- Doctor, debe ayudarme. Duermo todo el tiempo, no sé que me pasa. ¡Imagínese, veinticuatro horas en la cama cada día!
- ¿Y cómo es que ha podido despertarse y venir hasta acá?
- Es que estoy soñando.
domingo, 4 de mayo de 2014
Patología
lunes, 28 de abril de 2014
Paradojas de la vida
Martínez, al que llamaban el "carnicero de dos hojas", porque te mataba con dos cuchillas, me habló de Urdiza una tarde en el pabellón de descanso.
- La última vez que lo vi, todavía se atrevía a mentirme - me dijo, mirándose las uñas sucias - Luego ocurrió lo que todos saben y ya no pudo hacerlo. Paradojas de la vida. Después de una venganza, ya nada es igual. Principalmente cuando se termina en un cajón.
El rumor era que se lo había cargado, aunque no estaba adentro por eso.
- Me atraparon por boludo, un par de bifes a una nami, estaba borracho. Parece que la maté. No me pareció para tanto.
Pero el tema acá era Urdiza. Porque por su culpa yo estaba en la cárcel y el único que podía sacarme, si decía la verdad, era él. Mi esperanza murió el mismo día que me enteré que había sido boleta. Pero Martínez me acababa de confesar que mi lápida a había tallado él. Y eso no es algo fácil de digerir.
- ¿En serio? - me preguntó, observándome duramente a los ojos - ¿Y qué pensás hacer, vengarte metiéndote conmigo?
Ambos sabíamos que eso era un suicidio. Le guiñé el ojo y sonreí. El "carnicero" siguió mirando sus uñas, hasta que apareció un cascarudo. Sin dudarlo lo apretó con sus dedos, lo hizo añicos con el puño y se lo llevó a la boca como un caramelo.
Preso y cagón. Peor no me podía ir. El silbato sonó y supe que había terminado el descanso. Y así sería por varios años más, gracias a Urdiza y al desgraciado de Martínez.
sábado, 19 de abril de 2014
Dueño del momento
En media hora debía salir hacia su cita. El estómago puntualmente comenzó a gruñirle.
- La vas a pasar mal, no vayas - tradujo su mente.
Evitó pensar en ello. Estaba yendo al psicólogo desde hacía un año justamente para solucionar ese problema que lo aquejaba desde que tenía memoria.
Treinta minutos después caminaba hacia el bar que ella le había indicado en un mensaje al celular. Sentía que en su panza habían inaugurado una montaña rusa sin su consentimiento.
- Volvete a casa, te vas a descomponer - le dijeron mediante retorcijones sus intestinos.
Pensó en otra cosa. En los ojos café que lo esperaban, de miradas cálidas que lo derretían. En la posibilidad de una caricia, tal vez un beso.
Llegó. La puerta verde invitaba a entrar con música alegre que sonaba del otro lado. Puso la mano en el picaporte.
- Te vas a arrepentir, pegá la vuelta - escuchó que en un susurro le decía el estómago.
Se mordió los labios. Debía vencer esa debilidad. Tenía que ser dueño del aparato digestivo y no al revés. Abrió la puerta.
Había mesas, gente feliz alzando copas, una banda tocando en vivo, una larga barra, un barman rodeado de botellas y cerca de una ventana, ella, esperándolo con una sonrisa.
Casi corrió a su encuentro. Hubo un breve tirón en su vientre, pero no le hizo caso. Llegó a su lado, besó su mano y ella lanzó una bella carcajada, luego, siguiendo la gracia, se inclinó para reverenciarla. Allí, al agacharse, su culo largó un pedo.
- Te dije - tradujo del pedo, mientras se ponía rojo de vergüenza y salía corriendo para ponerse a salvo.
La morocha se quedó sola contra la ventana, confundida y envuelta en un halo de desagradable destino.
lunes, 7 de abril de 2014
No apto para pimera cita
La comida estuvo bien para una primera cita. Nada extravagante pero tampoco de medio pelo. Pero era jueves y tocaba noche de cine. Herminio no sabía como decirle, había dudado toda la noche, hasta que viendo en el reloj del restaurante que se aproximaba la hora de la función, tomó el toro por las astas.
- Adela, hermosa, ha sido una hermosa noche, pero hoy tengo que ir al cine…
- ¡Qué lindo! ¡Vamos al cine!
- No, lo que quería decir era otra cosa...
