captarlo. Pero su predecibilidad me encedía más y más en la cuenta de los meses sin ella. Ya no cabía en mí, era mía, mi pertenencia y sentía subir el ardor desde abajo.

Cuando te diga, abrilos. Y me dio el vaso mientras el otro paseaba por mi espalda al momento de caer la camisa. Rodeándome en un mar de caricias confuso y demasiado lento, mientras bebía la sentí despojarme de atavíos sin razón ni lugar. La luna me besaba con ella hasta que se apartó suave cuando sus manos me invitaron al sillón.

La plenitud era total, sus manos recorrían mis piernas mientras se arrodillaba, mía.

Abrilos. Y alboroté su flequillo para ver la luna en sus ojos, pero mi ansiedad podía más y comprendí turbado que los vasos brillaban en ellos y que sentía el vino incandescente en las sienes y el poderoso veneno deteniendo de una vez por todas mi corazón. Predecible una vez más.

domingo, 8 de junio de 2008

Toro siberiano

Arreciaba la nieve sin contemplaciones y la noche se sumía en un silencio que azotado sin respiro por el silbido demoníaco del viento, transportaba en sus alas transparentes lúgubres noticias para los campesinos de la región, quienes encerrados en sus robustas viviendas daban cuenta del mensaje y sabían que el invierno sería largo y helado.
Pero ni el viento ni la nieve intimidaban a la figura que avanzaba por el camino que bordeaba la aldea. Parecía un hombre enorme, de aspecto tenebroso, que vestía ropas oscuras, las cuales confundían aún más su silueta al recortarse contra la espesura de la noche.
Un par de campesinos lo siguieron con la vista desde el cobijo del hogar a través de los vidrios de las ventanas, pero sin intenciones de salir a darle resguardo. Quién estuviera afuera con el tiempo que hacía estaba loco o no era del lugar.
Sin embargo, la criatura que avanzaba a paso firme y seguro, sin siquiera titubear o temblar ante el frío y el viento, conocía bien la zona. Puede que también estuviera loco, lo sabía, pero su filosofía era otra, igual que su resistencia, más parecida a la del toro que a la del hombre.
Su juventud había terminado hacía años, pero el vigor de entonces perduraba en su fuero y aún la sangre que corría por sus venas tenía el fragor de mil llamas.
Su aspecto tosco podía engañar a cualquiera. El descuido de su imagen era fruto de su deseo. Su andar solía estar acompañado de un combustible ardoroso para el alma, como el alcohol, pero esa noche no.
Venía de un largo viaje y su vida tenía un propósito. El que no había encontrado al casarse siendo aún un joven, cuando vivía robando ganado y oliendo a borracheras mientras buscaba mujeres con las cuales acostarse.
Había cosas que no cambiarían pues su creencia era clara: Se debían cometer los pecados más atroces, porque Dios sentiría un mayor agrado al perdonar a los grandes pecadores. Y él obedecía a Dios. Y era la imagen de su hijo, vagando ahora en la noche helada de la Rusia del siglo naciente. El mismo frío de su Siberia natal. El mismo frío de sus ojos.
Volvía de su viaje y sabía donde ir. Se había ido campesino y había vuelto místico. Sus poderes lo harían grande, su visión del futuro, indestructible. Atrás quedaba la muerte de su hermano, su abandono. Su vida tenía ahora una misión y era dirigir una nación.
¿Cómo un campesino devenido en borracho, refugiado luego en un monasterio, padre de una cantidad incontable de hijos que jamás conoció, podía dirigir una nación? Sonrió para sus adentros. La figura tosca ni se inmutó por fuera.
Un guardia del zar lo interceptó en el camino, tal como lo había previsto y no le dio tiempo a nada:
- Me llamo Gregori Efimovich y la zarina Alejandra Fédorovna espera por mi.

