lunes, 18 de mayo de 2009

Supremos designios para Rosa y Roque


Todos por acá conocen la macabra historia de Roque y Rosa. Pero todos callan. Sé que callan.

Yo no callaré, sea este escrito mi último testimonio que dé cuenta de esta aciaga leyenda si soy alcanzado por alguna maldición o no soy digno de perdurar viviendo. O sencillamente, valga por si me vuelvo loco. No callaré.

El despecho, el amor, el desencuentro de la pasión con los designios escritos para nosotros. Temas antiguos de grandes novelas y majestuosas óperas. No era él digno de la más bella rosa que refulgía asaeteando vapores en el estío que ya se enseñoreaba. La ciudad apenas asomaba adormilada bajo el peso de un sol opresivo.

Ella se entregaba sumisa al sidéreo artista que cubría su piel con lenguas de cobre sudorosas. Él, dedicado a los cuidados de la casa de sus tíos, la quiso para sí. Fútil intento de contar toda la historia, su sed bestial, su acoso, su carga impura, describir la figura de Rosa, anhelada hasta el hastío, hasta el llanto, hasta sangrar las palmas por propia mano.

El día en que desaparecieron, el día en que ella lo siguió antes de arrumbarse en el olvido, el día en que decidió que sin Roque no era Rosa tuvieron su cénit, su gloria, su sueño. Pero él no era digno, ella se había envilecido y yo el encargado de manifestar a la ciudad toda que los designios del supremo serían cumplidos al precio que fuere.

Sí, tuve que matarlos. Ella mereció ver agonizar a su deshonroso Roque. Él, colgado de cualquier resuello que no sea el último, obtuvo la contemplación de la escena deslumbrante de mi total posesión de su amada. Así fue. Porque si el supremo lo dice, la orden se cumple. Pero tonto no soy y menos capaz de dejarme no permitir marchitar yo mismo el capullo floreciente.

Pero el supremo da órdenes, imperante nos dice cómo y por qué vivir. Nos lo han transmitido sus voceros a lo largo de los años de esta perdida ciudad. Estos días sus voceros ya no me visitan ni me hablan, siento que el supremo me abandona, que quedo a merced de sus lacayos y aquí los espero, sin callar, dejando en este legado mi sospecha de que me han mentido... de que el supremo o sus infames lacayos como yo fui crearon este infierno donde me tocó ser verdugo.

O tal vez, cómo intuirlo, los amantes merecieron su destino porque el amor, esa maldita enfermedad, trangrede todas las normas que han permitido a nuestra sociedad su correcto funcionamiento. Y sólo el castigo, proporcional a la culpa, corrige.

2 comentarios:

Netomancia dijo...

Cómo ya le dije don Oso, excelente. Lo he vuelto a leer y opino que es re excelente.

Sil dijo...

LEASE MI COMENTARIO EN ¨LOS APUNTES...¨
Pero esta vez, más apaciguada.
BESOS de buen talante.