sábado, 8 de noviembre de 2014

Los relojes

La manía de Augusto por los relojes comenzó a los veinte años. Algunos le decían que lo suyo era una adicción. Otros, que era un impulsivo con tendencia por esos artefactos. Sin embargo, la verdad era otra.
No lo hacía por hobby ni mucho menos, como una excentricidad.
Augusto sintió desde siempre que el tiempo lo apremiaba. Las horas de cursado en la facultad, las horas de estudio posterior en su departamento, el gimnasio, el fútbol con los amigos, las comidas con la familia, las salidas con la novia, los paseos, ir al cine... había mil cosas y solo veinticuatro horas por día.
El primer reloj que compró fue un Casio con segundero y resistente al agua. A los pocos días inició una colección sin precedentes, comprando relojes en la misma medida que juntaba el dinero. Al día de hoy, a quince años de aquel Casio, cuenta en su haber con más de doce mil trescientos treinta relojes.
Algunos los lleva puesto, otros están en su departamento de siempre. Suelen estar desparramados por todas partes, incluso dentro de la heladera o del lavarropas. Dos novias lo dejaron por considerar que aquello podía ser el comienzo de alguna rara patología o demencia. Augusto no se inmutó.
Cuando le preguntan, encoge los hombros. No habla mucho del tema y es reacio a mostrarlos, salvo, claro, cuando alguien lo visita a su morada. Las explicaciones son exiguas, casi arrancadas por la insistencia.
El día sigue teniendo veinticuatro horas, pero Augusto tiene todo el tiempo del mundo atrapado en sus relojes, como si se tratase de un carcelero que hace justicia en nombre de todos.
O al menos, eso cree, pobre Augusto. Aunque de eso no habla mucho.

3 comentarios:

el oso dijo...

Por lo menos él tiene la ilusión. Muchos, ni eso!
Abrazo

Una Tal Juana dijo...

el unico recurso no renovable.. el tiempo

Ruben Oscar Lofeudo dijo...

Creo que le falta intriga t le sobra tiempo.