domingo, 23 de marzo de 2014

El hombre de la azotea

Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, con malvada rutina de hombre haragán esperando siempre el mañana que nunca llega.
En la azotea descansa Ismael, los pies sobre la poltrona como tanto le disgustaba a su madre. Tiene el diario desplegado ante sus ojos, con la página abierta en el horóscopo, aunque no lee. De vez en cuando atraviesa el silencio de la habitación con una mirada fugaz hacia la ventana, solo para cerciorarse que el agua sigue cayendo.
Deja el volumen de hojas a un lado, observa el techo de aquel sucio y sombrío lugar, cuenta las telarañas y a la octava vuelve al periódico. Sus manos buscan directamente la sección de policiales. Vuelve a leer el título que ha leído hace media hora. Letras enormes de molde que equivalen a una condena. Su foto en un rincón. Su nombre en el epígrafe.
La lluvia lo encarcela de la misma manera que su pasado. Oye las pisadas de alguien subiendo las escaleras. Luego, el sonido de un plato contra el suelo. Finalmente, los pasos alejándose. Es así como sucede, cada vez. Ella ni siquiera quiere verlo. Lo protege, lo esconde, pero lo rechaza.
Así será de aquí en más, hasta que el destino lo determine. Su madre, como la lluvia, tiene infinita paciencia. Pero un día, tarde o temprano, escampará, como siempre ha sucedido.

domingo, 9 de marzo de 2014

Un disparo

El hombre frente a él se llevó la pistola a la cabeza. Luego apretó el gatillo. En el espejo solo quedaron gotas de sangre.

