miércoles, 20 de noviembre de 2013

Espectros

Ella lo miró a él, luego él a ella. Ambos se abandonaron al silencio. Un grillo rasguñaba la noche en algún rincón alejado. Las estrellas eran olvidadas palabras en la oscuridad. Ella se sentó al borde de la cama, se puso la ropa, se calzó y se fue. No dijo adiós ni hizo falta. Él ya lo sabía. No la volvería a ver. Era así siempre. Los fantasmas entraban a su vida con la misma velocidad que se iban. Cerró los ojos y soñó, una vez más, que estaba vivo.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Me las pagarán

La ira ascendía en su interior como si fuera lava a punto de ser escupida por un volcán en erupción. Una voz en su mente le decía que se detuviera, que lo pensara dos veces. Pero iba perdiendo fuerza ante la furia, el deseo de venganza.
Colocó las balas en el tambor del revólver a escondidas en la habitación, para evitar ser sorprendido. "Me las pagarán, me las pagarán" recitaba en forma cíclica en un susurro apenas audible. Miró la hora en el reloj de pared y salió a la calle.
La escuela estaba a ocho cuadras. Recorrió el tramo como cada mañana, pero sin percatarse del paisaje. En su mente solo había lugar para el recuerdo que anhelaba borrar en los próximos minutos: el maltrato, los insultos, los empujones, el asedio diario.
Esperó el momento de ingresar al aula, con las manos en los bolsillos. Podía sentir el frío del metal, la empuñadura pidiendo a gritos salir de la oscuridad, el gatillo encorvado esperando el accionar mortal. Cuando los demás comenzaron a entrar, él hizo lo propio. A diferencia de otros días, no se detuvo a saludar a nadie.
El maestro caminó hacia el pizarrón, giró hacia los alumnos y con voz estridente, aulló a las cuatro paredes:
- ¡Mueran hijos de mil putas, mueran de una buena vez!
Y vació el tambor con los ojos cerrados.

domingo, 3 de noviembre de 2013

El dato

Valdivia y Pérez García salieron corriendo como si les hubieran metido un dedo en el culo. Se sentaron en sus respectivos escritorios, y tras cruzar una sonrisa, comenzaron a teclear de manera incesante.
Segundos antes Pérez García con desgano había atendido el celular. Estaban en un patio trasero, fumando al aire libre.
- ¿Es el que escribe sobre extraterrestres? – preguntó la voz desconocida.
- Si, ¿quién habla? – contestó el periodista, que siguiendo un impulso, puso el altavoz para que escuchara su amigo.
- No importa quién habla, escuche bien, esta noche van a aterrizar dos OVNIS en los estudios Universal. Van hacer que parezca un efecto especial, como hacen siempre, pero en realidad son naves extraterrestres.
- ¿De dónde sacó la información? – Valdivia no aguantó y formuló la pregunta.
- Trabajaba ahí, me despidieron. Las naves aterrizan ahí desde hace ocho décadas. Hollywood es el Área 51. Ese lugar que todos buscan en el desierto, es una carnada. La verdad es esa.
- Es muy interesante lo que dicen, pero sin pruebas…
- Busquen en las películas de ciencia ficción de Universal. Muchas de las grabaciones en películas de marcianos y por el estilo, son filmaciones originales.
- Algo más concreto…
- Johnny Depp es extraterrestre, aunque nació en los estudios. Marlon Brando vino de otro planeta. Por eso les dicen “estrellas”.
- No le creemos nada… - y dicha esa última palabra, cortaron la comunicación.
Si era verdad o no, era lo de menos. Salieron corriendo a escribir una historia sobre aquello.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Juancito el equivocado

