miércoles 18 de noviembre de 2009

Tras los pasos de E.

Para Neto, en su día...



Existe un escritor llamado E.
¿Existe?.

Las investigaciones literarias de más alto nivel arrojan resultados inciertos una y otras vez ante las misma cuestiones.

¿Quién es E.?
¿A que movimiento literario pertenece?
¿Cuáles son sus intenciones?

Existen una infinidad de textos de este autor repartidos en antologías provinciales y nacionales. Sus dotes se despliegan en varios portales webs desde donde sus creaciones se ramifican en giros interminables y maravillosos.
Los días se suceden cotidiana y absurdamente; pero sus lectores saben que el destello que los sorprenderá y los arrojará lejos del letargo rutinario de sus vidas está a la vuelta de la esquina. Sus lectores saben (y sabemos) que el misterio y la aventura se esconden entre los días de espera para las actualizaciones de sus blogs o participaciones literarias en revistas, magazines u antología que ande circulando por el mundo.

Ciertos grupos reaccionarios postulan su teoría sobre el misterioso E. Algunos sostienen que realmente este autor no existe como forma física.
Simplemente se cree que es un personaje creado por un grupo de autores de la provincia argentina de Santa Fe como reacción combativa y revolucionaria ante la producción literaria de Buenos Aires.

Otros grupos postulan que el verdadero E. es un conjunto de escritores extranjeros pertenecientes a la Real Academia Española que utilizando las posibilidades de internet logran desplegar sus sueños y frustraciones en relatos breves o extensas historias que funcionan de una manera perfecta dejando sin aliento y cuestionándose cada fragmento del día a quién se atreva a leer los mismos.

Existe un escritor llamado E.
Puedo afirmarlo. Existe y tiene una forma física, corpórea. Tiene un tacto y un sentido único para maravillarnos cada vez que se apodera de las palabras y juega con ellas.

Posee un sentido único que algunos suelen considerarlo de otro planeta. Pero están equivocados.
No es magia ni audacia; no es un poder extraterrestre. Es simplemente la pulsión misma de la creación la que corre por sus venas y E. no permite que se le escape en ningún momento.

Lo que hace de E. un escritor admirable es su habilidad para saber encontrar el corazón de cada elemento de la naturaleza y plasmarlo de una forma superior a la que otros escritores lo han hecho.
Hablo de superioridad humana; algo tan escaso en estos días que nos rodean y persiguen.

Existe un escritor llamado E.
Mis afirmaciones son ciertas.
Llevo años investigándolo, tras su pista; casi codo a codo.
No es fácil de encontrar y sabe muy bien como ocultarse de las masas que claman por sus declaraciones. Pero puedo decir que tengo la pista que todos querrían tener.

Existe un escritor llamado E. Si quieren comprobarlo basta con visitar Netomancia o este mismo blog.

sábado 14 de noviembre de 2009

El extraño de las tardecitas

Así era Humberto, parco y solitario. De esa gente que apenas uno la ve en las calles del barrio. ¿Quién vive en esa casa que nunca se ve a nadie? suelen preguntar las visitas en las casas aledañas. Y la contestación es comúnmente "un tipo extraño más raro que perro verde".
Pero Humberto no es extraño. Es una persona normal, que se levanta por las mañanas, desayuna, enciende su computadora, lee los diarios, consulta el correo y luego hace su trabajo.
Es programador, así que desde temprano el teclado se convierte en una melodía monótona, quebrantada únicamente en los momentos en que se levanta para ir al baño o confirmar si lo que ha programado se ajusta a lo solicitado por el cliente.
No almuerza, detalle que tampoco lo transforma en raro. Pero sí merienda y muy bien. Es a la tardecita cuando se lo puede ver. Con la melena larga, barba de una semana, tranco rápido y cabeza gacha, marcha veloz a lo largo de un par de cuadras hasta el supermercado chino de la esquina, hace las compras para dos o tres días y sin saludar a nadie ni levantar la vista, vuelve raudo a su vivienda, como si el aire de la calle fuese malo y solo el de su casa lo pudiese salvar.
Los vecinos notaban que además de ser tan poco sociable con ellos, tampoco parecía ser una persona con amistades, dado que jamás le habían visto una visita. De más está aclarar que tampoco lo habían visto a él, aparte de hacer las compras, ir a algún otro lado.
Ni siquiera sabían que su nombre era Humberto. Lo llamaban el "ermitaño", "el raro", "el melenudo" y otra decena de sobrenombres que buscaban ajustarse a esa figura tan singular y llamativa.
A Humberto todo esto lo tenía sin cuidado. Su relación con el mundo era nula. Todo contacto era por correo electrónico. Todo diálogo era por teléfono. Apenas si intercambiaba monosílabos al hacer las compras: ¿Algo más? "No". ¿Paga en efectivo? "Si". Y así estaba bien.
Pero un día los dos mundos tuvieron que relacionarse. Fue cuando en el barrio apareció Doris. Una muchacha simpática, rubia, de ojos claros y sonrisa contagiosa. Preguntó en distintas puertas por un tal Humberto, hasta que finalmente los vecinos cayeron en la cuenta de que hacía referencia al "extraño" de las tardecitas.
¡Al fin alguien preguntaba por el raro! El barrio estaba convulsionado. Le indicaron donde quedaba la casa, pero nadie se quedó atrás, los vecinos se ofrecieron a acompañarla hasta la puerta misma. Y allá fueron, como en una protesta, la muchedumbre sin pancartas, avanzando por la vereda y la calle.
Aquí es, le dijeron, señalando una casa sin demasiados detalles, que pasaba desapercibida. Ella golpeó la puerta. Los vecinos escucharon el rítmico toc toc toc y aguardaron con impaciencia que la puerta se abriera, que saliera el raro, al que ahora conocían como Humberto y manifestara alguna señal de vida ante la presencia de Doris.
A todo ello, cada uno tenía su propia conjetura sobre Doris. Qué era su novia, su hermana, su ex, su prima, tan solo una amiga e incluso, una acreedora.
Doris volvió a golpear y viendo que Humberto no contestaba, lo llamaron a los gritos. ¡Humberto! ¡Humberto! ¡Doris ha venido a visitarte!
De repente se abrió la puerta y Humberto por primera vez les mostró sus ojos. Casi desafiantes, mirando hacia todos lados.
- ¿Qué es esto? ¿Qué es lo que dicen? les gritó alarmado.
No había alcanzado a adelantarse uno de los vecinos, para explicar el motivo, que Humberto volvió a hablar:
- No se cómo lo supieron, pero no me molesten con Doris. Dejen que ella descanse en paz. Y déjenme a mí, en mi mundo.
Y dicho esto, cerró la puerta con vehemencia.
Los vecinos miraron a Doris, aún parada delante de la puerta. El ni se había fijado en ella. Quisieron consolarla, pues estaba llorando, pero ella los apartó. Caminó hasta la vereda y retomó el camino por el que había venido, dándole la espalda a todos. A medida que daba un tranco, su silueta se iba desdibujando. Antes de llegar a la esquina, había desaparecido.
Los vecinos se quedaron observando una vereda vacía, todos con la boca abierta. Se miraron avergonzados y repartieron sus destinos según la suerte que desde hace rato tenían echada.
Jamás volvieron a hablar del extraño.