domingo, 2 de marzo de 2014

Situación en la aseguradora

La sala de espera estaba llena, pero por suerte el siguiente número era el suyo. Al escucharlo, se puso de pie y avanzó hacia el mostrador principal. Una joven tomó el papelito que le extendió y le señaló una puerta al fondo del pasillo a la derecha.
Allí lo recibió una mujer algo mayor que la recepcionista. Tras el saludo de rigor, lo invitó a tomar asiento.
- Bien señor Gallardi, dígame, en qué puedo ayudarlo ¿Qué es lo que viene a asegurar?
- Mi herramienta de trabajo - dijo Gallardi señalando hacia abajo, en dirección a sus piernas.
- ¡Es futbolista! ¡Pero que bien! A mi marido le encanta el fútbol. Yo no entiendo nada. ¿Y dígame, por curiosidad, en que equipo juega? Dígame Boca, dígame Boca, que mi marido se muere...
- No señora, le señalo... esto.
- ¿Qué cosa? - preguntó con curiosidad la vendedora, poniéndose de pie y mirando por encima del escritorio - ¡Oh! ¿Se refiere a la... digo, al...?
- Si, quiero asegurar mi miembro viril.
- Disculpe que me quede sin palabras, es la primera vez que veo algo así. Perdón, quiero decir, que me piden algo así. Usted me entiende. ¿Y para qué lo necesita asegurado? ¿En qué trabaja?
- Soy actor porno.
- Es... - la mujer sopesó la situación, respirando hondo - Bien, realmente esto no me había pasado nunca - dijo, dejando escapar unas risitas - Déjeme ver, que busco entre los papeles, a ver que encuentro sobre esto. Supongo que querrá un seguro por accidentes.
- Si, accidentes laborales.
- Claro... si. No me imagino. Si, bueno, me imagino. Pero, es decir, accidentes accidentes. Un golpe, algo que se cae encima.
- Si, lo que sea. Que me lo doblen sin querer, o que lo muerdan. Me gustaría que se contemplen todas las posibilidades.
- Claro, mordidas. No lo pensé. Bien, si, déjeme que vea... - la mujer sintió que transpiraba, la situación la incomodaba - Porque tengo que ver si....
- ¿Necesita revisarlo?
- ¿Revisarlo? Los papeles, si. Revisar los papeles.
- ¿Y al miembro? ¿No debe ver en que condiciones está?
- ¿Verlo? Oh, si. Claro. Pero tenemos peritos para eso. Es decir, yo puedo si quiere, pero lo tienen que peritar expertos. No es que no sea experta... no, perdón, no quise decir eso. O si. No, espere. A ver. Aguarde que aclaro un poco las ideas - volvió a lanzar varias risitas una tras otra - Los peritos son expertos en temas en general, no quiero decir que sean expertos en...en... bueno, usted ya sabe.
- Está bien, no tengo problema sobre quién me lo mira. Pero quisiera también que se contemple in itinere, por si tengo un accidente camino al trabajo.
- ¿Camino al trabajo, usted ya...?
- Un accidente de tránsito o algo desafortunado.
- Entiendo, entiendo. Bueno, el perito de todas formas tiene que determinar el valor.
- Estoy cotizado como el mejor actor porno del país.
- De todas maneras necesitamos el informe de esta persona.
- ¿Necesita que le traiga películas?
- ¿Películas porno? ¡Me matan acá!
- Tenga en cuenta el granizo.
- El... ¿granizo?
- Filmamos a veces en exteriores, no importa el clima.
- Granizo entonces. ¿Algo más que tenga presente?
- Si. Seguro contra terceros.
- Contra... ¿usted dice para el caso de lastimar a alguien?
- Nunca se sabe. Mire el tamaño, puede resultar peligroso - dijo Gallardi, bajándose los pantalones.
- ¡Súbase eso, de inmediato! - ordenó la vendedora, que trataba de mirar hacia un lado con el ojo derecho, en tanto el izquierdo se mantenía en su sito, observando todo con detenimiento.
La mujer se puso de pie y le pidió que aguardara. Luego salió de la oficina para volver minutos después con el gerente de la casa aseguradora.
- Estimado, Palacios mi apellido. Me han dicho que usted es Gallardi, el famoso actor porno.
- Yo no le he dicho que es famoso, señor Palacios - interrumpió la vendedora.
- Mónica, por favor, ¿me va a decir que nunca ha visto una de Gallardi? Mi preferida Gallardi es "El doctor te la pone sin anestesia". ¡Qué película Gallardi! ¿Nada de efectos, no? ¿Es todo... real?
- Por supuesto. Por eso quiero asegurarla. ¿Necesita ver?
- Debo admitir que me gustaría Gallardi, pero para eso tenemos peritos. En realidad, venía a pedirle un autógrafo.
- Pero señor Palacios, lo llamé para que me ayudara con la situación.
- ¿Qué situación, Mónica? Hágale el seguro y no le haga perder más tiempo.
- Pero... ¿qué le aseguro?
Palacios, ofuscado, la buscó dentro del pantalón del actor y la sacó con violencia.
- ¡Esto asegure Mónica! ¡Y no rompa más las pelotas!
- Esas también me gustaría asegurar - acotó Gallardi  - ¿O vienen incluidas?
- ¿Vienen? - preguntó Mónica buscando ayuda en Palacios.
- Si no vienen, nosotros las incluimos, como gentileza de la casa, Gallardi - respondió Palacios.
El actor agradeció con un movimiento de cabeza y luego, con mucha profesionalidad miró al gerente y le dijo: Sin ánimo de ofender, ya puede soltar.