- ¿No vamos al cine? Con lo que me gusta - dijo frunciendo los labios.
- Me encantaría invitarte, pero dudo que te guste. Es cine de clase B.
- No entiendo. ¿Clase B? ¿Las butacas están más lejos?
Herminio largó una carcajada.
- Se trata de un cine de culto, de bajo presupuesto. No creo que conozcas a los actores o que hayas oído nombrar a las películas.
- Y si no son buenas ¿para qué vamos a ir?
- ¡Para mi gusto son buenas! - respondió ofendido Herminio.
- Y yo que soy, una chica clase B o A - preguntó desafiante.
- ¿B o A? ¿Qué tiene que ver? Hablamos de cine.
- No, ahora quiero saber. Fui una cita A, B o Z.
- Z es un subgénero del B.
- La había pasado bien Herminio, no comprendo esta forma de querer dejarme a un lado.
- No malinterpretes. Creo que no te gustaría ver cine Clase B. Al menos, en la primera cita.
- Muy bien - dijo, levantándose bruscamente - Si yo, según vos, no quiero cine B, vos, según mi opinión, no querés una noche de sexo clase A – y dicho esto, se marchó.
Herminio consultó de nuevo la hora y pidió rápido la cuenta. Esa noche daban una de vampiros que no había visto. ¡Y ella que quería tener sexo! Nunca comprendería a las mujeres.
martes, 1 de abril de 2014
La ruleta eterna
Sintiéndose en la cornisa Ismael le jugó todo al 18. Podía escuchar los latidos de su corazón por encima de la multitud.
La bolilla giró eternamente, siglos y siglos. Se convirtieron en figuras del tiempo, condenados a una chance.
Aun aguarda Ismael que el destino le sonría. A su alrededor todos esperan espectantes. Es un manojo de esqueletos delante de la ruleta del universo.
domingo, 23 de marzo de 2014
El hombre de la azotea
Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, con malvada rutina de hombre haragán esperando siempre el mañana que nunca llega.
En la azotea descansa Ismael, los pies sobre la poltrona como tanto le disgustaba a su madre. Tiene el diario desplegado ante sus ojos, con la página abierta en el horóscopo, aunque no lee. De vez en cuando atraviesa el silencio de la habitación con una mirada fugaz hacia la ventana, solo para cerciorarse que el agua sigue cayendo.
Deja el volumen de hojas a un lado, observa el techo de aquel sucio y sombrío lugar, cuenta las telarañas y a la octava vuelve al periódico. Sus manos buscan directamente la sección de policiales. Vuelve a leer el título que ha leído hace media hora. Letras enormes de molde que equivalen a una condena. Su foto en un rincón. Su nombre en el epígrafe.
La lluvia lo encarcela de la misma manera que su pasado. Oye las pisadas de alguien subiendo las escaleras. Luego, el sonido de un plato contra el suelo. Finalmente, los pasos alejándose. Es así como sucede, cada vez. Ella ni siquiera quiere verlo. Lo protege, lo esconde, pero lo rechaza.
Así será de aquí en más, hasta que el destino lo determine. Su madre, como la lluvia, tiene infinita paciencia. Pero un día, tarde o temprano, escampará, como siempre ha sucedido.
domingo, 9 de marzo de 2014
Un disparo
El hombre frente a él se llevó la pistola a la cabeza. Luego apretó el gatillo. En el espejo solo quedaron gotas de sangre.
domingo, 2 de marzo de 2014
Situación en la aseguradora
La sala de espera estaba llena, pero por suerte el siguiente número era el suyo. Al escucharlo, se puso de pie y avanzó hacia el mostrador principal. Una joven tomó el papelito que le extendió y le señaló una puerta al fondo del pasillo a la derecha.
Allí lo recibió una mujer algo mayor que la recepcionista. Tras el saludo de rigor, lo invitó a tomar asiento.
- Bien señor Gallardi, dígame, en qué puedo ayudarlo ¿Qué es lo que viene a asegurar?
- Mi herramienta de trabajo - dijo Gallardi señalando hacia abajo, en dirección a sus piernas.
- ¡Es futbolista! ¡Pero que bien! A mi marido le encanta el fútbol. Yo no entiendo nada. ¿Y dígame, por curiosidad, en que equipo juega? Dígame Boca, dígame Boca, que mi marido se muere...
