martes, 24 de febrero de 2009

Ahi vamos...

Las manos sudorosas y tensas. Las leyes de la física serán quebradas por primera vez.
No hay marcha atrás.
El experimento dará nuevas expectativas, nuevas opciones de análisis y observación. La gravedad será vencida; su coeficiente sera abolido.
La formación principal ya se encuentra en el punto de partida.

- Presión, correcta!
- Pulso sanguíneo, correcto!
- Temperatura ambiente, 20 grados centígrados!

El silencio se apodera del paraje. Las miradas se cruzan y estudian entre sí. Una oportunidad única para la humanidad. Un momento inigualable en la historia.
Todo listo. Los corredores se ubican en sus lugares y comienza la cuenta regresiva.
uno....
dos...
tres...

Cuando eramos niños y en cualquier carrera de triciclos, las leyes de la física podían ser vencidas.

lunes, 23 de febrero de 2009

Saciar la sed

Me desperté sediento, con la garganta asqueada de tanta sequedad. No era una necesidad, más bien una urgencia. El dolor me desamparaba de la realidad, enajenaba los sentidos y confrontaba mi equilibrio con la demencia.
Oh si, tenía sed, mucha sed. Caminé arañando las paredes a mi paso, fui tirando todo lo que se interponía en mi camino hacia el baño. Derribé la puerta de un solo golpe, tal mi prisa. Me arrojé sobre el inodoro y sucumbí ante el deseo de saciar el vacío, sin detenerme en la racionalidad, ni pensar en la locura.
Hundí mi boca y tragué el agua, fueron bocanadas salvajes, de persona insana. Tragué y tragué, hasta que comprendí que me estaba ahogando. Saqué la cabeza del agua, y caí de espaldas al suelo, jadeando, transpirando, con la garganta aullando del dolor.
El agua no había apagado la sed, al contrario, había encendido una hornalla y ahora el ardor se elevaba hasta partirme la cabeza de dolor.
Me revolqué de un lado a otro, sin siquiera poder llorar, tan solo rogando que todo el sufrimiento se fuera. Cuando pude valerme de los brazos, me así del lavatorio y me incorporé. Las piernas me temblaban, como si estuviera moribundo.
Huí del baño, huí de la casa y la noche me encontró corriendo por la calle. No podía gritar, no podía pedir auxilio, solo correr y correr, con los pies en llagas, la garganta muriendo y el pánico haciendo estragos en mi mente.
Hasta que di con la respuesta. Con la verdad que me atormentaba, quizás desde mucho tiempo atrás. La encontré en una joven mujer que esperaba un taxi en la esquina poco iluminada de la plaza principal. La encontré en su piel suave y sensual, tan blanca y llena de vida como su juventud, en ese cuello tan sereno y calmo de cuya sangre me alimenté hasta saber en lo más profundo de mi alma, que un ser humano había dejado, yo de ser.

sábado, 21 de febrero de 2009

Qué hacer en Villa si cae un ángel


Frío, mucho frío en Villa.

Qué otra cosa que hacer que tomar mate en lo de Fernando. Te paso a buscar, bueno, dale, avisale a tal o a cual, mi vieja me deja, bueno otra vez, no vengan tarde. Mateamos un rato, guitarreamos, nos reímos, qué más. Calle 14 de Febrero es cruzar la travesía puntana, ni un alma. Luces a lo lejos y se hace de noche y el frío pasmoso de una helada memorable. En el calor de lo de Fernando ya corren los amargos, los chistes, tal vez un truco de punta y hacha.

Pero llegó Oscar, que nunca pasa de largo: -Che, cagamos, encontré un viejo ahí en la plaza, está cagado de frío, se va a morir, ¿qué mierda hacemos?

Qué mierda hacemos, buena pregunta... En primer lugar, se pudrió todo... Que por qué cargarse en la conciencia al viejo, que ya lo van a ayudar, que nuestros padres nos matan si llevamos al viejo a casa, que alguien tiene que hacer algo, que qué hacemos, qué mierda hacemos.

Bueno, vamos, realmente apenado por mí y un poco por el viejito, algo hay que hacer. Con el jeep de Raúl, al bar de Riberas, que tome algo caliente mientras pensamos.

Se llamaba Ángel, cómo olvidarlo, y contó su historia, que no debo reproducir. Sólo indicar que esperaba que algún pariente lo recibiese en su casa, cosa que no sucedió. Canas, rostro cansado, un poco bebido. Bajito o demasiado encorvado. Quién sabe si tenía ochenta o apenas sesenta con el tren de los años y lo sufrido pasándole por encima una y otra vez. Un poco de barba y unos ojos claros que agradecen sin decir otra palabra que retazos de una dolorosa historia entrecortada por sollozos.

Las caras en el bar indicaban sin margen de error que nuestro tiempo allí se agotaba, con la paciencia de los parroquianos.

Enseguida la brillante idea: en la iglesia lo van a amparar (si encima se llama Ángel...). Pero toda brillante idea en Villa sufre avatares de esa clase de magia de la frustración perenne...

Inexpugnable. Las altas fachadas, las lejanas puertas, los inexistentes accesos de la parroquia del centro frustraban todo asedio, por más que acometimos con los puños crispados la puerta lateral de chapa que da al patio del cura, que quizás estaba agradeciendo al Señor su predilección por los pobres de espíritu.

- Listo, acá no hay nada que hacer, vamos a Fátima.

Iglesia de barrio, más accesible, menos celestial.

¡Vamos todavía, sale alguien! Cariacontecido, el cura abría y cerraba los ojos como bostezos enormes. Algo así como no, muchachos, te imaginás que vos los albergás y después, como en todos lados, se te llena de borrachines y no los sacás más... (y eso que se llama Ángel), -mientras la puerta se iba entornando- y bueno, vean qué hacen, pero acá, no; no puedo y... (un bla, bla, apagándose...)

Mucho frío en Villa, demasiado para un ángel que no encuentra lugar en la casa de Dios.

- Se van a la mierda, yo tengo unos mangos, juntemos algo más, llevémoslo a un hotel o un residencial, para que pase la noche, mañana veremos...

Tras oscuras mirillas, seguro, decidían presentar cerrado a los tres pibes con el viejito a cuestas. Todo ya duerme o quiere dormir (y eso que traemos a un Ángel). Ni dios ni césar para el ángel caído en nuestras manos...

Entonces, Raúl, que era el más lúcido, propuso llevarlo a alguna construcción que lo ampare y hacer una junta de frazadas de nuestras camas, abrigarlo para pasar la noche y que sea lo que Dios quiera para el angelito llorón. Lamentamos luego que no se nos haya ocurrido el hospital, aunque sea la sala de espera...

Un rápido asalto a nuestras casas, una respuesta al estilo de me llevo dos o tres frazadas para un viejito muerto de frío a la pregunta de los padres y basta de explicaciones que podían arruinar el modesto saqueo familiar (aunque lleváramos a un Ángel). Mientras, el viejito cabeceaba por efecto del cansancio, del frío, del alcohol y del traqueteo que llevaba.