domingo, 23 de febrero de 2014

Gato encerrado

- Hay algo que no me cierra - retrucó el comisario, inspeccionando de cerca el cuerpo.
- ¿Qué cosa, jefe? - preguntó mostrándose interesado el cabo Jiménez.
- Ese agujero, el de la frente.
- Es el de la bala, jefe.
- ¿Pero para qué la bala? Cayó de un quinto piso ¡Y además, con una soga al cuello! No puede ser de una bala, ahí debe haber gato encerrado.
- El forense dijo...
- ¡El forense no sabe una mierda! Hace treinta años que soy policía, Jiménez. Me va a decir que no puedo reconocer un agujero.
- No jefe, no dije eso. Solo remarcaba lo que informó el forense.
- ¿Y para usted, qué es ese agujero? Olvídese de lo que dijo el forense.
El cabo se acercó y lo inspeccionó de cerca. Podía verse la sangre secándose en los bordes. La profundidad no podía apreciarse.
- Ahora me hace dudar, jefe. No sé.
- Hay gato encerrado, no le dije.
- Hay gato encerrado, si, usted tiene razón.
- Bien, me quedo más tranquilo. Bueno Jiménez, lléveme de regreso a la comisaría que es hora del almuerzo.
- En realidad tendría que quedarme con el cuerpo, hasta que llegue el fiscal.
- ¿Usted cree que el cuerpo se va a levantar y salir corriendo?
- No, claro que no.
- Entonces supongo que el fiscal lo va a encontrar ahí mismo, donde ahora está.
- Si... supongo.
- Supone bien. Ahora, lléveme que tengo hambre.
- ¿Dejamos asentado en la planilla que nos retiramos?
- Si y también anote lo del agujero.
- ¿Qué pongo?
- ¿Cómo qué pone, Jiménez? ¡Qué hay gato encerrado!
- ¿Y si esperamos a que le hagan la autopsia, para ver si la bala está alojada adentro?
- ¿Bala? ¿Insiste con eso, Jiménez? ¿Duda de mis treinta años de policía?
- ¡No, no dije eso, comisario!
- ¡Insolente! ¡Lo voy hacer meter en el calabozo ahora mismo! ¡Sargento, sargento!
El sargento llegó corriendo desde el otro lado de la calle. La comisaría quedaba en la vereda de enfrente de la escena del crimen.
- ¡Si mi comisario!
- Lleve al cabo Jiménez al calabozo, por desacato.
- Pero el calabozo está lleno, comisario. Pusimos ayer al sospechoso de violación, hasta que lo vengan a buscar de la fiscalía.
- ¡Sáquelo! ¿Cuál es el problema? Es importante que el cabo Jiménez aprenda la lección.
- Pero...
- ¿Pero qué, sargento? ¿Quiere hacerle compañía?
- No señor comisario, ahora mismo libero al sospechoso.
- Y ya que va para dentro, encargue medio pollo con fritas a la brasería. No me pida vino, mejor una gaseosa, que estoy en horario de trabajo.
- Si señor comisario, lo que usted diga.
- ¿Y yo señor, voy con el sargento?
- Si, y métase en el calabozo.
- ¿Y al muerto lo dejamos así, sin cubrirlo?
- ¿Piensa que va a tener frío, cabo? Piense mejor en su futuro, no en causas perdidas.
El cabo cruzó la calle y se metió en la comisaría.
Sacando panza, el comisario observó los alrededores. Algunos curiosos miraban la escena donde estaba el fallecido. Se sintió importante e hizo un ademán de reverencia, esperando quizá el aplauso. No recibió ni siquiera una mueca.
Restándole importancia, se acercó al cuerpo y lo tanteó con el pie, dándole golpecitos en la cadera.
- Bien muerto, el fiambre - dijo para sí mismo - Y ese agujero no me engaña. Nos quieren hacer creer que se suicidó, seguro. Treinta años tengo en esto, finadito. Mirá si me vas a engañar. A vos te tiraron. ¡Médicos forenses! Por favor. ¿Qué saben estos? ¿Qué estudios tienen? En fin. Me voy a comer. Con el hambre que tengo, tendría que haber pedido un pollo entero. ¡Sargento! ¡Sargento!
Solo y gritando, volvió a la comisaría, del otro lado de la calle.

martes, 11 de febrero de 2014

Transformaciones

El hombre que sube al tren en Rosario no es el mismo que baja, varias horas después, en Tucumán. Lleva la misma ropa, el mismo portafolio y hasta se peina igual. Pero a lo largo de ese viaje, ha cambiado, así se lo ha propuesto, dejando atrás el que era. Al descender mira todo con ojos nuevos. Sin embargo, nadie lo conoce. Nadie lo ha visto anteriormente. Sigue siendo uno más en el mundo y eso lo convierte otra vez, en la misma persona que antes.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Rebelión en el gallinero

