Siento aún el sabor amargo en la boca. El cálido reflujo en la garganta, me lo confirma. La sensación de náusea, lo acredita.
A pocos metros, el reguero de sangre. Más allá, las piernas de González. El resto del cuerpo se encuentra esparcido por el bosque.
Aún ignoro qué sucedió. Ciertas imágenes se agolpan en alguna parte de mi cerebro, provocándome un fuerte dolor, pero sin permitirme develar el misterio.
La vez que he llevado la mano a la boca, ha vuelto roja, manchada de ese viscoso líquido que nos permite estar vivos.
Miro las piernas de González y comprendo que no solo es el líquido, es una suma de factores. Los órganos, por ejemplo, deben estar dentro de uno, no arrojados sobre el barro, o entre las plantas. Y tampoco es probable que nadie sobreviva, si los brazos son arrancados, el cuello cercenado y la cabeza destrozada con ahínco.
Es un rompecabezas, literalmente. No todas las piezas encajan, otras se han perdido, pero la clave, por lo que alcanzo a discernir, está en las formas. No de las partes, sino de los cortes. Puedo distinguir la marca de mis dientes en esas pantorrillas. Y es la razón, supongo, por la que tanto me duelen, lo mismo que las encías, que aún destilan sangre.
Algo ha sucedido anoche, pero no recuerdo qué. Pero me sabe a amargo y cruel, como el sabor que siento en la boca.
viernes, 8 de agosto de 2014
Rompecabezas
martes, 29 de julio de 2014
Punto final
Toda la semana repasando una a una las palabras a emplear. Las había memorizado, pero logrando decirlas con naturalidad. Le había dedicado horas y horas. Noches en vela. Largas caminatas por el boulevard.
Y esa tarde, al escuchar el sonido del timbre, ese repiquetear tantas veces esperado, abrió la puerta de calle y allí estaba, tal como lo había imaginado.
Uniforme azul, bolso al hombro, carta en mano.
- ¿Aquí vive Ana de las Mercedes Rovira González?
Y Ana, más nerviosa de lo que hubiese deseado, hizo su parte.
- No, aquí no vive ninguna mujer llamada así.
El hombre se fue, junto a la carta. Ella, bajo el marco de la puerta, lloró en soledad.
martes, 22 de julio de 2014
Cazador invisible
El sabueso se relamió encima de su presa. La lengua se paseó brillante y enaltecida sobre sus labios oscuros y rebosantes de saliva. Los gritos llegaron desde lejos, pero aún así sus oídos los captaron. Arqueó el lomo, cuyo pelaje se había erizado, y observó con ojos inyectados en sangre hacia aquel paraje del bosque desde el que provenían aquellos sonidos escandalosos.
Las sombras eran sus aliadas, podía moverse donde quisiera que quedaría a salvo. La noche era su protectora. Pero su instinto obligaba a todo lo contrario. El aire se llenó a olor a fétido. El olor del hombre. De una sabrosa comida. Rugió, golpeándose el pecho con sus enormes patas, desafiando su cuerpo con golpes potentes y sonoros.
Pudo sentir la tensión entre los árboles, como la quietud le ganó al falso coraje de quienes venían en su caza. Dejó atrás el cadáver a medio terminar de aquella jovencita y a fuerza de velocidad, ganó terreno en la oscuridad. Los murmullos fueron ganando en intensidad. Segundos después divisó las siluetas, las antorchas encendidas, las rústicas armas en alto. La imagen vívida del terror se instaló en los rostros ocultos. No necesitaba verlos para saberlo.
Pero no tenía necesidad de acabar con todos. No tenía el menor sentido. Solo buscó a uno, lo apresó con sus garras y se internó más allá de los árboles, donde la espesura del terreno era una sola pieza negra, casi impenetrable.
Los hombres quedaron petrificados largos minutos, sin tener noción del tiempo. Respiraron solo cuando uno de ellos gritó que faltaba alguien. Pero la bestia ya no los escuchaba. Estaba lejos, saciando el hambre con devoción. Luego descansaría. Debía reponer energía para continuar el juego. Ellos retornarían, trayendo el alimento. Como cada día, como cada noche. El verdadero cazador no es el que no se deja ver, sino aquel que los demás creen que no existe.
jueves, 10 de julio de 2014
Abuelita
El taxista aprovechó el semáforo para mirar por el espejo retrovisor. La abuelita que llevaba le recordaba a su nona, casi con el mismo corte de cabello de rodete alto y la infinidad de canas, que hacían de su cabeza, un monte nevado.
