miércoles, 19 de enero de 2011

Como los dublineses

Miró hacia un lado, luego hacia el otro. Sus zapatos no se veían desde la cama, sí unas botas de mujer. Largas, una se mantenía en pie, con la caña aflojada, la otra yacía sobre un costado. Se preguntó cómo se llamaría. Tal vez con esfuerzo lo recordara, porque se lo había dicho casi seguramente. Pensó que tal vez fuese Noelia, pero bien podría ser Catalina. En la confusión de ese letargo donde sólo los ojos se mueven y la resaca se enseñorea a sus anchas no podía saberlo. Alcanzó a preguntarse si lo correcto sería aventurar un nombre. Pero ni siquiera pudo responderse.
Con esfuerzo movió una mano, la izquierda. El brazo derecho entumecido como inmóvil bajo el torso de ella, que suspiró levemente. Movió los dedos, a modo de un intento de verificar que aún estaban; ella hizo un movimiento hacia atrás, buscando su calor.
Era joven y bella. Demasiado. Se preguntó cómo fue todo. Sólo recordó unos pases de baile diluidos en alcohol. La caminata de ida, a distancia. El taxi de vuelta, enmarañados. El cielo clareando, un ascensor y nada más.
Una cegadora lucidez ahora. Su nombre, demasiado familiar. Sus formas -conocidas y soñadas- coincidentes con las que iba acariciando con una trémula ternura de la que no se sabía capaz. La certeza de que todo cambiaría desde allí. Su mundo y el de ella. Sus miradas se buscarían hasta rehuirse y se eludirían hasta cruzarse.
Se preguntó qué nace y qué muere acercando el rostro a la infinita espalda para olerla. Impulsó los labios hacia adelante hasta tocarla. Se sintió feliz y estúpido. Como el niño que juega su último boleto en el parque de diversiones.
Ella despertaría en poco tiempo. Se cubriría con exagerado candor y alguna culpa. Iría al baño con una sábana como manto y la vería grácil y hermosa para volver a soñarla. Y se pondría las gafas de sol robándole las pupilas y una lágrima. Inexorablemente.
Y vendría el paso de los días. Y humillaría su orgullo de conquista. Se preguntó si sería capaz de contarlo.
Si ella volvería a mirarlo. Si alguna vez habría amor o cariño o si el odio rebanaría el pan cotidiano. Y la seguridad de que sentiría celos.
Como fuese, uno de los dos continuaría de pie, el otro caído, como esas largas botas que asomaban a un lado de la cama.

8 comentarios:

SIL dijo...

Uhhhhhhhh!!!!

Este relato atraerá comentarios y suspiros múltiples.
Los merece! , por cierto, está maravillosamente escrito.
En cuanto a los interrogantes del final (ni James Joyce) debe conocer las respuestas.

:)

Besos

SIL

Netomancia dijo...

Don Oso, que gusto otra vez verlo villeraturizado!!! Sensacional la narrativa, la forma de meternos en esa cabeza que cobra consciencia y duda con certezas sobre el futuro inmediato de aquella conquista.
Prefiero imaginarme que no habrá culpa, que sus miedos son infundados y que los encuentros se repetirán una y otra vez.
Que las botas serán siempre un par.
Un abrazo!

d80 dijo...

que magia, cuánta duda y seducción tiene el relato de hoy Oso, un verdadro lujo! vaya a saber uno que le deparará el destino a estos amantes....
abrazos!

Con tinta violeta dijo...

Querido Oso: mi admiración por el texto. Me ha cautivado de inicio a fin. Como soy una romántica empedernida, creo que a ese encuentro seguirán otros...Esos sentimientos que describe parecen profundos...
Abrazos!!!

Carla Kowalski dijo...

Ya te deje mi comentario en tu blog, es maravilloso este relato, y como soy bastante romántica, opino como Neto, yo también creo que las botas siempre serán un par.

HUMO dijo...

Cautivada :)

=) HUMO

el oso dijo...

Gracias gente linda por sus comentarios.
Os dejo besos y abrazos...

Shhh dijo...

Realmente un relato maravilloso y cautivante.

Saludos!