La lluvia había dejado un barrial en el fondo de la casa. Para llegar al gallinero había que enterrarse hasta los tobillos. A medida que se acercaba, podía escuchar como la única gallina que le quedaba agitaba las plumas de manera inquieta.
- Cómo sabe la guacha - dijo en voz baja Matilde, evitando un charco de agua a su paso.
A un costado de la puerta de chapa oxidada del gallinero, sobresalían de una caja de madera dos orejas largas y blancas. Al pasar Matilde las orejas desaparecieron.
- No me tientes conejo, que cambio el menú - espetó mirando hacia donde estaba la caja.
  Una vez que se metió en el gallinero, empezaron a volar plumas por todas partes. Un minuto después, en total silencio, salió Matilde por la puerta llevando la gallina del cuello. Los ojos del animal parecían a punto de explotar. El conejo asomó el hocico y tanteó el aire. Entonces, dio el grito de alarma.
- ¡Ahora!
Matilde giró instantáneamente la cabeza hacia atrás, pero ya era tarde. Dos palomas saltaron con voracidad hacia sus ojos, en tanto un gato que bajó con la velocidad de un rayo de un árbol se aferró con las garras de la mano que sostenía a la gallina, dejando a ésta libre.
El conejo se acercó a los pies de la mujer, apenas protegidos por unas ojotas desteñidas y le mordió el dedo gordo de la extremidad derecha. Los gritos de Matilde trataron de hacerse escuchar aquel mediodía, pero el canto coordinado de decenas de pájaros, el croar de cinco ranas y el sonido de innumerables grillos, lo dejaron en un segundo plano, totalmente inaudible.
Cuando una hora después Gervasio, el marido de Matilde, volvió del taller la fue a buscar al patio. Le preocupaba no tener la comida en la mesa. Le resultó raro encontrar el gallinero abierto, la tierra removida y un pedazo de paño en el barro que bien podría haber sido parte de la ropa de su mujer. Resignado, se metió adentro, se preparó unas galletitas con jamón del diablo y luego se fue a dormir la siesta.
En el patio, los topos terminaron de asentar la improvisada tumba. Luego, también se fueron a dormir la siesta.

miércoles, 29 de enero de 2014

Crisis existencial

Qué tremendo ese instante en que nuestra mente se hace la pregunta que no esperábamos pero que de alguna manera, tanto temíamos. Ese momento en que nos asalta el interrogante breve pero certero, que nos desestabiliza como un terremoto, cuando nos formulamos el ¿Quién soy? ¿Qué se puede esperar de mí? Pero Adrián, en lugar de amilanarse, sacó pecho. Miró hacia un lado y otro, cruzó la calle y se metió en un cyber. Los existencialistas tienen dudas. Adrián sabía que podía contar con Google.

domingo, 19 de enero de 2014

Pascual, el abatido

Pascual se veía abatido. La pose no lo acompañaba. Sentado en un banco de madera, la espalda encorvada hacia delante, las manos en la cabeza y la mirada puesta en el suelo, más precisamente, en el espacio entre un pie y el otro. Así lo encontró su amigo Herminio mientras caminaba por la plaza.
- ¿Qué te pasa Pascual? ¿Te llegó la cuenta de la luz?
- Si fuera eso nomás...
- ¿Qué te pasa?
- Tuve una revelación. Es difícil de explicar. Pero supe cuál es mi misión en la vida.
- ¡La pucha! ¿Y cuál es?
- Ser Pascual, ser yo mismo. No te das una idea de lo difícil que es eso en el mundo que vivimos.
- Mejor no saber nada de eso y ser lo que otros quieren. Menos problemas - reflexionó su amigo, que luego de darle una palmadita en la espalda, se alejó silbando. No fuera cosa que le contagiara la revelación.

lunes, 13 de enero de 2014

El hombre que salió del clóset

La noticia se propagó como reguero de pólvora. En el barrio todos hablaban de Ricardo, el carnicero, del que decían, había salido del clóset.
Hablaban de su valentía, de su decisión, de su masculinidad, de cómo lo verían ahora al pararse frente al mostrador y la sierra y pedir un corte de carne.
El único ofuscado por la noticia, hasta podría decirse, furioso, era Ismael. No era para menos. El clóset del que había salido era el suyo, y aquello había ocurrido al regresar un día antes de lo previso, de un viaje de negocios.
Ahora Irma, su mujer, se estaba mudando a lo del carnicero. Y mientras tanto, el barrio no paraba de hablar.

