lunes, 19 de enero de 2015

Aquel baldío donde fui feliz

La última vez que había jugado a la pelota en ese baldío tenía unos quince años. Más de cuatro décadas habían transcurrido desde entonces. Su cuerpo no era el mismo, ni las ganas. Pero aquel lugar seguía manteniendo el mismo encanto a pesar de algunos cambios.
Ya no estaba el paraíso en la punta opuesta, donde luego de los picados se tiraban a descansar un rato. Tampoco veía el tapial de los Gómez, donde muchas veces la redonda se escabullía por culpa del patadura de turno. En su lugar se erigía una pared de una edificación de cuatro pisos. Pero el verde desgastado, con matas altas y manchas de tierra, seguía allí.
Si hasta el daban ganas de ir hasta donde vivían sus amigos y tocar a la puerta, buscar una número cinco y salir a correr detrás de ella. Observó que cruzando la calle ya no estaba la casa celeste del Pato. Una panadería ocupaba el sitio donde comenzaba la magia, juntándose un rato antes para armar los equipos.
Supuso que así sería con cada lugar de su infancia. Ya no existiría o habría sido usurpado por el tiempo y el progreso. Pero el campito se jactaba sin decirlo de su perseverancia. Allí estaba, silencioso, invitando al juego. Pero ya nadie lo transitaba como antaño. No había gritos pidiendo el pase, ni gargantas explotando de alegría ante un gol.
En una de las esquinas un cartel vaticinaba el inminente adiós. Un "se vende" en mayúsculas rotulaba la chapa. Sin embargo le habían dicho que hacía años que estaba y aún no se había vendido.
Por eso estaba allí. No había recorrido los casi setecientos kilómetros en vano. Venía de la inmobiliaria, donde había concretado la compra de ese terreno. Con gusto tiró abajo el cartel. Ahora si respiraba tranquilo.
Un vecino le preguntó más tarde, al verlo todavía parado allí, si construiría algo en el baldío.
- Lo estoy haciendo en estos momentos - respondió el hombre - Construyo mi presente, donde alguna vez fui feliz.
Nada como ser dueño del pasado. Nada como preservarlo para no verlo morir.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Fuegos de artificio

Analía tiene cinco años y ya sabe usar el encendedor para arrojar cañitas voladoras. Es el orgullo de papá. En Nochebuena se lo hizo saber a toda la cuadra. Y ella lo demostró con creces.
- ¡Miren a mi pequeña! Cinco añitos - se jactaba.
Para recibir el año nuevo redobló la apuesta. Ya no serían simples cañitas. Le compró un arsenal de bombas de colores y fuegos de artificio con más de doscientos disparos. La expectativa era grande en papá. Pero aún más en Analía que no esperó hasta la medianoche y los hizo estallar dentro de la casa.
- Miren a la pequeña - comentan los vecinos, mientras le dan cobijo a la desgraciada familia, que es espectadora pasiva de los vanos intentos del cuerpo de bomberos por combatir el incendio que se devora la casa.

