sábado, 1 de noviembre de 2008

Fuga

Siente el viento golpeando el rostro y cómo la carretera se esconde debajo del capó del auto. Va lanzada a doscientos kilómetros por hora, aferrada al volante de su descapotable, dueña de su libertad, presa de su deseo.
La carretera no parece tener fin y el paisaje se torna repetitivo y fugaz. Detrás ha quedado una vida y por delante, sabe, vendrá otra.
Mira de reojo de tanto en tanto el asiento a su lado, ausente de compañía, pero no por ello vacío. El bolso está allí y eso la reconforta. Sabe que hay una conexión entre lo que contiene y el palpitar intenso de su corazón.
El motor del coche pugna por hacerse escuchar, pero el zumbar del viento es aún más fuerte. Casi no hay curvas, el futuro parece estar al fondo de una larga línea recta.
Por momentos se hecha a reír, aunque casi insonoras, sus carcajadas hacen de su rostro, una mueca de locura. El maquillaje corrido, la sangre seca sobre el labio superior de la boca y la camisa blanca surcada por gotas de algo que ahora está negro, retratan una escena esquizofrénica.
El día es claro, sin nubes amenazantes, el sol brilla en lo alto y se refleja en el parabrisas con destellos que parecen jugar sobre el vidrio. El espejo retrovisor invierte lo que ella tiene por delante, esa recta y despoblada carretera, que en lugar de aguardar, se aleja, hasta que de pronto, el horizonte, voraz, la devora.
Sigue riendo mientras siente como su pie se entierra en el acelerador. La sensación del volante es sensual, como el viento que arrebata su larga cabellera y la golpea sobre sus hombros. No deja de mirar hacia el asiento del acompañante y sentir un alivio al encontrar allí al bolso.
En el espejo retrovisor la carretera sigue escapando hacia el pasado. Pero dos puntos de colores parecen avanzar hacia delante. Primero cree que es su vista que la ha engañado. Presta más atención y comprende que no. Una luz roja y a su lado, otra azul. Y más atrás, otro par igual. De repente son no tres, sino cuatro pares...
La policía la está siguiendo. Encontraron su pista, rompieron el encantamiento de la fuga.
Se siente furiosa, golpea con fuerza el volante, maldice gritando a pesar que nadie la escucha. Maldice a su novio, cuyo cadáver lleva desde hace más de cuatro días en la maletera. La tranquiliza saber que el bolso está a su lado.
Toma una decisión y lo hace rápido. Se olvida del futuro y se aferra al presente. Con un brusco giro, abandona la carretera y conduce hacia al este, por camino de tierra. El polvo lo colma todo, incluso al punto de asfixiarla, pero es su única esperanza. Lleva el motor al máximo que puede dar, el auto va a los saltos, las ruedas ya no acarician la planicie de asfalto, sino que atraviesan las tumultuosas sinuosidades de la tierra salvaje, devorando rocas y zanjas, en una marcha atroz y desenfrenada.
El vehículo parece llevado por el diablo. Los coches de la policía hacen su mejor intento, pero cada vez quedan más atrás. Ella siente que vuelve a triunfar, que está a un paso de hacerlo.
Ríe fuerte, con toda la boca. Mueve los hombros para sacarse algo de tensión de encima. No desacelera, no se lo permite. Si bien el espejo retrovisor le devuelve polvo y nada, no puede confiarse. Mira a su lado. El bolso no está.
Se le hela la sangre. El corazón parece detenerse. Mira a sus pies desesperada, esperando que el movimiento lo haya hecho caer del asiento. Pero no está. El bolso no está.
Piensa en detenerse y volver atrás, pero sabe que es un suicidio. Quiere pensar pero no puede, está confundida. Entonces escucha su voz y el peso de su mano sobre su hombro.
Grita. Grita fuerte y aterrada. Sabe que está muerto. Lo sabe porque lo mató en el motel, le cortó la garganta y los testículos, y luego se los metió en la boca. Lo llevaba en el maletero porque pensaba enterrarlo cerca de donde se instalara, como un premio, un recuerdo de lo que todo le había costado.
No se animaría a mirar atrás, estaba segura. Pero ya estaba mirando. Con la garganta cortada, emanando ríos de sangre, allí estaba su novio. Era imposible, pero a la vez verdad. Muerto en vida, estaba en el asiento de atrás, estirado hacia delante, con algo saliendo de su boca. Sintió que le venían naúseas. El le guiñó el ojo y con la mano libre, alzó el bolso. Ella no pudo atinar a nada, ni siquiera a mirar nuevamente hacia delante.
El hizo oscilar el bolso, cada vez con más fuerza, una y otra vez, una y otra vez, y cuando había alcanzado cierta velocidad, lo lanzó al aire. Un testículo asomó de su boca, bañado de sangre. Ella volvió a gritar, queriendo arrojarse del auto. Pero ya era tarde.
El camino había terminado. La tierra cedió bajo las ruedas delanteras del descapotable a más de doscientos kilómetros por hora. El auto salió despedido al precipicio como un chorro de orín. Volvió a sentir como la golpeaba el viento, pero esta vez, como nunca lo había sentido en su vida. Antes de cerrar los ojos y dejar de pensar, volvió a ver a su novio, que no dejaba de sujetarle el hombro y supo con seguridad que estaba muerto. La locura la embargó antes que la muerte llegara.

jueves, 18 de septiembre de 2008

El miedo

Sus ojos me miraron, titilando el refugio que guardaba, la complicidad que utilizaría más tarde en sus palabras y un extraño acontecer de raíces hinchadas en su memoria.
Parecía más que un loco suelto. Parecía, sobre todo, un espasmo del día, una tormenta en un cabo solitario, un circo derribado, la neblina de no saber caminar solo.
Temí acercarme, temí preguntar, aunque por dentro sabía que temía involucrarme, que esos ojos no fueran cotidianos y supieran hablar con extremismo de un acontecimiento que, al final, nos sucede a todos. Temí deber auxiliarme.
El tiempo pasaba oblicuo en el espacio. Sobraba una parte de lo que nunca sabemos en ese trozo de recreo obligado a la espera del tren. El recorrido de la gente interfería en exceso la búsqueda de logaritmos que ofrecieran un resultado coherente a las respuestas.
¿Cuál sería su viaje para tan desbordados ojos? ¿Qué secuencia atroz imaginaba para derramar tanta evidencia?
Pensé lo que nunca pude pensar en un segundo a la velocidad de un tren que está por llegar en cualquier momento. Ya estaba todo examinado, pero ¿serviría para la investigación lo que provocaría la inercia del encuentro?
Llega el tren sin darme cuenta a pesar del tiempo de concentración. Subimos todos y cada uno se ubica en los lugares que puede, afortunadamente se puede elegir un poco a estas horas de la tarde. Sus ojos siguen mirándome inauditos, escondiendo un poco la vergüenza que provoca la multitud. ¿Qué es eso que me dice?
Me acerco tan nerviosa como si tuviera que interrogarme a mí misma. Me acerco y el contacto ya es inevitable. Pregunto, lo más prudente que me permite el momento, cuál es su malestar. Los ojos van disminuyendo su expresión. Noto un expansivo intento de evitarme. Ya no soy yo preguntándome. Este ser evade la situación con un simple “no pasa nada” seguido de un “estoy bien”. Los ojos seguían siendo oscuros y profundos. No pude imaginarme un campo abierto con soles resplandeciendo en su horizonte. Se estaba alejando completamente solo. No supe qué hacer. Tenía ganas de arrebatar a esa persona del mundo en el que se encontraba, pero no supe qué hacer. Tan cerca y tan lejos, a la vez. Tan inamovible es el miedo, a veces, tan extremo.

