En la plaza hay mañanas soleadas y otras no tanto. Palomas amigables y otras que escapan al sonido del hombre.
Los canteros vomitan flores blancas y en cada árbol, muere un amor o esperanza.
Los bancos desiertos y el césped aún mártir por el rocío nocturno.
La soledad pasea su traje de gala, sin aceptar críticas ni consejos. Y en el trajín de la aceptable realidad, el placero descubre a cada paso un nuevo daño perpetrado por malvivientes de la noche.
Se resigna, como cada mañana.
Y no le asombra entonces, en el viejo roble vecino a la fuente de agua encontrar a esa joven ahorcada. Y sigue barriendo las hojas, antes que el viento se las espante.
lunes, 6 de abril de 2009
Tristeza de plaza
sábado, 4 de abril de 2009
Catálogo (demasiado incompleto) de mitos locales I

Mi ciudad no es una ciudad cualquiera, habitan en ella personajes de toda laya y algunos mitos que deberé repintar y simular debidamente para engañar, dentro de lo posible, a los malos hados e infaustas maldiciones que caen sobre quienes develan algunos de sus secretos mejores guardados.
Sin más pasaré a enumerar los que me anime...
Casas embrujadas
Hay varias casas embrujadas en Villa donde ocurrieron, años ha, los más variados horrores: asesinatos que no aparecen en las crónicas, ladrillos que flotan en el aire, ruidos de cadenas por las noches, aparecidos a transeúntes incautos... Eran famosas una esquina frente a la fábrica Cilsa, una en calle Dorrego, cerca de la Escuela Belgrano y varias más. Pero no hay fantasma de Canterville que resista al progreso y hoy han sido demolidas o simplemente remodeladas con el mayor desenfado. Hasta que se cansen las monstruosidades ocultas.
La llorona
Basta acercarse a la barranca en barrio Stella Maris y preguntarle a quien se desee acerca de la llorona. Las descripciones de sus atuendos y su espeluznante comportamiento que tan minuciosamente harán sus habitantes generarán escalofríos a quien los escuche. Escalofríos que se repetirán invariablemente cada vez que el gaterío del vecino ande en amores...
Mujeres dañinas
Ya sabemos, por Dolina, que muchas mujeres acarrean desgracias a los desprevenidos. Villa no es la excepción. Quien más quien menos conoce alguna y colijo que algún que otro lector vernáculo ya estará enumerando para sí lo acumulado en su haber de experiencias recogidas, si cabe la expresión. Tengo para mí que hay comportamientos de hombres que desencadenan este nivel de perversión de las brujas villenses.
- Envías una carta a una mujer, otra la intercepta y te dice que puede escribir igual y que debes cuidarte. Te hace saber que tiene el poder de hacerte sufrir. Te retiras perplejo.
- El otro día me saludó ¡y me guiñó el ojo! una perversa mujer. Debo estar equivocándome en algo...
- Las mujeres más bellas siempre eligen a otro. Esto, que sucede en Villa, ha cundido como pandemia en todo el orbe.
- A un villense le gusta lo que hace en su trabajo. Una mujer perversa asegura que se está cagando la vida y lo divulga, de manera que tal vez por medio del chisme se transforme en lo cierto.
- Hay una morocha contundente en calle Salta que siempre elige hombres que la harán sufrir. Seguramente lo hace para que otros padezcan indeciblemente.
- Las peores son las que eligen tareas que aborrecen, con el único fin de amargarle la existencia a quienes se relacionan con ellas.
- Nadie sabe dónde habitan algunas señoritas guerreras que seducen a los giles sólo para ser recordadas por siempre.
Hombres dañinos
Sí, sí, no sólo las damas son capaces de atrocidades tales. Véase si no...
- Hay hombres brutales en Villa. De jóvenes son revolucionarios, contestatarios e iconoclastas. Algún trato con Mandinga, qué otra cosa, los convierte en funcionarios públicos que acceden a variados puestos según quien ostente el poder. Hay quienes intentan producir una vacuna para evitar la difusión de este mal. Llegan tarde.
- Se aparece un rojo demonio a tres jóvenes. Dice: hay que hacer como Fujimori y se va. Se acerca otra vez: ¡ja! ¿para qué sirve la democracia? y se va. Vuelve insinuando: uno de estedes es comunista y se va. Sabe, complacido, que uno de ellos protestará y que cualquier discusión siempre lo favorece a él.
- Se dice que en algún barrio habita un íncubo que se enamora de las prostitutas, con lo cual ha perdido su condición, por lo que no tuvo otra que dedicarse a trabajar como cualquier hijo de vecino.
- Existe un extraño ser que pronuncia mal adrede las palabras de modo que sus oyentes se perturban de tal manera que pierden la capacidad de pensar, hasta algunos lo aplauden.
Este insoportable catálogo recién comienza. Los villenses, lejos de ser demasiado especiales, nos encariñamos con los mitos sólo para no sentirnos tan desamparados en un universo hostil y demasiado vacío...
domingo, 29 de marzo de 2009
El camino al lado de la ruta
El camino largo y extenso, al costado de la ruta. Sus pies avanzando con prisa, para no perder el ritmo. El ruido solenme al pisar el suelo endurecido por el tiempo y cubierto por el azaroso trajinar del viento, verdadero dueño de las hojas y el polvo.
El lejano trino de los pájaros invadía el oído, pero con sano propósito de endulzar los sentidos. Algún grillo se sumaba, desde alguna maleza rala, escondido de la gente como temiendo el repudio.
Ya la noche había caído y las luces de los coches de frente iluminaban su andar. La vista siempre al piso, mirándose los zapatos ir y venir. De vez en cuando la brisa fresca estremecía sus hombros desnudos.