Ahí, donde está la agencia de autos de 14 de Febrero y Brown, se alzaban las paredes que anunciaban la construcción que iba a ser, materiales, todo sin revocar y un pequeño sector, baño tal vez, con techo.

Un lugar horrible, oscuro, solitario, y frío, muy frío como un templo vacío. Acomodamos el manterío como pudimos y al ángel arrebujado en él. Quién lagrimeaba más no importa; quién sabe si el angelito no se sintió bien allí, si casi no pudo pronunciar nada al dormirse.

Nos fuimos, levantando los puños al cielo, mordiéndonos los labios (y eso que arropamos a un Ángel), escupiendo el encono fútil de la impotencia de quien no ha logrado aburguesarse aún.

Los ángeles son así, dicen. Se comportan como quieren, hechos de luz divina. Éste era el más rastrero, de veras un ángel caído, un ángel pisoteado, oprobio de los encumbrados.

Cuando el sol ya calentaba las paredes, alguno fue, fuimos, a ver al ángel temiendo hallar su cadáver, pero el ángel no estaba, ni una pluma.

El nudo en mi garganta se desató en llanto, mientras en dos templos de la ciudad, hombres de negro se vestían de blanco para oficiar, pulcros, una nueva ceremonia religiosa (como si nunca un ángel hubiese golpeado a sus puertas).

viernes, 20 de febrero de 2009

Instrucciones para vivir

Despertar con ganas; primordial.
Buscar una ventana y observar el cielo. Detenerse en los detalles del exterior, apreciar cada nube, pájaro, mariposa, gota de lluvia, cada estrella (si uno ha despertado de noche) como si fuera la última.
No salir a la calle sin antes haber reflexionado sobre la importancia de estar de pié, de ver, de escuchar, si es que podemos hacerlo, o bien, de agradecer a la fortuna por tener las facultades aún disponibles para el acto de pensar.
Si tenemos seres queridos, no abandonar la casa sin antes saludarlos. Si están durmiendo, aunque sea un beso en la frente. Es vital para recargar energías y saber por quienes respondemos.
Una vez fuera, desconfiar de lo que desconocido. Atarse a los valores alguna vez recibidos. Sopesar las acciones a tomar, medir las consecuencias de cada una.
Mantener las relaciones laborales, preservar el compañerismo, no hacer más méritos de los que nos corresponden. Ser honesto, respetuoso, cordial, amable. No ser arrastrado y no dejarse arrastrar.
Recordar la importancia de la amistad, en las buenas y en las malas, tenerla presente en cada momento del día.
Disfrutar del tiempo que tengamos libre. Hacerse de tiempo si el trabajo no lo permite. Estar con la familia, visitar a los familiares que se encuentren distantes, comunicarse con aquellos que hace rato no sabemos nada.
No guardarse nada, sentir con el alma. Abrazar, besar, querer. A la noche, disfrutar de la luna, del cielo estrellado y sus tonalidades. Sentir el aire en la cara, relajar el cuerpo del ajetreo del día, cerrar los ojos y soñar con las cosas siempre anheladas.
Antes de ir a la cama, la última parada. El baño. Meditarlo otra vez, como cada noche. Arremangarse la camisa, dejar libre la muñeca. Optar por tomar la hoja de afeitar o dejarla nuevamente en el botiquín.
Depende de lo decidido, sabremos como continuar.

martes, 17 de febrero de 2009

Cero, uno, cero

Todo estaba premeditado. Él sabia muy bien que todos los pasos anteriores se habían cumplido con rigurosa austeridad y presición. Nada podía fallar.
En el peor de los casos, y con un margen de error del 5 por ciento, el resultado igual sería el buscado.
No dudo ni titubeo cuando entró en la cabina. Ni siquiera intentó el ejercicio de la melancolía.
Pensó en su perro, pero inmediatamente recordó que su compañía era innecesaria; como tantas otras...
Revisó las ecuaciones, reformuló las paradojas, observó una vez más la hoja de ruta descifrada tras los números binarios que habían llegado en aquella extraña señal recibida tres años atrás.
Necesitaba un respiro. Necesitaba estar solo.
Cero y Uno, Cero y Uno, Uno y Cero....
La mañana se vislumbraba clara y limpia cuando su madre abrió las puertas del galpón de donde la cabina había despegado.
No dejó ninguna nota, ningún adiós; tan sólo un viejo ejemplar de "Crónicas Marcianas" en la edición de Losada.
Necesitaba estar solo.

lunes, 16 de febrero de 2009

Cabeza e turco


-Che, gordito, ¿vos no tenés corbata?
Fue lo primero que le escuché decir al Turco en la escuela cuando nos apiñabamos como mosquitas para empezar el primer grado. Una escuela era un mundo de mitos, de saber por otros, de nuevos olores y colores, de nuevas reglas. Escuela chica, de barrio, de una sola división hasta entonces. No supimos lo que era un preescolar o un jardín de infantes sino mucho después. Bueno, preescolar tenían las escuelas importantes, como novedad.
Enseguida me llamó la atención el pibito. Alguna vez habíamos jugado juntos, pues mis padrinos alquilaban una casa de su padre. Éste era un tipo rudo, hijo de siriolibaneses -turcos para todo el mundo acá- con costumbres un poco rurales, bastante cerrados, machistas a más no poder. Carnicero, porque todavía no le daba para tienda, que era su meta. Perros rabones a cuchilla y criados malos para la vigilancia.
Pero en las ocasiones públicas los turcos se presentaban impecables. Orondo con su corbata, atacó al Sergio -que era su vecino, pero casi ni se registraban-. -Che, gordito, ¿vos no tenés corbata?- El Sergio, hijo de italiano, estaba primoroso, pero el acontecimiento no era tan religioso como para los turcos, que estrenaban corbata en cada evento público.
Desde el comienzo del año, el Turco se revelaba duro para los aprendizajes y la señorita, que era una madraza, daba lo posibe y un poco más, pero no había caso. El Turco era duro de pelar...
Cabeza de Turco con querosén si había piojos, sanguchitos de un preparado de leche a medio fermentar para el recreo, pelopincho violento hasta el rape, hasta el pelopincho violento y así... Algún comportamiento brusco del Turco, que trataba a las pibas como muñecas para desarmar, a los lápices como martillos y a los compañeros como diana de tiro al blanco, le granjeó cierta hostilidad del grupo. Entonces no faltaron la caza del Turco y los limonazos -cuando no cascotes- a la cabeza más o menos certeros con proyectiles cedidos sin saberlo por los vecinos.
Yo, que me creía su amigo, no lo atacaba, pero disfrutaba cobardemente a distancia prudencial del espectáculo. Caí en ello un día en que tuvimos un maestro como reemplazante, que nos sentó a cada uno en su banco y me dio una de las lecciones más grandes de mi vida: es tan canalla el que golpea como el que goza con las manos en el bolsillo y carita inocente.
Desde ese día de tercero, me propuse valorarlo. Crecía en generosidad, aunque las chicas no se le arrimaran; día a día era más creíble, más sereno, más cordial.
Cuando terminamos la escuela nos distanciamos, yo a la técnica, él a la normal. A veces nos veíamos en el baile del Sacachispas. Claro, la férrea disciplina familiar se tornó en libertad casi total: el Turco podía fumar, tomar y, si se le daba, encamarse, sin objeciones de sus padres: había superado el rito iniciático de la adultez a los trece años. Aunque, para ser francos, el rito estaba un poco anacrónico. Había aprendido, por ejemplo, que para sacar a bailar una chica se decía: señorita, ¿me concede esta pieza? El ridículo se encargó de enseñarle al poco tiempo que el mundo fuera de su casa era más complejo que un azote del viejo y poco a poco dejó de buscar novia casamentera a los dieciseis.
Con el Turco salíamos a serenatear, cuando todavía se usaba para las fiestas, con él disfruté de la locura adolescente de sacarnos fotos en los boliches -hoy, lo más natural-, de piropear en patota alguna menina interesante sólo para que tome conciencia de su belleza y marcharnos satisfechos sin otra intención que robarle una sonrisa sonrojada; de sacarnos fotos beatles en cualquier lado, incluso a la vista de azorados milicos que veían cómo el país se le escapaba de las manos...
¿Por qué me pongo a escribir esto?
Quizás porque veo poco al Turco, que es un tipo laburador, sano, derecho como se lo mire.
Quizás porque en el mundo complejo de las palabras difíciles, la ciencia, las maravillas tecnológicas, el Turco siga siendo ese tipo simple, de mirada limpia, de sana picardía que descubrió que si el mundo era demasiado complejo, él no se acomplejaría y haría fácil lo dificil.
Quizás porque me resuena la voz tronante del maestro justiciero y asocio al Turco con esa lección.
Quizás porque la pelopínchica cabeza guarde algún golpe mío y me asalta el temor de que si lo atacan los piojos -ya que el querosén no va más- lo vuelvan a rapar y quede al desnudo alguna herida que lleve mi nombre.
Entonces, quizás sea porque le estoy debiendo otro abrazo.