domingo 8 de noviembre de 2009

La impaciencia de la confesión

Me miento. Me engaño con verdades que no son. Dibujo la realidad, convencido que detrás de los trazos negros y grises se mantendrán ocultos los pecados cometidos.
Oscilo entre la vida y la muerte, mientras garabateo en anotadores que dejaré esparcidos tras mi partida vaya saber donde. La mentira ha llegado demasiado lejos.
Camino hasta su casa. Golpeo. Espero impaciente, buscando con la vista algún indicio a través de las cortinas. Me imagino el sonido de las pisadas provenientes del otro lado de la puerta. Me convenzo de que están ahí, que pronto abrirá la puerta.
Entonces, preparo mi discurso, mis palabras. Esas que tengo atragantadas desde hace meses. Las quiero escupir una por una, saborearlas, sentir el sabor amargo, la textura cruel y luego, divertirme al ver como la golpean en el rostro, cachetazo tras cachetazo.
Espero. Pero la puerta no se abre. Las pisadas nunca existieron. Y nunca existirán. Ella ya no vive allí. Ya no está.
Yace en su cama, apuñalada por mi mano dos noches atrás.
¿Qué espera la policía para encontrarla? ¿Cuánto tiempo más tendré que vivir engañándome para creer que no he cometido mis pecados?

jueves 5 de noviembre de 2009

Resplandor del Crepúsculo

Como todo el polvo que se asienta todo alrededor mío,
debo hallar un nuevo hogar,
las costumbres y los huecos que solían albergarme,
son todos como uno para mí actualmente.
Pero yo, yo buscaré por todas partes sólo para oír tu llamado,
y camino por rutas más extrañas que ésta.
En un mundo que yo solía conocer, te extraño aún más.
Pero ahora, ahora que perdí todo te doy mi alma,
el significado de todo en lo que creía antes,
se me escapa en este mundo de nada,
y te extraño aún más.

martes 3 de noviembre de 2009

Extraño hecho al cruzar la calle

Miré hacia un lado, hacia el otro, volví a observar el semáforo y recién luego, crucé.
Iba por la mitad de la senda peatonal de la esquina, la que se usa para cruzar, cuando sentí el impacto. Me levantó por el aire.
Caí con la cadera contra el pavimento y mi cabeza rebotó como si fuese de goma.Instantáneamente la sangre comenzó a brotar del corte que se produjo.
Muy dolorido abrí los ojos, queriendo saber qué me había atropellado.
La calle estaba desierta. Giré con mucho esfuerzo la cabeza. En la otra dirección tampoco se veía vehículo alguno.
Quise pedir auxilio, pero la voz parecía extinta. Escuché sirenas. Mantuvo los ojos abiertos. No vi venir ninguna ambulancia. Pero a los pocos segundos sentí que me levantaban de las piernas y los brazos y me colocaban sobre una camilla... ¡pero no había nadie allí, no había ninguna camilla debajo de mi cuerpo!
Quedé suspendido en el aire y casi de inmediato comencé a avanzar hacia delante, siempre en estado horizontal. Dolorido y todo, lo que estaba sucediendo me alarmaba. Cerré los ojos buscando conciliar una respuesta a todo, pero más dudas me asaltaron, dado que en lugar de quedar a oscuras pude ver el interior de la ambulancia.
Los volví a abrir y vi nubes en el cielo. Los cerré y allí estaba el techo de una ambulancia.
Grité pero no escuché ningún sonido. Desistí de seguir luchando. Me resigné temiendo la locura. Y dejé que el deterioro del accidente terminara de hacer su tarea, rindiéndome ante lo que no podía comprender.