Su cuerpo recortaba la noche para cualquiera que la viera avanzar desde un vehículo al pasar. Su tranco sereno pero decidido la llevaba donde muchos ya sabían, la podían encontrar.
Cruzó el puentecido de chapa que la separaba de su garita habitual y allí estaba, en su infierno terrenal. Cartera roja en mano, minifalda negra corta, muy corta y arriba, apenas un corpiño y un chal. Se llevó el pelo hacia atrás, al tiempo que respiraba hondo y se decía "una noche más".
Sacó de la cartera sus cigarrillos y un encendedor. Buscó que la brisa no le apagara la llama y encendió su cigarro. Su mirada se fue hacia un costado, donde una sombra cobró forma. No pudo más que atinar a cubrir su rostro, pero ya era tarde. Sintió como el filo frío y lacerante de un cuchillo le penetraba la piel de su rostro y hasta tuvo el tiempo de darse cuenta que la misma hoja salía de su cuerpo y volvía a entrar varias veces, mientras dolores indescriptibles se iban amontonando en su interior.
Lo último que vió, de espaldas sobre el suelo, fue un grillo muy pequeño, observándola curioso, desde un rincón de la garita, bien oculto en las sombras, como escondiéndose de la gente, temiendo a ser herido.
jueves, 26 de marzo de 2009
Despertar sobresaltado
Bajo el confuso velo, aún ensoñado
comprendo lo fatal, que sí es posible.
El sol ya apuñala ceibos, paraísos nobles
y define sombras, despertar sobresaltado.
Agitan aún latentes los ecos del amor,
de la mutua búsqueda en la trémula piel
del momento mágico en que bebimos miel
y la duda taladra un momento el sopor.
¿Y si te fuiste y si pensaste y no estás..?
¿y si elegiste la fuga, ese gesto brutal?
¿Si preferiste llevarte el calor al final
antes de amanecer en mis brazos jamás?
El segundo mortal en que la duda perfora
un corazón dormido que despierta asustado
se convierte en estremecido frágil estado,
de no saber, tiemblo y más azuza y enamora.
Al final, cuando entiendo el sino fatal acaso,
decido comprobar de una vez lo sucedido
sólo para aliviar mi impulso encendido,
sentir tu suave calidez al rodearte con mi brazo.
martes, 24 de marzo de 2009
El robo
Burló a todos en la joyería. Escapó por el callejón del fondo y se perdió en la esquina. El dueño y la empleada quedaron atónitos.
Atinaron a llamar a la policía, pero ya era tarde.
Detallaron lo ocurrido a los uniformados una y otra vez, pero no les creyeron. Los de azul tomaron apuntes y se fueron. No recorrieron el callejón, no revisaron la caja fuerte ni interrogaron a nadie.
¿Es que no había existido ningún robo, o acaso si? La pregunta rondaba por la cabeza del dueño, iba y venía como una pelota de tenis con el ruido del pique incluido.
Repasaba los hechos. El hombre había entrado, sacado un arma, anunciado en voz alta que le entregaran las almas y tras ello, había huido. ¿Había existido un robo?
No, ya la idea de ser una locura de un demente se trepaba al reino de las certezas.
Sin embargo sentía que algo le habían llevado y aún no comprendía qué...
sábado, 21 de marzo de 2009
La noticia
Escuchaba la radio, como todas las mañanas. Algo de música y un poco de noticias ayudaban con las tareas matutinas. Pero noté algo raro y sin embargo no le presté atención. Pensé que era un chiste. Le decían a la gente que no olvidaran el paraguas cuando afuera el sol parecía rajar la tierra de lo fuerte que estaba. No le di importacia. Luego hablaron de la conferencia del presidente, que el tono había sido elevado, que lo que dijo... y yo estaba segura que el presidente hablaría recién esta noche. Le resté importancia.
Dieron el resultado de la selección, en un amistoso contra Nigeria y ahí solté el trapo de piso. Paren un poco, de eso no me puedo equivocar. Si mi marido me dijo que esta noche se iba a la casa de un amigo a ver el partido, como podía haber jugado anoche. Agarré la radio en el mismo momento que oí que decían mi nombre. Abrí grande los ojos y se me erizaron los brazos. Una mujer con mi nombre y mi apellido había atropellado el día anterior a un vecino y se había dado a la fuga.
Apagué la radio, me asusté. De los nervios no podía marcar el número de mi esposo. Prendí de nuevo la radio. Estaban dando la formación argentina para el partido de la noche. Empecé a temblar. Busqué un almanaque, consulté el día en el celular. Era la fecha que tenía que ser.
Dejé de hacer todo y me acosté. No podía pensar, no dejaba de temblar. A las dos horas me levanté, me cambié y salí de casa, temblorosa, susceptible a cada ruido. Busqué las llaves del auto. Iría al trabajo de mi marido y le contaría.
No vi a la anciana que vive en la casa de al lado. Cuando saqué el auto del garage, ya estaba ahí. Sentí como su cuerpo se rompía debajo del coche. Me desesperé y huí.
Tengo miedo, la locura me está rodeando de a poco y no se a quién culpar.
miércoles, 18 de marzo de 2009
Ondas de agua
martes, 17 de marzo de 2009
El don de Enrique
Desde pequeño su talento no le permitía pasar desapercibido. Enrique era dueño de un instinto natural para resolver problemas, incluso cuando no sabía ni leer ni escribir, sumar o restar. Aprendió incluso esas facultades más tempranamente que otros niños.
La bondad era su escudo, la inteligencia su espada. Un caballero de una corte imaginaria, en la que el bien podía trasladarse a los demás. ¿Era un ángel? ¿Un enviado? No, era Enrique. El hijo de Tomás y Sofía. El chico de la esquina.
