viernes, 11 de abril de 2008

Misión improbable

Sí, fueron aquellos tiempos. Ya sé, la anécdota fácil. El paño del tiempo le da brillo a lo más opaco siempre que uno sepa lustrar un poco. Hoy a lo lejos entre lo trivial y lo curioso hay cosas, momentos, que me vuelven y me revuelven. Quizás estos recuerdos sean intentos por hacer más vívido lo vivido, o quizás sean la última hojarasca del otoño del tiempo, condenada a no ser, pero a pervivir de otro modo.

El cielo, plomizo, nos advertía a nuestro paso cuan difícil y cruento podía llegar a ser aquello. Si había guardias y estaban atentos no tendríamos la menor posibilidad.

Íbamos, ebrios de furor, sin cubrirnos demasiado ya que el escaso follaje hacía inútil todo intento. No llevábamos demasiado, un par de esas viejas herramientas de trabajo para algunos, de diversión -cuando no de horror- para otros, que producían más ruido que daño, más parecidas a las que se venden en las ferias que a las profesionales. Nuestro número era variable, algunos caían para no levantarse y casi no nos preocupábamos más que de acomodarlos un poco mejor o ayudarlos a acurrucarse en un reparo improvisado. Otros, menos, se sumaban, porque los pelotones de desesperados, de locos que deambulan, atraen a buscadores de aventuras y a los que no tienen nada que perder.

La llovizna, tenue al principio, empezaba a mojar nuestras sucias remeras y lo que había sido una noche calurosa y casi festiva se convertía poco a poco en un alba que no vendría. Yo portaba el instrumento y por nada del mundo lo iba a transferir. Me daba la seguridad que quería transmitir y un cierto orgullo de adalid. Ariel, el atronador artilugio colgado de los hombros; los demás, poca cosa en las manos.

Cuando hubimos de cruzar calles nos cuidábamos más de ocasionales descerebrados que de las patrullas de soldados o policías somnolientos y apesadumbrados por la tarea. Al llegar a la avenida, ancha, despejada, el paisaje nos premió con nuestro objetivo: la casa del Mayor. Nada de movimientos de película, la euforia nos llevó a sus veredas en banda, sin dispersarnos, blanco fácil de guardias si los había. Cacho, baqueano en la zona, se encargó del reconocimiento. No había ruidos dentro. La pregunta por los guardias nos taladraba las sienes. Ya oíamos la lluvia de balas que no llegaba y eso nos desquiciaba más y más. ¿La puerta o la ventana?, dijo José. ¿Cuál ventana?, yo. Shhh, la primera, Ariel, que parecía ser el único razonable, mientras acomodaba su instrumento. Con la espalda erizada de duda y rara obsesión eufórica, desenfundé.

El primer acorde atronó sólo un instante antes de que Ariel golpee. Hubo un sobresalto dentro. Nuestros alaridos casi sonaron al unísono.

Cuando la puerta se abrió, un hombre en paños menores, con una botella de champagne en cada mano, nos sonrió entre azorado y divertido y ensayó algo así como: qué lindo que la juventud recupere las viejas tradiciones como la se… Nunca pudo decir serenata. Mi primo Ariel, sentado sobre el bombo apoyado en el barro, inquirió: Viejo, largá las botellas y andá a dormir. Así lo hizo, obediente, el Mayor Oscar Blanco, el intendente de facto de Villa, la madrugada del 1º de enero de 1982, que por suerte dio franco a su guardia.

Dejamos la casa de Dorrego y Santiago del Estero a los saltos con más euforia que antes, borrachos y tropezándonos al manotear las botellas.

Enfundé la guitarra para que no se siga mojando mientras el alba seguía escondido tras los nubarrones.

2 comentarios:

Netomancia dijo...

Un relato que se va descubriendo a medida que acostumbramos la mirada a través de la lluvia y mientras eso sucede, nos va integrando a ese grupo entusiasta, doblegado por los tragos, pero en pié por la sangre joven que corría en sus venas.
Hay algo maravilloso en esta serie de relatos tuyos, don Oso, que sin dudas me llevan a esperarlos con entusiasmo, que es (ya lo he dicho) el escenario y el regreso del pasado, que se plasma con tanta sencillez que pareciera derribar la barrera del tiempo.
Excelente!

diego dijo...

estas visitas a nuestra historia, al pasado, a su gloria y sus lecciones desde este presente son de los más constructivo; todo esta cargado de sentimiento y sinceridad, de algo que nos puede ser tan cercano que asusta y conmueve a la vez.
creo que me estoy volviendo otro firme seguidor de tus relatos querido oso!
salute!