jueves, 9 de enero de 2014

Sueño encriptado

Carlos se soñó despertando en una realidad donde para iniciar el día, había que poner una contraseña. Pero ponía la clave que creía correcta y unas enormes letras lo rodeaban, indicándole violentamente que el usuario o contraseña era inválido.
Probó dos, tres, cuatro veces. A la quinta, el mensaje fue otro: El día ha sido bloqueado. Y por más que lo intentó, Carlos no pudo salir del sueño y retomar su vida.

sábado, 4 de enero de 2014

Por culpa del GPS

Había leído sobre gente que se perdía siguiendo las indicaciones del GPS, algunos incluso haciendo trayecto de miles de kilómetros. Pero aquello era inadmisible, o mejor dicho, imposible. Había llegado a su casa, pero las rejas negras no estaban, ni la planta alta, ni siquiera la vereda tal como la recordaba. Aquello era apenas una edificación en ciernes, sobre una calle de tierra. Un hombre que se parecía a su padre, colocaba una cerca de madera, pero se detuvo al verlo perdido.
- ¿Se ha extraviado, joven? - le preguntó.
Pero no le contestó. Puso primera, segunda y tercera en menos de veinte metros. Le temblaban las piernas y creía que estaba a punto de llorar. Al doblar a la esquina, la calle fue la esperada, con las marquesinas decoradas por las fiestas, la gente caminando raudamente por las veredas y su mujer esperándolo en una esquina.
- ¿Por qué te demoraste tanto? Te dije que compraba los corpiños y salía - le recriminó ella mientras se metía en el auto.
- Es que probé el GPS y me perdí.
- ¿En la ciudad? Sos el colmo vos. ¿Para dónde fuiste?
- Eso es lo que quisiera saber, Eugenia, eso es lo que quisiera saber.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Trivial

La encrucijada no le permitía dormir. Desvelado, se metió a su laboratorio. Ahí estaba la máquina, silenciosa, inquietante, concluida. Era su obra maestra, el trabajo de toda su vida. Sin embargo sentía angustia y pánico.
Temía que la utilizaran para regresar con el fin de jugar un número que saldría en la quiniela, o cambiar el regalo de la última Navidad que tanto le disgustó a la madre, soplarse la pregunta que no había sabido en ese examen tan importante o arrepentirse a tiempo de aquel amorío de primavera.
El ser humano era trivial, previsible, un pasajero fugaz en la existencia del universo. Nadie estaba preparado aún para aquel invento. La idea que le hacía eco en la cabeza cobró forma. Provocar el cortocircuito fue fácil. El incendió devoró todo en pocos segundos.
Los asistentes del Dr. Levarov encontraron el lugar calcinado al arribar por la mañana. La máquina del tiempo había quedado reducida a cenizas. El cuerpo de la eminencia científica jamás fue encontrado.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Los tiempos cambian

- ¿Cómo cambian los tiempos, no?
- Y si...
- ¿Te acordás de los juegos de nuestra infancia?
- Ajá. Si.
- ¿Se juega hoy a la "mancha"?
- Poco.
- ¿A "ladrón y policía"?
- Hoy no tiene mucho sentido.
- Claro, no se podría diferenciarlos. ¿Al "ta-te-tí"?
- Solo si hay alguna versión electrónica.
- Claro, yo digo haciendo el dibujo con tiza y... ¿No, cierto?
- No.
- ¿Al fútbol, rellenando esa botella de plástico que tenía forma de pelota, con un pico que se cortaba, transparente?
- No debe venir más.
- ¿A la "tapadita" con las figuritas?
- Ahora son autoadhesivas, no sirven.
- ¡Qué tristeza, Julián! Pensar que los chicos de hoy no se van a divertir como lo hacíamos nosotros.
- Y no...
- Los tiempos cambian.
- Los tiempos cambian.
- Che... ¿Hacemos un Fifa en la Play?
- Y dale, si tu hijo no la usa.
- Se fue con la madre de shopping. Boludeces, viste como es. Andá conectando, que voy a buscar el juego.
- Qué lindo hubiese sido tener una de éstas de pibe ¿no, Tito?
- Sabés qué, no nos sacaba nadie de adelante del televisor.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Desinformantes

