martes, 9 de septiembre de 2014

La costa

El navegante divisó la costa cuando caía la noche. La luna reflejaba el horizonte de manera tal que aquel oasis era el paraíso mismo. ¿Cuánto hacía que vagaba por el mar, sin destino alguno? No lo recordaba. En la embarcación quedaban minucias de las provisiones. El alimento de los últimos días lo habían propiciado las aguas y sus habitantes escamados.
Se echó sobre la madera húmeda y cerró los ojos, sin diferenciar el cansancio con la alegría, la felicidad de estar vivo con la sensación latente de la muerte. Volvió a abrirlos, para admirar el cielo protector, el que noche a noche lo mantenía cuerdo, con sus constelaciones y estrellas, ese mapa astral que se sabía de memoria y que era una de las causas por la que aún estaba vivo.
Tocaría tierra antes del amanecer. Llegaría a ese destino salvador del que nada sabía en pocas horas más. Quería descansar mientras tanto. Si bien era suelo firme, no podía predecir lo que se encontraría al caminar luego de varias semanas en el agua. Podía tratarse de un lugar desierto o un sitio abundante en alimentos; la morada de tribus caníbales o las costas de un pueblo civilizado. Por el momento era una esperanza. Y eso era suficiente. Lo que sucediera después, sería un regalo.

3 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Está tan desesperado que todo cambio es una esperanzador.

SIL dijo...

LOST.


O Robinson...




Una precuela aqui.


Abrazo.

Una Tal Juana dijo...

Siempre lo que viene por añadidura... es un regalo