jueves 29 de octubre de 2009

Alta mar

La miré de reojo, casi poniéndome colorado. Era linda. Muy linda. Estaba apoyada en la baranda del barco, mirando hacia el horizonte. Sostenía en la mano un libro, muy pequeño, del que quise imaginar, era una novela de amor.
En algún momento se dio cuenta que la observaba y miró hacia donde estaba. No supe que hacer y reaccioné como un imbécil, quitando la mirada despavorido, dejando bien en descubierto que realmente la estaba observando.
De reojo aún, porque mi vergüenza estaba en su grado pico, me di cuenta que estaba sonriendo. ¡Qué hermosa sonrisa! Con su boca desplegada ante la brisa, sin ocultar sus dientes, radiante el rostro, auténtica la mirada.
Y su vista se había anclado en mí. Sentí como si una fuerza volcánica me arrastraba hacia el cielo y tuve que contenerme, asiéndome de la baranda de metal.
El sonido del mar de golpe se convirtió en una melodía y sobre ella danzábamos los dos, por más que fuera a través de nuestras miradas. En ese minuto intenso, ví sus ojos verdes y ellas los míos café.
Luego cada barco siguió su curso y nosotros, casuales pasajeros con destinos diferentes, no volvimos a vernos nunca jamás.

domingo 25 de octubre de 2009

Ticket to ride


Él la miraba fijamente. Ella sonreía y con leves movimientos de cabeza desafiaba la porfía del viento de la tarde que se atrevía con bravura a trazar en su rostro sutiles vendas con jirones de sus cabellos.

Él intentaba también sonreír. Ella ocultaba el mundo bajo sus pestañas y una cadenita bajo su pañuelo de seda.

Él lo intuía. Ella lo sabía. Lo había madurado largas noches, duermevelas interminables con ojos fijos en las rendijas del ventanal.

Él contorneaba su rostro con caricias de ojos. Ella acariciaba el filo de un papel. Lo dejaba correr bajo sus largas uñas sintiendo, gozando, el seductor dolor nuevo y lacerante, para contenerse.

Él imploraba sin palabras. Ella imploraba con demasiadas.

Él acercaba sus manos. Ella las mantenía en los profundos pliegues de su abrigo.

Él a veces miraba el suelo, moteado de viejos chicles descoloridos. Ella a veces miraba la avenida, a veces miraba aquellos ojos que no debían llorar, a veces se daba vuelta presagiando el ruido del rescate.

Él acusó arena en sus ojos. Ella se erguía para continuar la ventosa lidia y se contoneaba para atisbar el reloj de la iglesia.

Él habló de casi nada. Ella, de casi todo. De todo lo que no fue aquello que dejaba de ser.

Él señaló el reloj. Ella al fin sacó ambas manos del abrigo, se recogió el cabello con los ojos cerrados y en el mismo movimiento lo besó en la mejilla.

Él no supo qué hacer ni decir. Ella sacó el boleto, corroboró el horario y en un mismo movimiento se dirigió a la parada.

Él quedó solo. Ella también, por un rato.

jueves 22 de octubre de 2009

Pena sin nombre

Se me cayó una lágrima al oír hablar de él. Sentí que se deslizaba veloz por la mejilla y se dejaba caer al vacío, sin darme tiempo a secarla con el dorso de la mano.
Cayó muy oronda al suelo y la perdí de vista debajo de la suela del zapato. Miré si salía por el otro lado, pero esperé en vano. Levanté entonces la pierna para buscarla, pero ya no estaba allí.
La muy pilla se había escurrido sin que la viera y ahora deambula por ahí, llevando mi pena por todas partes y sin siquiera haberme preguntado por quién.