martes, 16 de diciembre de 2014

Esperar el amanecer

El frío del metal estremece mis dedos. Pero me aferro a ella como si fuera el tesoro más importante de la humanidad toda. Imagino su forma debajo de la almohada, mientras mis ojos, acostumbrados a la oscuridad, tratan de mantenerse abiertos en una desigual batalla contra el cansancio.
El miedo acecha como un cruel verdugo. Puedo escuchar las voces de la noche a través del vidrio de la ventana. Son en realidad gritos, un pedido de auxilio constante que nace cuando se oculta el sol y se extingue con el amanecer y la esperanza que solo produce la luz.
Cada tanto se activa una alarma, se distinguen con claridad los sonidos propios de vidrios rotos, algún que otro disparo, insultos, corridas, autos que aceleran. Un rompecabezas sonoro que estalla en mil imágenes en mi mente. Puedo visualizar la patética y horrorosa verdad allá afuera.
Y mientras la realidad asedia a otros, en silencio imploro, sin soltar el arma a escasos centímetros de mi rostro, separados tan solo por una almohada sin funda. Mi rezo es para no tener que usarla, para no sumar a la noche una nueva herida de fuego. Los dientes apretados, cada músculo en máxima tensión. Y los ojos sin ver, calculando el paso de los minutos, la cuenta regresiva hasta la salida del astro rey, ese momento glorioso que nos devuelve el corazón a su lugar y que nos invita a sobrevivir un nuevo día.
Pero no puedo dejar de pensar en que todavía es de noche, instalando en mi cabeza el chillido de la alarma activándose de un momento a otro, quedando a la buena de Dios, mientras mis manos temblorosas sudan sobre el revólver que paciente espera por ser actor principal en el teatro del caos.
Otra alarma, demasiado cerca quizá, más gritos, un par de disparos. Tarde o temprano será aquí. No tengo dudas ni alternativa. Así es la vida, triste y jodida. Tan real como trágica, tan frágil como inútil.
Las sombras de la habitación me sofocan pero al mismo tiempo me cobijan en la oscuridad. Soy una presa en alerta continua, que no descansa para seguir vivo, que no duerme para poder despertar. Somos muchos así, es fácil reconocernos. Somos los de ojos inyectados.por la mañana. Pero en ese sufrimiento recíproco encontramos la razón de seguir adelante. Que alguien vea nuestro rostro significa que seguimos vivos. Que ellos aún no han ganado.
Resistimos. Esperamos el amanecer aferrados a una esperanza cargada con plomo. Cada noche puede ser la última. La próxima alarma puede ser la propia. Y si eso sucede...
Los párpados luchan, no se dan por vencido. No existe otra manera.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Turismo espacial

En el año 2132 viajar a la Luna tenía un costo relativamente económico. Obviamente, no era lo mismo que una excursión a Marte. Además, no había todas las maravillas para disfrutar que en el planeta rojo. Sin embargo, seguía tentando a los enamorados y ocasionales buscadores de tesoros. Siempre era posible encontrar algún vestigio de las expediciones de media del siglo pasado.
Por otra parte, era mucho más seguro que arriesgarse a viajar hacia algún punto dentro de la Tierra. Los altos índices de contaminación ponían en riesgo la vida a cada paso. Solo las llamadas "ciudades seguras" podían habitarse sin miedo  y quiénes viajaban, sin dudas eran habitantes de las mismas. Nadie fuera de ellas podía darse tremendo gusto.
Por eso para Allison, la Luna era la mejor opción a la hora de planear sus vacaciones. Pero no quería el paquete turístico. Le gustaba la idea de tomar un vuelo, hospedarse en algún hotel lunar de bajo costo, alquilar un "trepador" y andar con libertad por las viejas construcciones.
Sin embargo estaba el problema de siempre que se salía del planeta. Las declaraciones de herencia, conseguir los dadores vivientes de células, depositar el costo de un eventual traslado mortuorio de retorno desde el espacio... aquello era desalentador. No había accidentes desde hacía décadas, pero seguían pidiendo todo.
Allison, como muchos otros, sospechaba que aquello era un gran negocio. De todos modos, compró el vuelo y la fecha estipulada, tras realizar todos los trámites, abordó la nave "Artemis XI" junto a cincuenta personas más.
Se ubicó en su asiento y se colocó el casco obligatorio. El resto hizo lo mismo. A continuación, sin que Allison lo supiera, ni tampoco los demás pasajeros, un gas suave e imperceptible los tomó por sorpresa. Dos semanas más tarde despertarían creyendo haber estado de vacaciones. Y la humanidad seguiría su vida, limitada, condicionada, pero sin saberlo.


