El aire frío llegaba hasta su rostro, lo acariciaba cruelmente y luego seguía viaje. Era constante y no le importaba. Su cuerpo, inerte sobre el cemento, apenas si se movía, como si no estuviera respirando. Algunos le decían que aquella inmovilidad era un don.
Abrió bien el ojo derecho y lo calzó en la mira. La habitación aún estaba vacía, igual que a lo largo de las últimas ocho horas. No tenía miedo. ¿Cómo tenerlo a tanta distancia? Tanteó el gatillo, como para asegurarse que aún seguía allí. Sintió la textura lisa y plana bajo la yema de sus dedos. Un hormigueo le recorrió el cuello.
En la habitación se abrió una puerta. Estaba atento, esperando el momento. Entonces, entró ella. Pudo ver el rostro tantas veces estudiado, el cabello, cientos de veces anhelado, el movimiento de sus piernas, mil veces observado. Entonces, sin dudarlo, disparó.
Dos horas más tarde bajó las fotos a su computadora y le dedicó la noche a su amor imposible. Su alma inmóvil por fin cobraba vida.
martes, 27 de agosto de 2013
Inmovilidad
lunes, 19 de agosto de 2013
La chica de la recepción
Omar juraba que iba al gimnasio para mejorar su aspecto físico, pero la verdad era otra. Le gustaba Gabriela, la chica que atendía la recepción por la mañana. Y eso era algo que sabían todos, por más que Omar pusiera el grito en el cielo cada vez que alguien se lo echaba en cara.
- ¿La mina que está en el escritorio de adelante? ¡Pero si es más fea! - negaba cada vez que podía, mientras sus amigos se reían por lo bajo.
Era remisero, pero se cuidaba de quitar el cartel del parabrisas cuando estacionaba frente al local vidriado del gimnasio. A Gabriela le había dicho que trabajaba en una florería. Con esa mentira, tenía la excusa perfecta para llevarle siempre una flor distinta.
- Gabriela por qué no aprovechás este ramito de rosas, que se cayó el pedido y ya lo tengo envuelto - Omar empleaba un tono casual, como quien no quiere la cosa. Gabriela aceptaba sonriente, preguntando si acaso no podía esperar a que llegara otro pedido.
- Si piden otro, se arma uno nuevo. Descuidá.
Y luego se dirigía a algún aparato, donde en realidad no hacía nada más que acomodarse en tal posición que pudiera seguir observando a la chica que tanto le gustaba. Desde allí dejaba pasar la hora, contemplando su amor imposible. Salía del gimnasio sin una sola gota de sudor, sonriendo a la joven recepcionista.
- ¿Y cuando la vas a encarar? - preguntó con impaciencia alguien en el bar.
- ¿A quién? - Omar se la veía venir.
- ¡A la chica del gimnasio, hacete el gil!
- ¡Pero si es fea! ¡Cómo te puedo hacer entender eso!
Esa semana fueron rosas, crisantemos y claveles.
- ¿Estas son las que se usan en los velorios? - Gabriela observaba el ramo con cierto recelo.
- Si, me olvidé de entregarlas con una palma, hace un rato y no me daba la cara para volver. Imaginate, pobre gente.
- ¿Y en un ramo para un velorio?
- Viste como es la gente... ¿para qué contradecirlos?
Luego jazmines, rosas de nuevo y hasta una begonia en maceta.
- ¿Y esta?
- Me confundí de color. Querían roja y agarré una naranja. Quedátela, yo busco otra.
Una mañana dos de sus amigos pasaron por el frente del gimnasio y al verlo dentro, detuvieron la marcha. Se asomaron y lo llamaron con silbidos. Cuando Omar miró hacia donde estaban, empezaron a guiñarle el ojo y cabecear para el lado de la recepción. Gabriela, que estaba atendiendo un llamado telefónico, no los vio. Omar, en cambio, se pudo colorado de la vergüenza. Y si no era porque simulaba estar haciendo ejercicios en una bicicleta fija, habría salido corriendo del lugar.
- Vas a tener que hacer algo, viejo. En cualquier momento la mina te aparece con un macho y vos te morís de la depresión.
- ¡Y dale con eso... ! - Omar frunció el ceño, como fastidiado, pero luego agregó - ¿Vos decís que podría empezar a salir con alguien?
