domingo, 25 de enero de 2009

Flaco de alma

No era un tipo espectacular, ni buena persona ni nada de eso. El flaco Lugano era un mala leche terrible, a secas.
El día antes de Navidad se bajó dos botellas de whisky y pisó el acelerador a más de ciento ochenta en la ruta. Tuvo suerte, su auto terminó incrustado en un árbol, pero apenas si se fracturó una pierna. Sin embargo Andrés y Marisa, la parejita que estaba abrazándose en la esquina, murieron apenas los impactó el coche. Sus cuerpos dieron una vuelta completa en el aire y quedaron sobre el asfalto.
El flaco Lugano supo que había atropellado y matado a dos personas recién al recibir el alta del hospital. Dos policías de uniforme le pidieron de buena forma que los acompañara hasta la comisaría. En el camino le contaron la historia.
Bajó del patrullero asustado, a sabiendas que esta vez la había hecho y fea. Lo metieron en un cuartito, a la espera del sumariante. En tanto aguardaba ingresó un policía, lo miró de arriba abajo y lo escupió en la cara. El flaco no tuvo tiempo ni de reaccionar, la puerta se abrió de nuevo y entraron dos milicos más.
El primero lo sujeto por la espalda, el segundo le dió un golpe en la boca del estómago. Mientras, el que lo había escupido salió raudo por la puerta. Volvió de inmediato, acompañado de un hombre calvo, de avanzada edad. Tenía los ojos rojos, parecía de tanto llorar.
- Acá lo tenés Pérez, éste basura mató a tu hija. Acá lo tenés, nosotros no vemos nada eh, nos vamos y acá no pasó nada. Cinco minutos Pérez, cinco minutos.
Y se fueron. Lo dejaron solo al flaco Lugano en manos del viejo Pérez, dolorido padre desde que la combinación de alcohol y velocidad lo privara de por vida de su hija.
El flaco se dió cuenta ahí que mientras lo sostenían por la espalda, lo había esposado a la silla, ahora no podía siquiera moverse. Acá me mata, pensó.
Pérez se ubicó del otro lado de la mesa y se sentó. Aún tenía húmedas las mejillas. No le sacó los ojos de encima al melenudo que tenía enfrente ni por un segundo. Al minuto y medio de observarlo disparó su pregunta:
- ¿Por qué?
El flaco no sabía si debía responder o quedarse callado. Se dio cuenta que el viejo podía matarlo ahí mismo si se lo proponía, seguro tenía algún arma debajo de la ropa o un fierro, o un cuchillo. Los canas sabrían que sería así, que cuando entraran habría un reguero de sangre. Pero el viejo no se movía, tan solo lo observaba y ya eso era doloroso. Podía ser una basura, pero se daba cuenta lo que había hecho.
Quiso balbucear algo, pero no le salió nada. Se encogió de hombros y seguido a eso, se puso a llorar, a llorar de verdad. Las lágrimas caían como cascadas por su rostro.
EL viejo se puso de pie y cruzó la habitación hasta ponerse a su lado. "Ahora es cuando me mata" pensaba al tiempo que no podía dejar de llorar el flaco Lugano.
Y como lo suponía, vio al hombre sacar de atrás del pantalón un revólver calibre 38. Sabía que era un 38 porque su padre había tenido uno igual cuando él era niño y una vez se lo había quitado para dispararle a unos perros (el revolver temblaba en la mano del viejo) y tras darse cuenta su madre le había dado tremenda golpiza (estaba levantando el cañón hacia donde estaba)que quedó en cama por una semana. Su padre escondió el revólver (ahora el cañón apuntaba junto entre sus cejas) y jamás lo volvió a ver.
Sollozaba como un bebé ante el cañón justiciero, balanceaba su cuerpo de atrás hacia delante, sentía como una enorme bola se le formaab en el estómago, tenía ganas de vomitar, de gritar, de pedir perdón.
Cerró los ojos esperando el gatillazo, el sonido y después la nada. Quizás dolor, no lo sabía. Entendió que su suerte ya estaba echada desde hacía tiempo, puede que desde el día que mató a esos perros, desatando su maldad interior. Ahora la había hecho y feca, le había quitado la vida a dos chicos, y el padre de la chica estaba apuntándole en un cuartito de la comisaría, en complicidad con la policía.
Escuchó el estruendo, los tímpanos le saltaron por los aires y la orina recorrió velozmente su pierna lastimada. Pero no estaba muerto. Abrió los ojos. A sus pies, Pérez se desangraba del orificio que se había hecho en la cabeza, al disparar su 38.
El flaco Lugano no entendió lo que había pasado y jamás lo entendería. Diría por siempre que era un tipo con suerte, sin saber que por el contrario, su cruz sería no tener quién lo amase y decidiera dejar de vivir antes de no poder acariciar sus mejillas un día más.
El viejo Pérez murió por el amor que ya no tendría y fue tras él.

5 comentarios:

el oso dijo...

Todos los horrores, todas las pasiones juntas en un texto conmovedor. Me encantó Neto.
Muy fuerte, de esos que revuelven las tripas.

Estaba pensando... ¿para cuándo un café o una birra? Pésimo lo nuestro.

Netomancia dijo...

Es que tenía las tripas revueltas cuando lo escribí, algo de miedo y mucha angustia. Aún estoy así.

Creo que no pasará mucho tiempo don Oso para que ud reciba un mensaje pidiendo ese encuentro mesa por medio.

PatO! dijo...

Oso!

Muy buen blog!

vi los demas de tu autoría! pero este es el que más me gusto!

Es que hace tan bien la literatura!

Saludos! ahora te agrego a mi lista de "gente interesante"

el oso dijo...

Bienvenido Pato a este espacio compartido. Como te decía, un grupo de amigos que se expresa como puede desde dentro.
Un abrazo y te esperamos seguido.

Sandra Pasquini dijo...

y NO... la gente flaca de alma jamás entenderá a los tantos Perez que se vacían la cabeza ante la crueldad y la desolación de perderlo todo a manos de un h d p.
Muy conmovedor tu relato
Un abrazo