Juancito vivía en un país donde había libertad de expresión, pero pensar diferente era motivo de ataques constantes, por lo que comenzó a guardarse lo que pensaba.
Había oído que en su país la economía era una de las mejores del mundo, sin embargo le costaba llegar a fin de mes y poder mantener a su familia. Ni siquiera le alcanzaba haciendo horas extras y sacrificando tiempo de estar con sus hijos.
Podía escuchar y leer que sobraba el trabajo, pero creía ver más gente pidiendo y semana a semana, más y más villas alrededor de su ciudad.
Le decían que reinaba el bienestar, la seguridad y la tranquilidad, pero debido a su magro sueldo no tenía para pagarse una buena obra social y los sitios de atención pública carecían la mayoría de las veces de los elementos para atenderlo o bien, debía perder tres o cuatro horas de su día en una cola interminable.
Y por si fuera poco, en lo que iba del mes lo habían asaltado dos veces y le habían roto una de las ventanas de su casa.
Le aseguraban que nada aumentaba, que la inflación no existía, pero el dinero cada vez le alcanzaba menos y cada vez que iba al supermercado debía perder la memoria, porque los precios le parecían diferentes a los de días anteriores.
Juancito estaba confundido y apenado. Era parte de un país rico, próspero y repleto de buena gente pero no podía disfrutarlo, por que al parecer su caso era único, y tenía tanta mala suerte, que todo lo que el resto de la población no sufría, lo padecía él. Fingía entonces un gesto patriótico, y haciéndose fuerte, se convencía que no sería otra cosa que la reencarnación de algún olvidado mártir.

jueves, 17 de octubre de 2013

El baldío

Cuando vendieron el baldío que está frente a casa me entristecí. Cuántas tardes de potrero, de picaditos con la redonda hasta que caía el sol, allá en la infancia, esa época que parece tan fresca y sin embargo nos resulta ajena de lo distante que se encuentra.
Con el tiempo escondió nuestras sombras, pero llegaron otras. Nuevas piernas cortas corriendo detrás de una pelota. La gambeta, el remate, la rabona, la chilena. Todo un arsenal de piruetas ejecutadas en un mundo inocente, sin prejuicio alguno.
Pero para el ojo adulto, ese ser en el que uno se convierte, el lugar fue perdiendo el verdor y la esencia, hasta convertirse en un simple terreno baldío. Otrora escenario de finales mundiales, esas que imaginábamos mientras el sudor nos bajaba del cabello, de pronto era un espacio de tierra, con algo de gramilla y cascotes.
Pero al ver el cartel de "vendido", me asaltó la angustia, la necesidad de volver el tiempo atrás, de pedirle disculpas a ese lugar que supo atesorar cientos de sueños.
Anoche, sin embargo, el que me perdonó, fue el baldío. Fue después de la medianoche, cuando intentaba conciliar el sueño. Sucedió como suceden las cosas cuando uno es chico: con magia. Primero fue el sonido del pique de una pelota, luego el grito de un chico que pedía a gritos que le dieran un pase y como para que decidiera levantarme de la cama, un grito a coro de gol, de esos que se expresan con el alma y penetra por la piel de gallina del que lo presencia.
Me abrigué con lo que encontré a mano y salí a la calle. Busqué en vano divisar a los niños. Allí no había nadie. Pero los sonidos seguían llegando. El ruido del pie al golpear el balón, las risas burlonas después de un caño, la queja por una pierna fuerte, un insulto al aire. Y otra vez la pelota yendo de uno a otro, rebotando de vez en cuando en los paredones laterales.
Pero allí no había nadie. Estaba de pie, al borde del tejido que pusieron tras vender el lote. La luna me mostraba el lugar vacío. Y sin embargo...
Eugenio, el vecino de la casa lindante al baldío, me sorprendió con una mano en el hombro.
- Camilo ¿no puede dormir?
Pensé en decirle que en eso estaba, cuando escuché los sonidos y entonces salí a la calle, quizá con el deseo de poder despedirme de aquel lugar antes que comenzaran a construir. Era una respuesta poética, si se quiere, cargada de nostalgia, de mágica revelación. Pero en cambio, asido a la cordura, fui breve y mentí.
- Los años, don Eugenio. El insomnio es cosa seria.
El hombre me sonrió. Me palmeó la espalda y emprendió el camino hacia la puerta de su casa. Pero antes, volvió a hablarme.
- Recuerde en silencio, Camilo, que los pelotazos no me dejan dormir.
Vi la puerta cerrarse y sumirse el interior en la más profunda oscuridad. Quedé ante el baldío, sopesando esas palabras. Escuché susurros cansados, de niños sentados a un costado, agotados por el esfuerzo. Entendí que algunos se marchaban, diciendo hasta mañana. Incluso me dio la sensación de sentirlos pasar a mi lado. El juego había terminado. El pasado había dicho adiós. No quise aguarles la fiesta a esos fantasmas.
Yo sabía que no había mañana.