Dos calles más adelante, se detuvo en la dirección de destino. La mujer hurgó dentro del bolso, buscando cambio para pagar.
- Deje, no se preocupe doña. Yo invito - le dijo a la anciana, que levantó la vista sorprendida.
- ¿Por qué, mijo? Si dinero tengo, sucede que no encuentro el monedero.
- En serio, deje. Me hace acordar a mi abuela. Podría jurar que es igual, con eso le digo todo. ¿Qué mejor paga que esa? Con lo que la extraño.
La señora sonrió, para luego agradecer y descender del coche.
El taxi partió con rumbo incierto, como todo taxi cuando se aleja.
El hombre parado en la vereda ensanchó la sonrisa. Nada como tener poderes mentales para no pagar el viaje.
jueves, 3 de julio de 2014
Maquinaria molesta
Es difícil reconciliar el sueño cuando uno despierta a mitad de la noche tras haber escuchado el sonido inconfundible del teléfono sonar una vez.
La pregunta queda latiendo al mismo ritmo del corazón, casi de manera desbocada. Y las horas pasan y la noche se hace eterna.
Recién al levantarnos uno se acerca sigiloso, casi temiendo que el aparato lo fuera a atacar, y revisa en busca del número de la llamada perdida en la madrugada.
Y para sorpresa, allí no hay nada. Cero registros. La cabeza, maquinaria molesta si las hay, se pone en funcionamiento para tratar de darle una explicación a lo que no tiene lógica. Y así se consume la mañana, sin resultado alguno.
Para la tarde es asunto olvidado. Recién por la noche, antes de acostarse, el recuerdo vuelve como un alma en pena. Y por segunda luna consecutiva, nuestros ojos quedan en vela.
La diferencia es que esta vez, el teléfono no suena. Y es probable que la noche anterior jamás lo haya hecho. Pero nunca lo sabremos. La oscuridad se ríe por lo bajo, dueña absoluta de nuestra voluntad.
lunes, 23 de junio de 2014
El caso de la cabaretera
Ella
trabajaba en un cabaret de la zona este, cerca del puerto. Apareció en el
muelle, desangrada y con los senos rebanados. Habían utilizado para ello un
LZ500, uno de esos nuevos láseres para defensa personal, que tanto publicitaban
en la tv digital.
Amenábar tomó el caso porque debía dos meses de rentas. Al ver su rostro en las
noticias, supo que había sido bonita. Esa misma noche soñó con ella. Le quería
decir algo, pero en el momento preciso que acercaba su cuerpo desnudo hacia él,
un destello irrumpía despertándolo. Aquella intimidad onírica había sido mejor
que cualquier viaje supletorio inducido de los que había tomado en los dos
últimos años.
Por la mañana recorrió el barrio, dialogó con algunos contactos pero no se fió
de ninguno. Un reloj de pulsera vibró. Contestó la llamada con desgano, pero
esta vez no era un telemarketer. Los senos de la joven habían aparecidos
clavados en la entrada de una iglesia.
En el lugar ya estaban los fotoreporteros, enviando la información en línea. El
mundo ya se había enterado. Amenábar se cuidó de no ser visto por la policía. Observó
con cuidado y filtró lo innecesario. Todo estaba allí. Cada respuesta, cada
error del asesino dejando sus pistas para ser descubierto. Tomó nota de todo.
Ni bien se fue la policía, procedió a eliminar los rastros. Para la caída de la
noche, la ciudad era un paisaje lumínico y su cliente estaba a salvo. Nada era
difícil para Amenábar, a pesar que quería dejar su profesión. El espionaje para
el lado oscuro, no le gustaba, pero pagaba bien.