lunes 19 de octubre de 2009

El misterio de los relojes con horas dispares

El reloj de la plaza indicaba la hora correcta. En su muñeca izquierda, el reloj que había heredado de su padre señalaba media hora más tarde. En su celular, faltaban veinte minutos para igualar lo que las enormes manecillas indicaban en el peculiar y pintoresco ornamento de la ciudad.
Su incertidumbre aumentaba segundo a segundo. ¿Debía colocar primero en hora su celular y luego su reloj o al revés? ¿O acaso, tomando coraje y acopio de valor, dejar que el tiempo marchara a su antojo en los objetos de su propiedad?
Respiró profundamente y tomó entonces su celular. Buscó la opción para cambiar el horario y adelantó de a uno los minutos para poder alcanzar la hora correcta. Vio en cada pulsación del botón del aparato como el escenario a su alrededor se veía alterado, avanzando personas, vehículos y animales en forma acelerada, como si de un juego se tratara.
Terminada la operación, llevó su mano derecha al reloj pulsera en el brazo opuesto y giró la pequeña rueda para atrasar la manecilla del minutero. En tanto realizaba la acción, las personas, vehículos y animales que antes habían acelerado su andar, retrocedían ahora a una velocidad similar, pero volviendo sus pasos, como si uno rebobinara una película.
Dejó en hora celular y reloj. Ahora si, coincidían con el reloj de la plaza. Pero entonces notó un nuevo problema. Ya nada se movía. La quietud era propia de un cuadro. Comenzó a alarmarse. ¿Acaso la última vez las cosas no habían seguido su curso como si nada? Bueno, algo había hecho mal esta vez. Por eso temía tanto poner en hora su celular y su reloj. De alguna manera estaban encantados.
Tendría que ver que funcionaba mal. Podía ser una cuestión de pilas del reloj o de batería del celular. En fin, tendría que revisar. Pero que apuro tenía. El tiempo estaba a su merced. Y muy tranquilo fue hasta el bar de la esquina, a tomarse un café que nunca pagaría.

domingo 11 de octubre de 2009

La pesca de los domingos por la mañana

Los domingos bien temprano, apenas salía el sol, el viejo José tomaba la caña y se iba al río. En los canteros de las viviendas delante de las cuales pasaba caminando en su trayecto, recolectaba una que otra lombriz para usar de carnada.
Elegía una zona del puerto donde un espigón derruido por el tiempo y las mismas aguas, lo hacía sentir parte del río.
La vista de las islas, cubriendo el horizonte, era el bálsamo justo para un día de descanso. El sonido del agua golpeando las piedras, la brisa del viento acariciando la cara. A su lado el termo y en su mano el mate: amargo, suave, caliente.
La caña arrojada a un lado, junto a la bolsita de nylon con las lombrices. Era un ritual contemplar primero lo que lo rodeaba antes de comenzar con la pesca. Saborear ese regalo de la naturaleza para sus ojos, su alma.
Veía a lo lejos, en una boca del río que se metía entre dos islotes, una pequeña embarcación de pescadores, sacando del agua lo último de la jornada nocturna para ir a vender, lo antes posible, los pescados en la ruta. Para entonces ya el sol alumbraba con fuerza y los pájaros atravesaban un cielo despejado y brillante.
Las mañanas de los domingos eran tan tranquilas como cualquier otra, con la salvedad que era la mañana en la que él podía estar allí. Lejos del trabajo, de los problemas económicos, de las cuestiones políticas que tanta bronca le daban, de los malos resultados del club que era simpatizante.
El río lo transportaba a otra dimensión. No muy lejana, al contrario, más bien próxima. Porque se sentía más cerca de si mismo, de sus viejos anhelos, de los sueños que se perdieron en el camino, de las ideas que siempre tuvo y nunca pudo concretar. Allí, delante de esas aguas sucias pero tan suyas, de esas islas tan descuidadas pero tan hermosas, volvía a sentir que era dueño de su vida.
Apuró el mate hasta que hizo ruido. Lo dejó a un lado y tomó la caña. Sacó una lombriz de la bolsita y con la habilidad de un hombre de años pescando, la colocó en el anzuelo. Se puso de pie y tiró la línea. Cayó lejos en el agua, dejando una onda circular a su alrededor, allí donde la plomada se hundió.
Siempre había pique. Era más que una corazonada para el viejo José. Era una certeza.
Sintió que la tanza tironeaba y la boya, flotando en el agua, parecía moverse. Se entusiasmó como un niño. No se apuró como hacen los que no tienen paciencia. Aguardó el instante preciso y cuando creyó que la presa ya tenía el anzuelo asegurado, comenzó a traer la línea con velocidad.
Al tener lo capturado debajo de las aguas pero ahora a pocos metros de donde estaba, pegó el tirón hacia arriba para ayudar con la caña a traerlo al espigón. Y entonces lo vio danzar en el aire, sobre su cabeza, asido con fuerza del anzuelo, sin poder escaparse: un sueño de adolescente.
El viejo José se regocijó con ganas, vaya pieza había sacado. Lo vio tendido en el espigón, haciendo esfuerzos para escaparse, chapoteando sobre la piedra. Se acercó con alegría y lo contempló con lágrimas en los ojos. Era tal cual lo recordaba. Un sueño hermoso, de esos que se tienen de pibe, cuando lejos están de imaginarse las responsabilidades o las rutinas. Era el sueño de ser aviador, de recorrer los aires y sobrevolar océanos. Allí estaban las alas, la cabina, ese traje imaginario de tela gris con vivos verdes, el casco con su nombre... ¡que buena presa había sacado!
Acarició el sueño tendido en el piso, sentía ganas de abrazarlo y no dejarlo ir. Pero sabía que ya no le pertenecía. Era parte del pasado, de otra instancia de él, de otro momento. Suspiró profundamente y casi sin muchas ganas, lo tomó con sus manos y tras contemplarlo por última vez, lo devolvió al agua. Era la parte más dura de la jornada. Pero era lo correcto.
Sonrió. Qué lindo recuerdo. En fin, así es la pesca. Difícilmente se pueda quedar con algo. Preparó de nuevo la carnada y alistó la caña. De reojo miraba el mate, tentado por cebarse otros amargos. "Un par de sueños más y me tomo otro" se dijo casi convenciéndose, más entusiasmado en ese instante por ver que otra pesca le regalaba el destino que por un amargo caliente.

martes 6 de octubre de 2009

¿Hay alguien ahí?