domingo, 13 de octubre de 2013

Comienzos y finales

Lo hacía cada tarde. Pedía un libro en la biblioteca popular, se retiraba a un rincón apartado de la sala de lectura y hojeaba la primera página.
Leía los primeros dos párrafos, los copiaba a una libreta de apuntes y devolvía el libro.
Al día siguiente repetía el rito, eligiendo un título diferente.
Los empleados lo habían observado atentamente las primeras semanas, luego, como a todo bicho raro, se lo dejó hacer sin darle mayor importancia.
Tras dos años de renovar a diario su visita, el hombre dejó de aparecer por el lugar.
La siguiente vez que lo vieron fue en una foto y estaba en el retiro de tapa en un libro de la última partida que habían adquirido.
Se titulaba "Comienzos" y una leyenda muy pequeña decía: "Más de un millón de ejemplares vendidos". La sinopsis en la contratapa advertía: "Un buen comienzo suele ser la clave para que el lector se sumerja completamente en un mundo nuevo, el que ofrece un relato. La suma de buenos comienzos, es un paraíso irresistible y encantador, que uno no querrá abandonar, por más que jamás sepa que seguirá a continuación".
Al día siguiente, como una gran coincidencia, volvió a entrar el hombre. Los empleados se miraron perplejos. Pidió un libro y como era su costumbre, se dirigió a la sala de lectura, buscando la mesa más apartada.
Esta vez abrió el ejemplar en la última hoja y tras sacar su libreta, una nueva, tomó nota.
Aníbal, el bibliotecario más joven, no resistió la tentación. Cuando el hombre se retiraba, lo abordó con suavidad.
- Disculpe... ¿su próximo libro se llamará acaso "Finales"?
El hombre lo observó sorprendido, algo sonrojado. Sonrió y tras devolver el libro, abandonó el lugar.
Pensaron que no volvería, pero así lo hizo y mantuvo durante más de un año el ritual. Como lo imaginaban, un poco más adelante salió el libro. Se llamó como había predicho el bibliotecario.
Para cuando volvió aparecer, al tiempo, la gente en la biblioteca le había ganado cierto resquemor. Lo consideraban un vivo, que con poco esfuerzo, o el esfuerzo de otros, se llenaba de dinero.
Fue el propio Aníbal, quien antes de entregarle el título solicitado, le preguntó cuál sería el eje de su próximo best seller.
- Tenemos "Comienzos", "Finales"... ¿qué se viene ahora, "Nudos"?
El hombre sonrió.
- No, ahora que no tengo que preocuparme por el dinero, voy a leer todo aquello que no leí. Es la única forma de entender mis dos libros. Conozco los comienzos y los finales, pero no las historias que encierran. Y entre nosotros... comenzar o terminar algo no es lo crucial. Sino lo que sucede entre esas dos cosas.
El hombre tomó el libro y fue a su lugar de costumbre. Permaneció mucho más tiempo y se retiró con una sonrisa. Había dejado un señalador en la página cien. Aníbal lo saludó, sabiendo que lo vería muy seguido, durante el resto de sus días como bibliotecario de aquel lugar.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Hogar dulce hogar