- No señora, le señalo... esto.
- ¿Qué cosa? - preguntó con curiosidad la vendedora, poniéndose de pie y mirando por encima del escritorio - ¡Oh! ¿Se refiere a la... digo, al...?
- Si, quiero asegurar mi miembro viril.
- Disculpe que me quede sin palabras, es la primera vez que veo algo así. Perdón, quiero decir, que me piden algo así. Usted me entiende. ¿Y para qué lo necesita asegurado? ¿En qué trabaja?
- Soy actor porno.
- Es... - la mujer sopesó la situación, respirando hondo - Bien, realmente esto no me había pasado nunca - dijo, dejando escapar unas risitas - Déjeme ver, que busco entre los papeles, a ver que encuentro sobre esto. Supongo que querrá un seguro por accidentes.
- Si, accidentes laborales.
- Claro... si. No me imagino. Si, bueno, me imagino. Pero, es decir, accidentes accidentes. Un golpe, algo que se cae encima.
- Si, lo que sea. Que me lo doblen sin querer, o que lo muerdan. Me gustaría que se contemplen todas las posibilidades.
- Claro, mordidas. No lo pensé. Bien, si, déjeme que vea... - la mujer sintió que transpiraba, la situación la incomodaba - Porque tengo que ver si....
- ¿Necesita revisarlo?
- ¿Revisarlo? Los papeles, si. Revisar los papeles.
- ¿Y al miembro? ¿No debe ver en que condiciones está?
- ¿Verlo? Oh, si. Claro. Pero tenemos peritos para eso. Es decir, yo puedo si quiere, pero lo tienen que peritar expertos. No es que no sea experta... no, perdón, no quise decir eso. O si. No, espere. A ver. Aguarde que aclaro un poco las ideas - volvió a lanzar varias risitas una tras otra - Los peritos son expertos en temas en general, no quiero decir que sean expertos en...en... bueno, usted ya sabe.
- Está bien, no tengo problema sobre quién me lo mira. Pero quisiera también que se contemple in itinere, por si tengo un accidente camino al trabajo.
- ¿Camino al trabajo, usted ya...?
- Un accidente de tránsito o algo desafortunado.
- Entiendo, entiendo. Bueno, el perito de todas formas tiene que determinar el valor.
- Estoy cotizado como el mejor actor porno del país.
- De todas maneras necesitamos el informe de esta persona.
- ¿Necesita que le traiga películas?
- ¿Películas porno? ¡Me matan acá!
- Tenga en cuenta el granizo.
- El... ¿granizo?
- Filmamos a veces en exteriores, no importa el clima.
- Granizo entonces. ¿Algo más que tenga presente?
- Si. Seguro contra terceros.
- Contra... ¿usted dice para el caso de lastimar a alguien?
- Nunca se sabe. Mire el tamaño, puede resultar peligroso - dijo Gallardi, bajándose los pantalones.
- ¡Súbase eso, de inmediato! - ordenó la vendedora, que trataba de mirar hacia un lado con el ojo derecho, en tanto el izquierdo se mantenía en su sito, observando todo con detenimiento.
La mujer se puso de pie y le pidió que aguardara. Luego salió de la oficina para volver minutos después con el gerente de la casa aseguradora.
- Estimado, Palacios mi apellido. Me han dicho que usted es Gallardi, el famoso actor porno.
- Yo no le he dicho que es famoso, señor Palacios - interrumpió la vendedora.
- Mónica, por favor, ¿me va a decir que nunca ha visto una de Gallardi? Mi preferida Gallardi es "El doctor te la pone sin anestesia". ¡Qué película Gallardi! ¿Nada de efectos, no? ¿Es todo... real?
- Por supuesto. Por eso quiero asegurarla. ¿Necesita ver?
- Debo admitir que me gustaría Gallardi, pero para eso tenemos peritos. En realidad, venía a pedirle un autógrafo.
- Pero señor Palacios, lo llamé para que me ayudara con la situación.
- ¿Qué situación, Mónica? Hágale el seguro y no le haga perder más tiempo.
- Pero... ¿qué le aseguro?
Palacios, ofuscado, la buscó dentro del pantalón del actor y la sacó con violencia.
- ¡Esto asegure Mónica! ¡Y no rompa más las pelotas!
- Esas también me gustaría asegurar - acotó Gallardi - ¿O vienen incluidas?