sábado, 14 de febrero de 2009

El pasajero indeseado

El sol repuntaba entre las nubes en pleno febrero del año 1348. Un grumete portugués fue el primero en ver el destello de luz caer al mar, a unos diez nudos al oeste.
Pesadamente, por la carga que transportaba, enfilaron las velas hacia aquel sitio.
Una extraña figura, de forma elíptica, de unos veinticinco pies de largo, flotaba a la deriva. La recubría un armazón de algún material raro, liso al tacto. Encima, una cápsula transparente dejaba a la vista un ser extraño en el interior.
La tripulación subió el objeto. La envergadura de la embarcación lo permitía. Una vez sobre la popa, rompieron el material transparente. Sacaron los restos de un cuerpo quemado y lo arrojaron al mar.
Esa noche vigilaron la popa cinco marineros. Cuando amaneció, estaban los cinco enfermos. Mientras transcurría el día la piel se les iba tornando oscura. Para la noche, el médico de a bordo sabía que las extremidades se estaban gangrenando.
Arrojaron la extraña nave al agua, donde la vieron sumergirse. Se dirigieron sin escalas al puerto de Palma de Mallorca. Para cuando llegaron, la mitad de las personas que viajaban en la carraca estaban infectadas.
La peste negra había desembarcado en España.

jueves, 12 de febrero de 2009

La habitación

Encorvado sobre una vieja Olivetti, machacaba las teclas al ritmo de las ideas, iluso de ser dueñas de ellas. Un poco de música clásica ambientaba la habitación, cuyos amplios ventanales daban a un mar distante, ajeno al mundo de las letras. De todas formas, el polvo se acumulaba sobre los vidrios, haciendo confusa la vista externa e impidiendo el paso del sol. El recinto era entonces, un juego de sombras que iban y venían, como bailando a lo largo del día al compás del sonido de la máquina de escribir y la música de Mozart, Chopin y Bach.
Cuando caía la noche, la solitaria figura de veloces dedos parecía una sombra chinesca en un teatro vacío. Se detenía solo para comer y beber abundante vodka. Se lavaba con rapidez la cara y volvía a su silla de mimbre, con el ímpetu renovado y las articulaciones prestas a devorar las teclas. Y la armonía de sonidos danzaban nuevamente en la habitación. Se acostaba tarde, un par de horas antes que saliera el sol.
El personal del hotel había ingresado ya dos veces con la llave maestra, temiendo por la salud del hombre que se hospedaba en la habitación quince. Si bien apreciaban el continuo machacar de teclas, no era normal que una persona no saliera ni por casualidad al pasillo y mucho menos, se lo viera al aire libre. Fabulosas historias comenzaban a tejerse en torno del extraño inquilino, en apariencia escritor.
Algunos aventuraban que era alguien famoso, escapando de los paparazzi; otros que era un prófugo de la justicia que fingía; hasta alguien llegó a decir que en realidad no había nadie y el ruido provenía de un fantasma. Si alguien le preguntara al personal del hotel que entró por primera vez a ver si el inquilino estaba bien, este le respondería que estaba corroborando en realidad una apuesta.
Sim embargo, a pesar de saber que allí había alguien escribiendo sin parar, más de dieciocho horas al día, la preocupación iba en aumento. No por miedo a que desapareciera sin decir adiós o se esfumara dentro del escrito, sino por el simple hecho de que muriera de inanición, de locura, de lo que sea. En realidad, la gente del hotel temía salir en las noticias.
Dos semanas se habían cumplido desde que el solitario huésped había entrado a la habitación. Dos semanas sin salir de allí. Dos semanas escribiendo durante todo el día y parte de la noche. Y ese día, justo el mediodía, la máquina de escribir se detuvo.
Las mucamas hicieron correr el rumor en menos que canta un gallo. El conserje no daba crédito a lo que los cadetes le contaban. De inmediato puso en aviso al administrador y sin perder tiempo, llamó a los dos conserjes que estaban fuera de turno, descansando en sus hogares.
Habían transcurrido tres horas desde que las teclas cesaron su cantar y la puerta de la habitación quince seguía sin abrir. Peor aún, una de las mucamas había intentado acercar su oído a la puerta y aseguraba que allí dentro no se oía volar ni una mosca.
Pasó otra hora, y otra, y una más. El administrador comenzó a temer lo que menos quería que sucediera, que el hombre estuviera muerto.
Tras vacilar varias veces y discutir lo que hacer otras cuantas, llamaron a la policía. Pusieron en conocimiento de lo que sucedía desde hacía varios días a los agentes que acudieron y los acompañaron hasta la puerta de la habitación quince. Entre el personal del hotel, los policías y los curiosos de otros cuartos, el pasillo se veía colmado, dando la sensación de una feria callejera. Pero en lugar de escucharse regateos de precios, pululaban los cuchicheos, el murmullo de excitación y preocupación a la vez.
Uno de los agentes pidió calma y espacio, principalmente ésto último. Introdujo la llave maestra y empujó la puerta. Se abrió muy despacio, casi caprichosamente lenta. Del interior no llegaban sonidos de teclas ni de notas musicales.
El policía avanzó hasta la mesa, donde el hombre, aún sentado en la silla de mimbre, yacía sobre la máquina de escribir, con la cabeza sobre la hoja aún sin retirar del carretel. Lo voltearon con cuidado junto a otro agente. El rostro estaba demacrado, pero lo más impresionante eran los ojos. Rojos, casi en carne viva, con todos los capilares dañados por el cansancio y el esfuerzo. Estaban aún abiertos, como contemplando esa hoja pálida que tenían enfrente, casi una lápida, con una sola palara escrita: FIN.
Una hora más tarde retiraron el cuerpo. No había documentación que acreditara identidad ni anotaciones en las cuales encontrar datos sobre familiares o conocidos. El misterioso escritor debería conformarse con ser un NN más.
La policía incautó también las hojas del escrito, en total unas setecientas páginas mecanografiadas de un solo lado, todas en la misma máquina de escribir Olivetti que había servido de almohada fúnebre para el último descanso del siolitario huésped.
Miraron las primeras páginas y encontraron el texto ininteligible, incoherente, una sucesión de letras sin sentido. Versos de nada, de incomprensión y locura. Se apiadaron de la mente del escritor, de la insanía de sus últimos días. Llenos de estupor, arrojaron las setecientas hojas a una bolsa de residuos, como quien se espanta una cucaracha de la pierna, con asco y prisa.
Cerraron el caso sin darle nombre al hombre ni razón a su muerte. Un camión recogió la basura y se llevó consigo el escrito al basural más cercano, para morir en el duelo de las llamas.
Un angel siguió con la vista el enorme camión, hasta perderlo al doblar la esquina. En su intento de contar el secreto mejor guardado, sobre el sentido de la vida, había decidido que un sacrifico valía la pena, dictando día y noche sin parar al oído de un hombre al que nadie iba a olvidar. Sin embargo, ni siquiera a Dios pudo engañar. Enterado éste, aguardó a que el angel finalizara de dictar y el hombre de escribir; un soplo sutil, casi imperceptible, movió las letras para siempre y no necesitó hacer nada más, pues el hombre cayó inconsciente, para ya no despertar.
- ¿Conforme? - le preguntó más tarde al angel.
Y viendo que el silencio era signo de resignación y tristeza, le recordó algo que no debía olvidar:
- Aquí, soy el único escritor. Los demás, son puro cuento.