Pero Enrique sufría un problema. Olvidaba. Lo que llegaba a resolver, dejaba de estar en su memoria. Aquello en lo que ayudaba, se ausentaba para siempre de su cabeza.
Así era que al salvar el gato del vecino luego de ser atropellado éste por un camión, se repartía el barrio entre la alegría por el milagro y la tristeza por saber que ya jamás salvaría otro gato, porque no recordaría como hacerlo.
Y así creció Enrique, siempre dando, y a la vez perdiendo. Pero sin arrepentirse.
La noche en la que su madre yacía en el lecho, ya consumida por el cáncer, tan solo pudo pedirle perdón entre lágrimas, porque no podía hablar. Era tan cruel ser Enrique en ese momento, tanta impotencia se alojaba en su corazón que le parecía, explotaría en cualquier momento.
La veía morirse, no pudiendo ayudarla. No recordaba cómo. Ya había curado a alguien una vez de esa enfermedad y ahora su mente se nublaba al pensar en el asunto. Y verla allí era lo mismo que morir.
Se supo entonces inútil, dueño de un don y a la vez de una maldición. Esperó a que ella muriera y decidió no volver a sufrir. Fue egoísta y se mató.
Dicen que se arrojó desde una azotea. Jamás encontraron su cuerpo.
Quizás alguien con piedad en el cielo se dió cuenta del crimen y lo llevó de nuevo con los demás ángeles. Quizás se quiso ayudar y lo logró y ahora vaga en el anonimato.
O bien, su muerte fue otro olvido y su alma vive presa en la oscuridad de los que no saben donde están.
lunes, 16 de marzo de 2009
Sobre las revoluciones
Eres zorro, hijo, no se nos acusará por esto, no se te acusará por esto, o sí, quién lo sabe... Hipótesis, más hipótesis... Nada afirmas salvo la utilidad de mi sistema para calcular. ¿Sabes? Dios sí lo sabe, he dejado mi vida, mis últimos veinticinco años tratando de dar con una verdad mejor, con un secreto que ya no lo será y tengo para mí que no ha sido en vano. ¿Que quieres publicarlo? Hazlo, hijo, pero salva tu vida.
Tendrás un tiempo de gracia, el tiempo justo que necesitan para comprender mis conclusiones, sólo el tiempo exacto que impondrá el que entiendan que su bello templo con la arquitectura más exquisita se resquebraja. El tiempo en que vean que si hay un templo para adorar, es el universo entero. No entiendo todo, pero sí las simples verdades que me han ocultado estos años.
Mira, Andreas. He sido matemático, médico, clérigo, gobernador, militar, chambelán, he estudiado todas las tierras y todos los cielos, he conocido el pensamiento permitido y el prohibido y ya... ya en el lecho en que liberaré mi alma en un último suspiro te diré algo. Ya no tengo miedo.
No me persigue ni el obispo ni el señor del feudo y nadie viene a preguntarme qué locas teorías estoy tramando. Pero tú, teme.
Si quieres publicarlo, hazlo, pero teme por tu vida. Si no quieres hacerlo, no importa, quémalo. Igual Sansón ya resquebraja el templo y cae trepidante sobre él y sobre los señores y los sabios y sobre nosotros.
Igual hay un sol que brilla más que ellos y que misteriosamente da la vida.
Igual nos movemos como mariposas quizás a la luz de la llama, en círculos, borrachos de engreimiento...
Igual no somos centro de nada, no poseemos ni privilegios ni verdad, pero tampoco la poseen los encumbrados, amado Andreas.
Si lo publicas, se hablará del desquiciado Nicolás que echó a andar a un mundo que estático se miraba sólo a sí mismo en la delgada lámina de mercurio o de plata.
Si no lo publicas, nadie sabrá de Nicolás, no. Pero te aseguro, rebelde hijo, que surgirán otros de debajo de la tierra porque, quieras o no, hemos destruido el hormiguero.
Mi querido Andreas, guarda tu fe que no es la mía, o tal vez lo sea, pero guarda tu vida y, sobre todo, guarda y resguarda tus dudas, porque te hacen digno hijo de este mundo difícil.
Si la Tierra revoluciona en torno al Sol, es porque es lo propio de la Tierra. En estas últimas horas, en este último viaje, sólo me atrae el pensamiento de que somos viajeros, sorprendidos transeúntes de este mundo tan triste como maravilloso que se revela sólo en revoluciones.
Amado Andreas, abrázame, dejo ya este mundo, estoy viejo y deseo partir para ir de una vez por todas a evolucionar en torno al Sol. Si Dios tuvo un designio para mí, es escribir mi matemático sueño: revoluciones y más revoluciones...
[El 24 de mayo de 1453, muere en Frombork, Prusia, Nicolás Copérnico, el hombre que echó a rodar el mundo. Es posible que en su lecho de muerte haya leído el prólogo que Andreas Osiander escribió para su libro "De Revolutionibus Orbium Coelestium" en el que postuló que la Tierra gira en torno al Sol, publicado luego de su fallecimiento. Y ya nada fue igual...]
martes, 3 de marzo de 2009
Teología de barrio - Garroneo en las bodas de Caná
Alegría, claro, qué otra cosa significa una boda. Ya el hecho de que dos personas decidan comunicar a sus amigos, a su comunidad, que se quieren y que apuestan fuerte por ese amor, expresa una decisión importante y un mensaje: Miren, che, nos amamos, que se enteren todos. Los amigos, los no amigos, el mundo entero si es necesario. Y, como nos amamos, reclamamos a dios que bendiga lo nuestro, porque lo nuestro está acorde al designio en que creemos. Así lo aprendimos de nuestros padres y tan errados no estarían.
