sábado, 26 de abril de 2008

Les dejo un acontecimiento pasado, pero valedero para estas fechas

Los viajes en Metro son cada día más cadavéricos y espantosos. Con la llegada de la primavera se van sintiendo, de a poco, los aires cálidos del sur que enseguida invaden, con su manto sofocador, las estructuras cerradas y, aun más, las subterráneas. Los sucesivos desperfectos de los trenes en pleno túnel no colaboran en lo más mínimo con la salud psíquica y física de los viajeros, que lo único que quieren es llegar pronto a sus destinos y no padecer, como única alternativa, una siesta sin sueño a unos cuantos metros bajo tierra.
Sin embargo, la rutina de los viajes a diario me ha ofrecido descubrir ciertos sitios y horarios en los que aun se puede respirar o desperezarse cómodo a las 7 de la mañana. Entre las diferentes combinaciones que hago, para poder llegar a tiempo al trabajo, me topé con una sucesión de consecuencias que se concretan como vagones vacíos a cierta hora, cosa que no dudé en aprovechar. En las esperas insólitas de cada rotura mecánica de las máquinas estudié las entradas y salidas de las estaciones que atravieso, el ir y venir de la gente, sus movimientos, inercias, y hasta pude ver sus deducciones antes de que fueran concretadas. También tuve precisa observación sobre la disposición de las puertas del tren, al abrirse, cuando se detiene frente al anden, detalle muy importante para poder conseguir un asiento ya que las estaciones, en las que subo, acumulan una masa humana considerable.
Este devenir de los acontecimientos cotidianos se ha tornado casi un trámite, no sólo para mí, sino para la mayoría de las personas que se ven obligadas a utilizar este fabuloso medio de transporte. Digo fabuloso porque, a pesar de su mal servicio, con él se puede llegar a cualquier punto de la ciudad sin tener que caminar más de cien metros. Tal es este trámite que, aun con la cantidad de gente que se mueve a diario por Madrid, hay veces que puedo reconocer más de una cara planeando la ubicación exacta para que sus pies coincidan con las puertas de los trenes.
Me es muy gracioso entender las actitudes de la gente, si no estoy demasiado dormida me entretengo tremendamente inspeccionando las reacciones de cada ser ambulante por sí mismo.
Esta tarde, de regreso a casa, por ejemplo, la situación fue más que cómica. Al llegar a la estación predeterminada para hacer la combinación siguiente, el tren se detiene, abre sus infatigables puertas, y salimos todos del vagón, como un gusano enorme de gente, directo hacia la escalera que conduce al centro de la Terminal para continuar cada uno con su inevitable programa. Delante de mí caminan dos turistas orientales, un poco desorientados, pero siguiendo a la masa. Delante de ellos, una joven de las que viajan a diario. Desde mi espalda puedo ver, avanzando alocada entre la muchedumbre, otra joven metiendo cuerpo sin piedad hasta que se sitúa entre los orientales y yo para estirar su largo brazo y, entre los turistas, deslizar bruscamente su mano sobre las nalgas de la chica que iba delante. Ésta, asustada más que sorprendida, volvió su feroz mirada hacia los muchachos orientales que no pudieron decirle otra cosa que no fuera “¡Noooo, Nooooo, Noooo!”, hasta que la joven acosada pudo vislumbrar, detrás de los inocentes turistas, la cara sonriente de su desvergonzada amiga. Se hizo lugar y le echó un gran abrazo con el cual los chinitos siguieron aliviados y algo tentados de risa. No es para menos, yo no pude contener la carcajada ni en la fracción de segundos que duró el episodio.

3 comentarios:

el oso dijo...

Bienvuelta al blog Meli. Entre tato zanguango dando vueltas, garrapateando penas, se extraña tu presencia como se siente tu ausencia... y a la vez la de tus palabras que (oso copiar) revuelven las entrañas.
Un abrazo.

Netomancia dijo...

Cada instante es un relato y que gran manera de demostrarlo.
Eso si, andá con cuidado por las calles de Madrid...

diego dijo...

jejeje es parte de la aventura de la ciudad, el amor - odio de las capitales, los agobios, las broncas y las treguas que nos da la lluvia o un sábado por la mañana...
la ciudad que nos devora y nos seduce; yo suelo evitar los trenes madrileños, prefiero el ritmo de las veredas y sus viejos peatones en busca del periódico que les dé la buena nueva; sin embargo, los túneles de la city de vez en cuando nos regalan alguna buena historia que contar!
genial!