La salida

Qué era lo más importante de su vida, cuál era su meta cincuenta años después, con los errores ya cometidos y ninguna esperanza por delante.
Valía la pena quedarse sentada en la cocina, delante del televisor, sin prestarle atención a las imágenes que de este se desprendían en un torrente de frivolidad e indecencia y sin embargo, lidiando con las otras imágenes, las propias, las dolorosas, las que volvían una y otra vez a la carga como un jinete fantasma. O mejor, como un malón completo.
Y la polvareda que dejaban a su paso, allá arriba en la cabeza, eran enormes, con secuelas penosas y tristes, que la llevaban al llanto, al desconsuelo.
Cincuenta años y nada por delante, como tampoco hubo nada a lo largo de toda esa vida. Pequeñas alegrías, podría alegar en su defensa. Su hija, su única y preciosa gema, por la que relegó los días y veló las noches. Una época que se le antojaba lejana, casi irreal, como un sueño vivido por otra persona, bajo otro cielo, en la que llegó incluso a amar.
El amor. Ese desvarío del corazón que nos confunde los sentidos y nos lleva por caminos inciertos sin posibilidad de retroceder, porque lo hecho, hecho está y no hay lágrima vertida que el tiempo se digne en enjuagar.
En ese ayer remoto, distante, amé. Y lo único bueno fue el fruto de ese amor, la pequeña Celeste, la hoy señora Celeste. El resto podría borrarse y enterrarse, o mucho mejor, ocultarse, esconderse, desintegrarse. Qué fácil sería, la oscuridad de la noche sería al menos un poco menos tenebrosa y la vida, no tan vergonzosa.
Pero el pasado es parte de uno y a nadie la obligan a elegir, al menos en los tiempos que corren. Elegí y lo hice mal y vaya que he pagado el error. Vaya que lo pago día a día. Si aún los fantasmas no se habían olvidado de mi, no señor.
Las paredes hoy relucen blancas, pero porque me he esmerado en que así estén desde la mañana hasta la noche. Testigos mudas de mi sangre, tantas veces salpicadas, hoy son mis fieles compañeras. Yo y mis cuatro paredes, mi patética realidad, mi día a día, mi existir.
Qué son los golpes del ayer comparados con la soledad de hoy. Con el desarraigo en vida, el alejamiento de la gente. La vergüenza que las espaldas cargan en nombre de otros, del daño sufrido y el que uno es consciente, han sufrido otros. Pero uno debe bajar la cabeza, porque en todo caso, uno lo eligió. A eso no se le llama ser víctima, sino estúpida.
Las oportunidades no existen para ciertas personas, el dolor llena esos huecos, la desdicha es la moneda corriente y la indiferencia el pago que se recibe. Y dentro de uno se genera odio, bronca y amargura. Y se junta todo en la garganta, en forma de un nudo que si se rompe es para llorar, porque no se transforma en gritos, sino en lágrimas.
La boca siempre está reseca y el mal aliento no se va con nada. El corazón está cansado, pero alguna fuerza ajena lo hace marchar. Es la condena de los que quedan, de los que deben sufrir por los pecados de los demás. Y por errores propios.
El deseo de morir no es escuchado por ningún ente superior. En la penumbra que me invade la mente en todo momento, incluso los oigo reírse. Cuando la polvareda se retira, parsimoniosa y cansina, un fétido olor lo inunda todo y nada de lo que intente por disuadirlo lo logra.
Si estoy cerca de la mesada, tanteo en el cajón superior y saco la cuchilla, pero el filo desaparece cuando busco rebanarme las venas. A veces creo que al fin la sangre está corriendo, pero son las lágrimas de mis sollozos las que me engañan recorriendo mis brazos.
He buscado la muerte bajo el paso del ferrocarril, pero cuando me arrojo a las vías me convierto en un ser transparente y los hierros en movimiento me atraviesan con la fuerza de mil demonios, pero ni siquiera me dejan un rasguño. Las veces que me tiré del techo, caí pesadamente, pero sin rastros de golpes y mucho menos, de moretones.
Mi vida me ha llevado hasta esta locura y digo no poder soportar más este cruel destino, este pago diario de deudas ajenas y errores propios.
Los puños en el rostro de ayer son los golpes sin dolor físico de hoy; los insultos se transformaron en fantasmas que se ríen, el sufrimiento ajeno en vergüenza. El sobrevivir, en una tortura.
Cualquier salida a este infierno, sería una bendición. Cualquiera sea. A veces creo escuchar que las voces me dicen que haga lo mismo que él, pero Dios, eso es una aberración. Sin embargo, hay días que me encuentro en medio de la polvareda pensando en ideas extrañas y me convenzo en que algo de verdad podría haber en esas voces, pero de inmediato las alejo, las rechazo... aguanto, soporto, pero no se por cuánto tiempo más podré resistir, sola, ajena a todos, en este existir sin sentido, entre paredes blancas y un televisor que no deja de chillar y chillar y chillar...

miércoles, 4 de junio de 2008

Frenesí

El negro se vuelve más negro y de repente un flash blanco corta la noche y los gritos se amplían intentando derribar el aullido de los cientos de parlantes que atronan alrededor pero es en vano, el movimiento continuo lleva los cuerpos a esa ola inquietante que nunca se detiene y los brazos van y vienen, lo mismo que las piernas y las caderas, un mar colapsado en una noche de colores relampagueantes, que no identifica rostros, sino imágenes que se superponen en un solo éxtasis de fervor.
La música los lleva, la marea se mueve a su ritmo y los juegos de luces cumplen su papel y los jóvenes se entregan a una danza inexacta, con un sentido superficial y a la vez espiritual, dejando salir el delirio contenido de la semana, el deseo de ser tocado y acariciado en la oscuridad, de sentir el sexo opuesto cerca, de gozar llevado por el frenesí y el alcohol.
El dj los atormenta desde el anonimato de sus consolas, jugando con sus miembros, obligándolos a sentir la música dentro de sus cabezas, con los tímpanos a punto de reventar, pero todo sin dolor, al contrario, tan agradable como besos húmedos y la sensación de estar en un cielo cósmico, de no pisar la tierra, elevándose por encima de la marea y sentir los gritos y risas ajenas como propias, una mente única moviéndose en un solo latir, un solo ritmo.
Desde la barra, solitario y apartado, un joven traslada su deseo a su mirada y la obliga a no perder de vista a una rubia preciosa que se mueve descontroladamente, con movimientos tan sensuales como imprevistos, tan deliciosos como mortales para su deseo. Y esos movimientos lo contagian y se da cuenta que no puede detenerse, el frenesí lo acaba de arrebatar de su butaca y lo envuelve en el ritmo, y su cuerpo comienza a sentir lo que otros cientos, los brazos suben y bajan, la pelvis se adelanta y contrae y la música lo hace partícipe.
Y avanza entre la masa viva, sintiendo los roces, las piernas que lo abrazan, los torsos que se le pegan al cuerpo y los flashes juguetean con sus ojos, pero no pierde de vista a esa rubia infernal, dueña de sus deseos, ama de su necesidad, orquestadora de su virilidad.
La ve sensual, sexy, atrevida, su cabello claro, su cuerpo ardiente, su movimiento incesante, el rostro pequeño sacudiéndose al ritmo de la noche, ocultándose en los colores de las luces, desgarrando la oscuridad con su infinita hermosura. Y llega a ella, se le pone delante y baila con atrevimiento, el corazón se siente acelerado, sus piernas no responden a sus pensamientos y su mente se ha ido a viajar. El momento es espectacular, tan irreal como un cuento de medianoche, la música confundiéndolo absolutamente todo, el alcohol haciendo su efecto, las drogas alucinando en todas partes, el latir del piso, esas piernas debajo de la mini falda, ese cuchillo en la chaqueta y ese deseo incontrolable de sacarlo allí mismo, justo allí y desvainarlo en medio de la locura con las luces ocultándolo a pesar de estar frente de su mirada, de acercarse y dar la estocada certera y letal y sentir en pleno dancing, con la marcha machacando en los oídos como la sangre resbala por el filo y se escurre entre los dedos, tan sensual, tan sexy, tan atrevida...