Se ve que la cosa era seria, porque el lugar estaba lleno de gente (no reparé en gastos, decía Hammond en Jurassic Park) y ahí estaban María de Nazaret, Jesús y los garroneros de siempre: Andrés, Juan, Simón, Felipe, Natanael y algunos más...
La fiesta era en grande y, como se hacía en la época, quién sabe si no duraba más de un día. La cuestión es que -como todos sabemos- empezó a faltar el vino. Más vale, sumando a los colados oficiales que traía Jesús, habría muchos más. Porque seguro que no se contrataban esos caros servicios de ahora que delimitan con precisión quién es el que debe alegrarse con la boda y quién no. Calculemos que habría sirvientes si eran de clase más o menos acomodada, pero cuando se te llena de colados, se te llena, y hay que ver qué hacemos ahora. Ya se sabe que cada colado lastra y chupa como dos invitados, es la ley de las fiestas.
Alguno se habrá preguntado: ¿los rajamos a todos o dejamos que compartan nuestra alegría? Al final parece que los dejaron, pero el vino se achicaba y el festejo no. Parece que María, como toda mujer, estaba atenta a detalles que a los hombres se le escapan, sobre todo si el tinto corría a mares. Habrá visto la desesperación del organizador o de alguno de los relucientes suegros, gestos de sirvientes, no sé. Lo cierto es que se avivó que el líquido elemento de la diversión escaseaba. Entonces tomó una postura que escandalizaría a muchas de sus venerantes de hoy en día, habrá pensado algo así como está buena la fiesta, que no decaiga y recurrió al hijo, que andaría entretenido en la milonga. No anduvo con vueltas: -No tienen vino.
Pocas cosas hay peores que a uno le corten la inspiración en una fiesta y lo manden a laburar: -¿y a nosotros qué?
María no aflojó, por algo es madre y mujer. Llamó a uno de los sirvientes principales y le dijo sin anestesia: -Hagan todo lo que él les diga.
Y Jesús, un poco desorientado por la gambeta de la vieja, otro poco porque sin vino se terminaba la fiesta y otro poco más para amortiguar los efectos del garroneo de sus colados, no tuvo más que mandarse el famoso milagrito. Cuestión tal que el novio se llevó los laureles, porque el encargado elogió el vino que había guardado para lo mejor.
Si todo esto tiene visos de verdad, el hijo de dios andaba compartiendo la fiesta cuando se daba, colaborando para que no decaiga, dando una mano para que la celebración de la vida -en esos momentos especiales, donde el centro es la alegría- sea más plena. María, atenta, gestionando que en el banquete hasta los colados la pasen bien y que a nadie le falte motivo para celebrar.
Me gusta mucho ese cacho de una biblia que no habla de fastuosidades, dogmas, moral, ni pacatería estúpida.
Si todo esto tiene visos de verdad, el hijo de dios se debe desconcertar más con el boato, el almidón, los copones de oro, los pastores de toda religión que se benefician ya sabemos cómo, que con el pedido de la madre.
Debe haber sido mucho más sencillo para el hijo de dios convertir el agua en vino para la fiesta de los invitados y los colados que conseguir hoy que haya colados que garroneen en la fiesta de los poderosos.
martes, 24 de febrero de 2009
Ahi vamos...
Las manos sudorosas y tensas. Las leyes de la física serán quebradas por primera vez.
No hay marcha atrás.
El experimento dará nuevas expectativas, nuevas opciones de análisis y observación. La gravedad será vencida; su coeficiente sera abolido.
La formación principal ya se encuentra en el punto de partida.
- Presión, correcta!
- Pulso sanguíneo, correcto!
- Temperatura ambiente, 20 grados centígrados!
El silencio se apodera del paraje. Las miradas se cruzan y estudian entre sí. Una oportunidad única para la humanidad. Un momento inigualable en la historia.
Todo listo. Los corredores se ubican en sus lugares y comienza la cuenta regresiva.
uno....
dos...
tres...
Cuando eramos niños y en cualquier carrera de triciclos, las leyes de la física podían ser vencidas.
lunes, 23 de febrero de 2009
Saciar la sed
Me desperté sediento, con la garganta asqueada de tanta sequedad. No era una necesidad, más bien una urgencia. El dolor me desamparaba de la realidad, enajenaba los sentidos y confrontaba mi equilibrio con la demencia.
Oh si, tenía sed, mucha sed. Caminé arañando las paredes a mi paso, fui tirando todo lo que se interponía en mi camino hacia el baño. Derribé la puerta de un solo golpe, tal mi prisa. Me arrojé sobre el inodoro y sucumbí ante el deseo de saciar el vacío, sin detenerme en la racionalidad, ni pensar en la locura.
Hundí mi boca y tragué el agua, fueron bocanadas salvajes, de persona insana. Tragué y tragué, hasta que comprendí que me estaba ahogando. Saqué la cabeza del agua, y caí de espaldas al suelo, jadeando, transpirando, con la garganta aullando del dolor.
El agua no había apagado la sed, al contrario, había encendido una hornalla y ahora el ardor se elevaba hasta partirme la cabeza de dolor.
Me revolqué de un lado a otro, sin siquiera poder llorar, tan solo rogando que todo el sufrimiento se fuera. Cuando pude valerme de los brazos, me así del lavatorio y me incorporé. Las piernas me temblaban, como si estuviera moribundo.
Huí del baño, huí de la casa y la noche me encontró corriendo por la calle. No podía gritar, no podía pedir auxilio, solo correr y correr, con los pies en llagas, la garganta muriendo y el pánico haciendo estragos en mi mente.