Esa noche soñaría con la chica. Siempre le sucedía cuando eran bonitas. Se
guardó el LZ500 de su cliente cerca de la cama. Era lo último que la había
tocado. De alguna manera, podría sentir cerca de esa mujer, aunque fuese en
sueños.
miércoles, 11 de junio de 2014
Desavenencias y felicidades de un simpatizante que lo mira por TV
Como cada cuatro años, intento programar las actividades para poder acaparar en casa el televisor. Con el pasar del tiempo, me he tenido que adaptar a diversos horarios. Guardo el mejor recuerdo de aquel a fines de los noventa. Y quizá sea porque con los compañeros del colegio nos saltábamos clases para ir al bar de la vuelta, compartiendo ese pequeño milagro que se da cada cuarenta y ocho meses. Éramos jóvenes y nada nos importaba más que ser felices. Luego, hace justo doce años, estuve un mes moviéndome como un zombi, por no dormir de noche. Pero era soltero, no tenía obligaciones mayores y a los estudios, en la universidad, los llevaba de taquito. Luego, en la cita siguiente, tuve que hacer malabares en el trabajo para poder combinar los tiempos, entre lo que quería y lo que tenía que hacer. Costó, pero logré mi objetivo. Del primer al último día, pude estar delante del 21 pulgadas que había comprado para la ocasión. Hace cuatro años, las cosas se complicaron. Casado y con chicos pequeños, debía no solo organizar el horario de trabajo sino también recoger del jardín a los mellizos que ya estaban en la salita de tres, luego pasar a buscar a mi mujer por el estudio de arquitectura donde trabajaba, llevarlos a la casa de su madre y recién después, acceder a ese momento sagrado, entonces, frente a un LCD. Ahora, separado de ella, con los chicos que entienden de las preocupaciones de papá y sus necesidades de estar solo durante unos treinta días, más precisamente entre el 12 de este mes y el 13 del que viene, con un emprendimiento propio donde puedo dejar trabajando a otras personas en mi lugar, podría decirse que me he acomodado. Pero no todo es color de rosa, diría un amigo. Y menos en el fútbol. Hoy que tengo todo para disfrutar, mi selección paraguaya no clasificó. Al menos, me compré un LED de 40 pulgadas.
martes, 3 de junio de 2014
Lágrimas y alaridos
La pasión se excede y la angustia recrudece, en tanto el reloj hace correr el cuarto minuto adicional. Ellos se miran, anudando las gargantas, maldiciendo al cielo. Nosotros, abrazados sin distancias en el último aliento, preparamos el grito contenido al mismo tiempo que la pelota sobrevuela la cabeza del arquero y casi en cámara lenta, en esa eternidad propia de los instantes de gloria, se encamina a su antojo a cruzar la línea blanca, agolpando lágrimas y alaridos, mientras ese petiso que la rompe, sin esperar desenlaces, ya lo grita corriendo hacia nosotros, estemos donde estemos.
lunes, 26 de mayo de 2014
Amenaza de niña
No quería escuchar un solo cuento de terror más. Todas las noches era lo mismo. Su hermana aparecía con esa sonrisa de yegua tonta, cerraba la puerta de la habitación y le contaba una historia terrible, que la dejaba temblando.
Ella sabía que esos cuentos la asustaban, lo sabía incluso mamá, pero mamá ignoraba lo que su hermana le narraba porque no había forma de decírselo. Con seguridad ella pensaba que le contaban hermosas historias de princesas para conciliar el sueño.
- Y si mamá se entera, mañana mientras dormís, asfixio con la almohada a tu hamster, le quito el agua a los peces y si todavía me quedan ganas, te hago algo a vos.
Se aprovechaba, porque era débil. Lo había sido desde siempre. Desde pequeña, dependiente de un aparatito por el problema del asma. Luego, con las inyecciones para subirle las defensas. Más tarde, con la taquicardia. A veces sentía vergüenza de salir a la calle. Tan chica y con tantos problemas de salud. Y por si fuera poco, una hermana poco compasiva que era capaz de cualquier cosa con tal de hacerla sufrir.
Pero era hora de decir basta, de encarar los problemas de otra forma. Sin miedo a las amenazas, sin miedo a las consecuencias.
Cuando su hermana entró esa noche al cuarto y apagó la luz, en lugar de encontrarse con su hermanita en la cama, se topó con la imagen desagradable del hamster muerto sobre el colchón de sábana a lunares. La sangre aún estaba fresca sobre la tela. Pero más nauseabundo aún, le resultó ver como los peces, todavía vivos, chapoteaban agonizando sobre el líquido rojo.