El primer ladrillo de la obra desató la alegría del flamante matrimonio. El sueño era la casa propia, pero conocían sus limitaciones financieras. No les importaba que demoraran años en construirla. Tenían paciencia.
Fue su quinto nieto el que les preguntó por aquellas paredes a medio construir en el terreno del otro lado de la calle. Ellos, entre risas, narraron al pequeño el antiguo sueño de la casa propia.
Desde que habían usurpado la casa de enfrente, aquel gastadero de plata les pareció la más grande ridiculez que se les había ocurrido.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Disfraz

La risa hacía de su fisonomía, un ángel. Pero la cola en punta lo delataba.

martes, 27 de agosto de 2013

Inmovilidad

El aire frío llegaba hasta su rostro, lo acariciaba cruelmente y luego seguía viaje. Era constante y no le importaba. Su cuerpo, inerte sobre el cemento, apenas si se movía, como si no estuviera respirando. Algunos le decían que aquella inmovilidad era un don.
Abrió bien el ojo derecho y lo calzó en la mira. La habitación aún estaba vacía, igual que a lo largo de las últimas ocho horas. No tenía miedo. ¿Cómo tenerlo a tanta distancia? Tanteó el gatillo, como para asegurarse que aún seguía allí. Sintió la textura lisa y plana bajo la yema de sus dedos. Un hormigueo le recorrió el cuello.
En la habitación se abrió una puerta. Estaba atento, esperando el momento. Entonces, entró ella. Pudo ver el rostro tantas veces estudiado, el cabello, cientos de veces anhelado, el movimiento de sus piernas, mil veces observado. Entonces, sin dudarlo, disparó.
Dos horas más tarde bajó las fotos a su computadora y le dedicó la noche a su amor imposible. Su alma inmóvil por fin cobraba vida.

lunes, 19 de agosto de 2013

La chica de la recepción

Omar juraba que iba al gimnasio para mejorar su aspecto físico, pero la verdad era otra. Le gustaba Gabriela, la chica que atendía la recepción por la mañana. Y eso era algo que sabían todos, por más que Omar pusiera el grito en el cielo cada vez que alguien se lo echaba en cara.
- ¿La mina que está en el escritorio de adelante? ¡Pero si es más fea! - negaba cada vez que podía, mientras sus amigos se reían por lo bajo.
Era remisero, pero se cuidaba de quitar el cartel del parabrisas cuando estacionaba frente al local vidriado del gimnasio. A Gabriela le había dicho que trabajaba en una florería. Con esa mentira, tenía la excusa perfecta para llevarle siempre una flor distinta.
- Gabriela por qué no aprovechás este ramito de rosas, que se cayó el pedido y ya lo tengo envuelto - Omar empleaba un tono casual, como quien no quiere la cosa. Gabriela aceptaba sonriente, preguntando si acaso no podía esperar a que llegara otro pedido.
- Si piden otro, se arma uno nuevo. Descuidá.
Y luego se dirigía a algún aparato, donde en realidad no hacía nada más que acomodarse en tal posición que pudiera seguir observando a la chica que tanto le gustaba. Desde allí dejaba pasar la hora, contemplando su amor imposible. Salía del gimnasio sin una sola gota de sudor, sonriendo a la joven recepcionista.
- ¿Y cuando la vas a encarar? - preguntó con impaciencia alguien en el bar.
- ¿A quién? - Omar se la veía venir.
- ¡A la chica del gimnasio, hacete el gil!
- ¡Pero si es fea! ¡Cómo te puedo hacer entender eso!
Esa semana fueron rosas, crisantemos y claveles.
- ¿Estas son las que se usan en los velorios? - Gabriela observaba el ramo con cierto recelo.
- Si, me olvidé de entregarlas con una palma, hace un rato y no me daba la cara para volver. Imaginate, pobre gente.
- ¿Y en un ramo para un velorio?
- Viste como es la gente... ¿para qué contradecirlos?
Luego jazmines, rosas de nuevo y hasta una begonia en maceta.
- ¿Y esta?
- Me confundí de color. Querían roja y agarré una naranja. Quedátela, yo busco otra.
Una mañana dos de sus amigos pasaron por el frente del gimnasio y al verlo dentro, detuvieron la marcha. Se asomaron y lo llamaron con silbidos. Cuando Omar miró hacia donde estaban, empezaron a guiñarle el ojo y cabecear para el lado de la recepción. Gabriela, que estaba atendiendo un llamado telefónico, no los vio. Omar, en cambio, se pudo colorado de la vergüenza. Y si no era porque simulaba estar haciendo ejercicios en una bicicleta fija, habría salido corriendo del lugar.
- Vas a tener que hacer algo, viejo. En cualquier momento la mina te aparece con un macho y vos te morís de la depresión.
- ¡Y dale con eso... ! - Omar frunció el ceño, como fastidiado, pero luego agregó - ¿Vos decís que podría empezar a salir con alguien?
- Y...
Ese viernes juntó todo el coraje de la semana. Le había llevado fresias el lunes, liliums perfumados el miércoles y ahora, bajo el brazo, disimulando, llevaba rosas blancas.
Se plantó como siempre delante del escritorio y extendió el ramo.
- Gabriela, para vos.
- Qué bonitas Omar. ¿Una clienta se arrepintió?
- No, esta vez las traje para vos, de regalo. Y pensaba, no sé, si por ahí, que se yo, esta noche, o mañana, o una noche, o en otro horario, como vos quieras, o como a vos te parezca, yo pensaba, si por ahí, no sé, te gustaría ir a cenar conmigo, o ver una película, o las dos cosas, no se, si por ahí, que se yo, cuando quieras.
- Ay Omar, gracias... pero a mi novia quizá no le agrade que vaya con alguien a comer o al cine. Pero gracias, sos un tierno. ¡Y gracias por las rosas! Estas que te molestaste en traer especialmente para mi, me las quedo yo, que se cague Josefina, siempre se termina quedando con las flores que me traés.
Omar ya no volvió a ir más al gimnasio. Sus amigos en el bar aseguran que a pesar de eso, está en mejor forma.