viernes, 6 de febrero de 2009

Negación

Mariana subió las escaleras sin encender las luces. Conocía a la perfección la distancia de cada peldaño, la altura que debía levantar sus pies.
Sabía incluso la ubicación del descanso, donde la escalera giraba hacia la derecha y la dejaba en el comienzo del frío pasillo.
El andar era mecánico y no necesitaba abrir los ojos, que en esos momentos, era una bendición. La oscuridad, por así decirlo, se transformaba en un santuario.
Sus mejillas húmedas de tanto llorar y el cuerpo completo se estremecieron al llegar a la habitación. No tenía el valor para abrir la puerta. La muerte de Iván había sido demasiado.
Ya no se escuchaba su cálida voz, sus pasos por la mañana, su andar interminable. La puerta se le antojaba un puñal. Pero la abrió igual.
El olor era nauseabundo, pero ella lo ignoró una vez más y se acostó al lado de su difunto marido, tomándole la mano con ternura.

miércoles, 4 de febrero de 2009

La decisión

El huevo rodó por la mesada de granito hasta el borde mismo. Luego quedó a merced de la gravedad. Cayó sin prisa. No iba muy lejos.
Se estrelló contra el piso, quebrando la fragilidad de su cáscara, desparramando clara y yema por doquier.
Tras el crash doloroso, el silencio póstumo de una cocina vacía. Ni siquiera la presencia de la desatenta ama de casa para limpiar los rastros del crimen.
El suicidio se había perpetrado. Y nadie había podido impedirlo.

miércoles, 28 de enero de 2009

El arriero va


El hombre conocía el terreno, vaya si lo conocía. Sus más de cuarenta años lo habían hecho parte del paisaje, de sus escarpadas laderas y profundos valles. La confianza de los patrones era grande y él y sus compañeros lo sabían como también sabían que ese era su trabajo y de él dependían.

Virginia lo esperaba en casa, rodeada de sus ocho hijos. Los quehaceres y los hijos, su vida, y aquel hombre de pocas palabras, incapaz de perder un solo animal de los encomendados, siempre volviendo a poner calor en su vida y una caricia sobre su rostro. Sólo que esta vez la espera se hacía larga. No era de extrañar, las tormentas de nieve podían llegar aun en el verano más sereno, aun con la alegría de esas florcitas silvestres que moteaban la ladera y que ella recogía en silencio como todo adorno para la espera de su hombre.

Los mayores ya se dedicaban a criar los pocos animales, algunas cabras, la vaca, curar los caballos. Su padre, orgulloso, compartía en oraciones secas, sin adornos, su conocimiento de años y ellos, jugando al principio, crecían sabiendo que ese era su mundo. Un mundo que se trocaba en maravilla de colores para el día de la virgen y las festividades del pueblo, a las que asistían religiosamente con esos atuendos humildes pero reservados con celo para esas ocasiones que sabían acariciar en las cerrazones, cuando salir del rancho significaba poco menos que una muerte segura.

El deshielo se acentuaba y ya los ríos más altos exigían ser vadeados con cuidado. Se descongelaban a veces en forma violenta y cruzarlos equivalía a la posibilidad de perder alguna res o la montura misma.

Pero sabían los arrieros que cerca de los ríos estaban los mejores pastos. El hombre no dudó en llevar allí a los animales, que tendrían su fiesta. Pero el paisaje estaba extraño, su oído habituado a las soledades de un paisaje que permitía el intercambio justo de palabras le anunciaba algo que no alcanzaba a discernir. Se apeó, tal era su costumbre en esos casos, e intentó escudriñar el paisaje resabido con ojos nuevos.

La tropa seguía lentamente hacia los pastos, ya deteniéndose bajo los oblicuos primeros rayos que asomaban tras las cumbres milenarias. Otro sonido indefinido seguido de un silencio más indefinido aún y ya sus ojos buscaban siluetas humanas si las había; pero estaba seguro, ningún otro ser podía alterar la secular paz de las quebradas como quien no es del paisaje, otros colores, otros movimientos...

Se acomodó el sombrero y alzó la vista del otro lado del río Azufre. Entonces lo vio. Apenas caminaba arqueado sobre un bastón largo, como cargando una res sobre los hombros cuando apenas si traía una bolsa. La barba de días y los grandes anteojos de sol no hicieron más que turbarlo. Como queriendo expulsar esa imagen desesperante miró hacia más arriba donde un bulto de tamaño humano no se movía, un muerto tal vez.

Por una vez, quizá una única vez, no supo qué hacer, avisó a los otros que lejos en la ladera había algo raro y se quedó de una pieza, absorto, como si el que estuviera en otro lugar fuera él.

Cuando reaccionó escribió en un papel: Va a venir luego un hombre a verlos. ¿Qué es lo que desean?, porque no se le ocurrió otra cosa ni otro modo de expresar su asombro. Lo ató como pudo a una piedra y lo revoleó al otro lado del río, que corría con una furia inusitada.