martes, 3 de junio de 2008

Hombre del espacio

Siempre sorteó un caminar errático por las suaves curvas de un Madrid medieval atascado de promesas. Las nervaduras subterráneas de la ciudad acumulaban sueños abandonados y oleaje de amores de paso.
No le fue fácil anticiparse a lo que finalmente transformó sus días en una catarsis existencial. Sabía que podía abstenerse a ser un tipo sin especialidades y esa amalgama de sensaciones que contrajo desde que se supo conciencia floreció como una frágil amapola nocturna intentando identificarse ante su nuevo reto. Cada verbo que escuchaba, ajeno a la intemperie de su nostalgia, se hizo carne en su boca reproduciendo exactamente la invariable y enérgica respuesta que evocaría una nueva sonrisa.
Tan fácil se sucedió este saber con el tiempo y tan mudo pudo volverse en cuestión de días. Especial nunca se sintió pero sí útil aunque nunca pudo contarlo. Su vida era tremenda, veía que tenía tanto trabajo por hacer, tantas ganas, tanto amor. Le bastaba que la gente pudiera comprender lo que pensaba de la vida. Hecho esto sabría que para alguien el camino sería mucho más liviano. La confianza es calidad de vida, le chistó un amigo sabio.
Una vez alguien le preguntó de dónde sacaba tanta energía. Sorbió una gran bocanada de aire y se limitó a contestar “soy un hombre del espacio”.

lunes, 2 de junio de 2008

Primera fila

Dudé entre entrar o seguir espiando por la vidriera. Finalmente me quedé afuera. Si bien el frío aportaba su granito de arena como para decidirme por el interior del restaurante, opté por soportarlo. Además, era más seguro.
Mi ubicación era ideal, del lado de afuera pero justo donde el nombre del lugar, en armoniosa pintura oro y plata, ornamentaba el vidrio. Teniendo astucia para situarse, se podía observar el interior sin que desde allí pudieran notar la presencia de uno. Y llegado el caso que alguien notara mi presencia, muy difícilmente podría asegurar si miraba para dentro o bien, era un casual transeúnte detenido en la vereda, quizás resguardándose del viento para prender un cigarrillo o bien, hablando por el celular.
De todos modos, allí estaba, revoleando el cuello entre las letras que pintadas formaban el nombre del local, buscando la mejor posición. Sentía a mis espaldas el ir y venir de coches sobre la avenida y el paso apurado de la gente, que distraida parecía que en cualquier momento me llevaba por delante.
Sería el mediodía, no llevaba puesto el reloj. Lo dejé hace un par de días para que lo revisaran, porque estaba atrasando mucho y todavía no he ido a buscarlo. Pero el movimiento en la calle y las mesas completas casi en su totalidad, en el restaurante, me hacían suponer que si le erraba, no era por demasiado.
En eso se me acercó un hombre mayor y me preguntó que estaba mirando. Con la mirada lo hice retroceder. Mire si va a tener idea de lo que preguntaba. En todo caso, había más vidriera para ver. A los pocos minutos la bronca me fue ganando. De ser el único espiando, tenía a casi una docena de curiosos, incluyendo al hombre mayor.
Y por culpa de todos esos negligentes, que no tenían mejor cosa que hacer que copiarme la idea, llegó la policía. Se acabó toda la gracia para mí, si señor.
Enfadado de verdad, me alejé de mi estratégica posición y me fui calle arriba, en dirección a casa. Con la cana en el lugar, el asalto terminaría en pocos minutos. Al menos tuve la suerte (y privilegio, sí señor, porque el viejo llegó después de eso) de ver como le volaban los sesos al mozo que se resistió cuando empezaron dos de los encapuchados a violar a la rubia de la mini negra.
Vaya a saber uno en que termina todo. Má si, después seguro lo pasan en la tele.