domingo, 11 de agosto de 2013

Compra urgente

El hombre entró a la tienda y sin esperar su turno, se apropió de una vendedora.
- Necesito tres telescopios, un espejo y una carta astral, urgente.
La mujer dudó entre pedirle que sacara número o hacerle entender que aquello era una venta de alimentos para mascotas. Optó por lo último.
- Señor, aquí no tenemos lo que busca, mire a su alrededor.
Sorprendido, el cliente observó los productos en exhibición.
- Es una fachada, lo sé. Por favor, busque a su patrón y dígale que necesito lo que le pedí de manera urgente.
Con ojos pacientes, la mujer le contestó:
- Señor, por favor, no tenemos lo que quiere. Y mi patrón es mi hermano, y no lo voy a hacer perder tiempo con esto. Así que si me disculpa...
- ¡Usted no comprende! ¡De esto depende el futuro de la humanidad! Necesito...
Una señora mayor, a quien le correspondía el turno, se cansó de la escena.
- ¡Sea más respetuoso, mijito! Acá se vende comida para animales y el que me va a tener que disculpar es usted, porque me están atendiendo a mí.
La señora se adelantó hasta el mostrador, pero el hombre no vaciló. La agarró de los hombros y la movió un metro hacia atrás, situándose otra vez delante de la vendedora.
- ¡Pero qué hace! - gritó la anciana.
El hombre no hizo el menor gesto, como si no la hubiese escuchado.
- Necesito lo que le pedí - dijo, visiblemente alterado.
- Señor, retírese o lo hago salir del negocio.
- ¡Me voy a retirar cuando tenga las cosas que le quiero comprar!
- Pero escuche hombre - terció un joven que llevaba un pug en los brazos - ¿cómo no puede entender que eso que busca, acá no lo tienen?
- ¡No me lo quieren dar, que es distinto!
- Me cansó, llamo a la policía - dijo la vendedora.
- Eso, llámela - la respaldó sin ironía alguna el hombre, casi encima del mostrador, mirando su reloj de muñeca una y otra vez - Pero rápido, que en cualquier momento caen.
- Mientras viene la policía, deje que me atiendan - pidió la anciana.
- De ninguna manera - le respondió el hombre, que ahora parecía nervioso al mirar la hora.
En aquel preciso momento, se escucharon gritos en la calle. El joven con el perro, se asomó por la ventana.
- ¡Miren el cielo! - gritó.
El hombre en el mostrador se agarraba la cabeza.
- Es tarde, es tarde - balbuceaba.
Los demás clientes salieron a la calle, incluyendo a la vendedora. El hombre en cambio se arrojó detrás del mostrador. A lo lejos, escuchaba el sonido de un patrullero policial acercándose.
- Es tarde, es tarde... - repetía en un murmullo monótono, casi inaudible, apagado por los gritos y alaridos provenientes de la calle, donde todo estaba sucediendo.