- ¿Vienen? - preguntó Mónica buscando ayuda en Palacios.
- Si no vienen, nosotros las incluimos, como gentileza de la casa, Gallardi - respondió Palacios.
El actor agradeció con un movimiento de cabeza y luego, con mucha profesionalidad miró al gerente y le dijo: Sin ánimo de ofender, ya puede soltar.
domingo, 23 de febrero de 2014
Gato encerrado
- Hay algo que no me cierra - retrucó el comisario, inspeccionando de cerca el cuerpo.
- ¿Qué cosa, jefe? - preguntó mostrándose interesado el cabo Jiménez.
- Ese agujero, el de la frente.
- Es el de la bala, jefe.
- ¿Pero para qué la bala? Cayó de un quinto piso ¡Y además, con una soga al cuello! No puede ser de una bala, ahí debe haber gato encerrado.
- El forense dijo...
- ¡El forense no sabe una mierda! Hace treinta años que soy policía, Jiménez. Me va a decir que no puedo reconocer un agujero.
- No jefe, no dije eso. Solo remarcaba lo que informó el forense.
- ¿Y para usted, qué es ese agujero? Olvídese de lo que dijo el forense.
El cabo se acercó y lo inspeccionó de cerca. Podía verse la sangre secándose en los bordes. La profundidad no podía apreciarse.
- Ahora me hace dudar, jefe. No sé.
- Hay gato encerrado, no le dije.
- Hay gato encerrado, si, usted tiene razón.
- Bien, me quedo más tranquilo. Bueno Jiménez, lléveme de regreso a la comisaría que es hora del almuerzo.
- En realidad tendría que quedarme con el cuerpo, hasta que llegue el fiscal.
- ¿Usted cree que el cuerpo se va a levantar y salir corriendo?
- No, claro que no.
- Entonces supongo que el fiscal lo va a encontrar ahí mismo, donde ahora está.
- Si... supongo.
- Supone bien. Ahora, lléveme que tengo hambre.
- ¿Dejamos asentado en la planilla que nos retiramos?
- Si y también anote lo del agujero.
- ¿Qué pongo?
- ¿Cómo qué pone, Jiménez? ¡Qué hay gato encerrado!
- ¿Y si esperamos a que le hagan la autopsia, para ver si la bala está alojada adentro?
- ¿Bala? ¿Insiste con eso, Jiménez? ¿Duda de mis treinta años de policía?
- ¡No, no dije eso, comisario!
- ¡Insolente! ¡Lo voy hacer meter en el calabozo ahora mismo! ¡Sargento, sargento!
El sargento llegó corriendo desde el otro lado de la calle. La comisaría quedaba en la vereda de enfrente de la escena del crimen.
- ¡Si mi comisario!
- Lleve al cabo Jiménez al calabozo, por desacato.
- Pero el calabozo está lleno, comisario. Pusimos ayer al sospechoso de violación, hasta que lo vengan a buscar de la fiscalía.
- ¡Sáquelo! ¿Cuál es el problema? Es importante que el cabo Jiménez aprenda la lección.
- Pero...
- ¿Pero qué, sargento? ¿Quiere hacerle compañía?
- No señor comisario, ahora mismo libero al sospechoso.
- Y ya que va para dentro, encargue medio pollo con fritas a la brasería. No me pida vino, mejor una gaseosa, que estoy en horario de trabajo.
- Si señor comisario, lo que usted diga.
- ¿Y yo señor, voy con el sargento?
- Si, y métase en el calabozo.
- ¿Y al muerto lo dejamos así, sin cubrirlo?
- ¿Piensa que va a tener frío, cabo? Piense mejor en su futuro, no en causas perdidas.
El cabo cruzó la calle y se metió en la comisaría.
Sacando panza, el comisario observó los alrededores. Algunos curiosos miraban la escena donde estaba el fallecido. Se sintió importante e hizo un ademán de reverencia, esperando quizá el aplauso. No recibió ni siquiera una mueca.
Restándole importancia, se acercó al cuerpo y lo tanteó con el pie, dándole golpecitos en la cadera.
- Bien muerto, el fiambre - dijo para sí mismo - Y ese agujero no me engaña. Nos quieren hacer creer que se suicidó, seguro. Treinta años tengo en esto, finadito. Mirá si me vas a engañar. A vos te tiraron. ¡Médicos forenses! Por favor. ¿Qué saben estos? ¿Qué estudios tienen? En fin. Me voy a comer. Con el hambre que tengo, tendría que haber pedido un pollo entero. ¡Sargento! ¡Sargento!
