sábado, 12 de julio de 2008

El amigo que se fue

Lo más duro para un escritor es descubrir que no está hecho para eso. A Mike le sucedió eso cuando acabó de componer su obra cumbre, la que lo catapultaría a la cima de los rankings de ventas. Era un libro magnífico, sin embargo fue colocar la última palabra y comprender inmediatamente que no servía como escritor. El libro finalmente llegó a una gran editorial y allí tomó forma como tal, para finalmente, a los pocos meses, ser la revelación en todas partes.
Mike, sin embargo, se encontraba enfrascado en una seria depresión, de la que no podía salir. Cada día era un suplicio peor al anterior. Las ideas de muerte danzaban como fantasmas en su mente, acompañándolo desde las primeras horas del día, cuando el sol le acariciaba tibiamente el rostro por la mañana, hasta que la pálida luna lo despedía con un frío beso por la noche. En tanto, el libro se vendía de a miles ejemplares por día y la editorial comenzó a imprimir varias tiradas más. Las cuentas bancarias de Mike crecieron de un día para otro, pero ni todo el dinero del mundo podría haber cambiado su aspecto ni su sensación de permanente ahogo y desazón.
Mike salía poco de su casa, pero las veces que utilizaba sus piernas para que lo llevaran por el mundo que lo rodeaba, eran para terminar en la cantina de Al, un amigo de la infancia, de los pocos que le quedaban en aquella pequeña ciudad, perdida en los confines de la nada.
- Lo de siempre Al - le dijo Mike a su amigo una de esas pocas noches en la que se atrevía a escabullirse de su guarida.
Al lo miró como de costumbre. Con preocupación. Aquel que de vez en cuando se abría paso entre las mesas de su bar para emborracharse con varios tragos de tequila distaba mucho de ser el amigo que una vez supo conocer. Porque el Mike con el que había jugado tantas tardes a la pelota, batallado en incontables carreras de bicicleta y arruinado más de un pantalón a la altura de las rodillas jugando a las bolitas, en nada se parecía a ese despojo de ser humano que solía caer por su cantina.
Sin contestarle, sirvió el vaso con tequila hasta la mitad y lo colocó en la barra, delante de su amigo. Mike lo contempló un largo rato, como esperando una revelación, y finalmente hizo desaparecer la bebida de un solo trago. El fondo del vaso chocó con fuerza contra la barra, como era costumbre de Mike hacerlo. Al no le decía nada, pues sabía que esos vasos eran de vidrio grueso, prácticamente irrompibles. Mike permaneció cinco minutos con la cabeza hacia atrás y la mirada oculta bajo los párpados. Grandes ojeras teñían de morado su rostro. Luego pidió otro. Ese era el ritual. Y podía llegar a siete u ocho vasos. Según las ganas de seguirle el juego que tenía Al. Porque luego tenía que llevarlo hasta su casa, acompañarlo hasta la cama y dejarlo allí, como un pedazo de trapo viejo, oliendo a mil demonios, para recién después poder volver a la cantina, limpiar un poco y marcharse a su hogar, donde su señora y dos pequeños estarían seguramente durmiendo desde un buen rato antes.
Pero el ritual tuvo esa noche una variante. Mike cambió su discurso tras el segundo vaso de tequila. Al no escuchó el tradicional “¡otro, viejo amigo, sírveme otro!”. En cambio, escuchó una confesión.
“Sabes Al, hay algo raro en mí. Recuerdo cosas, como a ti y a otros chicos, jugando juntos, pero sólo son imágenes. Comprendes. Sólo imágenes. Es como el libro que escribí. Eran imágenes en mi cabeza, ideas que estaban allí y las utilicé. Las fui uniendo y el argumento fue escribiéndose sólo, como si antes que yo ya hubiese estado alguien hilvanando las ideas. Creo que me estoy volviendo loco Al, escribí un libro y ni siquiera se redactar una maldita carta. Qué me pasa Al, que me está pasando. Recuerdo a alguien más, un niño que quería ser escritor, dime quién es Al, tu debes saberlo. Dime quien es ese chico, al que en los sueños veo siempre contigo, siempre riendo, siempre hablando. Dime… porque me estoy volviendo loco”
Y Al comprendió finalmente porque no veía en ese hombre a su amigo. Porque sencillamente aquel niño se había ido, quién sabía donde, pero se había ido. Quizás el niño se dio cuenta que un adulto con ideas raras intentaba apoderarse de ese cuerpo, de ese cerebro y cuando vio rendirse su última defensa, decidió marcharse. Ahora lo habitaba otra persona, que aún guardaba en la memoria recuerdos verdaderos, pero que en realidad le eran ajenos. Era el niño el que soñaba con ser escritor, pero el niño se había ido.
Y eso era lo que el hombre había comprendido, que las ideas que había volcado sobre el papel no le pertenecían, no eran suyas, sino de alguien más que las había dejado olvidadas en un rincón. Mike, el nuevo Mike, lo supo apenas terminó de escribir el libro, pues no entendía nada de lo que había escrito. Sabía que era bueno, pero no era suyo. No señor. El no era escritor. El no estaba hecho para eso. Vaya a saber uno para que sería bueno el nuevo Mike. Quizás nunca lo llegara a saber. Pero se sentía mejor. Había podido expresarlo. El alcohol lo estaba matando, tanto como su angustia.
El niño finalmente se ha marchado, se dijo para sí Al mientras retiraba el vaso vacío que estaba en la barra. Desde esa noche ya no volvió a acompañar a Mike hasta su casa. Sin embargo nunca dejó de mirar por la ventana, con la esperanza de toparse un buen día con aquel amigo de la infancia que un día, sin decir adiós, desapareció de su vida.

4 comentarios:

Sergio dijo...

Solo una palabra...: Bravo!

diego dijo...

sin palabras, casi sin muecas, el texto es genial esntre la crudeza de scorcesse y la redención de burton...

melina dijo...

excelente!
me encantó!
y justo coincide que vengo de un blog donde se habla del enfrentamiento con la hoja en blanco, de que uno nunca queda del todo conforme después de una publicación, pero así debe ser, para poder seguir enfrentandose a la hoja en blanco, a nuevas letras que conduzcan al camino hacia uno mismo.

un gran abrazo!

el oso dijo...

¡Muy bueno, Neto! Una historia que tensa desde adentro a quien la lee...