Tardó en descifrar lo que veía, pero la pieza faltante no demoró en aparecer. Desde lo alto de la cama cucheta, algo cayó amenazante contra su cabeza. La embargó un dolor punzante y al caer al piso sentada de cola, palpó a su lado una muñeca de plástico, el objeto que la había golpeado. Al alzar la vista, dos ojos pequeños y brillantes, se hicieron notar en la oscuridad.
La niña habló casi en un susurro, confidente.
- Si mamá se entera, la próxima sos vos. Ahora, limpiá mi cama por favor. Y desde hoy, no más de tus cuentos.
miércoles, 21 de mayo de 2014
Soñar con Alejandría
Soñé con una gran ciudad llamada Alejandría y una inmensa biblioteca. Libros, monjes y secretos. El añejo mundo de lo desconocido. Fue maravilloso, tan vívido que casi podía palpar el momento. Pero luego desperté y ese mundo desapareció.
En su lugar, la cueva, restos de un fuego ahora en brasas, las pieles cubriéndome y esa extraña sensación de hambre que me asaltaba cada mañana y que hacía que saliera a la colina a pelear por larvas de insectos o huevos salvajes para el desayuno, mientras gritos guturales inundaban las laderas.
jueves, 15 de mayo de 2014
Aprendizaje
El pétalo se deslizó hasta la palma de su mano. El resto de la rosa, permaneció estoica en su sitio. Miró hacia un lado y otro. Estaba solo. Volvió a soplar, ahora con más fuerza. La flor se deshizo como si se hubiese tratado de un truco de magia. Los cadáveres blancos se esparcieron por la sala, danzando lentamente.
En el florero ahora había tan solo una rama con espinas, solitaria, desprovista de toda gracia. El niño sonrió. ¡Había sido tan simple y fácil! Se puso de rodillas y juntó los pétalos, muy seguro de sí mismo. Volvió a la silla a la que había estado subido y trató de rearmar la rosa. Rápidamente comprobó que era imposible. Pero insistió, testarudo. Finalmente, tuvo que resignarse, con los pétalos camino a marchitarse en sus pequeñas manos. A los cuatro años de vida, supo que ciertas cosas no tienen arreglo.
lunes, 12 de mayo de 2014
Vigilante
Los ojos se le cerraban continuamente, como si los párpados le pesaran una eternidad. Era el abismo del sueño, el precipicio mismo, la oscuridad sin estrellas. Pero él no podía dormirse, no debía.
Su cabeza caía un instante y la misma gravedad lo obligaba a levantarla otra vez. Cinco segundos después volvía a repetirse la escena, casi cíclica, destinada a un solo final.
Pero a pesar de estar a un paso de la inconsciencia, algo residente muy en el fondo de su mente le susurraba un constante "no te duermas, no te duermas". ¿Por qué? ¿Cuál era la causa?
En el límite entre el sueño y la realidad, las razones de estar de un lado o del otro, no se comprenden, solo existen. No había forma que recordara el motivo, solo debía estar pendiente, no dormirse.
Y cada tanto, con los ojos entre cerrados, seguía observando lo mismo y por lo tanto, sabía que todo marchaba bien. Aquello inmenso y celeste seguía girando. ¿Con qué sentido? Ya lo había olvidado.
Obtuvo otra breve victoria en su batalla contra el cansancio, cabeceó una vez más y volvió a mirar sin mirar, pero tranquilo de ver lo mismo. Siempre lo mismo. Aquello girando. Un planeta, eso. El que debía vigilar. Casi que hasta recordaba el nombre... pero los párpados cayeron y la inmortal contienda volvió a repetirse, cíclica, interminable. ¿Para siempre?
domingo, 4 de mayo de 2014
Patología
- Doctor, debe ayudarme. Duermo todo el tiempo, no sé que me pasa. ¡Imagínese, veinticuatro horas en la cama cada día!
- ¿Y cómo es que ha podido despertarse y venir hasta acá?
- Es que estoy soñando.
lunes, 28 de abril de 2014
Paradojas de la vida
Martínez, al que llamaban el "carnicero de dos hojas", porque te mataba con dos cuchillas, me habló de Urdiza una tarde en el pabellón de descanso.