¡Justo ahora se le acaban las pilas! Jimena golpeaba la linterna contra la cerca de madera como si con eso pudiese solucionar algo. Intentó enfocar la vista en la oscuridad, pero solo eran siluetas inertes. Solo el contorno de las hojas parecían moverse e incluso hasta de ese movimiento desconfiaba que fuera real.
Ni un solo sonido. Ni siquiera los grillos. No había brisa alguna. Movió sus pies para hacer algo de ruido. Escuchó las hojas secas romperse y eso la tranquilizó.
¿Hay alguien ahí? volvió a gritar, como hacía unos minutos. Ninguna respuesta.
Avanzó con miedo. De a poco. Se topó con lo que parecía ser un arbusto. Golpeó de nuevo la linterna, con el mismo resultado.
Basta, se dijo. Lo que hubiese provocado el grito que había escuchado, ya se había ido. Con cautela le dio la espalda al monte. Y luego gritó ella.
Dónde debía estar su casa, no había nada. Se olvidó del pánico y corrió en la noche. Nada. Su casa no estaba. Ahora era todo monte. Hasta la cerca de madera había desaparecido.
El grito, el mismo que había escuchado antes, cuando miraba televisión en su cuarto, surcó otra vez el aire y heló su corazón. Sintió pasos muy cerca. Hojas secas crujiendo. Una respiración agitada. De ésta última no sabía si acaso era la suya.
No tenía muchas opciones. Giró en redondo y se enfrentó al miedo.
Allí no había nadie. Solo las siluetas en la oscuridad. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se dejó caer de rodillas, asustada.
- ¡Jimena! ¿Estás afuera?
La voz de su madre. Pero era imposible, si su madre estaba muerta, no podía ser... miró hacia donde estaba su casa y la misma volvía a estar allí. Y en la puerta, su madre se asomaba bajo el marco, como esperando una respuesta.
Jimena corrió hacia donde estaba ella y la abrazó con fuerza.
- Vamos adentro Jimena. ¿Me querés decir que hacías tan tarde afuera? Vamos, que te vas a resfriar.
Y Jimena entró, sin pedir explicación, sin desearlas tampoco, abrazada siempre a su madre.

martes 29 de septiembre de 2009

Copla para ponerse en camino


Sometido a tu belleza pretendo caminar y digo
que no bastan los olvidos para arrancarme el camino,
para sacarme del medio, para borrar el hastío
de vivir ya sin buscarte, de soñar con vos, destino.

Y prendado del delirio de llegar hasta tu reja
hago huella la ilusión y paso firme la esperanza.
Que andar siempre hace brisa y pisar levanta tierra,
Y, sin embargo, qué fácil es quedar en la añoranza.

Valga esta copla, mi amiga, como signo luminoso,
como boya, como bandera que en ristre azota el viento.
Valga mi sueño, locura, que una vez puse al camino
y que quizás, más que nunca, sea estéril, ya lo siento.

Pero no puedo quedarme, vida, si estás muy lejos.
Necesito el horizonte que se aleje ante mis pasos.
Necesito desafíos, nubarrones, algún hechizo,
que dé sentido a mi vida y a mi muerte en el ocaso.

domingo 27 de septiembre de 2009

Cuento utópico

El hombre apareció un día y pidió permiso para subir al techo. Don González, que vivía solo como un ermitaño, le preguntó para qué. Para ver las estrellas desde un poco más cerca, le contestó.
Don González no se negó. Cómo se le va a negar a un hombre amable subir al techo para un motivo tan noble.
A la mañana siguiente aún permanecía allí. Le alcanzó de comer y una botella con agua. Luego le ofreció un colchón, pero lo rechazó con educación. El hombre permaneció esa noche y la siguiente y la siguiente.
Para la cuarta noche se acercó un grupo de diez personas. Toda gente del barrio. Le pidieron permiso a Don González para subir al techo a hacerle compañía al hombre. No podía negarse. Los conocía de toda la vida y siempre habían sido buenos con él.
Al día siguiente llegaron más personas. Y al otro, y al otro...
A los diez días, el dueño de la casa tenía a casi setenta personas sobre su techo. Dado que no podía alimentar a tantos, todo el barrio colaboraba. Algunos se encargaban de preparar la comida, otros de alcanzar agua, un grupo recolectaba mantas para cuando refrescaba, unos muchachos se encargaron de alquilar unos baños químicos que instalaron en el patio.
A los quince días, ya eran más de cien. Para entonces, el barrio ya estaba organizado. Parecía un engranaje funcionando a la perfección. Cada uno cumplía su rol y todos participaban alegremente.
Ese día se dieron cuenta que el hombrecito que había iniciado todo ya no estaba. Lo buscaron en cada rincón del techo, en los baños, en las casas aledañas, en otros techos... pero no estaba, se había ido. Lejos de desilusionarse, los vecinos estaban felices porque gracias a él habían aprendido a convivir.
La gente se bajó del techo, pero nadie cesó de colaborar con los demás. Todavía conservan la puntualidad de juntarse en las calles al salir las primeras estrellas para compartir unas empanadas al horno, pastelitos o sanguchitos y contemplar absortos todo lo inmenso que nos rodea, pero a la vez tan lejano.
Cuando vuelven la vista a su alrededor comprenden entonces que todo lo que está cerca es más grande, real, tangible. Y entonces, ahora lo cuidan, porque entienden que es aún más maravilloso que todo ese catálogo de estrellas que los visita cada noche.
Dicen que el hombrecito va de barrio en barrio. Aunque no en todos los techos le permiten subir.