domingo, 14 de septiembre de 2008

El timbre de las flores

Un buen día algo lo iluminó. Caminaba por el barrio y se dio cuenta que faltaba algo. Las casitas eran lindas, las calles estaban cuidadas y había luminarias en cada esquina. Pero el celeste del cielo no combinaba con lo que lo rodeaba. Pensó y pensó, sentado en la hamaca de la pequeña plaza hasta que dio con la clave del enigma: las flores.
Al barrio le faltaban flores. Los árboles eran potenciales colosos en crecimiento, pero había mucha vereda, mucho tapialito y poco verde, nada de macetas y ausencia total de colorido.
Así comenzó la ardúa tarea en la que se encaminó Santiaguito. Con sus siete años a cuestas, apareció una tarde con una carretilla de plástico (rojo chillón) cargada de plantitas. Tocó timbre en la primera casa de la primera calle del barrio. Una señora muy grande (de tamaño y de edad) le abrió la puerta y sonrío al verlo. Recibió con agrado el obsequio de las plantitas y se comprometío a colocar algunas en macetas y otras en el terreno que daba a la calle.
Santiaguito se fue empujando la carretilla, saludando a la señora con la manito izquierda. Un par de horas volvió con más plantitas y tocó timbre en la segunda casa.
Así, de a poco, la gente del barrio era visitada por Santiaguito. También volvía a las casas donde había dejado plantitas, para asegurarse que las hubiesen utilizado para su propósito.
Al poco tiempo, la silueta del niño de siete años empujando la carretilla cargada de plantitas se había hecho familiar para los vecinos del barrio. Todo el mundo lo saludaba y lo detenían para ofrecerle chocolate caliente, jug de naranja o tan solo agua. Santiaguito (así se presentaba) nunca decía que no y mucho menos, jamás dejaba de sonreír.
El día que llevó las plantitas a la casita más alejada del barrio, que aún no había visitado, fue la última vez que lo vieron. Los vecinos esperaron en vano su figura diminuta recorriendo las calles, alegrando con su andar y el de su carretilla la vida cotidiana. Aún añoran su sonrisa, su simpatía innata, el timbre sonando...
Cuando alguno lo recuerda, les sirve con mirar alrededor y observar las flores: la sonrisa no tarda en aflorar, en arrancar una carcajada y porque no, de vez en cuando, una lágrima.
Aquel angelito voló a alguna parte, vaya a saber dónde, pero seguramente estará pintando de felicidad una partecita del mundo. Porque a los lugares siempre le falta algo, a veces son grandes cosas, otras, pequeños detalles. No siempre hay un angel dispuesto a darse cuenta. Y mucho, menos, uno que haga lo que nosotros no hacemos.

jueves, 11 de septiembre de 2008

El Caminante

Falso y absurdo como el día. El próximo mes será igual al anterior y el ardor que sienten sus pupilas es el mismo que colmó las desgastadas horas de un pasado confuso.
Los años le confunden. Cuando mira detrás de sus hombros no logra divisar claramente las coordenadas. Los recuerdos nunca se presentan tal cual sucedieron.
Algún color se difumina, alguna sonrisa se transforma en una mueca macabra, algún rencor en un simple suspiro; algún resplandor en una oscura noche.
La noche es cómplice de todos esos pesares, mientras el día repta y circula por entre las vías de la ciudad. El camina al igual que nosotros. Arrastra los pies y decide, o no, que hacer.
Una tarde se cansó de esperar esas cosas que algunos saben esperar.
Saltar no tiene sentido, y a veces esa búsqueda de sentidos nos agobia desde las tempranas horas de nuestra existencia.
El lejano mar no encierra ninguna respuesta en sí, y dejarse caer tampoco resulta tan atractivo. Simplemente atado a una cotidiana realidad decide proseguir, decidimos continuar...

martes, 9 de septiembre de 2008

Cárcel diaria

Creer que todo es verdad
Saber que todo es mentira
Soñar con ser libre,
vivir sin edad
enfrentando la prisión de los días
y la monotonía de ser esperando morir
ignorando el por qué y la razón
sin sentir ni decir,
sin permitir al corazón
pecar en rebelión.

Creer que todo dura
cuando todo tiene fin
Inmaduros por ilusionar
a un mundo perdido en gris
embellecido por el espanto
dueño sin motivos de su desencanto
moribundo en vida, como mis sueños
El día cae, como una brisa
se lleva las horas con el viento
y apaga las luces, sin culpa, sin prisa.

viernes, 5 de septiembre de 2008

En el fin...

Hora de parar este ensueño,
uno debe reunirse con el mundo real.
Me siento como un extraño,
un desconocido en un mundo extraño.
Caminando por las calles y viendo que nada es igual.
Ahora, las luces de la ciudad se apagan una por una
demasiada sabiduría y egoísmo,
el tiempo está pasando pero nosotros quedamos,
vos quedás en mí.
Atrapá lo que puedas, yo no me quedaré por mucho tiempo
volveré mañana temprano o nunca más,
resplandeciendo...

lunes, 18 de agosto de 2008

Visitantes

Sabía que vendrían, que las profecías de todos los tiempos anunciaban su quizás pronta llegada. Y llegaron ahora, en mi tiempo, en mi historia y soy testigo de este acontecimiento fundante que cambiará nuestro devenir para siempre: Existe vida –y vida inteligente- en otros lugares del universo y no sólo eso. Están aquí. Frente a mí se podría decir.
Creerán que no los conocemos, pero no es así. Años interminables estudiando los mensajes que enviaron al espacio, quizás a nosotros, quizás a todo aquel que quisiera tomar contacto con ellos, con su civilización.
Aprendimos, aprendí, a inteligir los códigos con los que intentaron comunicarse con nosotros. Supe coordinar las acciones para que científicos y tecnólogos los guiaran a nuestro mundo, un poco en secreto, un poco a voces.
Y aquí estoy, me siento salir de mí mismo, me han elegido como interlocutor gracias a la calidad de mis trabajos de decodificación y esto me honra, pero me llena de un extraño estupor. Tengo miedo y euforia, parecen pacíficos, pero quién sabe. Al fin de cuentas seré testigo y protagonista del acontecimiento más grande de la historia, el contacto directo con seres venidos de otros mundos.
¿Cuál será su saludo? ¿Será un saludo? ¿Cómo responderé? Pasé el último tiempo ensayando frases de protocolo y sé que me va la vida en ello. Lingüistas, sabios de todas las ciencias apoyándome para conseguir una comunicación satisfactoria. Por sus mensajes llegamos a la conclusión de que son pacíficos, que los mueve sólo el interés por dar a conocer su cultura y asegurarse de que no están solos.