sábado, 8 de noviembre de 2014

Los relojes

La manía de Augusto por los relojes comenzó a los veinte años. Algunos le decían que lo suyo era una adicción. Otros, que era un impulsivo con tendencia por esos artefactos. Sin embargo, la verdad era otra.
No lo hacía por hobby ni mucho menos, como una excentricidad.
Augusto sintió desde siempre que el tiempo lo apremiaba. Las horas de cursado en la facultad, las horas de estudio posterior en su departamento, el gimnasio, el fútbol con los amigos, las comidas con la familia, las salidas con la novia, los paseos, ir al cine... había mil cosas y solo veinticuatro horas por día.
El primer reloj que compró fue un Casio con segundero y resistente al agua. A los pocos días inició una colección sin precedentes, comprando relojes en la misma medida que juntaba el dinero. Al día de hoy, a quince años de aquel Casio, cuenta en su haber con más de doce mil trescientos treinta relojes.
Algunos los lleva puesto, otros están en su departamento de siempre. Suelen estar desparramados por todas partes, incluso dentro de la heladera o del lavarropas. Dos novias lo dejaron por considerar que aquello podía ser el comienzo de alguna rara patología o demencia. Augusto no se inmutó.
Cuando le preguntan, encoge los hombros. No habla mucho del tema y es reacio a mostrarlos, salvo, claro, cuando alguien lo visita a su morada. Las explicaciones son exiguas, casi arrancadas por la insistencia.
El día sigue teniendo veinticuatro horas, pero Augusto tiene todo el tiempo del mundo atrapado en sus relojes, como si se tratase de un carcelero que hace justicia en nombre de todos.
O al menos, eso cree, pobre Augusto. Aunque de eso no habla mucho.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Tropezón

Caminaba Ricardito ausente del entorno, con sus pensamientos arremolinados y enfrascados en la vecina nueva del barrio. Cazaba mariposas, diría su abuela. Estaba en babia, su madre. El destino de tal comportamiento no podía ser otro. Baldosa rota y tropezón. Caída y lamento. La vecina nueva del barrio mirando justo por la ventana de su casa y su carcajada llegando a oídos de Ricardito.
Ahora camina mirando el piso, un poco de vergüenza, otro poco para no tropezar de nuevo, pero por otras calles, lejos de la vecina nueva. Es que le sigue doliendo, a pesar que no lo admite. Y no el golpe, sino las risotadas. Esas que no hieren por fuera, pero matan por dentro.

viernes, 24 de octubre de 2014

El reino del miedo

Mientras miro por la ventana y espero verla aparecer por la esquina, me pregunto qué es lo que la demora. El té se ha enfriado a un lado y mi mano temblorosa no hace más que inquietar la mesa. El reloj se ha detenido en mi corazón hace más de una hora.
Trato de respirar despacio, pero me apuro. De pensar con calma, pero me impaciento. La dibujo con la mente, una y otra vez. La veo aparecer sonriente, con mil excusas que explicar. Y cuando pretendo escucharla, dejo de verla y en su lugar, la esquina vacía, llena de su ausencia.
Y cuando creo que voy a morir, la veo venir. Semblante serio, ofuscado. Salgo a la calle, la abrazo, ocultando las lágrimas, evitando la vergüenza. Me habla de colectivos que no pasan, de tránsito cortado, de desvíos por calles que desconozco. Está ahí y es lo que importa. Y mientras cierro la puerta, recuperando el alma, me pregunto el por qué, la razón, el sentido, de tener que vivir gobernados por el miedo.
Ni siquiera luego, bebiendo ahora si el té caliente, viéndola a ella preparando una ensalada, encuentro una respuesta.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Sin palabras

El silencio, la quietud de las cosas, el sol que atraviesa la ventana derramándose gris sobre el suelo, sus ojos tristes. No hay necesidad de palabras, ya no hacen falta. Todo es recuerdo, sinsabor, la intolerancia del presente. Deseo del ayer o la inmediatez del mañana, pero no del hoy.
El hoy está fresco y duele, es una nota amarga de una canción deprimente. Y esa canción nos recuerda su nombre en cada rincón, en cada objeto, en cada pestañeo inconsciente de nuestra mente. Y no podemos decirle adiós. No podemos. Y tampoco queremos.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