sábado, 31 de mayo de 2008

Sanputa

Le decían "Pinino", pero se llamaba Joaquín. Se creía un gigante, el rey de la cuadra, pero medía con suerte un metro cuarenta y apenas si tenía diez años.
Jugaba en la calle desde que tenía tres. Se escapaba por el garage, cuando su mamá no lo veía y se quedaba horas con los vecinos, mientras en su casa todos creían que dormía.
Aprendió de golpes y golpizas, de juegos y trampas, de amigos y enemigos, de nenes y grandes, de mentiras y verdades. El barrio estaba plagado de niños mayores y con ellos el aprendizaje estaba asegurado.
Para los ocho, se sentía el más malo de todos. Era el que gastaba las bromas pesadas a las niñas, el que se hacía dueño de la pelota, el que elegía a que jugar. Impartía justicia, castigando a placer. Imponía las reglas y decía lo que se debía hacer.
El "Pinino" era mandamás entre los niños. Los demás sin embargo no le temían, lo respetaban, que es algo muy distinto. Los nenes, claro. Las nenas del barrio intentaban no pasar por la vereda del "Pinino". Para los adultos, era un pícaro bárbaro.
En la esquina, una pequeña plaza era escenario todas las tardes de emotivos picados, guerras sin cuartel, persecuciones, manchas, escondidas... hasta que un buen día, al Federico le compraron la Play para el cumpleaños.
"Pinino" y unos más notaron que no estaban los de siempre. Además del Federico no veían al Pelusa, a Tito, Micha, López ni tampoco al Cabezón, a Veleta, Cosme, Kevin y pararon de contar. No daba ni para un picado de tres contra tres.
Qué pasa acá, se dijeron y se pusieron a investigar. A los quince minutos descubrieron en la casa del Federico a toda la barra que faltaba. Estaban meta gritos jugando a la Play cero kilómetro del dueño de casa.
Manga de huevones, vamos a la plaza, les gritó el "Pinino", pero nadie le dio importancia a sus palabras. Incluso se ganó un reto de la mamá de Federico, que justo llegaba al living cargando dos fuentes colmadas de bizcochitos dulces: "¡la boca Joaquín, dónde crees que estás!".
Y no solo fue el reto, perdió al resto de sus aliados. Eh, por qué no avisaron que venían para acá, dijo la Larva y junto al resto de los que venían de la plaza, se tiraron de cabeza entre la muchedumbre, ansiosos de sumarse a la lista de anotados para jugar.
Masticando bronca, el "Pinino" se quedó solo, mirando espaldas. Pegó media vuelta y se fue pegando un portazo. En el camino a su casa pateó el perro del viejo Fernández y arrancó dos margaritas del cantero de doña Funes. Pasó como un rayo delante de sus padres y se encerró en su cuarto.
No le abrió a nadie ni se dignó de ir a cenar cuando ya la luna resplandecía pálida en la noche. Trabó la puerta con llave y dos armarios. Resistió los gritos de sus padres y cuanto éstos se dieron por vencido y se acostaron, dio comienzo a lo que había estado maquinando en su cabeza durante las últimas horas.
Salió por la ventana, cuidando de no romper el silencio. Un par de perros ladraban a lo lejos, pero nada fuera de lo normal. Los grillos hacían todo el ruido que podían, pero era un sonido repetitivo y común, que a nadie alarmaría.
El cielo se había nublado hacía un rato largo y la ausencia de la claridad de la luna fue un aliado. Se movió sigiloso entre las sombras, con el alma oscura como un verdadero sanputa. Los ojos despedían fuego, como si fuese un diablo atrapado en el cuerpo de un niño.
Llegó hasta la casa de Federico y se obligó a morderse los labios y no insultarlo, al menos en voz alta. Sacó los fósforos del bolsillo del pantalón y se trepó al caño de desagüe. Con astucia y agilidad, subió al techo. Sabía lo que buscaba: el bidón de nafta que el papá de Federico siempre guardaba cerca del tanque de agua. Lo roció todo y sin perder tiempo en bajar, encendió un fósforo y lo arrojó al suelo. Todo a su alrededor ardió en un santiamén. Un espectáculo de fuego y placer.
Mamá lo despertó al amanecer. Sin los armarios haciendo tope, entrar no había sido ahora problema. Su mirada estaba acongojada y temía decir lo que él sabía que diría. Le tomó una mano y casi esquivando su mirada, empezó a contarle que algo muy feo le había pasado a un amiguito suyo, que no tuviera miedo, que era una historia fea pero que tenía que estar preparado. ¡Qué feo para un niño, pensaba mamá, tener que saber que estas cosas pueden llegar a pasar en el mundo en que vivimos! Y llorando, comenzó a hablar...