- La última vez que lo vi, todavía se atrevía a mentirme - me dijo, mirándose las uñas sucias - Luego ocurrió lo que todos saben y ya no pudo hacerlo. Paradojas de la vida. Después de una venganza, ya nada es igual. Principalmente cuando se termina en un cajón.
El rumor era que se lo había cargado, aunque no estaba adentro por eso.
- Me atraparon por boludo, un par de bifes a una nami, estaba borracho. Parece que la maté. No me pareció para tanto.
Pero el tema acá era Urdiza. Porque por su culpa yo estaba en la cárcel y el único que podía sacarme, si decía la verdad, era él. Mi esperanza murió el mismo día que me enteré que había sido boleta. Pero Martínez me acababa de confesar que mi lápida a había tallado él. Y eso no es algo fácil de digerir.
- ¿En serio? - me preguntó, observándome duramente a los ojos - ¿Y qué pensás hacer, vengarte metiéndote conmigo?
Ambos sabíamos que eso era un suicidio. Le guiñé el ojo y sonreí. El "carnicero" siguió mirando sus uñas, hasta que apareció un cascarudo. Sin dudarlo lo apretó con sus dedos, lo hizo añicos con el puño y se lo llevó a la boca como un caramelo.
Preso y cagón. Peor no me podía ir. El silbato sonó y supe que había terminado el descanso. Y así sería por varios años más, gracias a Urdiza y al desgraciado de Martínez.
sábado, 19 de abril de 2014
Dueño del momento
En media hora debía salir hacia su cita. El estómago puntualmente comenzó a gruñirle.
- La vas a pasar mal, no vayas - tradujo su mente.
Evitó pensar en ello. Estaba yendo al psicólogo desde hacía un año justamente para solucionar ese problema que lo aquejaba desde que tenía memoria.
Treinta minutos después caminaba hacia el bar que ella le había indicado en un mensaje al celular. Sentía que en su panza habían inaugurado una montaña rusa sin su consentimiento.
- Volvete a casa, te vas a descomponer - le dijeron mediante retorcijones sus intestinos.
Pensó en otra cosa. En los ojos café que lo esperaban, de miradas cálidas que lo derretían. En la posibilidad de una caricia, tal vez un beso.
Llegó. La puerta verde invitaba a entrar con música alegre que sonaba del otro lado. Puso la mano en el picaporte.
- Te vas a arrepentir, pegá la vuelta - escuchó que en un susurro le decía el estómago.
Se mordió los labios. Debía vencer esa debilidad. Tenía que ser dueño del aparato digestivo y no al revés. Abrió la puerta.
Había mesas, gente feliz alzando copas, una banda tocando en vivo, una larga barra, un barman rodeado de botellas y cerca de una ventana, ella, esperándolo con una sonrisa.
Casi corrió a su encuentro. Hubo un breve tirón en su vientre, pero no le hizo caso. Llegó a su lado, besó su mano y ella lanzó una bella carcajada, luego, siguiendo la gracia, se inclinó para reverenciarla. Allí, al agacharse, su culo largó un pedo.
- Te dije - tradujo del pedo, mientras se ponía rojo de vergüenza y salía corriendo para ponerse a salvo.
La morocha se quedó sola contra la ventana, confundida y envuelta en un halo de desagradable destino.
lunes, 7 de abril de 2014
No apto para pimera cita
La comida estuvo bien para una primera cita. Nada extravagante pero tampoco de medio pelo. Pero era jueves y tocaba noche de cine. Herminio no sabía como decirle, había dudado toda la noche, hasta que viendo en el reloj del restaurante que se aproximaba la hora de la función, tomó el toro por las astas.
- Adela, hermosa, ha sido una hermosa noche, pero hoy tengo que ir al cine…
- ¡Qué lindo! ¡Vamos al cine!
- No, lo que quería decir era otra cosa...
- ¿No vamos al cine? Con lo que me gusta - dijo frunciendo los labios.
- Me encantaría invitarte, pero dudo que te guste. Es cine de clase B.
- No entiendo. ¿Clase B? ¿Las butacas están más lejos?
Herminio largó una carcajada.
- Se trata de un cine de culto, de bajo presupuesto. No creo que conozcas a los actores o que hayas oído nombrar a las películas.
- Y si no son buenas ¿para qué vamos a ir?