viernes, 2 de agosto de 2013

Síntomas y caprichos

Más que un síntoma, lo de Benítez se trataba de un capricho. Fiebre un lunes a la mañana, según su mujer, era señal que no quería ir a trabajar. Se pasó el día en cama y el martes amaneció mejor, pero tenía el certificado del médico para faltar un día más.
Antes de acostarse le dijo a su mujer que creía tener fiebre otra vez.
- Estuviste leyendo el diario en el patio, sentado afuera con el frío que hacía, en lugar de hacer reposo.
- Lo hago venir temprano al médico y me pido un par de días más.
- Mirá, si querés, hacelo. Pero yo te vi leyendo el diario en el patio.
Benítez lo hizo, llamó al médico y consiguió dos días más. Su mujer, que era su jefa, terminó por despedirlo.
A la noche, mientras cenaban, él callado, ella mirándolo fijo, el que habló fue el nene, de diez años.
- Papito, no sos boludo por no haberte descuidado estando enfermo. Lo sos por casarte con tu jefa. ¿Mamá, puedo comer otra mila?

viernes, 26 de julio de 2013

Benjamín y ella

Algo atraía su mirada a ella, cada tarde, en aquel pasillo. Quizá era su forma de entornar los ojos o simplemente, la honestidad de su sonrisa. Lo cierto es que Benjamín olvidaba por completo que ella era un retrato y sus límites, un marco de madera. Y en ese olvido, pretendía un sueño imposible.

sábado, 20 de julio de 2013

Culpas

Cuando un perro se ha mandado una macana, agacha la cabeza y se refugia en algún lugar, creyéndose a salvo de castigo alguno. Cuando un niño ha roto algo, se asusta y trata de esconderlo de la vista de sus padres, aunque su miedo a flor de piel termine por delatarlo.
Pero el hombre adulto, no importa el género, muchas veces es indiferente ante el mal obrar, y en otras, va más allá aún: ante cualquier sospecha miente e incluso, acusa a un inocente.
Mucho más minucioso y abundante en detalles, es el libro sobre esta temática del Dr. Lindon Camello. Si bien no es un éxito de ventas, es una lectura interesante. Brinda ejemplos muy claros y demostrativos sobre la condición humana para afrontar las equivocaciones, analizando las razones por las cuales, a medida que la persona crece, en lugar de aceptar la posibilidad del error, recrea una realidad paralela en la que es inocente de cualquier cargo.
En cuanto a los pocos ejemplares vendidos, el Dr. Camello responsabilizó a la mala gestión de la editorial a la hora de la distribución.
- ¿No creo Dr. que se debe a que es un tema de poco interés para la gente? le preguntaron en cierta feria del libro.
El hombre miró con ofuscación al periodista y decidió marcharse sin contestar esa ni las demás preguntas que le reclamaban.
- Periodistas de cuarta, las cosas que vienen a preguntar - farfulló antes de desaparecer por la puerta principal.