domingo, 25 de mayo de 2008

Detrás

Decidí podar la enredadera. El día era propicio. El sol se había ocultado tras grises nubarrones y la brisa calurosa de días atrás, había finalmente desaparecido.
La oxidada tijera de podar cortaba el aire en cada exhalación y sus extremidades, al acariciarse como amantes, mutilaban las débiles partes de la verde enredadera, que se esparcía inherte sobre la desprolija gramilla.
A medida que desaparecía la enredadera, el tapial dejaba ver sus ladrillos desgastados y enormes telarañas. Las hormigas huían despavoridas ante el peligro próximo. La tarde se empapó del sonido de la tijera, ocultando todos los demás. Un ritmo pegadizo, repetitivo y hasta tétrico.
Mis brazos estaban húmedos por el sudor, pero no sentían el cansancio. Los múrculos en lugar de pedir auxilio parecían disfrutar de cada movimiento, como si la acción los hubiese despertado de un letargo infinito.
Pensé en detenerme en más de una ocasión, pero la mente no pudo con el cuerpo y el desacuerdo llevó a continuar la tarea. La tijera se abrí y cerraba cada vez con más velocidad y fuerza, como si en cada mordisco al aire se alimentara de energía y al siguiente movimiento esa energía se transformara en mayor vigor.
Mis ideas se perdieron en un mar tormentoso, la vista se nubló por completo. Sin embargo, no me detenía. De pronto vi en el tapial la forma de un óvalo enorme, una figura ahora cubierta por revoque mal terminado, cubierto de telarañas y hojas secas, en el que alguna vez habían estado ladrillos como los que conformaban el resto del tapial.
Las manos guiaron la tijera a cortan alrededor de la figura, dejando al descubierto la totalidad de ésta. Nacía casi a la misma altura que el tapial lo hacía del suelo y elevaba hasta casi tocar la parte más alta, dónde la mirada se confundía con el cielo y la enredadera cruzaba al patio vecino.
¿Se había roto esa parte y la habían arreglado mis padres? ¿Habría sucedido en mi niñez, dado que no recordaba el tapial derrumbado en una parte? Y ahora que lo pensaba... ¿siempre había estado allí esa enredadera, cubriendo el arreglo de cemento?.
Dejé de podar la enredadera y cometí, lo que hoy considero, fue un error. Busqué el hacha y sin pensar en lo que me diría el vecino, comencé a golpear con fuerza en la zona gris del tapial, antes escondido por el verde frondoso de la enredadera.
Le di con fuerza, con los brazos tenzados. Le di una y otra vez. Al poco tiempo noté la primera grieta y el vigor con el que había podado un rato antes, se poderó otra vez de mi. La grieta convocó a otras y la pared de pronto pareció arañada, no solo golpeada por el hacha, sino también lacerada. Y de las grietas creí ver que manaba sangre y me dije, queriendo convencerme, que estaba loco.
Pero no lo estaba. La sangre cayó sobre la enredadera muerta, tiñéndola de un bordó sin vida. Me sobresalté, pero no por eso dejé de golpear el hacha. Una parte de revoque cayó, deshaciéndose las partes en polvo a medida que caían. Y lo que observé me asaltó como un fantasma, me paralizó por completo y el hacha cayó con fuerza, golpeándome. Dos pequeñas manos entrelazadas, con la piel seca, los huesos añejos sobresaliendo, opacos y sucios, pero sin embargo, goteando sangre, como si sus dueños recién hubiesen perecido.
Ahogué un grito de terror, me caí de espaldas y dejé que el pánico me dominara. Mi respiración de agitó, mi pulso aumentó y mi mente quiso huir pero algo la retuvo. Lo mismo que aún me retiene en sueños entre la delgada línea de la vida y de la muerte. Fue la imagen nítida y deslumbrante de esa cadena de oro sujeta a la muñeca del brazo de una de esas manos. La misma cadena de oro que tiene mis iniciales y luce desde hace más de treinta años en mi muñeca, el feliz regalo de mis padres para mi primera comunión, que hacía juego con la medalla del mismo color que le colgaron al cuello a mi hermana en aquella ocasión...
Me arrastré lejos del tapial, agobiado y asustado, con la espeluznante imagen frente a mis ojos. La tijera yacía a metros de donde había caída el hacha y ambas herramientas parecían sonreír bajo el cielo gris.
Retrocedí todo lo que pude, hasta que un hormigueo atacó mi cuerpo. La lucidez se disipaba nuevamente, como tantas otras veces. Me sumía al sopor de todos los días, al estado de muerto viviendo al que estoy acostumbrado. Lo corpóreo comenzó a desdibujarse como siempre ocurría, pero esta vez había algo diferente: había encontrado la pieza fundamental del rompecabezas.
Ahora ya reconozco la forma que debo armar. Y no lo niego: me espanta de solo pensarlo.

domingo, 11 de mayo de 2008

El difícil mundo de los negocios

Begonias, margaritas y alelies.
Las ordena en el camión, cuidando de no romper los cajones que guardan los plantines. Está sudado y cansado, con deseos de un vaso de agua y un par de horas a la sombra, lejos del viejo acoplado y de las órdenes de su patrón.
Tulipanes, zinias y malvones.
Más cajones, más fuerte el sol. Para antes de las cuatro Raúl, para antes de las cuatro... una y otra vez, como si se pudiera olvidar. ¿Furioso? No, era poco comparado con lo que sentía. Acaso Miguel lo estaba ayudando y mucho menos Rafael. Con seguridad, tirados de espaldas contra el viejo tronco, atacando entre mate y mate, con firmeza, una bolsa de bizcochos.
Jazmines, rosas y flor de liz.
Son las últimas flores a cargar. Cuando termina, ya no entra nada en el camión. Se saca la remera y se limpia el rostro. La enorme cicatriz que le cruza el pecho resplandece bajo la luz del sol. Antes de meterse en el depósito, sacude el cabello húmedo salpicando el piso sucio.
Pala, ganzúa y linterna.
Recibe de su jefe las cosas, junto a la orden de guardarlas lo más rápido posible. Lo hace y pregunta si llama a los demás. El patrón le hace saber que no será necesario, que se irán ellos dos solos. No lo entiende hasta que ve la tierra en la manos del otro y la sangre en el overol.
Arranque, acelerador y carretera.
El camión se pierde por el camino que sale hacia el pueblo, dejando atrás el vivero atracado. Verán el desorden, las macetas rotas, la galería destrozada y comprende que jamás sospecharán que debajo de tanta tierra desparramada, yacen dos malvivientes en los que ni él ni su patrón, por distintos motivos, pudieron confiar.