La nave ya descendió. Un ajetreo interminable de artefactos y sistemas de seguridad, de luces y pasillos sellados eriza mi piel y me tensa indescriptiblemente. Las compuestas se abren, la metálica voz de una computadora anuncia que los sistemas de seguridad están en óptimo estado y no debemos temer por nada.
Me adelanto unos pasos en el amplio pasillo, para dar a entender que soy el interlocutor y los demás, aunque armados, sólo me acompañan.
La portezuela de la nave empieza a abrirse y la luz interna me enceguece, titubeo, pero sólo en mi interior, debo ser un emisario firme y decidido y así me muestro. Comienzan a salir, son varios, la tensión no me permite contarlos. Sé que estamos separados por sutiles paredes que generan la atmósfera vital para los visitantes, aunque ellos no sé si lo notarán.
Mi mente descifra rápidamente la imagen visual que percibo. Son sencillamente horribles. Gruesos, con protuberancias extrañas. Los hay de dos sexos seguramente, por sus formas debajo de los trajes ajustados. Los más tienen matas que brotan de sus cabezas demasiado pequeñas. Los ojos, o lo que parecen serlo, también son muy pequeños, tal vez la cuarta parte de los nuestros. Me tranquiliza mucho su estructura, tienen dos brazos y dos piernas, aunque de un grosor que parece por lo menos del doble de los míos. Sinceramente no entiendo cómo las mismas leyes naturales consiguieron generar en otro punto estos seres de ridículas proporciones.
Diluyo estos pensamientos a la hora de establecer comunicación y me concentro y dispongo a ello. Uno de ellos se adelanta, como yo. Hace un gesto que debo interpretar como amistoso. Me sobresalto cuando abre su boca enorme, carnosa. Va a comunicarse. Los sistemas de comunicación de todo mi mundo están atentos, semiólogos, criptógrafos, expertos en lenguas poco conocidas, matemáticos y un sin fin de científicos en una febril espera interminable.
Por fin articula: Mi nombre es Eva. Nuestro planeta es, era –se corrige- la Tierra, del astro Sol en el que llamamos brazo Orión de la galaxia Vía Láctea, pero ya no existe.

jueves, 14 de agosto de 2008

El Manuscrito Maldito

En 1971 una expedición de buzos norteamericanos que estudiaba el comportamiento de ciertos peces, descubrió en la costa occidental africana, en una cueva a cuarenta metros de profundidad, un manuscrito antiguo, escrito quizás hace doce o trece siglos. El manuscrito fue estudiado por arquélogos y antropólogos de tres universidades distintas.
Hoy están todos muertos. Tampoco sobrevivieron los buzos y participantes de la expedición. Fueron muriendo de a poco, por enfermedades extrañas. Aquellos que los socorrieron médicamente, también perecieron.
Desde hace tiempo junto los recortes que salen en los periódicos relacionados a tan particular suceso. He investigado durante años y no he podido dar con el paradero del manuscrito. Sospecho que ha sido destruído o bien desaparecido producto de la misma maldición que lo rodea.
Como arquéologo, es mi objeto de estudio. Como humano, mi obsesión. Debo confesar que se me han cerrado imnumerables puertas y en cientos de casos, negado enfáticamente la existencia de tal manuscrito.
Hoy escribo desde el umbral de la muerte. Creo que el hecho de investigar sobre el manuscrito ha hecho que este se fijara en mi, esté donde esté. Tengo la seguridad que la extraña enfermedad que me está matando es producto del maleficio.
No me causó sorpresa - más bien miedo - tras empezar a sentirme mareado, con fuertes dolores de cabezas y sangrando de distintos orificios del cuerpo a cada momento, descubrirme una mancha rosada sobre el pecho. Una imagen tan rara como espeluznante: la clara imagen de una calavera clavada en una estaca.
Me provoca naúseas el solo pensar que por el hecho de estar leyendo estas líneas de despedida, vertidas en sucio papel en la última bocanada de aire de mi alma moribunda, sean suficientes para ser alcanzados por el maleficio. Tengo la sensación de que así será, que usted comenzará a ser parte de este infalible mal, otrora espíritu poderoso, infierno en tierra, condenado a la nada, a la eternidad en papel, convertido en maleficio, asesino silencioso restringido al olvido, confinado a la suerte, al espíritu siempre curioso de seres obsesivos, culpables de su despertar y su volver a matar.
Las pesadillas me persiguen despierto. En ella, un enorme desierto de sequedad se extiende por todo los alrededores y en medio de él, me arrastro pidiendo por agua, pero solo, tras escarbar y lastimarme las manos, encuentro sangre.
Espero morir pronto y mi único deseo es que aquellos que lean este testimonio, quizás el último existente que hace alusión al maldito manuscrito, no sufran tanto.
Pienso que ha sido el propio manuscrito el que me ha llevado a escribir esto y hacerlo público. No me consideren culpable. Al final de cuentas, todos estamos malditos de una u otra forma.

martes, 5 de agosto de 2008

La Meca

En Las Vegas hay un garito muy reducido donde siempre figuras entrañables se reunen para beber una copa y divagar sobre la existencia humana.

A este reducto se lo conoce como "La Meca", lejos de sus connotaciones religiosas, el nombre se lo dieron sus antiguos dueños en homenaje a los tiempos en los que a Hollywood así se lo conocía.

Es un bar de luces turbias y silenciosas, decorado con amplios sofás de color bordo y cubiertos de polvo. En el mismo hay una mesa reservada para los más atrevidos, para los más intrépidos.

Un amigo me comentó la existencia de este rincón, y como mi viaje de negocios me permitia unos días libres por la gran "América" decidí acercarme a la codiciada ciudad de Las Vegas.

"Bienvenido a la perdición de los ee.uu" - me dijo el camarero de "La Meca" cuando me vió entrar. Le devolví el saludo y solicité un café américano bien caliente.