El que caminaba se acercó como pudo. Como pudo también abrió el papel y se dejó caer. Juntó fuerzas para abrir la bolsa, sacó algo de su interior, escribió en el papel y suspiró mientras parecía mirar al arriero con ganas de gritar. En su lugar, en un último esfuerzo volvió a lanzar la piedra mensajera que apenas cruzó el torrente enfurecido.

El hombre leyó la nota que decía:

Vengo de un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo. Hace 10 días que estamos caminando. Tengo un amigo herido arriba. En el avión quedan 14 personas heridas. Tenemos que salir rápido de aquí y no sabemos cómo. No tenemos comida. Estamos débiles. ¿Cuándo nos van a buscar arriba? Por favor, no podemos ni caminar. ¿Dónde estamos?

Sin pensarlo dos veces arrojó al otro lado del río Azufre los cuatro panes que llevaba, avisó a sus compañeros y montó su caballo. Los otros dos arrieros cruzaron como y donde pudieron para asistir a los moribundos.

Sergio Catalán cabalgó todo el día, mientras oía cómo el verano celebraba en las quebradas, hasta dar aviso al puesto de carabineros más cercano a la nochecita.


[Este es un pequeño e innecesario homenaje a Sergio Catalán, el arriero gracias a quien pudieron rescatar con vida a 16 de los 45 tripulantes del avión de la Fuerza Aérea Uruguaya -el equipo de rugby Old Crhristians y acompañantes- que viajaban con destino a Chile y 13 de octubre de 1972 se perdió y se accidentó en un cerro en la región limítrofe entre Mendoza (Argentina) y Chile. Tres sobrevivientes deciden emprender la marcha en busca de ayuda (uno se vuelve). El 21 de diciembre por fin logran comunicarse con Catalán y el 22 se produce el rescate. La odisea de 72 días dio lugar a innumerables documentales, libros, artículos y películas y es conocida en todo el mundo. Hace poco, Catalán, de 82 años, tuvo que someterse a una artroplastía compleja que fue financiada por sus agradecidos rescatados.]

domingo, 25 de enero de 2009

Flaco de alma

No era un tipo espectacular, ni buena persona ni nada de eso. El flaco Lugano era un mala leche terrible, a secas.
El día antes de Navidad se bajó dos botellas de whisky y pisó el acelerador a más de ciento ochenta en la ruta. Tuvo suerte, su auto terminó incrustado en un árbol, pero apenas si se fracturó una pierna. Sin embargo Andrés y Marisa, la parejita que estaba abrazándose en la esquina, murieron apenas los impactó el coche. Sus cuerpos dieron una vuelta completa en el aire y quedaron sobre el asfalto.
El flaco Lugano supo que había atropellado y matado a dos personas recién al recibir el alta del hospital. Dos policías de uniforme le pidieron de buena forma que los acompañara hasta la comisaría. En el camino le contaron la historia.
Bajó del patrullero asustado, a sabiendas que esta vez la había hecho y fea. Lo metieron en un cuartito, a la espera del sumariante. En tanto aguardaba ingresó un policía, lo miró de arriba abajo y lo escupió en la cara. El flaco no tuvo tiempo ni de reaccionar, la puerta se abrió de nuevo y entraron dos milicos más.
El primero lo sujeto por la espalda, el segundo le dió un golpe en la boca del estómago. Mientras, el que lo había escupido salió raudo por la puerta. Volvió de inmediato, acompañado de un hombre calvo, de avanzada edad. Tenía los ojos rojos, parecía de tanto llorar.
- Acá lo tenés Pérez, éste basura mató a tu hija. Acá lo tenés, nosotros no vemos nada eh, nos vamos y acá no pasó nada. Cinco minutos Pérez, cinco minutos.
Y se fueron. Lo dejaron solo al flaco Lugano en manos del viejo Pérez, dolorido padre desde que la combinación de alcohol y velocidad lo privara de por vida de su hija.
El flaco se dió cuenta ahí que mientras lo sostenían por la espalda, lo había esposado a la silla, ahora no podía siquiera moverse. Acá me mata, pensó.
Pérez se ubicó del otro lado de la mesa y se sentó. Aún tenía húmedas las mejillas. No le sacó los ojos de encima al melenudo que tenía enfrente ni por un segundo. Al minuto y medio de observarlo disparó su pregunta:
- ¿Por qué?
El flaco no sabía si debía responder o quedarse callado. Se dio cuenta que el viejo podía matarlo ahí mismo si se lo proponía, seguro tenía algún arma debajo de la ropa o un fierro, o un cuchillo. Los canas sabrían que sería así, que cuando entraran habría un reguero de sangre. Pero el viejo no se movía, tan solo lo observaba y ya eso era doloroso. Podía ser una basura, pero se daba cuenta lo que había hecho.
Quiso balbucear algo, pero no le salió nada. Se encogió de hombros y seguido a eso, se puso a llorar, a llorar de verdad. Las lágrimas caían como cascadas por su rostro.
EL viejo se puso de pie y cruzó la habitación hasta ponerse a su lado. "Ahora es cuando me mata" pensaba al tiempo que no podía dejar de llorar el flaco Lugano.
Y como lo suponía, vio al hombre sacar de atrás del pantalón un revólver calibre 38. Sabía que era un 38 porque su padre había tenido uno igual cuando él era niño y una vez se lo había quitado para dispararle a unos perros (el revolver temblaba en la mano del viejo) y tras darse cuenta su madre le había dado tremenda golpiza (estaba levantando el cañón hacia donde estaba)que quedó en cama por una semana. Su padre escondió el revólver (ahora el cañón apuntaba junto entre sus cejas) y jamás lo volvió a ver.
Sollozaba como un bebé ante el cañón justiciero, balanceaba su cuerpo de atrás hacia delante, sentía como una enorme bola se le formaab en el estómago, tenía ganas de vomitar, de gritar, de pedir perdón.
Cerró los ojos esperando el gatillazo, el sonido y después la nada. Quizás dolor, no lo sabía. Entendió que su suerte ya estaba echada desde hacía tiempo, puede que desde el día que mató a esos perros, desatando su maldad interior. Ahora la había hecho y feca, le había quitado la vida a dos chicos, y el padre de la chica estaba apuntándole en un cuartito de la comisaría, en complicidad con la policía.
Escuchó el estruendo, los tímpanos le saltaron por los aires y la orina recorrió velozmente su pierna lastimada. Pero no estaba muerto. Abrió los ojos. A sus pies, Pérez se desangraba del orificio que se había hecho en la cabeza, al disparar su 38.
El flaco Lugano no entendió lo que había pasado y jamás lo entendería. Diría por siempre que era un tipo con suerte, sin saber que por el contrario, su cruz sería no tener quién lo amase y decidiera dejar de vivir antes de no poder acariciar sus mejillas un día más.
El viejo Pérez murió por el amor que ya no tendría y fue tras él.

