viernes, 9 de enero de 2009

La herencia de Jovino

Cierta tarde, allá cuando el mundo cambiaba en nuestras manos, en una recorrida de tarde calurosa por Calle Pampa, los tres tipos de torva mirada nos veían pasar cambiando algunas palabras. Como siempre, estábamos casi seguros de que no iban a decir nada, pero ese margen de duda nos erizaba los vellos de la nuca por un largo minuto.

Calle Pampa, la larga curva desde San Martín hasta General López bordeando el zanjón que desaguaba calle Formosa al río. Cuando nos animamos, la frase más común era: ¿ahí van?, ahí la policía no entra. Sin embargo, biblia en mano, la muchachada sincericida se animaba y recorría con invitaciones triviales al principio, con apuestas fuertes después. Uno de las primeros logros era hacernos del paisaje, que sepan que no éramos evangelistas, que sepan que el cura nunca les iba a dar bola excepto por alguna conveniencia, y que, de alguna forma –pretenciosos, ahora que lo pienso- Dios no se había olvidado de ellos, al menos si ellos no creían en él, nosotros sí en ellos y esa era nuestra fuerza.

Unas cincuenta viviendas, una en peor estado que la otra. Muchas de quincha y techo de chapa, las menos con ladrillos huecos. Pocas fuertes y verdaderamente habitables. Familias completas instaladas en una tercera parte; gente de paso, provincianos del norte a poco de llegar, la otra y el resto hombres o muchachotes, que apenas si dormían allí, con ocupaciones poco definidas.

-¿Qué hacen ustedes acá sin permiso del presidente de la vecinal?- y el frío recorriéndonos los poros sudorosos.
-Es peligroso estar acá, ¿no tienen miedo? A vos ya t’he visto-, señalándome.
-Buenas-, atiné a responder- nada, paseamos… y ¿dónde está el presidente?
El tipo se me acercó y por primera vez vi esos ojos entre amenazantes e implorantes con la corona blanca en el iris, atravesados por el puñal del alcohol.
-Andan con la biblia, son evangelistas. Acá no queremos evangelistas.
-No, no somos- y creo que dije “católicos”, porque no tenía otro término que nos definiera mejor.
Su rostro cada vez más cerca tenía ese olor dulzón y penetrante que supe respetar con ternura de no se sabe dónde alguna vez.
-¿No me tenés miedo?
-No- dije yo, mintiendo como los mejores. -¿Por qué?-
-Andá, seguí. Y decí que Jovino Correa te dio permiso.

Tenía unos diez años más que yo. Cruzábamos algunas palabras al principio y muchas después. Largas conversaciones de aguijoneos mutuos me ofrecieron la perspectiva inmediata de una forma de ser que me resultaba extraña hasta entonces. Cuando se enteró que yo era profesor, me presentaba a los demás como: mi amigo, es profesor. Estudiaba en el bachillerato para adultos, es decir, cursaba. Su casa era de ladrillos huecos, con dos camastros casi siempre sin colchón, porque los daba a los demás que necesitaban más que él. Su única paga por ser presidente de una vecinal que no existía para la municipalidad, era el reconocimiento de los vecinos. Bajo una parra, desoyendo los insultos de un loro procaz, le daba una mano con matemáticas, mientras el autocalificado como chambón se azotaba la cabeza con los puños para ver si salía alguna ecuación o una operación combinada. Su carpeta era un rejunte de hojas de distinto calibre, que acomodaba primorosamente tras cada desparramo.

Con los años crecía su desencanto hacia los políticos, quienes lo usaban de la peor manera. El mejor laburo que le consiguieron fue de sereno mientras se construía el Banco Provincia. Le prometieron oros y moros mientras él conseguía apoyo al más infame peronismo local.

Su esperanza, en cambio, iba a la larga. Supo, o creyó saber, que su árbol genealógico ascendía hasta el legendario Comendador Correa, que dejó en 1873 un testamento que explicaba minuciosamente cómo habría de repartirse su inmensa fortuna. Por si las moscas, doctos vivillos se aseguraron de que Jovino firmase cuanta clase de poder para negociar la herencia pudiera existir.
La herencia de Domingo Faustino Correa era su cielo, allí estaba su paraíso, intacto, en algún lugar de Brasil, sólo a la espera de que se resuelvan los papeles, para hacer de su vida una vida.

Fríos inviernos hirviendo grasa y mascando chicharrones nunca hicieron de él el delincuente que muchos esperaban. Porque si Jovino se portaba mal, a la bolsa y un problema menos. Pero Jovino era derecho hasta donde podía, hasta donde su maltrecho cuerpo le daba.

Aquella vez que osé casarme, Jovino fue feliz y juro que yo también hasta las lágrimas esa noche al verlo así. Bailaba con viejas pacatas y con muchachas pretenciosas como si él fuera el agasajado. Se había peinado a la gomina y todo. No dejaba de abrazarme y pedirme un ahijado. Abría la puerta para hacer pasar a los invitados como queriéndose ganar el aprecio del suegrerío y a todos les decía: es mi amigo, el profesor.

Cuando trasladaron las casas de calle Pampa donde no se ve, Jovino se partió al medio y ya ni aparecía por mi barrio porque decía que un borracho no puede molestar en casa donde hay bebés. Sólo lo veía en la calle y nunca quiso que lo visitara. Sus ojos eran cada vez menos amenazantes y más implorantes.
Una noche demasiado fría quiso manotear su herencia de una vez y allí el alcohol puro, o el querosén o el aguarrás o lo que puta sea terminó de carcomer por dentro lo que la miseria no pudo por fuera.

Nunca le di un ahijado ni alcancé a explicarle por qué no iba más del cura que le mentía para sacárselo de encima. Tan preso como él, no pude hablarle nunca de la teología de la liberación. Sólo pude ofrecerle la modesta vanidad del amigo profe. Pero sé que para él alcanzaba, porque aspiraba sólo a la herencia prometida y no las ventajas pasajeras de los oportunistas.

Al final, me queda decir con orgullo: este fue Jovino, mi amigo, mientras rebuscando en mí mismo encuentro la herencia que dejó en la mirada, en el olor rancio del sudor eterno, en el pelo engominado de cuando pensó, estoy seguro, que el mundo estaba mejorando.

3 comentarios:

Alvarez dijo...

Muy bueno lo que escribiste, me dejó algo triste Jovino.

Netomancia dijo...

La pucha don Oso, que me ha hecho emocionar. Es un relato fuerte, personal lleno de ese toque tan propio que me hace ver la ciudad que conozco de siempre como si la viera por primera vez.
Conocí calle Pampa y con mi difunto tío cruzábamos esa calle de tierra a pié. Fue donde conocí la pobreza de cerca. Un buen día la escondieron, como bien dice.

Sandra dijo...

Oso, leí este relato hace un mes quizá y no pude dejarte comentario entonces.
Así que regreso ahora para decirte:
Hondísimo, crudo, tangible, doloroso, descarnado, e infinitamente bella es esta historia.
A veces los Jovino y los Angeles se parecen... a veces solo a veces regresan en otros ojos, en otras caras y entonces nos damos cuenta que nunca nos han dejado.
Un abrazo