domingo, 14 de julio de 2013

Un arrebato

Humedad. Graznidos. Indudable, inexorable, el Sol bañaba el monte. El hombre se levantó del catre y miró a lo lejos. Sintió que algún demonio lo arrastraba en un arrebato hasta la cuesta de la sierra. Y le prometía reinos, poder y gloria. No había a su lado ángeles que lo confortasen. Cuando sintió una mano áspera, gastada, agrietada, pesando sobre su hombro, Marcos abrazó a aquel campesino y se secó una lágrima al ajustarse el pasamontañas.

miércoles, 10 de julio de 2013

Destino

Primero niños, después adolescentes. Luego, incautos,  la vida nos arroja a las fauces de la realidad.

jueves, 4 de julio de 2013

Sueño asfixiante

Un sueño dentro de otro, dentro de otro, dentro de otro. Un sueño sin salida. Cíclico, asfixiante. Eterno.
Al despertar, el sudor, el espanto. El universo no existe, nada existe. Solo ha sido una pesadilla.
El dios se vuelve a acostar, y lo que sueña, ya no nos incumbe.

viernes, 28 de junio de 2013

Molestia

Una idea se posó sobre mi cabeza. Aleteaba y zumbaba enloquecidamente; por momentos me hacía cosquillas, por momentos me irritaba.
Terminó por fastidiarme. No dejaba que me concentrara en un nuevo relato. Sin vacilar la aplasté con la palma de la mano.
Otra vez en paz me arrojé sobre la hoja en blanco, que tanto trabajo me estaba dando esa mañana.

sábado, 22 de junio de 2013

Si tan solo...

Si pudiera deslizar la mano y barrer de un solo golpe toda la tierra que yace encima de su cuerpo, si tan solo pudiera, lo invitaría a salir de allí, lo llevaría a tomar una copa, le hablaría de sus hijos, de cuánto lo extrañan, del dolor que significó su partida.
Sin dudas que si eso fuera posible, eso sería lo primero que haría. Observando la tumba, la lápida de mármol, las flores marchitas, suspira resignado, es conciente que no va a tener jamás esa posibilidad.
Sabe de imposibles, de pérdidas y derrotas. De angustia y sinsabores. Pero principalmente sabe que no podrá mirarlo a los ojos y decirle lo que tanto desea, eso que tiene atorado en el alma y en la garganta desde el funeral, cuando el contador, entre lágrima y lágrima, le confesó otra tragedia.
Pateando las hojas secas, con las manos bien dentro de los bolsillos buscando calor, le da la espalda a la escena, para escaparse de ese lugar, desolado como el invierno. Sin embargo, en su mente, resuenan esas palabras que dichas al viento, carecen de valor:
- Juancito, hijo de puta, te patinaste en caballos todos los ahorros de la empresa.
Y con bronca, se aleja paso a paso, imaginando ahora sus manos en el cuello de Juancito, apretando fuerte, para matarlo por segunda vez.

viernes, 14 de junio de 2013

Nunca las dos

- ¿Y si dejo caer una piedra? - preguntó con solemnidad Gonzalito.
- Supongo que se hundirá - respondió Alejandro, mientras trepaba a la baranda del puente.
- ¿La tiro?
- Hacé lo que quieras.
Gonzalito bajó, tomó carrera y al llegar a la baranda lanzó la piedra. La vio volar por el aire, cruzándose delante del sol, del cielo celeste, para luego caer con los árboles de fondo de manera majestuosa, sin posibilidad alguna de detenerse, hasta llegar al río que avanzaba cansino, varios metros más abajo.
- Se hundió.
- Y si... - a su hermano las certezas gonzalianas le caían de mala manera.
- La quiero ir a buscar.
Alejandro lo miró, fastidiado.
- Gonzalo, es una cosa o la otra. Nunca las dos. Andá aprendiéndolo.
Y Gonzalito, con sus cinco años a cuesta, volvió llorando a su casa, sabiendo que mamá o papá lo consolaría. Y siempre sería así, estaba seguro: siempre.