viernes, 9 de mayo de 2008

El almuerzo

El jardín siempre luminoso y la fresca sombra de los árboles adornándolo. Los chicos corretean por ahí, respirando un aire puro de cielo azul. Allá va Beba acarreando platos y cubiertos, haciendo malabares mientras cruza el caminito de piedra en dirección a los tablones que harán de mesa.
El abuelo José está en el parrillero, cuchillo en mano y hablando seguramente de política con el tío Adriano. Me fascina el atuendo de José: camisa a cuadros, de colores claros, bermuda por arriba del ombligo y ojotas verdes. Adriano en cambio, solemne como es su característica, de zapatos, pantalón de vestir y camisa de algodón.
Cerca de la higuera anda la tía Camelia. Hacía años que no la veía. Siempre tan frágil, de andar dubitativo, como si la próxima brisa la fuera a derribar. A su alrededor, volando en su triciclo, el Jacinto, el más chico de los hijos de mi hermano Martín. A él no lo veo, quizás esté en el quincho, ayudando con las ensaladas.
Sin trabajar, ya apostados en sus lugares de la mesa improvisada, Carlos, Manuel y Félix. Seguramente los correrá de un momento a otro la tía Ofelia, para colocar el mantel. Mientras, intentan arreglar el país con sus ideas. Susana pasa por al lado y sonríe cómplice. O una idea loca o un piropo ganador. Susana es mi prometida. Tan bonita. Va camino a la calle, despreocupada.
Están arribando más comensales. Veo bajar del coche a un elegante don Alfonso, el papá de Susana y a su nueva mujer, de la que confundo el nombre: Roxana o Romina. Puede que en realidad termine siendo Matilda, lo mismo da.
No veo a mis viejos y tampoco a mi hermana. Y no reconozco a un par de niños. Pero el detalle me tiene sin cuidado. En una familia numerosa, los críos no tienen nombre propio hasta que son adolescentes o bien, se mandan alguna macana digna de ser colocadas en un anecdotario.
Se siente el olor a asado en el aire, viajando sin destino y llevando envidia a las casas vecinas. No hay nada más envidiable un domingo al mediodía que sentir ese rico olorcito y saber que otro lo está haciendo.
El viejo José ya está dando vuelta los chorizos. No es de los que los pinchan. Tiene la teoría que así conservan mejor el sabor. Y al abuelo José, mejor es no discutirle. Por otra parte, sus asados han sido motivo de elogios toda la vida. Se le acerca Ofelia y con seguridad está intentando averiguar cuánto falta.
Es que ha visto llegar en otro vehículo a su hermana, es decir, a mi madre. La veo desde donde estoy, muy arreglada, hermosa como siempre. Mi padre le brinda el brazo, servicial y caballero como en sus años mozos, y ella desciende del auto. Del otro lado, baja mi hermana. Todos van de oscuro y reprocho el gusto inmediatamente: no es un día para oscuro, todo lo contrario.
Susana se acercó a recibirlos. Ella también es hermosa. En parte me recuerda a mamá, dos amantes de la elegancia. Mis dos coquetas favoritas, como suelo llamarlas. Susana y mamá se abrazan largamente y me parece ver lágrimas en los ojos de mi madre.
Me dijiro hacia ellos, con la idea de alcanzarlos antes que lleguen al quincho. Mi sobrino Raulito casi me atropella en su loca carrera hacia una pelota que alguien le arrojó lejos. Ni siquiera me pidió disculpas. Hijo de mi hermano tenía que ser.
Ahora que estoy más cerca confirmo que son lágrimas. Bueno, pienso, que será lo que hoy arruine tan hermoso mediodía. La tía Ofelia ya los alcanzó y también la abraza. Mi papá lleva ahora de la mano a mi hermana. Llevan en sus rostros tristes sonrisas de compromiso y ojos colorados, de un dolor reciente.
Estoy casi a tres metros y le guiño el ojo a mamá, pero no me ve, porque entra sin detenerse al quincho. Detrás van entrando Susana y Ofelia y cerrando el grupo, mi papá con mi hermana. Me llega clara la voz de papá, ronca y desgastada por el cigarrillo y los años, pero reveladora y mortal como una daga:
- Un año. Un año sin tu hermano, Caro. Dios mío, Caro, que eterna se hace la vida, que dura que es...
Y comprendo que eso negro que llega con la voz es la realidad y me dejo envolver. Y de a poco, aunque no lo quiero, los colores y el azul del cielo se van desdibujando, para teñirse de un gris opaco, el color de todos mis días, la neblina que me acompaña a diario en este no existir que en vida llamamos la muerte...