El jazz que envolvía todo el local me dejaba atónito, como perdido en una escena de "Viva las Vegas". Pero el motivo de la visita no era la música, sino aquella misteriosa mesa de la que me habían hablado en una lejana noche madrileña.

No fue difícil localizarla, se recostaba sobre uno de los grandes ventanales del local y sobre ella se podía leer un cartel que decía: "Si sabe de que hablar tendrá derecho a sentarse aquí (el tiempo no es impedimento)".

Lentamente me acerqué a ella y me deje caer en su sofá típicamente americano. A los pocos minutos el camarero me sirvió el café y me preguntó:

- "Señor, ¿de que desea conversar?

- "Pués, de nada..." - contesté tímidamente.

El dueño del local me invitó a retirarme, por lo cuál tuve que pagar aquella taza de café y salir por la puerta principal con las miradas de todos los presentes clavadas en mi espalda.

Lógicamente no tenía nada que decir en la mesa donde Edward D. Wood Jr y Orson Welles se reunieron una noche para hablar sobre Tim Burton...

sábado, 19 de julio de 2008

Sunday bloody sunday

Sus ojos de niño no me engañaban. Su forma de prestar atención cuando en la radio los boletines informativos cesaban su larga enumeración de hechos bélicos para dar paso a un tema musical, me revelaban lo que intuía. Principalmente cuando la música era rock.
Melena desmarañada, rostro sucio por la tierra, lo mismo que sus uñas, ropa desgastada por el uso y manitos diminutas pero firmes. Tan firmes como una roca, le había dicho en una ocasión. Pero el idioma impidió que me entendiera.
Lo veía todas las mañanas. Era su turno. El que elegía la música en la emisora radial tenía, sin lugar a dudas, cierta preferencia por U2. Los irlandeses se despachaban mañana de por medio con algún tema, algunos de los cuales me rememoraban otras épocas y situaciones.
Esa mañana en particular se escuchó Sunday bloody sunday, el recordatorio inmortal de la banda al domingo sangriento irlandés, que en realidad evoca ese y otros tantos hechos trágicos de la humanidad en los tiempos modernos, donde ideologías y sensateces no van de la mano.
El niño quedó encandilado por el sonido. Lo atrapó como una planta carnívora a una mosca, pero en lugar de engullirlo, lo abrazó y hasta quizás, lo hizo soñar.
Le hice un gesto con las manos, como si estuviera tocando la guitarra. Me entendió. Me dijo que no, que no sabía tocar la guitarra. Dudaba incluso que alguna vez hubiera tenido una entre manos. Señalándome, le hice comprender que yo si sabía tocarla. Algo parecido a una sonrisa se dibujó en su rostro.
Hice como si tocara, haciendo el sonido con la boca. Por primera en las dos semanas que llevaba prisionero allì, mi joven guardia se hechó a reír. Le dije que ese grupo que había escuchado en la radio se llamaba U2. Repitió el nombre dudando primero y con mayor seguridad después.
Busqué la manera de explicarle la forma en la que se toma una guitarra. Me alcanzó una vieja escoba que estaba en el pasillo. Le mostré algunos movimientos, pero se dió cuenta que era muy larga y se hacía difícil poder imitar una guitarra de verdad. Contento por la clase, me ofreció entonces el fusil que cargaba al hombro.
Lo tomé con gusto y antes que se acomodara a observarme, le disparé al pecho. Corrí hacia la puerta y disparé al guardia que estaba del otro lado. Me escabullí de la robusta casa de material y me interné en la aldea, cuidándome que los guerrilleros que me tenían prisionero no pudieran alcanzarme.
Corrí y corrí por el desierto. Dos días después un equipo de patrullaje de la ONU me puso a salvo. Sunday bloody sunday sonó durante todo ese tiempo en mi cabeza. Los ojos sorprendidos del niño, mirándome horrorizado en esa fantasmal fracción de segundo, también estuvieron allí.
La música se ha ido. La mirada no.

sábado, 12 de julio de 2008

El amigo que se fue

Lo más duro para un escritor es descubrir que no está hecho para eso. A Mike le sucedió eso cuando acabó de componer su obra cumbre, la que lo catapultaría a la cima de los rankings de ventas. Era un libro magnífico, sin embargo fue colocar la última palabra y comprender inmediatamente que no servía como escritor. El libro finalmente llegó a una gran editorial y allí tomó forma como tal, para finalmente, a los pocos meses, ser la revelación en todas partes.
Mike, sin embargo, se encontraba enfrascado en una seria depresión, de la que no podía salir. Cada día era un suplicio peor al anterior. Las ideas de muerte danzaban como fantasmas en su mente, acompañándolo desde las primeras horas del día, cuando el sol le acariciaba tibiamente el rostro por la mañana, hasta que la pálida luna lo despedía con un frío beso por la noche. En tanto, el libro se vendía de a miles ejemplares por día y la editorial comenzó a imprimir varias tiradas más. Las cuentas bancarias de Mike crecieron de un día para otro, pero ni todo el dinero del mundo podría haber cambiado su aspecto ni su sensación de permanente ahogo y desazón.
Mike salía poco de su casa, pero las veces que utilizaba sus piernas para que lo llevaran por el mundo que lo rodeaba, eran para terminar en la cantina de Al, un amigo de la infancia, de los pocos que le quedaban en aquella pequeña ciudad, perdida en los confines de la nada.
- Lo de siempre Al - le dijo Mike a su amigo una de esas pocas noches en la que se atrevía a escabullirse de su guarida.
Al lo miró como de costumbre. Con preocupación. Aquel que de vez en cuando se abría paso entre las mesas de su bar para emborracharse con varios tragos de tequila distaba mucho de ser el amigo que una vez supo conocer. Porque el Mike con el que había jugado tantas tardes a la pelota, batallado en incontables carreras de bicicleta y arruinado más de un pantalón a la altura de las rodillas jugando a las bolitas, en nada se parecía a ese despojo de ser humano que solía caer por su cantina.
Sin contestarle, sirvió el vaso con tequila hasta la mitad y lo colocó en la barra, delante de su amigo. Mike lo contempló un largo rato, como esperando una revelación, y finalmente hizo desaparecer la bebida de un solo trago. El fondo del vaso chocó con fuerza contra la barra, como era costumbre de Mike hacerlo. Al no le decía nada, pues sabía que esos vasos eran de vidrio grueso, prácticamente irrompibles. Mike permaneció cinco minutos con la cabeza hacia atrás y la mirada oculta bajo los párpados. Grandes ojeras teñían de morado su rostro. Luego pidió otro. Ese era el ritual. Y podía llegar a siete u ocho vasos. Según las ganas de seguirle el juego que tenía Al. Porque luego tenía que llevarlo hasta su casa, acompañarlo hasta la cama y dejarlo allí, como un pedazo de trapo viejo, oliendo a mil demonios, para recién después poder volver a la cantina, limpiar un poco y marcharse a su hogar, donde su señora y dos pequeños estarían seguramente durmiendo desde un buen rato antes.
Pero el ritual tuvo esa noche una variante. Mike cambió su discurso tras el segundo vaso de tequila. Al no escuchó el tradicional “¡otro, viejo amigo, sírveme otro!”. En cambio, escuchó una confesión.
“Sabes Al, hay algo raro en mí. Recuerdo cosas, como a ti y a otros chicos, jugando juntos, pero sólo son imágenes. Comprendes. Sólo imágenes. Es como el libro que escribí. Eran imágenes en mi cabeza, ideas que estaban allí y las utilicé. Las fui uniendo y el argumento fue escribiéndose sólo, como si antes que yo ya hubiese estado alguien hilvanando las ideas. Creo que me estoy volviendo loco Al, escribí un libro y ni siquiera se redactar una maldita carta. Qué me pasa Al, que me está pasando. Recuerdo a alguien más, un niño que quería ser escritor, dime quién es Al, tu debes saberlo. Dime quien es ese chico, al que en los sueños veo siempre contigo, siempre riendo, siempre hablando. Dime… porque me estoy volviendo loco”
Y Al comprendió finalmente porque no veía en ese hombre a su amigo. Porque sencillamente aquel niño se había ido, quién sabía donde, pero se había ido. Quizás el niño se dio cuenta que un adulto con ideas raras intentaba apoderarse de ese cuerpo, de ese cerebro y cuando vio rendirse su última defensa, decidió marcharse. Ahora lo habitaba otra persona, que aún guardaba en la memoria recuerdos verdaderos, pero que en realidad le eran ajenos. Era el niño el que soñaba con ser escritor, pero el niño se había ido.
Y eso era lo que el hombre había comprendido, que las ideas que había volcado sobre el papel no le pertenecían, no eran suyas, sino de alguien más que las había dejado olvidadas en un rincón. Mike, el nuevo Mike, lo supo apenas terminó de escribir el libro, pues no entendía nada de lo que había escrito. Sabía que era bueno, pero no era suyo. No señor. El no era escritor. El no estaba hecho para eso. Vaya a saber uno para que sería bueno el nuevo Mike. Quizás nunca lo llegara a saber. Pero se sentía mejor. Había podido expresarlo. El alcohol lo estaba matando, tanto como su angustia.
El niño finalmente se ha marchado, se dijo para sí Al mientras retiraba el vaso vacío que estaba en la barra. Desde esa noche ya no volvió a acompañar a Mike hasta su casa. Sin embargo nunca dejó de mirar por la ventana, con la esperanza de toparse un buen día con aquel amigo de la infancia que un día, sin decir adiós, desapareció de su vida.