lunes, 19 de enero de 2009

Bajo la lluvia

Caminando va por la acera, paraguas en mano pero sin abrir, sintiendo la lluvia caer sobre su ser. Silba algo, no sabe qué, pero le gusta la melodía. Salta cada charco, se ríe ante cada gota que cae sobre alguna de sus mejillas y patea montoncito de hojas que se cruza.
Camina sereno los últimos metros de su vida. Sereno y feliz, ajeno al malestar de otros por la lluvia, al ir y venir de los comerciantes sacando los carteles y mercaderías que estaban en las veredas, de las amas de casa luchando por bajar persianas y cerrar ventanas.
El cielo nublado le resulta simpático, los relámpagos, una melodía. La naturaleza agita con fuerza los árboles y el día parece venirse abajo. Y todo, absolutamente todo, le resulta excepcional.
En la esquina se detiene. Mira a un lado y al otro. Cuenta mentalmente los segundos y llega a diez. Puntualmente el autobus aparece y dobla en la calle. El se arroja.
La lluvia se convirtió en diluvio y el viento vibró en toda su magnitud. El colectivero y los pasajeros bajan de inmediato, pero ya era tarde. Los lamentos provienen en todos los tonos. Algunas personas lloran. Los vecinos se acercan, algunos desafiando incluso la tormenta, sin siquiera buscar protección.
Buscan algún dato en sus pertenencias, algún celular para llamar a un familiar, pero no encuentran nada. Más tarde llega la ambulancia. Todo se desarrolla en una velocidad muy lenta, indiferente, irreal.
Un niño veía todo desde una ventana cercana. Lo que no comprendía, lo imaginaba. Lo que no entendía, lo asimilaba. Supo así que la felicidad está a un paso de la tristeza y que nada es lo que parece ser.
Se cansó de la lluvia, los llantos y la realidad. Corrió la cortina y prendió la Play. No existe nada que un buen video juego no pueda hacer olvidar.

viernes, 9 de enero de 2009

La herencia de Jovino

Cierta tarde, allá cuando el mundo cambiaba en nuestras manos, en una recorrida de tarde calurosa por Calle Pampa, los tres tipos de torva mirada nos veían pasar cambiando algunas palabras. Como siempre, estábamos casi seguros de que no iban a decir nada, pero ese margen de duda nos erizaba los vellos de la nuca por un largo minuto.

Calle Pampa, la larga curva desde San Martín hasta General López bordeando el zanjón que desaguaba calle Formosa al río. Cuando nos animamos, la frase más común era: ¿ahí van?, ahí la policía no entra. Sin embargo, biblia en mano, la muchachada sincericida se animaba y recorría con invitaciones triviales al principio, con apuestas fuertes después. Uno de las primeros logros era hacernos del paisaje, que sepan que no éramos evangelistas, que sepan que el cura nunca les iba a dar bola excepto por alguna conveniencia, y que, de alguna forma –pretenciosos, ahora que lo pienso- Dios no se había olvidado de ellos, al menos si ellos no creían en él, nosotros sí en ellos y esa era nuestra fuerza.

Unas cincuenta viviendas, una en peor estado que la otra. Muchas de quincha y techo de chapa, las menos con ladrillos huecos. Pocas fuertes y verdaderamente habitables. Familias completas instaladas en una tercera parte; gente de paso, provincianos del norte a poco de llegar, la otra y el resto hombres o muchachotes, que apenas si dormían allí, con ocupaciones poco definidas.

-¿Qué hacen ustedes acá sin permiso del presidente de la vecinal?- y el frío recorriéndonos los poros sudorosos.
-Es peligroso estar acá, ¿no tienen miedo? A vos ya t’he visto-, señalándome.
-Buenas-, atiné a responder- nada, paseamos… y ¿dónde está el presidente?
El tipo se me acercó y por primera vez vi esos ojos entre amenazantes e implorantes con la corona blanca en el iris, atravesados por el puñal del alcohol.
-Andan con la biblia, son evangelistas. Acá no queremos evangelistas.
-No, no somos- y creo que dije “católicos”, porque no tenía otro término que nos definiera mejor.
Su rostro cada vez más cerca tenía ese olor dulzón y penetrante que supe respetar con ternura de no se sabe dónde alguna vez.
-¿No me tenés miedo?
-No- dije yo, mintiendo como los mejores. -¿Por qué?-
-Andá, seguí. Y decí que Jovino Correa te dio permiso.

Tenía unos diez años más que yo. Cruzábamos algunas palabras al principio y muchas después. Largas conversaciones de aguijoneos mutuos me ofrecieron la perspectiva inmediata de una forma de ser que me resultaba extraña hasta entonces. Cuando se enteró que yo era profesor, me presentaba a los demás como: mi amigo, es profesor. Estudiaba en el bachillerato para adultos, es decir, cursaba. Su casa era de ladrillos huecos, con dos camastros casi siempre sin colchón, porque los daba a los demás que necesitaban más que él. Su única paga por ser presidente de una vecinal que no existía para la municipalidad, era el reconocimiento de los vecinos. Bajo una parra, desoyendo los insultos de un loro procaz, le daba una mano con matemáticas, mientras el autocalificado como chambón se azotaba la cabeza con los puños para ver si salía alguna ecuación o una operación combinada. Su carpeta era un rejunte de hojas de distinto calibre, que acomodaba primorosamente tras cada desparramo.

Con los años crecía su desencanto hacia los políticos, quienes lo usaban de la peor manera. El mejor laburo que le consiguieron fue de sereno mientras se construía el Banco Provincia. Le prometieron oros y moros mientras él conseguía apoyo al más infame peronismo local.

Su esperanza, en cambio, iba a la larga. Supo, o creyó saber, que su árbol genealógico ascendía hasta el legendario Comendador Correa, que dejó en 1873 un testamento que explicaba minuciosamente cómo habría de repartirse su inmensa fortuna. Por si las moscas, doctos vivillos se aseguraron de que Jovino firmase cuanta clase de poder para negociar la herencia pudiera existir.
La herencia de Domingo Faustino Correa era su cielo, allí estaba su paraíso, intacto, en algún lugar de Brasil, sólo a la espera de que se resuelvan los papeles, para hacer de su vida una vida.

Fríos inviernos hirviendo grasa y mascando chicharrones nunca hicieron de él el delincuente que muchos esperaban. Porque si Jovino se portaba mal, a la bolsa y un problema menos. Pero Jovino era derecho hasta donde podía, hasta donde su maltrecho cuerpo le daba.

Aquella vez que osé casarme, Jovino fue feliz y juro que yo también hasta las lágrimas esa noche al verlo así. Bailaba con viejas pacatas y con muchachas pretenciosas como si él fuera el agasajado. Se había peinado a la gomina y todo. No dejaba de abrazarme y pedirme un ahijado. Abría la puerta para hacer pasar a los invitados como queriéndose ganar el aprecio del suegrerío y a todos les decía: es mi amigo, el profesor.

Cuando trasladaron las casas de calle Pampa donde no se ve, Jovino se partió al medio y ya ni aparecía por mi barrio porque decía que un borracho no puede molestar en casa donde hay bebés. Sólo lo veía en la calle y nunca quiso que lo visitara. Sus ojos eran cada vez menos amenazantes y más implorantes.
Una noche demasiado fría quiso manotear su herencia de una vez y allí el alcohol puro, o el querosén o el aguarrás o lo que puta sea terminó de carcomer por dentro lo que la miseria no pudo por fuera.