Miró a la cámara con gesto adusto, entorno los ojos y lanzó un suspiro: "Esto es el fin".
Las pocas palabras fueron suficientes. La gente, en sus hogares, comenzó la loca tarea de abandonar la ciudad, pregonando al pasar a los desprevenidos vecinos que habían sido tan descuidados de no estar mirando la televisión, que la hora cúlmine estaba al caer.
En las calles la sinrazón se había apoderado de los otroras civilizados ciudadanos. Algunos se golpeaban entre si para tomar provisiones, otros aprovechaban el caos para ganar las rutas y escapar cuanto antes. Podía verse, al cabo de pocos minutos, un número considerable de fallecidos sobre las veredas o el asfalto, producto de las riñas y el vandalismo.
En la pantalla chica, acaparaban ahora el eje de atención las imágenes de lo que ocurría afuera. En los comercios de electrodomésticos, los televisores encendidos mostrando la desidia, eran arrancados de las vitrinas donde estaban exhibidos.
Alguien en el estudio llegó corriendo con un papel en la mano. Ya no importaba la prolijidad. La situación desbordaba cualquier intento de cordura. El conductor, aún con rostro acongojado, le dio una rápida mirada al texto que contenía. Luego, observando de frente a la cámara, esbozó una sonrisa.
- No serían zombies de verdad, sino protagonistas de una publicidad los seres divisados en un campo cercano, avanzando en dirección a la ciudad. Reiteramos, se trataría de una publicidad.
Miró a un lado y al otro, sin dejar de sonreír.
- Vaya broma, ésta. Por suerte ya estamos informados.

domingo, 1 de diciembre de 2013

La teoría de los colectivos

El transporte público, más precisamente los colectivos, fue siempre un tema de reflexión y análisis para el Dr. Glaugges Mijailovinich, hijo de inmigrantes europeos nacido en un pequeño pueblo santafesino, desde el cuál para moverse a otros puntos, necesitaba imperiosamente de los enormes vehículos de pasajeros.
A lo largo de su vida, experiencias en diversas ciudades, unas más grandes, otras más chicas, fue notando que una ida que cruzaba muy seguido su mente, se iba haciendo cada vez más una teoría a estudiar.
Decidido, trazó hipótesis, proyectó un plan meticuloso y peregrinó durante un lustro con un equipo de científicos a lo largo de distintos puntos del país. Finalmente, la investigación fue éxito. La conclusión, determinante. El mundo se paralizó ante las declaraciones de Mijailovinich: "Hemos demostrado que aquella idea primera, forjada en la bronca, en la insensata espera, era la correcta. Hoy puedo afirmar que los colectivos pasan en contradicción al lugar donde lo estemos esperando. Si queremos ir hacia el norte, pasará el colectivo que va hacia el sur. Si queremos ir al este, pasará el que va al oeste.
Y para demostrarlos, el día de la presentación oficial del libro con los resultados de la investigación, citó a medios de comunicación especializados, a colegas y funcionarios a una parada de ómnibus elegida al azar sobre la ruta que une San Nicolás con Villa Constitución.
- Verán que el colectivo que vinimos a esperar en dirección norte, es decir, hacia Rosario, no pasará. Sino que lo hará el otro, en dirección sur.
Cinco minutos, vieron a lo lejos el armatoste amarillo.
Por supuesto, pasó para el lado correcto.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

Espectros

Ella lo miró a él, luego él a ella. Ambos se abandonaron al silencio. Un grillo rasguñaba la noche en algún rincón alejado. Las estrellas eran olvidadas palabras en la oscuridad. Ella se sentó al borde de la cama, se puso la ropa, se calzó y se fue. No dijo adiós ni hizo falta. Él ya lo sabía. No la volvería a ver. Era así siempre. Los fantasmas entraban a su vida con la misma velocidad que se iban. Cerró los ojos y soñó, una vez más, que estaba vivo.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Me las pagarán