lunes, 7 de julio de 2008

Días de Cine

La gente se lo exigia cada vez mas a menudo. Los amigos le insistían una y otra vez.

El Centro Cultural del Gobierno Nacional lo presionaba día tras día. Todos, inclusive su mujer, estaban convencidos de que Roberto debía escribir sus memorias.

La sociedad quería conocer los detalles del día a día de aquel gran pensador. Las editoriales saboreaban las grandes cifras que aquel libro podría generar. Todos, inclusive su vecino de toda la vida, le insistían sobre aquel emprendimiento.

Roberto llegó a creer que estaba en deuda con los demás, llegó a sentirse con cargo de consciencia por sus días y sus horas malgastadas.

Pasaban las semanas y la presión se hacía más insoportable. 

Una mañana Roberto se acercó al video - club del barrio y solicitó que se le entregará una copia de su historial como socio. El dueño del local le dijo que estaría listo en un par de horas, por lo cual tendría que esperar fuera.

Por la tarde Roberto se presentó en el mostrador del video y retiró su ficha de cliente, inmediatamente se dirigió al departamento de redacción del diario local y entregó su historial de películas alquiladas al director del periódico.

- "¿y esto que es, estimado caballero?" - preguntó intrigado el nefasto jefe de redacción.

-"esto señor....hmmm" - contestó Roberto - "esto... ¡esto es mi vida!, ¿acaso uno no es un producto de aquello que más los marcó, de todo eso que alguna vez le hizo reír o llorar?... Discúlpeme, buen hombre, ¿usted nunca se perdió frente a la pantalla del cine y lloró?"

Terminadas las aclaraciones Rodolfo se retiró silenciosamente camino al centro, esa tarde se estrenaba la última de Allen en el cine El Cairo.

lunes, 16 de junio de 2008

La muerte del escritor

Rodríguez escribía muy bien en la escuela primaria, era todo un escritor, como le decía su maestra Susana siempre que entregaba una composición o redactaba una poesía. Creció creyendo con todo fervor en que esa sería su vocación.
En la escuela secundaria sorprendía a los profesores con ensayos magistrales, resúmenes magníficos y textos de las gamas más variadas, todos ellos dotados de coherencia y estilo. Sin dudas Rodríguez tenía pasta de escritor.
Rodríguez salió del segundo ciclo decidido a estudiar Letras. La facultad fue todo un descubrimiento. Las lecturas se sucedían unas a otra, los temas eran extensos e interesantísimos, y el material bibliográfico nunca alcanzaba, porque un autor llevaba a otro y entonces la pasión por leer y saber no terminaban jamás.
Terminó la facultad de un tirón. Había disfrutado cada momento, cada párrafo leído, cada diálogo con los profesores. Le preguntaron si no le gustaría enseñar y Rodríguez dijo que si, que era un honor que lo tuvieran en cuenta.
Y así pasaron los años. En los momentos libres, Rodríguez garabateaba alguna idea y en más de una reunión informal en la sala de profesores no faltó algún colega que leyera de reojo y le dijera, Rodríguez, usted escribe bien.
Un buen día Rodríguez sintió que le dolía algo más que los huesos. El frío parecía, durante las últimas tardes, comerle cada uno de los huesos, pero estaba seguro que no era el frío lo que golpeaba a la puerta. Llamó a emergencias y se sentó a esperar, buscando con la vista una birome y papel para distraerse y pensar en otras cosas.
Para cuando llegaron los del servicio médico, ya tenía escrita una carilla de una pintoresca historia de un joven que soñaba con ser escritor. Le tomaron el pulso, le hicieron un electro y fruncieron el ceño. Con sumo respeto le dijeron: Profesor, vamos a tener que internarlo.
Mientras preparaba un bolsito con las cosas básicas de higiene y llamaba a un colega de la facultad para dar aviso de su estado, el enfermero que además era el chofer de la ambulancia leyó la hoja rayada de carpeta garabateada en tinta azul.
Cuando el hombre ya anciano les informó que estaba preparado, el enfermero le dijo: Señor, usted escribe muy bien. Don Rodríguez lo miró cansado y dolorido y si bien su intención era esbozar una sonrisa, sintió como un escozor en los ojos le anunciaba la llegada de un par de lágrimas. Al final, con los ojos brillosos, le sonrió al muchacho.
Mirando por la ventana lateral de la ambulancia en la medida que avanzaba por las calles de la ciudad, dejando atrás casas, edificios, autos y transeúntes, recordó como durante tantos años soñó con escribir cuentos, novelas y obras inolvidables, y ahora, consciente de su salud tan frágil, solitario en el mundo sin un familiar cercano, tan solo dueño del cariño de sus actuales y antiguos alumnos y del compañerismo y amistad que el tiempo en la facultad le deparó de sus colegas, estaba tan lejos de aquel sueño que le dolía en lo más profundo de su ser.
Si tan solo le concedieran un par de años más de vida, se decía, cuántas cosas podría escribir.
Pero sabía que se engañaba, que si Dios o quién fuera le dieran más años de vida, no los utilizaría para escribir, sino para aprender y enseñar. Habría garabatos en papel, si, pero tan solo ideas sin fin, puntas de ovillos que nadie desenredaría. Sin dudas tenía un don natural, pero jamás sabría hasta donde hubiera llegado. Acaso fue dueño de historias únicas e inolvidables, pero nunca nadie sabría cuales. Ni siquiera él. ¿El destino había sido tirano y cruel?. Rodríguez no lo creía así, era inteligente y sabía que la muerte de un escritor no era producto de la falta de quién lo leyera, sino la falta de voluntad del mismo para escribir.
Sabía bien que lo suyo había sido un suicidio literario. La ambulancia lo llevaba a su última morada. La vida, en tanto, había sepultado sus historias con complicidad consciente.