lunes, 5 de mayo de 2008

Siete y veintidós

Siete y once de la mañana, Angelina sale del garage de su casa manejando el Renault de su esposo. Todavía quedan vestigios de la noche, aunque no falta demasiado para que el sol se ponga en todo su explendor. Angelina sabe que está llegando tarde para recibir a su jefe en el aeropuerto y por esa razón acelera ni bien llega a la esquina de su calle.
Siete y once de la mañana, un nuevo día para Silvana que escucha con bronca como arranca sin problemas el motor de su viejo Peugeot. Piensa en las ganas de seguir durmiendo y en lo difícil de su ardua tarea de ser madre responsable y docente a la vez.
Siete y quince, un semáforo céntrico demora a Angelina más de la cuenta. Golpea con fuerza el volante, culpándose de no haber doblado dos calles antes. No solo llegaría tarde, sino que no podría dejar la correspondencia en el correo como le había prometido a su hermana.
Siete y quince, Silvana consulta su reloj y sabe que si bien cuenta con tiempo, a su directora le gusta que lleguen un rato antes para "ponerlas" al día. Menea la cabeza resignada y se da cuenta que un peatón confunde el movimiento con un gesto, apurando el tranco y cruzando la calle casi corriendo. La primera sonrisa del día, se dice.
Siete y veinte, Angelina cruza los dedos y aprieta cada más fuerte el acelerador. Los dedos cruzando son en deseo que no le pongan una multa; el pié al fondo, para intentar el milagro, no ya del correo, pero al menos el del aeropuerto. A esta altura, la palabra clave es justamente "milagro".
Siete y veinte, podría tomar por la avenida, pero a Silvana no le gusta la avenida en ese horario. Tránsito fluído, padres apurados por llevar a sus hijos al colegio y volar a los trabajos. Cómo cada día, dobla una calle antes y evita el caos cotidiano de la doble mano.
Siete y veintiuno, Angelina golpea el volante con fuerza porque el semáforo no cambia a verde y repite en voz baja una y otra vez, como poseída: "voy a llegar, voy a llegar, voy a llegar". Está a unos trescientos metros de la avenida y de allí todo derecho hasta el aeropuerto. Se cansa y cruza en rojo.
Siete y veintiuno, tarde o temprano Silvana sabe que tiene que llegar hasta la avenida, sencillamente porque allí está el colegio. Pero hay días que estaciona delante de la escuela y otra veces que guarda el auto en la cochera que está una cuadra antes. Hoy es un día de opción dos.
Siete y veintidós, el Renault parece una flecha y Angelina es un manojo de nervios. Sabe que a poco metros hay una escuela, pero eso tampoco la detiene. Silvana viene en su Peugeot, más atenta a la entrada de la cochera que a la calle. El encuentro de ambos vehículos es inminente.
El Renault, conducido ferozmente por Angelina, pasa a menos de cinco centímetros del Peugeot que conduce distraidamente Silvana. Los espejos retrovisores parecen besarse. Angelina no conoce a Silvana, ni Silvana a Angelina. Jamás tendrán la oportunidad. El auto de Angelina sigue de largo y dobla en la avenida, con rumbo al aeropuerto, a sabiendas que llegará tarde. Silvana aparca tranquilamente su coche, sin importarle el apuro de la directora.
Cuatro y veinticinco, el escritor es consciente que terminó tomándole cariño a los personajes, optando por salvarles la vida. Sabe que el relato ha fracasado y coloca punto final.

domingo, 4 de mayo de 2008

La Vieja Época

La Vieja Época comenzó extrañándose entre tanto cambio.

El control de su rumbo había perecido sin darse cuenta

entre saltos y desencuentros con el bienestar.

La carrera tornó la velocidad de un rayo sustancial

entre episodios desamparados y

nuevas expectativas delante de cada paso.

Multitudes insolentes de cortas esperas

atraparon el eje conductor por el riel de lo factible.

Confundió su pasado con su esencia,

olvidó su raíz del otro lado del perfume.

La Vieja Época se reconoció cuando sólo se recordaba

entre melancolías de reuniones solitarias.

Las riendas estaban ya demasiado lejos para alcanzarlas,

pero no quería comenzar de cero

una historia que no disponía de principio

más que su propia razón.

Y esa fue la palabra que necesitaba

para restaurarse, “la razón”.

Entendió por fin que nunca fue pasado

su necesidad de pertenecerse y que el tiempo

había sido viento conjugándola.

La Vieja Época ahora es

viajando en el transcurso,

aportando expectativas desde sus ramas,

como yemas de fresno,

para ampliar su curvada extensión,

sus años de vida.