- Y...
Ese viernes juntó todo el coraje de la semana. Le había llevado fresias el lunes, liliums perfumados el miércoles y ahora, bajo el brazo, disimulando, llevaba rosas blancas.
Se plantó como siempre delante del escritorio y extendió el ramo.
- Gabriela, para vos.
- Qué bonitas Omar. ¿Una clienta se arrepintió?
- No, esta vez las traje para vos, de regalo. Y pensaba, no sé, si por ahí, que se yo, esta noche, o mañana, o una noche, o en otro horario, como vos quieras, o como a vos te parezca, yo pensaba, si por ahí, no sé, te gustaría ir a cenar conmigo, o ver una película, o las dos cosas, no se, si por ahí, que se yo, cuando quieras.
- Ay Omar, gracias... pero a mi novia quizá no le agrade que vaya con alguien a comer o al cine. Pero gracias, sos un tierno. ¡Y gracias por las rosas! Estas que te molestaste en traer especialmente para mi, me las quedo yo, que se cague Josefina, siempre se termina quedando con las flores que me traés.
Omar ya no volvió a ir más al gimnasio. Sus amigos en el bar aseguran que a pesar de eso, está en mejor forma.
domingo, 11 de agosto de 2013
Compra urgente
El hombre entró a la tienda y sin esperar su turno, se apropió de una vendedora.
- Necesito tres telescopios, un espejo y una carta astral, urgente.
La mujer dudó entre pedirle que sacara número o hacerle entender que aquello era una venta de alimentos para mascotas. Optó por lo último.
- Señor, aquí no tenemos lo que busca, mire a su alrededor.
Sorprendido, el cliente observó los productos en exhibición.
- Es una fachada, lo sé. Por favor, busque a su patrón y dígale que necesito lo que le pedí de manera urgente.
Con ojos pacientes, la mujer le contestó:
- Señor, por favor, no tenemos lo que quiere. Y mi patrón es mi hermano, y no lo voy a hacer perder tiempo con esto. Así que si me disculpa...
- ¡Usted no comprende! ¡De esto depende el futuro de la humanidad! Necesito...
Una señora mayor, a quien le correspondía el turno, se cansó de la escena.
- ¡Sea más respetuoso, mijito! Acá se vende comida para animales y el que me va a tener que disculpar es usted, porque me están atendiendo a mí.
La señora se adelantó hasta el mostrador, pero el hombre no vaciló. La agarró de los hombros y la movió un metro hacia atrás, situándose otra vez delante de la vendedora.
- ¡Pero qué hace! - gritó la anciana.
El hombre no hizo el menor gesto, como si no la hubiese escuchado.
- Necesito lo que le pedí - dijo, visiblemente alterado.
- Señor, retírese o lo hago salir del negocio.
- ¡Me voy a retirar cuando tenga las cosas que le quiero comprar!
- Pero escuche hombre - terció un joven que llevaba un pug en los brazos - ¿cómo no puede entender que eso que busca, acá no lo tienen?
- ¡No me lo quieren dar, que es distinto!
- Me cansó, llamo a la policía - dijo la vendedora.
- Eso, llámela - la respaldó sin ironía alguna el hombre, casi encima del mostrador, mirando su reloj de muñeca una y otra vez - Pero rápido, que en cualquier momento caen.
- Mientras viene la policía, deje que me atiendan - pidió la anciana.
- De ninguna manera - le respondió el hombre, que ahora parecía nervioso al mirar la hora.
En aquel preciso momento, se escucharon gritos en la calle. El joven con el perro, se asomó por la ventana.
- ¡Miren el cielo! - gritó.
El hombre en el mostrador se agarraba la cabeza.
- Es tarde, es tarde - balbuceaba.
Los demás clientes salieron a la calle, incluyendo a la vendedora. El hombre en cambio se arrojó detrás del mostrador. A lo lejos, escuchaba el sonido de un patrullero policial acercándose.
- Es tarde, es tarde... - repetía en un murmullo monótono, casi inaudible, apagado por los gritos y alaridos provenientes de la calle, donde todo estaba sucediendo.
viernes, 2 de agosto de 2013
Síntomas y caprichos
Más que un síntoma, lo de Benítez se trataba de un capricho. Fiebre un lunes a la mañana, según su mujer, era señal que no quería ir a trabajar. Se pasó el día en cama y el martes amaneció mejor, pero tenía el certificado del médico para faltar un día más.