El peligro de contestar encuestas y no ser narcotraficante

Todos los días le llegaba al correo electrónico una encuesta para completar. Sabía que era la misma porque la abría, leía el encabezado y la borraba sin pensarlo dos veces.
Un día, harto, la completó. Ni bien la envió, golpearon a la puerta. Al abrir se topó con dos uniformados de color verde. En la solapa podía leer "Seguridad Nacional". Lo apresaron y lo llevaron a un calabozo. Al cabo de unas horas lo llevaron a una sala pequeña, muy oscura.
Una voz firme y ronca habló desde alguna parte del lugar.
- Usted asegura en la pregunta catorce que gana menos de cuarenta mil al año. Sin embargo, hemos visto el auto en la cochera. ¿Me puede explicar como, ganando lo que dice, tiene tremendo vehículo?
La pregunta lo desconcertó. Había elegido la respuesta al azar. Contestó eso mismo. El hombre elevó el tono.
- Estaba la opción No sabe no contesta. Y no la usó. ¿Por qué?
Aquello parecía una broma de mal gusto. Pero no conocía quién podría llevar una broma a tal punto. Dijo que no la vio. El que hacía las preguntas pareció salirse de quicio. Pateó algo, que pareció una silla.
- ¿Acaso va a negar que ha afirmado que le gustaría viajar en avión en los próximos doce meses? No me venga con estupideces, señor. ¿Dónde la guarda?
No tuvo tiempo de preguntar qué cosa. Desde las sombras emergió la figura de un hombre de mediana estatura, gorra militar en la cabeza y ojos inyectados de furia.
- ¿Dónde guarda la droga con la que compró un auto y planea viajar en avión en los próximos meses?
Si, definitivamente debía ser una broma. No podía estar pasando. Tendría que haber sentido miedo en ese momento, pero en realidad, lo que sentía era curiosidad. Y esa contrariedad de sensaciones lo llevó a cometer un error. Lanzó una carcajada.
La autoridad profirió una orden y lo sujetaron por la espalda. Al levantar el brazo, extendió una copia de las preguntas de la encuesta.
- Acá están las pruebas, señor. Usted y su estúpido impulso de contestar algo que no sabe para que le envían, lo han hecho pisar el palito. No nos diga dónde la guarda, si no quiere, nosotros la encontraremos. Aunque nos lleve toda su vida.
Lo llevaron a la rastra por un pasillo largo y angosto. Lo arrojaron a una celda distinta a la anterior. Escuchó el sonido metálico de la puerta al cerrarse y luego el silencio.
Esperó por horas hasta caer rendido de sueño. Cuando despertó había un plato con lo que parecía ser, algo de comida. Aquello se convirtió en un ritual. Nada lograban sus gritos, insultos y amenazas. Nadie acudía a verlo. Las palabras de aquel hombre volvían a su mente una y otra vez, celosas de la certeza que revestían: aunque nos lleve toda su vida.
No tenía drogas, no había posibilidad que encontraran lo que no existía. Su condena era literal.

martes, 9 de septiembre de 2014

La costa

El navegante divisó la costa cuando caía la noche. La luna reflejaba el horizonte de manera tal que aquel oasis era el paraíso mismo. ¿Cuánto hacía que vagaba por el mar, sin destino alguno? No lo recordaba. En la embarcación quedaban minucias de las provisiones. El alimento de los últimos días lo habían propiciado las aguas y sus habitantes escamados.
Se echó sobre la madera húmeda y cerró los ojos, sin diferenciar el cansancio con la alegría, la felicidad de estar vivo con la sensación latente de la muerte. Volvió a abrirlos, para admirar el cielo protector, el que noche a noche lo mantenía cuerdo, con sus constelaciones y estrellas, ese mapa astral que se sabía de memoria y que era una de las causas por la que aún estaba vivo.
Tocaría tierra antes del amanecer. Llegaría a ese destino salvador del que nada sabía en pocas horas más. Quería descansar mientras tanto. Si bien era suelo firme, no podía predecir lo que se encontraría al caminar luego de varias semanas en el agua. Podía tratarse de un lugar desierto o un sitio abundante en alimentos; la morada de tribus caníbales o las costas de un pueblo civilizado. Por el momento era una esperanza. Y eso era suficiente. Lo que sucediera después, sería un regalo.

martes, 26 de agosto de 2014

Culpables

Uno es culpable en la medida que acepta la realidad. Me animaría a decir que incluso, uno es culpable por formar parte de la misma.
Negarla nos condena.
Tratar de cambiarla nos brinda una esperanza.
¿Salvación? Ya no hay lugar para milagros. La suerte está echada hace tiempo.
El hombre se alejó por la colina, perdiéndose detrás de las rocas que le daban oscuridad al paisaje. El pastor quedó a solas con sus animales, masticando las palabras del sabio. Sin embargo, no encontró aplicación alguna.
Quizá alguien pueda encontrarle un sentido en alguna parte, musitó casi en un susurro, para empezar luego a arrear a la manada hacia la zona empinada.