Solo y gritando, volvió a la comisaría, del otro lado de la calle.
martes, 11 de febrero de 2014
Transformaciones
El hombre que sube al tren en Rosario no es el mismo que baja, varias horas después, en Tucumán. Lleva la misma ropa, el mismo portafolio y hasta se peina igual. Pero a lo largo de ese viaje, ha cambiado, así se lo ha propuesto, dejando atrás el que era. Al descender mira todo con ojos nuevos. Sin embargo, nadie lo conoce. Nadie lo ha visto anteriormente. Sigue siendo uno más en el mundo y eso lo convierte otra vez, en la misma persona que antes.
miércoles, 5 de febrero de 2014
Rebelión en el gallinero
La lluvia había dejado un barrial en el fondo de la casa. Para llegar al gallinero había que enterrarse hasta los tobillos. A medida que se acercaba, podía escuchar como la única gallina que le quedaba agitaba las plumas de manera inquieta.
- Cómo sabe la guacha - dijo en voz baja Matilde, evitando un charco de agua a su paso.
A un costado de la puerta de chapa oxidada del gallinero, sobresalían de una caja de madera dos orejas largas y blancas. Al pasar Matilde las orejas desaparecieron.
- No me tientes conejo, que cambio el menú - espetó mirando hacia donde estaba la caja.
Una vez que se metió en el gallinero, empezaron a volar plumas por todas partes. Un minuto después, en total silencio, salió Matilde por la puerta llevando la gallina del cuello. Los ojos del animal parecían a punto de explotar. El conejo asomó el hocico y tanteó el aire. Entonces, dio el grito de alarma.
- ¡Ahora!
Matilde giró instantáneamente la cabeza hacia atrás, pero ya era tarde. Dos palomas saltaron con voracidad hacia sus ojos, en tanto un gato que bajó con la velocidad de un rayo de un árbol se aferró con las garras de la mano que sostenía a la gallina, dejando a ésta libre.
El conejo se acercó a los pies de la mujer, apenas protegidos por unas ojotas desteñidas y le mordió el dedo gordo de la extremidad derecha. Los gritos de Matilde trataron de hacerse escuchar aquel mediodía, pero el canto coordinado de decenas de pájaros, el croar de cinco ranas y el sonido de innumerables grillos, lo dejaron en un segundo plano, totalmente inaudible.
Cuando una hora después Gervasio, el marido de Matilde, volvió del taller la fue a buscar al patio. Le preocupaba no tener la comida en la mesa. Le resultó raro encontrar el gallinero abierto, la tierra removida y un pedazo de paño en el barro que bien podría haber sido parte de la ropa de su mujer. Resignado, se metió adentro, se preparó unas galletitas con jamón del diablo y luego se fue a dormir la siesta.
En el patio, los topos terminaron de asentar la improvisada tumba. Luego, también se fueron a dormir la siesta.
miércoles, 29 de enero de 2014
Crisis existencial
Qué tremendo ese instante en que nuestra mente se hace la pregunta que no esperábamos pero que de alguna manera, tanto temíamos. Ese momento en que nos asalta el interrogante breve pero certero, que nos desestabiliza como un terremoto, cuando nos formulamos el ¿Quién soy? ¿Qué se puede esperar de mí? Pero Adrián, en lugar de amilanarse, sacó pecho. Miró hacia un lado y otro, cruzó la calle y se metió en un cyber. Los existencialistas tienen dudas. Adrián sabía que podía contar con Google.
domingo, 19 de enero de 2014
Pascual, el abatido
Pascual se veía abatido. La pose no lo acompañaba. Sentado en un banco de madera, la espalda encorvada hacia delante, las manos en la cabeza y la mirada puesta en el suelo, más precisamente, en el espacio entre un pie y el otro. Así lo encontró su amigo Herminio mientras caminaba por la plaza.
- ¿Qué te pasa Pascual? ¿Te llegó la cuenta de la luz?
- Si fuera eso nomás...
- ¿Qué te pasa?
- Tuve una revelación. Es difícil de explicar. Pero supe cuál es mi misión en la vida.
- ¡La pucha! ¿Y cuál es?