jueves 24 de septiembre de 2009

Lo no escrito

Roberto era un escritor arriesgado.

Desde el primer día que decidió dedicarse al mundo literario comprendió que su labor sería única.

Había decidido enfrentarse al misterio de la página en blanco. Al momento máximo de la confrontación entre el ser humano y la divinidad; entre el baile de musas seductoras y el cenicero ahogándose en un rincón de la mesa.

Roberto cruzaría la frontera. Él se encargaría de mostrarle al mundo la faceta oculta de la escritura. Lo no escrito.

La extraña mezcla del no saber decir con el no tener nada que decir.

Efectivamente Roberto sabía que se encaminaba hacia un abismo duro de digerir; hacia una marcha silenciosa con destino al negro horizonte.

Así fue como Roberto se sentó aquella mañana del 4 de Diciembre de 1994 frente a su cuaderno de notas y decidió hallar la clave de lo no escrito.


El vecindario alarmado luego de 4 años de ausencia decidió comunicarse con el cuerpo de policía nacional (que luego de cuatro rigurosas semanas de trámites y verificaciones) derrumbó de una patada la puerta del domicilio de Roberto.


Las crónicas del día afirmaban que un joven escritor había sido hallado muerto a causas de una severa inanición en su domicilio particular. Entre las pertenencias del fallecido se encontraron algunas fotonovelas francesas y la obra en la que se encontraba trabajando cuando la muerte decidió hallarlo.


Pasados unos meses la editorial que guardaba los derechos de autoría de Roberto editó un voluminoso libro que contaba con 1245 páginas en blanco en formato Din A4 y en su portada, grabado en oro, se podía leer "Lo No Escrito".

martes 22 de septiembre de 2009

El chico

El chico vio cuando le robaban la cartera a la señora.
Fue el primero en correr a socorrerla.
El primero en preguntarle como estaba.
Le sostuvo la mano, buscando en ese gesto la tranquilidad ajena.
Abrazó a la señora, que podía ser su abuela.
Le pidió tranquilidad y paciencia. Le prometió la policía y corrió en busca de un teléfono.
Fue quién le dijo a los que que se acercaban, lo que había sucedido.
El chico se había hecho cargo de la situación, ante la fragilidad de la mujer.
La policía acudió a él para recabar datos.
Se puso a las órdenes de ellos, trazó descripciones y conjeturas, imploró por justicia y la seguridad de todos.
Le palmearon la espalda y le agradecieron su ayuda. Le dijeron que era un ejemplo de ciudadano, de esos que no abundan.
Tomaron los datos de la mujer y salieron en busca del asaltante.
Otro patrullero llegó para trasladar a ella hasta su domicilio.
Se ofrecieron a llevarlo, pero el chico les dijo que no se preocupasen, que más vale hiciesen su trabajo.
Los vio alejarse, a unos llevando la mujer, y a otros por el camino equivocado.
Es que el chico había visto todo y por eso actuado.
Porque así como vio el robo, también que el ladrón era su padre.