Hasta que di con la respuesta. Con la verdad que me atormentaba, quizás desde mucho tiempo atrás. La encontré en una joven mujer que esperaba un taxi en la esquina poco iluminada de la plaza principal. La encontré en su piel suave y sensual, tan blanca y llena de vida como su juventud, en ese cuello tan sereno y calmo de cuya sangre me alimenté hasta saber en lo más profundo de mi alma, que un ser humano había dejado, yo de ser.
sábado, 21 de febrero de 2009
Qué hacer en Villa si cae un ángel
Frío, mucho frío en Villa.
Qué otra cosa que hacer que tomar mate en lo de Fernando. Te paso a buscar, bueno, dale, avisale a tal o a cual, mi vieja me deja, bueno otra vez, no vengan tarde. Mateamos un rato, guitarreamos, nos reímos, qué más. Calle 14 de Febrero es cruzar la travesía puntana, ni un alma. Luces a lo lejos y se hace de noche y el frío pasmoso de una helada memorable. En el calor de lo de Fernando ya corren los amargos, los chistes, tal vez un truco de punta y hacha.
Pero llegó Oscar, que nunca pasa de largo: -Che, cagamos, encontré un viejo ahí en la plaza, está cagado de frío, se va a morir, ¿qué mierda hacemos?
Qué mierda hacemos, buena pregunta... En primer lugar, se pudrió todo... Que por qué cargarse en la conciencia al viejo, que ya lo van a ayudar, que nuestros padres nos matan si llevamos al viejo a casa, que alguien tiene que hacer algo, que qué hacemos, qué mierda hacemos.
Bueno, vamos, realmente apenado por mí y un poco por el viejito, algo hay que hacer. Con el jeep de Raúl, al bar de Riberas, que tome algo caliente mientras pensamos.
Se llamaba Ángel, cómo olvidarlo, y contó su historia, que no debo reproducir. Sólo indicar que esperaba que algún pariente lo recibiese en su casa, cosa que no sucedió. Canas, rostro cansado, un poco bebido. Bajito o demasiado encorvado. Quién sabe si tenía ochenta o apenas sesenta con el tren de los años y lo sufrido pasándole por encima una y otra vez. Un poco de barba y unos ojos claros que agradecen sin decir otra palabra que retazos de una dolorosa historia entrecortada por sollozos.
Las caras en el bar indicaban sin margen de error que nuestro tiempo allí se agotaba, con la paciencia de los parroquianos.
Enseguida la brillante idea: en la iglesia lo van a amparar (si encima se llama Ángel...). Pero toda brillante idea en Villa sufre avatares de esa clase de magia de la frustración perenne...
Inexpugnable. Las altas fachadas, las lejanas puertas, los inexistentes accesos de la parroquia del centro frustraban todo asedio, por más que acometimos con los puños crispados la puerta lateral de chapa que da al patio del cura, que quizás estaba agradeciendo al Señor su predilección por los pobres de espíritu.
- Listo, acá no hay nada que hacer, vamos a Fátima.
Iglesia de barrio, más accesible, menos celestial.
¡Vamos todavía, sale alguien! Cariacontecido, el cura abría y cerraba los ojos como bostezos enormes. Algo así como no, muchachos, te imaginás que vos los albergás y después, como en todos lados, se te llena de borrachines y no los sacás más... (y eso que se llama Ángel), -mientras la puerta se iba entornando- y bueno, vean qué hacen, pero acá, no; no puedo y... (un bla, bla, apagándose...)
Mucho frío en Villa, demasiado para un ángel que no encuentra lugar en la casa de Dios.
- Se van a la mierda, yo tengo unos mangos, juntemos algo más, llevémoslo a un hotel o un residencial, para que pase la noche, mañana veremos...
Tras oscuras mirillas, seguro, decidían presentar cerrado a los tres pibes con el viejito a cuestas. Todo ya duerme o quiere dormir (y eso que traemos a un Ángel). Ni dios ni césar para el ángel caído en nuestras manos...
Entonces, Raúl, que era el más lúcido, propuso llevarlo a alguna construcción que lo ampare y hacer una junta de frazadas de nuestras camas, abrigarlo para pasar la noche y que sea lo que Dios quiera para el angelito llorón. Lamentamos luego que no se nos haya ocurrido el hospital, aunque sea la sala de espera...
Un rápido asalto a nuestras casas, una respuesta al estilo de me llevo dos o tres frazadas para un viejito muerto de frío a la pregunta de los padres y basta de explicaciones que podían arruinar el modesto saqueo familiar (aunque lleváramos a un Ángel). Mientras, el viejito cabeceaba por efecto del cansancio, del frío, del alcohol y del traqueteo que llevaba.
Ahí, donde está la agencia de autos de 14 de Febrero y Brown, se alzaban las paredes que anunciaban la construcción que iba a ser, materiales, todo sin revocar y un pequeño sector, baño tal vez, con techo.
Un lugar horrible, oscuro, solitario, y frío, muy frío como un templo vacío. Acomodamos el manterío como pudimos y al ángel arrebujado en él. Quién lagrimeaba más no importa; quién sabe si el angelito no se sintió bien allí, si casi no pudo pronunciar nada al dormirse.
Nos fuimos, levantando los puños al cielo, mordiéndonos los labios (y eso que arropamos a un Ángel), escupiendo el encono fútil de la impotencia de quien no ha logrado aburguesarse aún.
Los ángeles son así, dicen. Se comportan como quieren, hechos de luz divina. Éste era el más rastrero, de veras un ángel caído, un ángel pisoteado, oprobio de los encumbrados.
Cuando el sol ya calentaba las paredes, alguno fue, fuimos, a ver al ángel temiendo hallar su cadáver, pero el ángel no estaba, ni una pluma.