sábado, 16 de agosto de 2014

La sorpresa

El vendedor tenía razón, no parecía un arma.
- ¿Y me asegura entonces que nadie se da cuenta?
Por supuesto, el hombre detrás del mostrador sacó a relucir su mejor sonrisa, esa que lleva grabado el lema "quedate tranquilo, vivo de esto".
- Bien, me la llevo entonces.
Pagó en efectivo, pidió que se la envolviera y guardara en una caja y la metió en el auto. Dudó un instante y volvió al negocio.
- ¿Usted no se molesta si me la pongo acá?
- ¡Pero cómo me va a molestar!
Regresó al auto, buscó la caja y se metió en el negocio. El vendedor le señaló un pasillo.
- Al fondo está el baño, cámbiese ahí.
El baño era un cuartito de un metro por un metro, con inodoro y lavamanos. Abrió la caja, sacó del envoltorio el traje y con cuidado, lo acomodó encima del inodoro.
Se quitó la ropa que tenía puesta y se colocó lo que había comprado. Miró las paredes en busca de un espejo, pero no había más que pintura descascarada en los cuatro espacios.
Volvió ante el mostrador y esperó que el comerciante diera su opinión.
- Le dije, quién va a pensar que es un arma.
Ahora sí, volvió a su coche tranquilo. Lo puso en marcha y condujo hacia su casa. No veía la hora que un ladrón hijo de puta lo emboscara para robarle. ¡La sorpresa que se llevaría, la sorpresa...!

viernes, 8 de agosto de 2014

Rompecabezas

Siento aún el sabor amargo en la boca. El cálido reflujo en la garganta, me lo confirma. La sensación de náusea, lo acredita.
A pocos metros, el reguero de sangre. Más allá, las piernas de González. El resto del cuerpo se encuentra esparcido por el bosque.
Aún ignoro qué sucedió. Ciertas imágenes se agolpan en alguna parte de mi cerebro, provocándome un fuerte dolor, pero sin permitirme develar el misterio.
La vez que he llevado la mano a la boca, ha vuelto roja, manchada de ese viscoso líquido que nos permite estar vivos.
Miro las piernas de González y comprendo que no solo es el líquido, es una suma de factores. Los órganos, por ejemplo, deben estar dentro de uno, no arrojados sobre el barro, o entre las plantas. Y tampoco es probable que nadie sobreviva, si los brazos son arrancados, el cuello cercenado y la cabeza destrozada con ahínco.
Es un rompecabezas, literalmente. No todas las piezas encajan, otras se han perdido, pero la clave, por lo que alcanzo a discernir, está en las formas. No de las partes, sino de los cortes. Puedo distinguir la marca de mis dientes en esas pantorrillas. Y es la razón, supongo, por la que tanto me duelen, lo mismo que las encías, que aún destilan sangre.
Algo ha sucedido anoche, pero no recuerdo qué. Pero me sabe a amargo y cruel, como el sabor que siento en la boca.

martes, 29 de julio de 2014

Punto final

Toda la semana repasando una a una las palabras a emplear. Las había memorizado, pero logrando decirlas con naturalidad. Le había dedicado horas y horas. Noches en vela. Largas caminatas por el boulevard.
Y esa tarde, al escuchar el sonido del timbre, ese repiquetear tantas veces esperado, abrió la puerta de calle y allí estaba, tal como lo había imaginado.
Uniforme azul, bolso al hombro, carta en mano.
- ¿Aquí vive Ana de las Mercedes Rovira González?
Y Ana, más nerviosa de lo que hubiese deseado, hizo su parte.
- No, aquí no vive ninguna mujer llamada así.
El hombre se fue, junto a la carta. Ella, bajo el marco de la puerta, lloró en soledad.