- ¡Para mi gusto son buenas! - respondió ofendido Herminio.
- Y yo que soy, una chica clase B o A - preguntó desafiante.
- ¿B o A? ¿Qué tiene que ver? Hablamos de cine.
- No, ahora quiero saber. Fui una cita A, B o Z.
- Z es un subgénero del B.
- La había pasado bien Herminio, no comprendo esta forma de querer dejarme a un lado.
- No malinterpretes. Creo que no te gustaría ver cine Clase B. Al menos, en la primera cita.
- Muy bien - dijo, levantándose bruscamente - Si yo, según vos, no quiero cine B, vos, según mi opinión, no querés una noche de sexo clase A – y dicho esto, se marchó.
Herminio consultó de nuevo la hora y pidió rápido la cuenta. Esa noche daban una de vampiros que no había visto. ¡Y ella que quería tener sexo! Nunca comprendería a las mujeres.
martes, 1 de abril de 2014
La ruleta eterna
Sintiéndose en la cornisa Ismael le jugó todo al 18. Podía escuchar los latidos de su corazón por encima de la multitud.
La bolilla giró eternamente, siglos y siglos. Se convirtieron en figuras del tiempo, condenados a una chance.
Aun aguarda Ismael que el destino le sonría. A su alrededor todos esperan espectantes. Es un manojo de esqueletos delante de la ruleta del universo.
domingo, 23 de marzo de 2014
El hombre de la azotea
Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, con malvada rutina de hombre haragán esperando siempre el mañana que nunca llega.
En la azotea descansa Ismael, los pies sobre la poltrona como tanto le disgustaba a su madre. Tiene el diario desplegado ante sus ojos, con la página abierta en el horóscopo, aunque no lee. De vez en cuando atraviesa el silencio de la habitación con una mirada fugaz hacia la ventana, solo para cerciorarse que el agua sigue cayendo.
Deja el volumen de hojas a un lado, observa el techo de aquel sucio y sombrío lugar, cuenta las telarañas y a la octava vuelve al periódico. Sus manos buscan directamente la sección de policiales. Vuelve a leer el título que ha leído hace media hora. Letras enormes de molde que equivalen a una condena. Su foto en un rincón. Su nombre en el epígrafe.
La lluvia lo encarcela de la misma manera que su pasado. Oye las pisadas de alguien subiendo las escaleras. Luego, el sonido de un plato contra el suelo. Finalmente, los pasos alejándose. Es así como sucede, cada vez. Ella ni siquiera quiere verlo. Lo protege, lo esconde, pero lo rechaza.
Así será de aquí en más, hasta que el destino lo determine. Su madre, como la lluvia, tiene infinita paciencia. Pero un día, tarde o temprano, escampará, como siempre ha sucedido.
domingo, 9 de marzo de 2014
Un disparo
El hombre frente a él se llevó la pistola a la cabeza. Luego apretó el gatillo. En el espejo solo quedaron gotas de sangre.
domingo, 2 de marzo de 2014
Situación en la aseguradora
La sala de espera estaba llena, pero por suerte el siguiente número era el suyo. Al escucharlo, se puso de pie y avanzó hacia el mostrador principal. Una joven tomó el papelito que le extendió y le señaló una puerta al fondo del pasillo a la derecha.
Allí lo recibió una mujer algo mayor que la recepcionista. Tras el saludo de rigor, lo invitó a tomar asiento.
- Bien señor Gallardi, dígame, en qué puedo ayudarlo ¿Qué es lo que viene a asegurar?
- Mi herramienta de trabajo - dijo Gallardi señalando hacia abajo, en dirección a sus piernas.
- ¡Es futbolista! ¡Pero que bien! A mi marido le encanta el fútbol. Yo no entiendo nada. ¿Y dígame, por curiosidad, en que equipo juega? Dígame Boca, dígame Boca, que mi marido se muere...
- No señora, le señalo... esto.
- ¿Qué cosa? - preguntó con curiosidad la vendedora, poniéndose de pie y mirando por encima del escritorio - ¡Oh! ¿Se refiere a la... digo, al...?
- Si, quiero asegurar mi miembro viril.
- Disculpe que me quede sin palabras, es la primera vez que veo algo así. Perdón, quiero decir, que me piden algo así. Usted me entiende. ¿Y para qué lo necesita asegurado? ¿En qué trabaja?