El nudo en mi garganta se desató en llanto, mientras en dos templos de la ciudad, hombres de negro se vestían de blanco para oficiar, pulcros, una nueva ceremonia religiosa (como si nunca un ángel hubiese golpeado a sus puertas).
viernes, 20 de febrero de 2009
Instrucciones para vivir
Despertar con ganas; primordial.
Buscar una ventana y observar el cielo. Detenerse en los detalles del exterior, apreciar cada nube, pájaro, mariposa, gota de lluvia, cada estrella (si uno ha despertado de noche) como si fuera la última.
No salir a la calle sin antes haber reflexionado sobre la importancia de estar de pié, de ver, de escuchar, si es que podemos hacerlo, o bien, de agradecer a la fortuna por tener las facultades aún disponibles para el acto de pensar.
Si tenemos seres queridos, no abandonar la casa sin antes saludarlos. Si están durmiendo, aunque sea un beso en la frente. Es vital para recargar energías y saber por quienes respondemos.
Una vez fuera, desconfiar de lo que desconocido. Atarse a los valores alguna vez recibidos. Sopesar las acciones a tomar, medir las consecuencias de cada una.
Mantener las relaciones laborales, preservar el compañerismo, no hacer más méritos de los que nos corresponden. Ser honesto, respetuoso, cordial, amable. No ser arrastrado y no dejarse arrastrar.
Recordar la importancia de la amistad, en las buenas y en las malas, tenerla presente en cada momento del día.
Disfrutar del tiempo que tengamos libre. Hacerse de tiempo si el trabajo no lo permite. Estar con la familia, visitar a los familiares que se encuentren distantes, comunicarse con aquellos que hace rato no sabemos nada.
No guardarse nada, sentir con el alma. Abrazar, besar, querer. A la noche, disfrutar de la luna, del cielo estrellado y sus tonalidades. Sentir el aire en la cara, relajar el cuerpo del ajetreo del día, cerrar los ojos y soñar con las cosas siempre anheladas.
Antes de ir a la cama, la última parada. El baño. Meditarlo otra vez, como cada noche. Arremangarse la camisa, dejar libre la muñeca. Optar por tomar la hoja de afeitar o dejarla nuevamente en el botiquín.
Depende de lo decidido, sabremos como continuar.
martes, 17 de febrero de 2009
Cero, uno, cero
Todo estaba premeditado. Él sabia muy bien que todos los pasos anteriores se habían cumplido con rigurosa austeridad y presición. Nada podía fallar.
En el peor de los casos, y con un margen de error del 5 por ciento, el resultado igual sería el buscado.
No dudo ni titubeo cuando entró en la cabina. Ni siquiera intentó el ejercicio de la melancolía.
Pensó en su perro, pero inmediatamente recordó que su compañía era innecesaria; como tantas otras...
Revisó las ecuaciones, reformuló las paradojas, observó una vez más la hoja de ruta descifrada tras los números binarios que habían llegado en aquella extraña señal recibida tres años atrás.
Necesitaba un respiro. Necesitaba estar solo.
Cero y Uno, Cero y Uno, Uno y Cero....
La mañana se vislumbraba clara y limpia cuando su madre abrió las puertas del galpón de donde la cabina había despegado.
No dejó ninguna nota, ningún adiós; tan sólo un viejo ejemplar de "Crónicas Marcianas" en la edición de Losada.
Necesitaba estar solo.
lunes, 16 de febrero de 2009
Cabeza e turco

-Che, gordito, ¿vos no tenés corbata?
Fue lo primero que le escuché decir al Turco en la escuela cuando nos apiñabamos como mosquitas para empezar el primer grado. Una escuela era un mundo de mitos, de saber por otros, de nuevos olores y colores, de nuevas reglas. Escuela chica, de barrio, de una sola división hasta entonces. No supimos lo que era un preescolar o un jardín de infantes sino mucho después. Bueno, preescolar tenían las escuelas importantes, como novedad.
Enseguida me llamó la atención el pibito. Alguna vez habíamos jugado juntos, pues mis padrinos alquilaban una casa de su padre. Éste era un tipo rudo, hijo de siriolibaneses -turcos para todo el mundo acá- con costumbres un poco rurales, bastante cerrados, machistas a más no poder. Carnicero, porque todavía no le daba para tienda, que era su meta. Perros rabones a cuchilla y criados malos para la vigilancia.
Pero en las ocasiones públicas los turcos se presentaban impecables. Orondo con su corbata, atacó al Sergio -que era su vecino, pero casi ni se registraban-. -Che, gordito, ¿vos no tenés corbata?- El Sergio, hijo de italiano, estaba primoroso, pero el acontecimiento no era tan religioso como para los turcos, que estrenaban corbata en cada evento público.
Desde el comienzo del año, el Turco se revelaba duro para los aprendizajes y la señorita, que era una madraza, daba lo posibe y un poco más, pero no había caso. El Turco era duro de pelar...
Cabeza de Turco con querosén si había piojos, sanguchitos de un preparado de leche a medio fermentar para el recreo, pelopincho violento hasta el rape, hasta el pelopincho violento y así... Algún comportamiento brusco del Turco, que trataba a las pibas como muñecas para desarmar, a los lápices como martillos y a los compañeros como diana de tiro al blanco, le granjeó cierta hostilidad del grupo. Entonces no faltaron la caza del Turco y los limonazos -cuando no cascotes- a la cabeza más o menos certeros con proyectiles cedidos sin saberlo por los vecinos.