Smallvilla

- "te juro que el tano cuando se cayó de la bici no se hizo ningún raspón!" - aseguró Pablito
- "dejáte de joder si yo fuí miles de veces al chorro de Acindar y esa zona es re jodida, sino decime a mi que partí el cuadro de la bici millones de veces y sino era por el nene no había quién siguiera en dos ruedas" - constestó furioso Andrés
- "¡que sí! ¡yo lo ví!, el tano se partió al medio y voló hasta la otra punta de la barranca. pero cuando te digo que voló es que voló, ¿me entendés?"
- " claro y yo soy mandrake, pero escuchame, ¿vos me estás tomando por pelotudo?" - se enfureció Andrés
- " te lo juro por lo que más quieras que al tano no le quedó ni una marca..." - aseguraba una y otra vez  Pablo.

Palabras más, palabras menos; los dos polémicos amigos se fueron al club Talleres a seguir discutiendo sobre la hazaña del tano con la certeza de que la verdad era algo que se les estaba escapando de las manos.
Claro está que ninguno de los dos sabía que aquella agresiva noche del 11 de noviembre de 2003, cuando un brutal tornado azotó la ciudad, un meteorito visitaba la casa del tano.
Claro está que ciertos secretos deben guardarse muy bien, sobre todo en ciertos lugares.

miércoles, 11 de junio de 2008

Encuentro al fin

Esperame, dijo, y corrió hacia la puerta. Lógicamente, me arrellané en el sillón al desabotonar un poco la camisa para indicarle el camino. Sólo un tictac lejano se oía con un tempo que cada vez más se rezagaba al latir de mi pecho rotundo y sediento. Tome el vaso con gesto suficiente y fílmico. Rocé con mis labios su borde, me dejé invadir por el aroma cálido y profundo del vino que destapó.

Justo un segundo antes de comprender la demasiada espera subió una melodía dulce, cansina, y su voz, aquella que me cautivó por primera vez, se plegaba con la síncopa precisa de quien se ajetrea mientras se suma a una canción. Estaba allí. Y se preparaba para mí. Naturalmente me plegué con un tarareo bajo y retenido.

Sabía que volvería a llamarme, que sin mí su todo era nada y su belleza hostil no daría cabida a extraños, que no podría buscar otros brazos ni otros horizontes. Entonces sólo recordé que esa figura flamígera me pertenecía y que una vez más se encendería en mis brazos.

Cerrá los ojos, se oyó desde la otra habitación y desde el fondo de los vasos que reclamaban en la mesa. Los llené hasta la mitad y cumplí el pedido.

Pasos caídos sobre la alfombra indicaban que se acercaba.

Estiré un brazo invitándola. El juego había comenzado. Noté que apagó las luces. Tomó mi mano y la rozó por la trémula piel de su cintura. Sabía que estaba desnuda, siempre fue predecible y siempre simulé no captarlo. Pero su predecibilidad me encedía más y más en la cuenta de los meses sin ella. Ya no cabía en mí, era mía, mi pertenencia y sentía subir el ardor desde abajo.

Cuando te diga, abrilos. Y me dio el vaso mientras el otro paseaba por mi espalda al momento de caer la camisa. Rodeándome en un mar de caricias confuso y demasiado lento, mientras bebía la sentí despojarme de atavíos sin razón ni lugar. La luna me besaba con ella hasta que se apartó suave cuando sus manos me invitaron al sillón.

La plenitud era total, sus manos recorrían mis piernas mientras se arrodillaba, mía.

Abrilos. Y alboroté su flequillo para ver la luna en sus ojos, pero mi ansiedad podía más y comprendí turbado que los vasos brillaban en ellos y que sentía el vino incandescente en las sienes y el poderoso veneno deteniendo de una vez por todas mi corazón. Predecible una vez más.