- Ser Pascual, ser yo mismo. No te das una idea de lo difícil que es eso en el mundo que vivimos.
- Mejor no saber nada de eso y ser lo que otros quieren. Menos problemas - reflexionó su amigo, que luego de darle una palmadita en la espalda, se alejó silbando. No fuera cosa que le contagiara la revelación.
lunes, 13 de enero de 2014
El hombre que salió del clóset
La noticia se propagó como reguero de pólvora. En el barrio todos hablaban de Ricardo, el carnicero, del que decían, había salido del clóset.
Hablaban de su valentía, de su decisión, de su masculinidad, de cómo lo verían ahora al pararse frente al mostrador y la sierra y pedir un corte de carne.
El único ofuscado por la noticia, hasta podría decirse, furioso, era Ismael. No era para menos. El clóset del que había salido era el suyo, y aquello había ocurrido al regresar un día antes de lo previso, de un viaje de negocios.
Ahora Irma, su mujer, se estaba mudando a lo del carnicero. Y mientras tanto, el barrio no paraba de hablar.
jueves, 9 de enero de 2014
Sueño encriptado
Carlos se soñó despertando en una realidad donde para iniciar el día, había que poner una contraseña. Pero ponía la clave que creía correcta y unas enormes letras lo rodeaban, indicándole violentamente que el usuario o contraseña era inválido.
Probó dos, tres, cuatro veces. A la quinta, el mensaje fue otro: El día ha sido bloqueado. Y por más que lo intentó, Carlos no pudo salir del sueño y retomar su vida.
sábado, 4 de enero de 2014
Por culpa del GPS
Había leído sobre gente que se perdía siguiendo las indicaciones del GPS, algunos incluso haciendo trayecto de miles de kilómetros. Pero aquello era inadmisible, o mejor dicho, imposible. Había llegado a su casa, pero las rejas negras no estaban, ni la planta alta, ni siquiera la vereda tal como la recordaba. Aquello era apenas una edificación en ciernes, sobre una calle de tierra. Un hombre que se parecía a su padre, colocaba una cerca de madera, pero se detuvo al verlo perdido.
- ¿Se ha extraviado, joven? - le preguntó.
Pero no le contestó. Puso primera, segunda y tercera en menos de veinte metros. Le temblaban las piernas y creía que estaba a punto de llorar. Al doblar a la esquina, la calle fue la esperada, con las marquesinas decoradas por las fiestas, la gente caminando raudamente por las veredas y su mujer esperándolo en una esquina.
- ¿Por qué te demoraste tanto? Te dije que compraba los corpiños y salía - le recriminó ella mientras se metía en el auto.
- Es que probé el GPS y me perdí.
- ¿En la ciudad? Sos el colmo vos. ¿Para dónde fuiste?
- Eso es lo que quisiera saber, Eugenia, eso es lo que quisiera saber.
miércoles, 18 de diciembre de 2013
Trivial
La encrucijada no le permitía dormir. Desvelado, se metió a su laboratorio. Ahí estaba la máquina, silenciosa, inquietante, concluida. Era su obra maestra, el trabajo de toda su vida. Sin embargo sentía angustia y pánico.
Temía que la utilizaran para regresar con el fin de jugar un número que saldría en la quiniela, o cambiar el regalo de la última Navidad que tanto le disgustó a la madre, soplarse la pregunta que no había sabido en ese examen tan importante o arrepentirse a tiempo de aquel amorío de primavera.
El ser humano era trivial, previsible, un pasajero fugaz en la existencia del universo. Nadie estaba preparado aún para aquel invento. La idea que le hacía eco en la cabeza cobró forma. Provocar el cortocircuito fue fácil. El incendió devoró todo en pocos segundos.
Los asistentes del Dr. Levarov encontraron el lugar calcinado al arribar por la mañana. La máquina del tiempo había quedado reducida a cenizas. El cuerpo de la eminencia científica jamás fue encontrado.
jueves, 12 de diciembre de 2013
Los tiempos cambian
- ¿Cómo cambian los tiempos, no?
- Y si...
- ¿Te acordás de los juegos de nuestra infancia?
- Ajá. Si.
- ¿Se juega hoy a la "mancha"?
- Poco.
- ¿A "ladrón y policía"?
- Hoy no tiene mucho sentido.
- Claro, no se podría diferenciarlos. ¿Al "ta-te-tí"?