La ira ascendía en su interior como si fuera lava a punto de ser escupida por un volcán en erupción. Una voz en su mente le decía que se detuviera, que lo pensara dos veces. Pero iba perdiendo fuerza ante la furia, el deseo de venganza.
Colocó las balas en el tambor del revólver a escondidas en la habitación, para evitar ser sorprendido. "Me las pagarán, me las pagarán" recitaba en forma cíclica en un susurro apenas audible. Miró la hora en el reloj de pared y salió a la calle.
La escuela estaba a ocho cuadras. Recorrió el tramo como cada mañana, pero sin percatarse del paisaje. En su mente solo había lugar para el recuerdo que anhelaba borrar en los próximos minutos: el maltrato, los insultos, los empujones, el asedio diario.
Esperó el momento de ingresar al aula, con las manos en los bolsillos. Podía sentir el frío del metal, la empuñadura pidiendo a gritos salir de la oscuridad, el gatillo encorvado esperando el accionar mortal. Cuando los demás comenzaron a entrar, él hizo lo propio. A diferencia de otros días, no se detuvo a saludar a nadie.
El maestro caminó hacia el pizarrón, giró hacia los alumnos y con voz estridente, aulló a las cuatro paredes:
- ¡Mueran hijos de mil putas, mueran de una buena vez!
Y vació el tambor con los ojos cerrados.

domingo, 3 de noviembre de 2013

El dato

Valdivia y Pérez García salieron corriendo como si les hubieran metido un dedo en el culo. Se sentaron en sus respectivos escritorios, y tras cruzar una sonrisa, comenzaron a teclear de manera incesante.
Segundos antes Pérez García con desgano había atendido el celular. Estaban en un patio trasero, fumando al aire libre.
- ¿Es el que escribe sobre extraterrestres? – preguntó la voz desconocida.
- Si, ¿quién habla? – contestó el periodista, que siguiendo un impulso, puso el altavoz para que escuchara su amigo.
- No importa quién habla, escuche bien, esta noche van a aterrizar dos OVNIS en los estudios Universal. Van hacer que parezca un efecto especial, como hacen siempre, pero en realidad son naves extraterrestres.
- ¿De dónde sacó la información? – Valdivia no aguantó y formuló la pregunta.
- Trabajaba ahí, me despidieron. Las naves aterrizan ahí desde hace ocho décadas. Hollywood es el Área 51. Ese lugar que todos buscan en el desierto, es una carnada. La verdad es esa.
- Es muy interesante lo que dicen, pero sin pruebas…
- Busquen en las películas de ciencia ficción de Universal. Muchas de las grabaciones en películas de marcianos y por el estilo, son filmaciones originales.
- Algo más concreto…
- Johnny Depp es extraterrestre, aunque nació en los estudios. Marlon Brando vino de otro planeta. Por eso les dicen “estrellas”.
- No le creemos nada… - y dicha esa última palabra, cortaron la comunicación.
Si era verdad o no, era lo de menos. Salieron corriendo a escribir una historia sobre aquello.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Juancito el equivocado

Juancito vivía en un país donde había libertad de expresión, pero pensar diferente era motivo de ataques constantes, por lo que comenzó a guardarse lo que pensaba.
Había oído que en su país la economía era una de las mejores del mundo, sin embargo le costaba llegar a fin de mes y poder mantener a su familia. Ni siquiera le alcanzaba haciendo horas extras y sacrificando tiempo de estar con sus hijos.
Podía escuchar y leer que sobraba el trabajo, pero creía ver más gente pidiendo y semana a semana, más y más villas alrededor de su ciudad.
Le decían que reinaba el bienestar, la seguridad y la tranquilidad, pero debido a su magro sueldo no tenía para pagarse una buena obra social y los sitios de atención pública carecían la mayoría de las veces de los elementos para atenderlo o bien, debía perder tres o cuatro horas de su día en una cola interminable.
Y por si fuera poco, en lo que iba del mes lo habían asaltado dos veces y le habían roto una de las ventanas de su casa.
Le aseguraban que nada aumentaba, que la inflación no existía, pero el dinero cada vez le alcanzaba menos y cada vez que iba al supermercado debía perder la memoria, porque los precios le parecían diferentes a los de días anteriores.
Juancito estaba confundido y apenado. Era parte de un país rico, próspero y repleto de buena gente pero no podía disfrutarlo, por que al parecer su caso era único, y tenía tanta mala suerte, que todo lo que el resto de la población no sufría, lo padecía él. Fingía entonces un gesto patriótico, y haciéndose fuerte, se convencía que no sería otra cosa que la reencarnación de algún olvidado mártir.