martes, 22 de julio de 2014

Cazador invisible

El sabueso se relamió encima de su presa. La lengua se paseó brillante y enaltecida sobre sus labios oscuros y rebosantes de saliva. Los gritos llegaron desde lejos, pero aún así sus oídos los captaron. Arqueó el lomo, cuyo pelaje se había erizado, y observó con ojos inyectados en sangre hacia aquel paraje del bosque desde el que provenían aquellos sonidos escandalosos.
Las sombras eran sus aliadas, podía moverse donde quisiera que quedaría a salvo. La noche era su protectora. Pero su instinto obligaba a todo lo contrario. El aire se llenó a olor a fétido. El olor del hombre. De una sabrosa comida. Rugió, golpeándose el pecho con sus enormes patas, desafiando su cuerpo con golpes potentes y sonoros.
Pudo sentir la tensión entre los árboles, como la quietud le ganó al falso coraje de quienes venían en su caza. Dejó atrás el cadáver a medio terminar de aquella jovencita y a fuerza de velocidad, ganó terreno en la oscuridad. Los murmullos fueron ganando en intensidad. Segundos después divisó las siluetas, las antorchas encendidas, las rústicas armas en alto. La imagen vívida del terror se instaló en los rostros ocultos. No necesitaba verlos para saberlo.
Pero no tenía necesidad de acabar con todos. No tenía el menor sentido. Solo buscó a uno, lo apresó con sus garras y se internó más allá de los árboles, donde la espesura del terreno era una sola pieza negra, casi impenetrable.
Los hombres quedaron petrificados largos minutos, sin tener noción del tiempo. Respiraron solo cuando uno de ellos gritó que faltaba alguien. Pero la bestia ya no los escuchaba. Estaba lejos, saciando el hambre con devoción. Luego descansaría. Debía reponer energía para continuar el juego. Ellos retornarían, trayendo el alimento. Como cada día, como cada noche. El verdadero cazador no es el que no se deja ver, sino aquel que los demás creen que no existe.

jueves, 10 de julio de 2014

Abuelita

El taxista aprovechó el semáforo para mirar por el espejo retrovisor. La abuelita que llevaba le recordaba a su nona, casi con el mismo corte de cabello de rodete alto y la infinidad de canas, que hacían de su cabeza, un monte nevado.
Dos calles más adelante, se detuvo en la dirección de destino. La mujer hurgó dentro del bolso, buscando cambio para pagar.
- Deje, no se preocupe doña. Yo invito - le dijo a la anciana, que levantó la vista sorprendida.
- ¿Por qué, mijo? Si dinero tengo, sucede que no encuentro el monedero.
- En serio, deje. Me hace acordar a mi abuela. Podría jurar que es igual, con eso le digo todo. ¿Qué mejor paga que esa? Con lo que la extraño.
La señora sonrió, para luego agradecer y descender del coche.
El taxi partió con rumbo incierto, como todo taxi cuando se aleja.
El hombre parado en la vereda ensanchó la sonrisa. Nada como tener poderes mentales para no pagar el viaje.

jueves, 3 de julio de 2014

Maquinaria molesta

Es difícil reconciliar el sueño cuando uno despierta a mitad de la noche tras haber escuchado el sonido inconfundible del teléfono sonar una vez.
La pregunta queda latiendo al mismo ritmo del corazón, casi de manera desbocada. Y las horas pasan y la noche se hace eterna.
Recién al levantarnos uno se acerca sigiloso, casi temiendo que el aparato lo fuera a atacar, y revisa en busca del número de la llamada perdida en la madrugada.
Y para sorpresa, allí no hay nada. Cero registros. La cabeza, maquinaria molesta si las hay, se pone en funcionamiento para tratar de darle una explicación a lo que no tiene lógica. Y así se consume la mañana, sin resultado alguno.
Para la tarde es asunto olvidado. Recién por la noche, antes de acostarse, el recuerdo vuelve como un alma en pena. Y por segunda luna consecutiva, nuestros ojos quedan en vela.
La diferencia es que esta vez, el teléfono no suena. Y es probable que la noche anterior jamás lo haya hecho. Pero nunca lo sabremos. La oscuridad se ríe por lo bajo, dueña absoluta de nuestra voluntad.