sábado 19 de septiembre de 2009

Las chicharras en verano

En la vereda, de pantalones cortos, Marianito se contenta con seguir con la mirada la tortuga de su hermano.
Hora de la siesta, primeras semanas de verano. Silencio morboso, solo quebrado de a ratos por el canto de una chicharra. Marianito entrecierra los ojos y ahora ve una tortuga partiéndose en dos.
Una va hacia arriba y se eleva, hasta perderse de vista. La otra permanece con las patas sobre las baldosas, avanzando indiferente.
Vuelve a jugar con los ojos y ahora al acercar los párpados uno a otro, pero sin alcanzar a cerrarlos, ya no son dos, sino cuatro tortugas las que ve.
Dos salen hacia arriba y las dos otras permanecen en el suelo, con el paso sereno pero decidido.
Marianito abre los ojos y lanza una carcajada. El juego lo entusiasma. Y a medida que sigue probando, cada vez son más las tortugas que ve desprenderse como fantasmas de la original, la Carlota de su hermano.
Claro que por no prestar atención, Marianito se olvida que no debe permitirle a Carlota que vaya más allá de la línea invisible señalizada por el fin del color amarillo del frente de su casa. Y Carlota lo cruza, con todo el peligro que ello entraña.
Peligro porque siempre don Mario, que no duerme la siesta, sale por las tardes a pasear a su mujer por la ciudad, aprovechando que no hay tránsito. Y sale en su auto, que es lo que coloca la situación en torno a lo trágico.
Y trágico porque al salir el coche marcha atrás, deja sin posibilidad a don Mario de saber que su rueda trasera derecha ha pasado por encima de la tortuga del hijo más grande de Benicio, el vecino policía.
Primero cree que ha sido un ladrillo, pero luego al observar el rostro asustado del pequeño Marianito, sentado en el suelo frente a su casa, y escuchar luego el alarido de desesperación que salió de la frágil garganta del chico, supo de inmediato que había atropellado al bicho con caparazón.
De la casa de Marianito salió Benjamín, su hermano, de ya ocho años de edad y atrás su madre, Leonora, visiblemente preocupada, temiendo que su niño más pequeño se hubiese lastimado. Pero mientras ella respira aliviada al verlo sano en el sueño, mucho más grave es la situación para Benjamín, al darse cuenta cuál es el producto del llanto de su insoportable hermano menor.
Bajo la rueda del Citroen del vecino panzón yace aplastada su querida Carlota. No quiere mirar, y sin embargo lo hace. Pero en lugar de ir hacia su mascota, se lanza sobre Marianito, insultándolo con bronca. Mamá interviene justo, y casi aturdida por el llanto del más chico, manda a su habitación a Benjamín. Este chilla, quiere explicarse, pero no hay peros. Mamá comprende, pero no va a dejar que golpee a su hermanito.
Don Mario se acerca, tímido y con culpa. Hace un gesto con los hombros, como diciendo qué iba a saber. Leonora lo comprende. Le dice que no se preocupe, que solo era la tortuga, que verán de conseguir otra para los chicos. Con un gesto de asco, don Mario retira el animalito muerto y le pregunto a su vecina qué hacer. Ella no sabe, tírela a una bolsa y métala en la basura le dice. Jamás pensó en que su hijo mayor hubiese deseado enterrarla, como toda mascota se merece.
Vamos Marianito, le dice a su hijito, ahora con hipo, aunque ya sin llanto. Vamos adentro, le repite. Pero Marianito está absorto en la tortuga aplastada, ahora en el suelo, a la espera del regreso de don Mario y la bolsa mortuoria.
Y mira la tortuga con pena y entonces entrecierra los ojos, como antes, cuando jugaba. Y por más que se esfuerza, la tortuga no se multiplica.
Lo intenta una y otra vez, hasta que don Mario vuelve y la saca de su vista.
Por un momento pensó que podía obrar el milagro y aprovechar el momento en que la imagen se desdoblaba para agarrar alguna de las que se elevaba, pero no tuvo suerte. El espíritu del animalito ya no jugaba con él. No había duda que dentro del caparazón, ya no había nada.
Moqueó por última vez y se metió en la casa, escuchando como las chicharras inundaban de su canto esa tarde de verano que nunca jamás olvidaría.

domingo 13 de septiembre de 2009

Escena del bosque

El conejo paró sus orejas y olfateó el aire. Algo se aproximaba y podía ser peligroso. Se internó en el bosque, entre los árboles más próximos.
Oculto detrás de un tronco, asomó sus ojitos hacia el camino que venía de la ciudad. Vio avanzar a dos hombres llevando un niño en brazos. Los siguió con la vista hasta que se perdieron detrás de una elevación del terreno.
Se quedó inmóvil en el lugar, sin hacer el menor ruido. Los hombres le habían inspirado miedo. Al rato los vio volver, pero ya sin el niño en brazos. Aguardó a que se alejaran por el camino y cuando decidió que no corría peligro, salió de su escondite y corrió a los saltos hasta donde suponía, habían ido los hombres.
Era una pequeña parcela, entre los árboles. La tierra era blanda porque corría un arroyo cerca. Un montículo de hojas secas cubría un sector del suelo recién removido. Hurgó con su hocico en la tierra hasta dar con una pequeña manito. Le pasó la lengua con curiosidad y notó la frialdad en la piel.
Miró hacia todas partes y viendo que estaba solo, se acurrucó sobre la manito, para darle calor. Sabía que de nada serviría, pero al menos haría más que los hombres.

martes 8 de septiembre de 2009

Yo creo que fue Juan

Marcelo le dice a Raúl que sospecha firmemente que Juan es el responsable de la desaparición del paquete de yerba.
Raúl discute con Andrés, quién sostiene que Marcelo invoca demonios pronunciando lo que pronuncia. Teresita le susurra al oído a Nicolás que la situación se está yendo de las manos. Nicolás, temblando de miedo, le sugiere a Martita abandonar la casa en ese mismo instante.
Martita vuelve a mirar a Marcelo y luego a Raúl.
En un momento suspira y abandona la ronda. Se aleja lentamente del centro de la mesa donde se encuentra aquel enigmático y sucio tablero de Ouija y les dice a todos los presentes:

“¡¿Me pueden decir dónde está el paquete de yerba para empezar la mateada?!”.
“¡Ya te lo dije, se lo llevó Juan sólo para asustarnos!” - respondió enfurecido Marcelo.
“¡Basta!. Ya me cansé de todo esto,¡yo me piro!” - reprochó embravecido Raúl, quién abandonó a toda prisa la habitación.