jueves, 17 de octubre de 2013

El baldío

Cuando vendieron el baldío que está frente a casa me entristecí. Cuántas tardes de potrero, de picaditos con la redonda hasta que caía el sol, allá en la infancia, esa época que parece tan fresca y sin embargo nos resulta ajena de lo distante que se encuentra.
Con el tiempo escondió nuestras sombras, pero llegaron otras. Nuevas piernas cortas corriendo detrás de una pelota. La gambeta, el remate, la rabona, la chilena. Todo un arsenal de piruetas ejecutadas en un mundo inocente, sin prejuicio alguno.
Pero para el ojo adulto, ese ser en el que uno se convierte, el lugar fue perdiendo el verdor y la esencia, hasta convertirse en un simple terreno baldío. Otrora escenario de finales mundiales, esas que imaginábamos mientras el sudor nos bajaba del cabello, de pronto era un espacio de tierra, con algo de gramilla y cascotes.
Pero al ver el cartel de "vendido", me asaltó la angustia, la necesidad de volver el tiempo atrás, de pedirle disculpas a ese lugar que supo atesorar cientos de sueños.
Anoche, sin embargo, el que me perdonó, fue el baldío. Fue después de la medianoche, cuando intentaba conciliar el sueño. Sucedió como suceden las cosas cuando uno es chico: con magia. Primero fue el sonido del pique de una pelota, luego el grito de un chico que pedía a gritos que le dieran un pase y como para que decidiera levantarme de la cama, un grito a coro de gol, de esos que se expresan con el alma y penetra por la piel de gallina del que lo presencia.
Me abrigué con lo que encontré a mano y salí a la calle. Busqué en vano divisar a los niños. Allí no había nadie. Pero los sonidos seguían llegando. El ruido del pie al golpear el balón, las risas burlonas después de un caño, la queja por una pierna fuerte, un insulto al aire. Y otra vez la pelota yendo de uno a otro, rebotando de vez en cuando en los paredones laterales.
Pero allí no había nadie. Estaba de pie, al borde del tejido que pusieron tras vender el lote. La luna me mostraba el lugar vacío. Y sin embargo...
Eugenio, el vecino de la casa lindante al baldío, me sorprendió con una mano en el hombro.
- Camilo ¿no puede dormir?
Pensé en decirle que en eso estaba, cuando escuché los sonidos y entonces salí a la calle, quizá con el deseo de poder despedirme de aquel lugar antes que comenzaran a construir. Era una respuesta poética, si se quiere, cargada de nostalgia, de mágica revelación. Pero en cambio, asido a la cordura, fui breve y mentí.
- Los años, don Eugenio. El insomnio es cosa seria.
El hombre me sonrió. Me palmeó la espalda y emprendió el camino hacia la puerta de su casa. Pero antes, volvió a hablarme.
- Recuerde en silencio, Camilo, que los pelotazos no me dejan dormir.
Vi la puerta cerrarse y sumirse el interior en la más profunda oscuridad. Quedé ante el baldío, sopesando esas palabras. Escuché susurros cansados, de niños sentados a un costado, agotados por el esfuerzo. Entendí que algunos se marchaban, diciendo hasta mañana. Incluso me dio la sensación de sentirlos pasar a mi lado. El juego había terminado. El pasado había dicho adiós. No quise aguarles la fiesta a esos fantasmas.
Yo sabía que no había mañana.