lunes, 23 de junio de 2014

El caso de la cabaretera

Ella trabajaba en un cabaret de la zona este, cerca del puerto. Apareció en el muelle, desangrada y con los senos rebanados. Habían utilizado para ello un LZ500, uno de esos nuevos láseres para defensa personal, que tanto publicitaban en la tv digital.
Amenábar tomó el caso porque debía dos meses de rentas. Al ver su rostro en las noticias, supo que había sido bonita. Esa misma noche soñó con ella. Le quería decir algo, pero en el momento preciso que acercaba su cuerpo desnudo hacia él, un destello irrumpía despertándolo. Aquella intimidad onírica había sido mejor que cualquier viaje supletorio inducido de los que había tomado en los dos últimos años.
Por la mañana recorrió el barrio, dialogó con algunos contactos pero no se fió de ninguno. Un reloj de pulsera vibró. Contestó la llamada con desgano, pero esta vez no era un telemarketer. Los senos de la joven habían aparecidos clavados en la entrada de una iglesia.
En el lugar ya estaban los fotoreporteros, enviando la información en línea. El mundo ya se había enterado. Amenábar se cuidó de no ser visto por la policía. Observó con cuidado y filtró lo innecesario. Todo estaba allí. Cada respuesta, cada error del asesino dejando sus pistas para ser descubierto. Tomó nota de todo.
Ni bien se fue la policía, procedió a eliminar los rastros. Para la caída de la noche, la ciudad era un paisaje lumínico y su cliente estaba a salvo. Nada era difícil para Amenábar, a pesar que quería dejar su profesión. El espionaje para el lado oscuro, no le gustaba, pero pagaba bien.
Esa noche soñaría con la chica. Siempre le sucedía cuando eran bonitas. Se guardó el LZ500 de su cliente cerca de la cama. Era lo último que la había tocado. De alguna manera, podría sentir cerca de esa mujer, aunque fuese en sueños.

miércoles, 11 de junio de 2014

Desavenencias y felicidades de un simpatizante que lo mira por TV

Como cada cuatro años, intento programar las actividades para poder acaparar en casa el televisor. Con el pasar del tiempo, me he tenido que adaptar a diversos horarios. Guardo el mejor recuerdo de aquel a fines de los noventa. Y quizá sea porque con los compañeros del colegio nos saltábamos clases para ir al bar de la vuelta, compartiendo ese pequeño milagro que se da cada cuarenta y ocho meses. Éramos jóvenes y nada nos importaba más que ser felices. Luego, hace justo doce años, estuve un mes moviéndome como un zombi, por no dormir de noche. Pero era soltero, no tenía obligaciones mayores y a los estudios, en la universidad, los llevaba de taquito. Luego, en la cita siguiente, tuve que hacer malabares en el trabajo para poder combinar los tiempos, entre lo que quería y lo que tenía que hacer. Costó, pero logré mi objetivo. Del primer al último día, pude estar delante del 21 pulgadas que había comprado para la ocasión. Hace cuatro años, las cosas se complicaron. Casado y con chicos pequeños, debía no solo organizar el horario de trabajo sino también recoger del jardín a los mellizos que ya estaban en la salita de tres, luego pasar a buscar a mi mujer por el estudio de arquitectura donde trabajaba, llevarlos a la casa de su madre y recién después, acceder a ese momento sagrado, entonces, frente a un LCD. Ahora, separado de ella, con los chicos que entienden de las preocupaciones de papá y sus necesidades de estar solo durante unos treinta días, más precisamente entre el 12 de este mes y el 13 del que viene, con un emprendimiento propio donde puedo dejar trabajando a otras personas en mi lugar, podría decirse que me he acomodado. Pero no todo es color de rosa, diría un amigo. Y menos en el fútbol. Hoy que tengo todo para disfrutar, mi selección paraguaya no clasificó. Al menos, me compré un LED de 40 pulgadas.

martes, 3 de junio de 2014

Lágrimas y alaridos

La pasión se excede y la angustia recrudece, en tanto el reloj hace correr el cuarto minuto adicional. Ellos se miran, anudando las gargantas, maldiciendo al cielo. Nosotros, abrazados sin distancias en el último aliento, preparamos el grito contenido al mismo tiempo que la pelota sobrevuela la cabeza del arquero y casi en cámara lenta, en esa eternidad propia de los instantes de gloria, se encamina a su antojo a cruzar la línea blanca, agolpando lágrimas y alaridos, mientras ese petiso que la rompe, sin esperar desenlaces, ya lo grita corriendo hacia nosotros, estemos donde estemos.