Antes de acostarse le dijo a su mujer que creía tener fiebre otra vez.
- Estuviste leyendo el diario en el patio, sentado afuera con el frío que hacía, en lugar de hacer reposo.
- Lo hago venir temprano al médico y me pido un par de días más.
- Mirá, si querés, hacelo. Pero yo te vi leyendo el diario en el patio.
Benítez lo hizo, llamó al médico y consiguió dos días más. Su mujer, que era su jefa, terminó por despedirlo.
A la noche, mientras cenaban, él callado, ella mirándolo fijo, el que habló fue el nene, de diez años.
- Papito, no sos boludo por no haberte descuidado estando enfermo. Lo sos por casarte con tu jefa. ¿Mamá, puedo comer otra mila?
viernes, 26 de julio de 2013
Benjamín y ella
Algo atraía su mirada a ella, cada tarde, en aquel pasillo. Quizá era su forma de entornar los ojos o simplemente, la honestidad de su sonrisa. Lo cierto es que Benjamín olvidaba por completo que ella era un retrato y sus límites, un marco de madera. Y en ese olvido, pretendía un sueño imposible.
sábado, 20 de julio de 2013
Culpas
Cuando un perro se ha mandado una macana, agacha la cabeza y se refugia en algún lugar, creyéndose a salvo de castigo alguno. Cuando un niño ha roto algo, se asusta y trata de esconderlo de la vista de sus padres, aunque su miedo a flor de piel termine por delatarlo.
Pero el hombre adulto, no importa el género, muchas veces es indiferente ante el mal obrar, y en otras, va más allá aún: ante cualquier sospecha miente e incluso, acusa a un inocente.
Mucho más minucioso y abundante en detalles, es el libro sobre esta temática del Dr. Lindon Camello. Si bien no es un éxito de ventas, es una lectura interesante. Brinda ejemplos muy claros y demostrativos sobre la condición humana para afrontar las equivocaciones, analizando las razones por las cuales, a medida que la persona crece, en lugar de aceptar la posibilidad del error, recrea una realidad paralela en la que es inocente de cualquier cargo.
En cuanto a los pocos ejemplares vendidos, el Dr. Camello responsabilizó a la mala gestión de la editorial a la hora de la distribución.
- ¿No creo Dr. que se debe a que es un tema de poco interés para la gente? le preguntaron en cierta feria del libro.
El hombre miró con ofuscación al periodista y decidió marcharse sin contestar esa ni las demás preguntas que le reclamaban.
- Periodistas de cuarta, las cosas que vienen a preguntar - farfulló antes de desaparecer por la puerta principal.
domingo, 14 de julio de 2013
Un arrebato
Humedad. Graznidos. Indudable, inexorable, el Sol bañaba el monte. El hombre se levantó del catre y miró a lo lejos. Sintió que algún demonio lo arrastraba en un arrebato hasta la cuesta de la sierra. Y le prometía reinos, poder y gloria. No había a su lado ángeles que lo confortasen. Cuando sintió una mano áspera, gastada, agrietada, pesando sobre su hombro, Marcos abrazó a aquel campesino y se secó una lágrima al ajustarse el pasamontañas.
miércoles, 10 de julio de 2013
Destino
Primero niños, después adolescentes. Luego, incautos, la vida nos arroja a las fauces de la realidad.
jueves, 4 de julio de 2013
Sueño asfixiante
Un sueño dentro de otro, dentro de otro, dentro de otro. Un sueño sin salida. Cíclico, asfixiante. Eterno.
Al despertar, el sudor, el espanto. El universo no existe, nada existe. Solo ha sido una pesadilla.
El dios se vuelve a acostar, y lo que sueña, ya no nos incumbe.
viernes, 28 de junio de 2013
Molestia
Una idea se posó sobre mi cabeza. Aleteaba y zumbaba enloquecidamente; por momentos me hacía cosquillas, por momentos me irritaba.
Terminó por fastidiarme. No dejaba que me concentrara en un nuevo relato. Sin vacilar la aplasté con la palma de la mano.