- Soy actor porno.
- Es... - la mujer sopesó la situación, respirando hondo - Bien, realmente esto no me había pasado nunca - dijo, dejando escapar unas risitas - Déjeme ver, que busco entre los papeles, a ver que encuentro sobre esto. Supongo que querrá un seguro por accidentes.
- Si, accidentes laborales.
- Claro... si. No me imagino. Si, bueno, me imagino. Pero, es decir, accidentes accidentes. Un golpe, algo que se cae encima.
- Si, lo que sea. Que me lo doblen sin querer, o que lo muerdan. Me gustaría que se contemplen todas las posibilidades.
- Claro, mordidas. No lo pensé. Bien, si, déjeme que vea... - la mujer sintió que transpiraba, la situación la incomodaba - Porque tengo que ver si....
- ¿Necesita revisarlo?
- ¿Revisarlo? Los papeles, si. Revisar los papeles.
- ¿Y al miembro? ¿No debe ver en que condiciones está?
- ¿Verlo? Oh, si. Claro. Pero tenemos peritos para eso. Es decir, yo puedo si quiere, pero lo tienen que peritar expertos. No es que no sea experta... no, perdón, no quise decir eso. O si. No, espere. A ver. Aguarde que aclaro un poco las ideas - volvió a lanzar varias risitas una tras otra - Los peritos son expertos en temas en general, no quiero decir que sean expertos en...en... bueno, usted ya sabe.
- Está bien, no tengo problema sobre quién me lo mira. Pero quisiera también que se contemple in itinere, por si tengo un accidente camino al trabajo.
- ¿Camino al trabajo, usted ya...?
- Un accidente de tránsito o algo desafortunado.
- Entiendo, entiendo. Bueno, el perito de todas formas tiene que determinar el valor.
- Estoy cotizado como el mejor actor porno del país.
- De todas maneras necesitamos el informe de esta persona.
- ¿Necesita que le traiga películas?
- ¿Películas porno? ¡Me matan acá!
- Tenga en cuenta el granizo.
- El... ¿granizo?
- Filmamos a veces en exteriores, no importa el clima.
- Granizo entonces. ¿Algo más que tenga presente?
- Si. Seguro contra terceros.
- Contra... ¿usted dice para el caso de lastimar a alguien?
- Nunca se sabe. Mire el tamaño, puede resultar peligroso - dijo Gallardi, bajándose los pantalones.
- ¡Súbase eso, de inmediato! - ordenó la vendedora, que trataba de mirar hacia un lado con el ojo derecho, en tanto el izquierdo se mantenía en su sito, observando todo con detenimiento.
La mujer se puso de pie y le pidió que aguardara. Luego salió de la oficina para volver minutos después con el gerente de la casa aseguradora.
- Estimado, Palacios mi apellido. Me han dicho que usted es Gallardi, el famoso actor porno.
- Yo no le he dicho que es famoso, señor Palacios - interrumpió la vendedora.
- Mónica, por favor, ¿me va a decir que nunca ha visto una de Gallardi? Mi preferida Gallardi es "El doctor te la pone sin anestesia". ¡Qué película Gallardi! ¿Nada de efectos, no? ¿Es todo... real?
- Por supuesto. Por eso quiero asegurarla. ¿Necesita ver?
- Debo admitir que me gustaría Gallardi, pero para eso tenemos peritos. En realidad, venía a pedirle un autógrafo.
- Pero señor Palacios, lo llamé para que me ayudara con la situación.
- ¿Qué situación, Mónica? Hágale el seguro y no le haga perder más tiempo.
- Pero... ¿qué le aseguro?
Palacios, ofuscado, la buscó dentro del pantalón del actor y la sacó con violencia.
- ¡Esto asegure Mónica! ¡Y no rompa más las pelotas!
- Esas también me gustaría asegurar - acotó Gallardi - ¿O vienen incluidas?
- ¿Vienen? - preguntó Mónica buscando ayuda en Palacios.
- Si no vienen, nosotros las incluimos, como gentileza de la casa, Gallardi - respondió Palacios.
El actor agradeció con un movimiento de cabeza y luego, con mucha profesionalidad miró al gerente y le dijo: Sin ánimo de ofender, ya puede soltar.