Nunca le di un ahijado ni alcancé a explicarle por qué no iba más del cura que le mentía para sacárselo de encima. Tan preso como él, no pude hablarle nunca de la teología de la liberación. Sólo pude ofrecerle la modesta vanidad del amigo profe. Pero sé que para él alcanzaba, porque aspiraba sólo a la herencia prometida y no las ventajas pasajeras de los oportunistas.

Al final, me queda decir con orgullo: este fue Jovino, mi amigo, mientras rebuscando en mí mismo encuentro la herencia que dejó en la mirada, en el olor rancio del sudor eterno, en el pelo engominado de cuando pensó, estoy seguro, que el mundo estaba mejorando.

viernes, 2 de enero de 2009

Lejos, lejos, las distantes luces se desvanecen
dejándonos detrás, perdidos en un mundo cambiante,
y vos sabés que aquellos eran los días de nuestras vidas
Recuerda

Otra oportunidad, hola..., otro adiós
y tantas cosas que nunca volveremos a ver
días de la vida que no parecían tan importantes
sí parecen importar y contar mucho después.

domingo, 28 de diciembre de 2008

El Juanjo pudo (una razzia más)

El Juanjo era el menor de la barra, en un sentido al menos, el de la edad. Pero su casi metro noventa era engañoso. Si a nosotros, de altura más intermedia jamás nos llevaron en las razzias, por qué lo iban a llevar a él. Pero sucedió...
Es que vos te metías en un boliche, qué se yo Bimbo's, o Rol, o Clemente en Villa. Olaf, Vieja América, Musicau o el Salón Dorado en Arroyo. O en San Nicolás, o en cualquier lado, si se les daba por hacer razzia, se les daba y punto. Los pibes ya estábamos acostumbrados tanto a la desagradable sorpresa, como a zafar. Los milicos te trataban peor que a trapos. Vos llevabas el documento y en general te salvaba eso si eras mayor. Pero los mayores eran dos o tres, el resto, menores jugando a grandes en la peor de las noches.
Si aparecía el Kaiser, la barra se amontonaba en la vieja nave y era el delirio. Esa noche el Juanjo estaba, -cómo decirlo- deseoso de debutar, de modo que todo lo que pase cerca portando notoria delantera era objeto de su asedio.
El tipo era alto, bien parecido, y en las penumbras aparentaba al menos veinte. Si lo veías a la luz era un grandote chiquilín. Su mejor parla la desarrollaba en el truco y él la trasplantaba sin más al verso con las féminas. Tal vez por el empeño que ponía, mal no le iba y había bailado casi desde que entramos. Hasta que enganchó una minita dispuesta a profundizar la conversación donde fuera o, mejor dicho, en algún lugar de afuera.
Se vino derecho a la barra donde los demás aclarábamos las voces. La minita le llegaba a la mitad de altura, pero lo diminuto en altura lo suplía con generosas curvas, que el Juanjo apreció como óptimas para su ansiado propósito.
¿A qué vino? Obviamente a gestionar las llaves del Kaiser, espacioso, seguro, inviolable, cómodo. Me es imposible contar en pocas palabras el sufrimiento de ese muchacho ante la fingida negativa, con la minita adherida como sanguijuela, irisado el rostro, sin llegar a implorar porque al fin y al cabo no se le iba a negar... Pero que sufra un rato, no le hace mal, según Miguel, que era especialista.
Cuando tuvo las llaves en su poder, creo que en tres trancos llegó a la puerta con la diminuta flameando. A los cinco minutos, la barra estaba en la esquina, calibrando los movimientos del Kaiser, evaluando la calidad del encuentro y reventando al silenciar las carcajadas. Hasta aparecieron rayones de dedos en un empañado vidrio lateral.
¿Le, le sa, sacudimos el auto?, tartajeó el maldito del Teri, rezumando una envidia atroz. Como respuesta recibió un manotazo testicular del Filo, que lo calló por un rato.
Todo iba bien para el Juanjo, con la barra presenciado a pocos metros ya el espectáculo. Pero sucedió... Un Unimog y un par de autos por la otra esquina. ¡Razzia! Ahí ya no dudamos en cortarle la inspiración al Juanjo. Salió uno por cada puerta. La diminuta bajando la mini y la remera, el Juanjo abrochándose todo para el culo y a dispersarse urgente.
Filo y yo caminábamos por una vereda; a diez metros atrás, el Teri y el Juanjo. Los demás en sentido contrario, mientras un par salieron lento con el Kaiser revoleando el calzón de la minita por la cabeza del Teri.
La fortuna no les sonrió. Un auto de la cana pasó despacio al lado nuestro, los tipos escudriñandonos con potentes linternas como a delincuentes y creo que parecimos normales, ya cancheros, hablando en voz alta e impostada como mayores.
El Teri tenía veinte, pero al revés del Juanjo, parecía de catorce. El Teri tenía documento, pero tenía un calzón en el hombro y el Juanjo se estaba abrochando la camisa y tenía apuro por esconder sus dieciseis. Adentro los dos.
El Juanjo reaccionó como los mártires. Lo empujaron bestialmente al auto, pero él portaba como arma una sonrisa grande y con un poco de sarcasmo, que le alcanzó para gritarnos cuando pasaron de nuevo al lado nuestro: ¡loco, la puse!, sin importarle el culatazo que le dejó esa marca que le recordará para siempre el ya relatado evento.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Año nuevo