- Solo si hay alguna versión electrónica.
- Claro, yo digo haciendo el dibujo con tiza y... ¿No, cierto?
- No.
- ¿Al fútbol, rellenando esa botella de plástico que tenía forma de pelota, con un pico que se cortaba, transparente?
- No debe venir más.
- ¿A la "tapadita" con las figuritas?
- Ahora son autoadhesivas, no sirven.
- ¡Qué tristeza, Julián! Pensar que los chicos de hoy no se van a divertir como lo hacíamos nosotros.
- Y no...
- Los tiempos cambian.
- Los tiempos cambian.
- Che... ¿Hacemos un Fifa en la Play?
- Y dale, si tu hijo no la usa.
- Se fue con la madre de shopping. Boludeces, viste como es. Andá conectando, que voy a buscar el juego.
- Qué lindo hubiese sido tener una de éstas de pibe ¿no, Tito?
- Sabés qué, no nos sacaba nadie de adelante del televisor.
sábado, 7 de diciembre de 2013
Desinformantes
Miró a la cámara con gesto adusto, entorno los ojos y lanzó un suspiro: "Esto es el fin".
Las pocas palabras fueron suficientes. La gente, en sus hogares, comenzó la loca tarea de abandonar la ciudad, pregonando al pasar a los desprevenidos vecinos que habían sido tan descuidados de no estar mirando la televisión, que la hora cúlmine estaba al caer.
En las calles la sinrazón se había apoderado de los otroras civilizados ciudadanos. Algunos se golpeaban entre si para tomar provisiones, otros aprovechaban el caos para ganar las rutas y escapar cuanto antes. Podía verse, al cabo de pocos minutos, un número considerable de fallecidos sobre las veredas o el asfalto, producto de las riñas y el vandalismo.
En la pantalla chica, acaparaban ahora el eje de atención las imágenes de lo que ocurría afuera. En los comercios de electrodomésticos, los televisores encendidos mostrando la desidia, eran arrancados de las vitrinas donde estaban exhibidos.
Alguien en el estudio llegó corriendo con un papel en la mano. Ya no importaba la prolijidad. La situación desbordaba cualquier intento de cordura. El conductor, aún con rostro acongojado, le dio una rápida mirada al texto que contenía. Luego, observando de frente a la cámara, esbozó una sonrisa.
- No serían zombies de verdad, sino protagonistas de una publicidad los seres divisados en un campo cercano, avanzando en dirección a la ciudad. Reiteramos, se trataría de una publicidad.
Miró a un lado y al otro, sin dejar de sonreír.
- Vaya broma, ésta. Por suerte ya estamos informados.
domingo, 1 de diciembre de 2013
La teoría de los colectivos
El transporte público, más precisamente los colectivos, fue siempre un tema de reflexión y análisis para el Dr. Glaugges Mijailovinich, hijo de inmigrantes europeos nacido en un pequeño pueblo santafesino, desde el cuál para moverse a otros puntos, necesitaba imperiosamente de los enormes vehículos de pasajeros.
A lo largo de su vida, experiencias en diversas ciudades, unas más grandes, otras más chicas, fue notando que una ida que cruzaba muy seguido su mente, se iba haciendo cada vez más una teoría a estudiar.
Decidido, trazó hipótesis, proyectó un plan meticuloso y peregrinó durante un lustro con un equipo de científicos a lo largo de distintos puntos del país. Finalmente, la investigación fue éxito. La conclusión, determinante. El mundo se paralizó ante las declaraciones de Mijailovinich: "Hemos demostrado que aquella idea primera, forjada en la bronca, en la insensata espera, era la correcta. Hoy puedo afirmar que los colectivos pasan en contradicción al lugar donde lo estemos esperando. Si queremos ir hacia el norte, pasará el colectivo que va hacia el sur. Si queremos ir al este, pasará el que va al oeste.
Y para demostrarlos, el día de la presentación oficial del libro con los resultados de la investigación, citó a medios de comunicación especializados, a colegas y funcionarios a una parada de ómnibus elegida al azar sobre la ruta que une San Nicolás con Villa Constitución.
- Verán que el colectivo que vinimos a esperar en dirección norte, es decir, hacia Rosario, no pasará. Sino que lo hará el otro, en dirección sur.
Cinco minutos, vieron a lo lejos el armatoste amarillo.
Por supuesto, pasó para el lado correcto.