Otra vez en paz me arrojé sobre la hoja en blanco, que tanto trabajo me estaba dando esa mañana.
sábado, 22 de junio de 2013
Si tan solo...
Si pudiera deslizar la mano y barrer de un solo golpe toda la tierra que yace encima de su cuerpo, si tan solo pudiera, lo invitaría a salir de allí, lo llevaría a tomar una copa, le hablaría de sus hijos, de cuánto lo extrañan, del dolor que significó su partida.
Sin dudas que si eso fuera posible, eso sería lo primero que haría. Observando la tumba, la lápida de mármol, las flores marchitas, suspira resignado, es conciente que no va a tener jamás esa posibilidad.
Sabe de imposibles, de pérdidas y derrotas. De angustia y sinsabores. Pero principalmente sabe que no podrá mirarlo a los ojos y decirle lo que tanto desea, eso que tiene atorado en el alma y en la garganta desde el funeral, cuando el contador, entre lágrima y lágrima, le confesó otra tragedia.
Pateando las hojas secas, con las manos bien dentro de los bolsillos buscando calor, le da la espalda a la escena, para escaparse de ese lugar, desolado como el invierno. Sin embargo, en su mente, resuenan esas palabras que dichas al viento, carecen de valor:
- Juancito, hijo de puta, te patinaste en caballos todos los ahorros de la empresa.
Y con bronca, se aleja paso a paso, imaginando ahora sus manos en el cuello de Juancito, apretando fuerte, para matarlo por segunda vez.
viernes, 14 de junio de 2013
Nunca las dos
- ¿Y si dejo caer una piedra? - preguntó con solemnidad Gonzalito.
- Supongo que se hundirá - respondió Alejandro, mientras trepaba a la baranda del puente.
- ¿La tiro?
- Hacé lo que quieras.
Gonzalito bajó, tomó carrera y al llegar a la baranda lanzó la piedra. La vio volar por el aire, cruzándose delante del sol, del cielo celeste, para luego caer con los árboles de fondo de manera majestuosa, sin posibilidad alguna de detenerse, hasta llegar al río que avanzaba cansino, varios metros más abajo.
- Se hundió.
- Y si... - a su hermano las certezas gonzalianas le caían de mala manera.
- La quiero ir a buscar.
Alejandro lo miró, fastidiado.
- Gonzalo, es una cosa o la otra. Nunca las dos. Andá aprendiéndolo.
Y Gonzalito, con sus cinco años a cuesta, volvió llorando a su casa, sabiendo que mamá o papá lo consolaría. Y siempre sería así, estaba seguro: siempre.
jueves, 6 de junio de 2013
Fantasmas
- Sabe Evaristo, lo feo no es que se fue, sino que es probable que vuelva.
- Usted es muy pesimista, don García.
- Y qué quiere... he visto volver cada cosa.
- Ve, ahí tiene. Siempre pensando en pasado. Mire hacia delante, mijo.
- Es que me cuesta Evaristo, uno no conoce otra cosa que lo que ya vivió. No tiene experiencia en el futuro.
- ¿Y quién la tiene? Mire lo que dice. Si así fuera, todos viviríamos siempre en el presente, sin ilusiones ni proyectos.
- No conozco de esas cosas.
- Pues aprenda, hombre.
- La vida me ha enseñado cosas, y pocas son buenas.
- Péguese un tiro entonces, don García. ¡Qué quiere que le diga!
- Se va a reír, pero mire - sacó un revólver entre sus ropas - acá tengo el arma, esperando el momento.
- ¡Guarde esa cosa, no sea imprudente!
- No se asuste, no es para mí. Es por si vuelve.
lunes, 3 de junio de 2013
A buen entendedor
La discusión había llegado al punto más alto de la tarde. La mesa se movía inestable ante los ampulosos golpes que sin darse cuenta le propinaban con los movimientos de los brazos. Los pocillos de café, largamente vacíos, tintineaban sobre los platos en los que estaban apoyados. Las voces se confundían, ya nadie sabía quién hablaba, a quién correspondía tal postura, quién la refutaba, el que estaba a favor, el que estaba en contra. Las voces parecían una sola, pero diciendo cosas distintas. El sonido fue ascendiendo, hasta tapar las demás conversaciones del bar. Finalmente eran gritos, casi al límite de quedar afónicos.