Escuché los petardos cerca de la ventana y pensé que eran los sobrinos del vecino. Había mandado al Raúl a buscar otra sidra al kiosco de la vuelta. Ya eran más de la una del año nuevo y habíamos quedado solos en la casa.
La Natalia y el Fabián tomaron rumbos jóvenes junto a sus amigos, sin la menor intención de pasarla con sus viejos padres. El escote de la Bichi era bastante provocativo, pero quién no provocaba hoy en día. La pendeja que no mostraba era una estúpida, según decía ella.
El Fabi fue el primero en irse. El brindis, el beso, un abrazo tibio como los pocos que nos dábamos a lo largo de la vida, durante los últimos años y chau, me voy a lo del Rulo. Y se fue nomás. Entonces era una fiesta de fuegos artificiales y gritos en todo el barrio.
Los nuestros, ya adolescentes, no tiraban. Eso era para los chicos, nos decían. Pero no me engañaban, se morían por ensuciarse las manos de pólvora y arriesgar los dedos y vaya a saber uno que más en cada triangulito, cañita o petardo.
Al rato, estacionó un Fiat bastante viejo delante de casa, quizás un Spazio o un 128, la verdad que no le presté atención. La Bichi me estampó un beso en la mejilla, bien bruta como siempre. Ni tiempo a regañarle eso me dio. Escuché el ruido de la puerta cerrándose de un golpe y de inmediato, el auto arrancando.
Así que nos habíamos quedado solos con el viejo. Muchas ganas de seguir tomando no tenía, pero tampoco de ir a acostarme. Me cacho, ni una hora del nuevo año y ya al sobre? No, no podía ser. El Raúl ya estaba medio tomado, dos botellas de tinto durante la cena, la sidra en el brindis y vaya a saber cuántas cervezas a la tarde en el club. Qué podía hacer una sidra más. Nada. O me acostaba escuchando los festejos ajenos o tomaba una sidra más en el cordón de la vereda, contemplando el cielo y espantando los mosquitos. Y allá fue el Raúl, camino al kiosco y sin regañar.
Fue al minuto que tronaron los petardos tan cerca. Casi me hacen caer la ensalada de fruta. Les grité con mi voz ronca de fumadora que tiraran más lejos y no bastándome con eso, salí a la calle.
No eran los sobrinos del vecino. En realidad ya no quedaba nadie en la cuadra, no se si fue en ese momento o si fue antes, o cuando los vieron venir. Pero en algún momento todos se acurrucaron puertas adentro. Menos el Raúl, claro. El Raúl había ido por antojo mío hasta el kiosco de la vuelta. Pero no había llegado ni a la esquina cuando aparecieron los Mendoza. Y los Mendoza, del Barrio Los Pinitos, se la tenían jurada. Pasaron en un auto a los pedos y revoleando tiros. ¡Puto García, tomá la qué me debés! le escupieron de un grito a mi esposo y ahí nomás le tiraron.
Cuando llegué a su lado, corriendo, jadeando, el gordo se retorcía de cuerpo completo, lleno de espanto y dolor. Me miraba cómo suplicando, quería levantar los brazos para abrazarme, pero ya no podía. Me tiré encima suyo, llorando, sin importar si le hacía más daño o si no lo dejaba respirar. Mi Raúl se estaba muriendo en pleno año nuevo. Y ni los críos tenía cerca para tomar coraje...
Ya no hubo cohetes, ni risas ni repiquetear de copas. Tan solo la noche envolviéndonos a los dos y un ángel negro llevándose a mi gordo.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Las horas de un tiempo sin tiempo

Ahora que ya se ha ido, me pregunto si su llegada no perteneció a otro tiempo.
La llovizna de estos días sin viento llegaba hasta mi puerta, aunque nadie golpeaba en la parte gris. A veces me parecía demasiado insólito creer que el espejo no reflejaba nada. Ni una sensación, ni una palabra, ni un brillo reproduciéndose del reflejo de otro reflejo. Era todo demasiado pequeño, conservado, aplaudido en los momentos de ninguna coincidencia.
La habitación, comprimida de olvido, latía inseparable de mí.
La caótica escena de su presencia me hizo vulnerable y oscura.
Llegó sin esperar.
Se instaló por semanas, por meses, pasaron años tal vez, no sé, el tiempo parecía ser externo a las situaciones. Siempre fue sol, siempre fue noche, era todo lo que no podía existir junto, y no me servía. Aun, faltaba tanto para que se fuera.
Mi retracción era inaudita.
Cerré las cortinas, preparé café y acondicioné el living para la próxima eterna cita de diván que se me proponía.
Luego fue todo tan bizarro. Recordé sucesos de comunicación de todo tipo, pero ninguno que se llevara la esencia del fuego tan repentinamente como este. Todo parecía otro todo. Un todo insondable sumido en el letargo. Una esfera enredada. Un todo que reconocí.
Su actitud no dejaba huella, pero accedía directamente en la historia.
Dejé de esperar que por la ventana entrara algo de luz.
El tiempo después fue sordo, invertebrado de condiciones.
Supuse, entonces, que su marcha ya estaba lejos de casa.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Rehén del olvido

Es la opresión de estos tiempos, el gris del cielo emparentado con la desolación. Una marginalidad despiadada, el desencanto hecho dolor.
Su andar sereno era una máscara, un velo que cubría su interior antes que se lo arrebataran. De sus dientes putrefactos resplandecía la opacidad del olvido.
Un saco remendado una y otra vez, testigo de insultos y miradas indiferentes. Jeans deshilachados y no por la moda. Ojotas dejando al descubierto pies endurecidos por los años, la mugre y el sol.
Delante, siempre, el changuito oxidado, cargado de latas y penas, bolsas y sueños perdidos.
La cabeza gacha, como contando las baldosas, sacando fuerza del escuálido cuerpo, avanzando por las calles de todos los días, en un recorrido sin final.
De vez en cuando levantaba los ojos y escudriñaba desconfiado, atento a la perversidad humana, la soberbia, la mala palabra.
Cuando la noche comenzaba a caer era que lo notaba. Cada vez eran más los que vagaban. Veía salir de los callejones gente empujando carritos, en silencio recolectando basura, cartones, lo que venga.
El paso cansino característico, como pidiendo perdón a la vida por haber fracasado. Un desfile de almas en pecado, huérfanas de sociedad, hijas de nadie, pronto del olvido.
Es la opresión de estos tiempos, se repetía. Algo estaba yendo más mal que de costumbre. Ya no recordaba qué había pasado con él. Cómo fue que un día su nación pasó a ser la calle. De eso se trataba, de no recordar, así que estaba bien que así fuera.
Ahora, bajo la enorme luna que quería emerger de entre las nubes, como un criminal espiando detrás de un arbusto, vigilaba su calle. Su casa. Su vida.
Y esta vez la sorprendió. Allí estaba la persona que le robaba los cartones que desde hacía años juntaba delante de la tienda de electrodomésticos. Una de las nuevas se dijo y no se sorprendió.
La máscara cayó. Su andar se transformó en decidido. Fue por atrás y con la barreta que escondía entre sus ropas, la descerebró de un golpe. La sangre salpicó incluso su rostro. Limpió la barreta en el saco. Nada le hacía una mancha más. Tomó los cartones e hizo un viaje hasta su carrito. Volvió por el resto y antes de marcharse, pateó con fuerza el cuerpo para darlo vuelta.
El rostro que lo miró, ya mortecino y aún más pálido por la luz de la luna, vencedora al fin en su lucha nocturna por reinar en la noche, era el de una joven, de no más de veinte años. Había sido hermosa. Pero también olvidada.
Maldijo por lo bajo por el desperdicio y se fue. Volvería al día siguiente, como lo hacía desde que el olvido lo tomó de rehén.

jueves, 27 de noviembre de 2008

En la nieve

Apoyá tu cuerpo sobre la nieve de medianoche,
sentí el frío del invierno en tu pelo
Aquí, en un mundo propio
llegan a deleitarse desde lejanos paisajes
Y vienen a jugar sus juegos mágicos
esculpiendo sus nombres y hazañas
y lo hacen (sin saberlo aún) sobre tu
cuerpo congelado y observas el dolor con sorpresa.
En el piso, han hecho bolas de nieve
mírenlos rodar! con ojos locos mirando el cielo.
Caras sonrientes temen tu cuerpo en
el piso, y se cubren de un rojo que
sólo nosotros podemos ver
tus ojos observan como un soñador,
observan el dolor con sorpresa...
mientras tapa tus gritos,
Ellos nunca nunca sabrán.