viernes, 25 de abril de 2008

Doscientos dos

Don Aníbal prefería extender sus caminatas obligadas por todos los pasillos del sanatorio. La idea de someterse al tormento de ir y venir con ayuda de un andador por el mismo pasillo una y otra vez le era difícil de aceptar y cómo se consideraba una persona de mundo, su libertad (la poca que tenía en su post operatorio, tras el quinto by pass) no podía limitarse a unos pocos metros.
Atento en todo momento a no quedar en evidencia por culpa de una bata a su parecer demasiado corta, su imagen se hizo cotidiana para enfermeras y médicos del lugar, quienes jamás le negaban una sonrisa al pasar.
Arrancaba en su piso, el segundo, y luego de recorrerlo tomaba el ascensor y bajaba hasta el primero, donde repetía su lento andar, de punta a punta, con un par de pausas de por medio, para recuperar algo de aire. Concluido el primer piso, descendía con el elevador hasta planta baja, para seguir su travesía junto a su fiel compañero de metal y tacos de goma.
No lo acompañaba ningún familiar, porque era arisco a que lo hicieran. Su orgullo era el mismo a pesar de las veces en que la muerte lo había puesto en jaque. Soberbio por momentos y malagradecido en otros, soportaba paciente su estancia en el recinto, esperando estoico el alta médica que lo devolviera a su hogar, dónde la rutina sería otra, aunque no menos solitaria.
Los metros finales en planta baja eran los que más lo entusiasmaban. La fila de asientos ubicados a metros de la puerta principal del hospital lo invitaban a sentarse y tomarse un buen descanso antes de emprender el viaje hacia el ascensor y de allí, directo a su piso, dónde lo esperaba la habitación 202, con la cama recién hecha y un (apetitoso) vaso de agua en la mesa de luz.
Se acomodó bien cerca de la puerta, para poder observar a través de los ventanales la calle y el continuo fluir del mundo exterior, del que le llegaban, atenuados, sus ruidos particulares, esos que le recordaban quién era, dónde estaba y qué le había pasado. Los sonidos de la realidad, cómo bien les decía.
Enfrente, en otra hilera de sillas, un matrimonio de ancianos (algo mayores que él, según les calculaba) aguardaban turno con algún médico junto a un hombre alto, de barbilla larga y ojos oscuros, dialogando risueñamente.
Les prestó la atención mínima y necesaria, de quién recorre con la vista el lugar, para tener un panorama. Pero mientras descansaba de su trajín, algo le llamó poderosamente la atención. No era ni la mujer ni el esposo. Era el hombre de ojos negros. Lo conocía. Si, estaba seguro que lo había visto en alguna parte. Tenía la plena consciencia de ello, pero no recordaba de dónde.
El oído aún lo tenía intacto, al menos había corrido mejor suerte que el corazón, el hígado, las articulaciones. En fin, uno se pone viejo y los años se cobran sus cuentas pendientes por tantos desarreglos y deslices. Pero podía oír bien y enfocó su atención a la gente que tenía delante de sus ojos, mientras jugaba con su memoria con el fin de encontrarle un nombre a ese rostro.
Los escuchó hablar primero de los hijos. Al menos de los hijos del matrimonio. Que uno estaba casado y tenía a su vez un par de niñas, que otro era policía y ahora vivía lejos, y había un tercero, tercera en realidad, que era maestra jardinera y andaba de novia con un muchacho que parecía ser un vivo bárbaro, que no trabajaba y dependía de sus padres. Más o menos entendió eso, aunque su atención iba de las voces a esa mirada tan familiar y allí se posaba perdiendo el hilo, muchas veces, de la conversación.
Pero de dónde lo conocía. Quizá de la época en que era encargado de aquel bar, en las afueras de la ciudad. No lo creía, no fue una época que le dejara muchos recuerdos. Podía ser de cuándo se hizo cargo de una empresa de seguridad en la provincia. Eran tantos los empleados, que podía estar confundiéndose a alguno con esa persona. Pero no lo creía posible.
De la vez que estuvo en el exterior, en aquel país limítrofe que ya no recordaba. Tampoco, muy difícil. Algún familiar lejano acaso. No tenía muchos por otra parte y los que tenía, no eran de su agrado, y mucho menos, olvidaba sus rostros.
Empezó a recorrer por décadas, la del setenta, agitada y fulera. La del ochenta, sin un mango y buscando siempre a quién cagar. En los noventa, acomodándose en puestos gracias a políticos amigos. Reciente no podía ser. Desde que se jubiló, casi no tenía contacto con la gente, salvo, claro está, con médicos, enfermeras y camilleros. Destino triste el del ser humano, pucha que lo sabía.
El hombre hablaba poco, escuchaba y se limitaba a decir una que otra acotación. El anciano le había contado de su trabajo en un campo, de unas tierras que quería comprar con un dinero ahorrado y el rostro de ojos oscuros y mirada misteriosa asentía con la cabeza y más de una vez Don Aníbal creyó ver que lo miraba de reojo, como espiándolo, consciente que los estaba escuchando.
Y así transcurrieron los minutos. De repente Don Anibal abrió los ojos y la piel se le erizó. Febrero de 1987. Jueves o viernes. Caminaba por el centro cuando sintió un puntazo en el pecho y apenas si pudo sostenerse de pié. No sabe quién lo ayudó a meterse a un taxi y de ahí al hospital. Le diagnosticaron un infarto y a la semana ya tenía su primer by pass. Pero fue el día mismo del infarto, cuando por la noche, estando solo en la habitación, creyó entonces haber soñado con la figura de un ser extraño, alto, de barbilla prominente y mirada acusadora, oscura, mortífera. Una figura que lo tomó de una muñeca y susurrándole al oído le dijo con voz ronca "vine por tí, vine a buscarte".
Y ahora, más de veinte años después, allí estaba. Los rostros coincidían. No lo había soñado entonces y estaba seguro de no estar haciéndolo ahora. Seguramente era la muerte y ahora estaba por arrebatarle la vida a esos ancianos, á él probablemente, o bien a ella, aunque podía ser a los dos. Se sintió impotente, con la necesidad de levantarse y gritarles que corrieran, que huyeran del lugar, de las garras de ese ser siniestro que tenían a su lado.
Quiso incorporarse de la silla, pero se supo débil y cansado; su mano aferró el andador pero no tuvo fuerzas. Un dolor lacerante e intenso le atravesó en un instante el pecho y su mirada se tornó borrosa. Sus oídos, siempre fieles, tampoco fallaron esta vez, cuando escucharon una voz proveniente de la fila de asientos que estaba enfrente, que anunciaba que él solo estaba de paso y que había venido a visitar a un viejo amigo, que estaba en la habitación 202.

3 comentarios:

melina dijo...

wowww genial!!!
magnífico!

no hubiera sido lo mismo si anoche no hubiéramos visto The Savage, impresionante retrato de la realidad.

abrazos!

el oso dijo...

El señor de barbilla larga que se acercó a leerlo conmigo dice que está muy bueno. (¿de dónde lo juno a este?)

diego dijo...

una visita del pasado en el presente, del futuro en el pasado; un camino estremecedor y certero...
impactante, me deja sin palabras señor!