Cuando se hizo el silencio, nadie sabía de lo que hablaba. Se miraron unos a otros, algo avergonzados. Pidieron la cuenta, dejaron sus billetes sobre la mesa y luego se fueron.
Un parroquiano que había observado la situación le guiñó el ojo a Jaime, el mozo.
- Al menos se van y dejan el dinero.
Jaime lo cortó en seco.
- Por favor don García, no me saque a relucir la política a estas horas.
lunes, 27 de mayo de 2013
Amigas de shopping
Cierto día, Analía y Laura salieron de compras. Más allá de los gustos diferentes, coincidieron en el sitio donde gastar el dinero.
El shopping tenía tres pisos y al menos, seis escaleras eléctricas. Pero lo más importante era que estaban todas las marcas de moda.
Analía buscó vestidos de noche y zapatos de taco alto. Se probó al menos cien vestidos, pero compró cinco. Con los zapatos hizo lo mismo. Más de una vendedora la miró con mala cara y su amiga se lo reprochó.
Laura, en cambio, no dio tantas vueltas. Fue muy resuelta a la hora de elegir lo que quería. Al final del día llevaba en sus manos bolsas de diez comercios distintos. Y dentro de las mismas, desde pantalones a remeras, un par de bikinis y ropa interior.
Regresaron juntas en un taxi. La primera en bajarse fue Analía. Laura se despidió y continuó viaje, pero a las dos cuadras le pidió al taxista que la llevara de nuevo al shopping.
Ya sin su amiga, se probó cien vestidos para comprar solo uno e hizo lo mismo con los zapatos, para quedarse con un par. Satisfecha, volvió a su casa.
martes, 14 de mayo de 2013
Nuevo virus
En las noticias la información ocupa todos los espacios. La mayoría de los programas de televisión hablan de lo mismo. Las tapas de los diarios y sus páginas internas, se ocupan del tema. En las radios, ocurre algo similar. En internet, no se habla de otra cosa.
En tanto, en las calles desiertas, el silencio es atroz. De vez en cuando una ventana se abre y alguien espía hacia afuera. O pasa un coche, raudo, escapando a las posibilidades y rompiendo la monotonía. Los cuchicheos son paredes adentro, con voz temerosa, angustiada. Nadie tiene respuestas, solo el temor instalado.
El nuevo virus paralizó el planeta. Todos evitan el contacto, ninguna persona sale a conversar con otra. La tecnología lo permite, el miedo lo ampara.
Al menos, hasta que alguien hable de esperanza o un laboratorio haga un mea culpa.
martes, 7 de mayo de 2013
Alienación
Decidió, en un acto impulsivo, abandonar la sociedad. Se despojó de sus bienes materiales, incluso la casa, y con muy poco, se internó en el bosque. Regresó a los tres días. En el bosque no tenía donde cargar su smartphone.
lunes, 29 de abril de 2013
Cuenta saldada
La habitación olía a sahumerio barato. Las sábanas, revueltas, caían sobre el piso de madera. El cuerpo permanecía rígido, con la indiferencia propia de la muerte. Sobre la almohada las manchas de sangre lloraban la tragedia.
Podía salir por la puerta y olvidar lo que había visto, regresar por el pasillo, bajar las escaleras del hotel y escapar para siempre del pasado. Podía. Sin embargo me acerqué hasta la cama, busqué en mi bolsillo una navaja y tracé sobre la espalda fría las cuatro letras que encadenaban mi condena.
No me importaba quién lo había hecho, no me interesaba un culpable. La había seguido para cobrarme venganza, pero alguien me había ganado de mano. El ayer estaba en paz.
Finalmente, abandoné el lugar.
domingo, 21 de abril de 2013
Historia de un mate de madera
El mate era de madera, no muy grande y algo percudido por el uso. Supo tener uno de calabaza, pero lo había perdido una vuelta en el río. Le quedaba solo éste, que era un recuerdo de su hermano, ya finado. Le pasó un trapo para dejarlo limpio. La casa no tenía vidrios en las ventanas y la tierra que se metía por la noche se recostaba sobre cada objeto de aquel sucucho. No había mucho, pero al menos sobraba dignidad. Así le decía su madre, cuando era pequeña.