Yo, que me creía su amigo, no lo atacaba, pero disfrutaba cobardemente a distancia prudencial del espectáculo. Caí en ello un día en que tuvimos un maestro como reemplazante, que nos sentó a cada uno en su banco y me dio una de las lecciones más grandes de mi vida: es tan canalla el que golpea como el que goza con las manos en el bolsillo y carita inocente.
Desde ese día de tercero, me propuse valorarlo. Crecía en generosidad, aunque las chicas no se le arrimaran; día a día era más creíble, más sereno, más cordial.
Cuando terminamos la escuela nos distanciamos, yo a la técnica, él a la normal. A veces nos veíamos en el baile del Sacachispas. Claro, la férrea disciplina familiar se tornó en libertad casi total: el Turco podía fumar, tomar y, si se le daba, encamarse, sin objeciones de sus padres: había superado el rito iniciático de la adultez a los trece años. Aunque, para ser francos, el rito estaba un poco anacrónico. Había aprendido, por ejemplo, que para sacar a bailar una chica se decía: señorita, ¿me concede esta pieza? El ridículo se encargó de enseñarle al poco tiempo que el mundo fuera de su casa era más complejo que un azote del viejo y poco a poco dejó de buscar novia casamentera a los dieciseis.
Con el Turco salíamos a serenatear, cuando todavía se usaba para las fiestas, con él disfruté de la locura adolescente de sacarnos fotos en los boliches -hoy, lo más natural-, de piropear en patota alguna menina interesante sólo para que tome conciencia de su belleza y marcharnos satisfechos sin otra intención que robarle una sonrisa sonrojada; de sacarnos fotos beatles en cualquier lado, incluso a la vista de azorados milicos que veían cómo el país se le escapaba de las manos...
¿Por qué me pongo a escribir esto?
Quizás porque veo poco al Turco, que es un tipo laburador, sano, derecho como se lo mire.
Quizás porque en el mundo complejo de las palabras difíciles, la ciencia, las maravillas tecnológicas, el Turco siga siendo ese tipo simple, de mirada limpia, de sana picardía que descubrió que si el mundo era demasiado complejo, él no se acomplejaría y haría fácil lo dificil.
Quizás porque me resuena la voz tronante del maestro justiciero y asocio al Turco con esa lección.
Quizás porque la pelopínchica cabeza guarde algún golpe mío y me asalta el temor de que si lo atacan los piojos -ya que el querosén no va más- lo vuelvan a rapar y quede al desnudo alguna herida que lleve mi nombre.
Entonces, quizás sea porque le estoy debiendo otro abrazo.
sábado, 14 de febrero de 2009
El pasajero indeseado
El sol repuntaba entre las nubes en pleno febrero del año 1348. Un grumete portugués fue el primero en ver el destello de luz caer al mar, a unos diez nudos al oeste.
Pesadamente, por la carga que transportaba, enfilaron las velas hacia aquel sitio.
Una extraña figura, de forma elíptica, de unos veinticinco pies de largo, flotaba a la deriva. La recubría un armazón de algún material raro, liso al tacto. Encima, una cápsula transparente dejaba a la vista un ser extraño en el interior.
La tripulación subió el objeto. La envergadura de la embarcación lo permitía. Una vez sobre la popa, rompieron el material transparente. Sacaron los restos de un cuerpo quemado y lo arrojaron al mar.
Esa noche vigilaron la popa cinco marineros. Cuando amaneció, estaban los cinco enfermos. Mientras transcurría el día la piel se les iba tornando oscura. Para la noche, el médico de a bordo sabía que las extremidades se estaban gangrenando.
Arrojaron la extraña nave al agua, donde la vieron sumergirse. Se dirigieron sin escalas al puerto de Palma de Mallorca. Para cuando llegaron, la mitad de las personas que viajaban en la carraca estaban infectadas.
La peste negra había desembarcado en España.
jueves, 12 de febrero de 2009
La habitación
Encorvado sobre una vieja Olivetti, machacaba las teclas al ritmo de las ideas, iluso de ser dueñas de ellas. Un poco de música clásica ambientaba la habitación, cuyos amplios ventanales daban a un mar distante, ajeno al mundo de las letras. De todas formas, el polvo se acumulaba sobre los vidrios, haciendo confusa la vista externa e impidiendo el paso del sol. El recinto era entonces, un juego de sombras que iban y venían, como bailando a lo largo del día al compás del sonido de la máquina de escribir y la música de Mozart, Chopin y Bach.
Cuando caía la noche, la solitaria figura de veloces dedos parecía una sombra chinesca en un teatro vacío. Se detenía solo para comer y beber abundante vodka. Se lavaba con rapidez la cara y volvía a su silla de mimbre, con el ímpetu renovado y las articulaciones prestas a devorar las teclas. Y la armonía de sonidos danzaban nuevamente en la habitación. Se acostaba tarde, un par de horas antes que saliera el sol.
El personal del hotel había ingresado ya dos veces con la llave maestra, temiendo por la salud del hombre que se hospedaba en la habitación quince. Si bien apreciaban el continuo machacar de teclas, no era normal que una persona no saliera ni por casualidad al pasillo y mucho menos, se lo viera al aire libre. Fabulosas historias comenzaban a tejerse en torno del extraño inquilino, en apariencia escritor.
Algunos aventuraban que era alguien famoso, escapando de los paparazzi; otros que era un prófugo de la justicia que fingía; hasta alguien llegó a decir que en realidad no había nadie y el ruido provenía de un fantasma. Si alguien le preguntara al personal del hotel que entró por primera vez a ver si el inquilino estaba bien, este le respondería que estaba corroborando en realidad una apuesta.
Sim embargo, a pesar de saber que allí había alguien escribiendo sin parar, más de dieciocho horas al día, la preocupación iba en aumento. No por miedo a que desapareciera sin decir adiós o se esfumara dentro del escrito, sino por el simple hecho de que muriera de inanición, de locura, de lo que sea. En realidad, la gente del hotel temía salir en las noticias.