domingo, 8 de junio de 2008

Toro siberiano

Arreciaba la nieve sin contemplaciones y la noche se sumía en un silencio que azotado sin respiro por el silbido demoníaco del viento, transportaba en sus alas transparentes lúgubres noticias para los campesinos de la región, quienes encerrados en sus robustas viviendas daban cuenta del mensaje y sabían que el invierno sería largo y helado.
Pero ni el viento ni la nieve intimidaban a la figura que avanzaba por el camino que bordeaba la aldea. Parecía un hombre enorme, de aspecto tenebroso, que vestía ropas oscuras, las cuales confundían aún más su silueta al recortarse contra la espesura de la noche.
Un par de campesinos lo siguieron con la vista desde el cobijo del hogar a través de los vidrios de las ventanas, pero sin intenciones de salir a darle resguardo. Quién estuviera afuera con el tiempo que hacía estaba loco o no era del lugar.
Sin embargo, la criatura que avanzaba a paso firme y seguro, sin siquiera titubear o temblar ante el frío y el viento, conocía bien la zona. Puede que también estuviera loco, lo sabía, pero su filosofía era otra, igual que su resistencia, más parecida a la del toro que a la del hombre.
Su juventud había terminado hacía años, pero el vigor de entonces perduraba en su fuero y aún la sangre que corría por sus venas tenía el fragor de mil llamas.
Su aspecto tosco podía engañar a cualquiera. El descuido de su imagen era fruto de su deseo. Su andar solía estar acompañado de un combustible ardoroso para el alma, como el alcohol, pero esa noche no.
Venía de un largo viaje y su vida tenía un propósito. El que no había encontrado al casarse siendo aún un joven, cuando vivía robando ganado y oliendo a borracheras mientras buscaba mujeres con las cuales acostarse.
Había cosas que no cambiarían pues su creencia era clara: Se debían cometer los pecados más atroces, porque Dios sentiría un mayor agrado al perdonar a los grandes pecadores. Y él obedecía a Dios. Y era la imagen de su hijo, vagando ahora en la noche helada de la Rusia del siglo naciente. El mismo frío de su Siberia natal. El mismo frío de sus ojos.
Volvía de su viaje y sabía donde ir. Se había ido campesino y había vuelto místico. Sus poderes lo harían grande, su visión del futuro, indestructible. Atrás quedaba la muerte de su hermano, su abandono. Su vida tenía ahora una misión y era dirigir una nación.
¿Cómo un campesino devenido en borracho, refugiado luego en un monasterio, padre de una cantidad incontable de hijos que jamás conoció, podía dirigir una nación? Sonrió para sus adentros. La figura tosca ni se inmutó por fuera.
Un guardia del zar lo interceptó en el camino, tal como lo había previsto y no le dio tiempo a nada:
- Me llamo Gregori Efimovich y la zarina Alejandra Fédorovna espera por mi.

La salida

Qué era lo más importante de su vida, cuál era su meta cincuenta años después, con los errores ya cometidos y ninguna esperanza por delante.
Valía la pena quedarse sentada en la cocina, delante del televisor, sin prestarle atención a las imágenes que de este se desprendían en un torrente de frivolidad e indecencia y sin embargo, lidiando con las otras imágenes, las propias, las dolorosas, las que volvían una y otra vez a la carga como un jinete fantasma. O mejor, como un malón completo.
Y la polvareda que dejaban a su paso, allá arriba en la cabeza, eran enormes, con secuelas penosas y tristes, que la llevaban al llanto, al desconsuelo.
Cincuenta años y nada por delante, como tampoco hubo nada a lo largo de toda esa vida. Pequeñas alegrías, podría alegar en su defensa. Su hija, su única y preciosa gema, por la que relegó los días y veló las noches. Una época que se le antojaba lejana, casi irreal, como un sueño vivido por otra persona, bajo otro cielo, en la que llegó incluso a amar.
El amor. Ese desvarío del corazón que nos confunde los sentidos y nos lleva por caminos inciertos sin posibilidad de retroceder, porque lo hecho, hecho está y no hay lágrima vertida que el tiempo se digne en enjuagar.
En ese ayer remoto, distante, amé. Y lo único bueno fue el fruto de ese amor, la pequeña Celeste, la hoy señora Celeste. El resto podría borrarse y enterrarse, o mucho mejor, ocultarse, esconderse, desintegrarse. Qué fácil sería, la oscuridad de la noche sería al menos un poco menos tenebrosa y la vida, no tan vergonzosa.
Pero el pasado es parte de uno y a nadie la obligan a elegir, al menos en los tiempos que corren. Elegí y lo hice mal y vaya que he pagado el error. Vaya que lo pago día a día. Si aún los fantasmas no se habían olvidado de mi, no señor.
Las paredes hoy relucen blancas, pero porque me he esmerado en que así estén desde la mañana hasta la noche. Testigos mudas de mi sangre, tantas veces salpicadas, hoy son mis fieles compañeras. Yo y mis cuatro paredes, mi patética realidad, mi día a día, mi existir.
Qué son los golpes del ayer comparados con la soledad de hoy. Con el desarraigo en vida, el alejamiento de la gente. La vergüenza que las espaldas cargan en nombre de otros, del daño sufrido y el que uno es consciente, han sufrido otros. Pero uno debe bajar la cabeza, porque en todo caso, uno lo eligió. A eso no se le llama ser víctima, sino estúpida.
Las oportunidades no existen para ciertas personas, el dolor llena esos huecos, la desdicha es la moneda corriente y la indiferencia el pago que se recibe. Y dentro de uno se genera odio, bronca y amargura. Y se junta todo en la garganta, en forma de un nudo que si se rompe es para llorar, porque no se transforma en gritos, sino en lágrimas.
La boca siempre está reseca y el mal aliento no se va con nada. El corazón está cansado, pero alguna fuerza ajena lo hace marchar. Es la condena de los que quedan, de los que deben sufrir por los pecados de los demás. Y por errores propios.
El deseo de morir no es escuchado por ningún ente superior. En la penumbra que me invade la mente en todo momento, incluso los oigo reírse. Cuando la polvareda se retira, parsimoniosa y cansina, un fétido olor lo inunda todo y nada de lo que intente por disuadirlo lo logra.
Si estoy cerca de la mesada, tanteo en el cajón superior y saco la cuchilla, pero el filo desaparece cuando busco rebanarme las venas. A veces creo que al fin la sangre está corriendo, pero son las lágrimas de mis sollozos las que me engañan recorriendo mis brazos.
He buscado la muerte bajo el paso del ferrocarril, pero cuando me arrojo a las vías me convierto en un ser transparente y los hierros en movimiento me atraviesan con la fuerza de mil demonios, pero ni siquiera me dejan un rasguño. Las veces que me tiré del techo, caí pesadamente, pero sin rastros de golpes y mucho menos, de moretones.
Mi vida me ha llevado hasta esta locura y digo no poder soportar más este cruel destino, este pago diario de deudas ajenas y errores propios.
Los puños en el rostro de ayer son los golpes sin dolor físico de hoy; los insultos se transformaron en fantasmas que se ríen, el sufrimiento ajeno en vergüenza. El sobrevivir, en una tortura.
Cualquier salida a este infierno, sería una bendición. Cualquiera sea. A veces creo escuchar que las voces me dicen que haga lo mismo que él, pero Dios, eso es una aberración. Sin embargo, hay días que me encuentro en medio de la polvareda pensando en ideas extrañas y me convenzo en que algo de verdad podría haber en esas voces, pero de inmediato las alejo, las rechazo... aguanto, soporto, pero no se por cuánto tiempo más podré resistir, sola, ajena a todos, en este existir sin sentido, entre paredes blancas y un televisor que no deja de chillar y chillar y chillar...