Usó el mismo trapo para la bombilla, cuyo metal en algún tiempo tuvo brillo y ahora lindaba los terrenos del óxido, si es que no se le secaba bien cuando se lo lavaba. Se puso de pie a duras penas. Las várices la estaban teniendo a maltraer. Hurgó en la alacena desvencijada, pero por más que buscó no encontró yerba.
Se la había llevado el "ruso" a la isla y no volvía hasta el lunes. Así era su marido. Miró el mate y la bombilla sobre la mesa y el catre a un costado, donde dormitaba Lucía. La pobre se levantaría y no tendría ni un mate para engañar al estómago. Apenas si tenía unos pesos, pero no le alcanzaba ni para el paquete de medio. Ya hasta del mate debía privarse. Rezongó en silencio, aguantando una lágrima.
Se asomó por la puerta de la casilla y observó el ligustro. Tenía varias ramas secas. Le quitó las hojas y las molió sobre la mesa, tratando de apaciguar el ruido, para no despertar a la nena. Cuando tuvo un puñado, lo metió dentro del mate, hizo lugar para el agua que acababa de calentar y finalmente introdujo la bombilla. Cerró los ojos y chupó despacio. El gusto amargo se quedó unos segundos en la boca y luego bajó por la garganta. Sintió la tibieza de la infusión, metiéndose en el cuerpo. Suspiró.
Se acercó al catre y le tendió un mate a su pequeña.
- Arriba niña, que aquí le traigo el desayuno.
miércoles, 10 de abril de 2013
Cuarto inteligente
Mientras algunos niños jugaban a la mancha y otros improvisaban un partido de fútbol con una latita de gaseosa abollada, un grupito conversaba cerca de la puerta que daba al patio del colegio.
Ezequiel hacía alarde del poder adquisitivo de sus padres, con la intención de dejar en claro quien tenían más y mejores cosas.
- El fin de semana nos instalaron a mi y a mi hermano el cuarto inteligente.
Los demás chicos y chicas que escuchaban dijeron en coro "Ohhhhhh", pero sin atreverse a preguntar qué lo diferenciaba de otros cuartos. El mismo Ezequiel, cuya sonrisa atravesaba a lo ancho su rostro, se encargó de explicar.
- Una habitación inteligente es lo más moderno que existe. Cuando uno entra, se enciende sola la luz y con solo pedir en voz alta que se prenda el LCD, el televisor empieza a funcionar - mientras hablaba, observaba los ojos que se agrandaban por la sorpresa en las caras de sus amigos - y eso no es nada, ya sabe en que canales debe prenderse, según la hora.
- ¿Y eso? - preguntó Marcelo.
- ¡Porque es inteligente, sabe los gustos míos y de mi hermano! Y esperen, que eso no es todo. Tiene una kitchenette automática...
- ¿Una qué? - interrumpió Ramiro.
- ¡Una kitchenette! Una especie de cocina. Pero todo automático eh, todo. Con hablarle, te prepara lo que quieras. Café con leche y medialunas calientes, un sánguche de jamón crudo y palmitos, lo que quieras. Y tiene heladera, pero no una común, ojito, ésta tiene cinco dispenser, uno de gaseosa fría, otra de jugo de naranja, una para el yogurt bebible, y las dos restantes no me acuerdo, porque no las usamos. Es impresionante. Y cuando es hora de dormir, las luces se van apagando de a poco y según el clima, el split se programa solo para que caliente o enfríe el lugar. Una vez que nos quedamos dormidos, si el tele quedó encendido, se apaga.
Terminó con una sonrisa, saboreando el silencio que se hizo a continuación, quebrado finalmente por el timbre que señalaba el fin del recreo.
- Disculpá, me quedó una duda - dijo Nacho, que jugaba con una moneda de diez centavos entre sus dedos - ¿A la hora de dormir, la habitación llama a tu mamá para que te de el beso de las buenas noches, también?
- Y no... - respondió Ezequiel, contrariado.
- Mirá vos - dijo Nacho alejándose para volver al salón de clases -, me quedo con la mía entonces, que viene con ese servicio antiguo y pasado de moda.