Dos semanas se habían cumplido desde que el solitario huésped había entrado a la habitación. Dos semanas sin salir de allí. Dos semanas escribiendo durante todo el día y parte de la noche. Y ese día, justo el mediodía, la máquina de escribir se detuvo.
Las mucamas hicieron correr el rumor en menos que canta un gallo. El conserje no daba crédito a lo que los cadetes le contaban. De inmediato puso en aviso al administrador y sin perder tiempo, llamó a los dos conserjes que estaban fuera de turno, descansando en sus hogares.
Habían transcurrido tres horas desde que las teclas cesaron su cantar y la puerta de la habitación quince seguía sin abrir. Peor aún, una de las mucamas había intentado acercar su oído a la puerta y aseguraba que allí dentro no se oía volar ni una mosca.
Pasó otra hora, y otra, y una más. El administrador comenzó a temer lo que menos quería que sucediera, que el hombre estuviera muerto.
Tras vacilar varias veces y discutir lo que hacer otras cuantas, llamaron a la policía. Pusieron en conocimiento de lo que sucedía desde hacía varios días a los agentes que acudieron y los acompañaron hasta la puerta de la habitación quince. Entre el personal del hotel, los policías y los curiosos de otros cuartos, el pasillo se veía colmado, dando la sensación de una feria callejera. Pero en lugar de escucharse regateos de precios, pululaban los cuchicheos, el murmullo de excitación y preocupación a la vez.
Uno de los agentes pidió calma y espacio, principalmente ésto último. Introdujo la llave maestra y empujó la puerta. Se abrió muy despacio, casi caprichosamente lenta. Del interior no llegaban sonidos de teclas ni de notas musicales.
El policía avanzó hasta la mesa, donde el hombre, aún sentado en la silla de mimbre, yacía sobre la máquina de escribir, con la cabeza sobre la hoja aún sin retirar del carretel. Lo voltearon con cuidado junto a otro agente. El rostro estaba demacrado, pero lo más impresionante eran los ojos. Rojos, casi en carne viva, con todos los capilares dañados por el cansancio y el esfuerzo. Estaban aún abiertos, como contemplando esa hoja pálida que tenían enfrente, casi una lápida, con una sola palara escrita: FIN.
Una hora más tarde retiraron el cuerpo. No había documentación que acreditara identidad ni anotaciones en las cuales encontrar datos sobre familiares o conocidos. El misterioso escritor debería conformarse con ser un NN más.
La policía incautó también las hojas del escrito, en total unas setecientas páginas mecanografiadas de un solo lado, todas en la misma máquina de escribir Olivetti que había servido de almohada fúnebre para el último descanso del siolitario huésped.
Miraron las primeras páginas y encontraron el texto ininteligible, incoherente, una sucesión de letras sin sentido. Versos de nada, de incomprensión y locura. Se apiadaron de la mente del escritor, de la insanía de sus últimos días. Llenos de estupor, arrojaron las setecientas hojas a una bolsa de residuos, como quien se espanta una cucaracha de la pierna, con asco y prisa.
Cerraron el caso sin darle nombre al hombre ni razón a su muerte. Un camión recogió la basura y se llevó consigo el escrito al basural más cercano, para morir en el duelo de las llamas.
Un angel siguió con la vista el enorme camión, hasta perderlo al doblar la esquina. En su intento de contar el secreto mejor guardado, sobre el sentido de la vida, había decidido que un sacrifico valía la pena, dictando día y noche sin parar al oído de un hombre al que nadie iba a olvidar. Sin embargo, ni siquiera a Dios pudo engañar. Enterado éste, aguardó a que el angel finalizara de dictar y el hombre de escribir; un soplo sutil, casi imperceptible, movió las letras para siempre y no necesitó hacer nada más, pues el hombre cayó inconsciente, para ya no despertar.
- ¿Conforme? - le preguntó más tarde al angel.
Y viendo que el silencio era signo de resignación y tristeza, le recordó algo que no debía olvidar:
- Aquí, soy el único escritor. Los demás, son puro cuento.
viernes, 6 de febrero de 2009
Negación
Mariana subió las escaleras sin encender las luces. Conocía a la perfección la distancia de cada peldaño, la altura que debía levantar sus pies.
Sabía incluso la ubicación del descanso, donde la escalera giraba hacia la derecha y la dejaba en el comienzo del frío pasillo.
El andar era mecánico y no necesitaba abrir los ojos, que en esos momentos, era una bendición. La oscuridad, por así decirlo, se transformaba en un santuario.
Sus mejillas húmedas de tanto llorar y el cuerpo completo se estremecieron al llegar a la habitación. No tenía el valor para abrir la puerta. La muerte de Iván había sido demasiado.
Ya no se escuchaba su cálida voz, sus pasos por la mañana, su andar interminable. La puerta se le antojaba un puñal. Pero la abrió igual.
El olor era nauseabundo, pero ella lo ignoró una vez más y se acostó al lado de su difunto marido, tomándole la mano con ternura.
miércoles, 4 de febrero de 2009
La decisión
El huevo rodó por la mesada de granito hasta el borde mismo. Luego quedó a merced de la gravedad. Cayó sin prisa. No iba muy lejos.
Se estrelló contra el piso, quebrando la fragilidad de su cáscara, desparramando clara y yema por doquier.
Tras el crash doloroso, el silencio póstumo de una cocina vacía. Ni siquiera la presencia de la desatenta ama de casa para limpiar los rastros del crimen.
El suicidio se había perpetrado. Y nadie había podido impedirlo.