Era obvio.
Como podría Juan haber robado aquel paquete de yerba si llevaba muerto más de un año luego de aquel trágico accidente de coche volviendo de Rosario junto con Marcelo.

domingo 6 de septiembre de 2009

Travesura

Los primeros cálculos estimaban que aproximadamente doscientas eran las personas que estaban atrapadas en el interior del edificio que ardía en llamas.
Los bomberos acababan de llegar. Tres dotaciones.
La niña que estaba en la vereda del siniestro tendría unos diez años.
Lo primero que hicieron los bomberos es sacarla del área de peligro. Pero al cabo de unos minutos, vieron que nuevamente estaba allí, mirando hacia arriba. La volvieron a retirar a una zona segura.
Las primeras brigadas que habían entrado volvieron a salir con rostros totalmente perplejos.
- ¡Capitán! Allí dentro no hay fuego. Ni siquiera hay gente en los departamentos...
- Pero mire las llamas teniente, el humo se alcanza a ver a un kilómetro de distancia.
El teniente volvió a contemplar la imagen y se encogió de hombros.
- Capitán, no se que decirle, dejé a mis hombres dentro, esperando una orden suya, pero ni siquiera hay escaleras para llegar más allá del segundo piso.
- Teniente, entre nuevamente y... niña, pero te he dicho mil veces que salgas de esa vereda!
El capitán corrió tras la niña y la alzó en brazos. El teniendo fue con él. La cruzaron al otro lado de la calle.
- Pequeña, dónde vives, debo llevarte con tus papis, te estás poniendo en peligro.
- No hay peligro señor, el incendio no existe, el edificio tampoco. Solo que hoy quise imaginarme un edificio en llamas. ¿No cree que me sale bien?

miércoles 2 de septiembre de 2009

Tomar carrera

Empezó a sospechar cuando cayó en la cuenta de que nadie tomaba en serio sus afirmaciones.
Lentamente fue descubriendo o, mejor dicho, dándose cuenta de que su forma de pronunciar las palabras era diferente a la del resto.
Era el último en terminar de almorzar y el que tenía que lavar los platos. Claro, clarísimo, sus hermanos iban a la escuela.
No guardaba recelo ni antipatías, pero lo descolocaba percibir evidencias de que no era como los demás. Creyó comprender que había chistes que no entendía, pero sí lo hacían otros más chicos que él.
Quedaba para lo último en la pisadita para elegir jugadores. Y si el número era impar y el partido se desequilibraba, era el que pasaba para el equipo que perdía. Moneda de cambio de un centavo, daba lo mismo donde se lo ponía. Y eso lo empezó a aterrar. Comprender que no era nadie, o más bien, que era una carga.
Largos llantos de su madre encerrada en su habitación nombrándolo. De alguna manera se había convertido en la causa de infelicidad de quienes lo rodeaban. Y ahora se daba cuenta. Ahora.
Entrevió la dicha del rostro de los demás cuando jugaban al truco, a la escoba, cuando leían cuentos, cuando hacían juegos de palabras. Todo lo había intentado, pero se revelaban esquivas e intrincadas para sí las tareas que a otros les resultaban casi triviales.
Pensó en la muerte. Esa salida rápida. Esa puerta de emergencia ante el desastre de todos los días. El abismo de una vez ante los pozos de todos los días. El paso al nunca más ser ante el casi no ser de todos los días.
Pero no pudo.
Volvió a pensar en la muerte. La de los demás. La de los de las risitas de reojo. La de los pibes, que elegían siempre a otro. La de su madre, que sufría sin sentido. La de sus hermanos, que se mufaban por su lentitud.
Pero era quedarse solo, más solo que hasta ahora. Más solo que en la propia muerte.
Ovillando odio y desesperación se preguntó una y otra vez qué hacer. Pero las razones se evaporaban cuando quería atraparlas. Se quedaba siempre a mitad de camino del razonamiento, con decisiones a nunca tomar.
Entonces se convenció de que tenía que prepararse como para un salto. Sin saber para qué, acarició la idea. Saltar. Alto. Lejos. Dar ese salto que a nadie había visto dar. Lo investía de orgullo un heroísmo que todavía no había demostrado. Pero tenía que tomar carrera.
Su tonta sonrisa de presentación iba trocando por una de satisfacción. Tenía una idea clara. Era todo. Pero era suya.
Hasta que respiró profundo un día. Se levantó antes que nadie. La madre lo saludó como siempre, entrecortando el beso con un suspiro, y se fue a trabajar. Esperó paciente a que despierten sus hermanos.
Les preparó el desayuno. Mientras lo devoraban sin prestarle atención, juntó fuerzas, cerró los ojos para darse ánimo, tomó carrera y les dijo: -Escuchen, ¿quién de los dos me enseña a leer?