miércoles, 4 de junio de 2008

Frenesí

El negro se vuelve más negro y de repente un flash blanco corta la noche y los gritos se amplían intentando derribar el aullido de los cientos de parlantes que atronan alrededor pero es en vano, el movimiento continuo lleva los cuerpos a esa ola inquietante que nunca se detiene y los brazos van y vienen, lo mismo que las piernas y las caderas, un mar colapsado en una noche de colores relampagueantes, que no identifica rostros, sino imágenes que se superponen en un solo éxtasis de fervor.
La música los lleva, la marea se mueve a su ritmo y los juegos de luces cumplen su papel y los jóvenes se entregan a una danza inexacta, con un sentido superficial y a la vez espiritual, dejando salir el delirio contenido de la semana, el deseo de ser tocado y acariciado en la oscuridad, de sentir el sexo opuesto cerca, de gozar llevado por el frenesí y el alcohol.
El dj los atormenta desde el anonimato de sus consolas, jugando con sus miembros, obligándolos a sentir la música dentro de sus cabezas, con los tímpanos a punto de reventar, pero todo sin dolor, al contrario, tan agradable como besos húmedos y la sensación de estar en un cielo cósmico, de no pisar la tierra, elevándose por encima de la marea y sentir los gritos y risas ajenas como propias, una mente única moviéndose en un solo latir, un solo ritmo.
Desde la barra, solitario y apartado, un joven traslada su deseo a su mirada y la obliga a no perder de vista a una rubia preciosa que se mueve descontroladamente, con movimientos tan sensuales como imprevistos, tan deliciosos como mortales para su deseo. Y esos movimientos lo contagian y se da cuenta que no puede detenerse, el frenesí lo acaba de arrebatar de su butaca y lo envuelve en el ritmo, y su cuerpo comienza a sentir lo que otros cientos, los brazos suben y bajan, la pelvis se adelanta y contrae y la música lo hace partícipe.
Y avanza entre la masa viva, sintiendo los roces, las piernas que lo abrazan, los torsos que se le pegan al cuerpo y los flashes juguetean con sus ojos, pero no pierde de vista a esa rubia infernal, dueña de sus deseos, ama de su necesidad, orquestadora de su virilidad.
La ve sensual, sexy, atrevida, su cabello claro, su cuerpo ardiente, su movimiento incesante, el rostro pequeño sacudiéndose al ritmo de la noche, ocultándose en los colores de las luces, desgarrando la oscuridad con su infinita hermosura. Y llega a ella, se le pone delante y baila con atrevimiento, el corazón se siente acelerado, sus piernas no responden a sus pensamientos y su mente se ha ido a viajar. El momento es espectacular, tan irreal como un cuento de medianoche, la música confundiéndolo absolutamente todo, el alcohol haciendo su efecto, las drogas alucinando en todas partes, el latir del piso, esas piernas debajo de la mini falda, ese cuchillo en la chaqueta y ese deseo incontrolable de sacarlo allí mismo, justo allí y desvainarlo en medio de la locura con las luces ocultándolo a pesar de estar frente de su mirada, de acercarse y dar la estocada certera y letal y sentir en pleno dancing, con la marcha machacando en los oídos como la sangre resbala por el filo y se escurre entre los dedos, tan sensual, tan sexy, tan atrevida...

martes, 3 de junio de 2008

Hombre del espacio

Siempre sorteó un caminar errático por las suaves curvas de un Madrid medieval atascado de promesas. Las nervaduras subterráneas de la ciudad acumulaban sueños abandonados y oleaje de amores de paso.
No le fue fácil anticiparse a lo que finalmente transformó sus días en una catarsis existencial. Sabía que podía abstenerse a ser un tipo sin especialidades y esa amalgama de sensaciones que contrajo desde que se supo conciencia floreció como una frágil amapola nocturna intentando identificarse ante su nuevo reto. Cada verbo que escuchaba, ajeno a la intemperie de su nostalgia, se hizo carne en su boca reproduciendo exactamente la invariable y enérgica respuesta que evocaría una nueva sonrisa.
Tan fácil se sucedió este saber con el tiempo y tan mudo pudo volverse en cuestión de días. Especial nunca se sintió pero sí útil aunque nunca pudo contarlo. Su vida era tremenda, veía que tenía tanto trabajo por hacer, tantas ganas, tanto amor. Le bastaba que la gente pudiera comprender lo que pensaba de la vida. Hecho esto sabría que para alguien el camino sería mucho más liviano. La confianza es calidad de vida, le chistó un amigo sabio.
Una vez alguien le preguntó de dónde sacaba tanta energía. Sorbió una gran bocanada de aire y se limitó a contestar “soy un hombre del espacio”.

lunes, 2 de junio de 2008

Primera fila

Dudé entre entrar o seguir espiando por la vidriera. Finalmente me quedé afuera. Si bien el frío aportaba su granito de arena como para decidirme por el interior del restaurante, opté por soportarlo. Además, era más seguro.
Mi ubicación era ideal, del lado de afuera pero justo donde el nombre del lugar, en armoniosa pintura oro y plata, ornamentaba el vidrio. Teniendo astucia para situarse, se podía observar el interior sin que desde allí pudieran notar la presencia de uno. Y llegado el caso que alguien notara mi presencia, muy difícilmente podría asegurar si miraba para dentro o bien, era un casual transeúnte detenido en la vereda, quizás resguardándose del viento para prender un cigarrillo o bien, hablando por el celular.
De todos modos, allí estaba, revoleando el cuello entre las letras que pintadas formaban el nombre del local, buscando la mejor posición. Sentía a mis espaldas el ir y venir de coches sobre la avenida y el paso apurado de la gente, que distraida parecía que en cualquier momento me llevaba por delante.
Sería el mediodía, no llevaba puesto el reloj. Lo dejé hace un par de días para que lo revisaran, porque estaba atrasando mucho y todavía no he ido a buscarlo. Pero el movimiento en la calle y las mesas completas casi en su totalidad, en el restaurante, me hacían suponer que si le erraba, no era por demasiado.
En eso se me acercó un hombre mayor y me preguntó que estaba mirando. Con la mirada lo hice retroceder. Mire si va a tener idea de lo que preguntaba. En todo caso, había más vidriera para ver. A los pocos minutos la bronca me fue ganando. De ser el único espiando, tenía a casi una docena de curiosos, incluyendo al hombre mayor.
Y por culpa de todos esos negligentes, que no tenían mejor cosa que hacer que copiarme la idea, llegó la policía. Se acabó toda la gracia para mí, si señor.
Enfadado de verdad, me alejé de mi estratégica posición y me fui calle arriba, en dirección a casa. Con la cana en el lugar, el asalto terminaría en pocos minutos. Al menos tuve la suerte (y privilegio, sí señor, porque el viejo llegó después de eso) de ver como le volaban los sesos al mozo que se resistió cuando empezaron dos de los encapuchados a violar a la rubia de la mini negra.
Vaya a saber uno en que termina todo. Má si, después seguro lo pasan en la tele.