sábado, 3 de mayo de 2008

La vieja

La vieja está cansada. Ha fregado de más durante muchos años y quiere acostarse a descansar. Le piden que aguante un poco más, que aún es temprano y el sol está en lo alto. Pero la vieja no quiere mirar al cielo, porque allí están varios de los que ama y no puede olvidar. No, les dice, quiero ir a descansar, por favor.
Pero la retienen un rato más, la convencen con promesas de que la van a ayudar y se queda. La tientan con cebar unos mates y allá va ella, resignada de su suerte, de su existir. Y qué tal unas tortas fritas, no vendrían mal unas tortas fritas. Y la vieja comienza a amasar.
La tarde es eterna y ella sola en su soledad, enjuagando lágrimas mientras quita telarañas con el plumero, trapea los pisos y zurce calzoncillos rotos. La llaman de afuera y le dicen que el otoño ha tendido su habitual manto de hojas y le dan la escobilla de metal y una lona grande. Qué quede lindo, le piden y se van a patear un rato. Y la vieja sueña con ser hoja y escaparse con el viento.
Pero solo escapan suspiros y nuevos dolores que se trepan a los anteriores. Su espalda ya parece una colina de tantos achaques superpuestos. Pero la vieja no puede parar, porque de ella depende el mundo. Y así las camisas están planchadas y dobladas en los cajones, las medias ordenadas sin equívoco y los zapatos brillando al pié de las camas.
De vez en cuando se mira las prendas y las nota remendadas hasta no poder, pero no se aflige, sabe que gracias a ellos los demás están bien vestidos y salen a la vida con elegancia. Total, ella si apenas sale para los mandados. Y de vez en cuando, viaja en colectivo al cementerio para llevar flores, que recogió del jardín, a sus seres del corazón, que ya no están. Y es allí dónde llora, porque sabe que nadie la ve. Porque allí solo hay paredes de concreto, insulsas, con apenas nombres grabados, sin vida, ausentes de la realidad.
Y vuelve. La vieja siempre vuelve, con sus achaques, su mirada tímida, su servilismo inmaculado. Y otra vez es el mismo día. La misma sinrazón de ser, existiendo para los demás, para que los demás existan, en un juego de palabras que no entiende ni quiere entender.
La vieja está cansada y quiere descansar. Pero le dicen que es temprano, que aún el mundo quiere girar. Y allí está ella, haciéndolo posible, sin chistar.
Y sin que nadie la vea llorar.

viernes, 2 de mayo de 2008

Amigos como ellos os deseo...

En los años locos todo puede suceder. Nada de esto es por demás de interesante, pero nos pasan cosas, acontecimientos que provocan la sonrisa a la vista de la pátina del tiempo.
Salíamos en barra, tanto valía la conquista de féminas como las vivencias con el grupo de amigos, podíamos sustituir una por otra, excepto con alguna poderosa razón de por medio.
Los boliches de Arroyo Seco nos eran menos hostiles que los de Villa y allí apuntábamos. El Tirsa nos traía y llevaba, pero a veces... a veces la barra por esos raros designios de los dioses se encaminaba a rumbos más aventurados, raros donde a la vuelta de la esquina la sorpresa y el asombro jugaban sus cartas.
Un viejo Kaiser Carabela nos llevaba a Cañada Rica a aventurarnos al Baile de los Conscriptos, despedida pueblerina para los desafortunados que eran llevados a la colimba.
Pero algunos de nosotros tenías otras intenciones-, mejor dicho, otra intención: tirarle los galgos a la Teresita, una agraciada niña de alguno de los pueblos de la región. Si hay baile -decían mis amigos más avezados- fija que está la Tere.
Pero estos pintorescos bailes tenían sus ritos -que yo desconocía- y algunos de mis amigos adoraban. Remataban tortas, para juntar unos mangos destinados alos conscriptos y hacíamos subir los precios y nos retirábamos a tiempo para que las viejas copetudas paguen fortunas. Nos hacíamos los simpáticos y, como no había gran cosa para ver, nos la dábamos de graciosos con la gente mayor. Al final compramos la última torta, que nos salió dos mangos, porque ya las viejas se aburrían. La pusimos en un asiento del Kaiser, para la vuelta.
Orquesta típica -yo, que siempre fui madera, esperaba las lentas-, corridos, pasodobles y ni siquiera la Tere para animar la noche. Cuando estaba por entrar la segunda orquesta apareció, de vestidito blanco. Los ojos de la barra se clavaron en ella despojándola de atuendos instantáneamente. La Teresita, muy modosita, se sentó con un par de amigas mayores y se daba el gusto de ignorar a los que cabeceaban invitándola. Cuando ya se hizo la interesante un rato concedió un par de temas a la muchachada.
Cuando la música bajaba preanunciado las lentas, se sentó, cruzando las piernas. El amontonamiento a unos metros de su mesa era una masa informe de acelerados pibes. Los cabezazos estaban por desnucar a más de uno y la Tere nada. Con Miguel y Filo apostamos a ver quién era el agraciado (entre cien) que la sacaba a la Tere. De pronto, se paró como aceptando. ¿A quién? Una vez en la vida tuve los reflejos más rápidos y me deslicé fluidamente entre los mamotretos que me rodeaban eludiendo los codazos de Filo y las trabas de Miguel. La Tere me sonrió... y a la pista. Ni Kempes ante los holandeses tuvo más gloria que yo. Bailaba apretado con la Tere mientras la jauría quería devorarnos a ambos por diferentes motivos.
La Tere, a la que todos juzgaban muda, me daba conversación, animada, y yo saludaba al Dante por algún círculo celeste. Ya planeaba cómo seguiría todo, hasta que sucedió lo otro. Filo y el Juanjo, que se decían mis amigos, me llamaban con gestos desesperados. Leía sus labios: Nos vamos. Yo hacía señas de esperen un cacho y los ignoraba mientras la Tere apoyaba la cabeza en mi hombro.
Unos minutos más y siento un toque decidido en el hombro izquierdo. El guacho de Miguel, ante la vista azorada de la Tere anunciando algo más o menos así: Señor, nos vamos, su chofer decide retirarse, ¿prefiere usted volver a pie?
Poco puedo explicar de la incineración a la que me vi sometido, saludé a la Tere como pude y apenas la solté, la barra me sacaba en andas hacia la puerta. No iba a ser más interesante bailar con la Tere que comernos la torta con un cajón de sidra helada que misteriosamente se había subido al Kaiser... y bueno, me dije, y creo que me mandé toda la Farruca de un tirón a la salud de los hijosderremilputas de mis amigos.